domingo, 6 de octubre de 2019

¿Amigos?

Se define la amistad como el afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato. 
Vivimos en un tiempo en el que los conceptos están cambiando cada día. Le colgamos el cartel de "amigo" a cualquiera. Hay amigos de facebook, amigos que conoces de un rato, amigos con derecho a roce, amigos de los que no se ven, amigos de whatsapp... cualquiera es un amigo, y creo que a mí me pilla un poco en medio esta transición. Aunque nos empeñemos en definir con "amigo" todo tipo de relación con todo tipo de personas, la realidad es que no todo el mundo es un amigo, y usamos esa palabra para evitar poner otra etiqueta que matice qué clase de amistad tienes con alguien. Igual, al contrario de lo que algunos creen, sí que haría falta un libro de instrucciones que nos explique cómo mantener una amistad sana con según qué personas.
La amistad, entendida tal como la define la RAE, es la base de cualquier tipo de relación pero, a partir de ahí, se abre un amplio abanico de "formas de amistad". Están los amigos hermanos, los amigos del alma, los amigos de juergas, los amigos para todo, los amigos recurrentes, los amigos especiales, los amigos íntimos, los amigos que se enamoran, los amigos que se casan... la variedad está servida. Sin embargo, no siempre se dan estas amistades de la misma manera para los implicados. No siempre hay reciprocidad. A veces consideramos amigo especial a alguien que sólo te considera a ti como amiga de juergas, por poner un ejemplo, y ahí es donde la supuesta amistad hace aguas. Puede que en la teoría la palabra amigos, a secas, sea acertada pero, en la práctica, no siempre tiene que funcionar.
Yo este martes empiezo el curso en Madrid y tengo amigos/as a quienes puedo pedir alojamiento cada martes durante los dos meses que estaré yendo. Sin embargo, no puedo hacer lo mismo con otras personas que, en teoría, son amigos. Porque, aunque exista un afecto personal, no es para nada puro y mucho menos desinteresado. Y con el trato, no sólo no se ha fortalecido, sino que se quiebra cada vez más. Siendo así, puede que seamos amigos en teoría pero, definitivamente, no podemos serlo en la práctica, y ese tipo de amistad no aporta mucho.
Le colgamos el cartel de "amigo" a cualquiera, sí... pero yo no soy cualquiera. Y a veces, lo mejor es no hacer papelones y dejar la amistad metida entre dos signos de interrogación hasta que se pueda responder qué significa eso en realidad.


