domingo, 31 de diciembre de 2017

Maneras de cerrar una puerta

De un portazo
Despacio y sin hacer ruido
Echando la llave y dejándola puesta
Echando la llave y tragándotela
Poniéndole tres candados al cerrojo
...

Hay muchas maneras de cerrar una puerta, pero ninguna sirve si te quedas esperando a que vengan a abrirla desde el otro lado (o a que la derrumben, si hace falta). Y para cerrar puertas hay que haberlas abierto antes. Abrir puertas es descubrir cosas, y como seres curiosos, nos gusta saber qué se esconde al otro lado. Cuando no nos gusta lo que vemos, cerramos la puerta y seguimos. La teoría es así de simple. Pero ¿qué pasa si lo que vemos nos gusta pero nos da miedo? ¿Qué pasa si nos resulta tentador pero no nos conviene? ¿Qué pasa con los "peros"?

He comenzado el invierno resfriándome y con el otoño de mierda que dejo atrás, es todo un logro que no me haya enfermado antes. Después de una semana de encerramiento forzoso, el virus ha desaparecido pero yo sigo sintiéndome decaída. Es otro tipo de virus que me contagiaron en su momento, y no se ha inventado un Frenadol para eso. Tampoco ayuda estar en estas "fechas señaladas", en las que parece que hay que ser feliz por cojones y celebrarlo todo. Mi cabeza soñadora se había imaginado mil maneras bonitas de pasar la navidad y la realidad no se parece a ninguna de ellas. 
Hoy es el último día del año y la gente hace su lista de propósitos, su lista de puertas por abrir. Yo, en cambio, tengo una lista de puertas por cerrar, y la empecé antes de venirme a Granada, porque para mí el año terminó el 22 de diciembre, y con él, algunas cosas más. No espero que el 2018 esté lleno de alegrías. Me conformo, de momento, con que no esté lleno de penas. Me conformo con que se lleve el desamparo. El jodido desamparo que en sí mismo encierra todo lo malo y, como una mala resaca de vino, se te pega a la nuca y te señala culpable. Para empezar, necesitaría encontrar un trabajo que no sea demasiado deprimente y me genere las ganancias suficientes para seguir en Madrid, lo que además me permitiría centrarme en algo que no sean mis propios pensamientos. Tantas cosas han estado rondando por mi cabeza los últimos meses que me he agotado. Me he agotado de pensar y que no sirva de nada. Cada decisión que he tomado ha abierto otros caminos en los que hay que seguir decidiendo cuál escoger, y me he cansado de eso. Tengo la impresión de estar en un laberinto haga lo que haga, así que mejor me quedo quieta y dejo de buscar. Quizá si me paro me encuentren a mí. 


Creo que Woody Allen tiene razón: las relaciones humanas son incomprensibles, y locas y absurdas pero las mantenemos porque necesitamos los huevos. Las personas somos inconformistas por naturaleza (unas más que otras), nunca estamos del todo contentas, siempre queremos más, o mejor, o más grande, o más bonito, o más auténtico. Supeditamos "los huevos" a nuestras propias expectativas y si no están a la altura, cambiamos de gallina y ponemos tierra por medio con amigos, familiares, parejas... De nada sirve buscar culpables, porque no los hay. El pez grande se come al pez pequeño, pero el pez pequeño se esconde mejor. Y yo, ahora mismo, no soy un pez grande pero soy una habilidosa pezqueñina, y si no me han comido ya, hay un rayo de esperanza. 
Da igual cómo cerremos la puerta. Lo único que importa es que después de hacerlo sigamos caminando sin mirar atrás. 

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Madricidio

Hace un par de semanas, la soledad y el deseo unieron fuerzas y me tendieron una trampa típica de sábado noche mezclada con alcohol. Y como si no fuera consciente de mis actos, e ignorando la realidad, me vi a las doce de la noche buscando el oso y el madroño entre la multitud. Sol en la oscuridad, aunque sólo durase un rato. Con el día de frente y la gente feliz alrededor, regresé vencida a casa, y lo único que me impidió coger un autobús fue el compromiso que tenía al día siguiente.

Mi amigo Álvaro tenía dos invitaciones para asistir a la gala de los premios "Actúa" que organizaba  AISGE en el Teatro Apolo, y me invitó a acompañarlo. Era uno de esos actos en los que la gente del artisteo se junta, se conocen, crean vínculos y se visten de guapos. Ojalá tuviera una gala por semana, porque sí que se conoce gente del mundillo y soy de las que piensan que las mejores oportunidades surgen en los actos sociales con una copa de por medio. Además, ponerse de guapa, mola. Y la bebida gratis y los canapés, también. Esa misma noche, mi pasado volvió a dar señales de vida y por un momento se me ocurrió la estúpida idea de dejar la puerta abierta. Quise cerrarla dos días después, pero la necesidad de contacto humano, la risa y este corazón cansado de llorar me empujó a callar lo que duele y me regaló otra rosa nocturna con espinas.

"No te alejes tanto". Esa frase se me repetía en la cabeza una y otra vez mientras volvía a Granada. Y ahora aquí, en esta oportuna soledad de una semana, sin ruido, sin tentaciones, arropada y tranquila, sigo dándole vueltas a esa frase. Con el quiero y no puedo, con el puedo y no debo, trato de encontrar la claridad para saber qué hacer. Sólo una vez en mi vida me vi tan perdida, parada en medio de un cruce de caminos sin saber cuál tomar. Pero aquella vez fue más fácil vislumbrar el rumbo porque sólo tenía que preocuparme de eso; todo alrededor estaba tranquilo. Ahora no. Ahora, las decisiones que tome se llevan consigo un montón de cosas, y no sé a qué renunciar. Sé que todo esto pasa porque la mente y el corazón no se ponen de acuerdo, y hay días que me levanto más cerebral y lo tengo claro, pero al día siguiente toman partido las emociones y la lógica se va a la mierda, y vuelvo a la casilla de salida.

Puede que esté perdiendo el tiempo, alargando el sufrimiento, acomodándome en la incertidumbre y agarrándome a una felicidad efímera. O puede que esté siendo sensata, calculadora, y frívola por una vez. En unos días estaré regresando a Madrid a volver a abrir heridas, a volver a enfrentarme a la nada, a darle otra oportunidad a la esperanza. Un madricidio necesario antes de "alejarme tanto".

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Una deuda pendiente

Después de arrastrarme al ojo del huracán, engañada con la promesa de una vida mejor, de la ilusión de empezar de nuevo, de crecer, de encontrarme… y de encontrarlo.
Después de destruir con malas artes el suelo que me sustenta y las alas que me elevan.
Después de borrar con la mano la estampa que dibujé con mi sangre, y tirarla a la basura como si se tratara de un papel viejo y sin valor.
Después de lanzar el rayo aniquilador sobre el techo de mi casa, dejándome a la intemperie, sin refugio, sin calor, sin comida y sin agua.
Después de ponerme al borde del precipicio, bajo la incesante lluvia sin ánimo de escampar, con el barro hasta los ojos y el abismo como único salvación.
Después de enseñarme la monstruosa cara deforme y gris del miedo asaltándome en cada esquina.
Después de la eterna tormenta que me impide levantar la cabeza, mover un músculo, abrir los ojos.
Después de la soledad, la desidia, el desapego y la incertidumbre.
Después de sumergirme la cabeza en el mar de la melancolía hasta dejarme sin aire.
Después de arrancar de mi lado los oídos que me escuchen, las bocas que me hablen, las mentes que me entiendan, los cuerpos que me abracen.
Después de cambiar mi lienzo y mi paleta de colores por un triste papel y un lápiz.
Después de arrebatarme la voz para gritar y que ahora sólo sea un hilo de lamento que se ahoga en la almohada.
Después de convertir toda mi música alegre en acordes menores.
Después de mandarme al frente sin escudo y sin armas para defenderme.
Después del golpe demoledor que me has propinado sin miramiento, y tanto latigazo en la espalda cuando me intento levantar.


Después de todo esto… sabes, vida,  que me debes una. Y aquí te esperaré para cobrarla. En mitad de este cementerio, al borde de este abismo, ahogándome en este mar, perdida en este desierto, desarmada en esta guerra.  

jueves, 9 de noviembre de 2017

Pero a tu lado

Yo que siempre he sido de pensar antes de actuar, y de actuar mandando a la mierda lo que he pensado, hace unos meses "despensé" venirme a vivir a Madrid. Una ciudad que se me antojaba  colorista y llena de luz y que de un segundo a otro se presentó como una estampa en blanco y negro; ni luz, ni color ni ganas de buscarlo. Un cementerio de recuerdos engañosos en cada esquina de Delisaña. En dos semanas como dos lustros, he tenido que buscar los motivos para seguir aquí, y los voy encontrando en las pequeñas cosas, en las personas que sí están ahí, en la creencia ciega de que todo ocurre por alguna razón, y en la tranquilidad de que el sur queda a 5 horas de autobús.
Empecé desde dentro, haciendo de mi cuchitril un lugar acogedor y asomando la nariz por la ventana cada día un poco más. Creando un entorno propio donde sentirme segura y a salvo, aunque la mente traicione a veces. Un día toqué fondo y pedí que vinieran a por mí, pero en esos momentos alguien me escribió para hablar y para invitarme a un sitio chulo. Eché el freno. Si no puedo estar aquí, me voy, pero dejemos la puerta abierta a volver. Y en lugar de hacer las maletas, armé un bolsito con lo justo y me fui a Granada a olvidar. Volví renovada, con un objetivo más claro y con menos nubes negras sobre mi cabeza. No me siento feliz, pero tampoco escandalosamente triste, y con eso me conformo por ahora.
Ayer me regalaron dos entradas para ver un documental sobre los 40 años de Los Secretos, y era la primera vez que iba a salir de mi territorio por placer. Un amigo, el mismo que sin saberlo me ayudó a que no tirara la toalla, me acompañó a la Sala Berlanga, allá por Moncloa. Pensaba que iba a ver un simple documental sobre un grupo de música, y lo que vi fueron mis recuerdos en pantalla grande, con la melancolía de Enrique poniendo la banda sonora, y las palabras de Álvaro (de una fortaleza inimaginable) ante la desdicha. Lloré en muchos momentos por lo ajeno, y lloré más cuando alguna imagen me escupía un recuerdo propio: las calles de Malasaña en blanco y negro que yo he paseado, Madrid me Mata por dentro, con ese lugar en la barra que una vez ocupé, que reconocí en cuanto lo vi y que casi me echa de la sala, el Penta, La Corredera Baja de San Pablo y tantos sitios más...
"A Enrique lo mató la melancolía" decían los allegados, y yo cada vez me hundía más en mi asiento. Antes de la proyección, Álvaro dijo unas palabras y contó anécdotas, como una vez que decidieron tirar la toalla como grupo porque la industria los rechazaba y entraron por casualidad en un local de Francia a comprar tabaco y estaban sonando Los Secretos, y que por esa "tontería" siguieron adelante. O cuando murió su hermano y se encerró a llorar y alguien tuvo la idea de imprimir todos los mails de apoyo que mandó la gente y se los hizo llegar, y que aquella lectura le devolvió las ganas de vivir, y de seguir tocando. Todo está conectado.
Cuando salí de allí sólo quería volver a casa, estaba demasiado removida por dentro para nada más, pero era el cumpleaños de mi amigo y quería que fuera con él y otra gente a tomar algo. Había quedado en Loreto y Chicote y no sé de dónde saqué las fuerzas para llegar hasta allí. La calle donde empezó todo, la que me había traído hasta Madrid. Pensé en beber hasta perder el control, pero no se terció así. Y hasta que no me vi en el metro, rumbo a casa, no pude respirar a gusto.
Quizá algún día pueda caminar con la cabeza alta, mirando a la gente a la cara sin miedo a encontrar un fantasma, volviendo a los sitios que hoy todavía me hacen daño sin sentir que me falta el aliento y disfrutando por fin de la buena compañía. Es el principal objetivo que me he marcado porque sé que cuando eso llegue, todo lo demás vendrá sólo. Es jodido darle la razón a la vida cuando te golpea y más aún perdonarla, pero no te deja otra opción.
Todo está conectado, sí... Yo estoy aquí porque un día abrí un enlace por internet. Pensé que podía  comerme el mundo, pero a tu lado. Hoy, la segunda parte de esa frase es sólo una canción de Los Secretos. Seguiré peleando al menos por la primera.


