jueves, 1 de diciembre de 2022

Work in progress

A lo largo del otoño me han surgido varios cástings para publicidad, he pasado filtros, me han pillado para una peli, conseguí un curro de extra que después se cayó... O sea que sigo sin un duro, pero las posibilidades de trabajo están más presentes que nunca. De hecho, parece que tendré continuidad en la revista (adjunto el artículo de octubre; en noviembre no participé porque era un número temático que desconocía), y además estoy en la última fase del proceso de selección para un trabajillo que me daría algo de oxígeno. Y si no sale, seguiré buscando. O puede que me toque la lotería de navidad como recompensa a tanto dinero que se me ha escapado de las manos, cuando casi lo estaba tocando. Ése sería el mejor de los escenarios, porque entonces podría dedicarme 24/7 a los nuevos proyectos, uno de los cuales quisiera tener listo para mayo, como tarde. Y para sacarlo adelante necesito paciencia, disciplina, atención y una buena inversión de energía y tiempo. Quizás con todo eso junto pueda vencer la pereza, que siempre ha sido, y será, mi mayor lacra. 

Y mientras espero los cástings, la BSO para terminar mi corto, la llamada de mi posible jefe, o la deseada inspiración para meterle mano al nuevo espectáculo, me entretengo llenando mi vision board de cosas imposibles, haciendo inmersiones en inglés para ir andando mi parte del camino a Wonderland (why not?!), y practicando coritos.

Elegí esta canción por varias razones. La más obvia es que mezcla tres voces distintas, y eso viene genial para practicar coros. La segunda razón es el mensaje (tan apropiado para mí desde finales de agosto), y la tercera es que este tema ya lo tenía premezclado y sonaba genial, salvo por un detalle que no podía cambiar. Y me ha llevado un año decidirme a regrabarla. O quizá algo menos... no sé en qué momento ocurrió el tan deseado cambio. Pero un día, por fin, pude escuchar aquellas "antiguas" canciones sin que me supusiera una tortura. Y hace bastante tiempo de esto, solo que entonces me era tan indiferente y tenía cosas infinitamente más absorbentes en la cabeza en esos momentos, que ni dejé constancia de algo que, hace mucho tiempo, me hubiera gustado leer lo antes posible. Y sí... de pronto podía (y hasta me apetecía) escuchar esas canciones, y ver esos vídeos, y regodearme, y sentirme orgullosa. Y casi a la vez en el tiempo, reapareció un viejo amigo de Madrid, y un nuevo documental en los cines. Así es como funciona el enrevesado engranaje de esta cosa rara y efímera que llamamos vida. 



bebajimenez · Teach Your Children Cover



domingo, 20 de noviembre de 2022

Polvo de estrellas

Ayer empecé a ver una serie documental que me habían recomendado. Se titula “Cosmos”. No es un peñazo científico infumable como puede parecer de entrada. Es una puta maravilla. La música es de Alan Silvestri (el de "Forrest Gump"), y en la producción está Seth MacFarlane (el de "Padre de Familia"). Sólo voy por el primer episodio y te vuela la cabeza observar lo ridículamente pequeños que somos. Nuestro planeta (tan inmenso como nos parece) es un grano de arena en un desierto infinito. ¡Un grano de arena en un desierto! Lo que equivale a… nada, prácticamente. Y sin embrago, cuántas cosas contiene esa nimiedad que llamamos vida. De la misma explosión cósmica con la que se formaron los planetas, nació la vida. Y eso somos, porquería cósmica. Energía. Estamos formados de los mismos elementos que una estrella. Venimos de la misma explosión de partículas. 

