miércoles, 5 de noviembre de 2025
Capaz
sábado, 18 de octubre de 2025
Tan afortunada. Tan desacertada
Todo tan sobre ruedas, tan perfecto, incluso tan idílico, me asustaba (¿por dónde me vendría el palo?). Y resulta que el palo estaba donde lo dejé la última vez. Porque se me da bien medir los tiempos y las distancias con los sitios, pero no con todo lo demás. Y resultó que la adrenalina acumulada de tres días, me hizo fallar el tiro en el último movimiento. No medí bien ni tiempo ni distancia; segunda vez que me pasa en menos de un año. Y, al igual que en la primera, no sé si tendré la oportunidad de hacerlo mejor en la segunda. Los terrenos pantanosos, con mil señales de prohibido el paso adornando una ciénaga intraspasable, son mi especialidad. Y la urgencia del tiempo y de la sangre me coloca siempre en el lado más "inapropiado". Pero yo sé lo que hay, no estoy loca. Lo que estoy es rodeada de cámaras de vigilancia invisibles, como si viviera en el 1984 de Orwell, que hacen de los principios una necesidad con N mayúscula. Y yo necesito lo inconveniente (así venga de lo más impensable), pero me choco con paredes de hielo al más mínimo gesto, porque el centro de vigilancia está presente 24/7.
miércoles, 10 de septiembre de 2025
Ni tan mal
Quise irme a la playa el 1 de agosto; tuve que esperar hasta el día 20 para hacerlo (los mecánicos también se cogen vacaciones), pero entremedias, y antes, y después, seguía siendo verano. Estar en casa (casa en llamas por las continuas olas de calor) no me impidió disfrutar de tantas cosas chulas que se fueron sucediendo: cumpleaños, conciertos, visitas del otro lado del charco, la Alhambra y el Albaicín, las terrazas de las Gabias y, especialmente, la gente; mi gente. La que está cuando tú te quedas, y la que te llama si no vas.
Aproveché los largos y soporíferos días en ordenar muchas cosas (siempre estoy ordenando algo). Di con joyitas escondidas en la red que me abrieron mi dura cabeza de par en par, y conseguí, con sólo creer que podía, todo el trabajo que me estaba faltando hasta el punto de tener que rechazar ofertas, recuperé el coche que, por suerte, tuvo arreglo (un arreglo pagable), alcancé los 50 y los pasé como una campeona, me marqué una cifra y empezaron a salirme las cuentas, y la inercia de todo me llevó a ser y estar; sin conflictos, sin prisas, sin necesidad. Y ahí empecé a brillar, y todo brilló alrededor.
Por eso, cuando por fin me fui a la playa, la alegría era desproporcionada. Sólo estaba en la playa, como tantas veces. Pero, no; esta vez era mejor, porque esta vez pudo no haber sido. Y aunque tuve que esperar 20 días, allí estaba el mar, con su agua cristalina y su perfecta temperatura. Y también estaban los perros jugueteando, y papá y mamá con el Atípico cerquita para airearse, y mi sobri con un año ya cumplido y a punto de andar.
Después de un primer finde de contacto, aproveché la primera semana de septiembre para despedirme a mi manera. Sola (o, mejor, con mi Chulo), con todo lo necesario para trabajar un poco y desconectar mucho. Con la tranquilidad de la playa, a esas alturas, semivacía, la temperatura más que agradable, y los bañitos de sol y sal. Una noche me encontré en la arena una piedra azul, brillando como el reflejo de la luna en el mar. Me la traje como el recuerdo de que siempre habrá noches de verano en cualquier parte, pero las mejores están en la costa.
Y entre reuniones con amigas, primos y demás familia, la semana pasó volando y volví más feliz, si cabe, a mi ciudad que ya empieza a llenarse. El barrio sigue creciendo con nuevos edificios, piscina al lado de casa, un nuevo negocio donde antes estaba el bar en el que trabajé (han durado poco), y la reapertura de la academia de baile.
