miércoles, 10 de junio de 2026

TANTO AMOR

Hubo un segundo, y hubo un tercero. Y del primero al tercero hay tanto, tan bonito, y tan inquietante que se me hace difícil describirlo. Especialmente en estos días en los que me encuentro a rebosar de cosas, de emociones, de prisas...

Me despedí de abril con el corazón lleno, y dos besos tímidos, que entre la poca sangre, y esas dos anclas que atan a tierra, no era de esperar un centímetro de más (aunque tampoco cinco de menos). 
La primera vez, la desilusión (maldito prefijo) jugó bien su papel. Me arrastró al lugar correcto, y feo, donde debía recalcular mi ruta. No esperaba dos seguidos. Y cuando eso ocurrió, me di cuenta de que la cabeza razona en línea recta, pero el corazón camina en círculos. No atiende a argumentos. Y lo supe en cuanto me vi rebuscando entre mis cosas y mi armario las mismas ilusiones que ya había descartado mentalmente. Es como volver a subir a un avión teniendo vértigo porque la sensación de volar pesa más que el miedo a las alturas. Vas acojonada, pero vas. 
La segunda vez entendí que, más allá de lo superficial, había algo etéreo y precioso enterrado en algún lugar de mi ser. Algo que no había sentido con tanta claridad en años. Era tan puro y tan de verdad que, a pesar de la torpe despedida, tenía el corazón lleno y más dinero de la cuenta. Quizá por compartir más, por regalarnos más, por cuidarnos más. Quizá por renunciar a ese sueño porque el sueño de verdad estaba fuera. Quizá por esa sonrisa que se me dibujó cuando me contaron historias de terror, mientras yo vivía un cuento de hadas. 
Quizá por todo eso fue que a la tercera no pude esperar a que me llegara la confirmación para sentir la pena agarrada al pecho. Me anticipé al peor escenario un buen rato antes, y me enfadé conmigo misma por ser tan frágil a veces, y con la vida por darme lo que luego me iba a quitar. Pero la confirmación llegó, y con ella, de nuevo la luz. Tres de tres. Y otra vez de abajo a arriba. Y otra vez a llenar la mochila con esperanzas. Y otra vez en el barranco emocional del no saber a dónde irá esa alegría insana que engancha más que la heroína. 
La cosa se ha ido dando en escalada permanente. Porque el tercero fue especialmente especial. El primer día salió todo a pedir de boca, había magia en cada adoquín que pisaba. Todo parecía perfectamente posible, incluso adecuado. Pero al siguiente, con la semi-resaca en el cuerpo y el cielo gris oscuro, hubiese preferido desaparecer medio rato. Me senté a escribir por desahogo, con todo el frío y todo el sueño, deseando que al menos saliera el sol (porque poco más iba a salir ya). Pero tras dormir un rato, el ánimo cambió. Me centré en celebrar aquella verbena improvisada que nos recibió la noche antes, y agradecí las confesiones, los pequeños gestos y la impagable compañía. 

"Como tú, ninguna"; tres palabras para no olvidar. 

Y con una tercera despedida, bastante más cercana, me quedé pensando en todo lo que tenía por delante. Porque entre medias de todo esto ocurrieron muchas otras cosas. 

