sábado, 25 de julio de 2026

La noche más larga

Ha pasado un mes, y todavía no soy del todo capaz de escribir sobre ello. Ocurrió todo muy rápido. Demasiado rápido para asimilarlo. Entre el sábado y el domingo llegaron las primeras impresiones. El lunes noté que algo malo iba a pasar. El martes lo supe. El miércoles se cumplió. 

La noche de San Juan, la noche más corta del año, fue la noche más larga. Sin la certeza aún de que la noche más larga vendría por la mañana. En mi cabeza resonaba todo el tiempo el mismo estribillo. 

El 23 de junio necesitaba un milagro para no verlo morir ante mis ojos, para no verlo apagarse con la frustración de no poder hacer algo para evitarlo. El milagro llegó en forma de Bizum; sin saberlo, teníamos un ángel de la guarda en Madrid. Una angelita, para ser exactas. Una chica a la que apenas conozco y cuya inmensa generosidad ayudó a alargar la vida, la esperanza y, más tarde, por desgracia, también la agonía. Algo por dentro me susurraba lo peor, y sin embargo invertí una enorme cantidad de dinero para que lo peor tardara muchos años en llegar. No fue suficiente, y en el fondo lo sabía, pero no podía dejar la vida de lo que más he querido en el mundo a la suerte de una intuición. No hubiese podido perdonarme nunca el no haberlo intentado todo. Y ese dinero caído del cielo era la única señal a la que podía hacer caso. Lo demás no quise ni considerarlo. Me dolían los ojos y el alma de tanto llorar, pero las lágrimas de dolor se transformaron en otra cosa. Se transformaron en lágrimas de esperanza; una esperanza que seguía doliendo, porque la esperanza, lejos de la creencia popular, puede ser algo muy dañino. Pero yo sólo con imaginarme la sangre corriendo por sus venas, reanimándolo, devolviéndole la vida, ya me sentí algo mejor y pude conciliar el sueño perdido. Al día siguiente, los designios caprichosos volverían a llevarse el sueño, ahora con intereses: con el hambre, con la risa, con la ilusión, y con la capacidad de sentir algo que no fuera angustia. 

El día de San Juan ha sido, de lejos, el día más triste de mi vida hasta la fecha. Y me han pasado mierdas gordas a lo largo de los años como a cualquiera. He sufrido pérdidas, muertes, rupturas, decepciones, traiciones, desengaños, crisis indescriptibles; he llorado por mí, por los demás, por lo que tenía, por lo que dejé de tener; he padecido heridas de todos los tamaños, de todas las intensidades, de todos lo colores, y por mil causas distintas; he tocado fondo, ese fondo oscuro en el que la mayoría necesita medicarse (yo no, pero porque al final soy una puta roca y me autogestiono increíblemente bien sin ayuda, no porque fuera menos grave). Y, sin embargo, esta vez ha sido la única vez, la única herida, que me ha hecho decir en voz alta: “No puedo más”. Tal era el agotamiento físico, mental y emocional que arrastraba. Me dolían los ojos y el alma, el pecho y la cabeza me ardían, el estómago se me encogió, y tenía la garganta, la nariz y la boca completamente secas. Cuando entendí que ya no lo vería más, que ya no lo volvería a tocar, que ya no estaría al volver a casa, me fallaron las piernas, me dejé caer, entré en estado de shock. Ese estado asqueroso en el que caes cuando algo malo ocurre de forma repentina, sin una preparación, sin un vértelo venir… Es como como pasar de 40 grados de temperatura a 10 de golpe; la brusquedad hace que el cuerpo se corte y te pones mala. A mí la brusquedad me cortó el alma. Y en ese estado sólo puedes abandonarte, porque el aliento no da para más. Un fundido a negro. Pero la vida siempre se empeña en abrirse camino porque, como dijo Gabo en boca de aquel personaje, “uno no se muere cuando quiere sino cuando puede”. Y yo no podía. Tenía a otro ser vivo a mi cargo al que debía cuidar. En esos momentos no era capaz de apreciar muchas más razones. Simplemente, no las veía entre tanta niebla. Mi perro me salvó. Y estoy segura de que, si no hubiera sido por él, hubiese habido otra razón de peso en su lugar, pero en este caso, la razón llevaba su nombre. 

Y así, haciendo un esfuerzo titánico, decidí tomar la única acción que parecía razonable: seguir llorando en otro sitio, encerrarme en mi propia burbuja, y dejar que el tiempo, el sol y el mar me curaran por dentro. Me fui a la costa. Me alejé de ese lugar asfixiante que sólo me recordaba a él. Pero no tuve ni el tiempo ni el espacio suficientes para procesar lo ocurrido, para asumirlo, para aceptarlo, para curarlo, porque en medio de esta eterna noche de 30 días han pasado infinidad de cosas que me han distraído. Se me abrieron demasiadas puertas sin haber cerrado antes la más importante, y por esa razón he vivido el último mes en piloto automático. Como un zombi. Sin sentir ni padecer. Sin risa auténtica y sin lágrimas sinceras. Lo bueno no me emocionaba como antes; lo malo no me afectaba demasiado. Todo pasaba a través de mí como si nada. Perdí la capacidad de estar presente, de vivir las cosas, de apreciar lo importante. 

Ha pasado un mes, y todavía lloro de vez en cuando. Lloro cuando miro sus fotos, cuando lo veo sin verlo, cuando su recuerdo se cuela sin avisar. Lloro cuando alguien más lo llora. Y lloro cuando otras vivencias y otras personas no me dejan llorarlo sólo a él y se empeñan en hacerme llorar por ellas. En mitad de un duelo sin cerrar, he tenido que lidiar con dos de las personas más egoístas que he conocido. Dos hombres-monstruo absolutamente insensibles y desconsiderados, uno de los cuales se supone que debería quererme más que a él mismo (si no fuera porque él mismo es lo único que le importa). Pero cuando vienes de un KO en toda regla, todos los ganchos y directos del mundo apenas logran hacerte sangrar. Sólo hay una sangre que me duele de verdad. Una sangre que no alcanzó para revivirnos, y esas gotitas derramadas que mancharon su pelo y mi corazón. Y aunque sé que me quedan muchas lágrimas y mucha sangre por delante en la vida, esta experiencia ha marcado un antes y un después. Todo se simplifica, se relativiza, pasa sin más. 

Si algo bueno tiene la muerte es que la vida se vuelve más fácil. 

El desconsuelo, el vacío y el agotamiento se han ido disipando para dar paso al agradecimiento por estos casi diez años en los que he aprendido a querer sin depender, a dejar presencia sin ningún esfuerzo, a despreocuparme por lo que no puedo controlar. Necesitaba con urgencia que llegara este fin de semana de soledad y silencio. Cuando se cumple un mes del día más triste. 


 

Gracias por haber venido, y por haberte quedado todo este tiempo. Estoy deseando volver a verte, pero antes tengo cuatro cosillas más que hacer por aquí. Te quiero, Mikelillo, más de lo que nadie podrá entender jamás, y ni falta que hace. Tú y (ahora también) yo, lo sabemos. 
Hasta pronto, pequeñajo.

martes, 16 de junio de 2026

Epílogo

Hay despedidas que llegan haciendo ruido, como la tormenta de verano que atravesamos y que le da un toque dramático a la escena. Y luego están las otras, sin lluvia ni dramas... las que entran descalzas y de puntillas queriendo acabar pronto. 

Pero no siempre nos marchamos cuando nos vamos. A veces nos quedamos ocupando un espacio etéreo entre el cielo y la tierra: atrapados en el reflejo de un cristal, entre las piernas cruzadas sobre un par de taburetes, dentro de un relato en forma de guiño, en el recuerdo borroso de un torso desnudo, o en la oscuridad de un nido ambulante improvisado donde el silencio se hace cómplice de nada. 

Porque los saltos de fe dan miedo cuando las circunstancias juegan en contra. Tantos límites por tantas partes hacen dudar, pero no me corresponde a mi quitarlos del medio. Y esperando la señal sin interferencias, el tiempo (tan a favor), se terminó. En cuatro de cinco hubo tiempo de sobra, pero ya no había más. Se acabó en un suspiro, y parecía que yo era la única que lo entendía (o la única a quien le afectaba). 

La ausencia de un pequeño detalle y, sobre todo, de un gesto más sentido antes de volver al mundo real me dejó vacía por dentro. Será que el contacto con tacto no es lo mío. Y regresé con la memoria llena de historias... pero sin mi lluvia, sin mi drama... sin mi final feliz.

Después de estar tan cerca de la línea de meta, fue como volver a la casilla de salida. Especialmente, cuando mis dos intentos por lanzar un SOS al mar dentro de una botella, apenas obtuvo respuesta para salvarme. Alguien como yo se sacaría mil ases de la manga, pero esperar eso es esperar demasiado. 

Llevo dos días intentando reordenarme por dentro para que después del verano, y siempre que dependa de mí, pueda tomar las decisiones acertadas. Pero ahora mismo sólo quiero echarme a un lado, y atesorar todo lo bueno que he vivido estos meses sin que lo menos bueno lo ocupe todo. Puede que entonces venga algo mejor en el futuro, aunque es pronto para saberlo, y hasta para valorarlo. Yo, por si acaso, me pondré a la sombra (que es lo suyo con tanto calor) y empezaré mi nueva etapa lejos de paraísos inventados, de adioses sin lluvia, y de pueblos remotos con sus romerías. 