Solita en casa hasta el 10 de octubre divido mi tiempo entre la preparación de los viajes, los viajes en sí, y los pocos momentos de ocio que eso me deja. De vez en cuando, hasta saco un rato para abrir una botella de vino, poner música y escribir. Me faltan un par de mensajitos para explotar de alegría. Pero de momento, con lo que tengo... ni tan mal.
jueves, 28 de agosto de 2025
Absurdas coincidencias
Casi todas las cosas aparentemente absurdas que me han pasado este año me han llevado a las cosas más chulas que me han pasado este año. Es como si, ante cada puerta, hubiera que hacer algo absurdo para poder atravesarla. Y una vez que lo haces, te alegras, pero vas a ciegas, sin saber exactamente a dónde conduce. Tú sólo te dejas llevar por una extraña inercia de estupidez mal contenida, luego te dices “qué absurda coincidencia”, y al final entiendes que de otra manera igual no hubiera pasado. Y agradeces lo absurdo de todo.
Sea como sea, a lo largo de este año ha habido muchos momentos en los que me he sentido absurda, o han pasado cosas absurdas. El 90% de esos momentos han llevado, directa o indirectamente, un denominador común (o, en mi caso, un “común dominador”). Y justo cuando ya ni me acordaba de cuál era, vuelve a ocurrir lo absurdo. “Paso” fue el primer pensamiento, y aún más importante, el primer sentimiento; pasaba de verdad. Y, de pronto, la coincidencia. Y, con ella, lo absurdo de nuevo.
Te llega de repente algo que te habían recomendado, algo que últimamente veías y oías por todas partes, algo para seguir avanzando, para no quedarte atrás. Pero eso no es lo absurdo; esa es la coincidencia. Lo absurdo es la circunstancia. Ese 90%.
Hoy se me mezcla el color naranja y morado con esa sensación absurda, y acabas entendiendo que esto es una lucha de poder, una guerra de egos, algo que no se parece en nada a lo que fue en su origen, algo que se ha ido desvirtuando con el tiempo, con la ausencia, con el silencio, con la lejanía, con el calor… No estoy dispuesta a pasar por ese aro. Lo supe después, pero más vale tarde. Hoy me ha llegado lo mismo, pero desde otra fuente, y esa opción desbanca lo absurdo, y sólo me deja la maravillosa coincidencia.
Este verano he tenido mucho tiempo para pensar (todo el que no tendré en los próximos dos o tres meses). Y en todo ese tiempo he entendido cosas importantes, cosas que de primeras no se encajan tan fácil, pero que, con un poquito de voluntad, no sólo se encajan, sino que te hacen infinitamente libre. A veces lo que queremos es justo lo contrario a lo que necesitamos. Y yo, entre las muchas cosas que quiero, empiezo a distinguir lo que no necesito en absoluto, los caprichos estúpidos, esos detalles que, en vez de sumar, restan.
Y luego están las absurdas coincidencias para dar un pasito más.
domingo, 3 de agosto de 2025
Visión nocturna
Tú haces planes, y luego, en milésimas de segundo, estás muerta y los planes se van a la mierda contigo. Dejas todo bien preparado para que el gato aguante un par de días. Al perro te lo llevas, atadito en el coche, con su correa de seguridad, para que disfrute del paseo y de la playa. Todo está controlado, todo a bordo. Menos el mate, que se me olvidó porque siempre se olvida algo, pero ése era un mal menor. Podía vivir sin mate una semana sin que eso cambiara nada de lo planeado. Había que llegar y hacer una compra, y quizá tirar las tres papas que me dejé la última vez (porque siempre se olvida algo). Y había que dejar la casa bien cerrada por si no volvía más adelante. Y podía no haber vuelto nunca. Pero que durante el trayecto el coche empezara a hacer un ruido raro, sólo nos acabó jodiendo los planes de una semana. En esos momentos no lo sabíamos, pero ese ruido raro que nos hizo detenernos en Vélez, y nos obligó a llamar a una grúa que tardó dos horas en llegar, nos salvó la vida. La nuestra, y quizá la de otros.
El plan se jodió para tener la oportunidad de hacer nuevos planes. Si hubiésemos insistido en llegar a destino, tan cerca como ya estábamos, la rueda delantera izquierda hubiese salido disparada en la autovía a 120km/h, y ahora no estaría escribiendo esto. Estaría muerta, o en un puto hospital deseando estarlo. Y mi gato se hubiese quedado solo mucho más tiempo del previsto. Y con todo el tráfico que había en plena operación salida, muchas otras personas también se habrían quedado solas. Porque una rueda que vuela en mitad de una carretera, se lleva por delante todo lo que pilla, provocando accidentes que se encadenan unos a otros. La onda expansiva es imprevisible.