sábado, 28 de octubre de 2017

Maldito octubre (retales de otra vida)

Acabando la cuenta atrás, sin maquillaje, sin vergüenza pero con el miedo aún latente de este salto al vacío, hago un último intento en retener las brasas de aquel fuego para que sirva, al menos, de elevación espiritual y que esos trozos de vida cobren sentido y no desaparezcan sin darles el valor que merecen. No le servirá a nadie, y mañana tampoco me servirá a mí. Pero hoy sí. Una gota más de sangre o un trago más de vino no me hará más daño que el desierto que se abre, y por el que caminaré mucho tiempo sola.
"Quitar el drama, ser consciente, respirar", escuché por ahí. Pero incluso en la oscuridad más negra, no me agarro a gurús, ni a pastillas, ni a hechizos mágicos, aún deseando que algo funcionase de verdad. Perdone usted, señor consejero, pero el drama influye: no es lo mismo que te abandone tu pareja, a que te abandone tu pareja en el altar. No es lo mismo perder tu trabajo que perder tu trabajo cuando tienes que alimentar varias bocas. No es lo mismo un desengaño, que un desengaño tras dejarlo todo.
Sólo puedo abrazarme a la tempestad, con los ojos cerrados, hasta que pase. Haciendo el esfuerzo sobrehumano de no dejarme arrastrar por ella. Pero cuando menos lo esperas suena esa canción de fondo. Retumba en tu cabeza una melodía, una letra maldita, mil preguntas con sus mil respuestas que no te gustan. "Maldigo el paraíso que, cuando se presenta, no dura lo que una estrella fugaz". Ves esa película que te cuenta tu vida. “…Y no sé qué pasó, ni cómo. Pero gracias a dios, o a lo que mierda fuera, la angustia se transformó en dolor. Y con mucho esfuerzo más, logré que el dolor se convirtiera en tristeza. Y después de muchos meses, pude despertarme un día sin sentir que me faltabas. Y estaba todo bien”.
Te maltratas si te encierras, y si sales también. Te maltratas si no comes, y si comes te entran ganas de vomitar. Te anestesias para que te dé sueño y te levantas con dolor de cabeza. Rompes lo que físicamente puedes romper, pero sólo desaparece a la vista. Intensamente feliz; intensamente triste "Porque el querer es vivir con creces".
Y recuerdas a los grandes poetas, esos seres que se inspiran con alcohol y acaban emborrachándose de amor; se van a la mierda la "táctica" y la "estrategia".
Relees la escritura automática de la noche anterior y recuerdas la historia:
Lo primero que hice fue bajar las persianas, meterme bajo las sábanas y esconder la cabeza. Un torbellino de malos sentimientos se apoderó de mí. Rabia, frustración, impotencia, vergüenza, asco. La fase de negación llegó rápido “no puede ser”, “no me lo creo”, “no es verdad”, “no está pasando”. Por supervivencia, llegó la aceptación y con ella toda la angustia del mundo, que tras un esfuerzo grande se fue convirtiendo en tristeza. La tristeza iba unida al sentimiento de soledad, y ahí lloras “a gusto”, y te permites hablarte desde fuera, tranquilizarte a ti misma, entender que las cosas pasan por algo y que algún día sabrás la razón. Dejas de llorar, pero no por ello ríes. En cuanto bajas la guardia un momento, aparece un recuerdo cualquiera como un fogonazo, que te hace sentir otra vez ese pinchazo en el pecho, ese vuelco en el estómago, esas ganas de llorar. Y lloras un poco más. De pronto tomas conciencia del tiempo. Tienes la impresión de que llevas sufriendo una vida… y sólo han pasado 24 horas. Te derrumbas ante la idea de seguir cargando tanto peso insoportable los días venideros. Y sólo quieres dormir, para que pronto sea mañana, y mañana seguir durmiendo hasta que llegue el mañana bueno, en el que despiertes sin sentirte vacía, desganada, sin ilusión. El día en que, por fin, llegue la indiferencia y esté todo bien, y hagas las paces con la vida. Entonces, los recuerdos ya no duelen, sonríes por lo aprendido, por lo vivido, por lo sufrido. Y lo malo te resbala, te da igual, ya no te afecta. 
Así es la vida, o así la entiendo yo. Te da y te quita, te lleva, te trae, te maneja a cada paso que das. Te deja caer sin miramiento y te ayuda a levantarte después. Se hace querer y se hace odiar. Te reta todo el tiempo. Te propone juegos, ideas, metas, ilusiones, esperanzas. Te empuja a arriesgar y a la vez te aconseja que no lo hagas. A veces te acaricia el alma y otras te la arranca de cuajo. Disfruta haciéndote reír y haciéndote llorar. Te azota fuerte con la vara del estricto maestro para que aprendas la lección, y te obliga a practicar saltando sin red. Te ofrece el veneno y el antídoto, te chupa la sangre y se hace donante. Te quiere y te odia. Te deja al libre albedrío y te machaca en los errores. Y un día, cuando se le antoje, te matará. 
Y la realidad es un como un sueño, y en sueños se te presenta la realidad disfrazada de demonio.  Despiertas llorando, pero aún es temprano. Te das la vuelta, pero el sueño tampoco te gusta, y te quedas en un duermevela agonizante, buscando soluciones absurdas. Buscas el clavo que te arranque el clavo que te está matando, aunque sea una puta herida (entiéndase la ambigüedad).
Y perdida del todo intentas buscar tu lugar y no lo encuentras. No está aquí, Tampoco allí. Te ves en tierra de nadie. No hay un plan. Todo pincha. El único lugar feliz ya no es un lugar feliz. Has perdido el norte. Y deseas lo imposible, esperas un milagro, y rezas para que llegue antes de que sea tarde, antes de que ya no lo necesites. Y a la vez, como una paradoja de supervivencia, deseas que ese día llegue pronto.
"Y nada más, a penas nada más..."


















miércoles, 25 de octubre de 2017

La pequeña, pequeña Alicia

Alicia llegó al País de las Maravillas sin saber para dónde tirar, desubicada, sin rumbo. Fue hasta allí atraída por un conejo blanco que sólo existía en su imaginación, y que de pronto un día se volvió negro y terrorífico. Lo más maravilloso de aquel país se había esfumado, y con la tristeza latiendo torpemente en el pecho, salió a caminar por calles que no llevaban a ningún sitio, buscando un azaroso encuentro que le arrancara la pena un rato, o que trajera un mínimo rayo de luz a ese mundo que se tornaba sombrío. Una mano en el pecho, la otra en el bolsillo, la cabeza gacha sin mirar a nadie, pero sintiendo vida alrededor. El eco de sus pasos  retumbaba en su cabeza a cada pensamiento, y cada pensamiento era un golpe en el pecho. “Respira hondo, Alicia”-le decía su vocecita interior -"respira y sigue caminando”.
Se despidió de todo, por dentro y por fuera. El recuerdo de una vida pasada podía borrarlo fácilmente; fuera esa carpeta. Pero el archivo de la memoria no se elimina con un click. Requiere tiempo. Un tiempo maldito que hizo que Alicia odiara de pronto el calendario, con sus infinitos días, y que odiara el reloj, con sus infinitas horas. Si al menos recordara el camino de vuelta…
Temerosa de regresar al agujero negro en caída libre, se esforzó en respirar, se esforzó en razonar, se esforzó en dar otro paso. Y así, paso a paso, llegó. Descorchó una botella, ordenó las palabras, comió algo a duras penas porque oyó la voz de su madre diciendo “Hija, come”, y se dejó vencer por el aplastante peso del mundo que se le venía encima. Tratando de mantener la mente ocupada en cualquier cosa, pasó la primera noche. Anestesiada de vino y con el cansancio que deja el llanto, se quedó dormida entre la basura del ayer acumulada.
Había encogido de tamaño, se hizo tan pequeña que casi desaparece. Pero encontrar el lado de la seta que la hiciera crecer le mantenía viva la esperanza. Y cuando volviera a hacerse grande, saldría ahí afuera, y encontraría al conejo blanco, al de verdad. Aunque en el camino de vuelta se encuentre con sombrereros locos, aunque se pierda, aunque se asuste por momentos, aunque la soledad la coja por los hombros.
Tiempo y  paciencia.
Es un mal sueño.
El rey de corazones (rotos) la despidió, y su última palabra fue un descuidado “Cuídate”. 
Sólo queda despertar. 

miércoles, 18 de octubre de 2017

Aquí y allí

He pasado el mes de septiembre a caballo entre Granada y Madrid. Más en Granada porque los fines de semana estuvimos poniendo "EnZima de Mí" en Microteatro Málaga y me interesaba quedarme cerca. Al terminar el mes, me mudé del todo. Diez días seguidos en Madrid, en mi nueva casa, en mi nuevo barrio, fueron más que suficientes para entender el cambio. Y yo, que ya soy reacia a ellos, no pude evitar sentir los desajustes que conlleva empezar de cero. En Madrid no tengo una casa; tengo un dormitorio y un baño, y mi vida se desarrolla entre ambas habitaciones. El resto del piso es compartido. Ahora escribo desde mi habitación chanera porque el fin de semana pasado tuve bolos en Prado del Rey (Cádiz) y como este domingo tengo otro bolo en La Tertulia, he decidido quedarme por aquí hasta el lunes. Pasar de la estrechez madrileña a la amplitud granadina es un placer inexplicable. Aquí respiro bien, a pesar del asma que me produce mi gato. Allí no toso por las mañanas pero el aire no me llena los pulmones. Sé que eso se llama ansiedad y que es un proceso, y que acabará pasando, pero se hace tan difícil acostumbrarse, que aquellos diez días se me hicieron infinitamente largos y aburridos (salvo algunos momentos puntuales en los que fui feliz).
El regreso a Granada, a mi gente, a mis bichos y a mi trabajo me ha sentado como un bálsamo reparador de la autoestima. Me he sentido querida, valorada, útil... y sé que, aunque en Madrid sobre, aquí hago falta. Cambiar eso no es fácil, pero tomar conciencia de ello ya es un paso. Y ahora que el otoño se ha decidido a llegar por fin, y los días serán más negros y las noches más frías, tendré que estar mucho mejor preparada para afrontar lo que me espera. Porque a mí me falta lo que a otros les  sobra, pero quizás en un tiempo, buscando la paciencia y el optimismo (cualidades de las que carezco) y echándole muchos huevos, pueda decir que hasta yo me sobro.
El domingo me despido de Granada, por un tiempo largo, actuando en La Tertulia.

martes, 10 de octubre de 2017

Si al menos supiera...

