domingo, 23 de marzo de 2025

La primavera y su luz

Se le llama acción inspirada a aquella que hacemos sin pensar, sin dudar, sin temer el resultado. Esas acciones “inconscientes” nos llevan por el camino correcto aun sin saberlo. 

La primavera llegó en mitad de una de ellas. Aunque la alegría del resultado duró menos de un día, como el sol, lo que vino después definió el camino a seguir, y a pesar de que volviera la lluvia y la oscuridad, sólo hizo falta un pequeño gesto para que su efecto lo aclarara todo, y la luz se colara entre las nubes negras. Cuando lo que quieres trae algún pero en el enunciado, no sabes lo que quieres. O, como poco, es un deseo inconsistente con tus expectativas. Las acciones inspiradas reestructuran el enunciado; les quita el pero. 

Claridad. Ésa era la esencia de todo lo que quería. Y supe que ya la había encontrado la tarde en que me vi a mí misma enfadándome con alguien por ser un papa frita, y más aún, al día siguiente, cuando el papa frita en cuestión me recordó que no se le pueden pedir peras al olmo. Si quieres peras, te buscas un peral. Y con esa sabia conclusión, saqué las ganas de vestirme, y salir… y brillar. 
Ese brillo llegó tan lejos que me reencontré con un viejo pescao que no veía desde el día en que decidí abandonar la pecera (por lo mismo de las peras y los olmos) hace ya unos cuantos años, y fue muy bonito hablar y recordar los buenos momentos, y escuchar por fin ese “I’m sorry” que tanto ha tardado en llegar. Hay que querer a las personas como son, y no enfadarte por no poder compartir las mismas cosas con todos. Para ver eso, a veces hace falta dejar correr el tiempo necesario. 
Gracias a este encuentro, pude entender que a mi papa frita le seguiré teniendo cariño por muchas razones, pero no quiero tener enfrente a alguien que no quiere tenerme enfrente a mí. Porque los olmos tienen su encanto, pero hay que recordar que nunca, nunca, nunca darán peras. Entender esto y, sobre todo, aceptarlo sin refunfuñar, es pasar de pantalla. 

Y así seguiré avanzando en el juego, sin renunciar a mis muchas palabras, ni a mi sentido del humor. Y cuando me sienta inquieta… siempre puedo volver a mojar mis ganas en las frías aguas del Atlántico norte. Que ya, si eso, las caliento yo. 


viernes, 14 de marzo de 2025

Decisivo Marzo

Entre lo imposible y lo improbable. En esa horquilla me he estado moviendo desde hace ya años. Y, sin embargo, lo improbable ha ocurrido, y lo imposible no parece tener cabida. No tengo derecho a cerrarme puertas que ya he visto y comprobado que se abren solas. Desconfiamos de lo fácil, y buscamos el drama donde no lo hay... Es lo que tiene darse al ocio durante unos días, que te pones a buscar lo inconveniente para aburrirte menos, y quieres que algo aparezca de pronto y te sacuda el aburrimiento. Pero hoy me he dado cuenta de que sólo es viernes, y de que apenas han pasado tres días, y no la eternidad que a mí me parecía. Lo que es, no existe, sólo existe nuestra percepción de ello. 

A riesgo de contradecirme, los últimos días me he dado cuenta de algo. No se puede elegir una dirección consciente que vaya en sentido contrario a donde realmente te quieres dirigir. Cuando te tienes que obligar a algo, en realidad no quieres hacerlo, sólo crees que debes. Y yo prefiero vivir en un mundo donde, cuando sales a la calle, las cosas que ves te cuentan lo que necesitas oír, y lo cotidiano se convierte en otra cosa distinta, en algo mejor. "Tu imaginación es nuestra realidad"; y justo al lado, un espejo donde reflejarla. Por donde caminaba el cielo estaba azul, las espesas nubes negras habían hecho una especie de pasillo casi perfecto sobre el bulevar. Sólo hizo falta una acción diferente antes de salir; aplicar la reversibilidad. No esperar a que una causa cree el efecto, sino hacer que el efecto cree la causa. Y más o menos en el mismo momento en el que yo miraba a un coche revelando un secreto a voces, a las 18:18 de la tarde exactamente, alguien me miraba a mí. 