Hay historias que nunca terminan de empezar, y otras que empiezan al terminarse. 
El tiempo, ése que ya no tenemos, escribirá el resto. 


miércoles, 10 de junio de 2026

TANTO AMOR

Hubo un segundo, y hubo un tercero. Y del primero al tercero hay tanto, tan bonito, y tan inquietante que se me hace difícil describirlo. Especialmente en estos días en los que me encuentro a rebosar de cosas, de emociones, de prisas...

Me despedí de abril con el corazón lleno, y dos besos tímidos, que entre la poca sangre, y esas dos anclas que atan a tierra, no era de esperar un centímetro de más (aunque tampoco cinco de menos). 
La primera vez, la desilusión (maldito prefijo) jugó bien su papel. Me arrastró al lugar correcto, y feo, donde debía recalcular mi ruta. No esperaba dos seguidos. Y cuando eso ocurrió, me di cuenta de que la cabeza razona en línea recta, pero el corazón camina en círculos. No atiende a argumentos. Y lo supe en cuanto me vi rebuscando entre mis cosas y mi armario las mismas ilusiones que ya había descartado mentalmente. Es como volver a subir a un avión teniendo vértigo porque la sensación de volar pesa más que el miedo a las alturas. Vas acojonada, pero vas. 
La segunda vez entendí que, más allá de lo superficial, había algo etéreo y precioso enterrado en algún lugar de mi ser. Algo que no había sentido con tanta claridad en años. Era tan puro y tan de verdad que, a pesar de la torpe despedida, tenía el corazón lleno y más dinero de la cuenta. Quizá por compartir más, por regalarnos más, por cuidarnos más. Quizá por renunciar a ese sueño porque el sueño de verdad estaba fuera. Quizá por esa sonrisa que se me dibujó cuando me contaron historias de terror, mientras yo vivía un cuento de hadas. 
Quizá por todo eso fue que a la tercera no pude esperar a que me llegara la confirmación para sentir la pena agarrada al pecho. Me anticipé al peor escenario un buen rato antes, y me enfadé conmigo misma por ser tan frágil a veces, y con la vida por darme lo que luego me iba a quitar. Pero la confirmación llegó, y con ella, de nuevo la luz. Tres de tres. Y otra vez de abajo a arriba. Y otra vez a llenar la mochila con esperanzas. Y otra vez en el barranco emocional del no saber a dónde irá esa alegría insana que engancha más que la heroína. 
La cosa se ha ido dando en escalada permanente. Porque el tercero fue especialmente especial. El primer día salió todo a pedir de boca, había magia en cada adoquín que pisaba. Todo parecía perfectamente posible, incluso adecuado. Pero al siguiente, con la semi-resaca en el cuerpo y el cielo gris oscuro, hubiese preferido desaparecer medio rato. Me senté a escribir por desahogo, con todo el frío y todo el sueño, deseando que al menos saliera el sol (porque poco más iba a salir ya). Pero tras dormir un rato, el ánimo cambió. Me centré en celebrar aquella verbena improvisada que nos recibió la noche antes, y agradecí las confesiones, los pequeños gestos y la impagable compañía. 

"Como tú, ninguna"; tres palabras para no olvidar. 

Y con una tercera despedida, bastante más cercana, me quedé pensando en todo lo que tenía por delante. Porque entre medias de todo esto ocurrieron muchas otras cosas. 

Me tiré a la piscina con un bolo para mi monólogo. Tenia miedo de cerrar la fecha (yo sola otra vez en el escenario conmigo misma y mi texto, sin tiempo para pulir, sin ayuda, sin respaldo, sin red, y con la incertidumbre de la convocatoria). Sin embargo, todas las fichas cayeron en su sitio cuando tanteé a la gente y justo el 29 de mayo podían tod@s. Fue como si, buscando la excusa para no hacerlo, encontrara la razón para apostar. Me pasé las semanas previas con un nudo de ansiedad gordo en el estómago, pero sabía que necesitaba hacer ese bolo y demostrarme que todavía podía, porque la experiencia sevillana me dejó muy mal sabor de boca, y los bolos anteriores no fueron para tirar cohetes. Al mismo tiempo, me dieron un par de viajes más, y mi jefe me propuso trabajar también en la oficina de cara a la próxima temporada (¡de locos!). A esto habría que sumarle los artículos que todavía tenía pendientes de escribir. Conclusión: un mes de mayo tan arriba que daba vértigo. Sin tiempo para interiorizar la de cosas increíbles que me venían ocurriendo. Mención aparte merece, entre tanta cosa extraordinaria, el inesperado regreso a escena de quien no tenía noticias tras dos años de idas y venidas absolutamente infructuosas. La vida tiene eso, te da y te quita a su antojo. En perspectiva entiendes mejor cuál fue su jugada, pero sobre la marcha tiende a confundirte porque es así de maja... Sea como sea, empezó a acojonarme tanta buena racha y tanto por abarcar. Y aún no podía creerme que el susodicho realmente apareciera (no lo hizo). 
Empecé priorizando cada movida por orden de llegada, sin detenerme a pensar en qué significaba cada cosa para mí, y acabé saliendo airosa de cada compromiso. Los viajes bien, el primer contacto con la oficina bien (ya me sumergiré más en verano), uno de los artículos bien (el otro atascado, pero un nuevo golpe de suerte me trasladó la fecha a agosto), y el monólogo... ahhh... quitarme eso fue como quitarme una mochila llena de piedras. Era, de lejos, lo más importante para mí. Lo demás también, pero estaba infinitamente más controlado. Aquella noche sólo me fallaron tres personas de las treinta y pico que confirmaron asistencia. Toda esa gente estuvo, y no sólo en cuerpo y forma ocupando una silla.; estuvo con todo. Con interés, con curiosidad, con ganas, con risas y con aplausos. Y la otra parte, que soy yo, también. Porque nunca sabes si te va a dar un soponcio justo antes de salir, si te vas a bloquear y olvidar del texto, si vas a estar más o menos inspirada. Pero salí a dar, y esta vez también recibí. Todo se prestó para que esa noche hiciera por primera vez mi monólogo completo con el feedback que una siempre desea. 
Acabé el mes de mayo llena de amor, desbordada incluso... clientes elevándome a "la mejor guía del mundo", conductores que me tratan y me cuidan como una amiga, compañeras que siempre están ahí, amigas y amigos en general que apoyan, y reman contigo si te hace falta, y te buscan cuando no estás...y mi bimbo... el primer culpable de que se me salga el corazón por la boca. El desencadenante de tantas emociones bonitas que, por contagio, se han ido extendiendo incluso hasta los maizales de la vega de Granada. 
La vida siguió, pues, dirigiendo el juego como un experto crupier. Y, como afortunada en el juego que aparentemente soy, me ha quitado del medio una losa que venía cargando: un grupo de indeseables, sin neuronas y con la educación propia de un quinqui poligonero. El mismo día de mi cumpleaños, o sea, antes de ayer, volví a respirar a gusto cuando salí de un proyecto que empezó con buena pinta y acabó siendo un sindiós ingobernable de porreros aspirantes a famosillos. Saltar de un barco semihundido me ha dado más que el tiempo que me consumió: dignidad, nuevos colegas, y una reciente madurez que creía no tener para ciertas cosas. Y aunque mi cumple cayera en lunes de cansancio total encerrado entre dos circuitos, recibí una inesperada sorpresa en forma de mensaje, y mucho más entre medias. 

Y todo esto, tras enfrentarme al reto que tarde o temprano tenía que llegar. Porque no hubo cuatro de cuatro, y sin embargo, el cuarto no fue nada mal. Diría que incluso fue necesario. Y esta vez (hasta en eso me ha caído una estrella) pude saberlo con más antelación, y prepararme para lo que parecía inevitable. "Uno más, y se acabó", y no sé ni que esperar ya, pero confío en las cartas que me toquen. Porque si se puede "arañar" un poquito más, esa carta caerá. Hasta entonces, tengo un par de buenas respuestas para releer, y una cerveza pendiente para echar el verano. Un verano que se presenta durillo: con idas y venidas a Motril, un Cantabria en agosto, espero que algún monólogo en la costa, y varias sesiones de dentista. Pero eso sí, con nómina y contrato, como la persona mayor en la que me estoy convirtiendo 😅


Siempre he pensado que la suerte me perseguía pero que yo era más rápida, y últimamente estoy sorprendida (me habré cansado de correr), porque a veces ocurre que, de la nada, me nace una sensación de plenitud que ni siquiera estaba buscando. Y surge sin más, mientras estoy ocupada haciendo otras cosas. Cuando estás ocupada pasa todo más rápido, pasa todo junto, pasa lo que no imaginabas que podía pasar, pasa hasta lo inconcebible. Será que no te da tiempo a contaminarte de malos rollos pensando en lo circunstancial de cada cosa. Lo coges como viene, sonriendo en lo posible, sin análisis profundos, ni buscando el lado malo. Pero no tener tiempo para eso, es no tener tiempo para mi tampoco, y eso sí lo he echado de menos. Porque cuando estoy demasiado tiempo en tierra, me agobio. Yo soy aire y quiero volar por universos inventados... Por eso, por las noches, mientras me quedo dormida, me mudo allí, a ese sitio donde fabrico sueños que no están, por lo visto, tan lejos de cumplirse (quizá porque por la mañana empieza la actividad infinita y no queda tiempo para boicotearlos). 
Claro que yo, para boicotear cosas, siempre saco un rato, y ya vengo vislumbrando negativamente los próximos días. 

"Espera lo mejor, y prepárate para lo peor". 