... que estaría bien en cualquier circunstancia, pase lo que pase, contigo o sin ti.

Acepto con resignación lo que hay, lo que viene, lo que me ofrecen y lo que me quitan. Y me apuro en hacer lo inmediato antes de no poder. Disimulo el mal olor de lo que se pudre, y no atiendo a ruidos externos. Así tiro y así persisto. Buscando la esperanza en cualquier trivialidad. "La pequeña Graná", la maleta, el whasapp, la lista de la compra y cuatro fotos. No me animo a perseguir quimeras a pesar de la cercanía. A merced de lo que disponga la vida, me refugio en lo poco que tengo esforzándome muy mucho en no necesitar nada más que mi propia compañía.

...Estar bien, genial, fantástica y ser amada incluso en cualquier circunstancia, pase lo que pase, contigo o sin ti.

Alanis Morissette "That I would be good"


jueves, 5 de octubre de 2017

Sin conexión

Aplicable a tantas cosas...
Igual si duermo reconecto (al menos conmigo misma).
¿Cómo estás? ¿Cómo te sientes? ¿Cómo va todo? Bien. Avanzando. Adaptándome. Manteniéndome lo más firme que puedo.
Sí... ya sé que no es fácil; sí, ya sé que no estoy sola; sí, todo saldrá bien.
Pero hay que ubicarse. Es un proceso. Hacer lo que he venido a hacer. No esperar nada de nadie. No agarrarme a la felicidad pasajera, incierta, dudosa. Aguantar el nudo en el pecho cuando se ve venir lo que acabará llegando (aunque nunca se está preparada).
Quizá algún día me sienta más libre, y tenga ganas de hacer de comer, y de comer, y de ampliar el mapa y sus habitantes. Quizá un día de estos no necesite más que una ventana (o dos), y el mate a mano y un cigarro de vez en cuando. Y que mi cama sea ésta, y que mi bar esté abajo, y que el tiempo libre no sea destructivo.
Y está el miedo. Miedo a la soledad, miedo a que me venza la desidia, miedo a necesitar lo que no puedo tener y, sobre todo, miedo a sentirme tan al filo del barranco de la tristeza.
Miedo a no bastarme. A compartir lunas vacías de respuesta. Al portazo de despedida. A la falta de "tacto". Una memoria sensorial que amenaza con herir. O que la misma calle que una vez me colmó de alegría, ahora me llore desconsolada.
Encontrarme entre tanto bullicio. Ser yo. Hacer lo que me gusta. Que no se noten las distancias. Que ser pequeña dure poco. Una identidad.
No tener que pedir nada, no mendigar afecto, no aceptar limosnas por compañías.
Hacer el pequeño esfuerzo de calzarme y salir a respirar cuando apriete el aburrimiento. Y seguir sacando la mejor sonrisa (a veces forzada) para no dar explicaciones, para no mostrarme vulnerable, para ser esa idea de mí que no siempre soy.
Esperando un rescate entre aguas saladas y generando lo que puedo para que eso ocurra.
Sin mí no soy nada...

jueves, 7 de septiembre de 2017

Despedidas

Hay despedidas que se hacen desde dentro, sin que nadie más lo sepa. Te despides de un recuerdo (o de mil), de aquel olor que drogaba, de una esperanza abierta como una flor que ahora se repliega sobre sí misma por falta de agua y de luz. Te despides de lo que fuiste sin dejar de ser lo que eres, y encuentras en otros las palabras que a ti no te salen. Entonces te llamas cobarde, y te despides de esa cobardía que te mantenía a salvo para descubrir el pecho y gritar con furia "Aquí estoy. Ya me has encontrado. Ataca". Y tiemblas de dolor, del dolor que te espera, pero dejarás de llamarte cobarde, y ganarás aunque te maten. La lucha es personal, es con una misma; te ganas o te pierdes.
Cuando somos gorriones moribundos en manos de otros no se puede esperar. Devuélvelo a la vida o estrújalo y que muera, pero no lo sostengas en las manos, mirándolo con lástima, agonizando. No me conformo con las migajas que te sobran; me insultas. Y cuando llegas a ese todo o nada, yo lo elijo todo. Nunca me gustaron las cosas a medias. Pero si el todo está partido, sin vida, sin corazón... elijo la nada. Ahí donde reside la calma y no se desboca la sangre, donde los sueños no pervierten y el teléfono no suena, ni domina, ni decide. La nada plena y silenciosa como un retiro para lamerte las heridas, y escupir el veneno ingerido y salvarte por fin.
Y te sigues despidiendo.
Te despides de aquella primera impresión, de aquel primer contacto, de aquella primera despedida. Y aparece la voz ("te lo advertí"). Soy sensata pero no ejerzo. La sensatez me hubiera robado mil momentos, momentos de los que ahora no podría despedirme si le hubiera hecho caso. Momentos que atesoro por lo que significaron, por lo que encendieron y por lo que consiguieron elevar. Momentos en los que te abandonas al azar de la vida y te dejas absorber por ellos. Te dejas arrastrar a ese terreno desconocido que parece cálido, que se respira bien, que ya está habitado. Ahí, donde quieres quedarte a dormir. Ahí, donde no hace falta hablar para que te entiendan. Ahí, donde puedes vivir plenamente o morir desangrada.
Pero es más difícil aún despedirte de lo que no ha ocurrido. Te despides de escenas ficticias, de imágenes falsas, de ideas y planes y de los "algún día". Apagas la máquina que da cuerda a tu cabeza y a tu corazón. Desconectas. Te esfuerzas en no cerrar los ojos. Te desplomas frente al televisor en el intento de desviar los pensamientos y no alimentar la imaginación. Y preparas lo poco que queda de ti para recibir el último golpe, el que le brinde sentido a todo, el que te dé la razón aunque no la quieras.
Y en esta despedida interna cambio de rumbo y espero, sin desesperar, que las ventanas que me abras sean mejores que la puerta que me cierras.


                             

I could spend my life in this sweet surrender
I could stay lost in this moment forever (...)

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Intensidad

¿Qué se gana y qué se pierde siendo intensos? "Vive la vida intensamente", "Sigue tus sueños más intensos"... Se leen cosas así por todas partes. Te animan a ser una persona "intensa". Pero la intensidad tiene su lado oscuro: puedes ser (o estar) intensamente feliz pero también intensamente triste, o intensamente enfadada o intensamente dolida. No somos intensos para lo bueno sin serlo para lo malo. Otra cosa es intentar controlar la intensidad (en lo malo, claro). La última escena (mal) apasionada que viví me llevó a pelearme con uno de mis mejores amigos. Porque si se juntan dos tempestades todo explota. Yo soy intensa, y él también y ahí acaba todo. Por suerte, las tempestades terminan pasando y llega la calma, y en esa calma se puede volver a hablar, y llega un punto en el que sabes que no vale la pena encabronarse, pero eso llega con el tiempo. A él no le perdonaré jamás el arrebato que tuvo, implicando a tanta gente y poniendo en peligro (y en vergüenza) mi trabajo, sobre todo porque no se ha disculpado ni lo hará, pero lo que me llevo de aquello es que perder la compostura te deja en el más absoluto ridículo y entre gritos se pierde la razón por completo y la gente deja de escucharte. Y aunque le pasara a él, sé que yo soy de la misma condición y me puede pasar a mí (de hecho ya me ha pasado a lo largo de los años).
Está bien ser apasionada, no es algo que yo quiera cambiar de mí, pero las malas pasiones envenenan. Ningún extremo es bueno. No es bueno ser excesivamente intensa como no lo es ser excesivamente moderada, ni excesivamente frívola, ni excesivamente trascendente. Y al final, todo se reduce a ser lo que somos pero teniendo conciencia de lo que no mola tanto para intentar, al menos, controlarlo. Eso es trabajo de cada uno y el de los otros es aceptarte como eres. Pero si no somos capaces de ver nuestros propios defectos, o los vemos pero nos da igual "porque así soy yo", entonces hay poco que hacer.
Nadie es tan bueno ni tan malo, y defectos y virtudes tenemos todos, pero no siempre se complementan con los demás. Física y química. No hay más. Y es una combinación tan delicada, tan azarosa, tan improbable que cuando se da hay que aprovecharla. Es magia, y la magia no la sabe vivir todo el mundo. Por eso, pase lo que pase en mis relaciones humanas, me quedo con la bueno, con la conexión inexplicable, con la magia... y lo que hagan los demás es su decisión. Unos te regalan flores y palabras de amor, otros te dan paz, o se deshacen contigo, o te ayudan en la sombra, o te hacen reír. 
Me quedaré con eso cuando aparezcan los "peros", los "es que..." y los "así son las cosas". Parece que luchar ya no se estila, pero yo soy luchadora, y por mi parte lucharé. 
Cerrada una etapa de rock y playa que me ha salvado del completo aburrimiento este verano, ahora toca recomponerlo todo y cumplir con los últimos compromisos que me atan a Granada. Después me voy al agujero negro de Madrid con la sensación de soledad ya incorporada. Con el presentimiento de no encontrar ese refugio por más que haya un techo sobre mi cabeza. Y con todo el miedo del mundo a que me gane la tristeza. Mi intensidad me lleva a imaginarme lo mejor, y volar y ser feliz, pero también me lleva a imaginar lo peor. Y seguro que nada será ni tan bueno ni tan malo, pero no puedo evitar pensar en todo: ¿Y si no encuentro trabajo? ¿Y si no me puedo mantener? ¿Y si el rechazo me gana? ¿Y si me siento más lejos de lo que estoy ahora? Nunca se está preparada para lo peor, por más que lo imagines y por más pesadillas que tengas. La realidad siempre golpea más fuerte. Y hay palabras (y silencios) que matan.

viernes, 25 de agosto de 2017

Tanto, tanto ruido

Cuando visualizas una realidad que no llega, y pasan los días y ves que va faltando poco para todo eso que querías, caes en una especie de pozo imaginario del que ya ni siquiera te apetece salir (I fell in the piiiit). Comodidad. Comodidad triste y solitaria, pero comodidad. Y te preguntas si vale la pena hacer ciertas cosas, levantar el teléfono, salir a la calle, buscar... No hay ganas ni motivación para cambiar de postura. Y tampoco hay fuerzas para pedir explicaciones, ni para enfadarse, ni para estar alegre. Te retiras del juego, como otros han hecho (quizá en defensa propia) y aceptas sin más que tú no decides, ni eliges, ni pinchas, ni cortas. Cada uno en su camino, cada uno en su película y cada uno con sus razones (válidas o no).