Interiorizar todo esto te hace entender mejor esa frase de Sócrates de “sólo sé que no sé nada”. El ser humano es lo mejor y lo peor que le ha podido pasar a la creación. Cuando te das cuenta de lo azaroso del universo, casi te da miedo pisar sin querer una hormiga andando por la calle. Porque para que esa hormiga estuviera ahí han tenido que pasar infinitas combinaciones de cosas. Y nosotros, creadores como somos por naturaleza, también destruimos. Somos la única especie que destruye por placer, o por ignorancia, o por sadismo y no por mera supervivencia. Estamos en un equilibrio increíblemente frágil con todo lo que nos rodea, pero no somos conscientes de ello. Y con todo lo que nos rodea me refiero, no sólo a eso que podemos percibir con los sentidos, sino a lo que está más allá de nuestros alcance, lo que no veremos en nuestra puta vida, lo que ni siquiera la ciencia ha podido conocer aún. 

Es muy loco saberse parte de algo tan indescriptiblemente grande y, a la vez, es de lo más revelador. Y en nuestra torpe simpleza, es hasta entendible que en su momento (y hasta hoy) inventáramos un dios, un ser sobrenatural que lo hizo todo. Es normal que inventáramos un cielo para no cagarnos de miedo. Porque nuestra mente diminuta no es capaz de albergar tanta inmensidad, ni entender la complejidad del cosmos.  

Nuestra azarosa existencia no es nada si nos comparamos con tanto, por eso lo único que le da sentido, y que te empuja a ir mas allá de la vida es aquello que te eleva por encima de ella. Le escuché hace poco a José Sacristán decir “el arte está ahí porque la vida no es suficiente”. No se puede expresar mejor una idea con tan pocas palabras. A mí el mundo físico me interesa más bien poco, a menos que contribuya a mi existencia como algo más que un mero ser que nace, crece y muere. El arte, en todas sus múltiples formas, es una expresión de lo que llevamos dentro, de lo que no se puede decir y punto, porque va más allá de la simpleza. Transmite lo impalpable. Y tiene un poder sobrenatural tanto para el emisor como para el receptor. Te hace sentir cosas. Esa es la vida dentro de la complejidad que no podemos entender. Sin eso, sólo eres algo que respira. No te diferencias mucho de esa hormiga que pisaste. Sentir cosas (agradables o no) y dejar que te guíen... eso es estar vivo. Y crear. Y cuidar lo que ya se ha creado. Y así, con suerte, al morir entenderemos mejor nuestro lugar en el universo antes de regresar a él como el polvo que somos. Polvo de estrellas. De eso estamos hechos, y a eso volveremos para seguir creando el infinito universo. 

PD. Vamos a rematar esta paja mental escuchando a David Bowie. Cierra los ojos... 




domingo, 30 de octubre de 2022

Los dos lados

¿Sabéis esa horrible sensación tan desesperante cuando quieres respirar profundamente y no puedes? Hace unas semanas me pasó seguido, y me agobié muchísimo. Y cuanto más pensaba en ello, menos aire me entraba. El primer día no le di mayor importancia; el segundo me empecé a rayar un poco; al tercero ya lo googleé para ver si me iba a quedar sin aire mientras dormía y la iba a palmar. Soy así de hipocondríaca… como algo me duela, me moleste, o aparezca sin más ya busco de qué es el cáncer, y cuánto me queda para empezar a borrar cosas del ordenador (yo hasta para morirme necesito saberlo con tiempo). El caso es que no me estoy muriendo todavía. Todo lo que encontré indicaba que estaba atravesando un “momento de tensión con brote de ansiedad leve". Tenía todo el sentido. Un cúmulo de carencias me venía ahogando últimamente, y pensé “pues habrá que desahogarse”. Y lo hice. Me desahogué de todas las formas que me pedía el cuerpo, terminé de ver una serie que me estaba influyendo muy negativamente, le puse un horario estricto a mis divagaciones e incorporé a mi vida el saludable hábito de andar. Siempre he odiado eso de salir a andar sin razón alguna, o sea, por deporte. Pero he descubierto la manera de hacerlo sin que me resulte aburrido, que es escuchando música. Ahora ando día por medio con mis auriculares, y hasta que no le doy la vuelta a la playlist, no vuelvo a casa. Y me lo paso bien y todo porque voy haciendo coritos en la cabeza, y traduciendo letras de canciones. Además, andando te pones a pensar cosas. 

