Voy a intentar ordenar y redactar la cara B de este último mes y pico. Porque ha pasado de todo, y todo se ha visto opacado por la triste cara A. La misma que ha teñido la otra de un color gris oscuro casi en su totalidad. Aunque para ser justa, debo decir que las desgracias han ganado de mano a las alegrías, al margen de que yo percibiera ambas desde el mismo prisma.
Cuando regresé de mi penúltimo viaje necesité varios días para descansar. Para retirarme poco a poco del sabor agridulce que me dejó la vuelta. Dormí muchas horas seguidas esos días. Una cura de sueño necesaria (el calor y la tensión baja ayudaron a ello). Mi dolor de cuello recurrente por la tensión acumulada fue mermando día a día, y ya sólo quedó escociendo algún que otro recuerdo, y la frustración de ese “casi algo” que nunca llegó. No dar salida a ciertas cosas provoca una ofuscación física y mental que, suponiendo que tengas tiempo libre, te hace montarte todo tipo de películas. Y siempre gana la peor versión, la más retorcida, la más dramática. Pero como no lo sabes, saltas a otra, y luego a otra, y así acabas centrifugando la mente con mil posibilidades y ninguna certeza. Porque no saber las cosas (al menos las que te importan) provoca eso. En cualquier caso, con la información que tenía, sin añadiduras ni tintes de colores, la retirada se hacía necesaria. Pero la de verdad, la que se hace desde dentro (que desde fuera es postureo).
El inicio del verano me pilló en mitad de Castril, con un calor insufrible y las peores cuestas que he subido y bajado nunca. Tuve que llamar a la guardia civil de montaña y todo, porque se me estaban medio muriendo un par de personas en el camino.
(Ese día ya me estaba preparando para lo que vendría después).
Después de sufrir lo indecible el resto de la semana, tuve que reconstruirme como pude para hacer frente a todo lo nuevo que me esperaba a la semana siguiente. Pero yo no estaba reconstruida en absoluto, sólo le di una capa de pintura a la fachada para aparentar, pero por dentro, el edificio estaba cerrado por derribo.
Esa primera semana fue la peor. Necesitaba estar sola y tenía que estar con quien menos me convenía, con quienes no me entendían y, al mismo tiempo, rodeada de gente nueva. Hice un esfuerzo superlativo por adaptarme, por acomodarme donde no estaba cómoda, por gestionar el tiempo de exposición. Y en medio, un trabajo nuevo a jornada partida, el maldito y pegajoso calor húmedo, Mario con múltiples y variados males, el coche perdiendo aceite, intentando colocar al perro, y tratando de distraerme con personas que no me apetecían (no podía disfrutar de la compañía de nadie en esos momentos), pero que eran la opción menos mala. Y cuando parecía que podía sobrevivir, aparecen en escena las cucarachas. Otra de esas cosas que la gente no entiende, especialmente quien más necesito que me entienda. Las cucarachas me dan terror, es una fobia incontrolable. Prefiero vivir debajo de un puente que en una mansión que tenga una sola cucaracha. Me generan ansiedad, ataques de pánico, me pongo literalmente enferma por dentro y por fuera. Sin embargo, todo esto no parecía ser suficiente para que se tomaran medidas (es más fácil que la niña se vaya…). Y eso hice. Me mudé al piso de la playa, renunciando a tener a mi perro cerca, y con todo el ajetreo que me suponía ir cada día a Motril y volver, ajustándome a los horarios de autobús. Perdía casi 6 horas de mi vida de lunes a viernes entre esperas, trayectos, y tiempos muertos. Sin hablar del dinero extra en gastos de desplazamiento y comida, y el madrugón que me tenía que pegar. Pero lo que más dolía no era tanta movida, ni tanto sacrificio, ni tanto gasto, sino lo pequeña e insignificante que te hace sentir que alguien prefiera tener cucarachas en casa antes que tenerte a ti. Y en el otro extremo está quien, para compensar, te abruma con excesivas e innecesarias atenciones. Yo, que odio los extremos de todo tipo, he tenido que estar haciendo malabares emocionales para no pagar el desprecio del uno con la otra, y la sobreprotección de la otra con el primero. Y no olvidemos que, en medio de todo esto, yo venía absolutamente rota por dentro.