Llevo todo el mes de agosto acumulando palos; uno detrás de otro. Y son palos porque vienen de quien no los esperas. Lo jodido es que nadie pide perdón, nadie se preocupa por arreglar nada, por darte la razón sabiendo que la tienes, nadie te dice "vamos a hablarlo por lo menos". No, se encierran en su orgullo de mierda creyendo que las cosas son como ellos las ven. No hay más opiniones ni vale la pena preguntar, pedir una explicación o simplemente escuchar las razones y valorarlas antes de pasar de todo; antes de pasar de mí. Cuando yo veo que ocurre algo raro, pregunto. No doy nada por hecho sin más. Y si me he equivocado, soy la primera en reconocerlo y pedir disculpas. Pero cuando me la hacen a mí, la actitud general es pasar de todo y dejar que se arregle solo, si es que se tiene que arreglar. Evidentemente, no tengo ningún interés en arreglar nada con quien no lo merece, pero con todo, basta que se dirijan a mí con la intención de que la situación mejore para que haga borrón y cuenta nueva. Quizá sea esperar demasiado que la gente te tenga en consideración, pero una tiende a tratar como le gustaría ser tratada, y es frustrante la falta de reciprocidad. Todavía, con gente que no conoces a penas, puede joder pero te da más igual. Pero cuando se trata de gente cercana, me resulta incomprensible la desconsideración. Y mi queja, y mi agobio, y mi impotencia es siempre por lo mismo: por qué si yo sí, tú no. Y no sé quién me dijo que nunca deje de ser así. Que no haga nada esperando el mismo trato sino que lo haga porque yo soy así y el que no sepa devolverlo es que no me merece, y todas esas huevadas que intentan subirte la autoestima. Eso está muy bien, y es lo que hago porque soy así y no hay más, pero también tengo mi orgullo y me lo hieren tanto que una desearía sacar la frivolidad de alguna parte y ser de vez en cuando la que pasa de todo, la que nada le afecta... Me seguirán pasando estas cosas hasta que aprenda el valor de la negación, y el no intentar satisfacer siempre a todo el mundo. Y sufriré mil calamidades, pero prefiero una conciencia limpia que cualquier reconocimiento ajeno. Hay quien merece palabras duras y me las he callado para no herir, para que todo se mantenga en paz y sin embargo no ha habido paz y he acabado herida yo. Se repite siempre. La vida te pone en las mismas situaciones una y otra vez hasta que aprendes a encararlas. No te deja pasar de curso con una asignatura pendiente, así que seguimos empollando para la repesca.

Se hace aún más duro cuando hay sentimientos de por medio. Ya no solo te mosquea la actitud sino que te hace daño de verdad. Pero sigue siendo un tema tabú, en mi caso, hablar de sentimientos, y por esa razón los reprimo, para no hablar de ellos. Todo el mundo parece estar de acuerdo en que hay que decir las cosas, yo la primera, pero hay casos en los que no es así. Casos muy concretos. Últimamente he escuchado tanto la palabra reproche que ya no me atrevo a explicar ciertas cosas. Cuando la frustración viene de algo que esperas y no llega, decirlo es un reproche que en nada cambia la situación. Y las cosas no sólo se dicen con palabras. Me calle o grite, tengo la fea sensación de haber perdido algo en el camino estos días, y ya poco importa un último esfuerzo.

Si quieres un león y lo que encuentras es un gato, o aceptas al gato o sigues buscando al león, pero esperar que el gato se convierta en león sólo te va a frustrar. Y regañarle por no serlo es absurdo. 

Parece que las temperaturas querían bajar, nublarse un poquito, incluso llover. No estaría mal que eso ocurriera este fin de semana. Que el agua limpie el sudor de la resaca de este verano agotador que tantas lecciones desaprendidas ha traído. Tanto de todo y tanto de nada que, a veces, sólo me apetece estar sola y en silencio, y que el ruido de la calle y de mi cabeza no sea más que una banda sonora que entorpece pero no daña. Y desayunar así, mirando a Miki sobre la mesa que mira a Luna mirando mi tostada, y que este triángulo de miradas sólo lo interrumpa el aleteo de Robin en su jaula. Y nada más. El silencio se aprecia sobre manera cuando durante un largo tiempo sólo ha habido ruido.

Ruido mentiroso
Ruido entrometido
Ruido escandaloso
Silencioso ruido
Ruido acomplejado 
Ruido introvertido
Ruido del pasado
Descastado ruido
Ruido de conjuros
Ruido malnacido
Ruido tan oscuro
Puro y duro ruido
Ruido qué me has hecho
Ruido yo no he sido
Ruido insatisfecho
Ruido a qué has venido
Ruidos como sables
Ruido enloquecido
Ruido intolerable
Ruido incomprendido
(...)

J.S.

sábado, 29 de julio de 2017

Cada uno en su lugar

Este verano será de los que recuerde con el tiempo. Un verano activo, sin tiempo para el aburrimiento, con planes compartidos, con sus dosis de adrenalina, con sus noches en El Caracolo, y sus series y sus whatsapps. Y echaré tanto de menos todo... sacar a Luna por las noches, que Miki me despierte por las mañanas, que Willy me escriba "Feel like a beer? Estoy abajo", que Jose me salude a voz en grito cuando paso por la puerta del bar, andar en bragas por la casa, tener toda la ciudad frente a mis ojos... las pequeñas cosas; eso es lo que más se extraña al final. Madrid será mi oficina y mi dormitorio, pero mi casa está en La Chana y mi familia es granadina. Una familia de extraños que sólo ves de vez en cuando y te dicen que te quieren y tienen tus recortes de periódico colgados con orgullo en su bar. Y los que están más cerca y te desean sólo cosas buenas y les haces falta en cierto modo. Y los que trabajan contigo codo con codo, y los que te llevan y te traen y comparten cotidianidad, y los que están en Motril y los que observan desde alguna estrella. En Madrid tengo sueños; en Granada realidades. Pensar en lo que vendrá sólo me crea un sentimiento de ansiedad innecesario. Pero no puedo evitar echarme a temblar con lo que se me viene encima próximamente: intensivos con Jalea, findes en Microteatro Málaga, conciertos, mudanza, ensayos en Madrid... y todo junto, todo en septiembre. Según mis esquemas, debería salir bien, pero agobia pensar en ello.

Por otro lado, no extrañaré las cutreces de tanto impresentable que anda suelto por aquí, que se creen los reyes del mambo por alguna inexplicable razón y no son más que un montón de mierda con dinero de papá. Los que intentan quedar por encima creyendo que así te hacen algún tipo de guarrada "que te mereces", sin saber que lo único que van a recibir a cambio es toda esa maldad multiplicada. Por mi parte, aún subiéndome por las paredes y lanzando maldiciones telepáticas, he tratado de mantener la calma y pensar con la cabeza fría, única forma de salir airosa y cobrar por fin mi dinero. Y eso, por más que escupan bilis, es así y se lo tienen que tragar. Se me pasan mil maldades por la cabeza, pero si al final consigo lo que es mío, no vale la pena hacerse mala sangre, a pesar de las malas contestaciones, del intento de robo y del desprecio. Es mejor respirar y dejar que la vida se encargue... ella es mucho más cruel de lo que yo pueda llegar a ser en un momento de rabia.
Esto no quita que en Madrid no me vaya a encontrar los mismo problemas, seguro que sí, pero está bien cambiar de aires y de cabrones, por variar más que nada...

Puede que me torture demasiado con banalidades que sólo me afectan porque yo dejo que me afecten (cosa difícil de cambiar porque lo llevo en el ADN), pero cuando dejo reposar las cosas las acabo viendo con una clarividencia que hasta me sorprende. Digamos que me hace más daño mi reacción (o mi falta de reacción, para ser justos) ante algo que me hacen, que la acción en sí. Pero la única forma de no acabar peor, es pararme a pensar. Si actúo en caliente, pierdo los papeles, y si no lo hago, estoy reprimiendo un instinto natural que es lo que me provoca el malestar posterior. Mi lucha constante desde que era una niña ha sido buscar el término medio en esto, pero a día de hoy sigo sin encontrarlo. Soy así de extrema, y entre un extremo y otro, casi mejor reaccionar en frío, aunque me chupe un par de días de bajón, que actuar en caliente y que me metan en la cárcel (o cosas peores).

Una ya tiene sus propias movidas como para andar acumulando las que te generan los demás. Trabajar para mí misma es todavía más jodido a veces. La aceptación de tantas cosas que odio y que, sin embargo, forman parte de mí es el nuevo reto personal al que me enfrento y que sólo superaré cuando me vea en el hormiguero madrileño, rodeada de lo que nunca seré, y entienda que como yo tampoco hay otra, y que eso sea algo a explotar. Mirar con el ojo ajeno lo que yo me niego a ver y, por una vez, mandar a la mierda tanta autoexigencia y tanto perfeccionismo (sólo por esta vez). En lo demás, sigo trabajando para ser mejor y poder demostrarle a mucha gente, empezando por mí misma, que se llega a donde se tiene que llegar, ni más arriba ni más abajo; llegas a tu lugar. Y cada uno ocupará el suyo.