Yo he estado pensando que hay caminos reales para solucionar muchos de mis problemas. Y para los que no hay forma de afrontar, ayuda bastante tener atajos invisibles. He estado pensando dónde, cómo y cuándo. Pensando en los olores, los sonidos y las texturas. Pensando en el encuadre de cada plano (la entrada al jardín a través de una enorme cancela de hierro, rodeado todo por un muro de piedra muy alto, con la "secret door" camuflada entre las hojas del parque. Y el recibidor blanco, y la señorial escalera tapizada de rojo a la izquierda, y la cocina enfrente, y el living a la derecha...). Pensando en números: 2.000 km, 1,17€, 42/43, una hora menos, 21 años más... Pensando en canciones, y en la ropa, y en el clima, y en las vistas, y en otros acentos, y en otra cultura, y en otras comidas, y en nombres propios, y en grandes ciudades, y en pueblos pequeños. Y he pensado en risas, y llantos, y enfados, y emociones, y miedos, y dudas, y en la muerte, y en la vida... Y así, con todo tan claro y tan estudiado, vuelvo a casa y me pongo a abrir carpetas, y a rellenar huecos en blanco, y a unir unas ideas con otras, y a construir poco a poco varias cosas a la vez. A partir de ahí, ni siquiera me acuerdo de que ya respiro bien. 

Y ahora que la BBC, y Christian, y los amigos y el Netflix de prestao me envuelven por completo, lo tengo todo más fácil y más a mano para cumplir con mi parte; un par de años por delante para moldear las ideas, para ver qué pasa, para ver si llego, para ver si estás. Entre tanto, mientras la mitad de mi cuerpo tiembla y la otra mitad mantiene el pulso firme (siempre me ha gustado el equilibrio), hay que moverse, construir, trabajar, echar a andar... y respirar. 

Porque puedes negar tus sentimientos o puedes aceptarlos y dejarte ir a donde quiera que te lleven. Yo siempre he elegido lo segundo, para bien y para mal. Así es como se ve la vida desde los dos lados. 




Lunas, y junios, y norias,
la sensación de estar bailando de forma vertiginosa,
cuando cada cuento de hadas se hace realidad.
He mirado al amor de esa manera.
Pero ahora es un espectáculo diferente,
se quedan riendo cuando te vas.
Y, si te importa, no dejes que se enteren,
no te delates a ti misma.


martes, 27 de septiembre de 2022

Gastando semanas

Llegó el otoño hace unos días, y con él, ese “ni frío ni calor” tan ideal y tan cortito. Tras un verano de los más tórrido, con una temperatura corporal insufrible y siestas mojando la cama, nos vamos templando poco a poco. Todo aquello tuvo su parte buena al llevarme al lugar más idílico que mi imaginación pudo inventar, pero hubo momentos en los que temí desconectar tanto de la realidad. No parecía nada sano... Y aún así, seguí recreando esas escenas delirantes cada vez con más detalle, con más color, con más fuerza, con más verdad, con más palabras, hasta que ya no pude sacarle más. Quizá algún día, cuando sea vieja y relea esas historias, pueda volver a aquel lugar, acompañada del fantasma que lo habita, y con suerte, desconectar de verdad de la realidad. Pero ahora no. Aún no somos ni viejos ni fantasmas, y si las agencias todavía se acuerdan de llamarme para algún trabajo, ¿por qué no ir más allá? Es igual de difícil, o igual de fácil… Tanto el “sé que puedo” como el “ni de coña llegaré” los tengo asegurados, pero una se vuelve más optimista cuando ve que sigues estando ahí, que tienes cierta visibilidad. Y piensas que, si eso puede ocurrir, cualquier cosa que imagines podría ocurrir también. Improbable sí, imposible no. Cada vez tengo más claro que todo lo que me pase depende exclusivamente de mí. Aunque los factores externos también jueguen sus cartas, las decisiones son sólo mías, y de ellas dependo (con el vértigo que implica). Y puede que todo lo que tengo en mente ahora no me deje un duro nunca, pero no quiero centrarme en nada más: escribir de vez en cuando, hacer (con suerte) un par de bolos mal pagados al mes, y terminar lo que he empezado, sea cual sea el resultado. Aprendiendo un poco más cada día, absorbiendo lo que me pueda servir en la vida, ignorando aquello (y a aquellos) que no me lo ponen fácil, y escribiéndolo todo para que no se me olvide. 

