domingo, 25 de enero de 2026

Un número que me gusta, o cómo pasar de tu hocico

Hoy es 25. Buen día para escribir (buen día dentro de casa, afuera está frío, lluvioso y gris, y para mí eso es malo porque odio el frío, la lluvia y las cosas grises). 

Me gusta el número 25. Es un número importante para mí porque una de las personas que más me han inspirado en la vida nació un día 25. También, por razones más tristes, es el día en que murieron mis abuelos. Un día como hoy: 25 de enero, sólo que con 9 años de diferencia. 

No creo en ninguna ciencia oculta detrás de los números (la llamada numerología), pero sí creo que cualquiera cosa (números incluidos), puede tener valor o peso por lo que significan para una. Los números en particular dan mucho juego para crear pseudociencias, pero los colores, los olores, las letras, o la metamorfosis de la oruga puede tener un valor personal si se lo damos. Y para darle valor a algo hay que saber mirar. 

A lo que voy... qué mes más raro enero. Qué de cosas han pasado y cuántas cosas han pasado de pasar. Y hablando de pasado, ¿qué me deparará el futuro? Creo que no quiero saber ni lo que va a acontecer mañana; o menos aún , dentro de una hora. Me da igual. Planear se ha vuelto una tarea tediosa para mí. 

Si me preguntaran ahora mismo qué es lo que quiero, respondería "quedarme como estoy". 

Sin grandes compromisos, sin grandes responsabilidades. Incluso sin grandes metas (lo que desgastan las putas metas...). 

Quizá pediría un sofá más grande, pero eso me lo puedo comprar yo apretándome un poquito el cinturón; o un book renovado sin tener que pasar por el proceso de pose y disfraz, pero eso es de ser muy perra (podría pedir ser menos perra, pero me da pereza). También podría pedir que mi madre, mi Chulo y mi Miki no se mueran nunca, pero no me lo perdonarían, porque serían cada vez más viej@s y les dolería la vida, y el único alivio a eso es la muerte que yo les habría arrebatado. Y para acompañarlos tendría que pedir que yo tampoco me muera nunca, y eso sí que no (quién sabe lo que vendrá después del reguetón... no quiero saberlo, ¡no quiero!). Ya puestos, también podría pedir que mis abuelos resucitaran, pero el genio de Aladdín nos enseñó que no se puede pedir eso. 

Algunos deseos son irrealizables. Para todo lo demás, "master azar".

Cada vez tengo más claro (esto va a ser la famosa sabiduría que dan los años) que una puede perseguir lo que se proponga, y seguramente conseguir muchas cosas (con mayor o menos esfuerzo, con más o menos escrúpulos, con mucha o poca fe), pero que si algo es realmente para ti, llegará de un modo u otro. Y lo contrario también se da: llegarás al centro de la tierra escarbando si buscas algo que no es para ti. (y encima saldrás quemadísima, que ahí dentro hay fuego). 

Escuchar(nos), eso que ya no hacemos porque tenemos Netflix. 

Trabajar(nos), eso que ya no hacemos porque no hay tiempo material del trabajo al gimnasio. 

Confiar, eso que ya no hacemos porque no da likes ni seguidores.  

Y esta es mi maravillosa conclusión en lo que llevamos de mes. Escuchar, trabajar y confiar (en ese orden) es lo que vengo haciendo desde que empezó el año, un poco antes incluso. Porque en algún momento entre diciembre y enero algo empezó a chirriar (lo sé porque a veces me escucho a pesar de tener Netflix), y decidí parar las máquinas. Escuchar es la parte más jodida para mí, porque nadie te habla. Un chirrido es un chirrido, no te dice mucho, es más, no te dice una mierda, sólo te advierte de algo. Ahora averigua tú el qué... (Puta vida. Ni de coña vivo yo para siempre). 

He buscado inspiración divina mirando el cielo negro a las 12 del día, y a las 16, y a las 18... Sólo hay niebla y mijillas blancas de esas que parecen nieve pero no lo son. Las mijillas blancas son poco elocuentes, me identifico más con la niebla ahora mismo, pero tampoco me da respuestas. Entremedias he buscado inspiración divina en YouTube, como cualquier persona de este siglo, incluso en la IA (que lejos de darme respuestas, sí me ha brindado al menos apoyo psicológico). Luego he pasado a mirar el gotelé (que aunque no lo creáis tiene su trama), y por último... he dejado de buscar. 