lunes, 30 de septiembre de 2019

Una mala idea

Después de un mes ajetreado y difícil, hoy por fin puedo echar el freno y asimilar con cierta tranquilidad todo lo vivido. Durante mis dos semanas en Madrid, experimenté lo mejor y lo peor que esta ciudad me venía ofreciendo desde que comencé a pisarla con regularidad. Algo más para añadir a la experiencia.
Salí de casa el lunes con la ilusión que siempre hace emprender un viaje cuyo destino anhelas, en buena compañía y sabiendo a lo que vas. Llené mi maleta con más ilusiones y esperanzas que ropa (y llevaba mucha ropa), y con esa inevitable alegría nos pusimos en Madrid. Descargamos el coche, pintamos la sala, colocamos la escenografía, conocimos a Juanjo y a Cristina, nos instalamos en su casa y, esa noche, cenamos trucha al horno. Estaba cansada pero feliz, y no tenía ninguna prisa por alterar ese estado, cosa que estaba segura que ocurriría la semana siguiente. El martes fue el día de estreno. Tras la reunión pertinente y el pase de compañeros, arrancamos nuestra primera semana en Microteatro Madrid. Actuar en este lugar me provocaba un montón de cosas a la vez; emoción, lo llaman. Esa primera semana pasó tranquila. Juan y yo fuimos a museos, exposiciones y conferencias gratuitas, vimos a nuestros amigos, salimos de cervezas y hasta presenciamos una actuación de Leo Bassi en la "Iglesia Patista de Lavapiés". La taquilla del micro nos sonreía y llevábamos una perfecta rutina de orden de comidas y horas de sueño para no llegar tarde y estar bien de energía.
La segunda semana fue más o menos igual. Lo que la diferenció de la primera fue el inevitable encuentro con el pasado. Todo lo ocurrido en esa semana fue la versión corta de la versión larga de una mala idea. Los mismos pasos, el mismo proceso y el mismo final, con la novedad de que esta vez hubo, al menos, una disculpa de por medio. La ilusión que tenía era directamente proporcional al miedo a que se destruyera en un segundo, y en esos momentos no podía siquiera pensar que ir con pies de plomo no es el camino deseado por nadie. Y yo cambié los pies por alas y me dejé llevar, con los ojos cerrados, al cuarto azul de mi desdicha. Cuando amaneció, reviví antiguos temores y decidí, dos días después, no volver a amanecer así. Puede que tomar esa decisión a las 3:30 de la mañana fuera una mala idea, pero la verdadera mala idea fue darle crédito a quien no lo tiene, abrir la puerta a una esperanza que creía haber encerrado bajo llave para siempre, o empeñarme en perseguir imposibles, invirtiendo lo más valioso que tengo en tóxicas quimeras inalcanzables. Lo que hice y lo que dije, aún con la voz rota y la vida entera chorreándome por las mejillas fue, pese a todo, la mejor idea que tuve en toda la semana. La verdadera mala idea fue llegar hasta ahí. Y dejando atrás el elocuente portazo, me vi de madrugada regresando a un sitio que no era el mío, tratando de reprimir todo lo que me afligía mientras sujetaba con fuerza la mochila entre mis brazos, y caminando más rápido de lo que me daban los pies. La decepción y la incertidumbre marcaron los últimos días del viaje, sentimientos que una desearía no tener nunca y menos aún cuando hay que trabajar y que tu trabajo consista en hacer reír a la gente. Y no sé cómo lo hice, pero lo hice, y supongo que tener al lado a Juan me ayudó bastante. Con él se hizo "fácil" olvidar y hasta dormir y comer (de esto último se encargó especialmente). Son esos detalles los que diferencian a