Y hablando de escribir, entre el monólogo y los distintos guiones, sigo escribiendo para “El Batracio Amarillo”. Éste es el segundo artículo que me publican. La responsabilidad de seguir mandándoles cosas me ayuda a centrarme, y de unas ideas salen otras, y así voy armando el esqueleto de lo que quiero montar en unos meses; en cuanto termine lo que tengo entre manos y que ya va tomando forma. Una forma que todavía no se parece a la que había imaginado, pero que tampoco me disgusta. Teniendo en cuenta que es la primera vez que escribo, produzco, dirijo y monto un cortometraje, tampoco nos vamos a fustigar si se queda en un mero trabajo de fin de curso. Creo que me enfrento a un reto mayor con lo que quiero emprender cuando acabe con esto. 

Empaparme de trabajo me ayuda a no pensar en otras cosas que me ponen más triste. Cosas que, además, escapan a mi voluntad. Cosas que dependen de otras personas que no saben lo que quieren, y ni se preocupan en averiguarlo, tal vez por miedo... Cosas que, aunque me toquen de cerca, están muy lejos de mí. Una vida promedio tiene 4000 semanas, y yo ya he gastado más de la mitad. Que cada cual haga sus cálculos. Porque no es lo mismo gastar que malgastar. Pero eso ya… es un tema aparte. 


domingo, 21 de agosto de 2022

Guerrera cansada

Un amigo me dijo el otro día, tras escucharme hablar unas horas sobre mi vida, mis proyectos y mis aspiraciones, que era una “guerrera cansada” (se lo perdonamos… es filósofo). Me hizo pensar. Puede ser que esté cansada. Hago ruidos de vieja cuando me siento o me tumbo, y cuando me incorporo o me levanto. El típico “aaaahhhhh”. Aunque, si lo pienso, ese ruido lo he hecho siempre, más por ser muy penca que por vejez, pero es ahora cuando soy consciente de ello. Puede que mis ojeras también desvelen algo. Pero por supuesto, él no se refería a ese tipo de cansancio. Estoy cansada por dentro. Me canso porque siempre me pongo el listón muy alto, y lo malo de elevar tanto las miras es que al final no le metes nunca mano a nada, o lo dejas a medias, o te cuesta la vida sólo intentarlo. En tu cabeza te has montado algo tan monstruosamente grande que tú misma te haces pequeña ante tus propias expectativas. Es sólo una idea en tu mente, pero tiene todo el poder para pasar por encima de ti. Y llega el miedo. ¿Y si no lo consigo nunca?, ¿y si no queda bien?, ¿y si no le gusta a nadie?, ¿o se ríen de mí?, ¿O no me hace sentir orgullosa? Sí, estoy cansada…sobre todo, de hacerme preguntas. “Pero también eres una guerrera”. Claro, esa era la otra parte. Siempre tratando de hacer las cosas bien, de sacarlas adelante, de inventar otras nuevas, o mejores, o más prácticas. Siempre buscando respuestas. Siempre luchando contra la adversidad. Contra mí misma. Contra ese cansancio…