("Si no me hablas, pues no me hables. Paso de tu hocico", le acabé escupiendo a la vida). 

Con tal pasotismo por bandera salté al punto dos, y me puse a trabajar en algo. Pero no en algo mío, no en algo para mí, no en algo que me lleve a otro algo. He trabajado en no quedarme quieta, en aprender por el placer de aprender, en escribir por estrategia, en leer con atención y buen juicio (que ahora soy miembro de un jurado en un certamen literario), en cuidar a mis bichos con más atención, en hacer pocas cosas pero importantes cada día, en no enfadarme si justo cuando saco al perro se pone a llover, y en cuanto vuelvo a casa, escampa, en preparar circuitos aunque no me los den, en grabar vídeos aunque no me apetezca. Y en ese trabajar altruista, me colé en el  punto tres sin proponérmelo. 

Todo lo que hago últimamente lo hago sin expectativas firmes, pero con una confianza de aura mística en que, de alguna manera, es el único camino. Ya ves, los trenes descarrilan, caen bombas del cielo, te disparan por la calle a bocajarro, y una buscándole el sentido a la vida... 

Y así es como hoy, siendo casualmente (o no) día 25, he escuchado, con el viento de fondo y el gotelé de frente, que voy bien por donde voy. Que no tener expectativas es lo más liberador del mundo. Que desear cosas (ya sea un sofá nuevo, o que llegue ya el calorcito) está bien, siempre que no suponga una necesidad imperiosa sin la cual no puedas disfrutar de las mijillas blancas que caen del cielo cuando hace tanto frío. Que el trabajo no es trabajo cuando te gusta tu trabajo. Que sentirse perdida es señal de que vas a encontrar algo. Que según los gurús de internet, me esperan siete años de buena suerte porque no sé qué planeta está eclipsando no sé qué estrella (paso... me quedo con la primera parte sin cuestionar). 

Y habiendo escuchado todo esto, ya sé que trabajar(me), y va toda mi confianza en ello. 

Llevo queriendo vomitar todo esto ("esto" no sabía lo que era hasta ahora) desde ni me acuerdo. Me ha salido hoy, por fin. Y hoy podía haber sido cualquier día, pero es día 25. Y el 25 es un número que me gusta. 


lunes, 12 de enero de 2026

Borrón y cuento nuevo

El último mes del año vino atropellado de acontecimientos navideños, quedadas, últimos viajes, compras, y ajetreo generalizado en las calles y en mi cabeza. Y enero amenazaba con seguir la misma dinámica hasta que decidí plantarme pasada la primera semana. No tenía la paz mental, ni el espacio vital, ni el aburrimiento necesario para sentarme a repasar y dar forma a tantas cosas que me rondaban. Lo dejé reposar como las paellas, pero me acabé topando con un bloqueo aún mayor, y la paella se empezó a enfriar. El tiempo, implacable, pasaba sin miramientos en forma de días vacíos mientras yo forzaba un reajuste emocional que me permitiera arrancar con algo este nuevo año tan prometedor. 
Nada. Mi interior estaba bloqueado. Mi nueva y carísima agenda, en blanco. Mi inspiración, de vacaciones. Y entonces dejé de intentarlo, dejé de pensar, dejé de buscar fuera. Sin saber lo que quería, no podía saber hacia dónde ir, así que me quedé quieta. Y en esa quietud, tan improductiva en el mundo moderno, empecé a vislumbrar un camino. Todavía no sé a dónde lleva porque no consigo ver a más de un palmo (ya me han dicho que es presbicia), pero como dijo Machado "no hay camino, se hace camino al andar". Y así voy... andando a tientas, pero andando. Y, como viajera profesional, sé muy bien que el camino se hace más bonito y cómodo ligera de equipaje, por lo que decidí entretenerme el tiempo que hiciera falta en llevarme lo justo y necesario al 2026, en esa transición desconcertante y lenta del cambio de dígito. 