la gente que te quiere de la que no te quiere en absoluto, y por fin lo entendí todo. Gracias a él guardé silencio, comí crêpes con chocolate y pasé mi última noche en Madrid cantando en un karaoke y emborrachándome de alcohol y risas. Porque hasta el último maldito momento, y sabiendo que no ocurriría, estuve esperando, como la que espera un milagro, que las disculpas no se quedaran en palabras y pasaran a ser actos, y que el primer acto empezara por estar allí cuando saliera del último pase de la última función del último puto día. Tanto lo deseaba que incluso alejándome de allí, volvía la cabeza a cada paso por si aparecía la silueta al final de la calle. No fue así. Y me di por vencida, y me desahogué a gusto y me bebí toda la cerveza que me entró en el cuerpo, en la mejor compañía que podía tener.
El viaje de vuelta se me hizo durillo. Al cansancio, la resaca y el regreso a un hogar incierto, con la sensación de dejar una vida en Madrid, se le sumaba la preocupación de cómo responder a una conversación pendiente. Porque si bien no era necesario decir nada, sentía que debía hacerlo por mí, por cerrar el capítulo y poder pasar la dichosa página final de un libro que ya me había leído. Pero seguía sin tener tiempo de pensar en eso. Al llegar a Granada nos esperaban en la emisora del LemonRock Radio para hacernos una entrevista sobre nuestra experiencia en Microteatro Madrid y, prácticamente, llegamos con la hora justa.
Entrevista Calderilla Teatro. LemonRock Radio
Una vez en casa, y tras darle mil vueltas a lo mismo sin encontrar las palabras suficientes, decidí aclarar un punto del tratado de paz y responder a él con la naturalidad que extrañamente me salió.
La semana de readaptación, con una forzada resignación de lo ocurrido, no fue fácil. Tuve ensayos, reuniones de trabajo, castings y dos bolos que afrontar. Todo junto en 6 días. Estaba tan acelerada que hasta recurrí a prácticas tan ajenas a mí que ni me reconocía. Pero necesitaba centrarme y hacer las cosas poco a poco. Después podría dedicarme a otra cosa, pero entonces no. Y con mucho esfuerzo y poco aire en los pulmones conseguí cumplir con todo, llegar al concierto con mi banda el sábado (y disfrutarlo plenamente) y cerrar la semana con el bolo del domingo en el Lemon. Y tras hacer los ajustes necesarios para no implosionar pude por fin relajarme, escuchar esa voz por última vez desde el sofá de mi balcón, y pulsar "eliminar" sin que me temblara la mano.
Supongo que cuando deseamos algo de verdad no dejamos de darle oportunidades y, por muchas que demos, siempre nos queda una más, y la única forma de dejar de intentarlo es dejar de desearlo. Así que hoy me levanté con la firme idea de "desdesear" lo deseado (cosa que debería resultar relativamente fácil teniendo, como tengo, motivos de sobra), y no avisar siquiera de mis intenciones,  porque eso sólo dejaría un hueco a la esperanza. Calzarte un zapato que no es de tu número, por más precioso que te parezca, es una mala idea. Te acabará haciendo daño, rozaduras, ampollas... y guardarlos en el armario para mirarlos de vez en cuando no va conmigo. El amor contemplativo se lo dejo a los adolescentes. Yo necesito un zapato bonito, de los que no duelen ni cuando vuelves borracha de madrugada haciendo eses y con el que pueda patearme el mundo entero. Mientras tanto, andaré descalza pisando charcos o enterrando los pies en la arena hasta que pase el tiempo suficiente para volver a tener "malas ideas".








