Hace unas cuantas noches pisé La Tertulia por primera vez desde que muriera Miguel (sin contar aquel microteatro del pasado octubre al que fui únicamente en calidad de actriz y no como una parroquiana más). No había mucha gente pero estaba Tato, al que llevaba más de un año sin ver. Me enseñó su nueva oficina, aún por decorar, me dio los carteles grandes de tango que Miguel me había guardado y nos quedamos charlando un buen rato en el bar. Se me hacía raro estar allí sin "los de siempre" pero fue un placer entablar conversación con una persona tan lúcida como él. Yo, más que hablar, lo escuchaba. Siempre tiene buen discurso. Le conté por encimilla mi aventura madrileña, y lo difícil que es lidiar con todos los obstáculos que se encuentra una en el camino, y él me contó una historia propia que acababa diciendo: cambia la escopeta por el fusil. La escopeta requiere una bala por víctima, y eso cansa. El fusil se carga a muchos de un solo disparo. Me sugirió una idea interesante, en la cual estoy trabajando ahora, pero más allá de lo profesional, me pareció una metáfora muy válida para otros ámbitos de la vida.
La otra noche también me reencontré con un viejo amigo de esos que nunca ves pero con los que creas lazos invisibles. Tengo amigos así. Amigos que están en la sombra, que no reaccionan pero siguen tus pasos, que están en silencio pero están más que otros. Amigos que estando lejos te tienen cerca. Amigos en serio, y amigos en serie. Y amigos que tardan en darse cuenta de quiénes son sus verdaderos amigos.
Este viejo amigo me pasó hace ya años un monólogo dramático sobre la violencia de género que nunca llegamos a montar. Ahora me ha propuesto retomarlo y presentarlo dentro del marco de "Abril para Vivir". No sé si cuajará finalmente, pero con la idea del fusil revoloteando en mi cabeza me volví a casa, y días después, esa idea derivó en algo más, y ahora estoy que no paro.
Una imperiosa necesidad de hacer cosas se ha apoderado de mí. Los tiempos muertos de ocio infinito viendo series y películas desde el sofá, sentada frente al ordenador o simplemente tumbada en mi balcón mirando el cielo, se agotaron. Y de pronto, es como si algo me exigiera estar en constante movimiento, no parar quieta, hacer mil cosas a la vez: leo mientras cocino, hago crucigramas desayunando, escribo mientras saco al perro, ensayo mientras limpio la casa... y cada vez que paro, mi imaginación se va por donde no debe y me obligo a seguir. Estoy inquieta. Mucho. Quizás porque ya se acaba el verano y no sé qué hacer con mi vida. Quizás porque necesito entender esta lotería de que pasaría si..., y ya no me atrevo a jugar. Quizás por contener las ganas de cruzar el país y "perderme". Quizás por todo a la vez.
Sin mirar demasiado al futuro y sin mirar en absoluto al pasado, intento centrarme en terminar los bolos pendientes y hacer los "arreglos" pertinentes antes del 12 de septiembre, fecha que podría lanzar un poco de luz a mi vida si la suerte se pone de mi parte aunque sea por una hora. Puede que sea entonces cuando empiece a engrasar mi fusil.
viernes, 31 de agosto de 2018
martes, 14 de agosto de 2018
The I.P. story
Una
vez viví entre dos palacios. Uno era de hielo, el otro era la Alhambra. Me
acurruqué sobre un cálido y destartalado colchón a la penumbra de una vela.
Hacía frío pero yo tenía calor. Sonaban acordes tranquilos, olía a madera y a carbón y los sabores de especias se confundían en mi boca. La lengua y el
lenguaje fluían, y las manos, y el sudor. Era invierno, un próspero invierno.