Cuando se acaba un año, hacemos balance de lo que ha ido bien, y de lo que ha ido mal. Lo primero nos sirve como autorreconocimiento, como la palmadita en el hombro que nos anima a seguir por ahí. Lo segundo nos somete a examen de conciencia. Qué hay que mejorar, qué hay que cambiar radicalmente, qué hay detrás de los errores. Los últimos acontecimientos me llevaron a replantearme un millón de cosas, a cuestionarme otro millón más, e incluso a cargarme con esa niebla densa de no saber nada de nada. Crisis existenciales que nos agarran de vez en cuando. Todo se dio de tal forma que, de pronto, ya no distinguía lo bueno de lo malo, ni al recto del retorcido. No sé si empecé a hablar de más, o a callar de menos. Y tampoco sabía con quién juntarme para sentirme más yo. Yo conmigo, y yo contra todos en una época en la que es difícil aislarse en defensa propia. Yo, absolutamente perdida en medio de luces navideñas y alegría pagada a crédito. 
En apenas un mes, la vida me hizo reunir mogollón de enseñanzas que quisiera no olvidar los próximos meses, aunque reconozco que soy durilla de mollera para estas cosas. Dejaré algunas escritas por aquí para releerlas de vez en cuando:

He aprendido a decir las cosas cuando toca, con más firmeza y menos titubeos. Y a defenderme sin priorizar posibles daños colaterales porque la única prioridad siempre seré yo (a pesar de que algunos piensen lo contrario, y te aconsejen mal porque no saben quererte bien). Pude sacarme una maniobra de defensa, sólo que no estaba en el lugar adecuado para gestionar el detonante emocional de los casi irreparables daños del pasado. Algo que trabajar, supongo...
He aprendido que soy más capaz de lo que pienso. Y necesité un primer viaje y un último ataque de pánico para revalorar eso; felizmente, existen las segundas oportunidades para demostrármelo. Después de venir enganchando un resfriado con otro desde finales de noviembre hasta hoy mismo, casi no me creo que ninguno me ha haya parado para hacer todo lo que tenía que hacer.
He aprendido que lo que creemos imposible es, en efecto, imposible. Y que sólo hay que darle la vuelta a la frase para que todo cambie. Creer es el verbo más difícil de conjugar, pero prestando un poquito de atención, la vida te susurra la verdad de todo, y desde ahí, creer se vuelve un poco más fácil. 
He aprendido que la vida te cabrea para que reacciones, y gracias a eso supe decir no donde había dicho el típico sí por compromiso. Cuando algo te da mala espina es que no es por ahí, y a veces necesitamos una colleja para recordarlo. 
He aprendido que el deseo no espera. El deseo quema, es directo, es impaciente y arrasa con todo lo que se le ponga por delante. Y aprender eso de rebote fue la guinda para cerrar un año absolutamente revelador. Cuando entendí por qué yo no encajaba, todo encajó en un segundo, y celebré mi victoria con el trago agridulce de la verdad. Había visto rectitud donde sólo había pose, y virtud donde sólo había mediocridad. ¿Cómo iba yo a encajar ahí? Al final, nuestro amigo común tenía razón. Debo tener un ángel de la guarda nuevo, más joven y con más ganas de trabajar, porque me ha llevado exactamente por donde era (y en el camino me ha tirado caramelos, como los reyes magos). 

Como se suele decir, hay días tontos, y hay tontos todos los días, pero un par de manzanas podridas no estropean un huerto, y así, por cada disgusto obtuve una recompensa. Algunas en forma de amistad, otras en forma de dinero, y todas en forma de enseñanza. 
Se cierran círculos en muchos aspectos. No deja de ser curioso que mi último viaje del año lo hiciera con el conductor con el que hice mi primer viaje del año. Y que además los destinos fueran Córdoba y Antequera, respectivamente. También ha hecho falta casi un año para que se desvelara un pastel que resultó estar podrido, pero cuyas ganas de probar me ha llevado a donde estoy ahora. Porque ha sido un año de suerte, de retos superados, de cosas bonitas que salían bien hasta cuando salían mal. 

