Hay despedidas que llegan haciendo ruido, como la tormenta de verano que atravesamos y que le da un toque dramático a la escena. Y luego están las otras, sin lluvia ni dramas... las que entran descalzas y de puntillas queriendo acabar pronto.
Pero no siempre nos marchamos cuando nos vamos. A veces nos quedamos ocupando un espacio etéreo entre el cielo y la tierra: atrapados en el reflejo de un cristal, entre las piernas cruzadas sobre un par de taburetes, dentro de un relato en forma de guiño, en el recuerdo borroso de un torso desnudo, o en la oscuridad de un nido ambulante improvisado donde el silencio se hace cómplice de nada.
Porque los saltos de fe dan miedo cuando las circunstancias juegan en contra. Tantos límites por tantas partes hacen dudar, pero no me corresponde a mi quitarlos del medio. Y esperando la señal sin interferencias, el tiempo (tan a favor), se terminó. En cuatro de cinco hubo tiempo de sobra, pero ya no había más. Se acabó en un suspiro, y parecía que yo era la única que lo entendía (o la única a quien le afectaba).
La ausencia de un pequeño detalle y, sobre todo, de un gesto más sentido antes de volver al mundo real me dejó vacía por dentro. Será que el contacto con tacto no es lo mío. Y regresé con la memoria llena de historias... pero sin mi lluvia, sin mi drama... sin mi final feliz.
Después de estar tan cerca de la línea de meta, fue como volver a la casilla de salida. Especialmente, cuando mis dos intentos por lanzar un SOS al mar dentro de una botella, apenas obtuvo respuesta para salvarme. Alguien como yo se sacaría mil ases de la manga, pero esperar eso es esperar demasiado.
Llevo dos días intentando reordenarme por dentro para que después del verano, y siempre que dependa de mí, pueda tomar las decisiones acertadas. Pero ahora mismo sólo quiero echarme a un lado, y atesorar todo lo bueno que he vivido estos meses sin que lo menos bueno lo ocupe todo. Puede que entonces venga algo mejor en el futuro, aunque es pronto para saberlo, y hasta para valorarlo. Yo, por si acaso, me pondré a la sombra (que es lo suyo con tanto calor) y empezaré mi nueva etapa lejos de paraísos inventados, de adioses sin lluvia, y de pueblos remotos con sus romerías.
El tiempo, ése que ya no tenemos, escribirá el resto.

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