No me tengo que preocupar de nada, porque sé que la oportunidad que busco está ahí, y acabará llegando de alguna forma. El escenario está montado, el guion está escrito, y los personajes perfectamente definidos. Sólo falta que se abra el telón. Hasta entonces, la distancia y el silencio me ayudan a mirar hacia otro lado. Este mes cierro tres rutas más, y en abril se vienen bolos. El 4 estaré poniendo media hora de monólogo en Motril, en Teatro Vida, y el 26 haré una hora entera en la I Feria del Libro de Albuñol, bajo la organización de El Batracio Amarillo, que iba a ser este fin de semana, pero, (bendita suerte) la lluvia ha hecho que se posponga a abril, lo que me hace la logística infinitamente más fácil, y me da un tiempo más para prepararlo. Estos dos bolos estaban en mi mente desde hacía tiempo, como también lo estaba actuar en Sevilla con PCR Comedy en algún open. Pero con esta gente ha ocurrido algo aún mejor: me han seleccionado para actuar directamente en el Festival Andaluz de Comedia Alternativa. Será el 14 de junio en el Platea Odeón Imperdible de Sevilla. Una oportunidad de oro para demostrar lo máximo en apenas 10 minutos. Y algo importante: visibilidad más allá de mis fronteras. 

                          

Con tanto derroche de oportunidades, ¿por qué no creer en una más? Se ha quedado un mes de marzo perfecto para ello. Y la primavera está a la vuelta de la esquina. 
Sin frío, y con un poquito más de volumen, casi que lo tengo todo a mi favor. 


                                                


viernes, 28 de febrero de 2025

Haciendo espacio

Acabo de tirar a la basura un paraguas, unos calcetines, y la malta del gato. Y siguiendo con la inercia, no es mal día para deshacerse de otras cosas que también se han roto o, como poco, han caducado. 

Me acuerdo bien de cuándo empezó todo. Aquel día volvía a casa y ya era de noche. Fue el día que salí un poco antes, y al informar de ello obtuve una reacción indeseada a modo de pista que, en su momento, era imposible de entender (y conociéndome, seguramente fue eso lo que más llamó mi atención). Antes de ese día ya sospechaba algo, pero estaba controlado. Dejó de estarlo poco después.  
Me quedo con el recuerdo de las tierras lejanas y sus rincones bonitos, la música que sonaba aquella tarde de lluvia que quedó enmarcada en un corazón, las estrechas calles por donde la historia, y los cuentos, y las leyendas se cuelan por cada esquina, y aquel largo puente al que pronto volveré, y que escondía animales con nombres raros. Y en esos días de inevitable colapso sanguíneo volver a mirar al norte, donde lo bonito no está manchado de realidad, y no hay dudas, ni desconfianzas, ni bloqueos. Y que lo que sueñe tan vívidamente (como anoche) no me haga despertar con la pena de que sólo fuera un sueño. Puestas a soñar, mejor ir más lejos.
Los últimos acontecimientos me han hecho revivir lo que ya parecía medio olvidado o, al menos, reposaba tranquilo en algún lugar de mi mente. Pasará algún tiempo hasta que pueda recordar aquellas tardes tan largas y tan efímeras a la vez con menos añoranza. Y quizás tenga que pasar más tiempo todavía para entender sin acritud que sólo formaban parte necesaria de otra cosa más importante. Un lazo de unión a otro lugar. 

