Normalmente
una se levanta por la mañana, digamos, bien… sin pensar en el pasado ni en el
futuro sino viviendo ese famoso “ahora”, el presente, y con la única
preocupación de echar el día y cumplir los objetivos previstos. Una se centra
en eso sin darse cuenta, y “eso” te hace sentir, digamos, bien. Pero por
supuesto, no es un estado continuo. De vez en cuando, aparece una curva en esa
carretera recta, y estás más agitada, ya sea por un recuerdo que regresa, por
algo que has soñado, o por aquello que está por venir y aún divisas muy lejos
de donde estás, y entonces, el bienestar habitual hace un alto en el camino, te
deja un espacio de reflexión y te cuenta cosas. Siendo así y estando, digamos,
bien, una acepta con cierta satisfacción esa invitación a contemplar desde fuera lo que hay dentro (o lo que hubo, o lo que habrá). No
importa si eso te pone triste momentáneamente, o melancólica, o especialmente
intensa porque estando, digamos, bien se le puede sacar beneficio, y al fin y
al cabo, no ocurre todos los días.
Yo que soy tan dada a centrifugar
pensamientos, ahora que las cosas no duelen, aunque todavía escuezan, me puedo
permitir acomodarme en esos estados de melancolía por un rato cuando miro la
foto de mi abuela cogiéndome en brazos en mi primer cumpleaños, la jaula vacía
de Robin y el collar de Luna colgado en la pared, o una de esas películas con
final feliz que sólo me recuerdan que yo no lo tuve. Y luego vuelves al presente
y no pasa nada, porque hay mucho que hacer, porque queda esperanza en ciertas
cosas, y porque salgo a la calle y en menos de una hora me gasto un dineral en
chuminadas varias porque reconozco que soy una víctima del consumismo y las
chuminadas me encantan, y porque estoy trabajando y, a pesar de los quebraderos
de cabeza que me da la gente que no sabe hacer su trabajo, yo disfruto haciendo
lo que hago.
Sigo
sin querer saber qué está ocurriendo más allá de mi entorno, aunque sea difícil no
enterarse de algún modo. Trato de ignorar lo que soy capaz de controlar, pero
algunas cosas se cuelan sin querer, sin que una se dé cuenta, y es entonces
cuando tengo que tragar saliva y no dejar que “la emoción” me invada. Pero cada
vez me da más igual. Y aunque me cueste reconocerlo, sé que es mejor así,
porque estando, digamos, bien… todo está bien.
Este sábado terminamos el mes de microteatro y después me centraré en el bolo que tengo con mi banda el 1 de marzo. Espero que, entre medias, salga alguno de los trabajos a los que he postulado y que me lleven un poco más lejos de aquí. Porque si algo me apetece de verdad es poder romper esa barrera que aún me hace temblar, y que me está privando de volver al lugar al que quiero poder ir sin miedo, y sin fantasmas amenazando alrededor.
El
día de reyes siempre me ha parecido un día guay. Cuando mi hermano y yo éramos
pequeños, mis padres ponían los regalos por la noche al pie de su cama una vez
que nos habíamos dormido. Era la noche más emocionante del año, sin duda. Yo me
solía despertar a media noche y me asomaba a la habitación de mis padres, de
puntillas para no despertarlos, y ya estaban los regalos allí. Por la mañana,
muy temprano, los abríamos. Era el único día que una madrugaba con gusto, y sin
poner despertador ni nada. Cuando crecimos lo suficiente, los regalos pasaron a
colocarse en la mesa grande del salón. Ya no madrugábamos para eso porque nos
habíamos acostado tarde la noche anterior (y en mi caso, además, borracha), pero
igualmente hacía ilusión desenvolver paquetes. Cuando ya me instalé en Granada
definitivamente y dejé de vivir en casa de mis padres, el procedimiento era el
mismo, sólo que mi hermano y yo llegábamos a las 14:00 a casa de mis
padres, intercambiábamos regalos y nos íbamos a comer por ahí.