Y para ayudarme en esta tarea, acudo a lo que tengo a mano, y que llega cuando tiene que llegar, ni antes ni después. Ahora mismo (tan lejos, pero tan a mano) está ese optimismo arrollador, esa visión crítica de la vida, esa creencia en nada ni en nadie, esa risa que retumba y resucita, esa voz cortada que lo cura todo. Lo miro y me veo. Lo escucho y me reconozco. Con nuestro mes de junio de por medio, compartiendo filias y fobias, manías, humor y dolencias. Quizá sea ese el propósito de esta absurda obsesión: sacarle provecho, relajarme un poco, y pasar mucho. Sobre todo, cuando vuelva a aparecer esa idea del ciclo que se repite, de ese orden natural con que parece funcionar la vida y que tanto me asusta (ahora sí, ahora no). Porque esos días en los que mi cabeza estaba llena de preguntas que no podía (o no quería) responder quedaron atrás, como atrás quedó el frío superficial de un invierno ingrato y asfixiante de oscuridad con todo lo que parecía una burla constante a mi paciencia. 

Y eso hago cuando estoy cansada. Acudir a mi idea de la felicidad, a mi bote salvavidas de turno, y entonces, respiro tranquila. Porque eso somos algunas personas, a veces. Un maravilloso bote salvavidas en mitad de la inmensidad de un océano aterrador que si te descuidas te traga. 

PD. A mí también hay que perdonarme... sacaba sobresalientes en filosofía. 


lunes, 8 de agosto de 2022

Vino, café y sudor

Dicen los expertos que éste será el verano más fresco de todos los que vendrán. Y este verano tan “fresco” lleva sumando olas de calor desde antes de que empezara oficialmente el verano. Los días menos calurosos no bajamos de 35°, pero no son las máximas sino las mínimas lo que preocupa, y lo que realmente jode. En la capital no refresca de noche, las mínimas se quedan entre 25° y 28°, y así es imposible conciliar el sueño. Especialmente en un piso todo exterior que recoge el sol desde que sale hasta que se pone, y que he tenido que cerrar más de lo que ya estaba para que no me entren murciélagos (porque ahora resulta que hay murciélagos viviendo entre los ladrillos de mi fachada). Para mí, uno de los mayores placeres de la vida es dormir (sí, ya sé, una de las cosas que más me gustan de estar viva es quedarme inconsciente; le tengo un apego bárbaro a este mundo), y no poder dormir por las noches ha hecho que mis múltiples intentos de ser madrugadora (madrugadora para mí es levantarme antes de las 10:00) se vean afectados. Si no duermo de noche tengo que dormir de día. La cuestión es que, dependiendo del trabajo que tenga entre manos en esos momentos, me interesa más madrugar o trasnochar. 

Soy actriz, y como toda actriz que se precie, he trabajado en mil cosas que no tienen nada que ver con la interpretación. Una de las más recientes, escribir para una revista. Empujada un poco por los comentarios y sugerencias de la gente que lee mi blog, o incluso de los que sólo me leen por Facebook, un día decidí ponerme en contacto con El Batracio Amarillo. Algunos artículos llegaron tarde, los escribí cuando en ese momento eran actualidad, pero cuando la revista quiso salir ya estaban desfasados. Otros son más atemporales y aún podría ser que los publiquen. Pero me desanimé un poco cuando vi que pasaban los meses, y nada. En julio hice un último esfuerzo y les mandé otro sin mucha esperanza. Pensé que para escribir "chuminás" gratis en Facebook, casi mejor darle un poquito de forma y seguir probando suerte con la revista. Tal fue mi sorpresa cuando, en el último número, miré las colaboraciones y vi nombre ahí escrito. Este último artículo sí me lo habían publicado. Para mí fue como sacarme una espina clavada. Y claro, después de eso no quieres parar. Volvió la motivación y pensé en escribir un montón de artículos más para que me sigan publicando. Pero he descubierto que no funciona así, al menos en mi caso. Yo no me puedo poner delante de una pantalla sin una idea. Y las ideas no vienen de forma automática. Aparecen sin más. Y si te obsesionas con escribir, escribir, escribir, no escribes una mierda. Tiene que fluir; bajo presión las ideas no vienen. Llevo semanas "forzando" la inspiración sin ningún resultado. Pero ahora ya sé cómo funciona esto. Tengo que relajarme y no pensar en escribir, distraerme con otras cosas. Y para eso tengo mi corto. 