sábado, 7 de septiembre de 2019

¿Repetimos?


Septiembre siempre me plantea muchos interrogantes. Por manido que suene, es la época en la que algunas cosas acaban y otras empiezan. Se acaba el verano, la desconexión, las vacaciones, y comienza todo lo demás. En mi caso, todo lo demás es trabajo, y gran parte de éste se me ha acumulado en el mismo mes. Tanto es así que he tenido que rechazar convocatorias de casting, cancelar algún bolo y posponer algún otro. Nunca sabes si estás eligiendo bien tus cartas. ¿Tendría que haber hecho esto en lugar de lo otro? ¿Me interesa más lo que he escogido que lo que he rechazado? ¿He abierto la puerta que me lleva a un lugar mejor, o estoy caminando por el mismo laberinto una y otra vez?
Una de las cosas que sí he decidido hacer me llevará a Madrid en un par de días. Y no sólo a Madrid,  al sitio justo de Madrid. A ese lugar inquietante de la calle de la amargura llamada Loreto y Chicote. "Christian Bale es un gilipollas" ha sido seleccionada en la II Edición Mínima de Microteatro Madrid, y durante dos semanas estaremos representándola de martes a domingo. Dos semanas enteras visitando a diario el lugar donde todo empezó y transitando su calle melancolía. Pero ahora sí puedo hacerlo. Ahora, que miro con otros ojos mi vida y que no hay venda que me ciegue ni cadena que me ate, ni sensación de soledad, ni añoranza. Espero poder decir lo mismo a mi regreso.
Últimamente, todo me está llevando de vuelta a Madrid. A parte del microteatro, una nueva agencia de representación se ha interesado en mí para incluirme en su cartera de publicidad, y otra agencia de ficción estará recibiendo material los próximos días (con un poco de suerte, puede que me acepten). Si me vuelvo de Madrid representada por dos agencias para dos campos de trabajo distintos, ya habrá valido la pena estar allí. Claro que actuar en Microteatro por Dinero es una satisfacción por sí sola y una espinita que me saco, independientemente de la recaudación final y de que exista la posibilidad de recaer en antiguos errores. En octubre, comienzo también un curso de interpretación ante la cámara que dirige Montxo Armendáriz, lo que me seguirá llevando allí una vez a la semana durante dos meses.
Es como si algún patrón se estuviera repitiendo: las obras escogidas, las agencias, Madrid llamando a la puerta y el pisito azul nuevamente habitado por su dueño. El muro que levanté en su momento sólo es traspasado por una señal de wifi, pero eso no quita que en algún momento se pueda venir abajo. Ya hice una visita al otro lado sin que eso supusiera daño alguno, pero me fío poco de mí misma como para asegurar que podría esquivar las flechas.
El mes lo acabo con un concierto de Beba & Los Rockafeller en Motril y otro microteatro en Granada. Todo lo demás (castings, entrevistas de trabajo, rodajes y tentaciones) está aún en el aire.






