sábado, 25 de julio de 2026

La noche más larga

Ha pasado un mes, y todavía no soy del todo capaz de escribir sobre ello. Ocurrió todo muy rápido. Demasiado rápido para asimilarlo. Entre el sábado y el domingo llegaron las primeras impresiones. El lunes noté que algo malo iba a pasar. El martes lo supe. El miércoles se cumplió. 

La noche de San Juan, la noche más corta del año, fue la noche más larga. Sin la certeza aún de que la noche más larga vendría por la mañana. En mi cabeza resonaba todo el tiempo el mismo estribillo. 

El 23 de junio necesitaba un milagro para no verlo morir ante mis ojos, para no verlo apagarse con la frustración de no poder hacer algo para evitarlo. El milagro llegó en forma de Bizum; sin saberlo, teníamos un ángel de la guarda en Madrid. Una angelita, para ser exactas. Una chica a la que apenas conozco y cuya inmensa generosidad ayudó a alargar la vida, la esperanza y, más tarde, por desgracia, también la agonía. Algo por dentro me susurraba lo peor, y sin embargo invertí una enorme cantidad de dinero para que lo peor tardara muchos años en llegar. No fue suficiente, y en el fondo lo sabía, pero no podía dejar la vida de lo que más he querido en el mundo a la suerte de una intuición. No hubiese podido perdonarme nunca el no haberlo intentado todo. Y ese dinero caído del cielo era la única señal a la que podía hacer caso. Lo demás no quise ni considerarlo. Me dolían los ojos y el alma de tanto llorar, pero las lágrimas de dolor se transformaron en otra cosa. Se transformaron en lágrimas de esperanza; una esperanza que seguía doliendo, porque la esperanza, lejos de la creencia popular, puede ser algo muy dañino. Pero yo sólo con imaginarme la sangre corriendo por sus venas, reanimándolo, devolviéndole la vida, ya me sentí algo mejor y pude conciliar el sueño perdido. Al día siguiente, los designios caprichosos volverían a llevarse el sueño, ahora con intereses: con el hambre, con la risa, con la ilusión, y con la capacidad de sentir algo que no fuera angustia. 

El día de San Juan ha sido, de lejos, el día más triste de mi vida hasta la fecha. Y me han pasado mierdas gordas a lo largo de los años como a cualquiera. He sufrido pérdidas, muertes, rupturas, decepciones, traiciones, desengaños, crisis indescriptibles; he llorado por mí, por los demás, por lo que tenía, por lo que dejé de tener; he padecido heridas de todos los tamaños, de todas las intensidades, de todos lo colores, y por mil causas distintas; he tocado fondo, ese fondo oscuro en el que la mayoría necesita medicarse (yo no, pero porque al final soy una puta roca y me autogestiono increíblemente bien sin ayuda, no porque fuera menos grave). Y, sin embargo, esta vez ha sido la única vez, la única herida, que me ha hecho decir en voz alta: “No puedo más”. Tal era el agotamiento físico, mental y emocional que arrastraba. Me dolían los ojos y el alma, el pecho y la cabeza me ardían, el estómago se me encogió, y tenía la garganta, la nariz y la boca completamente secas. Cuando entendí que ya no lo vería más, que ya no lo volvería a tocar, que ya no estaría al volver a casa, me fallaron las piernas, me dejé caer, entré en estado de shock. Ese estado asqueroso en el que caes cuando algo malo ocurre de forma repentina, sin una preparación, sin un vértelo venir… Es como como pasar de 40 grados de temperatura a 10 de golpe; la brusquedad hace que el cuerpo se corte y te pones mala. A mí la brusquedad me cortó el alma. Y en ese estado sólo puedes abandonarte, porque el aliento no da para más. Un fundido a negro. Pero la vida siempre se empeña en abrirse camino porque, como dijo Gabo en boca de aquel personaje, “uno no se muere cuando quiere sino cuando puede”. Y yo no podía. Tenía a otro ser vivo a mi cargo al que debía cuidar. En esos momentos no era capaz de apreciar muchas más razones. Simplemente, no las veía entre tanta niebla. Mi perro me salvó. Y estoy segura de que, si no hubiera sido por él, hubiese habido otra razón de peso en su lugar, pero en este caso, la razón llevaba su nombre. 

Y así, haciendo un esfuerzo titánico, decidí tomar la única acción que parecía razonable: seguir llorando en otro sitio, encerrarme en mi propia burbuja, y dejar que el tiempo, el sol y el mar me curaran por dentro. Me fui a la costa. Me alejé de ese lugar asfixiante que sólo me recordaba a él. Pero no tuve ni el tiempo ni el espacio suficientes para procesar lo ocurrido, para asumirlo, para aceptarlo, para curarlo, porque en medio de esta eterna noche de 30 días han pasado infinidad de cosas que me han distraído. Se me abrieron demasiadas puertas sin haber cerrado antes la más importante, y por esa razón he vivido el último mes en piloto automático. Como un zombi. Sin sentir ni padecer. Sin risa auténtica y sin lágrimas sinceras. Lo bueno no me emocionaba como antes; lo malo no me afectaba demasiado. Todo pasaba a través de mí como si nada. Perdí la capacidad de estar presente, de vivir las cosas, de apreciar lo importante. 

Ha pasado un mes, y todavía lloro de vez en cuando. Lloro cuando miro sus fotos, cuando lo veo sin verlo, cuando su recuerdo se cuela sin avisar. Lloro cuando alguien más lo llora. Y lloro cuando otras vivencias y otras personas no me dejan llorarlo sólo a él y se empeñan en hacerme llorar por ellas. En mitad de un duelo sin cerrar, he tenido que lidiar con dos de las personas más egoístas que he conocido. Dos hombres-monstruo absolutamente insensibles y desconsiderados, uno de los cuales se supone que debería quererme más que a él mismo (si no fuera porque él mismo es lo único que le importa). Pero cuando vienes de un KO en toda regla, todos los ganchos y directos del mundo apenas logran hacerte sangrar. Sólo hay una sangre que me duele de verdad. Una sangre que no alcanzó para revivirnos, y esas gotitas derramadas que mancharon su pelo y mi corazón. Y aunque sé que me quedan muchas lágrimas y mucha sangre por delante en la vida, esta experiencia ha marcado un antes y un después. Todo se simplifica, se relativiza, pasa sin más. 

Si algo bueno tiene la muerte es que la vida se vuelve más fácil. 

El desconsuelo, el vacío y el agotamiento se han ido disipando para dar paso al agradecimiento por estos casi diez años en los que he aprendido a querer sin depender, a dejar presencia sin ningún esfuerzo, a despreocuparme por lo que no puedo controlar. Necesitaba con urgencia que llegara este fin de semana de soledad y silencio. Cuando se cumple un mes del día más triste. 


 

Gracias por haber venido, y por haberte quedado todo este tiempo. Estoy deseando volver a verte, pero antes tengo cuatro cosillas más que hacer por aquí. Te quiero, Mikelillo, más de lo que nadie podrá entender jamás, y ni falta que hace. Tú y (ahora también) yo, lo sabemos. 
Hasta pronto, pequeñajo.

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