Mi rostro adornaba una mesa y varias calles y no había confianza suficiente
para el dolor. Estábamos de estreno. Dos lunas colgaban a derecha e izquierda,
una bufanda negra guardaba mi olor. Había elefantes y tortugas, tulipanes y
girasoles, y una abeja revoloteando en el tejado. Hubo también lágrimas, lágrimas de alegría y lágrimas de decepción. De repente la poesía, el tango,
el rock'n'roll, fade into you, anything
goes, las clases de cine, el teatro, la improvisación. Se abrieron otros
bares, y alguno se cerró. Cuando el sol se dejó ver se estaba bien cerca
del río, un río imaginario que refrescaba las noches. En aquel barrio
oscuro, la luna brillaba y brillaban los ojos. Y en aquel entonces las
conversaciones eran divertidas. Se entendían los mensajes. Comunicación, comunicación sin razón, comunicación porque
sí. El orgullo no cabía, solo había necesidad.
Una vez estuve viva en un
sueño congelado, con M&M's, una foto en blanco y negro, agua con manzana,
música clásica en la radio, leña del bosque, mi vestido blanco caminando entre los muertos del cementerio, un taxi frente a la estrella. Llegó una melodía parisina, y más tarde un aire de flores ya marchitas por el tiempo... pero no era yo, y me escapé por la ventana. Porque hubo un tiempo para olvidar el pasado, que pronto se convirtió en un futuro que olvidar. Las llaves de ese palacio las tengo todavía, pero la suerte se fue desmontando y se descolgó del todo cuando el orgullo absurdo comenzó a tomar parte en este juego inventado. Quedan atrás muchas cosas, y ese capítulo primero del cuento, aunque atrás, sigue presente pero está llegando a su final.
jueves, 9 de agosto de 2018
"Crisistunidad"
Si
algo me hace alejarme de la realidad es, paradójicamente, poder escribir sobre
ella. O, mejor dicho, reescribirla a mi manera. Cuando la vida se presenta frívola
o carente de emoción, que es lo cotidiano, un fogonazo de extraño romanticismo
es como un oasis en el que me gusta regodearme, y es desde ahí que me animo a escribir. Relatar un hecho sin más, no me supone nada; ahondar en él para que
lo que es, no sólo sea sino signifique, es lo que me hace elevar los pies del
suelo y encontrarle sentido a las cosas.
No
he tenido ni tiempo ni capacidad de reacción para entender cómo me sentía
después de que resurgiera de las cenizas algo importante que ya apenas era un
leve recuerdo difuminado por el tiempo. Un tiempo infinito que parecía no tener
prisa por llegar a ningún lado, y que se negaba a darme alguna pista que
justificara su lentitud. Acabé por resignarme, encontré otros consuelos y
guardé todo lo que quería olvidar en algún rincón de mi memoria, pero sin
ignorar que estaba allí. Y resulta que era cierto y que el tiempo tenía razón,
porque ahora puedo regresar a ese rincón y ver que lo que guardé como un tesoro
al que me negaba a renunciar, estaba tan lleno de polvo que apenas se distinguía
su valor. Se llama perspectiva, y eso… sí, lo da el tiempo.
Temía
y ansiaba a partes iguales que llegara ese día, y cuando llegó, ni el temor ni
el ansia se manifestaron. Todo estaba bien así. Reaccioné con extraña alegría, no me salió ser
distante, o arisca. Olvidé el posible rastro de resentimiento que creía
conservar, y luego entendí que eso significaba mucho más de lo que parecía. Y
aunque la cosa no pase de ahí (o sí… transcurran otros 5 meses, o tres semanas
más) me alegra saber dónde estoy, me alegra saber dónde estamos, y me alegra poder
alegrarme por ello. Me costó un calvario soltar las armas y rendirme, pero
ahora sé cómo funciona la vida y lo espero todo de ella, esta vez, sin
resistencia alguna. Poder “soñar” sin torturarme es lo que me han devuelto a
cambio, sólo que ahora los límites sé ponérmelos yo misma. Ojalá esta
oportunidad, con la que ya casi no contaba, sea el nuevo principio de algo mejor.
(“No
querría perderte…”)
martes, 24 de julio de 2018
Mentes descerebradas
La mente es maravillosa, dicen, pero sólo si trabaja a nuestro servicio. Cuando la mente toma el control sobre ti, se convierte en un arma de destrucción (como el HAL 9000). He conocido, y conozco, a muchas personas traicionadas por sus propias mentes maravillosas. El perfil general de estas personas los definen como muy inteligentes y con una sensibilidad exquisita. Como si estuvieran un paso más allá de "lo normal". De hecho, tantos genios ha habido en la historia (sea del campo que fuere) con algún tipo de trastorno mental, fruto de sus múltiples inquietudes. Me asusta. Es tan fina la línea entre la cordura y la locura que hay que andarse con cuidado para no pasarla.