Pero, por más razones que me dé a mí misma para poner los pies en el suelo, la realidad es que vivo en las nubes, quiero lo que quiero, y no quiero pensar más allá de eso. 
Me niego a ser realista si eso significa dejar de sentir TANTO AMOR. 

miércoles, 22 de abril de 2026

Entre ficciones y aflicciones

El mes pasado estaba deseando que llegara "mi primavera", y la esperaba con ilusión, imaginando cómo sería si salía todo según los designios. Un mes y medio después puedo decir sin titubear que la previsión necesita gafas graduadas, y que este año habrá que sumarle más pañuelos a la alergia. 

Será que de tanto pasar por la Mancha he visto gigantes donde sólo había molinos, o que el recuerdo miope de aquellos ojos incendiados me llevó a una construcción arquitectónica del reencuentro que ni Gaudí en sus mejores días. Todo empezó estando en Valencia, en un hotelito precioso frente al mar, cuando en mitad de la noche desperté sudando y me volví a dormir con más sudor aún. Era todo tan real que parecía de este mundo. Y desde entonces fui poco a poco poniendo ladrillos a aquel sueño de agua y sal. Meses enteros montando la trama perfecta de una película con su drama y su comedia, pero sin título ni final.

Sin embargo, la vida tiene un sentido del humor bastante retorcido, y no me puso violines de fondo aquel día como establecía la banda sonora. En su lugar, sopló suavemente con un agudo silbido sobre mi castillo de naipes construido con expectativas, y éstas se derrumbaron en silencio. Y así pasé varios días en el limbo emocional tirando de dotes actorales, y de escritura terapéutica a la sombra de cualquier cosa que diera sombra. 

Dando vueltas sin rumbo, caminando a diez centímetros del suelo porque me había quedado sin gravedad, y matando las horas como podía, conseguí estar bastante tiempo alejada de aquel transformer. Pero tras varios intentos de quedarme a solas, y dos cervezas que no ayudaron mucho, tuve que resignarme a volver al escenario y seguir actuando. Me acurruqué al fondo, entre bambalinas, para "no molestar", sintiéndome como si estuviera delante de un banquete y tuviera alergia a todo lo que había sobre la mesa. Y casi da más coraje, que en medio de semejante drama interno, todo siguiera siendo tan cool, tan natural, tan fluido y tan jodidamente amable. Riendo por las chorradas que me salen cuando estoy nerviosa y no quiero que se note, compartiendo (casi) todo lo que una puede llevarse a la boca, o mirando el cielo estrellado cuando no hay otra cosa que mirar entre tanta oscuridad. 

Y en algún momento de escudriño pude aliviar la carga que me pesaba tanto, y hasta sonreír por el hallazgo. La desazón fue mermando, y voluntariamente me quité la máscara de la indiferencia para mostrar sin miedo la cara real de una dulce resignación. Al día siguiente noté cómo ese sentimiento que tanto venía quemando se transformaba en algo un poco triste pero más bonito. Como un pequeño tesoro que debía valorar, que debía cuidar. Algo que, al margen de todo ego, me seguía haciendo sentir inmensamente rica, siendo escuchada como si cada palabra mía fuera un decreto ley, como si cada observación fuera la más ingeniosa del mundo. Y supongo que es de agradecer tanta atención, aunque en medio esté ese "muro de metacrilato" famoso que, de alguna manera, aceleró el reloj, y todo acabó en un suspiro; el fin de un final que estaba empezando, y que no sé cuántas veces soñé después de la noche valenciana. 

No hubo luces de neón antes de dormir, sólo una bombilla que parpadeaba a duras penas (luz suficiente para no tropezar, pero nada que incendiara el cielo más allá de los fuegos artificiales), y un hotel de carretera demasiado lleno para dejar brillar algo. Yo buscaba la ocasión que me desarmara, y acabé, sin quererlo, armada hasta los dientes. Y eso duele de una forma tan educada que ni siquiera da pie al enfrentamiento (esa otra cara de la moneda). 

Regresé al origen con la maleta llena de "y sis", y cierta prisa por desaparecer de escena sin la torpeza de la última vez, mientras ponía a mi intuición castigada de cara a la pared. Un par de días necesité para sacudirme el baño de realidad, y ahí sí... ahí pude abrirle las compuertas a los sentimientos que se habían quedado estancados en el pecho y en los ojos, porque las despedidas son un duelo que hay que llorar para que se curen. Traté de entender la ironía de que dos trenes pasen por la misma estación pero en horarios distintos, y que al final me quedara sola en el andén, tal como me quedaría si se pudiera elegir el "jugar en casa". 

He tenido que meterle pedal a todo este proceso porque el desapego se me hace urgente ante la visión de otro déjà visité igual pero distinto; igual pero más vacío, igual pero más sola, igual pero más triste. Porque en algún lado están cruzando los dedos para librarse de mí, mientras yo firmaría a fuego un contrato indefinido. Y ya ni siquiera es por algo tan caprichoso y apremiante como secarse el sudor de la frente, sino por la necesidad de ser yo sin filtros, por entretenimiento puro y duro, por la complicidad que sólo surge cuando no la buscas, y que es una lotería encontrarla tan lejos de tu entorno. O porque cada vez que vea en el cielo negro el Cinturón de Orión desde ese descampado recóndito y oscuro lleno de ruedas y de gente solitaria, echaré de menos el arregosto de "mi mala compañía" preferida, incluso sin necesidad de mirar hacia arriba.

Puede que el desajuste emocional viniera también precedido por la falta de enfoque de las semanas anteriores. Con Mario viviendo casi dos semanas en el hospital, y cuyo único beneficio fue una inesperada reconciliación con un viejo amigo con el que coincidí en horario de visita, tuve que hacer un esfuerzo superlativo para centrarme, y creo que sólo lo conseguí a medias. A esto hay que sumarle ese regusto amargo que deja defenderte de ataques externos por envidias malsanas que una rubia de bote estúpida me cogió sin razón, y que me obligó a dejar pasar de largo una futura fuente de ingresos. Pero tengo claro que valgo más que cualquier trabajo, y que a mí no me pisotea dos veces ni dios (eso ya lo hago yo sola, que sarna con gusto no pica). 

Y así, muerta la fe en las estrellas mentirosas, y con poco tiempo para proyectarme en casi nada, me he visto por momentos en medio de un vacío que hiela la sangre y hace, literalmente, vomitar. Por eso, determinada a dejar de perseguir quimeras, pasé por la trituradora todos los recortes del metraje, todo lo que no iba en la película. Y ahora toca hacer un ejercicio complicado de superación personal para no caer en el mundo de la gente gris, y empeñarme en encontrar, aun en los lugares más inesperados, más oscuros y más recónditos, esa chispa de magia sin la cual me niego a vivir.  

Si tú no te das cuenta de lo que vale, el mundo es una tontería (...)


PD. Escribir artículos cómicos cuando la vida está en modo melodrama ¡es pa colgarse una medalla de oro, compae!





domingo, 22 de marzo de 2026

Pre-ocupada

Hoy me he levantado con ganas de hacer mil cosas, y cuando me entra la urgencia lo quiero hacer todo a la vez (será para compensar los largos tiempos muertos en los que no hago "nada"). Lo curioso es que justo anoche pensé en abandonar muchas cosas, soltar el control de aquello que se me hace difícil, PASAR, en definitiva... Y además, decidí hacerlo sin pena ni culpa, sin remordimientos, sin sentir que me rendía. Simplemente, necesitaba cerrar un capítulo y centrarme en otras cosas (en mí, básicamente). Y sin embargo, al despertar hoy, un huracán de ideas le ha dado la vuelta a esa supuesta etapa de paz a futuro que apenas me ha dado tiempo a vislumbrar. Es como si, mientras dormía, se me hubiese reseteado la mente, encontrándomelo todo archivado en carpetitas perfectamente ordenadas al despertar.  

En menos de dos semanas tengo que escribir un guion y dos artículos, preparar una canción, cerrar distintos proyectos con distintas personas, llamar a varias puertas, y meterme en ensayos y preproducciones si todo va bien, porque después de semana santa tendré el tiempo justo para cualquier cosa que no sea viajes y más viajes, que por un lado está bien porque es dinero y el dinero es una de las muchas cosas que necesito para poner en marcha todo lo demás. 

Es mucho abarcar, pero si me tengo que rendir algún día, quiero haberlo intentado todo antes. 

Y en medio de todo este torbellino, el cielo me recuerda que ya es primavera, y a mí se me antoja taaaaan bonita. Mi romántica visión de la vida me lleva a imaginarme escenarios maravillosos, llenos de momentos maravillosos y cerquita de personas maravillosas, desenterrando por fin ese tesoro que la nieve escondía. Y me da por cortarme el pelo, y ponerme menos ropa, y hacer cambio de armario, y sacar potingues y mancuernas para estar a la altura de lo que viene. Y gastar... gastar esos pocos ahorros en cosas que me gustan aunque no las necesite, porque soy así de derrochadora. 