sábado, 15 de julio de 2017

Desde mis ojos

Siempre he sido una persona muy autoexigente; demasiado seguramente. Con los años, eso no ha cambiado sino que ha ido en aumento. En una justa medida debe ser una virtud, pero en grandes dosis se convierte en algo obsesivo muy lejos de ser bueno, al menos para una misma. Si la autoexigencia desmedida la unimos a una inevitable inseguridad innata, complejos y autocrítica, el resultado soy yo misma. Lo curioso de todo esto es que desde fuera no se nota, o no se le da importancia. A veces, incluso, se percibe todo lo contrario. Pero desde mi perspectiva, la realidad es otra, es la que me afecta a mí y la que, para bien o para mal, me define, me limita, me empuja, me endiosa o me destruye. Y sé que el problema es mío cuando desde fuera creen en mí, me felicitan por algo o quieren trabajar conmigo, mientras yo pienso que se puede mejorar, que no es para tanto, que hay mil fallos o que directamente es una mierda. Exagero casi siempre pero se acerca a “mi realidad”. Y tal vez lo que ven mis ojos no es más que el reflejo de mi propia inseguridad y sean los demás quienes están en lo cierto, pero no sirve si no lo veo yo. Quizás tenga que ver con mi (también inevitable) nivel de inconformismo. Si algo sale bien quiero que salga mejor, y cuando salga mejor querré que salga perfecto. En definitiva, nunca estaré del todo contenta.
Ayer me mandaron por privado el link para ver el corto que rodamos en Jaén. La directora me escribió para felicitarme efusivamente por el resultado de mi interpretación, que estaba encantada con mi trabajo y que durante el rodaje se llegó a emocionar conmigo. Después de ver el corto, o mejor dicho, después de verme a mí misma, no podía entender sus palabras. Está bien, pero no es para tanto. De hecho yo no me gusto en absoluto. Ya no a nivel interpretativo, que por ahí no está tan mal, pero hay algo en mí que no me gusta.
Algo parecido me ocurrió el lunes pasado durante el concierto en Salobreña. Todo salió bien pero ya había salido bien el lunes anterior, y yo ahora quería que saliera mejor. Exigirme internamente eso hizo que me pusiera más nerviosa de lo habitual y que no disfrutara como la otra vez. Y desde fuera lo de siempre, todo bien. Pero yo no estaba del todo satisfecha. Especialmente porque vinieron mis padres y mi hermano a vernos y quería que realmente se sorprendieran, que por una vez se sintieran orgullosos de su oveja descarriada. Pero nunca es suficiente. “Está bien” fueron sus palabras, nada demasiado efusivo. Nunca han sido personas muy demostrativas en realidad, pero mi padre se emociona más cuando gana el Madrid o mi madre cuando ve al cristo de la salud, y quizá nada de lo que yo haga esté a esa altura. Y cuando pienso esto, me alegro de haber escogido mi propio camino en contra de su voluntad, incluso aunque no les emocione, incluso con su “no está mal”, pero por dentro, por dentro de mí, se queda una espina clavada a la que intento no dar importancia, pero que está ahí. 
Sí me vanaglorio de ser persona resolutiva, y sé que encontraré la forma de “quererme más”, especialmente porque sé dónde residen los problemas y complejos y tengo claro cómo solucionarlos. Pero no se hace de un día para otro, por desgracia, así que mientras tanto tendré que lidiar con lo que "es" y no torturarme con el “quiero más”. Dejar que lo que hay sea suficiente para seguir adelante y tratar de creerme un poco a los demás, y que su visión positiva opaque la negatividad de la mía. Al menos hasta que yo pueda ver por mí misma lo que ellos ven.  

jueves, 6 de julio de 2017

Se hace camino al andar

El alto grado de estrés mantenido durante las últimas semanas parece haber traído bendiciones disfrazadas. Cuando pensaba que estaba todo hecho un caos a mi alrededor (de hecho lo estaba) se fueron acomodando las cosas casi sin darme cuenta y contra todo pronóstico. Aunque sé que nada ha ocurrido por arte de magia sino por haber estado encima, insistiendo, generando, arriesgando... haciendo que pase, al fin. Es como si la vida me estuviera recompensando todo el esfuerzo invertido, como un premio a eso de"echarle huevos".
En mi última visita a Madrid estuve mirando algunos pisos. Volví saturada por tanto inconveniente: el piso que se ajusta a mi precio no tiene una sola ventana en toda la casa, el que está en una zona buena se me va de precio, el que puedo pagar está a tomar por culo... todos fallaban en algo. Cuando llegué a Granada me encontré nuevos problemas. Nos habían contratado para tocar todos los lunes del verano en el Restaurante El Peñón de Salobreña con The Happy Fish, pero resultó que Stik no podía hacer esos bolos porque estaría fuera en verano, y decidimos buscar otro pianista para sustituirlo. El primer bolo era el 3 de julio y ni el nuevo pianista ni Willy podían ensayar lo necesario para hacerlo bien, así que le pedí el favor a Stik (que para ése sí estaba aquí todavía) y me dijo que no le venía bien. Como ya había previsto esto, porque conozco a los bueyes, estuve ensayando unos días antes un repertorio de canciones rock con Mario Ojeda y Lolo Casas a las guitarras, y se me ocurrió meter también a Nano Ramos a la percusión porque aquello empezaba a sonar muy bien. No estábamos preparados para tocar el día 3, o al menos ese era mi pensamiento, pero los chicos me insistieron, ensayamos de forma intensiva durante dos días, y gracias a que son tres máquinas, el repertorio quedó armado y perfecto. En cualquier caso, YO no estaba preparada y estuve a punto de pasarle la fecha a otro grupo para que nos sustituyera. Al final, no lo hice. Le eché huevos. Me estudié las canciones en una noche, me dejé convencer por los chicos que decían que iba a salir bien, y con todo el cagazo pero confiando, hicimos el bolo. Al terminar no me podía creer que aquello saliera tan increíble como salió. La madre de uno de los dueños nos dijo que era el mejor concierto que había escuchado en todos los años que llevaban haciendo allí música, y nos llegaron felicitaciones varias de los comensales que incluso se levantaron a hacerse fotos con nosotros.
Más o menos en esos días de ensayos y estrés, contacté por Facebook con una chica que alquilaba habitación (disponible desde julio). Le dije que si seguía libre para septiembre, que me lo dijera porque me interesaba mucho (a saber: piso todo exterior, a compartir con dos personas más, habitación con baño privado, 300 € + 30 € de gastos cada dos meses, séptimo con ascensor y en el barrio de Delicias). Lo tenía todo y más. Pero era para entrar en julio. Por cosas de la vida, la chica me contó que la casera podía esperar hasta el 15 de agosto con tal de que los inquilinos estuvieran a gusto con la persona que entrara, y se ve que a ella le caí lo suficientemente bien, porque me dijo que si lo quería era mío. Ella es actriz, como yo y tiene 30 años (lo cual mola por afinidades) y vive también un chico fotógrafo y una perra tamaño mini. Hablé con la casera y me dijo que me lo guardaba sin problema para el 15 de agosto y que la fianza podía pagarla tranquilamente a finales de julio (lo cual fue otra suerte porque así me da tiempo a juntar la pasta).
En cuestión de nada me vi con piso en Madrid y con nueva banda para salvar el trabajo del verano. Sin contar con que la compañía de teatro madrileña El Dragón Estragón cuenta conmigo para empezar a trabajar en septiembre como un miembro más. Vamos a montar "Tres Sombreros de Copa", y me han dado el papel de Paula. Hicimos una primera lectura cuando estuve en Madrid y el dire, Tito, quedó encantado conmigo hasta el punto de sugerir hacer otro montaje juntos.
Puede que haya mucho de suerte en todo esto, pero hay quien dice que la suerte no existe sino que la buscamos nosotros, y por una vez me anoto un tanto en ese sentido. Porque me he tirado horas y horas mirando pisos en internet, porque me fallaron los compañeros de The Happy Fish y aunque me vine abajo, en seguida busqué la alternativa viable, porque he estado en contacto con gente de Madrid, buscando curro, asistiendo a castings, dándome golpes contra la misma pared... y si de pronto tengo el piso perfecto, una banda de rock que funciona, y trabajo en una compañía teatral no es sólo un golpe de suerte; algo habré generado yo...
No sé cómo se va a desarrollar el resto del verano con los conciertos, si alternaré The Happy Fish con Beba & Los Rockafeller (dependerá un poco de lo que digan los dueños del restaurante), si encontraré curro aunque sea de camarera para seguir juntando pelas... no sé nada, y nada depende exclusivamente de mí, pero moveré los hilos que hagan falta.
Y con este nuevo entretenimiento que es mi banda de rock, con Weeds, con TV de pago, "El Pijama" y alguna que otra cosilla más, echo los días y las noches contenta. Hasta la fecha está todo bien, pero no me relajo... tanta felicidad me asusta.





domingo, 25 de junio de 2017

Lo que se aprende al final

Qué tristes son los puntos finales. Escribir una historia, darle forma, recorrerla y saber que en algún momento la tienes que acabar (The End). Obligada a cerrar capítulos por circunstancias que no puedo manejar y con la certeza de que no he cambiado nada, ni para bien ni para mal, me veo otra vez en el final de un trayecto a ninguna parte, aceptando que así son las cosas, que no se puede moldear como si fuera plastilina lo que está hecho de acero (más oxidado que inoxidable) y que soy un ave de paso en nidos ajenos.
La búsqueda de piso en Madrid va perdiendo motor. Antes tenía claro lo que quería, dónde lo quería y a qué precio lo quería. Ahora me da un poco igual. Lo más barato posible y en cualquier zona (estoy sola igualmente). Tampoco tengo prisa ya. Lo quería para septiembre pero a no ser que me necesiten para trabajar, no me importa irme en octubre o cuando encarte. El verdadero problema de dejarlo mucho es que habrá menos oferta pero quizás así sea más fácil decidirme por algo. Y si Madrid no me llama, ni hablar de otros lugares... Tal vez el único horizonte que deba buscar sea aquel que me incluya sólo a mí, sin factores externos influyendo en cada paso.
Vuelvo sin saber muy bien con qué intención. Ni siquiera sé cómo sentirme. No funciono bien sin ilusión, sin un motor que me mueva, y por alguna razón (o por la suma de muchas) el motor no responde. Es como si supiera que juego a perder y aún así juego (las cartas están echadas, no hay marcha atrás). Me gusta la gente sincera pero no la que por ser sincera dice más de lo necesario (sincera pero con tacto). Que mientras yo no sé qué hacer para sacar lo mejor, otros se empeñan en sacar lo peor. Que mientras yo me afano en ocultar mis defectos, otros alardeando de ellos. Y aunque no me guste lo que veo, quizás sea mejor así, pisar la tierra de nuevo y no ignorar la realidad. Una realidad que me repele inevitablemente porque sé a dónde conduce (ya he estado allí) y sé que no puedo ni quiero lidiar con eso, aunque para ello tenga que renunciar a tantas cosas bonitas. Sola tal vez, pero no para siempre. Sola del todo, pero mejor que sola a medias. Dispuesta a ser abatida, pero por una buena causa... y por última vez.
Porque creo que esta vez sí he aprendido algo.