jueves, 11 de julio de 2019

Calor, pesadillas y poderes mentales

Julio y agosto son los dos meses más insufribles del año, por el calor, por la inactividad, por la pereza, aunque sus noches son las mejores para mí, sobre todo estando en casa sola (pa gente, la calle). No es frecuente, pero es lo que más aprecio. Hace tiempo que necesito estar sola. Me lo pide el cuerpo y, sobre todo, la mente. Y supongo que no tardaré mucho en dar ese paso, especialmente cuando me supere la multitud. Lo difícil será afrontar ese gasto con un trabajo intermitente y lo impredecible de mis ingresos. Y si sólo fuera eso...
Tras una temporada bastante próspera de curro, y sin nada inminente a la vista para los próximos días (semanas, quizá meses...), me doy a la lectura y al apreciado hábito de tocarme el coño a dos manos viendo series y pelis. El ajetreado ritmo de trabajo se ralentiza y por primera vez hasta lo agradezco. Claro que eso lo digo ahora que estoy recién salida del último bolo; en un par de días me estaré subiendo por las paredes deseando que me cierren fechas, inventando algo que hacer, y cargándome otra vez de responsabilidades y estrés. En realidad, es lo que me hace feliz. Pero, como digo, mientras tenga entretenimiento voy bien.
Por mi cumpleaños me autorregalé un libro al que le tenía ganas: "It" de Stephen King. Meses antes me había encontrado en mi biblioteca "La Tienda", y me atrapó de tal manera que me hice muy fan de este autor. En una peli, cuyo nombre no recuerdo aunque sí recuerdo que salía el prota de Harry Potter crecidito, elogiaban "It" como una de las mejores novelas del siglo XX, así que puestos a elegir otro libro suyo, me decanté por éste. Lo encontré a buen precio en una librería cercana a mi casa. Es maravilloso pero, desde que empecé con él, se me repiten pesadillas de payasos asesinos casi todas las noches. La última vez me desperté tan agitada (llorando, gritando y muerta de miedo) que me puse a buscar posibles "remedios" para las pesadillas. Entre todas las cosas que leí al respecto me pareció factible eso de no leer antes de dormir para no retener esas imágenes en mi mente justo antes de cerrar los ojos (otras cosas como comer ligero, no beber alcohol, y respetar un horario de sueño no van conmigo en absoluto). Si la idea de no leer antes de dormir es por la imagen que se me queda, pensé que podía seguir leyendo antes de dormir pero no quedarme dormida pensando en lo que acababa de leer, sino pensar en cosas bonitas. Pero para que funcione no pueden ser sólo cosas bonitas, sino también importantes; algo que signifique mucho para ti. Vengo haciéndolo durante dos noches y funciona. He aprendido a manejar mi mente. La imagen tiene que ser fuerte para que la cosa dé resultado, y aunque duela un poco, mi imagen recurrente está en Madrid. Consigo evitar las pesadillas de payasos asesinos, pero sueño con cosas del pasado que bonitas no son... o sí, pero no... En cualquier caso, mejor eso que los terrores nocturnos.
Esto del poder mental me pareció interesante. Me recordó muchos episodios de mi vida en los que realmente he sentido que tenía "poderes". Creo que la primera vez que lo sentí fue siendo bastante pequeña, con 5 ó 6 años. La casa de mis padres quedaba a la vuelta de la esquina de casa de mis abuelos, y mi tío Álvaro (sólo 4 años mayor que yo) solía venir a casa a jugar con mi hermano y conmigo. Los juegos se basaban principalmente en chincharnos unos a otros y mi tío, siendo el mayor, era por derecho el líder de la manada. Un día estábamos pasando el rato y él se compinchó con mi hermano para chincharme a mí, no recuerdo con qué excusa. Cuando se fue, yo reparé en unas fotos que mi madre tenía en la estantería. Eran dos marquitos pequeños, uno plateado y otro dorado, en los que entraban fotos de carnet. Estaban colocados uno junto al otro. El dorado tenía una foto de mi hermano, y el plateado una foto mía. Habían estado ahí siempre, pero yo me fijé ese día, y al hacerlo pensé: "Mi hermano es de oro y yo soy de plata", un pensamiento probablemente inducido por las tonterías de mi tío que ese día le dio por chincharme a mí. Al día siguiente, cuando mi tío volvió a casa, yo seguía siendo el blanco de sus burlas y me quedé atónita cuando uno de los argumentos que usó para chincharme fue: "Tus padres quieren más a Jorge que a ti, y si no mira esas fotos: tu hermano tiene un marco de oro y tú tienes un marco de plata. Segundonaaaaaaa". A mi tierna edad, ese comentario me hubiera ofendido si no fuera porque estaba demasiado absorta con lo que acababa de pasar. Yo "hice" que él dijera eso, lo hice con el poder de mi mente. Recuerdo vívamente aquel momento como si acabara de pasar. No me quejé, ni llamé a mi madre para que le regañara, ni me fui furiosa a mi habitación. Me quedé mirando las fotos y pensando que era una bruja o algo así, que tenía poderes, y que eso era super guay.
Desde esa primera vez, he tenido momentos parecidos a lo largo de mi vida, muchos, pero nunca he sabido para qué sirve, y sigo sin saberlo. Quizás para nada. Pero me sigue dejando atónita cada vez que ocurre. Además, nunca son grandes cosas, como prever un accidente de tráfico o algo así. Suele ocurrir con tonterías tales como que se me venga de pronto el nombre de un actor a la cabeza (un actor que ya no se ve y que he recordado sin ninguna razón) y que al día siguiente pongan una peli suya en la tele. Cosas de ese tipo.
Quizá fue más jevi lo que me pasó en el programa de la ruleta. Yo ya había resuelto esos paneles. No era consciente durante el transcurso del programa, pero cuando los resolvía, los conocía (incluyendo el panel final). Yo ya había estado allí, o al menos, esa era mi sensación. Reminiscencias de otra vida, quizás (si es que eso existe). En fin, sea lo que sea, me flipa mucho. Supongo que es algo que todos tenemos "ahí", pero que no todo el mundo es consciente o simplemente no lo desarrolla. Quizá tenga algo que ver con eso de "la ley de la atracción", aunque se supone que eso es algo que haces de forma consciente, y lo mío ocurre de manera inconsciente.
En definitiva, por más que no pueda entenderlo, creo que la mente tiene más poder del que creemos, y quizás podamos manipularla (en mi caso, lo de evitar las pesadillas parece que funciona). Según el mito, sólo usamos el 10% de nuestro cerebro. Me parece un desperdicio imperdonable.