Ese día, en mitad de la carretera de entrada al pueblo, sin nadie alrededor, sin un taller abierto, esperando a que la maldita grúa llegara de una vez, sólo podía pensar que somos unos desgraciados, unos tiesos que no pueden permitirse un coche que cuando no le falla una cosa le falla otra. Y un pensamiento te lleva a otro. Y te preguntas por qué no podías haber elegido una vida más normal, un trabajo “de verdad”, y ser como tu familia esperaba que fueras. Con lo guapa, lista y estudiosa que es la niña y que este mes no tenga ni para pagar el alquiler, porque sus “trabajos normales” tampoco le salen bien. La vieja estaba loca, la gorda me mintió, la novia de mi jefe no me podía ni ver… ¿Qué pasaba ahora? Y así empieza la paranoia. Te remontas al pasado para justificar tu presente, y ya no puedes pensar. Sólo te lamentas, te llenas de mierda y de rencor, y pierdes el norte. Nada tiene sentido. Estás con 43 años tirada en ninguna parte, y toda tu vida parece un chiste de mal gusto. Porque ya no se trataba de un simple contratiempo. No poder ir a la playa no era el drama. El drama fue la crisis interna que ese tonto acontecimiento desencadenó. Podía haber pasado mientras hacía la comida y me cortaba pelando una cebolla, o cruzando la calle y dando un recalcón. No importa el detonante, importa el alcance de la explosión. Una pequeña chispa, no hace falta más, y el incendio está servido.
Esa noche, ya en Granada, no dormí un carajo, aunque era lo único que me apetecía. Dormir y apagar la mente. Y yo que nunca rezo porque no creo en más dios que yo misma, cerré los ojos con la orden directa de encontrar respuestas, de volver al camino iluminado, el seguro, el mío. Necesitaba la claridad necesaria para entender esta crisis, porque lo único que te apetece cuando te quedas a oscuras es que vuelva la luz. Porque sin luz no ves por donde vas, pierdes el camino. Y yo estaba perdiendo el mío. Todo había dejado de tener sentido, y una vida sin sentido es peor que la muerte. Eso lo sabe cualquiera. Por eso nacemos con el instinto de supervivencia activado, haciendo lo que sea para que la vida no pierda sentido. Porque entonces, se acaba el juego. Y esto lo hacemos tod@s inconscientemente; levantarnos cada día con un propósito, con una motivación. Perder eso es perder el instinto de supervivencia. Es ser la gacela que se queda quieta esperando el ataque de la leona de turno. No corre por su vida porque no le importa. ¿Qué tengo yo para correr? Cualquiera me daría una hostia a mano abierta (tienes dos piernas y dos brazos, y casas, y familia, y amigos, y…). Sí… el discurso de siempre. Es cierto, y hay que recordarlo, porque es el primer paso para empeñarte en encontrar el interruptor de la luz, pero no es por ahí. Estas nimiedades que nos pasan son toques de atención. Nadie le da importancia porque se tienen el discurso bien aprendido. Porque nos han enseñado a tragar y a mirar para otro lado. Pero yo no soy así. Yo sé que cuando pasan estas cosas no hay que recordarnos solamente que somos afortunados por tener agua corriente. Hay que profundizar un poquito más. Hay que mirar para adentro. Y eso da miedo, por eso nadie lo hace. Yo busco la raíz del problema, como hacen los psicólogos. En la superficie está la reacción a un plan torcido, pero en el fondo está la respuesta del verdadero problema. Aguantamos con esperanza, con buena actitud, con optimismo. Hasta que una chorrada desborda el vaso de la paciencia.
Y al día siguiente, en mitad de tu crisis existencial, reconociendo que lo único que te pasa es que tienes un miedo de cojones porque piensas que has tomado una mala decisión detrás de otra a lo largo de tu vida, y que por eso no tienes nada que sea tuyo, nada a lo que agarrarte, nada que te de plena satisfacción (y podríamos seguir escarbando), entonces, de pronto, te bajas corriendo a la calle con toallas y papel de cocina porque “dios nos quiere”. Eso fue lo primero que me dijo Mario cuando llegué al coche. Lo había querido mover de sitio para dejarlo en la puerta del taller y que el mismo lunes nos dijeran qué mierda le pasaba, y fue entonces, a sólo 20km/h que la rueda saltó y el coche se clavó en el suelo, no sin antes dejar una buena marca en el asfalto con lo que quedaba de guardabarros. No había andado ni diez metros cuando el coche se desquebrajó.