Hace poco, se puso en contacto conmigo un colega que hacía años que no veía y del cual no sabía nada. Digo colega porque no era mucho más, sólo un chico al que veía regularmente en el bar que frecuentábamos. Era un chaval muy tímido y reservado y daba la impresión de estar "triste" todo el tiempo. Después de una discusión que tuvo con el dueño de ese bar y con casi todos los parroquianos, no volví a saber de él. Ahora me ha escrito y me ha dicho que su familia lo metió a la fuerza en un psiquiátrico, en donde ha estado como 6 años. Después de saber esto, me he fijado en las cosas que escribe (nada tiene sentido) y he tratado de hablar con él, pero es inútil. Es como hablarle a la pared. No responde de manera coherente, está en su mundo y es imposible llevarlo a otro terreno. Lo peor es que él dice que está bien, pero no lo está. Se le ha ido la cabeza del todo y me da un miedo atroz pensar que no estamos a salvo de que nos pueda pasar a cualquiera.
La gente con la que no se puede razonar, ya sea porque son gilipollas, alcohólicos y/o drogadictos o por tener algún tipo de enfermedad mental, me repelen (obviamente por razones distintas). Los primeros no tienen remedio; a los otros habría que intentar ayudarlos. Yo, al menos, me siento en la obligación moral de intentarlo, a pesar del terror que me produce mirar a los ojos a una persona que, conociéndola, desconozco. Pero es muy difícil si no se dejan... A parte, no sé si yo sería una buena terapia. Mis palabras serían duras y mi tono exaltado, pero sólo porque no entiendo cómo podemos permitir que algo o alguien nos destroce la vida. Cómo podemos permitir que cualquier cosa que nos ocurra, por grave que sea (incluso si se trata de una enfermedad heredada) nos anule como personas. Tomas conciencia y luchas contra eso. La mente es dominable, pero hay que ser más fuerte que ella; si no, ella nos dominará.
Me acuerdo de la peli "Una Mente Maravillosa" y veo que incluso en los casos de trastornos innatos, se puede convivir con la enfermedad si eres consciente de que existe y "la aceptas". Como el que acepta una miopía o la diabetes... al final, lo que importa, es que nada nos domine. Sé que es fácil decirlo, pero no hablo desde la ignorancia. Me he visto a mí misma en situaciones límite en las que mi mente pretendía ser "más que yo" y no para ayudarme, precisamente. De hecho, nos ha pasado a todos. Yo sólo le pongo palabras. Superar momentos de mierda o tendencias autodestructivas es una obligación y punto. Dejarse arrastrar por ellas es ir de cabeza a un infierno terrenal. Pero no todo el mundo tiene la fortaleza para luchar contra sí mismo, y esa gente necesita ayuda. Espero que mi falta de tacto para estas cosas sirva de algo, porque pienso que sólo una buena ostia de realidad saca a quien sea de donde está.
Hace poco, se puso en contacto conmigo un colega que hacía años que no veía y del cual no sabía nada. Digo colega porque no era mucho más, sólo un chico al que veía regularmente en el bar que frecuentábamos. Era un chaval muy tímido y reservado y daba la impresión de estar "triste" todo el tiempo. Después de una discusión que tuvo con el dueño de ese bar y con casi todos los parroquianos, no volví a saber de él. Ahora me ha escrito y me ha dicho que su familia lo metió a la fuerza en un psiquiátrico, en donde ha estado como 6 años. Después de saber esto, me he fijado en las cosas que escribe (nada tiene sentido) y he tratado de hablar con él, pero es inútil. Es como hablarle a la pared. No responde de manera coherente, está en su mundo y es imposible llevarlo a otro terreno. Lo peor es que él dice que está bien, pero no lo está. Se le ha ido la cabeza del todo y me da un miedo atroz pensar que no estamos a salvo de que nos pueda pasar a cualquiera.
