jueves, 18 de octubre de 2018

En estado de reconstrucción

Haber caído en esa necesidad pasada de rosca, a causa de una serie de desafortunadas circunstancias, me ha hecho darme guantazos a mano abierta durante mucho tiempo (¡con lo que yo soy!). Siempre he detestado la obsesión malsana de los demás por recibir lo que ellos consideran por derecho, y he huido por patas en cuanto me he topado con gente así. Que me haya ocurrido a mí aunque sea de puertas a dentro me da, cuando menos, asco. Llegué a sentir tanta rabia que, todavía hoy, me lo reprocho. Pero lo cierto es que tal acontecimiento me abrió un mundo hasta entonces inexplorado, y tras descubrirlo entendí que cada uno tiene su sitio y debe defender los límites de su espacio. Y yo, mientras reconstruyo el mío, voy dibujando planes de futuro a medio y largo plazo.
A la espera de respuesta para acceder a un seminario de interpretación en el Estudio Corazza después de navidad, con dos casting para proyectos audiovisuales en Madrid y Sevilla respectivamente, y en la búsqueda de nueva agencia de representación, voy echando los días tratando de inventar algún proyecto para seguir activa y juntar dinero mientras estoy en Granada. Dado que la motivación para el teatro de títeres viene baja a nivel grupal, he estado buscando otras opciones de trabajo. Ya tenemos nuevo guitarrista para los Rockafeller así que voy a intentar meternos en el circuito de Diputación y buscar fechas para bolos. Y por otro lado, puede que monte un microteatro para diciembre que, si se da, me lo llevaré después a Madrid. De momento son todo ideas y aspiraciones, pero espero que algo se materialice. Claro que si consigo plaza en la escuela, tendré que volver a buscar piso en Madrid, y me entran ganas de hacerme el harakiri sólo con imaginarme de nuevo dando vueltas para encontrar algo decente y barato. Porque en Madrid, o es decente o es barato, ambas cosas es complicado.
Haré acopio de paciencia y aprovecharé, mientras pueda, mi cálido hogar granadino, que es cálido a pesar de que hoy ya se ha cubierto la sierra de nieve y empieza a hacer frío de verdad. Y me alegra sobremanera que este mes de octubre me pille en casa con mi nuevo perro, que lo adoro aunque esté más loco que veintitrés cabras y me tenga sodomizado al gato, y con mi pajarillo canturreando por las mañanas. Algo que se aprende a valorar más cuando lo has tenido tan lejos.

miércoles, 10 de octubre de 2018

Sin perdón

Me moví en la oscuridad dando palos de ciego. Estuve en el sur. Luego me fui al sur del sur y del sur, al norte. Cambié paredes y camas, paisajes y climas. Vi el sol reflejado en el mar y la niebla entre los árboles. Olí la humedad y la madera, y admiré el cielo azulísimo y todo un manto de estrellas. Sobrepasé las nubes subida en una montaña, y regresé al centro del mundo. Me arrastré como pude,  y con los recursos que tenía, para intentar borrar mis huellas del camino equivocado. Y después de tantas vueltas, decidí parar. Y parada me di cuenta de que algo seguía pinchando en alguna parte; no era mi perdón el perdón que me faltaba, y es deshonesto reaccionar con indiferencia. Si en lugar de preguntarme "por qué" me pregunto "para qué", puede que alcance un grado más alto, pero sería de una resignación impropia de mí. Aunque si le critico a todo el mundo que el "así soy yo" es de un cinismo ridículo que nada aporta a uno mismo, quizás el cambio no esté tan mal venido. Sólo existe una forma de comprobar mi teoría. Pero lloverá mucho hasta que pueda llevarla a cabo, así que aprovecharé los chaparrones para reconstruir murallas cuidando, mientras tanto, que no se moje la pólvora.
Este fatídico mes me devuelve al túnel de aquella madriguera de colores, al vino picado, al Sabina más herido y al gris desconchado del metro de Delicias sentido Moncloa. Y mi mente puñetera se empeña en ir de visita a donde no debe. Intento regañarle pero le gusta dejarse llevar por lo idílico, y se acomoda en el sofá equivocado y ahí se pierde un rato. Y yo, entre tanto, buscando la escuela, la agencia, el casting que me haga iniciar otro capítulo, y perder el miedo a la primera vez, y cambiar la imagen en sepia de la puerta del baño con el cable, por algo más real que un mero deseo que no valía la pena desear. Y menos sin perdón. 