Habrá que hacerle espacio a lo nuevo. 

sábado, 22 de febrero de 2025

Leave it with me

Desde que empecé a centrarme a tiempo completo en mí y en mi trabajo, un montón de sucesos se han ido precipitando a una velocidad tan impetuosa que ni me ha dado tiempo a pensar en ello. El bolo del 6 de febrero, en el que estrenaba buena parte de material nuevo, me tuvo absorbida al cien por cien durante dos semanas. Todas las vueltas que le daba al texto me parecían pocas. Siempre encontraba algo que cambiar, algo que pulir, algo que acortar, y muchas formas distintas de expresar una idea. A pocos días del estreno aún tenía dudas; incluso la misma noche, encerrada en el improvisado camerino, seguía haciendo cambios. Salí al escenario con decisión, pero con el texto demasiado en el aire como para disfrutarlo. Estaba más pendiente de no perder el hilo que de pasarlo bien e improvisar sin miedo. Por suerte, grabé todo el bolo, y mi sensación interna de no haber estado del todo fina desapareció cuando me vi desde fuera, y pude comprobar que, incluso a medio rendimiento, el texto funciona y yo tengo mis momentos. Fue además un alivio escuchar los comentarios del público, que al parecer no notó como yo la inseguridad que llevaba dentro. Una vez más, verme sola minutos antes de salir al escenario me hizo acordarme de antiguos compañeros, pero cuando acabas y ves que todo ha ido bien, puedes sentir las cosas de otra manera. La sensación de soledad es un fantasma de la infancia, no es real en absoluto (debería recordarlo más a menudo). Allí, entre un público desconocido, también estaban mis amigos, mis amigas, gente que conozco desde hace años, vecinos, compañeros... y no sólo estaban allí por mí; estaban allí para mí. Y ni siquiera hace falta que te conozcan, los desconocidos también arropan. Esto lo entendí mejor una semana y pico después, a medio camino entre Granada y Antequera. Porque, aunque parezca cosa de locos, me he estrenado como guía acompañante. 

Más o menos en esos días de nerviosismo total previos al bolo, y como si fuera una señal divina, recibimos las fotos y los vídeos del curso de guía, y de aquel viaje de prácticas. No abrí los archivos hasta el día siguiente de mi estreno. Cuando lo hice, mandé todos esos recuerdos agridulces al disco duro junto con todo lo demás, pero esas imágenes se quedaron unos días conmigo dando vueltas en la cabeza, y todo lo que yo había pensado previamente que podría pasar, pasó (al menos la parte realista).  Me pusieron por delante algo que yo ya había descartado con triste resignación, y lo agarré sin pensar (literalmente). De esas cosas que cuando ya las piensas a posteriori, agradeces no haberlas podido pensar en su momento. Me sentí de pronto como si me hubiese precipitado hacia algo y ya no pudiese dar marcha atrás. Me sentí, valga la expresión, guiada. 
Llegó el tan esperado mensaje por la razón que sabía que llegaría, pero lo que vino después abrió una puerta adicional, y sin más, mis dos puertas cerradas desde hacía tiempo se abrieron de par en par. En apenas cinco días tenía que recordar todo lo que había aprendido, diseñar una hoja de ruta (que se me da de puta pena), y resolver las innumerables dudas que me surgían a medida que avanzaba en el proceso. Para esto último tuve un gran apoyo por parte de varias personas. De no ser por ellas (y por una en particular) jamás lo hubiese hecho. Y puede que ésa sea la verdadera razón de todo porque, paralelamente a mis requerimientos de inexperta, circulaban todas las demás en un autoimpuesto segundo plano. No tenía tiempo material para divagaciones, a pesar de tener la voz de la sabiduría retumbando en mi mente. 
Hacer esa corta excursión de un día fue un logro personal que se vio engrandecido por la sensación de éxito. No sólo hice lo que tenía que hacer, sino que lo hice bien. La gente quedó satisfecha, clavé los tiempos con la precisión de un reloj suizo y me tocó el mejor conductor del mundo (ojalá pudiera llevármelo conmigo a todos los viajes). Cuando llegué a casa y vi tantos mensajes de gente que se había estado acordando de mí (como si en vez de haber hecho una excursión de un día hubiese acabado de escalar el Everest), me sentí tan arropada como el día del estreno. Porque todo es fácil cuando se sabe hacer, pero las primeras veces siempre son difíciles, y tod@s lo sabían. Especialmente los que me conocen bien, y saben que yo me pierdo hasta en el Zaidín, y que para mí las carreteras tienen el misterio de un agujero de gusano. 

