El mes pasado estaba deseando que llegara "mi primavera", y la esperaba con ilusión, imaginando cómo sería si salía todo según los designios. Un mes y medio después puedo decir sin titubear que la previsión necesita gafas graduadas, y que este año habrá que sumarle más pañuelos a la alergia.
Será que de tanto pasar por la Mancha he visto gigantes donde sólo había molinos, o que el recuerdo miope de aquellos ojos incendiados me llevó a una construcción arquitectónica del reencuentro que ni Gaudí en sus mejores días. Todo empezó estando en Valencia, en un hotelito precioso frente al mar, cuando en mitad de la noche desperté sudando y me volví a dormir con más sudor aún. Era todo tan real que parecía de este mundo. Y desde entonces fui poco a poco poniendo ladrillos a aquel sueño de agua y sal. Meses enteros montando la trama perfecta de una película con su drama y su comedia, pero sin título ni final.
Sin embargo, la vida tiene un sentido del humor bastante retorcido, y no me puso violines de fondo aquel día como establecía la banda sonora. En su lugar, sopló suavemente con un agudo silbido sobre mi castillo de naipes construido con expectativas, y éstas se derrumbaron en silencio. Y así pasé varios días en el limbo emocional tirando de dotes actorales, y de escritura terapéutica a la sombra de cualquier cosa que diera sombra.
Dando vueltas sin rumbo, caminando a diez centímetros del suelo porque me había quedado sin gravedad, y matando las horas como podía, conseguí estar bastante tiempo alejada de aquel transformer. Pero tras varios intentos de quedarme a solas, y dos cervezas que no ayudaron mucho, tuve que resignarme a volver al escenario y seguir actuando. Me acurruqué al fondo, entre bambalinas, para "no molestar", sintiéndome como si estuviera delante de un banquete y tuviera alergia a todo lo que había sobre la mesa. Y casi da más coraje, que en medio de semejante drama interno, todo siguiera siendo tan cool, tan natural, tan fluido y tan jodidamente amable. Riendo por las chorradas que me salen cuando estoy nerviosa y no quiero que se note, compartiendo (casi) todo lo que una puede llevarse a la boca, o mirando el cielo estrellado cuando no hay otra cosa que mirar entre tanta oscuridad.
Y en algún momento de escudriño pude aliviar la carga que me pesaba tanto, y hasta sonreír por el hallazgo. La desazón fue mermando, y voluntariamente me quité la máscara de la indiferencia para mostrar sin miedo la cara real de una dulce resignación. Al día siguiente noté cómo ese sentimiento que tanto venía quemando se transformaba en algo un poco triste pero más bonito. Como un pequeño tesoro que debía valorar, que debía cuidar. Algo que, al margen de todo ego, me seguía haciendo sentir inmensamente rica, siendo escuchada como si cada palabra mía fuera un decreto ley, como si cada observación fuera la más ingeniosa del mundo. Y supongo que es de agradecer tanta atención, aunque en medio esté ese "muro de metacrilato" famoso que, de alguna manera, aceleró el reloj, y todo acabó en un suspiro; el fin de un final que estaba empezando, y que no sé cuántas veces soñé después de la noche valenciana.
No hubo luces de neón antes de dormir, sólo una bombilla que parpadeaba a duras penas (luz suficiente para no tropezar, pero nada que incendiara el cielo más allá de los fuegos artificiales), y un hotel de carretera demasiado lleno para dejar brillar algo. Yo buscaba la ocasión que me desarmara, y acabé, sin quererlo, armada hasta los dientes. Y eso duele de una forma tan educada que ni siquiera da pie al enfrentamiento (esa otra cara de la moneda).
Regresé al origen con la maleta llena de "y sis", y cierta prisa por desaparecer de escena sin la torpeza de la última vez, mientras ponía a mi intuición castigada de cara a la pared. Un par de días necesité para sacudirme el baño de realidad, y ahí sí... ahí pude abrirle las compuertas a los sentimientos que se habían quedado estancados en el pecho y en los ojos, porque las despedidas son un duelo que hay que llorar para que se curen. Traté de entender la ironía de que dos trenes pasen por la misma estación pero en horarios distintos, y que al final me quedara sola en el andén, tal como me quedaría si se pudiera elegir el "jugar en casa".
He tenido que meterle pedal a todo este proceso porque el desapego se me hace urgente ante la visión de otro déjà visité igual pero distinto; igual pero más vacío, igual pero más sola, igual pero más triste. Porque en algún lado están cruzando los dedos para librarse de mí, mientras yo firmaría a fuego un contrato indefinido. Y ya ni siquiera es por algo tan caprichoso y apremiante como secarse el sudor de la frente, sino por la necesidad de ser yo sin filtros, por entretenimiento puro y duro, por la complicidad que sólo surge cuando no la buscas, y que es una lotería encontrarla tan lejos de tu entorno. O porque cada vez que vea en el cielo negro el Cinturón de Orión desde ese descampado recóndito y oscuro lleno de ruedas y de gente solitaria, echaré de menos el arregosto de "mi mala compañía" preferida, incluso sin necesidad de mirar hacia arriba.
Puede que el desajuste emocional viniera también precedido por la falta de enfoque de las semanas anteriores. Con Mario viviendo casi dos semanas en el hospital, y cuyo único beneficio fue una inesperada reconciliación con un viejo amigo con el que coincidí en horario de visita, tuve que hacer un esfuerzo superlativo para centrarme, y creo que sólo lo conseguí a medias. A esto hay que sumarle ese regusto amargo que deja defenderte de ataques externos por envidias malsanas que una rubia de bote estúpida me cogió sin razón, y que me obligó a dejar pasar de largo una futura fuente de ingresos. Pero tengo claro que valgo más que cualquier trabajo, y que a mí no me pisotea dos veces ni dios (eso ya lo hago yo sola, que sarna con gusto no pica).
Y así, muerta la fe en las estrellas mentirosas, y con poco tiempo para proyectarme en casi nada, me he visto por momentos en medio de un vacío que hiela la sangre y hace, literalmente, vomitar. Por eso, determinada a dejar de perseguir quimeras, pasé por la trituradora todos los recortes del metraje, todo lo que no iba en la película. Y ahora toca hacer un ejercicio complicado de superación personal para no caer en el mundo de la gente gris, y empeñarme en encontrar, aun en los lugares más inesperados, más oscuros y más recónditos, esa chispa de magia sin la cual me niego a vivir.
Si tú no te das cuenta de lo que vale, el mundo es una tontería (...)
PD. Escribir artículos cómicos cuando la vida está en modo melodrama ¡es pa colgarse una medalla de oro, compae!