No hubiésemos llegado a la playa el día anterior. Sin saber de dónde venía ese ruido habíamos decidido avanzar un poco más para llegar al pueblo más cercano y pararlo allí, en lugar de hacerlo en mitad del arcén. Sin saberlo, forzamos aquella rueda a punto de reventar en pedazos, unos kilómetros más a la velocidad normal de una autovía. “Dios nos quiere” es una forma de decir que estamos vivos de milagro. Y como ya he dicho, yo no creo en dios, pero creo en la magia de la vida. Ese fue el toque de atención que necesitaba. No nos tocaba morir. Nos tocaba vivir mejor. Y eso lo sabes cuando, en vez de buscar la manera de denunciar al mecánico que nos apretó mal las ruedas unos meses antes, con toda la energía que el odio consume, llegas a casa y te centras más en agradecer hasta el polvo acumulado en la pantalla de la tele porque hace un calor de cagarse para ponerse a limpiar. Vivir mejor es valorar que te puedes tomar una cerveza en el bar de abajo en vez de lamentarte porque no estás chupando mojitos en el Caribe. No seremos ricos, ni tendremos “trabajos normales” para vivir como la mayoría (i.e. por encima de sus posibilidades y aparentando lo que no son), pero somos lo que hemos elegido, somos de verdad, y tenemos mucho de todo. Y dos piernas, y dos brazos, y casas, y familia, y amigos… el discurso de siempre. Ese que no tiene sentido hasta que tú encuentras el tuyo propio, el que te hace correr más que la leona.
Nos podíamos haber matado hace dos días. Si sigo aquí es para algo. Y da miedo no saber para qué. Pero cuando el miedo aparece, lo mejor es soltar el control, tomarse una cerveza en el bar de abajo, y agradecer hasta el polvo de la tele. Y que la vida te lleve. Ella siempre conoce el camino, y cuando saltan los plomos, más todavía. Porque la vida tiene visión nocturna, y en tu oscuridad es cuando ella más se luce.
domingo, 27 de julio de 2025
Tres días
Este mes de julio ha venido siendo todo un ejercicio de expansión, de conocimiento (y reconocimiento), y de grandes consejos. Y antes de que acabe voy a terminar de poner en práctica parte de lo aprendido.
Mi mundo se había parado, estaba en calma, ni se movía. Y, mientras tanto, ahí afuera la vida seguía pasando. Sin viajes, sin bolos a la vista, y peor aún, sin propósitos claros me sobraban las hojas en blanco. Tenía (y tengo) muchas cosas por hacer, y quería tomarme mi tiempo para emprenderlas, pero cuando llegan a tus oídos las noticias que no quieres recibir, es fácil venirse abajo, y posponerlo todo. Por un lado, agradecía mucho tener tiempo para mí, pero por desgracia también necesito tener dinero. Y tras varios días de enfoques y desenfoques, encontré el botón de la motivación, el que te dice que es mejor aprovechar el tiempo en generar futuras oportunidades, que quedarte mirando el gotelé.
Y así desperté un día con la actitud renovada. Y, aprovechando que el alejamiento del contaminante y contaminado mundo ya no me llegaba tanto estando a la orilla del mar, fue más fácil decidir en qué lado de la línea invisible colocarme, aun sabiendo que me movería entre un lado y otro por momentos. Alineación. Inducida o natural, no importa. Lo que sea para llegar al punto exacto donde todo está en su sitio. Y es justo ahí, desde ese lugar, donde lo que sea que se te pase por la cabeza es factible. Porque lo sientes tan natural como cualquier cosa lógica, aunque no lo sea. Porque no todo es lógico, especialmente una idea abstracta. De hecho, son éstas las que han credo el mundo en el que vivimos. Necesitamos saber cómo, cuándo, dónde, por qué y para qué a la hora de entender algo (somos seres racionales), pero en el momento en que obvias todo eso y te dices “no sé cómo, cuándo, dónde, por qué, ni para qué, pero esto va a pasar”, todo pasa. Y yo no puedo responder a nada de eso ahora, pero sé que aquello en lo que me empeñe, acabará dándose sin lógica, sin entendimiento, y sin forzarlas. Sólo hay que aprender a desconectar la mente lógica que te hace dudar y te hace esas preguntas, y te baja al mundo programado de los hechos, cuando una ya sabe que los hechos, antes de ser hechos, fueron ideas disparatadas. Recordar eso cada vez que la duda aprieta, ha sido mi gran reto de este mes. Si lo sientes posible, sólo hay que encaminar todas las acciones en esa dirección. Y llegas. Siempre. Seguro. Como sea, donde sea, cuando sea, por lo que sea y para lo que sea.