Al día siguiente, dispuesta a descansar del viaje y reolvidar mi desliz emocional, la misma agencia me llamaba para ofrecerme nuevas rutas, y la vida me dijo que de olvidar, nada. He cogido dos, una de ellas porque es la misma excursión que ya había hecho, y la otra para no acomodarme. Porque tengo marzo a reventar de cosas, muchas de las cuales me ponen especialmente contenta porque las he creado yo misma, pero no me paré a pensar que podían llegar todas juntas. Tanto es así que he tenido incluso que rechazar trabajos. En cuestión de días me vi cerrando bolos y viajes, escribiendo artículos a la velocidad de la luz, recibiendo propuestas para un nuevo negocio, firmando contratos, diseñando carteles, reacomodando fechas y textos para más bolos a futuro, y hasta mi blog ha alcanzado un nuevo protagonismo. No sé si será por mi renovada actitud, por Brian, o por el "olor del dinero", pero parece como si se hubiera abierto un portal, maravilloso y abrumador a partes iguales, donde recoger todo lo sembrado y alcanzar, por fin, una cierta estabilidad económica. Y en medio de tanto ajetreo, ni siquiera tuve tiempo de pensar que hasta lo que parecía casi imposible había ocurrido. 
Me quité del medio en dos días lo que pensaba hacer en dos semanas sólo para poder dedicarme algo de tiempo a mí misma. Es bueno disponer de ese tiempo; ayuda mucho a ordenar tareas y pensamientos. Y en mi caso, también ayuda a poner los pies en el suelo y no dejarme llevar por ilusiones pasajeras. Y tras muchas vueltas, he decidido moldear mi próxima creación mirando más allá de mí misma, y poder darle la forma de algo tangible a esa escurridiza red de seguridad con la que no podré contar siempre. Mañana a las 00:00 acaba ese plazo que me he dado. Hasta entonces, tengo dos días para esperar lo mejor y prepararme para lo contrario. Mentiría si dijera que me da igual lo que pase, pero lo cierto es que tampoco puedo hacer nada excepto dejar que hasta las cosas más raras (e incluso las casi imposibles) acaben ocurriendo cuando sea y como sea. 
Leave it with me...

viernes, 31 de enero de 2025

Aunque parezca superdifícil...

Hace unos días encontré un curso online que me tiene totalmente absorbida. Va sobre cómo desarrollar el potencial del cerebro y activar un montón de zonas "dormidas" que pueden ser despertadas y ayudarte en mil cosas. Me topé con él por casualidad, y le eché un ojo con mucha curiosidad y con poca confianza. Pensaba que sería otro de esos vídeos de frikis esotéricos, que se autodenominan couch sin ningún tipo de pudor, y que venden humo disfrazado de misticismo barato, pero me acabó sorprendiendo. Me encontré con un tipo que me hizo entender (con los datos científicos demostrados en la mano) lo que no entendía y necesitaba entender para poder darle cierta credibilidad al asunto; que explica tan bien el cómo y el porqué, que hasta una mente escéptica como la mía conseguía darle sentido a cada palabra. Y comprender ciertos conceptos me ha abierto un mundo nuevo. 

"Aunque parezca superdifícil, te puede sorprender". Escribí esta frase hace más de un mes en modo automático, de manera inconsciente, sin saber lo que estaba escribiendo, cuando andaba envuelta en pensamientos existencialistas, sin rumbo fijo, sin planes claros, sin expectativas realistas, y con la convicción de que todo lo que me imaginaba no eran más que fantasías inalcanzables. Una frase alentadora entre decenas de páginas fatalistas. Esa frase me estuvo despertando cada mañana durante muchos días. Era mi primer pensamiento al abrir los ojos. Se acabó colando tanto en mi cabeza que me hizo reaccionar, me cambió la perspectiva, dirigió mis pensamientos hacia un optimismo que chocaba con mis circunstancias. Poco después encontré el curso, y esa frase cobró todo el sentido del mundo. Bien por ignorancia, bien por el esfuerzo que requiere, la mayoría estamos tan acomodad@s en dejar que las cosas pasen que no nos molestamos en HACER que las cosas pasen. Ahora sé hacia dónde mirar, en qué fijarme, cómo proceder... Este hombre me ha enseñado a pensar, y como si fuera el padre que nunca tuve, me ha alentado a seguir imaginando fantasías inalcanzables porque "aunque parezca superdifícil... me puede sorprender". Eso sí... trabajando mucho. 