Este
año, la navidad ha venido distinta hasta en eso. No tuve cena de nochebuena, no
me comí las uvas con las campanadas en nochevieja, y tampoco ha habido regalos
de reyes. Mis padres nos citaron directamente en el restaurante donde íbamos a
comer, y allí nos dieron unos billeticos a cada uno. Yo sí les llevé un regalo,
pero entiendo que con mi abuela en el hospital, había pocas ganas de ir de
compras. Así que acepté el dinero con triste resignación y con las mismas, se lo di a
Mario para que pagara el alquiler. Una mierda, vaya…
Después
de comer, nos fuimos al hospital, y allí pillé a mis tíos por banda, intentando
hacerles entender que tienen que sacar a mi abuela de allí. Me he pasado toda
la navidad peleando con unos y con otros para que metan presión a los médicos,
para que la cambien de hospital y busquen segundas opiniones, para que
pregunten lo que no saben y para que “molesten” a las enfermeras todo lo que
haga falta. Pero desde Granada, sólo podía enviar audios al grupo familiar de
whatsapp, a gritos y llorando, porque no me hacían ni puto caso. Ayer, al menos,
conseguí que me escucharan. Mi abuela tiene 84 años, ya está. Le han hecho mil
pruebas y no le sacan nada. Se le va la olla por momentos porque tiene
demencia, probablemente provocada por la bajada de niveles de sodio y magnesio
que fue lo que la llevó al hospital de primeras. Y esa bajada de niveles, es a
su vez causa de tanta medicación (que a mi abuela le ha gustado una pastilla
siempre más que un caramelo). La demencia se agrava estando en el hospital, y
el propio médico sugirió llevarla a casa, pero a todos les da miedo hacerlo.
Entiendo el miedo, pero no entiendo que la mantengan allí por eso. Yo les decía
que buscaran soluciones, que le pusieran una enfermera en casa, una interna que
se ocupe de ella y sepa reaccionar si le pasa algo. Al fin, parece que he
conseguido concienciarlos y van a buscar una residencia de ancianos, donde
también podemos visitarla como en el hospital, pero que allí la sacan a pasear
por los jardines, les ponen la tele, juegan al bingo, hacen ejercicio y hablan
con otras personas. La demencia no es reversible y mi abuela ya no volverá a
ser la que era. Pero en su mundo, los momentos de confusión se alternan con
momentos de lucidez, y en esos momentos sabe dónde está y en qué estado… y
sufre. No soy partidaria de mantener a una persona viva a cualquier precio en evidente estado de decrepitud. Se tiene que morir de algo, como todos, y prefiero mil veces que viva dos días más en buenas condiciones, que 10 años enchufada a una vía en contra de su voluntad.
Ojalá, este año, el regalo de reyes tardío sea una vida mejor para ella,
en un lugar más bonito que un puto hospital donde tratan a los pacientes como
meros enfermos y no como personas, y donde mi abuela se llama 421-1, en vez de
llamarse MªCarmen. Y ojalá que cuando esté allí, yo haya cobrado ya mi dinero,
y podamos celebrar los reyes, porque pienso comprarme un montón de regalos pa
mi coño, y pienso colmarla de regalos a ella. Ojalá que nos juntemos a cenar todos
como si fuera 24 de diciembre aunque sea 3 de febrero. Y, sobre todo, ojalá que mi
abuela, en ese mundo lejano al que se ha ido a vivir, sea un poco más feliz en la residencia, que le den café de verdad y comida rica y que cuando “vuelva”, en esos
momentos fugaces, en lugar de llorar, sonría.
Nadie
más que yo quiere que se termine ya el año y, felizmente, sólo quedan unas horas. El año pasado entré mal. Enfadada con mi padre, enfadada con el destino,
queriendo estar en otra parte, y acojonada por lo que me esperaba al regresar a
Madrid y que ya se venía anunciando mucho tiempo atrás.
Mis
malas decisiones marcaron un año lleno de sinsabores en todos los putos
sentidos. Un año de soledad, de dependencia emocional y económica, de
frustración y desilusión, de dolor y muerte, de oscuridad y lágrimas. Un año de
pérdidas irremediables que mató a compañeros y amigos, a mi perra y a mi pájaro.
Que me arrebató del alma ese cuerpo, dejándome “el corazón en los huesos y a mí de rodillas”. Y que no ha querido
acabar sin amenazar con llevarse a mi abuela al otro barrio.
Pasé la nochebuena
con ella en el hospital, y esta noche haré lo mismo. No es donde quiero estar,
pero sí con quien quiero estar. Y si ella está allí, allí recibiremos el nuevo
año. Esta vez, con el único deseo de que se recupere y la dejen ir a casa
pronto.