Miedo me dan estos arranques de vitalidad míos, pero algunas veces me llevan justo a donde necesito ir. Y si me equivoco, ya no me preocupa tanto. Bastante pre-ocupada estoy ya. De últimas, siempre me quedará el plan B, ése en el que cierro un capítulo y en vez de empezar otro, me mudo de libro, y me baño en la playa en invierno, y me dejo vivir sin esperar más primaveras. 



martes, 10 de marzo de 2026

Cuando acabe la lluvia

Más o menos durante la primera mitad de febrero, cuando las borrascas se empezaron a encadenar unas con otras para inundar los suelos y las casas, y provocar daños materiales, desalojos, heladas y desastres en las tierras de Andalucía, escribí algunas cosas que estaba empezando a necesitar para mover un poco el tablero. Aquello fue un domingo, y con más fe que expectativas reales anoté lo que necesitaba esa semana. El lunes amaneció en silencio, pero el martes salió el sol. O puede que no, pero en mi recuerdo había sol. Un bonito sol en el que, según mi agenda, era el “día mundial del paraguas”. 
En cuanto levanté la persiana por la mañana un enorme coche azul pasó por debajo de mi ventana, y me susurró “algo bonito”; un poco después esa mañana, me escribieron de una agencia para darme un circuito. Ese día parecía que todo encajaba, que todo iba bien, que se adivinaban cosas… El tablero se movía. Después de fliparlo un poco, y hacer los ajustes pertinentes para situarme mentalmente en el sur de Portugal, me fui a celebrar la suerte al bar de la esquina. 
En un acto de inspiración aderezado con cerveza, y con la imagen presente del coche azul de la mañana, me hice notar, y tanteé un poco el ambiente, aprovechando la excusa y el contexto. El resultado fue: respuesta inmediata, interés medio, despedida urgente. Aun así, mi primera impresión fue buena, pero al día siguiente, con la cabeza más fría, otras posibilidades igualmente válidas se abrieron paso. Pensé entonces que sobreanalizar no iba a servirme de mucho. Ya se disiparán las dudas cuando acabe la lluvia. 
Y la lluvia acabó, pero sólo unos días. Los suficientes para poder celebrar el cumpleaños de mi madre (con más nubes que claros, realmente, pero no por el tiempo), y disfrutar de playas y paseos marítimos algarveños, hasta que el cielo volviera a nublarse. 

Al tiempo que intentaba situarme en el mapa, descubrí que andaba más perdida en mi propia vida. Y en una de esas noches de crisis existencial pensé, “¿y si todo esto fuera un sueño, como esos sueños que parecen tan reales que sólo descubres que es un sueño al despertar?". Quizá lo que he querido siempre no pertenezca a esta vida-sueño. Quizá todo esto sea un ensayo para otra vida, y al morir despertemos del sueño y empecemos a vivir plenamente con lo aprendido en el ensayo. Esa idea, tan trillada por filósofos y literatos, consiguió, sin embargo, amainar mi vendaval de incertidumbres recurrentes y dejar el fatalismo a un lado. 
La vida tiene sus propios tiempos, y casi todo lo que yo escribí para una semana se fue dando en menos de dos, aunque las cosas más improbables, más fantasiosas, o más ideales no han llegado (aún). 
Y en relación a esto, el otro día en Baeza, durante otro circuito, me pasó una cosa rara… Tuve que buscar un baño público con urgencia para un cliente, y nos dejaron entrar en el Café Teatro Central. Mientras el hombre estuvo allí, yo me quedé mirando los cuadros de las paredes con fotos de artistas que habían pasado por la sala. Esa tarde había algo (un concierto, quizás) y la atmósfera me asfixió. Sentí un nudo en el estómago que no supe bien como interpretar. Era como asco por estar en un ambiente que últimamente se me venía negando. Pero no podía racionalizar nada. Cuando el cliente acabó de usar el baño, salí de allí a empujones, casi con rabia, y sólo el aire de la calle me devolvió cierto bienestar. 

Ahora, con media tarde libre antes de volver a las carreteras a seguir dando vueltas, he tenido ese rato de reflexión necesario para ordenar mi cabeza un poco. 

Hacer dinero (mucho) ----- renovar fotos ----- mandarlas a agencias. 

Ese es el esquema. Si salen bolos en medio, bien (de momento ya hay previsión de participar en un proyecto de streaming con un compañero que quiere contar conmigo, y otro que quiere que le ponga coros a una canción suya), pero mi objetivo sigue siendo el cine. No sé cómo ni cuándo, pero tengo otro corto que sacar adelante, y un monólogo que exprimir, además de seguir probando suerte con los castings, así que directamente no tengo vida. Mi vida es viajar, escribir, ahorrar y cruzar los dedos. 

Creo que lo único a largo plazo a lo que le tengo fe y ganas (llamémoslo proyecto kamikaze de urgencia) es lo que me mantiene funcionando con cierta ilusión. 

Estoy deseando que acabe la lluvia. 


domingo, 25 de enero de 2026

Un número que me gusta, o cómo pasar de tu hocico

Hoy es 25. Buen día para escribir (buen día dentro de casa, afuera está frío, lluvioso y gris, y para mí eso es malo porque odio el frío, la lluvia y las cosas grises). 

Me gusta el número 25. Es un número importante para mí porque una de las personas que más me han inspirado en la vida nació un día 25. También, por razones más tristes, es el día en que murieron mis abuelos. Un día como hoy: 25 de enero, sólo que con 9 años de diferencia. 

No creo en ninguna ciencia oculta detrás de los números (la llamada numerología), pero sí creo que cualquiera cosa (números incluidos), puede tener valor o peso por lo que significan para una. Los números en particular dan mucho juego para crear pseudociencias, pero los colores, los olores, las letras, o la metamorfosis de la oruga puede tener un valor personal si se lo damos. Y para darle valor a algo hay que saber mirar. 

A lo que voy... qué mes más raro enero. Qué de cosas han pasado y cuántas cosas han pasado de pasar. Y hablando de pasado, ¿qué me deparará el futuro? Creo que no quiero saber ni lo que va a acontecer mañana; o menos aún , dentro de una hora. Me da igual. Planear se ha vuelto una tarea tediosa para mí. 

Si me preguntaran ahora mismo qué es lo que quiero, respondería "quedarme como estoy". 

Sin grandes compromisos, sin grandes responsabilidades. Incluso sin grandes metas (lo que desgastan las putas metas...). 

Quizá pediría un sofá más grande, pero eso me lo puedo comprar yo apretándome un poquito el cinturón; o un book renovado sin tener que pasar por el proceso de pose y disfraz, pero eso es de ser muy perra (podría pedir ser menos perra, pero me da pereza). También podría pedir que mi madre, mi Chulo y mi Miki no se mueran nunca, pero no me lo perdonarían, porque serían cada vez más viej@s y les dolería la vida, y el único alivio a eso es la muerte que yo les habría arrebatado. Y para acompañarlos tendría que pedir que yo tampoco me muera nunca, y eso sí que no (quién sabe lo que vendrá después del reguetón... no quiero saberlo, ¡no quiero!). Ya puestos, también podría pedir que mis abuelos resucitaran, pero el genio de Aladdín nos enseñó que no se puede pedir eso. 

Algunos deseos son irrealizables. Para todo lo demás, "master azar".

Cada vez tengo más claro (esto va a ser la famosa sabiduría que dan los años) que una puede perseguir lo que se proponga, y seguramente conseguir muchas cosas (con mayor o menos esfuerzo, con más o menos escrúpulos, con mucha o poca fe), pero que si algo es realmente para ti, llegará de un modo u otro. Y lo contrario también se da: llegarás al centro de la tierra escarbando si buscas algo que no es para ti. (y encima saldrás quemadísima, que ahí dentro hay fuego). 

Escuchar(nos), eso que ya no hacemos porque tenemos Netflix. 

Trabajar(nos), eso que ya no hacemos porque no hay tiempo material del trabajo al gimnasio. 

Confiar, eso que ya no hacemos porque no da likes ni seguidores.  

Y esta es mi maravillosa conclusión en lo que llevamos de mes. Escuchar, trabajar y confiar (en ese orden) es lo que vengo haciendo desde que empezó el año, un poco antes incluso. Porque en algún momento entre diciembre y enero algo empezó a chirriar (lo sé porque a veces me escucho a pesar de tener Netflix), y decidí parar las máquinas. Escuchar es la parte más jodida para mí, porque nadie te habla. Un chirrido es un chirrido, no te dice mucho, es más, no te dice una mierda, sólo te advierte de algo. Ahora averigua tú el qué... (Puta vida. Ni de coña vivo yo para siempre). 

He buscado inspiración divina mirando el cielo negro a las 12 del día, y a las 16, y a las 18... Sólo hay niebla y mijillas blancas de esas que parecen nieve pero no lo son. Las mijillas blancas son poco elocuentes, me identifico más con la niebla ahora mismo, pero tampoco me da respuestas. Entremedias he buscado inspiración divina en YouTube, como cualquier persona de este siglo, incluso en la IA (que lejos de darme respuestas, sí me ha brindado al menos apoyo psicológico). Luego he pasado a mirar el gotelé (que aunque no lo creáis tiene su trama), y por último... he dejado de buscar. 

("Si no me hablas, pues no me hables. Paso de tu hocico", le acabé escupiendo a la vida). 

Con tal pasotismo por bandera salté al punto dos, y me puse a trabajar en algo. Pero no en algo mío, no en algo para mí, no en algo que me lleve a otro algo. He trabajado en no quedarme quieta, en aprender por el placer de aprender, en escribir por estrategia, en leer con atención y buen juicio (que ahora soy miembro de un jurado en un certamen literario), en cuidar a mis bichos con más atención, en hacer pocas cosas pero importantes cada día, en no enfadarme si justo cuando saco al perro se pone a llover, y en cuanto vuelvo a casa, escampa, en preparar circuitos aunque no me los den, en grabar vídeos aunque no me apetezca. Y en ese trabajar altruista, me colé en el  punto tres sin proponérmelo. 