Yo no creo en magia ni en milagros, pero se siente totalmente así al ver cómo cambia todo por fuera cuando cambias tú por dentro. Y tampoco he cambiado tanto, no es que sea otra persona de repente. Soy la misma con las ideas más claras. Yo ya sabía muchas cosas, pero las tenía desordenadas en la cabeza porque nadie me enseñó siquiera a usarlas. Y cuando de pronto te encuentras con alguien que te da el trabajo hecho (gratis) te dan ganas de viajar a California y besarle los pies, como mínimo, porque te acaba de regalar tiempo, y no hay nada más preciado que el tiempo. Y compensa mucho todo el que tú perdiste dando vueltas, y chocando una y otra vez con el mismo muro que otr@s levantaron contra ti porque no supieron hacerlo mejor. Y tras ese muro se esconde la mayoría, y desde allí se quejan, y se lamentan, y se defienden, y escupen sus ideas infundadas. No quiero ser como ell@s. He estado huyendo de eso toda mi vida (sólo que antes no tenía claro hacia dónde tenía que huir). 

Hace una semana hice un bolo más que necesario, y lo supe en cuanto lo terminé, aunque tardé un par de días en entender la razón. Ese bolo era el billete dorado hacia el siguiente, y aunque es una afirmación temprana, sé que no ando desencaminada. Yo sólo puedo controlar mi parte, y preocuparme por lo que no puedo controlar no tiene sentido. Y esto aplica a todo. Cuando sacas de tu mente lo que no puedes controlar, lo incontrolable desaparece, deja de ser un problema; deja de ser, directamente. Sabes que está ahí, pero ya no capta tu atención, se hace débil y acaba desapareciendo de tu mundo. Si estás atenta, hasta te das cuenta de que todo lo que pasa es por algo (algo mejor), y para que te lo termines de creer la vida te pone las evidencias en la cara, y un día despiertas con todas las certezas del mundo tan claras en tu cabeza que te sientes invencible. 

Ahora sé cómo proceder, y aunque saberlo no lo hace más fácil (sólo te quita el peso extra que tú misma te estabas echando encima) ayuda a ver las cosas desde una posición infinitamente más sana y constructiva. El azar siempre juega un papel importante, y el gran acto de fe (y mi talón de Aquiles) es confiar en que la suerte se pone de parte de quien no desiste. El próximo 6 de febrero tengo un bolo importante porque muestro mucho material nuevo, y yo sólo puedo intentar hacerlo lo mejor posible. El resto es suerte y una fe ciega en ella. 







miércoles, 1 de enero de 2025

El porqué de todo

Me he pasado casi todo este mes buscando un norte que no encontraba ni con brújula, pero después de varias semanas dando vueltas en círculo, rodeada de una niebla espesísima, e impregnada de un calor tan tórrido que derretiría la sierra en medio minuto, acabé orientándome en los últimos días de una semana que era clave para mí. Tuve que encarar todo el proceso con una paciencia bíblica. Tanto verlo sin tiempo, y tanto tiempo sin verlo generó una espiral de urgencias que me llevó, en el primer caso, a actuar impulsivamente, y en el segundo, a buscar hasta en los lugares más remotos el porqué de todo. Pero ya lo dice Cooper en esa maravillosa película: "Los accidentes son la base de la evolución".