La gente con la que no se puede razonar, ya sea porque son gilipollas, alcohólicos y/o drogadictos o por tener algún tipo de enfermedad mental, me repelen (obviamente por razones distintas). Los primeros no tienen remedio; a los otros habría que intentar ayudarlos. Yo, al menos, me siento en la obligación moral de intentarlo, a pesar del terror que me produce mirar a los ojos a una persona que, conociéndola, desconozco. Pero es muy difícil si no se dejan... A parte, no sé si yo sería una buena terapia. Mis palabras serían duras y mi tono exaltado, pero sólo porque no entiendo cómo podemos permitir que algo o alguien nos destroce la vida. Cómo podemos permitir que cualquier cosa que nos ocurra, por grave que sea (incluso si se trata de una enfermedad heredada) nos anule como personas. Tomas conciencia y luchas contra eso. La mente es dominable, pero hay que ser más fuerte que ella; si no, ella nos dominará.
Me acuerdo de la peli "Una Mente Maravillosa" y veo que incluso en los casos de trastornos innatos, se puede convivir con la enfermedad si eres consciente de que existe y "la aceptas". Como el que acepta una miopía o la diabetes... al final, lo que importa, es que nada nos domine. Sé que es fácil decirlo, pero no hablo desde la ignorancia. Me he visto a mí misma en situaciones límite en las que mi mente pretendía ser "más que yo" y no para ayudarme, precisamente. De hecho, nos ha pasado a todos. Yo sólo le pongo palabras. Superar momentos de mierda o tendencias autodestructivas es una obligación y punto. Dejarse arrastrar por ellas es ir de cabeza a un infierno terrenal. Pero no todo el mundo tiene la fortaleza para luchar contra sí mismo, y esa gente necesita ayuda. Espero que mi falta de tacto para estas cosas sirva de algo, porque pienso que sólo una buena ostia de realidad saca a quien sea de donde está.
lunes, 16 de julio de 2018
Pescado podrido y caramelos para chupar
Hace ya como un año que decidí ponerme digna conmigo misma y con mi trabajo, y mandé a la mierda a las personas que entorpecían tal propósito. No trabajo con dejados, ni con informales, ni con quien se toma mi trabajo a la ligera porque, simplemente, me están faltando al respeto. Durante años he tragado mucho en pos de algún proyecto tentador que me aportara algo a nivel profesional, o supusiera una suculenta suma de dinero. Un día me di cuenta de que si no estás a gusto en tu entorno, o peor aún, los dolores de cabeza van in crescendo, no vale la pena ni la aportación profesional (que tampoco la hay) ni todo el dinero del mundo.
Cuando me llamaron este verano de un ayuntamiento para contratar a "The Happy Fish" pensé que igual, para un bolo tan bien pagado, podía probar suerte y apostar porque saliera bien eso de reunirme de nuevo con los chicos. Nada más lejos. La falta de profesionalidad de los susodichos me dio de frente otra vez para recordarme las razones por las que ya no quería saber nada del grupo. Lástima no haber reaccionado antes de salpicar a tanta gente. Sea como sea, no he pasado la mano. Me quedo sin bolo pero gano en salud. Y dentro de lo mal que me han hecho quedar, he podido subsanar el daño. Lo peor es que trabajar con amigos es delicado, porque la ruptura profesional puede desencadenar la ruptura amistosa, pero eso ya es problema de otro. Yo siempre he tenido muy bien diferenciadas ambas cosas.
Sigo adelante con todo lo que tengo y con la gente que, al menos de momento, tira del carro conmigo. Y si ser estricta me supone menos trabajo me importa bien poco. Al menos el que salga, saldrá bien y lo podré disfrutar. Y en mi tiempo libre sé cómo entretenerme (y con quién).