lunes, 24 de septiembre de 2018

Una experiencia diferente

Me fui a Madrid un día antes. No quería arriesgarme a que el autobús se retrasara, pillara atasco, pinchara a mitad de camino o cualquier otra eventualidad. Había reservado dos noches en un hostal cerca de Sol porque prefería estar sola y concentrada para organizarme y, además, me apetecía ir un poco a mi bola. Llegué a la habitación sobre las 15:30h, vi un poco de tele y me quedé frita. Luego me vestí y salí a dar una vuelta por el centro. Para variar, me perdí por esas calles de dios, y para cuando localicé la del Arenal ya era casi la hora de cenar. Como tenía mucha hambre y poco dinero me metí en un Burger King, y sobre las 22:30h ya estaba de vuelta en el hostal. No me apetecía mucho estar fuera. Me había invadido un ligero sentimiento de soledad y tristeza al transitar ciertas zonas, y recuerdos de otra vida vinieron a mi mente como diapositivas en blanco y negro. No podía luchar contra eso, así que lo dejé salir, y mientras tanto preparé todo lo que necesitaría para el día siguiente. Quería dormir pronto pero me dieron casi las 2:00h viendo una peli regulera en la tele que, al menos, me ayudó a tener las manos quietas.
Por la mañana desperté temprano y con los nervios propios de un día importante. Me duché, me lavé el pelo y preparé la ropa. Quedé a medio día con una amiga que, finalmente, no pudo quedar y me vino de perlas para ir tranquila y sin prisas hasta Atocha. A penas pude comer antes; no me entraba nada. Tomé sólo una cerveza con la tapa más cara del mundo y me puse en la estación una hora antes. Lo hice sabiendo que, con mi nulo sentido de la orientación, iba a necesitar un rato para ubicar el buzón amarillo donde me recogerían. A las 17:15h en punto se me acercó un señor de traje que me preguntó mi nombre y me subió a un coche para llevarme a los estudios. Como había un ratito de camino, nos dio tiempo a hablar de mil cosas y conocernos. Tipo cojonudo, Carlos.
A las 18:00h ya andaba yo por el edificio, peleándome con la tarjeta de visita para cruzar el molinillo hasta la sala de espera. Él estaba en los camerinos comiendo medias noches de jamón, y con los nervios que manejaba a penas reparé en su presencia. Antes de que empezara todo (ya vestida, peinada y maquillada como una puerta) me guiñó un ojo desde arriba al tiempo que hacía un gesto de “tú, tranqui”. 
La hora entera pasó como un suspiro y todo acabó antes de que pudiera darme cuenta (y hasta aquí puedo leer).
Como en una nube por la experiencia vivida, salí del edificio buscando la oportunidad de hablar con él en la puerta, donde ya estaba Carlos esperándome con el coche. Alguien me dijo “tú aguanta un poquito, que no ha salido todavía”, pero no quería hacer esperar a Carlos, así que le dije que gracias pero que me tenía que ir. Y justo antes de subir al coche, me dijo “mira, ahí viene”. Miré a Carlos buscando complicidad y me sonrió en plan “venga, que te espero”. Salió solo, y todos los demás, salvo Carlos que seguía al lado del coche, ya se habían ido. Me acerqué a darle dos besos y le dije que me había quedado con las ganas de cantar un tema con él, y me dijo “coño, tía, habérmelo dicho y hubiésemos preparado algo”, a lo que yo contesté que estaba demasiado nerviosa para tomar esa iniciativa pero que si alguna vez coincidíamos de nuevo, quedaba pendiente. Después de un ratito de charla considerable, se despidió con un guiño y un “nos vemos en los bares” y se fue. Subí al coche disculpándome por el retraso, pero Carlos sonreía todo el tiempo. Tenía que llevarme a Atocha, pero me dijo que como yo era su último viaje y ya terminaba, que me llevaba donde yo quisiera. Le dije que estaba parando en Sol y me dejó en la misma plaza. Antes de despedirse de mí, me dijo que ojalá volvamos a vernos porque él es el chófer de casi todos los actores de series de la tele, y si alguna vez me tiene que volver a recoger, sería buena señal.
¡Qué distinta se veía la plaza ahora! Nada que ver con ese sitio triste del día anterior. Había luz, mucha luz, y a diferencia de otras veces, ahora la luz provenía de mí. Hice un par de llamadas obligatorias antes de subir a la habitación a soltar lastre y volver a salir porque había quedado para cenar. Mi amigo Jose me esperaba en el Viña P, y ya estaba allí cuando llegué. La última vez que lo vi fue exactamente en ese mismo restaurante el pasado 17 de marzo, y recuerdo que era ese día porque fue el día en que toqué fondo (entonces yo era una sombra de mí misma). Se alegró al verme tan… renovada. Fue una buena noche. Cenamos de lujo, la dueña se sentó con nosotros y nos invitó a una copa y acabamos en un bar de los que me gustan echando la penúltima antes de regresar al hostal. Entre el alcohol y el cansancio acumulado de un día movidito, dormí como un bebé. Pero ni todo el entusiasmo de vivir una experiencia, digamos, diferente, impidió que mi último pensamiento estuviera tan lejos de Madrid.
A la mañana siguiente regresé a Granada con una herida menos y la semilla de un posible proyecto de futuro. 