La ultima vez que me vi rodeada de ciertas personas tuve que tomar una decisión firme. Ese día me sentí asfixiada, pese a que ninguna de ellas me provoca nada parecido, si acaso lo contrario, son un encanto; esa sensación de incomodidad se dio sólo por contexto. Pero un rato, apenas unas horas con ellas fue suficiente para dar ese paso a un lado que me permitiera distanciarme, y volver a mi camino. Particularmente esclarecedor fue ver, sin venir a cuento, en la pantalla de un móvil ajeno otra verdad dolorosa (sí que hubo un trato especial al fin y al cabo...). Es entonces cuando la resignación se convierte en acción: anulas citas, cancelas eventos, guardas carpetas y papeles, borras cosas en el calendario... Ir en sentido contrario era lo mejor que podía hacer en esos momentos. Y es irónico cómo responde la vida cuando crees tener claro algo. De pronto me cayeron por todos los frentes invitaciones, imágenes y mensajes que me querían llevar de vuelta al lugar del que trataba de huir, y ese nombre acabó reapareciendo en el limbo virtual de los lugares más insospechados. 

Empeñada en no dejarme engañar por espejismos, seguí en mi propósito de darle la razón a la razón, así tuviese que acabar comiendo tierra. Sin embargo, mis intentos por alejarme me seguían llevando al mismo sitio. Es como si quisieras salir de una habitación, y cuando atraviesas la puerta ves que estás en la misma habitación, y abres otra puerta y te lleva a la misma habitación, y así en bucle. Y al final caí en una crisis indefinible del quiero y no puedo peleando por un lado, y el podría pero no debería matándose por otro, hasta que mi cabeza toda se convirtió en un campo de batalla que necesitaba una tregua urgente, porque llegó un punto en que se enfrentaban unos a otros sin saber siquiera a qué bando pertenecían, qué defendían, o cuál era la razón de tanta violencia. El silencio se me hizo tan necesario como respirar para poner a cada uno en su sitio Llegué a un punto tal de concentración que sólo se vio interrumpido por los momentos más bonitos de una Navidad que ha superado sin duda a las dos anteriores, y que me ha traído múltiples alegrías, un par de ingresos, y esos momentos de chispa mágica taaaan necesaria. Y en esa felicidad salpicada de dudas decidí dedicar una semana, y ni un día más a resolver lo único que no quería arrastrar al 2025. Y lo hice. Encontré el espacio y el silencio absoluto, y me obstiné en armar un tetris imposible de prioridades y pensamientos recurrentes, con emociones confusas y carencias insostenibles para que cada cosa encajara con las demás. 

Y con todo en su sitio escribo esto hoy. Porque ahora ya sé dónde estoy, hacia dónde voy, y el porqué de todo. Y lo he conseguido en tiempo récord; apenas un mes. Desde este lado tengo cierto control, y una vía de escape, que aunque sabes que es como lanzar un mensaje en una botella y que las probabilidades de que alguien lo lea son ínfimas, no pierdes nada por intentarlo (salvo una botella). Tú la lanzas y te olvidas; lo mismo acaba llegando a la orilla opuesta. Más raro es ver escrito a pintura en un coche lo que justamente intentabas no ver más. Quizá el día 6 de enero pueda añadir una rareza más a la, ya de por sí, larga lista de rarezas maravillosas que han ocupado casi por completo este último año. Me fui hasta Santa Fe (qué ironía de nombre) a buscarla. No podemos controlarlo todo, pero hay que ocuparse de lo que sí podemos controlar, y lo demás vendrá por añadidura. Siempre. Quizá con otro nombre, quizá con otra forma, quizá en otro momento, pero acaba apareciendo de alguna manera. 
Y ésta ha sido mi "sabia" reflexión de la semana; y, sí, he necesitado casi un mes para llegar a ella 😑

Con mis dos últimos artículos de 2024 dejo en el 2024 lo de 2024. Este año todo es nuevo. Incluso si viene de atrás, habrá cambiado lo suficiente para ser considerado nuevo. Porque si algo he aprendido en estos días de absoluto ensimismamiento místico, sólo comparable al de un maldito monje budista, es que lo único que se repite en la vida es el cambio. 