Acabo de terminar el curso de Iniciación al Doblaje y he descubierto un mundo nuevo de lo más atractivo. Han sido dos semanas de inspiración a muchos niveles. He cambiado esa imagen en mi cabeza que se repetía en modo bucle por algo nuevo (por fin algo nuevo). El sabor de los caramelos rellenos nunca fue tan significativo. No se rechaza un caramelo (que me lo digan a mí) y menos si actúa como calmante. Puede que continúe la formación después de verano, aunque hacer planes más allá de mañana es tontería; a saber dónde estaré después...
Cuando me llamaron este verano de un ayuntamiento para contratar a "The Happy Fish" pensé que igual, para un bolo tan bien pagado, podía probar suerte y apostar porque saliera bien eso de reunirme de nuevo con los chicos. Nada más lejos. La falta de profesionalidad de los susodichos me dio de frente otra vez para recordarme las razones por las que ya no quería saber nada del grupo. Lástima no haber reaccionado antes de salpicar a tanta gente. Sea como sea, no he pasado la mano. Me quedo sin bolo pero gano en salud. Y dentro de lo mal que me han hecho quedar, he podido subsanar el daño. Lo peor es que trabajar con amigos es delicado, porque la ruptura profesional puede desencadenar la ruptura amistosa, pero eso ya es problema de otro. Yo siempre he tenido muy bien diferenciadas ambas cosas.
Sigo adelante con todo lo que tengo y con la gente que, al menos de momento, tira del carro conmigo. Y si ser estricta me supone menos trabajo me importa bien poco. Al menos el que salga, saldrá bien y lo podré disfrutar. Y en mi tiempo libre sé cómo entretenerme (y con quién).
Acabo de terminar el curso de Iniciación al Doblaje y he descubierto un mundo nuevo de lo más atractivo. Han sido dos semanas de inspiración a muchos niveles. He cambiado esa imagen en mi cabeza que se repetía en modo bucle por algo nuevo (por fin algo nuevo). El sabor de los caramelos rellenos nunca fue tan significativo. No se rechaza un caramelo (que me lo digan a mí) y menos si actúa como calmante. Puede que continúe la formación después de verano, aunque hacer planes más allá de mañana es tontería; a saber dónde estaré después...
sábado, 30 de junio de 2018
¿Volver?
Después de tanto tiempo, me parece increíble que aún me siga afectando ver imágenes de calles conocidas, edificios familiares o lugares en los que he estado en Madrid. Y cada vez que ocurre, me acuerdo de esa canción de Sabina: "(...) que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver", y se me hace un nudo en la garganta.
En la noche de San Juan, bajo un manto de estrellas borrosas por un cielo altamente contaminado, creí equivocar mi deseo cuando, sobre el tejado, sonó en la radio la canción que me hacía no querer echar nada de menos. Pero no hay deseos equivocados. Hay deseos inconvenientes, retorcidos, utópicos... pero no equivocados. Se supone que con fuerza de voluntad, prudencia y tiempo seguía los pasos correctos, y sin embargo, siento que camino sin rumbo.
En esta ciudad de proporciones perfectas me siento libre pero no lo soy, y únicamente trabajando a destajo consigo distraer el pensamiento recurrente del qué pasará. Y mientras espero el golpe de suerte que lo cambie todo, me sigo haciendo las mismas preguntas con la misma rabia, y sin una sola respuesta válida.
Un verano más, estoy con mi banda tocando en el Peñón de Salobreña, cantando canciones que creía que ya no podría cantar. Pero no sólo puedo sino que me sirven de desahogo. Por eso he incluido "So lonely", por eso he incluido "Ironic", y por eso no quito la de Aerosmith. Y aunque mi único medio de comunicación sea como tirar mensajes al mar en una botella, siempre queda la esperanza de que llegue a su destino, aunque yo no lo sepa.
Quizás mañana tenga a donde volver.
En la noche de San Juan, bajo un manto de estrellas borrosas por un cielo altamente contaminado, creí equivocar mi deseo cuando, sobre el tejado, sonó en la radio la canción que me hacía no querer echar nada de menos. Pero no hay deseos equivocados. Hay deseos inconvenientes, retorcidos, utópicos... pero no equivocados. Se supone que con fuerza de voluntad, prudencia y tiempo seguía los pasos correctos, y sin embargo, siento que camino sin rumbo.