domingo, 2 de junio de 2019

Cinco sentidos y alguno más


Con la bombillita roja de la precaución encendida y una indescriptible necesidad de aplacar mis instintos, me metí en las entrañas de la ciudad. Una mezcla de ilusión y miedo me acompañaba, pero accedí a satisfacer semejante antojo, pues pensé que después de tanto tiempo, sería capaz de hacerlo sin salir mal parada y, de ser así, la fuerza de la costumbre amortiguaría el golpe.
No hubo un sobresalto, no se me aceleró el pulso, ni se me cortó la respiración. Parecía no haber peligro. Sin embargo, al otro lado de mi ventana, nueve pisos más abajo, quedaría impresa una huella conjunta. La memoria me hizo el favor de recordarme lo justo tras dos noches de recordarlo todo; el olor penetrante que creía haber olvidado, la aspereza del tacto, una fiesta de sabores para mis papilas gustativas, una imagen plana y borrosa convertida en tres dimensiones y a full HD, el timbre sin filtros colándose por mis oídos. Los cinco sentidos al servicio de un nuevo recuerdo aderezado con sentido del humor. Pero un sexto sentido despertó mi sentido común y levantó la barrera que separa un momento de una vida, y todo acabó ahí. Sólo me asusté cuando un extraño sentimiento se apoderó de mí al contemplar desde lejos la imagen solitaria del alma que se esconde en un cuerpo cualquiera. Ternura. Sin necesidad, sin reproche. Ternura sin más. Y vi claro el por qué de todo. Y entendí mejor eso de que cuando una flor te gusta, la arrancas, pero cuando la quieres de verdad la cuidas y la riegas y no esperas nada por su parte.
Necesité un par de días para poner todo eso en orden, y ahora que vuelve la estabilidad sólo puedo esperar que el curso de las cosas fluya tranquilo y no haga daño, aunque a veces escueza un poco…


jueves, 23 de mayo de 2019

Ni sal, ni limón


Mayo ha venido cargado de trabajo, y durante el fin de semana pasado se acumuló gran parte del mismo. El viernes pusimos “Sexo, glamour y jugos gástricos” en el Flow Bar. Actuar en Motril para mí es especialmente satisfactorio porque la tierra tira de alguna manera, y a este garito le tenía ganas. Había un gran riesgo de pinchar con el tema de la asistencia de público, y eso se hubiera cargado todo mi plan de fondo, pero afortunadamente anduvo muy bien. Más peña que no conocía que conocidos (que eso siempre es buena señal) pero entre los conocidos, tengo que destacar la presencia de alguien a quien quiero mucho y llevaba años sin ver. Eso me alegró la noche, y todo lo demás rodó por sí solo.Como era mi compañero quien conducía, yo me puse fina a tequilas al terminar, sobre todo porque hay cosas que sólo se pueden decir en cierto estado de deformación. Y aunque yo soy más de decir las cosas al revés y jugar al despiste, me quedé satisfecha con el resultado de la partida (de momento).
A eso de las 2 de la mañana emprendimos el viaje de regreso a Granada, pero no llegaríamos hasta las 5. En la salida de Motril nos paró la guardia civil para hacernos un control de alcoholemia. Mi compañero, por supuesto, dio negativo y entonces le pidieron hacer un control de drogas. Resulta que hay drogas que se quedan en el organismo durante días, y él había consumido la noche anterior (muy poco, pero suficiente para dar positivo). Pese a no estar bajo los efectos de la misma, “la ley” penaliza el consumo, así que mandaron los resultados al laboratorio para analizar la cantidad y, en el caso de ser inferior a 25 nanogramos, se libraría de la multa. Eso lo sabremos en un par de meses. Pero en esos momentos, “por ley”, no podían dejarlo conducir y la única forma de irnos es que condujera otra persona. Me preguntaron si yo tenía carnet y les dije que sí, pero que yo sí había bebido y, además, les comenté que llevaba años sin conducir y no estoy muy suelta con el coche. Me hicieron la prueba igualmente y, claro, dio positivísima. No sé si fue porque les caímos bien o qué… pero para no dejarnos allí tirados nos dijeron que, si queríamos irnos, tendría que conducir yo, que no se me veía afectada por el alcohol (normal, se me pasó hasta el pelotazo con toda esta movida) y que yendo despacito no pasaría nada. Absolutamente surrealista. Prefieren que conduzca yo, borracha y sin experiencia, en vez de mi compañero que va sobrio y en perfectas condiciones. Para flipar. Pero aquí no acaba todo. Cuando voy a arrancar, resulta que nos hemos quedado sin batería en el coche. Los guardia civiles empujando y aquello que no arrancaba. Llamaron a la grúa, que tardó casi una hora en llegar, y entre tanto, un amigo que nos acompañaba en el asiento de atrás y que iba más borracho que cualquiera, empezó a cagarse en todo, farfullando insultos en inglés y gritando a las autoridades (no estamos presos porque ya teníamos bastante). Cuando conseguimos que se callara y se metiera en el coche, no sin antes pelearnos con él por gilipollas, llegó la grúa, nos puso las pinzas y pudimos irnos por fin. Ahora había que ponerse en Granada… Menos mal que no había ni dios por la carretera y llegamos rápido y bien. Y menos mal que no nos encontramos otro control, porque a saber qué hubiera pasado si nos paran y me hacen soplar otra vez… ¿se hace responsable la guardia civil de Motril? ¿Nos chupamos otra posible multa por conducir bebida? En fin, muy loco todo…
Al día siguiente, sin apenas haber digerido la experiencia, nos fuimos al Apeadero para presentar a concurso nuestro microteatro “Christian Bale es un gilipollas”. No me voy a detener mucho en esta parte, pero también fue muy surrealista. Quedarnos fuera es algo con lo que siempre se cuenta pero, siendo objetivos, la que pasó no fue la mejor de las tres obras, y el amiguismo no es ético en un concurso. Como no lo es que se presente gente de la propia organización o que pretendan cobrarnos entrada a los que participamos en el festival para ir de público a ver a los compañeros. Estaba todo desvirtuado.  
El domingo, por fin, cerramos un intenso fin de semana con “¡Hoy dan una de piratas en la calle!”, nuestro espectáculo para peques que hicimos con otro miembro de nuestra compañía en una comunión en Riofrío, donde conseguimos, además, posibilidad de bolos para el futuro.
Es difícil explicar cómo funciona la mente para ordenar y dar sentido a todo lo vivido y que, aparentemente, se queda en algo anecdótico, pero mi cabecica ha entendido cosas que han supuesto un aprendizaje a muchos niveles. El éxito, el fracaso, la valentía, la determinación… todo es actitud. La autocrítica me ha hecho valorar aún más lo que tengo y me siento sobradísima ante las consideraciones ajenas, o las posturas elegidas por estrategia. La vida es como el tequila. A veces la aderezamos un poco, y otras es mejor tomársela a palo seco, sin sal ni limón.

