lunes, 12 de enero de 2026

Borrón y cuento nuevo

El último mes del año vino atropellado de acontecimientos navideños, quedadas, últimos viajes, compras, y ajetreo generalizado en las calles y en mi cabeza. Y enero amenazaba con seguir la misma dinámica hasta que decidí plantarme pasada la primera semana. No tenía la paz mental, ni el espacio vital, ni el aburrimiento necesario para sentarme a repasar y dar forma a tantas cosas que me rondaban. Lo dejé reposar como las paellas, pero me acabé topando con un bloqueo aún mayor, y la paella se empezó a enfriar. El tiempo, implacable, pasaba sin miramientos en forma de días vacíos mientras yo forzaba un reajuste emocional que me permitiera arrancar con algo este nuevo año tan prometedor. 
Nada. Mi interior estaba bloqueado. Mi nueva y carísima agenda, en blanco. Mi inspiración, de vacaciones. Y entonces dejé de intentarlo, dejé de pensar, dejé de buscar fuera. Sin saber lo que quería, no podía saber hacia dónde ir, así que me quedé quieta. Y en esa quietud, tan improductiva en el mundo moderno, empecé a vislumbrar un camino. Todavía no sé a dónde lleva porque no consigo ver a más de un palmo (ya me han dicho que es presbicia), pero como dijo Machado "no hay camino, se hace camino al andar". Y así voy... andando a tientas, pero andando. Y, como viajera profesional, sé muy bien que el camino se hace más bonito y cómodo ligera de equipaje, por lo que decidí entretenerme el tiempo que hiciera falta en llevarme lo justo y necesario al 2026, en esa transición desconcertante y lenta del cambio de dígito. 

Cuando se acaba un año, hacemos balance de lo que ha ido bien, y de lo que ha ido mal. Lo primero nos sirve como autorreconocimiento, como la palmadita en el hombro que nos anima a seguir por ahí. Lo segundo nos somete a examen de conciencia. Qué hay que mejorar, qué hay que cambiar radicalmente, qué hay detrás de los errores. Los últimos acontecimientos me llevaron a replantearme un millón de cosas, a cuestionarme otro millón más, e incluso a cargarme con esa niebla densa de no saber nada de nada. Crisis existenciales que nos agarran de vez en cuando. Todo se dio de tal forma que, de pronto, ya no distinguía lo bueno de lo malo, ni al recto del retorcido. No sé si empecé a hablar de más, o a callar de menos. Y tampoco sabía con quién juntarme para sentirme más yo. Yo conmigo, y yo contra todos en una época en la que es difícil aislarse en defensa propia. Yo, absolutamente perdida en medio de luces navideñas y alegría pagada a crédito. 
En apenas un mes, la vida me hizo reunir mogollón de enseñanzas que quisiera no olvidar los próximos meses, aunque reconozco que soy durilla de mollera para estas cosas. Dejaré algunas escritas por aquí para releerlas de vez en cuando:

He aprendido a decir las cosas cuando toca, con más firmeza y menos titubeos. Y a defenderme sin priorizar posibles daños colaterales porque la única prioridad siempre seré yo (a pesar de que algunos piensen lo contrario, y te aconsejen mal porque no saben quererte bien). Pude sacarme una maniobra de defensa, sólo que no estaba en el lugar adecuado para gestionar el detonante emocional de los casi irreparables daños del pasado. Algo que trabajar, supongo...
He aprendido que soy más capaz de lo que pienso. Y necesité un primer viaje y un último ataque de pánico para revalorar eso; felizmente, existen las segundas oportunidades para demostrármelo. Después de venir enganchando un resfriado con otro desde finales de noviembre hasta hoy mismo, casi no me creo que ninguno me ha haya parado para hacer todo lo que tenía que hacer.
He aprendido que lo que creemos imposible es, en efecto, imposible. Y que sólo hay que darle la vuelta a la frase para que todo cambie. Creer es el verbo más difícil de conjugar, pero prestando un poquito de atención, la vida te susurra la verdad de todo, y desde ahí, creer se vuelve un poco más fácil. 
He aprendido que la vida te cabrea para que reacciones, y gracias a eso supe decir no donde había dicho el típico sí por compromiso. Cuando algo te da mala espina es que no es por ahí, y a veces necesitamos una colleja para recordarlo. 
He aprendido que el deseo no espera. El deseo quema, es directo, es impaciente y arrasa con todo lo que se le ponga por delante. Y aprender eso de rebote fue la guinda para cerrar un año absolutamente revelador. Cuando entendí por qué yo no encajaba, todo encajó en un segundo, y celebré mi victoria con el trago agridulce de la verdad. Había visto rectitud donde sólo había pose, y virtud donde sólo había mediocridad. ¿Cómo iba yo a encajar ahí? Al final, nuestro amigo común tenía razón. Debo tener un ángel de la guarda nuevo, más joven y con más ganas de trabajar, porque me ha llevado exactamente por donde era (y en el camino me ha tirado caramelos, como los reyes magos). 

Como se suele decir, hay días tontos, y hay tontos todos los días, pero un par de manzanas podridas no estropean un huerto, y así, por cada disgusto obtuve una recompensa. Algunas en forma de amistad, otras en forma de dinero, y todas en forma de enseñanza. 
Se cierran círculos en muchos aspectos. No deja de ser curioso que mi último viaje del año lo hiciera con el conductor con el que hice mi primer viaje del año. Y que además los destinos fueran Córdoba y Antequera, respectivamente. También ha hecho falta casi un año para que se desvelara un pastel que resultó estar podrido, pero cuyas ganas de probar me ha llevado a donde estoy ahora. Porque ha sido un año de suerte, de retos superados, de cosas bonitas que salían bien hasta cuando salían mal. 

Entre viajes, lecturas, escrituras, y monólogos confío en encontrar espacio para detenerme un poco, poner orden en la cabeza y en la agenda, descubrir en el silencio de la madrugada los caminos correctos entre tantos atajos posibles, y trabajar esas cuantas cosas que todavía me frenan y que emergen justo cuando menos conviene. Confío en esa mano invisible que me lleva cuando no sé por dónde ir, porque a veces es lo único a lo que me puedo agarrar. 
Y que este año, casi como una prioridad, casi como una emergencia, casi por supervivencia, ganen las ganas y cambie un poquito la historia, para poder hacer de un pasado pisado, borrón y cuento nuevo. 





No hay comentarios: