jueves, 24 de septiembre de 2026

El cuento de nunca empezar

Otoño. Ayer mismo se coló el otoño sin hacerse notar. Y lo único que me alegra de eso es que el verano más difícil, intenso y desafiante de mi vida haya llegado a su fin. Al menos sobre el papel, porque sigue haciendo un calor importante, cosa que agradezco. 

No sabría describir todo lo que se ha acumulado en tan poco espacio de tiempo. El verano, que empezó con la mayor de las desgracias, se fue cargando de acontecimientos importantes, los cuales, muchos de ellos, me pillaron por sorpresa y con la guardia baja. La única persona que me servía de apoyo emocional se disipó en la distancia, y tomó el relevo el típico lobo con piel de cordero que, por suerte, no engaña a nadie. Y más o menos cuando España ganaba la final del mundial de fútbol masculino por segunda vez en su historia, a mí apenas me llegaba un eco de la alegría colectiva. Un eco que se vería del todo apagado unas doce horas después. Y ahí empezó otra parte fea del verano. 
Julio fue el mes más difícil y el más desafiante, pero la segunda quincena fue todo un reto de superación personal tratando de concentrarme en un trabajo incierto que ocupaba todo el tiempo que yo venía necesitando para otras cosas, mientras sentía alejándose a un buen amigo que fue desplazado de su lugar por esos caprichos del destino. Un destino que no terminaba de cuadrarme (cuesta aprender la lección cuando no la entiendes). Y un buen día, un simple gesto de dignidad cambió la dinámica, y encontré de nuevo ese sitio del que me sacaron de un empujón porque, en su momento, mi vulnerabilidad era más que notable, y yo, incapaz de defenderme ante nada. Sólo me dejaba llevar.
En ese vaivén de la vida, flotando a la deriva en un mar de dudas, acabé segura en una orilla sin saber muy bien qué pasaría después, pero con la certeza de que esa orilla me iba a salvar. Y así fue… 
En agosto todo empezó a acomodarse, pero no lo sentí así de primeras. Resurgió la sensación de ser prescindible: prescindible en la oficina, prescindible al otro lado del teléfono, prescindible para aquellos que ocupaban un lugar importante. Hasta un par de operaciones surgieron para decirme que hay partes de nuestro cuerpo igualmente prescindibles. Y mientras operaban a Mario de una de ellas, y yo intentaba cuadrar la mía, me dicen que en diez días me voy al País Vasco. Tuve que aceptarlo a pesar de la inmediatez y de que era un destino nuevo para mí porque necesitaba la pasta y la agencia me necesitaba a mí. Pospuse mi cita en el dentista para dedicarle todo el tiempo al circuito, y no sé ni cómo lo hice, pero lo hice (la ayuda recibida supuso todo), y salió más que bien. Pero eso ocurrió a fin de mes. Antes me estuve moviendo en la incertidumbre de tanto cambio brusco, tanta desconsideración, y tantos, tantos frentes abiertos con sus correspondientes interrogantes. Algunas noches me sorprendía pensando en lo que no quería pensar, simplemente porque me acordaba. Me venían, de pronto, recuerdos que se colaban sin permiso por la ranura caprichosa e insensata de la memoria, sintiendo todo aquello que no pude sentir de verdad en su momento. Recuerdos que chorreaban por los bordes de las lagunas mentales construidas con el olvido, y desbocando la sangre que yo trataba de mantener lo más templada posible ante la certeza de que no habría un segundo acto. 
Y a mediados de mes el cielo y la tierra se empezaron a mover. A un eclipse total de sol el 12 de agosto le siguió un terremoto de casi cinco de intensidad en los alrededores de Granada, y un segundo pocos días después. Las entrañas de la tierra rugieron de tal forma que provocó destrozos en ciertas zonas. A mí me pilló las dos veces en la cama y creía que me iba a hundir, es difícil describir el terror que te corre por el cuerpo en esos momentos. Todo se movía, se caían cosas de los estantes, y las paredes parecían de gelatina. En un noveno piso, al menos, se siente así. Y el día siguiente al gran temblor amaneció lloviendo, con fuertes vientos, cielo oscuro y tormenta eléctrica. Parecía que, entre unas cosas y otras, se acercaba el fin del mundo. Pero no era el fin del mundo el final que se acercaba. Era el fin de una etapa en donde todo parecía estar en mi contra, y que se empezaba a dar la vuelta para colocarme en el lugar donde quería estar, donde sí me sentía bien, donde las decisiones precipitadas sólo dejaron una enseñanza y no un cambio irreversible. Aquel circuito que me llevaría casi una semana al norte me salvó de sobrepensar, me puso el foco donde debía y cuando regresé, mi orilla, aquella en la que había naufragado y que se veía tan solitaria, se empezó a llenar de gente, de chiringuitos, de días de sol y playa, de cervezas junto al mar que fue surcado, para sorpresa de todos, por un delfín muy cerquita de la orilla. 
Y así llegó septiembre con toda su luz, con todos sus viajes, y con un reencuentro que me trajo la alegría olvidada y un imán para la nevera. Pero esa primera toma de contacto con lo que sería el principio de una larga travesía me dejó, de entrada, en tierra de nadie. Como si el verano, con todo lo acaecido, hubiese derrumbado de golpe el armazón levantado en la anterior primavera. Aunque no duró mucho. Apenas dos semanas después, me vi de nuevo en el mismo sitio donde lo dejé sintiéndolo todo de nuevo, todo lo que había dejado de sentir desde hacía tiempo. Porque el verano arrasó con todo dentro de mí, y me dejó tan vacía y apática que nada conseguía emocionarme, ni dolerme, ni enfadarme, ni alegrarme, ni nada de nada… simplemente no era capaz de sentir. La vida se me presentaba indiferente, ni frío ni calor. Y sólo hizo falta una presencia tímida, discreta y auténtica para modificar eso. 
Y así cambié, sin proponérmelo, un vínculo patético con una persona patética, por uno de los buenos, de los que salvan, de los que no quieres perder. Y tal vez por esa razón, por ese miedo a perder lo que quieres, la gran ocasión pasó tan de largo como el ron barato. Una ocasión que se dio cuando todo parecía impedirlo. Echando la vista atrás me divierte ver los avances en esta rara historia. Han sido lentos, muy poco a poco y muy espaciados, pero han sido firmes y decisivos. Ya no hay mucho lugar para la duda, aunque hay un montón para el miedo. Un miedo que se hace necesario para entender aquello que valoramos, pero a la vez un miedo persistente ante el azar de la vida que puede estar salvándonos de algo o ahogándonos en el mismo lugar. Demasiados factores externos moviendo los hilos, y demasiados factores internos sin gestionar. 

Y así, a merced de los acontecimientos, intento estos días ocupar las manos en algo, preparar mi próxima visita, apuntarme a castings, y dejar que la mente se quede un rato en silencio, a ver si de esa manera, pase lo que pase, aprendo a escribir sin faltas este infinito y bonito cuento de nunca empezar.