Entre viajes, lecturas, escrituras, y monólogos confío en encontrar espacio para detenerme un poco, poner orden en la cabeza y en la agenda, descubrir en el silencio de la madrugada los caminos correctos entre tantos atajos posibles, y trabajar esas cuantas cosas que todavía me frenan y que emergen justo cuando menos conviene. Confío en esa mano invisible que me lleva cuando no sé por dónde ir, porque a veces es lo único a lo que me puedo agarrar. 
Y que este año, casi como una prioridad, casi como una emergencia, casi por supervivencia, ganen las ganas y cambie un poquito la historia, para poder hacer de un pasado pisado, borrón y cuento nuevo. 





viernes, 5 de diciembre de 2025

Querer o no querer

El otoño ha sido corto y bonito, y del último coletazo ni me voy a enterar. Ha pasado como un animal que apenas te roza, pero que deja una huella; una filigrana leve e íntima que, comparado con los silencios de hace (exactamente) un año, casi parece ciencia ficción. 

Mi yo de entonces habría saltado de alegría ante las repetidas reacciones y los últimos mensajes, pero mi yo de ahora solo sonríe, sin esperar nada, como quien mira un paisaje bonito sabiendo que no es suyo.  Porque las palabras no tienen palabra, sólo el brillo vacío de esas expresiones buenrrollistas que se dicen por decir sin prometer nada . Algunas frases tienen la mala costumbre de sonar a vendaval cuando sólo son aire tibio... (aunque, dado el historial, es todo un avance). Con todo, esas palabras huecas convirtieron mi pequeño prodigio en algo más grande; lástima que ahora sólo sirva para aliviar el frío en el pecho de otro 5 de diciembre casi olvidado. 

Como un  déjà vu emocional, otro curso se acaba y con él, la misma imagen se disipa, como en el sueño que tuve aquella misma noche. Dentro de ese sueño tuve la lucidez de preguntarme si aquello podía ser real. Era tan improbable que tenía que ser un sueño, pero lo sentía tan de verdad que dudé. El corazón, en esos momentos, siempre es más crédulo que la mente. Cuando sonó la alarma del móvil, refunfuñé: “Sabía que era un sueño”, y me dormí de nuevo con el eco de la decepción flotando en el subconsciente. Pero una decepción que ya no perdura, porque cuando una divide la energía entre dos incógnitas, deja de necesitar resolver ecuaciones imposibles. 

Entremedias, el bolo privado que tenía el 12 de diciembre se canceló por la muerte del padre de la cumpleañera, y aunque lo sentí, también respiré aliviada. Tantos viajes juntos, sin contar el que me salió casi de un día para otro, me asfixiaban. El circuito madrileño de dos días de "magia navideña" fue una locura improvisada de las que salen bien, a pesar de que casi muero congelada en Torrejón (por suerte no necesité ir a ese hospital...). Volver a pisar Madrid después de tanto tiempo, tomarme una cerveza en la Plaza Mayor, y conocer Alcalá de Henares fue un regalo. Y compartirlo con Encarni y compañía, y con un conductor de ola que me dejó en la puerta de casa, lo maximizó. 

Y como si la vida quisiera insistir, y pincharme, y devolverme una esperanza tonta que ya no quiero, siguieron los avances inesperados en el mundo virtual. Pero yo sólo pude responder a ello dejando, sin que se notara, una puerta abierta, como otras veces. Ya hay tantas que empieza a haber corriente... y, sin embargo, aquí nadie tiene suficiente frío. Todo se queda en algo pseudoplatónico-moderno que pasa por contemplar pantallas en lugar de mirar a los ojos. Supongo que no da para mucho más. 

Pero aunque las cervezas nunca se cobren, ni llegue a escuchar esa risa entre el público, casi todo lo increíble que me ha pasado este año se lo debo a la misma presencia invisible. Porque, directa o indirectamente, lo ha desencadenado todo. Quizá, sin querer, abrió una puerta en mi destino. Y yo, que no me gusta dejar puertas abiertas porque siempre tengo frío, camino a través de ella con la misma mezcla de nostalgia y esperanza que dejan los otoños cortos y bonitos. 

