domingo, 3 de agosto de 2025

Visión nocturna

Tú haces planes, y luego, en milésimas de segundo, estás muerta y los planes se van a la mierda contigo. Dejas todo bien preparado para que el gato aguante un par de días. Al perro te lo llevas, atadito en el coche, con su correa de seguridad, para que disfrute del paseo y de la playa. Todo está controlado, todo a bordo. Menos el mate, que se me olvidó porque siempre se olvida algo, pero ése era un mal menor. Podía vivir sin mate una semana sin que eso cambiara nada de lo planeado. Había que llegar y hacer una compra, y quizá tirar las tres papas que me dejé la última vez (porque siempre se olvida algo). Y había que dejar la casa bien cerrada por si no volvía más adelante. Y podía no haber vuelto nunca. Pero que durante el trayecto el coche empezara a hacer un ruido raro, sólo nos acabó jodiendo los planes de una semana. En esos momentos no lo sabíamos, pero ese ruido raro que nos hizo detenernos en Vélez, y nos obligó a llamar a una grúa que tardó dos horas en llegar, nos salvó la vida. La nuestra, y quizá la de otros. 

El plan se jodió para tener la oportunidad de hacer nuevos planes. Si hubiésemos insistido en llegar a destino, tan cerca como ya estábamos, la rueda delantera izquierda hubiese salido disparada en la autovía a 120km/h, y ahora no estaría escribiendo esto. Estaría muerta, o en un puto hospital deseando estarlo. Y mi gato se hubiese quedado solo mucho más tiempo del previsto. Y con todo el tráfico que había en plena operación salida, muchas otras personas también se habrían quedado solas. Porque una rueda que vuela en mitad de una carretera, se lleva por delante todo lo que pilla, provocando accidentes que se encadenan unos a otros. La onda expansiva es imprevisible. 

Ese día, en mitad de la carretera de entrada al pueblo, sin nadie alrededor, sin un taller abierto, esperando a que la maldita grúa llegara de una vez, sólo podía pensar que somos unos desgraciados, unos tiesos que no pueden permitirse un coche que cuando no le falla una cosa le falla otra. Y un pensamiento te lleva a otro. Y te preguntas por qué no podías haber elegido una vida más normal, un trabajo “de verdad”, y ser como tu familia esperaba que fueras. Con lo guapa, lista y estudiosa que es la niña y que este mes no tenga ni para pagar el alquiler, porque sus “trabajos normales” tampoco le salen bien. La vieja estaba loca, la gorda me mintió, la novia de mi jefe no me podía ni ver… ¿Qué pasaba ahora? Y así empieza la paranoia. Te remontas al pasado para justificar tu presente, y ya no puedes pensar. Sólo te lamentas, te llenas de mierda y de rencor, y pierdes el norte. Nada tiene sentido. Estás con 43 años tirada en ninguna parte, y toda tu vida parece un chiste de mal gusto. Porque ya no se trataba de un simple contratiempo. No poder ir a la playa no era el drama. El drama fue la crisis interna que ese tonto acontecimiento desencadenó. Podía haber pasado mientras hacía la comida y me cortaba pelando una cebolla, o cruzando la calle y dando un recalcón. No importa el detonante, importa el alcance de la explosión. Una pequeña chispa, no hace falta más, y el incendio está servido.