miércoles, 1 de mayo de 2019

Vértigo

Todos tenemos un sueño que se nos repite, que aparece de forma regular. El mío es caer al vacío. A veces soy yo la que cae, y otras veces es otra persona la que lo hace, pero yo siento el vértigo igualmente. De un tiempo a esta parte, ese sueño viene surgiendo de forma habitual cada noche. Yo no sé interpretar los sueños pero sí podría darle muchas lecturas a lo que es el vértigo y, en mi caso, es fácil adivinar lo que significa. 
Cuando el presente está cojo y el futuro lo vislumbras sin pata alguna de la que cojear, el miedo se te mete dentro y te paraliza. Nuestras vidas son una sucesión de aciertos y fracasos, y cuando te señala para que decidas estás escribiendo tu historia, y eso no es algo que se tome a la ligera. No soy buena tomando decisiones. No soy buena en casi nada que sea importante. Habré fracasado haga lo que haga, y habrá dolor y lágrimas en cualquier camino que decida coger. Quizá por eso, tomo el atajo de la "comodidad", aunque eso signifique hacerme reproches continuos y seguir en pie de guerra con mi propio mundo. 
También es vértigo que queden 25 días para ese día 25 (un número que en el pasado ya marcó dos veces la tragedia). Y si ese día se presenta como lo imagino, se darán la mano el éxito y el fracaso, la alegría y la tristeza, las dos incógnitas por despejar. O puede que ese día pase sin más y que yo no esté ahí.
Me da vértigo mi propio instinto, pasarme de rosca y que nadie esté ahí para recogerme, la tentación, la vergüenza y el día después; mi propia vulnerabilidad. Y que todo sea para nada. Y que nada signifique todo. Y la memoria. 
A veces creo que esto ya lo he visto, que estoy de vuelta, que sé cómo acaba la película. Y esto de saber tanto y no saber para qué...   
                                                    ...
                                                        ...
                                                             ...
                                                                  ... es lo que más vértigo me da.