sábado, 7 de diciembre de 2024

De lo que construimos, destruimos y reconstruimos

Tengo mil notas esturreadas sobre las últimas dos semanas con cosas que escribo para que no se me olviden, y con cosas que escribo para olvidarlas, si fuera necesario. Y se ha hecho necesario. Algunas de estas últimas cosas tienen demasiada carga emocional como para volcarlas en algo coherente y comprensible como una simple lectura de repaso, pero voy a intentar reunirlo todo sin obviar las partes idílicas (detonantes de todo lo demás) y, a la vez, sin despegar los pies del suelo. Porque para escribir hay que posicionarse (a menos que estés dando las noticias), y mi posición de hoy es distinta a la de ayer, y distinta a la de la semana pasada. Se escribe desde una emoción, y ha habido muchas y muy cambiantes en poco tiempo. Hoy, sin emoción definida, me limito a narrar dándole el peso justo a cada palabra; si me paso o me pierdo en detalles, es cosa mía (pasarme, por lo visto, se me da bien).

Ayer no podía controlar mi cuerpo (antes de ayer tampoco, pero por razones distintas). Temblaba solo, como cuando tienes fiebre que te retuerces, y te estiras, y te acurrucas, y te das la vuelta, y otra vuelta, y otra vuelta sin poder controlar la respuesta natural de un cuerpo que agoniza entre espasmos y tiriteras. Se hacía hasta difícil respirar de manera normal estando así. Y cuando conseguía tomar algo de control, volvían de pronto las imágenes en blanco y negro, y esas desacertadas palabras, y sentía de nuevo los pinchazos por el cuerpo, el vientre en pie de guerra, y las ganas de gritar. Me fui, con imperiosa necesidad, a tirarme al sol sobre un manto de hojas marrones no muy lejos de mi casa, a ver si así se me pasaba el tembleque, me perdonaba por los abusos, y entendía de alguna manera que, a pesar de lo que pesa todo, es mejor agarrarse a una verdad que no mola, que a una maravillosa mentira. Y aunque todo parecía estar muy claro, mi cabecita nunca hubiera soltado esa imagen basándose sólo en lo que había. Necesitaba un golpe de realidad para hacerlo bien, para hacerlo en serio, para hacerlo sin vacilar un segundo. Pero se me hacía casi imposible con todo el frío en el cuerpo, y estando tan al límite. 

Los últimos cuatro años me he estado centrando únicamente en mí y en mi trabajo. Hice cursos, estudié muchísimas cosas distintas, produje un corto, escribí un espectáculo de humor, me saqué cuatro duros trabajando aquí y allí, grabé canciones, me procuré un camino seguro lejos de los lazos familiares, y me dediqué a observar el lado “mágico” de la vida. El resto del mundo me importaba poco. Nada ni nadie, fuera de lo que yo había creado, despertaba mi interés. Y las necesidades (siempre las hay), las supe cubrir sin hacer ruido, tirando de mucha imaginación y colocándome en ese lugar perfecto, aunque imaginario, donde no te la juegas, donde no te pueden hacer daño. Estaba todo bien, todo en su sitio. No había que buscar nada porque ni quería encontrar, ni lo necesitaba. Parece obvio que, entonces, te descoloque lo que aparece sin buscarlo. Y lo vi venir. Lo vi venir porque me conozco, y porque no es algo que pase todos los días. Conocía los riesgos, pero no me dio tiempo a recular. Y mi naturaleza curiosa quiso entender por qué (me dieron esa pregunta metida en un sobre; así de importante debe ser…). La cosa es que, para responder a esa pregunta, hay que investigar, y hay que meterse en el barro hasta el fondo. Y yo me he metido tan al fondo que lo he traspasado. Ahora está el fondo, veintitrés capas de lodo, y yo. Lo peor es que ni siquiera ahí encontraba la respuesta. Todo parecía haber sido algo meramente anecdótico. Pero con muchísimo esfuerzo he conseguido ver más allá, y he cambiado el objeto de estudio; el por qué tenía que ver conmigo, con nadie más. Y yo, aunque soy complicada de cojones, me consigo entender a veces, y resulta mucho más fácil que tratar de entender todo lo demás. 