Esa noche, ya en Granada, no dormí un carajo, aunque era lo único que me apetecía. Dormir y apagar la mente. Y yo que nunca rezo porque no creo en más dios que yo misma, cerré los ojos con la orden directa de encontrar respuestas, de volver al camino iluminado, el seguro, el mío. Necesitaba la claridad necesaria para entender esta crisis, porque lo único que te apetece cuando te quedas a oscuras es que vuelva la luz. Porque sin luz no ves por donde vas, pierdes el camino. Y yo estaba perdiendo el mío. Todo había dejado de tener sentido, y una vida sin sentido es peor que la muerte. Eso lo sabe cualquiera. Por eso nacemos con el instinto de supervivencia activado, haciendo lo que sea para que la vida no pierda sentido. Porque entonces, se acaba el juego. Y esto lo hacemos tod@s inconscientemente; levantarnos cada día con un propósito, con una motivación. Perder eso es perder el instinto de supervivencia. Es ser la gacela que se queda quieta esperando el ataque de la leona de turno. No corre por su vida porque no le importa. ¿Qué tengo yo para correr? Cualquiera me daría una hostia a mano abierta (tienes dos piernas y dos brazos, y casas, y familia, y amigos, y…). Sí… el discurso de siempre. Es cierto, y hay que recordarlo, porque es el primer paso para empeñarte en encontrar el interruptor de la luz, pero no es por ahí. Estas nimiedades que nos pasan son toques de atención. Nadie le da importancia porque se tienen el discurso bien aprendido. Porque nos han enseñado a tragar y a mirar para otro lado. Pero yo no soy así. Yo sé que cuando pasan estas cosas no hay que recordarnos solamente que somos afortunados por tener agua corriente. Hay que profundizar un poquito más. Hay que mirar para adentro. Y eso da miedo, por eso nadie lo hace. Yo busco la raíz del problema, como hacen los psicólogos. En la superficie está la reacción a un plan torcido, pero en el fondo está la respuesta del verdadero problema. Aguantamos con esperanza, con buena actitud, con optimismo. Hasta que una chorrada desborda el vaso de la paciencia. 

Y al día siguiente, en mitad de tu crisis existencial, reconociendo que lo único que te pasa es que tienes un miedo de cojones porque piensas que has tomado una mala decisión detrás de otra a lo largo de tu vida, y que por eso no tienes nada que sea tuyo, nada a lo que agarrarte, nada que te de plena satisfacción (y podríamos seguir escarbando), entonces, de pronto, te bajas corriendo a la calle con toallas y papel de cocina porque “dios nos quiere”. Eso fue lo primero que me dijo Mario cuando llegué al coche. Lo había querido mover de sitio para dejarlo en la puerta del taller y que el mismo lunes nos dijeran qué mierda le pasaba, y fue entonces, a sólo 20km/h que la rueda saltó y el coche se clavó en el suelo, no sin antes dejar una buena marca en el asfalto con lo que quedaba de guardabarros. No había andado ni diez metros cuando el coche se desquebrajó. 

No hubiésemos llegado a la playa el día anterior. Sin saber de dónde venía ese ruido habíamos decidido avanzar un poco más para llegar al pueblo más cercano y pararlo allí, en lugar de hacerlo en mitad del arcén. Sin saberlo, forzamos aquella rueda a punto de reventar en pedazos, unos kilómetros más a la velocidad normal de una autovía. “Dios nos quiere” es una forma de decir que estamos vivos de milagro. Y como ya he dicho, yo no creo en dios, pero creo en la magia de la vida. Ese fue el toque de atención que necesitaba. No nos tocaba morir. Nos tocaba vivir mejor. Y eso lo sabes cuando, en vez de buscar la manera de denunciar al mecánico que nos apretó mal las ruedas unos meses antes, con toda la energía que el odio consume, llegas a casa y te centras más en agradecer hasta el polvo acumulado en la pantalla de la tele porque hace un calor de cagarse para ponerse a limpiar. Vivir mejor es valorar que te puedes tomar una cerveza en el bar de abajo en vez de lamentarte porque no estás chupando mojitos en el Caribe. No seremos ricos, ni tendremos “trabajos normales” para vivir como la mayoría (i.e. por encima de sus posibilidades y aparentando lo que no son), pero somos lo que hemos elegido, somos de verdad, y tenemos mucho de todo. Y dos piernas, y dos brazos, y casas, y familia, y amigos… el discurso de siempre. Ese que no tiene sentido hasta que tú encuentras el tuyo propio, el que te hace correr más que la leona. 

Nos podíamos haber matado hace dos días. Si sigo aquí es para algo. Y da miedo no saber para qué. Pero cuando el miedo aparece, lo mejor es soltar el control, tomarse una cerveza en el bar de abajo, y agradecer hasta el polvo de la tele. Y que la vida te lleve. Ella siempre conoce el camino, y cuando saltan los plomos, más todavía. Porque la vida tiene visión nocturna, y en tu oscuridad es cuando ella más se luce. 


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