jueves, 15 de junio de 2017

Cada uno es cada cual

El pasado 8 de junio, alrededor de las nueve de la noche, hizo 35 fucking años que me sacaron al mundo a la fuerza (en el sentido estricto de la palabra). No ha sido el cumpleaños más feliz del mundo, seguramente porque cada vez estoy más vieja y más renegada, pero estuvo equilibrado en sorpresas. Me llevé alguna alegría de gente que creía alejada y que sin embargo, en la sombra y sin hacer ruido, te escriben para decirte que siguen ahí, o te llaman para decirte "te quiero mucho"; también hubo decepciones al esperar más de otros a los que te sientes más unida y se limitaron a un triste saludo. Cada uno es cada cual y, de una forma u otra, lo demuestran. Pero querer es aceptar a las personas como son, y en eso soy buena. Tengo la suerte de estar rodeada de gente que también me quiere a mí sin condiciones, con mi malafollá, mis gritos, mis quejas y mi fatalismo innato, porque se quedan con esa otra parte de mí que es divertida, apasionada, confiable y cariñosa. Los que entienden que soy fuerte para poder con todo, pero que me hieren con facilidad. Que no lloro delante de nadie pero que a solas no me aguanto una lágrima. Los que me conocen lo suficiente para no dejarme sola aunque yo diga que eso es lo que quiero, porque ellos llevan razón y lo mío es orgullo... No hay nada mejor que poder ser tú y que te quieran por eso, y si encima hay reciprocidad, tienes un tesoro. Eso es lo que dejaré aquí cuando me vaya, aunque aquí seguirán cuando venga de visita.
Junio está siendo el principio de un puzzle que no terminaré de armar hasta septiembre u octubre. Entre la búsqueda de piso en Madrid, trabajos, bolos y viajes me veo haciendo encaje de bolillo para cuadrarlo todo: un piso que se adecue a mis preferencias, un trabajo que no me pise bolos y bolos que no me impidan trabajar en algo más para poder ahorrar. Ahora estoy tiesa aunque en realidad me deben dinero por todas partes (claro que yo también estoy debiendo algo). Cuando pase el verano llegarán los estrenos: se estrena el documental, se estrena el corto que rodé en Jaén el pasado fin de semana, se estrena "El Pijama" de Jalea Teatro y se estrena mi nueva vida en Madrid. Así que aprovecharé estos tres meses para apegarme a todo lo que tengo aquí, sin soñar demasiado con otros horizontes y sin esperar nada por parte de los que están fuera de mi entorno. Aprovechar que me llaman para ofrecerme proyectos, para formar compañía, para darme bolos, para ayudarme a trabajar. Porque si trabajo no pienso, y si no pienso no me agobio.
Hay días que me siento más desubicada que otros, y todo viene de la mala sensación que me deja el pensar que me estoy equivocando con algo (o con alguien). Es como un efecto dominó. Todo en mi vida está en un equilibrio tan precario últimamente que cuando algo se cae se lleva por delante todo lo demás. Y no debería permitir que algo aislado que se tambalea amenace al resto, pero es una cuestión de energía difícil de controlar. Puede que mi propia visión nefasta de las cosas me impida ver algo más allá, pero basándome en hechos que desconciertan no puedo más que desconfiar. No hay lugar para el insomnio porque los días, con sus interminables tareas, no me dejan darme a ese enloquecedor placer, así que miro para otro lado e invento lo que sea para no releer el pasado, para no hacer caso al presente y para no agobiarme con el futuro. Y supongo que a estas alturas, un salto más sin red (probablemente el último de los que llevo ya dados) me lo puedo permitir.


miércoles, 31 de mayo de 2017

Lanzar la pelota

Cae por su propio peso aquello que no sostenemos con firmeza. Se caen proyectos, ilusiones, expectativas. Se caen los planes que hacemos mucho antes de intentar si quiera llevarlos a cabo. Se caen los ideales, las fantasías ocultas, el pudo haber sido y no fue. Añoramos a personas que no son reales, y añoramos cosas que ni han sucedido. Demasiada distancia, demasiado distante (y hay que comprender las razones...). Pero no merezco más que las migajas que recojo y la indigestión que me provocan, y si me quejo lo hago con la boca chica.
A punto de caerme encima los 35, es jodido ver lo rápido que pasan los años habiendo días tan largos, semanas tan lentas, meses tan eternos... Sé lo que necesito, y me jode reconocer que lo único que me levanta un poco el ánimo últimamente es el mismo objeto capaz de hundirlo. Es por eso que debo cambiar ese objeto. No importan las razones si no puedes comunicarlas, porque de nada sirve en mi caso andar mendigando atención si ésta es forzada, y en cuyo caso sólo conseguiría dañar mi orgullo. No... mejor dejar que se ahoguen las razones, que el tiempo pase despacio y que olvidar valga la pena.
Sé que algo me agobia cuando me desborda de tal modo que me arranca de la silla y me hace salir a caminar sin rumbo. Y que yo salga a caminar sin tener que ir a algún sitio es como para preocuparse. Y puedo hacerlo una vez, dos, tres... pero no me veo capaz de enfrentarme a ese nivel de ansiedad durante todo un verano. Necesito trabajar, juntar dinero, encontrar un piso decente que probablemente tendré que compartir con otro ser humano con rarezas y manías propias, y luego seguir trabajando en una ciudad que desconozco y en algo que no me guste para pagar un dineral de alquiler por algún zulo de mala muerte, mientras peleo por hacerme un hueco en el abarrotado mar de la interpretación donde hay centenares de peces buscando lo mismo, y más de un tiburón con billetes dispuesto a acabar contigo.
Cada vez que visualizo la idea de vivir en Madrid me inunda una sensación de desarraigo muy triste y, a la vez, el deseo esperanzador de plantarle cara al miedo y que me salga bien. Y si las cosas pasan por algo, tal vez el objeto de mi deseo no haya sido más que el hilo conductor que me lleve al cambio. Tal vez era esperar demasiado que significase algo más. Mejor dejarlo estar, lanzar la pelota al otro campo y no confiar en que te la devuelvan. Así se desvanece. Así se sumerge en el mismo océano del que salió. Así va cayendo por su propio peso. Así, sin agobios.

domingo, 21 de mayo de 2017

La primavera de Madrid

"Life is about risking everything for a dream no one can see but you", dice Bernard Hiller. No concibo a un artista sin sentimientos, que no se derrame en sangre y lágrimas de vez en cuando, que no tenga miedo al miedo, a la incertidumbre, al rechazo o a la desazón y que aún así no se arriesgue a vivir con ello. Somos tan jodidamente frágiles que nos encerramos en una burbuja protectora para sentirnos a salvo de lo ajeno, sin pensar que ahí dentro hemos de convivir con nuestra propia mierda, con los fantasmas del pasado y con la soledad abrazada a la espalda.

Estoy feliz de haber tomado la decisión de escaparme una vez más al no saber qué va a pasar, pero triste por haber desembocado en el mismo manantial de dudas, de silencio y de resignación. Porque no fue suficiente (ya lo creo que no) y todo lo que me traigo es justo lo que tengo que olvidar. Las noches se desbordan ahora de escasez, y la desidia es la nueva regla de este sórdido juego de pasar de todo. Ni una palabra de más ni una de menos, vamos midiendo los pasos para no tropezar. Y yo, acostumbrada a rodar por los suelos, hubiera dado mis pies destrozados mil veces más por encontrar a mi lado la más ínfima señal de complicidad. Pero está tan de moda cerrar el corazón a okupas intrusos, que se nos olvida airearlo de vez en cuando, no vaya a ser que en un descuido se cuelen por la ventana. Está tan de moda callar lo que sentimos que todo parece haberse vuelto superficial y vacuo, como si expresar un sentimiento fuera señal de debilidad de espíritu, de ñoña estupidez sensiblona, de torpeza emocional. Tan de moda el yo, mi, me, conmigo que alrededor sólo vemos las sombras de lo que somos y no hay un  a quien añorar. De pronto un día, imágenes que hieren, palabras que confunden, el ya no te sigo, el ya no me gusta y el así soy yo. Y de nuevo a pedirle el favor al tiempo de que pase rápido y se lo lleve todo, pero que esta vez no me traiga nada a cambio (me he cansado de eso). El reinicio en estos casos va más lento que el de mi ordenador y es más complicado que apretar un botoncito.



Ojalá fuera más fácil saber qué hacer cuando no tienes idea de lo que debes hacer. Ojalá fuera más fácil hacerle caso al sentido común. Resignada a buscarme otro pasatiempo, y aceptando el principio del fin de tantas cosas, sólo puedo esperar que lo que pase sea lo mejor que podía pasar. Si la vida fuera una timba de póquer yo ya estaría arruinadísima, pero ahí sigo, apostando. Claro que cuando te dan en las narices con las peores cartas lo más sensato es retirarse y esperar mejores cartas la próxima vez. Sensatez... qué palabra de mierda. Sin dinero, sin esperanza pero, sobre todo, sin ilusión no debería dejarme arrastrar por la fantasía de que salga bien lo que pinta mal, pero ya lo he hecho. Y lo he hecho porque me debo a mí misma la honestidad que me he negado. No pienso doblegarme ante la frivolidad y la apatía. En mi mundo, pese a todo, y aunque a veces se esconda tras las nubes negras, aún hay color, y es todo lo que eché en la maleta. Si no fue suficiente lo lloraré en silencio, pero al menos lo intenté.



"EnZima de mí" ganó el tercer premio en el II Certamen de Microteatro La Parata el pasado 6 de mayo. Es una buena forma de cerrar un ciclo. Ya lo que me espera es un verano largo y solitario sin mucho trabajo y con mil necesidades. Y me guardo en el disco duro interno la silueta dibujada en el sofá, los acordes fragile de Sting, el pelo enredado en los dedos, Carolina in my mind, el indecente olor de la mañana, las risas aisladas,  y el sabor a sal. Porque aunque ahora no pueda verlo, sé que cuando el verano pase, con todos sus males, podré mirar atrás y dar las gracias a la vida por la primavera de Madrid.



martes, 16 de mayo de 2017

Dosis de irrealidad en la última primavera

Me tomo esta noche como la última noche de licencias. Me la tomo de un sorbo, como el whisky, despidiendo a mi Lolo que se va tras el sueño americano, mientras yo me voy a perseguir el sueño de una noche de primavera en Madrid. Y suena Ray Davies, y mi mente se detiene para dejar paso a mi espíritu aventurero que tantas alegrías me regala y tantas frustraciones me devuelve después. Ni caras o cruces, ni horóscopos negros, ni cartas del tarot; ni Coelho, ni Neruda, ni Benedetti. A punto de echarme atrás 365 veces y a punto de tirarme a la piscina 365 veces más, no fue hasta el último momento, y con las dudas evidentes que tiraban de mí, que fui capaz de plantarme en un camino, tomarlo y no mirar atrás. Y de todos los papeles que podría interpretar, esta vez me quedo con el de la verdad, el que no implica miedo y el que juega a ganar aunque al final pierda. Siempre hay tiempo para regresar volando desde esa nube y anidar de nuevo en el olvido. 
Perdón por el gasto, por la mentira, por la falta de ética, pero a nadie enturbia más que a mí. Cargo de conciencia a cobro revertido, pero ¿cómo perderme ese atardecer si será todo lo que me quede al final? Que desplegar las alas no es para cualquiera, y al menos eso puedo aprovechar. Yo pongo la sonrisa blanca, un billete de 20 y las uñas largas (y mucha, mucha, mucha fe), aunque haga falta una alineación de planetas para que sea suficiente. 
No voy a vivir a medias. Prefiero vivir el doble a la mitad (y sin pastillas para no soñar).



lunes, 24 de abril de 2017

Hay que concentrarse

"Enzima de mí" ha quedado finalista en el II Certamen de Microteatro La Parata. Una alegría casi plena de haber podido compartirla más. No sé si ganaremos el 6 de mayo en la muestra final, pero tengo esperanzas de quedar entre los tres primeros y optar al menos a uno de los premios en metálico, (aunque no es precisamente el dinero lo que me mueve en este caso).