Todo lo que hago últimamente lo hago sin expectativas firmes, pero con una confianza de aura mística en que, de alguna manera, es el único camino. Ya ves, los trenes descarrilan, caen bombas del cielo, te disparan por la calle a bocajarro, y una buscándole el sentido a la vida... 

Y así es como hoy, siendo casualmente (o no) día 25, he escuchado, con el viento de fondo y el gotelé de frente, que voy bien por donde voy. Que no tener expectativas es lo más liberador del mundo. Que desear cosas (ya sea un sofá nuevo, o que llegue ya el calorcito) está bien, siempre que no suponga una necesidad imperiosa sin la cual no puedas disfrutar de las mijillas blancas que caen del cielo cuando hace tanto frío. Que el trabajo no es trabajo cuando te gusta tu trabajo. Que sentirse perdida es señal de que vas a encontrar algo. Que según los gurús de internet, me esperan siete años de buena suerte porque no sé qué planeta está eclipsando no sé qué estrella (paso... me quedo con la primera parte sin cuestionar). 

Y habiendo escuchado todo esto, ya sé que trabajar(me), y va toda mi confianza en ello. 

Llevo queriendo vomitar todo esto ("esto" no sabía lo que era hasta ahora) desde ni me acuerdo. Me ha salido hoy, por fin. Y hoy podía haber sido cualquier día, pero es día 25. Y el 25 es un número que me gusta. 


lunes, 12 de enero de 2026

Borrón y cuento nuevo

El último mes del año vino atropellado de acontecimientos navideños, quedadas, últimos viajes, compras, y ajetreo generalizado en las calles y en mi cabeza. Y enero amenazaba con seguir la misma dinámica hasta que decidí plantarme pasada la primera semana. No tenía la paz mental, ni el espacio vital, ni el aburrimiento necesario para sentarme a repasar y dar forma a tantas cosas que me rondaban. Lo dejé reposar como las paellas, pero me acabé topando con un bloqueo aún mayor, y la paella se empezó a enfriar. El tiempo, implacable, pasaba sin miramientos en forma de días vacíos mientras yo forzaba un reajuste emocional que me permitiera arrancar con algo este nuevo año tan prometedor. 
Nada. Mi interior estaba bloqueado. Mi nueva y carísima agenda, en blanco. Mi inspiración, de vacaciones. Y entonces dejé de intentarlo, dejé de pensar, dejé de buscar fuera. Sin saber lo que quería, no podía saber hacia dónde ir, así que me quedé quieta. Y en esa quietud, tan improductiva en el mundo moderno, empecé a vislumbrar un camino. Todavía no sé a dónde lleva porque no consigo ver a más de un palmo (ya me han dicho que es presbicia), pero como dijo Machado "no hay camino, se hace camino al andar". Y así voy... andando a tientas, pero andando. Y, como viajera profesional, sé muy bien que el camino se hace más bonito y cómodo ligera de equipaje, por lo que decidí entretenerme el tiempo que hiciera falta en llevarme lo justo y necesario al 2026, en esa transición desconcertante y lenta del cambio de dígito. 

Cuando se acaba un año, hacemos balance de lo que ha ido bien, y de lo que ha ido mal. Lo primero nos sirve como autorreconocimiento, como la palmadita en el hombro que nos anima a seguir por ahí. Lo segundo nos somete a examen de conciencia. Qué hay que mejorar, qué hay que cambiar radicalmente, qué hay detrás de los errores. Los últimos acontecimientos me llevaron a replantearme un millón de cosas, a cuestionarme otro millón más, e incluso a cargarme con esa niebla densa de no saber nada de nada. Crisis existenciales que nos agarran de vez en cuando. Todo se dio de tal forma que, de pronto, ya no distinguía lo bueno de lo malo, ni al recto del retorcido. No sé si empecé a hablar de más, o a callar de menos. Y tampoco sabía con quién juntarme para sentirme más yo. Yo conmigo, y yo contra todos en una época en la que es difícil aislarse en defensa propia. Yo, absolutamente perdida en medio de luces navideñas y alegría pagada a crédito. 
En apenas un mes, la vida me hizo reunir mogollón de enseñanzas que quisiera no olvidar los próximos meses, aunque reconozco que soy durilla de mollera para estas cosas. Dejaré algunas escritas por aquí para releerlas de vez en cuando:

He aprendido a decir las cosas cuando toca, con más firmeza y menos titubeos. Y a defenderme sin priorizar posibles daños colaterales porque la única prioridad siempre seré yo (a pesar de que algunos piensen lo contrario, y te aconsejen mal porque no saben quererte bien). Pude sacarme una maniobra de defensa, sólo que no estaba en el lugar adecuado para gestionar el detonante emocional de los casi irreparables daños del pasado. Algo que trabajar, supongo...
He aprendido que soy más capaz de lo que pienso. Y necesité un primer viaje y un último ataque de pánico para revalorar eso; felizmente, existen las segundas oportunidades para demostrármelo. Después de venir enganchando un resfriado con otro desde finales de noviembre hasta hoy mismo, casi no me creo que ninguno me ha haya parado para hacer todo lo que tenía que hacer.
He aprendido que lo que creemos imposible es, en efecto, imposible. Y que sólo hay que darle la vuelta a la frase para que todo cambie. Creer es el verbo más difícil de conjugar, pero prestando un poquito de atención, la vida te susurra la verdad de todo, y desde ahí, creer se vuelve un poco más fácil. 
He aprendido que la vida te cabrea para que reacciones, y gracias a eso supe decir no donde había dicho el típico sí por compromiso. Cuando algo te da mala espina es que no es por ahí, y a veces necesitamos una colleja para recordarlo. 
He aprendido que el deseo no espera. El deseo quema, es directo, es impaciente y arrasa con todo lo que se le ponga por delante. Y aprender eso de rebote fue la guinda para cerrar un año absolutamente revelador. Cuando entendí por qué yo no encajaba, todo encajó en un segundo, y celebré mi victoria con el trago agridulce de la verdad. Había visto rectitud donde sólo había pose, y virtud donde sólo había mediocridad. ¿Cómo iba yo a encajar ahí? Al final, nuestro amigo común tenía razón. Debo tener un ángel de la guarda nuevo, más joven y con más ganas de trabajar, porque me ha llevado exactamente por donde era (y en el camino me ha tirado caramelos, como los reyes magos). 

Como se suele decir, hay días tontos, y hay tontos todos los días, pero un par de manzanas podridas no estropean un huerto, y así, por cada disgusto obtuve una recompensa. Algunas en forma de amistad, otras en forma de dinero, y todas en forma de enseñanza. 
Se cierran círculos en muchos aspectos. No deja de ser curioso que mi último viaje del año lo hiciera con el conductor con el que hice mi primer viaje del año. Y que además los destinos fueran Córdoba y Antequera, respectivamente. También ha hecho falta casi un año para que se desvelara un pastel que resultó estar podrido, pero cuyas ganas de probar me ha llevado a donde estoy ahora. Porque ha sido un año de suerte, de retos superados, de cosas bonitas que salían bien hasta cuando salían mal. 

Entre viajes, lecturas, escrituras, y monólogos confío en encontrar espacio para detenerme un poco, poner orden en la cabeza y en la agenda, descubrir en el silencio de la madrugada los caminos correctos entre tantos atajos posibles, y trabajar esas cuantas cosas que todavía me frenan y que emergen justo cuando menos conviene. Confío en esa mano invisible que me lleva cuando no sé por dónde ir, porque a veces es lo único a lo que me puedo agarrar. 
Y que este año, casi como una prioridad, casi como una emergencia, casi por supervivencia, ganen las ganas y cambie un poquito la historia, para poder hacer de un pasado pisado, borrón y cuento nuevo. 





viernes, 5 de diciembre de 2025

Querer o no querer

El otoño ha sido corto y bonito, y del último coletazo ni me voy a enterar. Ha pasado como un animal que apenas te roza, pero que deja una huella; una filigrana leve e íntima que, comparado con los silencios de hace (exactamente) un año, casi parece ciencia ficción. 

Mi yo de entonces habría saltado de alegría ante las repetidas reacciones y los últimos mensajes, pero mi yo de ahora solo sonríe, sin esperar nada, como quien mira un paisaje bonito sabiendo que no es suyo.  Porque las palabras no tienen palabra, sólo el brillo vacío de esas expresiones buenrrollistas que se dicen por decir sin prometer nada . Algunas frases tienen la mala costumbre de sonar a vendaval cuando sólo son aire tibio... (aunque, dado el historial, es todo un avance). Con todo, esas palabras huecas convirtieron mi pequeño prodigio en algo más grande; lástima que ahora sólo sirva para aliviar el frío en el pecho de otro 5 de diciembre casi olvidado. 

Como un  déjà vu emocional, otro curso se acaba y con él, la misma imagen se disipa, como en el sueño que tuve aquella misma noche. Dentro de ese sueño tuve la lucidez de preguntarme si aquello podía ser real. Era tan improbable que tenía que ser un sueño, pero lo sentía tan de verdad que dudé. El corazón, en esos momentos, siempre es más crédulo que la mente. Cuando sonó la alarma del móvil, refunfuñé: “Sabía que era un sueño”, y me dormí de nuevo con el eco de la decepción flotando en el subconsciente. Pero una decepción que ya no perdura, porque cuando una divide la energía entre dos incógnitas, deja de necesitar resolver ecuaciones imposibles. 

