viernes, 5 de diciembre de 2025

Querer o no querer

El otoño ha sido corto y bonito, y del último coletazo ni me voy a enterar. Ha pasado como un animal que apenas te roza, pero que deja una huella; una filigrana leve e íntima que, comparado con los silencios de hace (exactamente) un año, casi parece ciencia ficción. 

Mi yo de entonces habría saltado de alegría ante las repetidas reacciones y los últimos mensajes, pero mi yo de ahora solo sonríe, sin esperar nada, como quien mira un paisaje bonito sabiendo que no es suyo.  Porque las palabras no tienen palabra, sólo el brillo vacío de esas expresiones buenrrollistas que se dicen por decir sin prometer nada . Algunas frases tienen la mala costumbre de sonar a vendaval cuando sólo son aire tibio... (aunque, dado el historial, es todo un avance). Con todo, esas palabras huecas convirtieron mi pequeño prodigio en algo más grande; lástima que ahora sólo sirva para aliviar el frío en el pecho de otro 5 de diciembre casi olvidado. 

Como un  déjà vu emocional, otro curso se acaba y con él, la misma imagen se disipa, como en el sueño que tuve aquella misma noche. Dentro de ese sueño tuve la lucidez de preguntarme si aquello podía ser real. Era tan improbable que tenía que ser un sueño, pero lo sentía tan de verdad que dudé. El corazón, en esos momentos, siempre es más crédulo que la mente. Cuando sonó la alarma del móvil, refunfuñé: “Sabía que era un sueño”, y me dormí de nuevo con el eco de la decepción flotando en el subconsciente. Pero una decepción que ya no perdura, porque cuando una divide la energía entre dos incógnitas, deja de necesitar resolver ecuaciones imposibles. 

Entremedias, el bolo privado que tenía el 12 de diciembre se canceló por la muerte del padre de la cumpleañera, y aunque lo sentí, también respiré aliviada. Tantos viajes juntos, sin contar el que me salió casi de un día para otro, me asfixiaban. El circuito madrileño de dos días de "magia navideña" fue una locura improvisada de las que salen bien, a pesar de que casi muero congelada en Torrejón (por suerte no necesité ir a ese hospital...). Volver a pisar Madrid después de tanto tiempo, tomarme una cerveza en la Plaza Mayor, y conocer Alcalá de Henares fue un regalo. Y compartirlo con Encarni y compañía, y con un conductor de ola que me dejó en la puerta de casa, lo maximizó. 

Y como si la vida quisiera insistir, y pincharme, y devolverme una esperanza tonta que ya no quiero, siguieron los avances inesperados en el mundo virtual. Pero yo sólo pude responder a ello dejando, sin que se notara, una puerta abierta, como otras veces. Ya hay tantas que empieza a haber corriente... y, sin embargo, aquí nadie tiene suficiente frío. Todo se queda en algo pseudoplatónico-moderno que pasa por contemplar pantallas en lugar de mirar a los ojos. Supongo que no da para mucho más. 

Pero aunque las cervezas nunca se cobren, ni llegue a escuchar esa risa entre el público, casi todo lo increíble que me ha pasado este año se lo debo a la misma presencia invisible. Porque, directa o indirectamente, lo ha desencadenado todo. Quizá, sin querer, abrió una puerta en mi destino. Y yo, que no me gusta dejar puertas abiertas porque siempre tengo frío, camino a través de ella con la misma mezcla de nostalgia y esperanza que dejan los otoños cortos y bonitos. 

Y por aquí, mi penúltimo artículo del año, basado muuuuuy libremente en historias para no dormir que me contó un amigo acerca de otro amigo, que ya ni siquiera sé si conozco. 



sábado, 15 de noviembre de 2025

Y llegó la nieve...

…y con ella la separación, el silencio y, probablemente, el olvido. Un gran paréntesis de frío y espera que hace que todo se escurra entre los dedos como la nieve (o como yo misma). 

Y, a menos que en un rato suenen todas las trompetas celestiales juntas, los próximos meses estarán marcados por la impaciencia y el deseo de ver la montaña desnuda otra vez. 

Y yo buscaré en los garitos más acogedores el calor del escenario, y las posibilidades más remotas, para que la primavera llegue antes. 

Y la primavera llegará, aunque sea pronto para saber si lo hará con nuevos aires o con viejos recuerdos. 