lunes, 10 de septiembre de 2018

Micromelancolía

Entrando en la primera curva de mi calendario, y tras varios meses de desapego y reflexión hacia una causa perdida, vuelvo a toparme con la misma incertidumbre por la ciudad que me dio la mano para luego retorcerme el brazo. Invitándome a probar suerte (un poco más sola que antes) y amenazando, a la vez, con el recuerdo de sus calles prohibidas que inevitablemente transitaré, esta vez he preferido rechazar cualquier compañía, y quedarme en un hostal del centro.
En otras circunstancias buscaría la forma de dar vida a aquella imagen en la que esperaba sentada en la plaza, junto a una boca de metro, con zapatos negros, bolso mallorquín y chaqueta vaquera; con el pelo suelto y los ojos como faros encendidos buscando entre la multitud la cabeza que sobresale del resto. Pero las circunstancias reales que me rodean me impiden incluso pensar en ello. 
Alguien me enseñó una vez a ser prudente, tener paciencia y no necesitar nada. Y esta especie de Siddhartha moderno tenía razón. Y aunque la imprudencia, la impaciencia y la necesidad me han llevado a lugares que otros matarían por conocer, tendría que elegir más concienzudamente el objetivo con el que sí se puede (y se debe) perder la cabeza. Nada me gustaría más que reescribir la historia pero, en esta ocasión, lo más razonable es amarrarme las manos y no pensar en ello.
Mis dos noches en Madrid no darán para mucho más de lo que voy a hacer allí. Pasaré a ver el microteatro de una amiga, aunque me escueza el alma cuando pise su calle melancolía, y me centraré en la parte lúdica de este viaje sin esperar mucho más que vivir una experiencia curiosa y quizás, con un poco de suerte, llevarme alguna alegría en metálico. 


viernes, 31 de agosto de 2018

Fusiles por escopetas

Hace unas cuantas noches pisé La Tertulia por primera vez desde que muriera Miguel (sin contar aquel microteatro del pasado octubre al que fui únicamente en calidad de actriz y no como una parroquiana más). No había mucha gente pero estaba Tato, al que llevaba más de un año sin ver. Me enseñó su nueva oficina, aún por decorar, me dio los carteles grandes de tango que Miguel me había guardado y nos quedamos charlando un buen rato en el bar. Se me hacía raro estar allí sin "los de siempre" pero fue un placer entablar conversación con una persona tan lúcida como él. Yo, más que hablar, lo escuchaba. Siempre tiene buen discurso. Le conté por encimilla mi aventura madrileña, y lo difícil que es lidiar con todos los obstáculos que se encuentra una en el camino, y él me contó una historia propia que acababa diciendo: cambia la escopeta por el fusil. La escopeta requiere una bala por víctima, y eso cansa. El fusil se carga a muchos de un solo disparo. Me sugirió una idea interesante, en la cual estoy trabajando ahora, pero más allá de lo profesional, me pareció una metáfora muy válida para otros ámbitos de la vida.

La otra noche también me reencontré con un viejo amigo de esos que nunca ves pero con los que creas lazos invisibles. Tengo amigos así. Amigos que están en la sombra, que no reaccionan pero siguen tus pasos, que están en silencio pero están más que otros. Amigos que estando lejos te tienen cerca. Amigos en serio, y amigos en serie. Y amigos que tardan en darse cuenta de quiénes son sus verdaderos amigos.
Este viejo amigo me pasó hace ya años un monólogo dramático sobre la violencia de género que nunca llegamos a montar. Ahora me ha propuesto retomarlo y presentarlo dentro del marco de "Abril para Vivir". No sé si cuajará finalmente, pero con la idea del fusil revoloteando en mi cabeza me volví a casa, y días después, esa idea derivó en algo más, y ahora estoy que no paro.
Una imperiosa necesidad de hacer cosas se ha apoderado de mí. Los tiempos muertos de ocio infinito viendo series y películas desde el sofá, sentada frente al ordenador o simplemente tumbada en mi balcón mirando el cielo, se agotaron. Y de pronto, es como si algo me exigiera estar en constante movimiento, no parar quieta, hacer mil cosas a la vez: leo mientras cocino, hago crucigramas desayunando, escribo mientras saco al perro, ensayo mientras limpio la casa... y cada vez que paro, mi imaginación se va por donde no debe y me obligo a seguir. Estoy inquieta. Mucho. Quizás porque ya se acaba el verano y no sé qué hacer con mi vida. Quizás porque necesito entender esta lotería de que pasaría si..., y ya no me atrevo a jugar. Quizás por contener las ganas de cruzar el país y "perderme". Quizás por todo a la vez.