Al
pasado, ya le mandé el último beso del año, y con ese beso lo abandono. Ni un
solo pensamiento más… Que en enero estreno obra, cobro el premio y cierro
conciertos. Y regresaré a Madrid a hacer lo que tengo que hacer, y a deshacer
lo que hizo conmigo. Y ojalá mi abuela esté para verlo, pero si se quiere ir,
lo entenderé (yo haría lo mismo).
También se sacan cosas positivas de las peores experiencias, pero eso no me hará olvidar tantas putadas juntas, muy difícil de perdonar... Pero al final, sólo quedo yo; siempre yo. Beba provocando, Beba inconformista, Beba peleando, Beba... siempre demasiado sincera. Contra la vida y contra la muerte, en ese rincón particular, idealizando el mundo para escapar al aburrimiento (una etapa por cerrar). Y por el camino (¡que no se diga!) aprendiendo a convivir como cualquier mortal.
La
vida te lleva por caminos misteriosos, y una se deja llevar con cierto recelo
porque se repiten situaciones ya vividas, con otros nombres y otras caras, y
nunca sabes lo que va a pasar. No quiero nada que se parezca mínimamente a lo
ya vivido, sobre todo porque siento un rechazo inminente ante todo aquello que
me haga recordar cosas que aún no he olvidado. Prefiero “terminar” con dignidad
lo que empecé y sólo entonces podré elegir bien. Agarrarse a un clavo ardiendo
no es la solución y, sin embargo, a veces, me sorprendo a mí misma buscándolo.
Por
eso contacté con aquel escritor y lo descarté. Por eso acepté la invitación de alguien
que dio conmigo por casualidad y voy, de entrada, con el “no” en la boca. Por
eso contesto pero no llamo. Por eso escribo y luego borro. Por eso busco la forma de regresar y aquí sigo. Por
eso hay días que me da igual, y días que te cambian la foto y maldices al
mundo. Por eso a veces exploto, y lo quiero todo, y desenchufo la neurona, pero la memoria no me deja en paz. Porque hay un escenario con el que soñar despierta. Con vino y música y una luz tenue sobre el sofá. Y hay un balcón a la calle, iluminada en la noche, y hay calcetines y almohadas y una tele encendida. El único sitio que, fuera de mi casa, he podido llamar hogar… y no llevo bien el desahucio.
Y por eso, mientras siga en el mismo camino, lleno mi tiempo de historias salpicadas. Trackeando un casting importante al que me presenté hace poco y
teniendo cada vez más claro que esto es una lotería y que, probablemente,
tengan más suerte los que te dicen “pa no habérmelo estudiao… me ha ido bien”
que aquellos que, como yo, nos tiramos dos días preparando un personaje que
después te cambian sobre la marcha. Lidiando con los imbéciles que opinan por
opinar y que se equivocan de bando cuando te dan consejos sin
tener ni idea de lo que hablan, defendiendo así a la parte contratante (que es
la que importa, claro). Ajustando los cambios necesarios para no escuchar ni
pío a partir de ahora en cuanto a mi trabajo se refiere. Ensayando la última movida en la que me he metido, más
por training que por dinero, y más por excusa que por placer.
Por eso tanto retraso, por eso tanto recelo... por eso, esto.
Si echo la vista atrás, reconozco que este año no he tenido suerte en nada. A penas he trabajado, he tenido que afrontar pérdidas y desengaños y he llorado en pocos meses lo que no he llorado en toda mi vida. Haciendo un esfuerzo por ser optimista, podría decir que el 2018 se llevó a mi Luna y a mi Robinson, pero a cambio me trajo a Chulo. Podría decir que se ha llevado de mi vida a personas que quería mucho, pero a cambio me presentó a otras que me quieren a mí. Que me ha hecho atravesar caminos muy oscuros, pero sólo para que fuera capaz de encontrar la luz por mí misma. Que me mostró la cara más cruda del ser humano, pero me dio un espejo para que pudiera ver la diferencia. Y que me privó de ganar pequeñas cantidades de dinero a lo largo del año, pero me regaló en un día lo que no hubiera acumulado en todo ese tiempo.