Y por aquí, mi penúltimo artículo del año, basado muuuuuy libremente en historias para no dormir que me contó un amigo acerca de otro amigo, que ya ni siquiera sé si conozco. 



sábado, 15 de noviembre de 2025

Y llegó la nieve...

…y con ella la separación, el silencio y, probablemente, el olvido. Un gran paréntesis de frío y espera que hace que todo se escurra entre los dedos como la nieve (o como yo misma). 

Y, a menos que en un rato suenen todas las trompetas celestiales juntas, los próximos meses estarán marcados por la impaciencia y el deseo de ver la montaña desnuda otra vez. 

Y yo buscaré en los garitos más acogedores el calor del escenario, y las posibilidades más remotas, para que la primavera llegue antes. 

Y la primavera llegará, aunque sea pronto para saber si lo hará con nuevos aires o con viejos recuerdos. 


Y, mientras tanto, vuelan los versos desde otros dedos impacientes. Y la vida se vuelve tan rara y bonita a la vez que ni todas las nubes, espesas y grises, que cubren el cielo estos días pueden ocultar la luz que, desde dentro, lo ilumina todo.  




miércoles, 5 de noviembre de 2025

Capaz

A veces, lo mejor no brilla. No llega envuelto en papel bonito. A veces, lo mejor duele, cansa, rompe.. pero también enseña. Lo que queremos no siempre es lo que nos conviene. 

El último circuito fue un desafío. Torceduras, líos, quejas, dolores de cabeza, falta de sueño, incertidumbre… y aun así, salí adelante. Sobreviví a todo eso con la mente hecha trizas, el cuerpo agotado y el alma helada. Pero seguí. Porque siempre sigo. Y porque funciono bien bajo presión aunque la salud se resienta. Y entre el caos, siempre hay pequeños premios: El Sueño de Toledo por fin ante mis ojos, el bocata regalado del dueño de esa tienda que ya se acuerda de mí, la sonrisa del conductor del tren, o que me llame por mi nombre el del restaurante. Detalles diminutos que, juntos, arman algo parecido a la felicidad. Y con los 30€ que me ahorré me compré un jersey bonito. Un auto-regalo como recompensa a ese esfuerzo que no siempre se ve, ni te reconocen, ni valoran, pero que tú sabes que mereces. 
Todo el desbarajuste empezó a un nivel más íntimo la noche anterior, cuando vi truncada esa última oportunidad que quizá nunca llegue, o llegue tarde, para variar. Nos cruzamos en el tiempo; mientras yo estaba en Valencia sin poder creerme que todo estuviera saliendo tan a pedir de boca, otro autobús salía para Toledo antes de que yo volviera. Qué desfachatez del destino... Pero Valencia fue magia. Gente maravillosa, risas, invitaciones, rutas perfectas, otro balcón frente al mar, ver el Oceanogràfic, caminar por la playa, jugar al ping-pong, recibir propinas, y la Albufera... ese último golpe maestro que me saqué de la manga gracias a un conductor valenciano que había conocido en el tercer viaje a Puy du Fou, y que me facilitó toda la info. Estaba fuera de programa, pero me dieron vía libre para improvisar, y conté con un conductor que me apoyó. El resultado fue lo que siempre esperas de cada viaje que te has currado a tope: volver con el corazón (y el bolsillo) un poco más lleno, buenas reseñas, y hasta cierta pena cuando te despides de la gente. Por eso el último Puy du Fou dolió más: tantas expectativas truncadas desde antes de empezar, tanto esfuerzo que se disolvió entre inconvenientes, tantas ganas de una oportunidad más. 
Pero llegó noviembre como un lienzo en blanco, y la vida, terca, sigue: Hice el casting de ASP (gracias, Hermo), tengo bolos en el horizonte, excursiones en diciembre, y lo más anecdótico: un curso que acabo de empezar. Porque cuando una deja de aferrarse, el corazón de otro te recuerda cosas, aunque llegue un año tarde (o quizás, justo a tiempo). Y no llegó solo. Llegó con un mensaje privado de esos que te descolocan porque no sabes la intención de fondo, aunque tú te imagines mil razones distintas. Y si no fuera porque mi mente analítica está en otra parte ahora mismo, esta entrada sería muy diferente. Llevaría dos días incansable tratando de escudriñar cada palabra y sus múltiples posibilidades para tratar de llegar a alguna conclusión (más idílica que la real, seguramente), y todo mi mundo giraría en torno a eso, a una presencia que de pronto vuelve, y que querría tener aquí plasmado. Y como me viene pasando últimamente, una cosa lleva a la otra, y sin darte cuenta estás haciendo algo que no hubieras hecho nunca sin ese empujón. Y el empujón me lo viene dando la misma persona desde hace ya tiempo; una persona para la cual, al parecer, no soy más que una "conocida".
Y así andamos. Entre bolos, castings, viajes, y artículos, va una fluctuando, como un barquito de papel a la deriva, entre la mente maravillosa y la fuerza bruta, con una sierra en medio que separa y que une, y que a mí me pilla a la misma distancia, aunque aquí nadie se atreva a dar un paso. Y el que se atreve arranca con tanta fuerza que hace que mi barco vuelque (mi vida parece una peli de Woody Allen a veces...). 