Sin mirar demasiado al futuro y sin mirar en absoluto al pasado, intento centrarme en terminar los bolos pendientes y hacer los "arreglos" pertinentes antes del 12 de septiembre, fecha que podría lanzar un poco de luz a mi vida si la suerte se pone de mi parte aunque sea por una hora. Puede que sea entonces cuando empiece a engrasar mi fusil.

martes, 14 de agosto de 2018

The I.P. story


Una vez viví entre dos palacios. Uno era de hielo, el otro era la Alhambra. Me acurruqué sobre un cálido y destartalado colchón a la penumbra de una vela. Hacía frío pero yo tenía calor. Sonaban acordes tranquilos, olía a madera y a carbón y los sabores de especias se confundían en mi boca. La lengua y el lenguaje fluían, y las manos, y el sudor. Era invierno, un próspero invierno. Mi rostro adornaba una mesa y varias calles y no había confianza suficiente para el dolor. Estábamos de estreno. Dos lunas colgaban a derecha e izquierda, una bufanda negra guardaba mi olor. Había elefantes y tortugas, tulipanes y girasoles, y una abeja revoloteando en el tejado. Hubo también lágrimas, lágrimas de alegría y lágrimas de decepción. De repente la poesía, el tango, el rock'n'roll, fade into you, anything goes, las clases de cine, el teatro, la improvisación. Se abrieron otros bares, y alguno se cerró. Cuando el sol se dejó ver se estaba bien cerca del río, un río imaginario que refrescaba las noches. En aquel barrio oscuro, la luna brillaba y brillaban los ojos. Y en aquel entonces las conversaciones eran divertidas. Se entendían los mensajes. Comunicación, comunicación sin razón, comunicación porque sí. El orgullo no cabía, solo había necesidad. 
Una vez estuve viva en un sueño congelado, con M&M's, una foto en blanco y negro, agua con manzana, música clásica en la radio, leña del bosque, mi vestido blanco caminando entre los muertos del cementerio, un taxi frente a la estrella. Llegó una melodía parisina, y más tarde un aire de flores ya marchitas por el tiempo... pero no era yo, y me escapé por la ventana. Porque hubo un tiempo para olvidar el pasado, que pronto se convirtió en un futuro que olvidar. Las llaves de ese palacio las tengo todavía, pero la suerte se fue desmontando y se descolgó del todo cuando el orgullo absurdo comenzó a tomar parte en este juego inventado. Quedan atrás muchas cosas, y ese capítulo primero del cuento, aunque atrás, sigue presente pero está llegando a su final.

jueves, 9 de agosto de 2018

"Crisistunidad"


Si algo me hace alejarme de la realidad es, paradójicamente, poder escribir sobre ella. O, mejor dicho, reescribirla a mi manera. Cuando la vida se presenta frívola o carente de emoción, que es lo cotidiano, un fogonazo de extraño romanticismo es como un oasis en el que me gusta regodearme, y es desde ahí que me animo a escribir. Relatar un hecho sin más, no me supone nada; ahondar en él para que lo que es, no sólo sea sino signifique, es lo que me hace elevar los pies del suelo y encontrarle sentido a las cosas.
No he tenido ni tiempo ni capacidad de reacción para entender cómo me sentía después de que resurgiera de las cenizas algo importante que ya apenas era un leve recuerdo difuminado por el tiempo. Un tiempo infinito que parecía no tener prisa por llegar a ningún lado, y que se negaba a darme alguna pista que justificara su lentitud. Acabé por resignarme, encontré otros consuelos y guardé todo lo que quería olvidar en algún rincón de mi memoria, pero sin ignorar que estaba allí. Y resulta que era cierto y que el tiempo tenía razón, porque ahora puedo regresar a ese rincón y ver que lo que guardé como un tesoro al que me negaba a renunciar, estaba tan lleno de polvo que apenas se distinguía su valor. Se llama perspectiva, y eso… sí, lo da el tiempo.
Temía y ansiaba a partes iguales que llegara ese día, y cuando llegó, ni el temor ni el ansia se manifestaron. Todo estaba bien así. Reaccioné  con extraña alegría, no me salió ser distante, o arisca. Olvidé el posible rastro de resentimiento que creía conservar, y luego entendí que eso significaba mucho más de lo que parecía. Y aunque la cosa no pase de ahí (o sí… transcurran otros 5 meses, o tres semanas más) me alegra saber dónde estoy, me alegra saber dónde estamos, y me alegra poder alegrarme por ello. Me costó un calvario soltar las armas y rendirme, pero ahora sé cómo funciona la vida y lo espero todo de ella, esta vez, sin resistencia alguna. Poder “soñar” sin torturarme es lo que me han devuelto a cambio, sólo que ahora los límites sé ponérmelos yo misma. Ojalá esta oportunidad, con la que ya casi no contaba, sea el nuevo principio de algo mejor.

(“No querría perderte…”)