Entremedias, el bolo privado que tenía el 12 de diciembre se canceló por la muerte del padre de la cumpleañera, y aunque lo sentí, también respiré aliviada. Tantos viajes juntos, sin contar el que me salió casi de un día para otro, me asfixiaban. El circuito madrileño de dos días de "magia navideña" fue una locura improvisada de las que salen bien, a pesar de que casi muero congelada en Torrejón (por suerte no necesité ir a ese hospital...). Volver a pisar Madrid después de tanto tiempo, tomarme una cerveza en la Plaza Mayor, y conocer Alcalá de Henares fue un regalo. Y compartirlo con Encarni y compañía, y con un conductor de ola que me dejó en la puerta de casa, lo maximizó. 

Y como si la vida quisiera insistir, y pincharme, y devolverme una esperanza tonta que ya no quiero, siguieron los avances inesperados en el mundo virtual. Pero yo sólo pude responder a ello dejando, sin que se notara, una puerta abierta, como otras veces. Ya hay tantas que empieza a haber corriente... y, sin embargo, aquí nadie tiene suficiente frío. Todo se queda en algo pseudoplatónico-moderno que pasa por contemplar pantallas en lugar de mirar a los ojos. Supongo que no da para mucho más. 

Pero aunque las cervezas nunca se cobren, ni llegue a escuchar esa risa entre el público, casi todo lo increíble que me ha pasado este año se lo debo a la misma presencia invisible. Porque, directa o indirectamente, lo ha desencadenado todo. Quizá, sin querer, abrió una puerta en mi destino. Y yo, que no me gusta dejar puertas abiertas porque siempre tengo frío, camino a través de ella con la misma mezcla de nostalgia y esperanza que dejan los otoños cortos y bonitos. 

Y por aquí, mi penúltimo artículo del año, basado muuuuuy libremente en historias para no dormir que me contó un amigo acerca de otro amigo, que ya ni siquiera sé si conozco. 



sábado, 15 de noviembre de 2025

Y llegó la nieve...

…y con ella la separación, el silencio y, probablemente, el olvido. Un gran paréntesis de frío y espera que hace que todo se escurra entre los dedos como la nieve (o como yo misma). 

Y, a menos que en un rato suenen todas las trompetas celestiales juntas, los próximos meses estarán marcados por la impaciencia y el deseo de ver la montaña desnuda otra vez. 

Y yo buscaré en los garitos más acogedores el calor del escenario, y las posibilidades más remotas, para que la primavera llegue antes. 

Y la primavera llegará, aunque sea pronto para saber si lo hará con nuevos aires o con viejos recuerdos. 


Y, mientras tanto, vuelan los versos desde otros dedos impacientes. Y la vida se vuelve tan rara y bonita a la vez que ni todas las nubes, espesas y grises, que cubren el cielo estos días pueden ocultar la luz que, desde dentro, lo ilumina todo.  




miércoles, 5 de noviembre de 2025

Capaz

A veces, lo mejor no brilla. No llega envuelto en papel bonito. A veces, lo mejor duele, cansa, rompe.. pero también enseña. Lo que queremos no siempre es lo que nos conviene. 

El último circuito fue un desafío. Torceduras, líos, quejas, dolores de cabeza, falta de sueño, incertidumbre… y aun así, salí adelante. Sobreviví a todo eso con la mente hecha trizas, el cuerpo agotado y el alma helada. Pero seguí. Porque siempre sigo. Y porque funciono bien bajo presión aunque la salud se resienta. Y entre el caos, siempre hay pequeños premios: El Sueño de Toledo por fin ante mis ojos, el bocata regalado del dueño de esa tienda que ya se acuerda de mí, la sonrisa del conductor del tren, o que me llame por mi nombre el del restaurante. Detalles diminutos que, juntos, arman algo parecido a la felicidad. Y con los 30€ que me ahorré me compré un jersey bonito. Un auto-regalo como recompensa a ese esfuerzo que no siempre se ve, ni te reconocen, ni valoran, pero que tú sabes que mereces. 
Todo el desbarajuste empezó a un nivel más íntimo la noche anterior, cuando vi truncada esa última oportunidad que quizá nunca llegue, o llegue tarde, para variar. Nos cruzamos en el tiempo; mientras yo estaba en Valencia sin poder creerme que todo estuviera saliendo tan a pedir de boca, otro autobús salía para Toledo antes de que yo volviera. Qué desfachatez del destino... Pero Valencia fue magia. Gente maravillosa, risas, invitaciones, rutas perfectas, otro balcón frente al mar, ver el Oceanogràfic, caminar por la playa, jugar al ping-pong, recibir propinas, y la Albufera... ese último golpe maestro que me saqué de la manga gracias a un conductor valenciano que había conocido en el tercer viaje a Puy du Fou, y que me facilitó toda la info. Estaba fuera de programa, pero me dieron vía libre para improvisar, y conté con un conductor que me apoyó. El resultado fue lo que siempre esperas de cada viaje que te has currado a tope: volver con el corazón (y el bolsillo) un poco más lleno, buenas reseñas, y hasta cierta pena cuando te despides de la gente. Por eso el último Puy du Fou dolió más: tantas expectativas truncadas desde antes de empezar, tanto esfuerzo que se disolvió entre inconvenientes, tantas ganas de una oportunidad más. 
Pero llegó noviembre como un lienzo en blanco, y la vida, terca, sigue: Hice el casting de ASP (gracias, Hermo), tengo bolos en el horizonte, excursiones en diciembre, y lo más anecdótico: un curso que acabo de empezar. Porque cuando una deja de aferrarse, el corazón de otro te recuerda cosas, aunque llegue un año tarde (o quizás, justo a tiempo). Y no llegó solo. Llegó con un mensaje privado de esos que te descolocan porque no sabes la intención de fondo, aunque tú te imagines mil razones distintas. Y si no fuera porque mi mente analítica está en otra parte ahora mismo, esta entrada sería muy diferente. Llevaría dos días incansable tratando de escudriñar cada palabra y sus múltiples posibilidades para tratar de llegar a alguna conclusión (más idílica que la real, seguramente), y todo mi mundo giraría en torno a eso, a una presencia que de pronto vuelve, y que querría tener aquí plasmado. Y como me viene pasando últimamente, una cosa lleva a la otra, y sin darte cuenta estás haciendo algo que no hubieras hecho nunca sin ese empujón. Y el empujón me lo viene dando la misma persona desde hace ya tiempo; una persona para la cual, al parecer, no soy más que una "conocida".
Y así andamos. Entre bolos, castings, viajes, y artículos, va una fluctuando, como un barquito de papel a la deriva, entre la mente maravillosa y la fuerza bruta, con una sierra en medio que separa y que une, y que a mí me pilla a la misma distancia, aunque aquí nadie se atreva a dar un paso. Y el que se atreve arranca con tanta fuerza que hace que mi barco vuelque (mi vida parece una peli de Woody Allen a veces...). 

Y mientras tanto, aquí estoy yo, que soy tan guapa y tan lista, y que me quedo al lado de quien sabe cómo, sabe cuándo, y sabe cuánto. De quien llegue en el momento justo, de quien me sostenga cuando las entradas se descuadren, de quien no rechace un abrazo a destiempo. 
De quien sea tan capaz como, según me cuentan, lo soy yo. 

Aquí, los últimos artículos. 
Que, entre viajes y obsesiones, todavía me quedan neuronas para escribir. 







sábado, 18 de octubre de 2025

Tan afortunada. Tan desacertada

Me encerré en casa tras volver de la playa para preparar todos los viajes que, a partir del 21 de septiembre, se irían sucediendo cada semana sin descanso. Y, a pesar de estar sola y tener que ocuparme de mil cosas más, hasta saqué huecos para darme un descanso y cumplir con los amigos. La tensión constante la mantenía a raya la mayor parte del tiempo. Algunos días me vi sobrepasada, pero esos momentos sólo estaban anticipando lo mejor, aunque yo aún no lo supiera. 
La buena suerte me ha estado acompañando mientras yo acompañaba a la gente, y hasta aquello que se torcía, resultaba en un beneficio inesperado. Y así he estado el último mes, yendo de piscinas infinitas, a embalses con lluvia y a ríos con sol, con la vida, y el tiempo, y la suerte de mi lado. Imaginé un lugar tranquilo con vistas al mar, habitaciones grandes, buenas compañías, buenas comisiones… y lo tuve todo y más. Me hubiese quedado un mes en ese balconcito de Velilla mirando cómo anochece el Mediterráneo. La gente de ese pueblo escondido en las montañas de Málaga es de lo mejor que me he encontrado por ahí. Y Pepe y Margarita con sus tiendas, y su infinita generosidad. Un regalo aquel primer circuito que tanto tiempo y dedicación me costó. Luego vino una excursión al límite de lo insufrible, pero que me hizo conocer a un compañero encantador que paró un autobús de larga distancia en mi portal, como si fuera un maldito Uber, para que no me viniera sola desde la estación a las doce de la noche. Y Toledo… tanto Toledo en octubre. Un circuito que me encanta porque lo conozco, y deja pelas y tiempo libre. Y más bonito se hace en buena compañía, alojada en otro hotel distinto (e incomunicados porque no llega la señal por esa zona), y tomando Cacique Cola con quien se convierte en tu mejor amigo por tres días. 