Y mientras tanto, aquí estoy yo, que soy tan guapa y tan lista, y que me quedo al lado de quien sabe cómo, sabe cuándo, y sabe cuánto. De quien llegue en el momento justo, de quien me sostenga cuando las entradas se descuadren, de quien no rechace un abrazo a destiempo. 
De quien sea tan capaz como, según me cuentan, lo soy yo. 

Aquí, los últimos artículos. 
Que, entre viajes y obsesiones, todavía me quedan neuronas para escribir. 







sábado, 18 de octubre de 2025

Tan afortunada. Tan desacertada

Me encerré en casa tras volver de la playa para preparar todos los viajes que, a partir del 21 de septiembre, se irían sucediendo cada semana sin descanso. Y, a pesar de estar sola y tener que ocuparme de mil cosas más, hasta saqué huecos para darme un descanso y cumplir con los amigos. La tensión constante la mantenía a raya la mayor parte del tiempo. Algunos días me vi sobrepasada, pero esos momentos sólo estaban anticipando lo mejor, aunque yo aún no lo supiera. 
La buena suerte me ha estado acompañando mientras yo acompañaba a la gente, y hasta aquello que se torcía, resultaba en un beneficio inesperado. Y así he estado el último mes, yendo de piscinas infinitas, a embalses con lluvia y a ríos con sol, con la vida, y el tiempo, y la suerte de mi lado. Imaginé un lugar tranquilo con vistas al mar, habitaciones grandes, buenas compañías, buenas comisiones… y lo tuve todo y más. Me hubiese quedado un mes en ese balconcito de Velilla mirando cómo anochece el Mediterráneo. La gente de ese pueblo escondido en las montañas de Málaga es de lo mejor que me he encontrado por ahí. Y Pepe y Margarita con sus tiendas, y su infinita generosidad. Un regalo aquel primer circuito que tanto tiempo y dedicación me costó. Luego vino una excursión al límite de lo insufrible, pero que me hizo conocer a un compañero encantador que paró un autobús de larga distancia en mi portal, como si fuera un maldito Uber, para que no me viniera sola desde la estación a las doce de la noche. Y Toledo… tanto Toledo en octubre. Un circuito que me encanta porque lo conozco, y deja pelas y tiempo libre. Y más bonito se hace en buena compañía, alojada en otro hotel distinto (e incomunicados porque no llega la señal por esa zona), y tomando Cacique Cola con quien se convierte en tu mejor amigo por tres días. 

Todo tan sobre ruedas, tan perfecto, incluso tan idílico, me asustaba (¿por dónde me vendría el palo?). Y resulta que el palo estaba donde lo dejé la última vez. Porque se me da bien medir los tiempos y las distancias con los sitios, pero no con todo lo demás. Y resultó que la adrenalina acumulada de tres días, me hizo fallar el tiro en el último movimiento. No medí bien ni tiempo ni distancia; segunda vez que me pasa en menos de un año. Y, al igual que en la primera, no sé si tendré la oportunidad de hacerlo mejor en la segunda. Los terrenos pantanosos, con mil señales de prohibido el paso adornando una ciénaga intraspasable, son mi especialidad. Y la urgencia del tiempo y de la sangre me coloca siempre en el lado más "inapropiado". Pero yo sé lo que hay, no estoy loca. Lo que estoy es rodeada de cámaras de vigilancia invisibles, como si viviera en el 1984 de Orwell, que hacen de los principios una necesidad con N mayúscula. Y yo necesito lo inconveniente (así venga de lo más impensable), pero me choco con paredes de hielo al más mínimo gesto, porque el centro de vigilancia está presente 24/7. 