Y después de haber visto cómo me volvían a llamar para trabajar, cómo me surgían las mejores ideas, cómo entendía la dinámica de mis acciones, de mis pensamientos, de mis páginas... me he venido arriba, y en unos días pondré en práctica algo más. Aquello que necesito tener o soltar. Y es ahora, antes de que pase el verano y el círculo se cierre.
Tres días para jugar, para crear el personaje de la nada, para ser pequeña otra vez. No es imposible, ni siquiera es absurdo. Es sólo la confirmación de algo. El resultado de esos tres días será la mejor de las noticias, me guste más o me guste menos. Alejada del mundanal ruido, sin móvil y sin distracciones, y centrándome únicamente en lo importante: en mí, en lo que puedo controlar, y en lo que puedo "manipular". Después de eso todo será más fácil, más ligero, más de verdad. Y podré centrarme en subir al Mulhacén muchas veces hasta hacerme con toda la sierra, en preparar cada viaje, en llegar a los 2000, y en cambiar ligeramente los colores, la ubicación y las circunstancias para conseguir que lo que no me hace bien no me haga falta (a menos que, tres días después, la vida me sorprenda).
martes, 15 de julio de 2025
Calcetines rotos
Nada mejor que una noticia incómoda para que todo se acomode. Eso fue lo que pensé al día siguiente del big bang, cuando descubrí que había caído en una estúpida trampa de egos y de manipulación, y que encima no era "buena candidata". Basta comprometerse con una idea para que ocurra algo que la destroce por completo. Lo llaman Ley de Murphy, pero esta ley en realidad dice que todo lo que es factible de ser, será. Y será porque la tendencia a lo negativo siempre es más fuerte. Porque lo malo es más fácil de creer. Y lo que creemos lo define todo. Mi último intento de entender este paradigma fue tan improductivo como decepcionante. Demasiadas contradicciones. Es caótico posicionarse cuando un día aparece en tu cara (y en tus oídos) aquello que buscas, y al siguiente, viene alguien que te desmantela todas tus creencias. Y después de tantos hechos (y de tanto hecho) la motivación fue mermando.
La posible decepción era parte indiscutible del juego, y así estuve varios días: decepcionada. Fluctué mucho entre el sentido común y esa voz que sin ninguna lógica te dice que no pienses tanto y te dejes llevar. Y tras varios días más, concluí en no dejar entrar en mi mundo voces ajenas que sólo buscan su propio beneficio, pero a la vez, no perder de vista lo que hay. Porque las terceras personas entorpecen y obstaculizan, pero algún provecho se le puede sacar, aunque sólo sea la precaución. Y así puse a cada cual en su sitio (empezando por mí misma), tomé la decisión de cerrar la puerta sin hacer ruido (pero quedándome pegadita al otro lado), y me reposicioné al menos por un mes y medio más.
Y antes de caer en el olvido y dejar de ser vista, antes de seguir estando, antes de seguir forzando... me voy a la playa y me centro en el nuevo plan, que no es otro que esmerarme en plantar un buen jardín, y ordenar los cajones de la memoria poniendo lo importante a mano, y dejando esos calcetines rotos, que ya no te pones porque están rotos pero son tan bonitos que tampoco los quieres tirar, en el cajón de abajo, que ahí no ocupan lugar, y quién sabe si algún día podrían "servir para algo".
Sigo queriendo lo mismo que el primer día, pero la razón por la que lo quiero ha cambiado. Con los nuevos datos hay un nuevo interés. Y como la vida no te quita nada sin darte algo a cambio, ya tengo un repuesto en el banquillo que dentro de poco me llevará a vivir una nueva experiencia. Porque algunas cosas sólo ocurren para llevarte a otras mejores.
