Es de entender, supongo, que el segundo intento de comunicación con una de las pocas personas con las que sí me apetecía comunicarme se quedara en nada, y me diera igual. Una más o una menos, no iba a marcar la diferencia. Lo dejé estar, y me terminé de ir. No tenía energía suficiente para invertir en elucubraciones. La enfoqué toda en el trabajo, que por suerte se me viene dando bien, aunque no tenga ninguna seguridad de a dónde me llevará esta locura.
También sé que hay personas que no cambiarán nunca, y por fin he logrado que eso no me afecte. Y que muchas de mis inseguridades, de mis miedos, y de mis fobias se las debo a la misma persona, y victimizarme no lo va a resolver; aceptarlo y darle la vuelta, sí.
Y cuando parece que he aprobado el teórico de la vida, la vida me manda el examen práctico (“a ver si es verdad que has aprendido”). A saber…
Su reaparición fue tan sutil y progresiva que no tuvo ningún impacto, y más si le añadimos que había llovido desde entonces y yo ya andaba en otra. En cualquier caso, la toma de contacto la recibí con alegría y curiosidad, y durante el transcurso de la inusual comunicación que se fue dando a lo largo de los días me fui dejando llevar a donde fuera que aquello me llevara. Sin expectativas. Menos aún teniendo en cuenta el lugar en el que me encontraba, donde nada ni nadie (ni siquiera quien tanto marcó una etapa) me afectaba ni para bien ni para mal.
Y cuando me quise dar cuenta, el examen ya había empezado, y yo sin repasar… Hice lo que pude con los conocimientos que había retenido, y fallé queriendo la última pregunta. Porque, aunque sabía la respuesta, en esos momentos había algo mucho más apremiante. Y aproveché mi estado de neutralidad y vacío para protegerme de los efectos adversos. En el fondo me daba igual aprobar o no. No estaba, ni estoy, preparada para exámenes finales. Pero cuando viene la vida a darte la nota, y ves que has suspendido, en el fondo te jode. Por más que me diga a mí misma que me da igual, no es cierto. No me da igual. No me afecta demasiado, pero tampoco me es indiferente. Es una pequeña carga más en mi mochila de "cargas de más". No se puede romper algo que ya estaba roto, en eso se le adelantaron, pero tampoco mola que bailen sobre tu tumba. No deja de sorprenderme que todo el egoísmo y toda la desconsideración que me regalaron desde pequeña, se siga viendo reflejada con tanta claridad en mis más o menos conscientes elecciones. Pero sarna con gusto no pica, y no es lo mismo equivocarse que equivocarse a posta. Sé quién soy, y sé con quién me junto y para qué fin. Suelo obtener una impresión bastante detallada de la gente desde el primer hola y, aun así, con mi piloto automático activado muy a mi pesar, me dejé llevar por la duda razonable. Conclusión: Ganaron las ganas, y perdió el corazón.
Es cierto que cuando andas en mitad del desierto, un oasis siempre viene bien, y lo último que quieres es que sea un espejismo. Pero eso fue lo que encontré. Un espejismo tan bonito, tan renovador, y tan oportuno que fue una pena observar cada día cómo se desvanecía. Aún no estaba ni medio entera para acercamientos con nadie, para profundizar en nada, para reaccionar a intereses camuflados, ni para discernir la delgada línea entre el bien y el mal. Necesité un par de días libres para poner en orden mi cabeza, pero aún tendría que pasar algo más de tiempo para que ese orden llegara al corazón. Una semana más de caprichoso silencio, unido al trabajo incesante y a improvisados viajes hizo que lo consiguiera casi sin darme cuenta, de un día para otro, y que me metiera en agosto con otra actitud y con un nuevo nombre en mi agenda de contactos. Desde ahí, todo empezó a acomodarse: el curro, su nuevo horario y las condiciones económicas, vacaciones y tiempo en casa, y reconectar (aunque ahora desde otro lugar más cómodo) con mi pequeño salvavidas, que vino a recordarme quién vale la pena y quién la da.
En lo que respecta a mí, subir estos treinta y un peldaños me ha convalidado el ascensor.