En esta ciudad de proporciones perfectas me siento libre pero no lo soy, y únicamente trabajando a destajo consigo distraer el pensamiento recurrente del qué pasará. Y mientras espero el golpe de suerte que lo cambie todo, me sigo haciendo las mismas preguntas con la misma rabia, y sin una sola respuesta válida.
Un verano más, estoy con mi banda tocando en el Peñón de Salobreña, cantando canciones que creía que ya no podría cantar. Pero no sólo puedo sino que me sirven de desahogo. Por eso he incluido "So lonely", por eso he incluido "Ironic", y por eso no quito la de Aerosmith. Y aunque mi único medio de comunicación sea como tirar mensajes al mar en una botella, siempre queda la esperanza de que llegue a su destino, aunque yo no lo sepa.
Quizás mañana tenga a donde volver.
domingo, 10 de junio de 2018
432
Y
casi volando, llegó el día de las promesas rotas y de los deseos incumplidos.
Una de las cosas que nunca he sabido llevar bien es la decepción. Dicen que
nadie puede hacerte daño sin tu consentimiento, pero esa actitud no sirve si no
lo ves. De todos los errores que he podido cometer en este último año, sólo uno
se puede tachar de error garrafal. He tomado malas decisiones, me he equivocado
en muchas cosas y con algunas personas y he elegido caminos arriesgados. La
soledad me volvió excesivamente vulnerable y dependiente en muchos momentos, y
me agarré a lo que no debía, confiando en que supieran ver más allá, y pudieran
distinguir ese estado pasajero de lo que en realidad soy. No fue así. Y hasta
que el desprecio no se hizo palpable no pude resetear. Cuando permites que te ninguneen no reaccionas
hasta que ocurre de verdad. Pero reaccionar de manera coherente no te hace
sentir mejor, al menos no hasta que pasa cierto tiempo. Mi error garrafal fue
olvidarlo en un pequeño gesto una noche de borrachera descontrolada. Aún sigo
sin perdonarme del todo por aquello.
La
última vez que mi orgullo quedó dañado, la tortura duró menos porque apareció
de la nada la X que marcaba el tesoro en el mapa. Pero un tesoro que a lo lejos
relucía y que al abrirlo, resultó no ser de oro. Ahora no quiero salvavidas ni
relevos, aunque me lleve más tiempo del que ya ha pasado. Quizás, cuando todo
me dé igual, pueda alegrarme de muchas cosas pero hoy, todavía, me envuelve ese
halo de tristeza cuando me preguntan cómo estoy y respondo, con una sonrisa
forzada, que estoy bien. Y ese resentimiento que me guardo es el mismo que
proyecto hacia los implicados, y que se vuelve más difícil de llevar porque
empaña lo que hay detrás, que no es más que amor desordenado. Ni siquiera puedo
imaginar una manera satisfactoria de cerrar tan turbio capítulo, sin el debido
adiós y sin “darnos la mano”, pero tener la oportunidad de hacerlo era todo lo
que esperaba por mi cumpleaños.
Sin
embargo, y casi volando, llegó el día en que tenía que elegir un camino (otra
vez), y el destino me parecía tan aburrido en cualquier caso que me limité a
dejarme empujar por la inercia a donde quiera que me lleve. Y en esa inercia me
encuentro ahora, sabiendo que lo que viene es mejor, que lo que ocurra será
producto de lo que ya ha pasado y que ahora, sin pasado ni futuro, está esa
oportunidad que quería. Puede
que queden restos de añoranza por limpiar, pero con mis 432 meses recién
cumplidos, me siento renovada en muchos aspectos. Un año más vieja y, sin duda,
más sabia (aunque me limpie el culo con lo aprendido). Brindando, como quería,
con los amigos de verdad, y los que me quedan de Madrid. Agradecida de los que
te sacan una sonrisa con un simple mensajito y de los viejos amigos que regresan
sin rencores porque no hay orgullo si hay emoción. Deseando empezar el curso de
doblaje, los conciertos del verano, los títeres callejeros…
Y,
casi volando, llegó el día. Y, a pesar de lo que pesa, empieza a pesar menos y
a darme más igual.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)