Y, mientras tanto, vuelan los versos desde otros dedos impacientes. Y la vida se vuelve tan rara y bonita a la vez que ni todas las nubes, espesas y grises, que cubren el cielo estos días pueden ocultar la luz que, desde dentro, lo ilumina todo.  




miércoles, 5 de noviembre de 2025

Capaz

A veces, lo mejor no brilla. No llega envuelto en papel bonito. A veces, lo mejor duele, cansa, rompe.. pero también enseña. Lo que queremos no siempre es lo que nos conviene. 

El último circuito fue un desafío. Torceduras, líos, quejas, dolores de cabeza, falta de sueño, incertidumbre… y aun así, salí adelante. Sobreviví a todo eso con la mente hecha trizas, el cuerpo agotado y el alma helada. Pero seguí. Porque siempre sigo. Y porque funciono bien bajo presión aunque la salud se resienta. Y entre el caos, siempre hay pequeños premios: El Sueño de Toledo por fin ante mis ojos, el bocata regalado del dueño de esa tienda que ya se acuerda de mí, la sonrisa del conductor del tren, o que me llame por mi nombre el del restaurante. Detalles diminutos que, juntos, arman algo parecido a la felicidad. Y con los 30€ que me ahorré me compré un jersey bonito. Un auto-regalo como recompensa a ese esfuerzo que no siempre se ve, ni te reconocen, ni valoran, pero que tú sabes que mereces. 
Todo el desbarajuste empezó a un nivel más íntimo la noche anterior, cuando vi truncada esa última oportunidad que quizá nunca llegue, o llegue tarde, para variar. Nos cruzamos en el tiempo; mientras yo estaba en Valencia sin poder creerme que todo estuviera saliendo tan a pedir de boca, otro autobús salía para Toledo antes de que yo volviera. Qué desfachatez del destino... Pero Valencia fue magia. Gente maravillosa, risas, invitaciones, rutas perfectas, otro balcón frente al mar, ver el Oceanogràfic, caminar por la playa, jugar al ping-pong, recibir propinas, y la Albufera... ese último golpe maestro que me saqué de la manga gracias a un conductor valenciano que había conocido en el tercer viaje a Puy du Fou, y que me facilitó toda la info. Estaba fuera de programa, pero me dieron vía libre para improvisar, y conté con un conductor que me apoyó. El resultado fue lo que siempre esperas de cada viaje que te has currado a tope: volver con el corazón (y el bolsillo) un poco más lleno, buenas reseñas, y hasta cierta pena cuando te despides de la gente. Por eso el último Puy du Fou dolió más: tantas expectativas truncadas desde antes de empezar, tanto esfuerzo que se disolvió entre inconvenientes, tantas ganas de una oportunidad más. 
Pero llegó noviembre como un lienzo en blanco, y la vida, terca, sigue: Hice el casting de ASP (gracias, Hermo), tengo bolos en el horizonte, excursiones en diciembre, y lo más anecdótico: un curso que acabo de empezar. Porque cuando una deja de aferrarse, el corazón de otro te recuerda cosas, aunque llegue un año tarde (o quizás, justo a tiempo). Y no llegó solo. Llegó con un mensaje privado de esos que te descolocan porque no sabes la intención de fondo, aunque tú te imagines mil razones distintas. Y si no fuera porque mi mente analítica está en otra parte ahora mismo, esta entrada sería muy diferente. Llevaría dos días incansable tratando de escudriñar cada palabra y sus múltiples posibilidades para tratar de llegar a alguna conclusión (más idílica que la real, seguramente), y todo mi mundo giraría en torno a eso, a una presencia que de pronto vuelve, y que querría tener aquí plasmado. Y como me viene pasando últimamente, una cosa lleva a la otra, y sin darte cuenta estás haciendo algo que no hubieras hecho nunca sin ese empujón. Y el empujón me lo viene dando la misma persona desde hace ya tiempo; una persona para la cual, al parecer, no soy más que una "conocida".
Y así andamos. Entre bolos, castings, viajes, y artículos, va una fluctuando, como un barquito de papel a la deriva, entre la mente maravillosa y la fuerza bruta, con una sierra en medio que separa y que une, y que a mí me pilla a la misma distancia, aunque aquí nadie se atreva a dar un paso. Y el que se atreve arranca con tanta fuerza que hace que mi barco vuelque (mi vida parece una peli de Woody Allen a veces...). 

Y mientras tanto, aquí estoy yo, que soy tan guapa y tan lista, y que me quedo al lado de quien sabe cómo, sabe cuándo, y sabe cuánto. De quien llegue en el momento justo, de quien me sostenga cuando las entradas se descuadren, de quien no rechace un abrazo a destiempo. 
De quien sea tan capaz como, según me cuentan, lo soy yo. 