La vida es caprichosa y encarar sus designios es cuestión de actitud. Yo no he sido precisamente positiva porque no encontraba motivos para serlo. Se hundieron tantas cosas a mi alrededor en tan poco tiempo que es difícil levantar la cabeza con optimismo, pero al menos la levanté, aunque me quede la sensación de haber perdido mucho tiempo en el proceso. Necesitaba trabajar para tener la mente ocupada y sentir la satisfacción de hacer lo que me gusta hacer, y también para tener algún ingreso, que una no vive del aire. Pero todos mis intentos por poner proyectos en marcha se vieron truncados por diversos motivos que no dependían de mí.
No sé en qué momento se me ocurrió apuntarme al casting para el programa, ni qué me empujó a hacerlo. Lo hice sin mucha esperanza de que me fueran a llamar, como el que compra un billete de lotería; si toca, bien, y si no pues nada. Yo tuve suerte porque tardaron sólo cuatro meses en llamarme, y que ganara mucho o poco (o no ganara nada) también dependía de la suerte. Mi paso por La Ruleta Lo que saco de esto no es el dinero (que obviamente me viene genial) sino, sobre todo, el cambio de actitud. La alegría que tuve que callar hasta que emitieran el programa, me sirvió de impulso para tirar palante. Encontré nuevo guitarrista para mi banda, con el que nos vamos a estrenar el próximo 7 de diciembre, agoté posibilidades de curro para empezar otros nuevos proyectos, me puse en contacto con escuelas en las que quiero estudiar y comencé a situarme en mi propia realidad para diseñar el plan a seguir estando en Granada y estando en Madrid sin que eso supusiera un estrés tan grande como venía siendo. Sólo me queda una cosa por "reparar", y de hecho, hasta que no ocurra, no me veo dando ningún paso decisivo, pero quiero creer que sucederá pronto. Visto lo visto, casi ha sido mejor ser afortunada en el juego...
Hace
tres años y poco, un ser alado se coló en mi vida trayendo consigo todos los
colores del arco iris. Vino volando desde algún agujero y se posó en mi balcón.
Al día siguiente regresó, esta vez dando picotazos en la ventana como pidiendo permiso para entrar y lo hizo dando saltitos.
Era un agaporni bebé que apenas sabía volar. No podía soltarlo a su suerte
porque hubiera muerto, así que me lo quedé. Fui a comprarle una jaula grandota
y comida y pensé que, si me lo iba a quedar, había que ponerle nombre. Como lo
dejaba suelto porque no volaba mucho, siempre estaba a mi alrededor dando
saltitos, y se me ocurrió ponerlo encima del teclado del ordenador para que
escribiera un posible nombre. Lo hizo, pero yo no sabía cómo pronunciar “hffhdgstdhjd”,
así que pensé que un agaporni de apenas un mes, sin saber casi volar y sin
comida ni agua, y que había estado dos días (mínimo) a la intemperie luchando
por sobrevivir, se merecía el nombre de un superviviente, y le puse el más
famoso: Robinson.
El día que llegó
Cuando
lo metí en la jaula se tiró durmiendo un día y medio. A veces, lo cogía para
ver si seguía vivo, y ni entonces abría los ojos; seguía durmiendo en mi mano. Tampoco
comía. Solo quería dormir. Tras recuperar con creces las horas de sueño que le
faltaban, empezó a ser un pajarillo normal, cantarín y gracioso. Le gustaba
mucho el agua, y como era verano, le puse una piscinita en la jaula y se pasaba
el día bañándose y salpicándolo todo. Cuando se puso grande aprendió a volar
mejor, pero siempre que lo sacaba de la jaula, él prefería ponerse en mi
hombro, o en mi cabeza y me daba besitos en la boca con esa lengüecilla enana. Me
enamoré de mi Robin. Supe que era macho, cuando alcanzó la edad adulta y empezó
a regurgitar. Los machos regurgitan para alimentar a la hembra cuando ésta va a
tener crías y no puede hacerlo por sí sola. Pero Robin no tenía hembra que
alimentar, sólo el instinto de hacerlo… y aquí me quedé un poco perdida. Si le metía
una hembra en la jaula, después de tanto tiempo solo, podían atacarse (eso se
hace cuando son peques) y si no lo hacía, seguiría regurgitando sin razón cada
x tiempo, lo cual no era bueno para su salud. Me recomendaron dejarlo tal cual
estaba y esperar que se le quitara la manía.Durante
tres años y tres meses, ha sido la alegría de mi casa con el resto de mis
bichos. Oírlo cantar por las mañanas, saludarlo y que pusiera la cabeza contra
los barrotes para que lo acariciara, silbarle y que me contestara con la misma
entonación, a mí me ponía tan feliz… No enfermó ni una vez en todo este tiempo
y quiero creer que estaba feliz en su casita porque, a veces, le abría la
puerta para que saliera y volara un poco y él la cerraba con el pico desde
dentro (creo que esto lo hacía cuando estaba en celo y no quería ser
molestado). Las demás veces, sí que salía, y estaba cariñoso y juguetón.