Todo tan sobre ruedas, tan perfecto, incluso tan idílico, me asustaba (¿por dónde me vendría el palo?). Y resulta que el palo estaba donde lo dejé la última vez. Porque se me da bien medir los tiempos y las distancias con los sitios, pero no con todo lo demás. Y resultó que la adrenalina acumulada de tres días, me hizo fallar el tiro en el último movimiento. No medí bien ni tiempo ni distancia; segunda vez que me pasa en menos de un año. Y, al igual que en la primera, no sé si tendré la oportunidad de hacerlo mejor en la segunda. Los terrenos pantanosos, con mil señales de prohibido el paso adornando una ciénaga intraspasable, son mi especialidad. Y la urgencia del tiempo y de la sangre me coloca siempre en el lado más "inapropiado". Pero yo sé lo que hay, no estoy loca. Lo que estoy es rodeada de cámaras de vigilancia invisibles, como si viviera en el 1984 de Orwell, que hacen de los principios una necesidad con N mayúscula. Y yo necesito lo inconveniente (así venga de lo más impensable), pero me choco con paredes de hielo al más mínimo gesto, porque el centro de vigilancia está presente 24/7. 

Lo bueno de "lo malo" es que he conseguido lo que quería: un cambio de imagen mental antes de que comience el curso. Prueba de ello es que ni siquiera me presentara (teniendo la oportunidad) en el lugar donde todo empezó con la esperanza de un encuentro casual. Me dio pereza; me dio igual. Es salir de Guatemala para entrar en Guatepeor, sólo que ahora, tan afortunada, siempre espero lo mejor por muy desacertada que me pille. Porque, para según que cosas, yo no fallo sin ser consciente; cuando "fallo", sólo me estoy dejando ganar.


miércoles, 10 de septiembre de 2025

Ni tan mal

Quise irme a la playa el 1 de agosto; tuve que esperar hasta el día 20 para hacerlo (los mecánicos también se cogen vacaciones), pero entremedias, y antes, y después, seguía siendo verano. Estar en casa (casa en llamas por las continuas olas de calor) no me impidió disfrutar de tantas cosas chulas que se fueron sucediendo: cumpleaños, conciertos, visitas del otro lado del charco, la Alhambra y el Albaicín, las terrazas de las Gabias y, especialmente, la gente; mi gente. La que está cuando tú te quedas, y la que te llama si no vas. 

Aproveché los largos y soporíferos días en ordenar muchas cosas (siempre estoy ordenando algo). Di con joyitas escondidas en la red que me abrieron mi dura cabeza de par en par, y conseguí, con sólo creer que podía, todo el trabajo que me estaba faltando hasta el punto de tener que rechazar ofertas, recuperé el coche que, por suerte, tuvo arreglo (un arreglo pagable), alcancé los 50 y los pasé como una campeona, me marqué una cifra y empezaron a salirme las cuentas, y la inercia de todo me llevó a ser y estar; sin conflictos, sin prisas, sin necesidad. Y ahí empecé a brillar, y todo brilló alrededor. 

Por eso, cuando por fin me fui a la playa, la alegría era desproporcionada. Sólo estaba en la playa, como tantas veces. Pero, no; esta vez era mejor, porque esta vez pudo no haber sido. Y aunque tuve que esperar 20 días, allí estaba el mar, con su agua cristalina y su perfecta temperatura. Y también estaban los perros jugueteando, y papá y mamá con el Atípico cerquita para airearse, y mi sobri con un año ya cumplido y a punto de andar. 

Después de un primer finde de contacto, aproveché la primera semana de septiembre para despedirme a mi manera. Sola (o, mejor, con mi Chulo), con todo lo necesario para trabajar un poco y desconectar mucho. Con la tranquilidad de la playa, a esas alturas, semivacía, la temperatura más que agradable, y los bañitos de sol y sal. Una noche me encontré en la arena una piedra azul, brillando como el reflejo de la luna en el mar. Me la traje como el recuerdo de que siempre habrá noches de verano en cualquier parte, pero las mejores están en la costa. 

Y entre reuniones con amigas, primos y demás familia, la semana pasó volando y volví más feliz, si cabe, a mi ciudad que ya empieza a llenarse. El barrio sigue creciendo con nuevos edificios, piscina al lado de casa, un nuevo negocio donde antes estaba el bar en el que trabajé (han durado poco), y la reapertura de la academia de baile. 

Solita en casa hasta el 10 de octubre divido mi tiempo entre la preparación de los viajes, los viajes en sí, y los pocos momentos de ocio que eso me deja. De vez en cuando, hasta saco un rato para abrir una botella de vino, poner música y escribir. Me faltan un par de mensajitos para explotar de alegría. Pero de momento, con lo que tengo... ni tan mal. 















jueves, 28 de agosto de 2025

Absurdas coincidencias

Casi todas las cosas aparentemente absurdas que me han pasado este año me han llevado a las cosas más chulas que me han pasado este año. Es como si, ante cada puerta, hubiera que hacer algo absurdo para poder atravesarla. Y una vez que lo haces, te alegras, pero vas a ciegas, sin saber exactamente a dónde conduce. Tú sólo te dejas llevar por una extraña inercia de estupidez mal contenida, luego te dices “qué absurda coincidencia”, y al final entiendes que de otra manera igual no hubiera pasado. Y agradeces lo absurdo de todo.

Sea como sea, a lo largo de este año ha habido muchos momentos en los que me he sentido absurda, o han pasado cosas absurdas. El 90% de esos momentos han llevado, directa o indirectamente, un denominador común (o, en mi caso, un “común dominador”). Y justo cuando ya ni me acordaba de cuál era, vuelve a ocurrir lo absurdo. “Paso” fue el primer pensamiento, y aún más importante, el primer sentimiento; pasaba de verdad. Y, de pronto, la coincidencia. Y, con ella, lo absurdo de nuevo. 

Te llega de repente algo que te habían recomendado, algo que últimamente veías y oías por todas partes, algo para seguir avanzando, para no quedarte atrás. Pero eso no es lo absurdo; esa es la coincidencia. Lo absurdo es la circunstancia. Ese 90%.

Hoy se me mezcla el color naranja y morado con esa sensación absurda, y acabas entendiendo que esto es una lucha de poder, una guerra de egos, algo que no se parece en nada a lo que fue en su origen, algo que se ha ido desvirtuando con el tiempo, con la ausencia, con el silencio, con la lejanía, con el calor… No estoy dispuesta a pasar por ese aro. Lo supe después, pero más vale tarde. Hoy me ha llegado lo mismo, pero desde otra fuente, y esa opción desbanca lo absurdo, y sólo me deja la maravillosa coincidencia. 

Este verano he tenido mucho tiempo para pensar (todo el que no tendré en los próximos dos o tres meses). Y en todo ese tiempo he entendido cosas importantes, cosas que de primeras no se encajan tan fácil, pero que, con un poquito de voluntad, no sólo se encajan, sino que te hacen infinitamente libre. A veces lo que queremos es justo lo contrario a lo que necesitamos. Y yo, entre las muchas cosas que quiero, empiezo a distinguir lo que no necesito en absoluto, los caprichos estúpidos, esos detalles que, en vez de sumar, restan. 

Y luego están las absurdas coincidencias para dar un pasito más. 


domingo, 3 de agosto de 2025

Visión nocturna

Tú haces planes, y luego, en milésimas de segundo, estás muerta y los planes se van a la mierda contigo. Dejas todo bien preparado para que el gato aguante un par de días. Al perro te lo llevas, atadito en el coche, con su correa de seguridad, para que disfrute del paseo y de la playa. Todo está controlado, todo a bordo. Menos el mate, que se me olvidó porque siempre se olvida algo, pero ése era un mal menor. Podía vivir sin mate una semana sin que eso cambiara nada de lo planeado. Había que llegar y hacer una compra, y quizá tirar las tres papas que me dejé la última vez (porque siempre se olvida algo). Y había que dejar la casa bien cerrada por si no volvía más adelante. Y podía no haber vuelto nunca. Pero que durante el trayecto el coche empezara a hacer un ruido raro, sólo nos acabó jodiendo los planes de una semana. En esos momentos no lo sabíamos, pero ese ruido raro que nos hizo detenernos en Vélez, y nos obligó a llamar a una grúa que tardó dos horas en llegar, nos salvó la vida. La nuestra, y quizá la de otros. 

El plan se jodió para tener la oportunidad de hacer nuevos planes. Si hubiésemos insistido en llegar a destino, tan cerca como ya estábamos, la rueda delantera izquierda hubiese salido disparada en la autovía a 120km/h, y ahora no estaría escribiendo esto. Estaría muerta, o en un puto hospital deseando estarlo. Y mi gato se hubiese quedado solo mucho más tiempo del previsto. Y con todo el tráfico que había en plena operación salida, muchas otras personas también se habrían quedado solas. Porque una rueda que vuela en mitad de una carretera, se lleva por delante todo lo que pilla, provocando accidentes que se encadenan unos a otros. La onda expansiva es imprevisible. 

Ese día, en mitad de la carretera de entrada al pueblo, sin nadie alrededor, sin un taller abierto, esperando a que la maldita grúa llegara de una vez, sólo podía pensar que somos unos desgraciados, unos tiesos que no pueden permitirse un coche que cuando no le falla una cosa le falla otra. Y un pensamiento te lleva a otro. Y te preguntas por qué no podías haber elegido una vida más normal, un trabajo “de verdad”, y ser como tu familia esperaba que fueras. Con lo guapa, lista y estudiosa que es la niña y que este mes no tenga ni para pagar el alquiler, porque sus “trabajos normales” tampoco le salen bien. La vieja estaba loca, la gorda me mintió, la novia de mi jefe no me podía ni ver… ¿Qué pasaba ahora? Y así empieza la paranoia. Te remontas al pasado para justificar tu presente, y ya no puedes pensar. Sólo te lamentas, te llenas de mierda y de rencor, y pierdes el norte. Nada tiene sentido. Estás con 43 años tirada en ninguna parte, y toda tu vida parece un chiste de mal gusto. Porque ya no se trataba de un simple contratiempo. No poder ir a la playa no era el drama. El drama fue la crisis interna que ese tonto acontecimiento desencadenó. Podía haber pasado mientras hacía la comida y me cortaba pelando una cebolla, o cruzando la calle y dando un recalcón. No importa el detonante, importa el alcance de la explosión. Una pequeña chispa, no hace falta más, y el incendio está servido.