Lo bueno de "lo malo" es que he conseguido lo que quería: un cambio de imagen mental antes de que comience el curso. Prueba de ello es que ni siquiera me presentara (teniendo la oportunidad) en el lugar donde todo empezó con la esperanza de un encuentro casual. Me dio pereza; me dio igual. Es salir de Guatemala para entrar en Guatepeor, sólo que ahora, tan afortunada, siempre espero lo mejor por muy desacertada que me pille. Porque, para según que cosas, yo no fallo sin ser consciente; cuando "fallo", sólo me estoy dejando ganar.


miércoles, 10 de septiembre de 2025

Ni tan mal

Quise irme a la playa el 1 de agosto; tuve que esperar hasta el día 20 para hacerlo (los mecánicos también se cogen vacaciones), pero entremedias, y antes, y después, seguía siendo verano. Estar en casa (casa en llamas por las continuas olas de calor) no me impidió disfrutar de tantas cosas chulas que se fueron sucediendo: cumpleaños, conciertos, visitas del otro lado del charco, la Alhambra y el Albaicín, las terrazas de las Gabias y, especialmente, la gente; mi gente. La que está cuando tú te quedas, y la que te llama si no vas. 

Aproveché los largos y soporíferos días en ordenar muchas cosas (siempre estoy ordenando algo). Di con joyitas escondidas en la red que me abrieron mi dura cabeza de par en par, y conseguí, con sólo creer que podía, todo el trabajo que me estaba faltando hasta el punto de tener que rechazar ofertas, recuperé el coche que, por suerte, tuvo arreglo (un arreglo pagable), alcancé los 50 y los pasé como una campeona, me marqué una cifra y empezaron a salirme las cuentas, y la inercia de todo me llevó a ser y estar; sin conflictos, sin prisas, sin necesidad. Y ahí empecé a brillar, y todo brilló alrededor. 

Por eso, cuando por fin me fui a la playa, la alegría era desproporcionada. Sólo estaba en la playa, como tantas veces. Pero, no; esta vez era mejor, porque esta vez pudo no haber sido. Y aunque tuve que esperar 20 días, allí estaba el mar, con su agua cristalina y su perfecta temperatura. Y también estaban los perros jugueteando, y papá y mamá con el Atípico cerquita para airearse, y mi sobri con un año ya cumplido y a punto de andar. 

Después de un primer finde de contacto, aproveché la primera semana de septiembre para despedirme a mi manera. Sola (o, mejor, con mi Chulo), con todo lo necesario para trabajar un poco y desconectar mucho. Con la tranquilidad de la playa, a esas alturas, semivacía, la temperatura más que agradable, y los bañitos de sol y sal. Una noche me encontré en la arena una piedra azul, brillando como el reflejo de la luna en el mar. Me la traje como el recuerdo de que siempre habrá noches de verano en cualquier parte, pero las mejores están en la costa. 

Y entre reuniones con amigas, primos y demás familia, la semana pasó volando y volví más feliz, si cabe, a mi ciudad que ya empieza a llenarse. El barrio sigue creciendo con nuevos edificios, piscina al lado de casa, un nuevo negocio donde antes estaba el bar en el que trabajé (han durado poco), y la reapertura de la academia de baile. 

Solita en casa hasta el 10 de octubre divido mi tiempo entre la preparación de los viajes, los viajes en sí, y los pocos momentos de ocio que eso me deja. De vez en cuando, hasta saco un rato para abrir una botella de vino, poner música y escribir. Me faltan un par de mensajitos para explotar de alegría. Pero de momento, con lo que tengo... ni tan mal.