El
pasado viernes Robin no estaba cantando cuando me levanté, y a lo largo del día
tampoco lo hizo. Cuando me asomaba a la jaula y le decía cosas no contestaba, y
vi que tenía los ojos cerrados casi todo el tiempo y no tenía ganas de moverse
del palo. Supe enseguida que estaba enfermo. Lo llevé al veterinario pero no
supo decirme gran cosa, aunque me confirmó que algo le pasaba. Descartó
enfermedades que se manifiestan físicamente, porque físicamente estaba bien.
Era algo interno y difícil de diagnosticar. Me dio un antibiótico para diluirlo
en el agua por si era alguna infección, y me dijo que lo llamara a la mañana siguiente
para ver si había mejorado, pero la verdad es que estaba peor. Creo que ni tocó
el agua, así que me dijo que le diera el antibiótico con una jeringa directamente
en el pico. Cuando lo hice, lo coloqué en un nido que tuve que improvisar
rompiendo unos guantes de lana viejos, y le limpié la jaula entera con jabón y
lejía para desinfectarla bien. Aguantó poco más… Se había tirado a dormir en el
suelo y cuando lo cogí ya no aguantaba la cabeza recta. Seguía respirando pero
claramente se estaba muriendo y no sabía qué hacer. Empecé a llamar a todos los
teléfonos de urgencias que encontré en internet, y los que no me dieron largas
porque no entendían de aves exóticas, no cogían el teléfono directamente. Me
desesperé lo indecible. Tenía a Robin en las manos, echando una especie de baba
pegajosa por el pico y no podía hacer nada por ayudarlo.
Alguien
de emergencias me devolvió la llamada, pero para entonces Robin ya no estaba.
Me dijeron que cuando un pájaro se enferma hay muy poco tiempo de reacción, y
que normalmente mueren antes de poder ser atendidos. Cuando describí los síntomas, me dijoeron que hubiese
muerto igualmente porque es difícil saber lo que tienen hasta que presentan
síntomas claros, como echar baba por el pico, y cuando lo hacen ya es tarde.
Robin
murió en mis manos y creó que voy a tener pesadillas con eso el resto de mi
vida. Tenía los ojos abiertos, las patas engarrotadas y la cabeza no se le
sostenía. Se quedó literalmente tieso en su última respiración, y es la cosa
más difícil que he tenido que afrontar desde que murió Luna. Fue incluso peor,
porque a Luna la dejé dormidita en el veterinario y no tuve que presenciar una
muerte real. Con Robin me tragué todo el proceso y tuve que verlo morir, con la
impotencia enorme de no poder hacer nada, y encima ser yo misma quien se
ocupara de su cadáver. Me derrumbé por completo. Puede ser difícil de entender
para aquellos que no crean vínculos con los animales o piensen que “sólo” es un
pájaro, pero para mí, Robin no era un pájaro, era MI pájaro y un miembro más de
la familia. Un bicho precioso que llegó casi moribundo a mi casa, y que se puso
grande y fuerte gracias a mí, y que me alegró la vida todo este tiempo
simplemente por seguir vivo. Afrontar la muerte de un ser querido duele mucho,
sea cual sea su especie, y yo llevo un año que no puedo más…
Sacando
las pocas fuerzas que me quedaban, envolví a Robin en los guantes viejos y lo
metí en una cajita para enterrarlo en el descampado que tengo al lado de casa,
donde paseo a Chulo y donde antes paseaba a Luna. Me niego a tirarlo a la
basura como si se tratase de una cáscara de plátano.
No
sé a dónde vamos tras morir, seguramente a ninguna parte pero, si la hubiera,
Robin estará allí con Luna esperándome (o esa gilipollez quiero creer). Y si
no, me alegra (pese al dolor que ahora me causa su pérdida) haber coincidido en
esta vida y haber contribuido en algo a hacer la suya lo mejor que he podido.