El sábado 29 de abril, Juan Megías y yo estrenamos por fin "La Curiosidad mató al Gato", después de un año de darle vueltas. Semana movida de ensayos...

Otra agencia madrileña se ha interesado en mí pero me ha citado para este jueves, y este jueves no estoy allí. Probablemente su interés haya desaparecido al colgar el teléfono, a pesar de que les he dicho que a mediados de mayo podría ir a una entrevista (es lo que tiene no estar en Madrid). Su "ya te avisaremos" no ha sonado convincente.

El jueves 4 de mayo doy un concierto a taquilla con "The Happy Fish" en el pub Madison que, suponiendo que vaya bien, me dejaría algo de pelas, pero no puedo ser tan optimista teniendo en cuenta que tiro sola de este grupo.

El documental "El Dolor, Látigo de la Humanidad" ya lo hemos terminado de rodar (me falta sólo poner una voz en off), y debería poder verse en junio. Quedé contenta con mis escenas.

Hace unos días me comunicaron que pasé el casting para un largometraje que se va a rodar en Granada y que opto a uno de los papeles protagonistas. No tiene mayor trascendencia al tratarse de una colaboración y no de un trabajo, pero al menos ruedo y junto imágenes para videobook, porque últimamente no he hecho muchos audiovisuales (además tengo mono de cámara).

También me han llamado para ofrecerme el papel protagonista en un corto que está pendiente de rodarse en Jaén a primeros de junio. Tampoco pagan por el trabajo pero cubren todos los gastos y está dentro del "Rodando Jaén".

Y por último, pendiente de que me den un día fijo durante todo el verano para tocar con "The Happy Fish" en el Peñón de Salobreña, para lo cual hay que empezar ensayos en breve con el pianista sustituto porque Stik no estará disponible.

(Y mientras escribía esto, me manda mensaje una chica por si quiero figurar en un spot que se rueda en Granada próximamente...).

Demasiadas cosas, sin contar con los ensayos de "Jalea Teatro" y demás quehaceres... Demasiadas cosas que me apasionan y para las que no encuentro manera de concentrarme. Concentración... o sea, centrar tus pensamientos en algo concreto. En realidad eso se me da bien. Lo difícil es hacerlo en lo que requiere concentración, en lo que tú necesitas concentrarte. Y de hecho, tengo que hacerlo para no pensar en lo que no requiere concentración alguna. Hay que hacer cosas, hay que hacer algo...



Hay que buscar la motivación; en la tele, en la radio, en las redes.
Hay que centrar la atención; en lo que importa, en lo que ayuda, en lo que sirve.
Hay que vencer el aburrimiento; con cine, con teatro, con música.
Hay que salir y hablar; hay que emborracharse un poco.
Hay que dormir sin soñar.
Hay que levantarse temprano (y aprovechar para limpiar).
Hay que ponerse metas cortas; hay que alcanzarlas.
Hay que terminar lo empezado; hay que empezar por cerrar cosas.
Hay que elegir las prioridades.
Hay que ahorrar para mañana (pero no hay que pensar en el mañana).
Hay que dejar de encerrarse.
Hay que dejar de inventar.
Hay que relajarse.
Hay que desenamorarse de la necesidad.
Hay que concentrase más.



sábado, 22 de abril de 2017

La frivolidad del otro rincón

Frívolo/a: Dícese de la persona que no concede a las cosas la importancia que merecen, no las hace con la seriedad, el sentimiento o el interés requeridos y solo piensa en el aspecto divertido o lúdico de la vida.

Creo que la frivolidad podría llegar a ser una virtud en según qué casos. Debería ser incluso obligatoria cuando las circunstancias claramente la requieren. Pensar con la cabeza, que para eso está. Aunque debo decir que las mejores cosas que he hecho en la vida no las pensé con la cabeza; no las pensé. Eso trae consecuencias, claro, a veces incluso buenas.
No podemos cambiar lo que somos, y yo soy muy de crearme necesidades aunque no me dejen vivir. No lo elijo. Si fuera cuestión de elegir, elegiría la frivolidad y pasaría de todo. Empequeñecer no le gusta a nadie. Antes me podía sentir a salvo en mi burbuja, pero ahora no encuentro refugio en ella. Reconozco que tengo miedo, y espero que sea cuestión de tiempo poder curarme de lo que me asusta. Quizá con dosis de frivolidad, aunque eso signifique ir contra natura. Puede que mi rincón no esté tan mal. Puede que deba quedarme en él sin buscar otros rincones. Puede que encontrar ese rincón a ciegas sea el mejor de los pecados y la peor enfermedad. Puede que poder sea irrebatible.
El rinconcito de mi casa me recuerda, con el paso de los días, a qué se reduce todo en esencia. Cómo empezó y cómo debe seguir (o acabar). Pero cuando salta el "good news" en mitad del silencio se me olvida el camino recto y echo a volar otra vez, perdiéndome en canciones que encuentro por azar y que me dicen cosas que entiendo. Entonces me resigno a aceptar sin valorar nada. Aceptar sin más lo que sea que me pueda pasar.
No voy a sacrificar tanta vida solo por evitar estrellarme. Me estrellaré con gusto, pues. Al final, pasan los días con sus crudas noches, y acabas uniendo pedazos, te recompones y sigues caminando (que para eso se hicieron estas botas). Pero mientras eso ocurre disfrutaré de tener todo lo bueno encerrado en este aparatito que por momentos acaricio como quien tiene un tesoro entre las manos, y que me eleva a un mundo que no es real y que me gusta más que éste. Donde las distancias son cortas y el norte y el sur se tocan, y la lluvia moja sin resfriar, y hay chimeneas en el frío y playas en el calor. Donde se puede caminar por las calles sin máscaras ni falsos gestos. Donde puedo hacer que la risa no deje actuar a la frivolidad, donde mirarse a los ojos no da miedo y donde se puede llorar sin ahogarse y permitir que otras manos se den cuenta. Y en ese plano falso intento colar realidades que se acerquen mínimamente a mi imaginación, buscando maneras de llegar con o sin excusas artísticas. Y si no llegamos, el proceso al menos me inspirará estas noches de whisky y música.
Canción en bucle, "A place in your heart", de lo último de Ray Davies. Volando sin frivolidades...


I can't explain
And I'm letting my emotions get the better of me
You're always on my mind
But I can't tell you that I willingly follow you
If I can't have you
How can I expect to have a place in your heart? (...)

(Ray Davies)

jueves, 13 de abril de 2017

Dificultades

La primavera... esa época del año preciosa con sus días largos, sus noches cálidas, sus atardeceres naranjitas; cuando lo mismo te llueve que te asas de calor, y los árboles se llenan de flores y huele a nísperos. El invierno y la primavera son mis épocas preferidas del año, a pesar de que en invierno me congelo y en primavera me pega la alergia. 
Este año me han robado el mes de abril y la primavera se me hace difícil porque estoy recluida en una habitación que no es la mía, llena de trastos que tampoco son míos y desde la cual solo veo un cachito de cielo por la ventana. Difícil porque durante casi dos meses estaré privada de intimidad, en unos momentos en los que la necesito como el oxígeno. Porque marzo acabó y con él han acabado otras cosas que no quería que acabaran. Porque cuantas más dudas tengo más dudas me asaltan. Porque tengo que aguantar que me digan verdades a la cara pero nadie quiere escuchar las suyas. Porque tiro sola de carros cargados hasta arriba. Y porque todo esto me provoca estrés que a su vez se refleja en dolencias físicas como contracturas musculares, males de estómago, jaquecas, infecciones varias y dolor de dientes. Y ni hablar del mal humor y el cansancio en forma de ojeras que me viste cada día. Mi cuerpo me quiere decir algo (y yo sé lo que es) pero no es el momento de escucharlo. Encima estoy falta de concentración, por eso también escribo poco. No obstante, aquí estoy, escribiendo y matando las horas con mi dolor de boca, mi descontento y mi falta de nicotina (escribir sin nicotina es inhumano). Si fumo se me caen los dientes; el dentista fue tajante. Si no me enjuago la boca con un colutorio de tratamiento dos semanitas no se me quitará el dolor; el dentista siguió tajante (y poco le importó que la semana que viene me vaya a Madrid con la lengua negra por la clorhexidina). 
Otro tipo de dificultades también me acechan: estoy sin blanca. Todo lo que conseguí ahorrar en marzo ha volado con las golondrinas en abril. Lo peor es que las próximas semanas se presentan regular de bolos (a menos que se vayan cerrando algunos en el aire) y los que hay no me garantizan éxito económico. ¿A dónde va una sin dinero? De momento a Madrid el próximo lunes a patinarme lo que me queda y a buscar posibles oportunidades de curro allí, y ya de paso le doy una tregua al cuerpo (o quizá voy para eso y de paso busco curro). No importa el orden; son cosas que tengo que hacer y que necesito hacer. Pero esta vez no espero nada (aún yendo a por todas). 
Fregaos en los que se mete una y sin saber qué papel interpretar. "Sé tú misma", me digo, como si eso fuera suficiente... Actriz sin papel, sin texto, sin dirección (¡sin dirección!). Y de pronto las casualidades, los azares, los designios (yo solo buscaba un texto...) que me llevan de vuelta a Madrid, a no sé qué y durante no sé cuánto. Pero no me quedaré con la duda. Los puntos suspensivos son los mejores de todos los puntos, se entienda como se entienda. Una actriz sola en otro barrio madrileño, con todo que ganar y todo que perder. "Nacemos solos y morimos solos", me decía un amigo. Habrá que superar dificultades. 


domingo, 26 de marzo de 2017

Domingo por la tarde

Después de un mes de no parar, y esta última semana en concreto, hoy por fin echo el freno y dedico el domingo al apacible hábito de no hacer nada, cosa que a veces necesito mucho y me encanta, pero que hoy en particular me va a acabar por aburrir. Cuando te acostumbras al ritmo frenético de hacer mil cosas a la vez, de pronto el tiempo libre parece no encajar en tu rutina. Yo siempre encuentro cosas que hacer cuando no tengo nada que hacer realmente, y lleno mi tiempo con música, con libros, con pelis, con la guitarra y el blog, con un mate y mil cigarros, con juegos de ordenador... pero todo eso lo disfruto mucho más cuando no me rondan inquietudes por la cabeza. Hoy no es de esos días. Hoy, con el cambio horario, empieza oficialmente la primavera y a mí no solo se me altera la sangre. Hay cosas que me mantienen intranquila por lo dificultosas, por lo turbias o por no saber abordarlas.
El domingo pasado, a estas horas, estaba casi llegando a Madrid sin saber lo que me esperaba y con el corazón a mil por descubrirlo. Pasó todo como un suspiro, sin darme tiempo a asimilar tanta emoción. Y con toda esa emoción sin resolver volví el martes a Granada, al lugar donde me conocen, donde las calles no resultan extrañas y donde están las cuatro paredes que me protegen del vacío exterior. Y en este clima, en esta lejanía, y con esta ansiedad volví también a esperar los mensajes de la madrugada como respuesta a mis preguntas, o al menos, esclareciendo la realidad.
A lo largo de esta semana he descubierto muchas cosas que me hacen pensar en lo injusta que puede ser la vida y lo complicado que es mantener relaciones justas con cada persona que se te cruza en el camino. Que mientras unos te ponen en un pedestal, otros no se dignan a llamarte. Que mientras unos no dudan en sucumbir a la locura, otros optan por ser prudentes. Y que yo misma endioso y me doy a la locura, de igual modo que no llamo a nadie y soy prudente, y acertar con cada cual no podemos elegirlo (quién merece una cosa, quién merece otra...). No se eligen los sentimientos; nos eligen a nosotros. En cualquier caso, siempre es mejor sentir algo que no sentir nada, incluso equivocándonos.
A la escasa semana que le queda a marzo intentaré ponerle un broche de oro porque la verdad es que este mes se ha portado. Pero empezaré mañana. Hoy no quiero saber nada del mundo, al menos mientras dure la luz del día. Con inquietudes o sin ellas, aburriéndome o no, este domingo es para mí y haré lo que sea para no pensar más allá de las nueve de la noche. Ya, si eso, me ayuda Freddie.