Esa noche, ya en Granada, no dormí un carajo, aunque era lo único que me apetecía. Dormir y apagar la mente. Y yo que nunca rezo porque no creo en más dios que yo misma, cerré los ojos con la orden directa de encontrar respuestas, de volver al camino iluminado, el seguro, el mío. Necesitaba la claridad necesaria para entender esta crisis, porque lo único que te apetece cuando te quedas a oscuras es que vuelva la luz. Porque sin luz no ves por donde vas, pierdes el camino. Y yo estaba perdiendo el mío. Todo había dejado de tener sentido, y una vida sin sentido es peor que la muerte. Eso lo sabe cualquiera. Por eso nacemos con el instinto de supervivencia activado, haciendo lo que sea para que la vida no pierda sentido. Porque entonces, se acaba el juego. Y esto lo hacemos tod@s inconscientemente; levantarnos cada día con un propósito, con una motivación. Perder eso es perder el instinto de supervivencia. Es ser la gacela que se queda quieta esperando el ataque de la leona de turno. No corre por su vida porque no le importa. ¿Qué tengo yo para correr? Cualquiera me daría una hostia a mano abierta (tienes dos piernas y dos brazos, y casas, y familia, y amigos, y…). Sí… el discurso de siempre. Es cierto, y hay que recordarlo, porque es el primer paso para empeñarte en encontrar el interruptor de la luz, pero no es por ahí. Estas nimiedades que nos pasan son toques de atención. Nadie le da importancia porque se tienen el discurso bien aprendido. Porque nos han enseñado a tragar y a mirar para otro lado. Pero yo no soy así. Yo sé que cuando pasan estas cosas no hay que recordarnos solamente que somos afortunados por tener agua corriente. Hay que profundizar un poquito más. Hay que mirar para adentro. Y eso da miedo, por eso nadie lo hace. Yo busco la raíz del problema, como hacen los psicólogos. En la superficie está la reacción a un plan torcido, pero en el fondo está la respuesta del verdadero problema. Aguantamos con esperanza, con buena actitud, con optimismo. Hasta que una chorrada desborda el vaso de la paciencia. 

Y al día siguiente, en mitad de tu crisis existencial, reconociendo que lo único que te pasa es que tienes un miedo de cojones porque piensas que has tomado una mala decisión detrás de otra a lo largo de tu vida, y que por eso no tienes nada que sea tuyo, nada a lo que agarrarte, nada que te de plena satisfacción (y podríamos seguir escarbando), entonces, de pronto, te bajas corriendo a la calle con toallas y papel de cocina porque “dios nos quiere”. Eso fue lo primero que me dijo Mario cuando llegué al coche. Lo había querido mover de sitio para dejarlo en la puerta del taller y que el mismo lunes nos dijeran qué mierda le pasaba, y fue entonces, a sólo 20km/h que la rueda saltó y el coche se clavó en el suelo, no sin antes dejar una buena marca en el asfalto con lo que quedaba de guardabarros. No había andado ni diez metros cuando el coche se desquebrajó. 

No hubiésemos llegado a la playa el día anterior. Sin saber de dónde venía ese ruido habíamos decidido avanzar un poco más para llegar al pueblo más cercano y pararlo allí, en lugar de hacerlo en mitad del arcén. Sin saberlo, forzamos aquella rueda a punto de reventar en pedazos, unos kilómetros más a la velocidad normal de una autovía. “Dios nos quiere” es una forma de decir que estamos vivos de milagro. Y como ya he dicho, yo no creo en dios, pero creo en la magia de la vida. Ese fue el toque de atención que necesitaba. No nos tocaba morir. Nos tocaba vivir mejor. Y eso lo sabes cuando, en vez de buscar la manera de denunciar al mecánico que nos apretó mal las ruedas unos meses antes, con toda la energía que el odio consume, llegas a casa y te centras más en agradecer hasta el polvo acumulado en la pantalla de la tele porque hace un calor de cagarse para ponerse a limpiar. Vivir mejor es valorar que te puedes tomar una cerveza en el bar de abajo en vez de lamentarte porque no estás chupando mojitos en el Caribe. No seremos ricos, ni tendremos “trabajos normales” para vivir como la mayoría (i.e. por encima de sus posibilidades y aparentando lo que no son), pero somos lo que hemos elegido, somos de verdad, y tenemos mucho de todo. Y dos piernas, y dos brazos, y casas, y familia, y amigos… el discurso de siempre. Ese que no tiene sentido hasta que tú encuentras el tuyo propio, el que te hace correr más que la leona. 

Nos podíamos haber matado hace dos días. Si sigo aquí es para algo. Y da miedo no saber para qué. Pero cuando el miedo aparece, lo mejor es soltar el control, tomarse una cerveza en el bar de abajo, y agradecer hasta el polvo de la tele. Y que la vida te lleve. Ella siempre conoce el camino, y cuando saltan los plomos, más todavía. Porque la vida tiene visión nocturna, y en tu oscuridad es cuando ella más se luce. 


domingo, 27 de julio de 2025

Tres días

Este mes de julio ha venido siendo todo un ejercicio de expansión, de conocimiento (y reconocimiento), y de grandes consejos. Y antes de que acabe voy a terminar de poner en práctica parte de lo aprendido. 

Mi mundo se había parado, estaba en calma, ni se movía. Y, mientras tanto, ahí afuera la vida seguía pasando. Sin viajes, sin bolos a la vista, y peor aún, sin propósitos claros me sobraban las hojas en blanco. Tenía (y tengo) muchas cosas por hacer, y quería tomarme mi tiempo para emprenderlas, pero cuando llegan a tus oídos las noticias que no quieres recibir, es fácil venirse abajo, y posponerlo todo. Por un lado, agradecía mucho tener tiempo para mí, pero por desgracia también necesito tener dinero. Y tras varios días de enfoques y desenfoques, encontré el botón de la motivación, el que te dice que es mejor aprovechar el tiempo en generar futuras oportunidades, que quedarte mirando el gotelé. 

Y así desperté un día con la actitud renovada. Y, aprovechando que el alejamiento del contaminante y contaminado mundo ya no me llegaba tanto estando a la orilla del mar, fue más fácil decidir en qué lado de la línea invisible colocarme, aun sabiendo que me movería entre un lado y otro por momentos. Alineación.  Inducida o natural, no importa. Lo que sea para llegar al punto exacto donde todo está en su sitio. Y es justo ahí, desde ese lugar, donde lo que sea que se te pase por la cabeza es factible. Porque lo sientes tan natural como cualquier cosa lógica, aunque no lo sea. Porque no todo es lógico, especialmente una idea abstracta. De hecho, son éstas las que han credo el mundo en el que vivimos. Necesitamos saber cómo, cuándo, dónde, por qué y para qué a la hora de entender algo (somos seres racionales), pero en el momento en que obvias todo eso y te dices “no sé cómo, cuándo, dónde, por qué, ni para qué, pero esto va a pasar”, todo pasa. Y yo no puedo responder a nada de eso ahora, pero sé que aquello en lo que me empeñe, acabará dándose sin lógica, sin entendimiento, y sin forzarlas. Sólo hay que aprender a desconectar la mente lógica que te hace dudar y te hace esas preguntas, y te baja al mundo programado de los hechos, cuando una ya sabe que los hechos, antes de ser hechos, fueron ideas disparatadas. Recordar eso cada vez que la duda aprieta, ha sido mi gran reto de este mes. Si lo sientes posible, sólo hay que encaminar todas las acciones en esa dirección. Y llegas. Siempre. Seguro. Como sea, donde sea, cuando sea, por lo que sea y para lo que sea. 

Y después de haber visto cómo me volvían a llamar para trabajar, cómo me surgían las mejores ideas, cómo entendía la dinámica de mis acciones, de mis pensamientos, de mis páginas... me he venido arriba, y en unos días pondré en práctica algo más. Aquello que necesito tener o soltar. Y es ahora, antes de que pase el verano y el círculo se cierre. 

Tres días.
Tres días para jugar, para crear el personaje de la nada, para ser pequeña otra vez. No es imposible, ni siquiera es absurdo. Es sólo la confirmación de algo. El resultado de esos tres días será la mejor de las noticias, me guste más o me guste menos. Alejada del mundanal ruido, sin móvil y sin distracciones, y centrándome únicamente en lo importante: en mí, en lo que puedo controlar, y en lo que puedo "manipular". Después de eso todo será más fácil, más ligero, más de verdad. Y podré centrarme en subir al Mulhacén muchas veces hasta hacerme con toda la sierra, en preparar cada viaje, en llegar a los 2000, y en cambiar ligeramente los colores, la ubicación y las circunstancias para conseguir que lo que no me hace bien no me haga falta (a menos que, tres días después, la vida me sorprenda). 

Esos tres días son mi plan A. 
Tengo plan B.