Me tiré a la piscina con un bolo para mi monólogo. Tenia miedo de cerrar la fecha (yo sola otra vez en el escenario conmigo misma y mi texto, sin tiempo para pulir, sin ayuda, sin respaldo, sin red, y con la incertidumbre de la convocatoria). Sin embargo, todas las fichas cayeron en su sitio cuando tanteé a la gente y justo el 29 de mayo podían tod@s. Fue como si, buscando la excusa para no hacerlo, encontrara la razón para apostar. Me pasé las semanas previas con un nudo de ansiedad gordo en el estómago, pero sabía que necesitaba hacer ese bolo y demostrarme que todavía podía, porque la experiencia sevillana me dejó muy mal sabor de boca, y los bolos anteriores no fueron para tirar cohetes. Al mismo tiempo, me dieron un par de viajes más, y mi jefe me propuso trabajar también en la oficina de cara a la próxima temporada (¡de locos!). A esto habría que sumarle los artículos que todavía tenía pendientes de escribir. Conclusión: un mes de mayo tan arriba que daba vértigo. Sin tiempo para interiorizar la de cosas increíbles que me venían ocurriendo. Mención aparte merece, entre tanta cosa extraordinaria, el inesperado regreso a escena de quien no tenía noticias tras dos años de idas y venidas absolutamente infructuosas. La vida tiene eso, te da y te quita a su antojo. En perspectiva entiendes mejor cuál fue su jugada, pero sobre la marcha tiende a confundirte porque es así de maja... Sea como sea, empezó a acojonarme tanta buena racha y tanto por abarcar. Y aún no podía creerme que el susodicho realmente apareciera (no lo hizo). 
Empecé priorizando cada movida por orden de llegada, sin detenerme a pensar en qué significaba cada cosa para mí, y acabé saliendo airosa de cada compromiso. Los viajes bien, el primer contacto con la oficina bien (ya me sumergiré más en verano), uno de los artículos bien (el otro atascado, pero un nuevo golpe de suerte me trasladó la fecha a agosto), y el monólogo... ahhh... quitarme eso fue como quitarme una mochila llena de piedras. Era, de lejos, lo más importante para mí. Lo demás también, pero estaba infinitamente más controlado. Aquella noche sólo me fallaron tres personas de las treinta y pico que confirmaron asistencia. Toda esa gente estuvo, y no sólo en cuerpo y forma ocupando una silla.; estuvo con todo. Con interés, con curiosidad, con ganas, con risas y con aplausos. Y la otra parte, que soy yo, también. Porque nunca sabes si te va a dar un soponcio justo antes de salir, si te vas a bloquear y olvidar del texto, si vas a estar más o menos inspirada. Pero salí a dar, y esta vez también recibí. Todo se prestó para que esa noche hiciera por primera vez mi monólogo completo con el feedback que una siempre desea. 
Acabé el mes de mayo llena de amor, desbordada incluso... clientes elevándome a "la mejor guía del mundo", conductores que me tratan y me cuidan como una amiga, compañeras que siempre están ahí, amigas y amigos en general que apoyan, y reman contigo si te hace falta, y te buscan cuando no estás...y mi bimbo... el primer culpable de que se me salga el corazón por la boca. El desencadenante de tantas emociones bonitas que, por contagio, se han ido extendiendo incluso hasta los maizales de la vega de Granada. 
La vida siguió, pues, dirigiendo el juego como un experto crupier. Y, como afortunada en el juego que aparentemente soy, me ha quitado del medio una losa que venía cargando: un grupo de indeseables, sin neuronas y con la educación propia de un quinqui poligonero. El mismo día de mi cumpleaños, o sea, antes de ayer, volví a respirar a gusto cuando salí de un proyecto que empezó con buena pinta y acabó siendo un sindiós ingobernable de porreros aspirantes a famosillos. Saltar de un barco semihundido me ha dado más que el tiempo que me consumió: dignidad, nuevos colegas, y una reciente madurez que creía no tener para ciertas cosas. Y aunque mi cumple cayera en lunes de cansancio total encerrado entre dos circuitos, recibí una inesperada sorpresa en forma de mensaje, y mucho más entre medias. 

Y todo esto, tras enfrentarme al reto que tarde o temprano tenía que llegar. Porque no hubo cuatro de cuatro, y sin embargo, el cuarto no fue nada mal. Diría que incluso fue necesario. Y esta vez (hasta en eso me ha caído una estrella) pude saberlo con más antelación, y prepararme para lo que parecía inevitable. "Uno más, y se acabó", y no sé ni que esperar ya, pero confío en las cartas que me toquen. Porque si se puede "arañar" un poquito más, esa carta caerá. Hasta entonces, tengo un par de buenas respuestas para releer, y una cerveza pendiente para echar el verano. Un verano que se presenta durillo: con idas y venidas a Motril, un Cantabria en agosto, espero que algún monólogo en la costa, y varias sesiones de dentista. Pero eso sí, con nómina y contrato, como la persona mayor en la que me estoy convirtiendo 😅


Siempre he pensado que la suerte me perseguía pero que yo era más rápida, y últimamente estoy sorprendida (me habré cansado de correr), porque a veces ocurre que, de la nada, me nace una sensación de plenitud que ni siquiera estaba buscando. Y surge sin más, mientras estoy ocupada haciendo otras cosas. Cuando estás ocupada pasa todo más rápido, pasa todo junto, pasa lo que no imaginabas que podía pasar, pasa hasta lo inconcebible. Será que no te da tiempo a contaminarte de malos rollos pensando en lo circunstancial de cada cosa. Lo coges como viene, sonriendo en lo posible, sin análisis profundos, ni buscando el lado malo. Pero no tener tiempo para eso, es no tener tiempo para mi tampoco, y eso sí lo he echado de menos. Porque cuando estoy demasiado tiempo en tierra, me agobio. Yo soy aire y quiero volar por universos inventados... Por eso, por las noches, mientras me quedo dormida, me mudo allí, a ese sitio donde fabrico sueños que no están, por lo visto, tan lejos de cumplirse (quizá porque por la mañana empieza la actividad infinita y no queda tiempo para boicotearlos). 
Claro que yo, para boicotear cosas, siempre saco un rato, y ya vengo vislumbrando negativamente los próximos días. 

"Espera lo mejor, y prepárate para lo peor". 

Pero, por más razones que me dé a mí misma para poner los pies en el suelo, la realidad es que vivo en las nubes, quiero lo que quiero, y no quiero pensar más allá de eso. 
Me niego a ser realista si eso significa dejar de sentir TANTO AMOR.