Durante unos días muy inciertos, muy tensos y muy confusos me permití dudar, llorar, cabrearme, agarrarme a la esperanza, soltarla de nuevo, y de últimas, llegar a límites absurdos. Y todo (literalmente, todo) me llevó a ese sitio. Porque yo lo estaba haciendo bien, no había más tiempo, y con lo que tenía hasta ese último día, sólo podía hacer una cosa: seguir mi camino, y cerrar esa puerta que no llevaba a ningún lado. Pero la vida no te pone las cosas fáciles… Y así salté del 2 al 5 con nuevos interrogantes, con nuevas dudas, y con toda la curiosidad del mundo; la misma que me llevó al subsuelo. El 5 de ese 25 (sabía que ese número iba más allá de todo), yo me sentía la más guapa, la más segura, la más atrevida… y la más vulnerable. Un outfit defectuoso ya anunciaban el frío inminente. Y se fue metiendo el frío, mucho frío, a pesar de que no hacía tanto. Ese lugar llamado primavera me recordó que, en realidad, estábamos rozando el invierno. Y se escarchó el paisaje, y todo se volvió de un gris oscuro cuando perdí el miedo a perder, y me la jugué a todo o nada. Descubrí mis cartas, aposté (demasiado) fuerte… y perdí la partida. Así es el juego. No se gana siempre, pero siempre pierdes si no lo intentas. En mi burbuja maravillosa, que tanto me había esmerado en construir, se estaba demasiado bien para arriesgarme a salir, así que no sé en qué momento (o con cuántos vinos), pensé que romperla era la mejor idea del mundo. Sobre todo, teniendo los datos sobre la mesa gritando “¡no es por ahí!”. No me lo creí. No me fie de los datos (me han enseñado a chequearlos siempre), y supongo que necesitaba creerme algo que no me gustara, a seguir dudando de todo lo que sí. 

Tuve que esperar a que amaneciera el día siguiente para “perdonarme” por eso, y para conseguir alegrarme por ser valiente, aunque la valentía lleve consigo una buena dosis de masoquismo. Debo decir que, a lo largo de mi vida, siempre he funcionado igual, que he ido a por aquello que quería (en todos los ámbitos de la vida) incluso cuando parecían quimeras inalcanzables, y que nueve de cada diez veces he tenido éxito (y a más difícil, mejores resultados). Por supuesto que he perdido en otras ocasiones; las menos, pero suficientes para ser consciente de que esa posibilidad existe. Para ganar hay que estar dispuesta a perder… Cuando sea vieja y esté a punto de morir (previo pago de impuestos) me alegraré al recordar, si aún me queda memoria (y si no, para eso escribo), que tuve miedo a perder en muchos momentos de mi vida, pero que afortunadamente, le tuve más miedo a no intentar ganar. Eso me ha llevado a los mejores lugares. Y puestas a ser optimistas, la ausencia de memoria sensorial, y la palpable indiferencia hacen más fácil el camino de vuelta a casa. Todos los pedazos rotos de mi burbuja se pueden recolocar dedicándole un poquito de esfuerzo diario. Me doy lo que queda de puente al ocio, al descanso y a la lectura; a partir del martes ya me pondré con los mapas, el inglés, el monólogo y el resto de tareas pendientes. El tiempo no está para perderlo. 

Y creo que con esto ya está hecho el resumen de lo que pudo haber sido y no fue, de un viaje a ninguna parte (aunque muy enriquecedor), y de un casi fin de año tan lleno de cosas bonitas, (incluyendo esa voz y esos ojos que se quedaron conmigo el tiempo suficiente). No puedo más que sentirme agradecida, obviando el pequeño vacío en el corazón, por haber llegado tan lejos en casi todo lo que me he propuesto. Y, como buena inconformista, quiero más. Lo quiero todo. Algunas cosas las buscaré, pero, las mejores, llegarán por casualidad. A veces, sin hacer nada; a veces, dejando hacer a otros; y, a veces, porque un amigo te recomienda hacer algo en un sitio que queda muy cerca de tu casa.


Vamos a brindar por las noches perdidas...