Aquí, los últimos artículos. 
Que, entre viajes y obsesiones, todavía me quedan neuronas para escribir. 







sábado, 18 de octubre de 2025

Tan afortunada. Tan desacertada

Me encerré en casa tras volver de la playa para preparar todos los viajes que, a partir del 21 de septiembre, se irían sucediendo cada semana sin descanso. Y, a pesar de estar sola y tener que ocuparme de mil cosas más, hasta saqué huecos para darme un descanso y cumplir con los amigos. La tensión constante la mantenía a raya la mayor parte del tiempo. Algunos días me vi sobrepasada, pero esos momentos sólo estaban anticipando lo mejor, aunque yo aún no lo supiera. 
La buena suerte me ha estado acompañando mientras yo acompañaba a la gente, y hasta aquello que se torcía, resultaba en un beneficio inesperado. Y así he estado el último mes, yendo de piscinas infinitas, a embalses con lluvia y a ríos con sol, con la vida, y el tiempo, y la suerte de mi lado. Imaginé un lugar tranquilo con vistas al mar, habitaciones grandes, buenas compañías, buenas comisiones… y lo tuve todo y más. Me hubiese quedado un mes en ese balconcito de Velilla mirando cómo anochece el Mediterráneo. La gente de ese pueblo escondido en las montañas de Málaga es de lo mejor que me he encontrado por ahí. Y Pepe y Margarita con sus tiendas, y su infinita generosidad. Un regalo aquel primer circuito que tanto tiempo y dedicación me costó. Luego vino una excursión al límite de lo insufrible, pero que me hizo conocer a un compañero encantador que paró un autobús de larga distancia en mi portal, como si fuera un maldito Uber, para que no me viniera sola desde la estación a las doce de la noche. Y Toledo… tanto Toledo en octubre. Un circuito que me encanta porque lo conozco, y deja pelas y tiempo libre. Y más bonito se hace en buena compañía, alojada en otro hotel distinto (e incomunicados porque no llega la señal por esa zona), y tomando Cacique Cola con quien se convierte en tu mejor amigo por tres días. 

Todo tan sobre ruedas, tan perfecto, incluso tan idílico, me asustaba (¿por dónde me vendría el palo?). Y resulta que el palo estaba donde lo dejé la última vez. Porque se me da bien medir los tiempos y las distancias con los sitios, pero no con todo lo demás. Y resultó que la adrenalina acumulada de tres días, me hizo fallar el tiro en el último movimiento. No medí bien ni tiempo ni distancia; segunda vez que me pasa en menos de un año. Y, al igual que en la primera, no sé si tendré la oportunidad de hacerlo mejor en la segunda. Los terrenos pantanosos, con mil señales de prohibido el paso adornando una ciénaga intraspasable, son mi especialidad. Y la urgencia del tiempo y de la sangre me coloca siempre en el lado más "inapropiado". Pero yo sé lo que hay, no estoy loca. Lo que estoy es rodeada de cámaras de vigilancia invisibles, como si viviera en el 1984 de Orwell, que hacen de los principios una necesidad con N mayúscula. Y yo necesito lo inconveniente (así venga de lo más impensable), pero me choco con paredes de hielo al más mínimo gesto, porque el centro de vigilancia está presente 24/7. 

Lo bueno de "lo malo" es que he conseguido lo que quería: un cambio de imagen mental antes de que comience el curso. Prueba de ello es que ni siquiera me presentara (teniendo la oportunidad) en el lugar donde todo empezó con la esperanza de un encuentro casual. Me dio pereza; me dio igual. Es salir de Guatemala para entrar en Guatepeor, sólo que ahora, tan afortunada, siempre espero lo mejor por muy desacertada que me pille. Porque, para según que cosas, yo no fallo sin ser consciente; cuando "fallo", sólo me estoy dejando ganar.


miércoles, 10 de septiembre de 2025

Ni tan mal

Quise irme a la playa el 1 de agosto; tuve que esperar hasta el día 20 para hacerlo (los mecánicos también se cogen vacaciones), pero entremedias, y antes, y después, seguía siendo verano. Estar en casa (casa en llamas por las continuas olas de calor) no me impidió disfrutar de tantas cosas chulas que se fueron sucediendo: cumpleaños, conciertos, visitas del otro lado del charco, la Alhambra y el Albaicín, las terrazas de las Gabias y, especialmente, la gente; mi gente. La que está cuando tú te quedas, y la que te llama si no vas. 