En
momentos así, me da por pensar que es mejor ser una persona frívola y
superficial, no apegarse a nada ni a nadie, y evitar así sufrir las pérdidas. Pero
luego me acuerdo de aquella escena que escribió Woody Allen para “Love and
Death” y que Diane Keaton dice en clave de humor, sin dejar por ello de ser
cierto.
El
sufrimiento está asegurado, así que mejor amar y sufrir que no amar y sufrir,
porque entonces el sufrimiento se junta con la estupidez de dejar pasar lo
bueno de la vida, que es amar y ser amado, y vas a sufrir lo mismo o más ("y dejémoslo que es un lío...").
Anoche soñé con alguien que conozco bien. En mi sueño, él era una versión mucho más retorcida de sí mismo, aunque sus palabras y sus acciones (al menos las que recuerdo) no se alejaban tanto de la realidad. Venía días pensando que ya quedaba poco, que ya cada vez me importaba menos y que, con un esfuerzo muy gordo, estaba lentamente volviendo a ese lugar desde el cual puedes mirar las cosas desde arriba y sentirlas como lo que son, y a veces los sueños te dan el empujón que necesitas para lograrlo.
Todo lo que existe es objetivo, pero lo que persiste es subjetivo. Tenemos ese poder para darle importancia a las cosas y que nunca desaparezcan, o por el contrario, privarlas de significado y que simplemente existan sin ser. Por eso creo importante cuidar los pequeños círculos, porque al final sólo unos pocos se acordarán de ti y te darán un lugar privilegiado en el mundo. El ida y vuelta es la parte difícil. Somos muy dados a pasar de todo (unos más que otros) y creemos bastarnos con nosotros mismos. Es como la nueva "mentalidad millennial" que se empeñan en inculcar: no necesitas a nadie, eres independiente, te bastas y te sobras, quiérete a ti mismo que con eso es suficiente... Y con esta filosofía barata, que se la debieron inventar cuatro frustrados fumando porros, nos quieren hacer creer que nadie necesita a nadie. Puede que la palabra necesidad en este contexto suene a mendigar y por eso la rechazamos, pero en realidad la rechazamos porque nos da miedo lo que significa de verdad.
Todos estamos conectados de alguna manera y creamos nuestros propios circuitos para asegurarnos. Cuando se producen desconexiones, por la razón que sea (muertes, peleas, distanciamientos en general) nos vemos aislados, flotando a la deriva en un mar de perfectos circuitos funcionando a tu alrededor sin que ninguno conecte contigo. Cuando somos jóvenes nos chupa un huevo. Nos vemos con la capacidad de subsistir con nuestra propia energía y tenemos todo el tiempo del mundo por delante para conocer enchufes (y darnos el lujo de ser selectivos). Pero llegados a una edad no se verá todo tan fácil. La soledad es la enfermedad más extendida y sin embargo nos empeñamos en defenderla por no hacer frente a lo que significa: que solos no somos nadie.
Está perfecto eso de ser emocionalmente independientes y que los lazos afectivos no se basen en una necesidad de vida o muerte, pero no nos engañemos. La soledad, por bien que la manejemos porque nos molamos un montón y somos autosuficientes, es triste en grandes dosis, y nadie quiere una vida triste. Insisto en que cuando eres joven eso no te preocupa; ni siquiera lo piensas (siempre habrá amigos, familiares, compañeros de curro...), pero hay que ser listos y entender que los familiares se irán muriendo, algunos amigos también, y los que nos queden por ahí tendrán sus propios círculos porque han sido previsores. Y yo vivo en una generación confusa de adolescentes de cuarenta años que creo que andamos muy perdidos en la vida. Y ojo, que cuando hablo de crear círculos, no me refiero a formar familia necesariamente (de ser así yo ya estaría llegando tarde). Hablo de cuidar las relaciones que se nos presentan, porque sin son buenas, será todo lo que nos quede algún día. Igual es difícil dar con gente que vea las cosas como tú, pero una perspectiva diferente puede aportar mucho e incluso, por qué no, salvarnos la vida.
Sea como sea, estamos viviendo una transición complicada en la que cada uno trata de imponer su estilo de vida como una moda a seguir. Yo sólo ofrezco una opinión al respecto y puede que tenga o no razón. En cualquier caso (y deseando que las próximas noches tenga más sueños eróticos que reveladores), cito a Les Luthiers y afirmo, sin lugar a dudas, que "la confusión está clarísima".