miércoles, 22 de marzo de 2017

MadriZ me mata

Estación Sur de Autobuses, Madrid (21 de marzo, 10:00 a.m.)
A hora y media de tomar el autobús que me devuelva a la cordura, estoy sentada en un banco al sol, con una libreta y un boli que acabo de adquirir en la estación a modo de salvavidas. No esperaba que el regreso a Granada fuera tan necesario, porque haciendo equilibrio en esta cuerda floja sin saber cuánto podré aguantar, es mejor que la caída me pille refugiada en casa que en las calles desconocidas de Madrid. Es el precio a pagar por el desafío. Vine a hacer lo que tenía que hacer y cuando lo hiciera volvería a casa. Irme contenta no estaba contemplado, lo sé, pero tampoco esperaba irme tan triste. No me cuestioné nada cuando tomé la decisión de venir porque si lo hacía no hubiera venido. Considerar las consecuencias me hubiera impuesto límites que, evidentemente, no quería tener y sin límites se corren riesgos. Yo era muy consciente de esos riesgos, pero el deseo impulsivo pudo más que todos ellos. Planeé esta "aventura" durante una semana con la ilusión de un niño el día de su cumpleaños, y eso fue suficiente para seguir adelante. Vine a ciegas, pensando solamente en el siguiente paso y confiando en que, al menos por mi parte, no fallara nada y creo que eso no lo hice mal. Todo lo que pasara a partir de ahí escapaba a mi control y esa parte desconocida es la que vine a descubrir (con todos sus riesgos).
Supongo que el éxito o el fracaso de algo se mide por la sensación final de la experiencia, y cuando los acontecimientos te llevan por caminos extraños que te desorientan y pierdes toda ubicación, aparecen los interrogantes y la sensación final no es buena. Hablar de éxito o de fracaso en esta ocasión no sería muy acertado. En realidad no sé cómo llamarlo, solo sé que tengo un escalofrío agarrado al pecho con los síntomas de que algo ha fallado, aunque no sea culpa de nadie. Quizás cargué la maleta con demasiadas ilusiones y olvidé echar la prudencia (siempre se me olvida algo cuando viajo). También se juntan muchas cosas... el quiero y no puedo, el sentirme empequeñecida en terreno desconocido, mi propia inseguridad ante casi todo, el verme a la deriva en un mar de gente sin saber exactamente a dónde ir, con el cuerpo cortado por el desenfreno y las alas cortadas por la prudencia ajena... e intentar ocultar todo eso tras una sonrisa y unas gafas de sol, aunque mi cuerpo desvelara en cada paso torpe tanto cansancio.
Son las 11:30 y a medida que me alejo de Madrid voy dejando un rastro de melancolía difícil de entender. No sé qué quería que pasara para sentirme mejor, pero sí sé lo que no quería. No quería la frustración, ni el desapego, ni la cordialidad. No quería despertar nerviosa en mitad de la noche, ni quería indiferencia, ni quería "normalidad". Y desde luego no quería que si todo eso se daba, pesara más el anhelo de lo que pudo haber sido que el recuerdo de lo que en realidad es, porque creo que eso es justamente lo que me oprime el pecho. Y tengo que hacer un ejercicio de autoconvencimiento para que la sensación de haber pasado desapercibida desaparezca. Me consuela pensar que en casa está mi gato solito y que quizás él me esté echando de menos, y puede que eso suavice un poco todo lo que echaré de menos yo. Me gustaría poder dormir las cinco horas que dura el viaje pero mi memoria sensorial ataca en cuanto cierro los ojos, y por eso escribo, para tener la mente ocupada en ordenar palabras y así privarla de fantasías desmedidas. La imaginación es la única culpable de tanto desajuste emocional.

Granada (22 de marzo, 13:09 p.m.)
Con mi gato, que sí me echó de menos por lo que me dio a entender cuando abrí la puerta de casa, mi pajarillo cantando y mi perra recién recogida de la residencia, parece que el orden vuelve a mi vida, y al menos lo que queda de mes intentaré disfrutar de ese orden. Ahora, con oxígeno granaíno en los pulmones y habiendo dormido varias horas del tirón, puedo ver las cosas con más claridad. Ya no me preocupa tanto haberme quedado sin representante y la difícil tarea de tener que buscar otra agencia, ni la de vueltas y trabajo que conlleva encontrar salas para actuar, ni el "final" de la recién inaugurada primavera. Buscaré otra agencia sin ninguna prisa, enviaré material a las salas aunque sea a ciegas, y cambiaré el punto final del último viaje para añadirle puntos suspensivos al siguiente. Mientras tanto me concentraré en todas las cosas que tengo por delante, que no son pocas. Mañana toco con mi banda en "La Compañía", el viernes y el sábado hacemos el último fin de semana de microteatro y por ahí hay un casting con buena pinta al que me quiero presentar. Se vienen muchos ensayos, un rodaje y tiempo perdido que recuperar. Me estreso mucho, pero el trabajo me salva de mí misma así que lo pillo todo con ganas.
Quizás Madrid me mate, pero para eso tendremos que pelear antes. Rendirme no entra en mis planes, y hay batallas que valen la pena. Y aunque yo soy más de la lucha cuerpo a cuerpo (de ahí que me desangre a menudo) voy a probar eso de la prudencia como arma de defensa.





Y desafiando el oleaje
sin timón ni timonel
por mis sueños va,
ligero de equipaje
sobre un cascarón de nuez,
mi corazón de viaje (...)

Sabina, "Peces de Ciudad".








miércoles, 15 de marzo de 2017

Placer en lo desconocido

La vida está llena de innumerables placeres: el sabor afrutado de la gelatina a la hora de la merienda, las 21:00 de la noche en primavera, quedar con amigos en el bar de enfrente para tomar vinos a euro, apoderarse del sofá con una buena peli y un vaso cerca o quedarte hasta la madrugada intercambiando mensajitos con gente que te hace reír. Y escribir. A veces escribir es placentero; otras veces es una necesidad. Escribo por necesidad cuando no soy capaz de verbalizar ciertas cosas y tengo que sacarlas de alguna manera, o cuando tengo tal lío en la cabeza que sólo escribiendo consigo ordenarlo. Hoy escribo por placer, por el mero placer de teclear y contar algo, por insignificante que sea.
Marzo ha llegado como una bendición en todos los sentidos: trabajo, dinero, independencia, ilusiones renovadas y el olvido necesario de errores pasados. Y cuando todo parece ir bien y logro por fin alcanzar la tranquilidad y el gusto por lo cotidiano, me dura dos días... Creo que no fui diseñada para eso. En cuanto me veo nadando en aguas tranquilas, salta un resorte en mi interior que me empuja a mares turbulentos como si la complicación fuera el motor que me mueve. Reconozco que soy un poco así y que luego me quejaré de los líos en los que me meto, pero si no fuera por ellos me aburriría muchísimo. También es cierto que no todos los líos los busco a conciencia; muchas veces vienen a mí y no sé esquivarlos (¿o no quiero hacerlo?).
El último lío que tengo en la cabeza me va a llevar a Madrid dentro de poco en un acto probablemente suicida para confirmar que, efectivamente, soy una masoquista emocional. Castings, entrevistas con salas de espectáculos, firma de exclusividad, encuentros casi a ciegas... todo mezclado en un cóctel molotov tan excitante como peligroso. Pero siempre me he fiado de mi instinto que es, sin duda, el mejor guía que tengo, y me lleve a donde me lleve estará bien (con todas las complicaciones que eso pueda generar).
Encuentro un extraño placer en lo desconocido, y es extraño porque se mezcla con el también miedo a lo desconocido. Supongo que el placer radica en la inquietud: ¿por qué da miedo? ¿por qué si da miedo accedemos? ¿por qué si accedemos estamos corriendo riesgos? ¿por qué correr riesgos nos pone tanto? Será por eso de que el que no arriesga no gana, y aún sabiendo que la posibilidad de perder está ahí, la posibilidad de ganar también, y nos resulta más atractiva... En muchas de las cosas que hago "por placer" no tengo claro qué busco; no sé qué ganaría si gano, o qué perdería si pierdo. Puede que no se trate de nada de eso. Puede que el placer esté simplemente en el hecho de dejarse llevar por inercia a algo que te da buena espina, pase lo que pase después...

jueves, 23 de febrero de 2017

El cielo en sepia

Queda menos de un mes para que vuelva la primavera ¡OTRA VEZ! pero mientras tanto, el cielo se ha cubierto de polvo y anuncia tormenta de barro. El sol parece haberse llevado consigo el recuerdo del primer invierno que se desvanece en la lejanía del horizonte como humo de chimenea. Un nuevo aire capital trae el carnaval a este duelo, devolviéndome el amor propio que perdí en el camino. Sabes que algo se va superando cuando eres capaz de pensar en otra cosa y que además te guste. Y entre esos pensamientos me recreo ahora, desde mi cómodo sillón de despacho, leyendo por fin cosas satisfactorias (quizá demasiado) y dejando de buscar en los recuerdos. Cuando me aburro salgo, cuando me necesitan voy y, si tengo un rato para mí, me distraigo con trivialidades ociosas, o me enfrasco en la lectura, o miro por la ventana la tormenta. Ya no me hace falta la presencia virtual de quien creía el oasis de mis neuras. Me excito con las pequeñas cosas que me rodean, y si me fallan, tengo mi mano derecha. Quizá en esta postal del cielo en sepia quede un resquicio de ese nombre, pero lo escondo tras la nube negra que fue resbalar por urgencia en un charco de incomprensión y de malas contestaciones.





Ni un gramo de razón le doy 
al egoísmo de habernos "saltado las reglas"
Que yo soy yo con mis defectos 
y tú eres tú con tus miserias.

Sí me atribuyo el mérito a desesperar en silencio 
que más que un mérito es una condena
pero si algo bueno tiene es entender quién soy 
y quién sería si tú no fueras.