Aproveché los largos y soporíferos días en ordenar muchas cosas (siempre estoy ordenando algo). Di con joyitas escondidas en la red que me abrieron mi dura cabeza de par en par, y conseguí, con sólo creer que podía, todo el trabajo que me estaba faltando hasta el punto de tener que rechazar ofertas, recuperé el coche que, por suerte, tuvo arreglo (un arreglo pagable), alcancé los 50 y los pasé como una campeona, me marqué una cifra y empezaron a salirme las cuentas, y la inercia de todo me llevó a ser y estar; sin conflictos, sin prisas, sin necesidad. Y ahí empecé a brillar, y todo brilló alrededor. 

Por eso, cuando por fin me fui a la playa, la alegría era desproporcionada. Sólo estaba en la playa, como tantas veces. Pero, no; esta vez era mejor, porque esta vez pudo no haber sido. Y aunque tuve que esperar 20 días, allí estaba el mar, con su agua cristalina y su perfecta temperatura. Y también estaban los perros jugueteando, y papá y mamá con el Atípico cerquita para airearse, y mi sobri con un año ya cumplido y a punto de andar. 

Después de un primer finde de contacto, aproveché la primera semana de septiembre para despedirme a mi manera. Sola (o, mejor, con mi Chulo), con todo lo necesario para trabajar un poco y desconectar mucho. Con la tranquilidad de la playa, a esas alturas, semivacía, la temperatura más que agradable, y los bañitos de sol y sal. Una noche me encontré en la arena una piedra azul, brillando como el reflejo de la luna en el mar. Me la traje como el recuerdo de que siempre habrá noches de verano en cualquier parte, pero las mejores están en la costa. 

Y entre reuniones con amigas, primos y demás familia, la semana pasó volando y volví más feliz, si cabe, a mi ciudad que ya empieza a llenarse. El barrio sigue creciendo con nuevos edificios, piscina al lado de casa, un nuevo negocio donde antes estaba el bar en el que trabajé (han durado poco), y la reapertura de la academia de baile. 

Solita en casa hasta el 10 de octubre divido mi tiempo entre la preparación de los viajes, los viajes en sí, y los pocos momentos de ocio que eso me deja. De vez en cuando, hasta saco un rato para abrir una botella de vino, poner música y escribir. Me faltan un par de mensajitos para explotar de alegría. Pero de momento, con lo que tengo... ni tan mal. 















jueves, 28 de agosto de 2025

Absurdas coincidencias

Casi todas las cosas aparentemente absurdas que me han pasado este año me han llevado a las cosas más chulas que me han pasado este año. Es como si, ante cada puerta, hubiera que hacer algo absurdo para poder atravesarla. Y una vez que lo haces, te alegras, pero vas a ciegas, sin saber exactamente a dónde conduce. Tú sólo te dejas llevar por una extraña inercia de estupidez mal contenida, luego te dices “qué absurda coincidencia”, y al final entiendes que de otra manera igual no hubiera pasado. Y agradeces lo absurdo de todo.

Sea como sea, a lo largo de este año ha habido muchos momentos en los que me he sentido absurda, o han pasado cosas absurdas. El 90% de esos momentos han llevado, directa o indirectamente, un denominador común (o, en mi caso, un “común dominador”). Y justo cuando ya ni me acordaba de cuál era, vuelve a ocurrir lo absurdo. “Paso” fue el primer pensamiento, y aún más importante, el primer sentimiento; pasaba de verdad. Y, de pronto, la coincidencia. Y, con ella, lo absurdo de nuevo. 

Te llega de repente algo que te habían recomendado, algo que últimamente veías y oías por todas partes, algo para seguir avanzando, para no quedarte atrás. Pero eso no es lo absurdo; esa es la coincidencia. Lo absurdo es la circunstancia. Ese 90%.

Hoy se me mezcla el color naranja y morado con esa sensación absurda, y acabas entendiendo que esto es una lucha de poder, una guerra de egos, algo que no se parece en nada a lo que fue en su origen, algo que se ha ido desvirtuando con el tiempo, con la ausencia, con el silencio, con la lejanía, con el calor… No estoy dispuesta a pasar por ese aro. Lo supe después, pero más vale tarde. Hoy me ha llegado lo mismo, pero desde otra fuente, y esa opción desbanca lo absurdo, y sólo me deja la maravillosa coincidencia. 

Este verano he tenido mucho tiempo para pensar (todo el que no tendré en los próximos dos o tres meses). Y en todo ese tiempo he entendido cosas importantes, cosas que de primeras no se encajan tan fácil, pero que, con un poquito de voluntad, no sólo se encajan, sino que te hacen infinitamente libre. A veces lo que queremos es justo lo contrario a lo que necesitamos. Y yo, entre las muchas cosas que quiero, empiezo a distinguir lo que no necesito en absoluto, los caprichos estúpidos, esos detalles que, en vez de sumar, restan. 

Y luego están las absurdas coincidencias para dar un pasito más. 


domingo, 3 de agosto de 2025

Visión nocturna

Tú haces planes, y luego, en milésimas de segundo, estás muerta y los planes se van a la mierda contigo. Dejas todo bien preparado para que el gato aguante un par de días. Al perro te lo llevas, atadito en el coche, con su correa de seguridad, para que disfrute del paseo y de la playa. Todo está controlado, todo a bordo. Menos el mate, que se me olvidó porque siempre se olvida algo, pero ése era un mal menor. Podía vivir sin mate una semana sin que eso cambiara nada de lo planeado. Había que llegar y hacer una compra, y quizá tirar las tres papas que me dejé la última vez (porque siempre se olvida algo). Y había que dejar la casa bien cerrada por si no volvía más adelante. Y podía no haber vuelto nunca. Pero que durante el trayecto el coche empezara a hacer un ruido raro, sólo nos acabó jodiendo los planes de una semana. En esos momentos no lo sabíamos, pero ese ruido raro que nos hizo detenernos en Vélez, y nos obligó a llamar a una grúa que tardó dos horas en llegar, nos salvó la vida. La nuestra, y quizá la de otros. 

El plan se jodió para tener la oportunidad de hacer nuevos planes. Si hubiésemos insistido en llegar a destino, tan cerca como ya estábamos, la rueda delantera izquierda hubiese salido disparada en la autovía a 120km/h, y ahora no estaría escribiendo esto. Estaría muerta, o en un puto hospital deseando estarlo. Y mi gato se hubiese quedado solo mucho más tiempo del previsto. Y con todo el tráfico que había en plena operación salida, muchas otras personas también se habrían quedado solas. Porque una rueda que vuela en mitad de una carretera, se lleva por delante todo lo que pilla, provocando accidentes que se encadenan unos a otros. La onda expansiva es imprevisible. 

Ese día, en mitad de la carretera de entrada al pueblo, sin nadie alrededor, sin un taller abierto, esperando a que la maldita grúa llegara de una vez, sólo podía pensar que somos unos desgraciados, unos tiesos que no pueden permitirse un coche que cuando no le falla una cosa le falla otra. Y un pensamiento te lleva a otro. Y te preguntas por qué no podías haber elegido una vida más normal, un trabajo “de verdad”, y ser como tu familia esperaba que fueras. Con lo guapa, lista y estudiosa que es la niña y que este mes no tenga ni para pagar el alquiler, porque sus “trabajos normales” tampoco le salen bien. La vieja estaba loca, la gorda me mintió, la novia de mi jefe no me podía ni ver… ¿Qué pasaba ahora? Y así empieza la paranoia. Te remontas al pasado para justificar tu presente, y ya no puedes pensar. Sólo te lamentas, te llenas de mierda y de rencor, y pierdes el norte. Nada tiene sentido. Estás con 43 años tirada en ninguna parte, y toda tu vida parece un chiste de mal gusto. Porque ya no se trataba de un simple contratiempo. No poder ir a la playa no era el drama. El drama fue la crisis interna que ese tonto acontecimiento desencadenó. Podía haber pasado mientras hacía la comida y me cortaba pelando una cebolla, o cruzando la calle y dando un recalcón. No importa el detonante, importa el alcance de la explosión. Una pequeña chispa, no hace falta más, y el incendio está servido.

Esa noche, ya en Granada, no dormí un carajo, aunque era lo único que me apetecía. Dormir y apagar la mente. Y yo que nunca rezo porque no creo en más dios que yo misma, cerré los ojos con la orden directa de encontrar respuestas, de volver al camino iluminado, el seguro, el mío. Necesitaba la claridad necesaria para entender esta crisis, porque lo único que te apetece cuando te quedas a oscuras es que vuelva la luz. Porque sin luz no ves por donde vas, pierdes el camino. Y yo estaba perdiendo el mío. Todo había dejado de tener sentido, y una vida sin sentido es peor que la muerte. Eso lo sabe cualquiera. Por eso nacemos con el instinto de supervivencia activado, haciendo lo que sea para que la vida no pierda sentido. Porque entonces, se acaba el juego. Y esto lo hacemos tod@s inconscientemente; levantarnos cada día con un propósito, con una motivación. Perder eso es perder el instinto de supervivencia. Es ser la gacela que se queda quieta esperando el ataque de la leona de turno. No corre por su vida porque no le importa. ¿Qué tengo yo para correr? Cualquiera me daría una hostia a mano abierta (tienes dos piernas y dos brazos, y casas, y familia, y amigos, y…). Sí… el discurso de siempre. Es cierto, y hay que recordarlo, porque es el primer paso para empeñarte en encontrar el interruptor de la luz, pero no es por ahí. Estas nimiedades que nos pasan son toques de atención. Nadie le da importancia porque se tienen el discurso bien aprendido. Porque nos han enseñado a tragar y a mirar para otro lado. Pero yo no soy así. Yo sé que cuando pasan estas cosas no hay que recordarnos solamente que somos afortunados por tener agua corriente. Hay que profundizar un poquito más. Hay que mirar para adentro. Y eso da miedo, por eso nadie lo hace. Yo busco la raíz del problema, como hacen los psicólogos. En la superficie está la reacción a un plan torcido, pero en el fondo está la respuesta del verdadero problema. Aguantamos con esperanza, con buena actitud, con optimismo. Hasta que una chorrada desborda el vaso de la paciencia. 

Y al día siguiente, en mitad de tu crisis existencial, reconociendo que lo único que te pasa es que tienes un miedo de cojones porque piensas que has tomado una mala decisión detrás de otra a lo largo de tu vida, y que por eso no tienes nada que sea tuyo, nada a lo que agarrarte, nada que te de plena satisfacción (y podríamos seguir escarbando), entonces, de pronto, te bajas corriendo a la calle con toallas y papel de cocina porque “dios nos quiere”. Eso fue lo primero que me dijo Mario cuando llegué al coche. Lo había querido mover de sitio para dejarlo en la puerta del taller y que el mismo lunes nos dijeran qué mierda le pasaba, y fue entonces, a sólo 20km/h que la rueda saltó y el coche se clavó en el suelo, no sin antes dejar una buena marca en el asfalto con lo que quedaba de guardabarros. No había andado ni diez metros cuando el coche se desquebrajó. 

No hubiésemos llegado a la playa el día anterior. Sin saber de dónde venía ese ruido habíamos decidido avanzar un poco más para llegar al pueblo más cercano y pararlo allí, en lugar de hacerlo en mitad del arcén. Sin saberlo, forzamos aquella rueda a punto de reventar en pedazos, unos kilómetros más a la velocidad normal de una autovía. “Dios nos quiere” es una forma de decir que estamos vivos de milagro. Y como ya he dicho, yo no creo en dios, pero creo en la magia de la vida. Ese fue el toque de atención que necesitaba. No nos tocaba morir. Nos tocaba vivir mejor. Y eso lo sabes cuando, en vez de buscar la manera de denunciar al mecánico que nos apretó mal las ruedas unos meses antes, con toda la energía que el odio consume, llegas a casa y te centras más en agradecer hasta el polvo acumulado en la pantalla de la tele porque hace un calor de cagarse para ponerse a limpiar. Vivir mejor es valorar que te puedes tomar una cerveza en el bar de abajo en vez de lamentarte porque no estás chupando mojitos en el Caribe. No seremos ricos, ni tendremos “trabajos normales” para vivir como la mayoría (i.e. por encima de sus posibilidades y aparentando lo que no son), pero somos lo que hemos elegido, somos de verdad, y tenemos mucho de todo. Y dos piernas, y dos brazos, y casas, y familia, y amigos… el discurso de siempre. Ese que no tiene sentido hasta que tú encuentras el tuyo propio, el que te hace correr más que la leona. 

Nos podíamos haber matado hace dos días. Si sigo aquí es para algo. Y da miedo no saber para qué. Pero cuando el miedo aparece, lo mejor es soltar el control, tomarse una cerveza en el bar de abajo, y agradecer hasta el polvo de la tele. Y que la vida te lleve. Ella siempre conoce el camino, y cuando saltan los plomos, más todavía. Porque la vida tiene visión nocturna, y en tu oscuridad es cuando ella más se luce.