Grabamos los últimos exteriores en julio, una vez que pude poner fin a tanta reunión familiar. Veníamos desde febrero celebrando cosas a velocidad de crucero, entre cumpleaños y jubilaciones, y el 9 de julio le pusimos el broche de oro a esta primera mitad del año con la jubilación de mi padre. Después de eso, ya pudimos buscar el día para terminar los últimos planos. Y ahora, con todo el material almacenado en un disco duro externo, tengo trabajo por delante como para no parar. 

Sin embargo, como digo, se me está haciendo complicado ordenarme los horarios con este calor insufrible que me tiene en vela hasta altas horas de la noche, lo que está provocando que durante el día no haga nada productivo, y que de noche me dedique a buscar la forma de hacer todo lo que quiero y no puedo. Porque lo que tengo a mano es, digamos, fácil. Es lo que me pilla a contramano lo que realmente me motiva. Y estando tan lejos de una idea (lejos en todos lo sentidos de la palabra), hay que inventar otras. Y en medio de esa ridícula obsesión malsana, a una ya le corre el calor hasta por las venas, y se altera, y suda más, y lo escribe por ahí para no olvidarlo, y empieza a convertir trocitos de mentiras en posibles (y tal vez rentables) verdades. Y llegas a ese punto en el que se acumula todo: lo escrito, lo no escrito, lo que está por escribir; las escenas, los montajes, los monólogos; las ideas, los chistes, los diálogos; la autoexigencia, la inquietud, el deseo; el vino, el café y, sobre todo, sobre todo, el sudor. 




lunes, 27 de junio de 2022

Veraneando en primavera

El final de la primavera nos sorprendió con una ola de calor poco normal. Porque no es normal tener más de 40Cº en el mes de junio. No es normal que la primavera venga con temperaturas del más profundo verano. Pero tantas cosas anormales vienen pasando últimamente… 

Mi cumpleaños tampoco fue normal. El mismo día 8 salí a tomar unas cervezas como cada año. Pero, aparte de "los de siempre", este año se nos unió Sebastiano, el físico napolitano de acento divertido, y un grupo de alemanes que había en la mesa de al lado, que me cantaron el cumpleaños feliz en alemán, y que me hicieron el regalo de reconciliarme con el pueblo germano. Hubo otras cosas poco normales ese día, como alguna que otra baja en las felicitaciones de cortesía. Pero lo verdaderamente anormal vino el fin de semana. La familia toda me organizó una fiesta “sorpresa” (mi madre no sabe guardar secretos) que además coincidía con el cumple de mi tía Patricia. Dos números redondos en un mismo día especial, igual a jolgorio y derroche asegurado. Nuestra tarta compartida no llevaba mi número, ni tampoco el de mi tía. Entre las dos sumábamos un siglo, y era más divertido y menos deprimente, soplar una vela de 100 años (que muy probablemente sea lo última vez que lo hagamos) que recordarnos que nos estamos haciendo demasiado mayores. Total, puestos a soplar una vela, lo mismo me daba una de 100 que una de 40, porque no me identifico con ninguno de esos números. Sinceramente, me queda grande. No me siento "tan mayor". Y no es algo exclusivo mío. La mayoría de la gente que conozco y que ronda, o incluso pasa con creces esa barrera, no los aparenta ni por dentro ni por fuera. Debe ser por eso que dicen de que "hemos avanzado una década": los 30 son los nuevos 20, los 40 son los nuevos 30, y así... Pero una no puede evitar pensar que la batería ya está a la mitad (o menos) y te entra como mucha prisa por hacer cosas. Porque, para bien o para mal, es una batería de un solo uso; no se puede recargar. Y en algún momento se agotará del todo, y se apagará el dispositivo para siempre. Éste es el tipo de cosas deprimentes que habría escrito el día de mi cumpleaños si me hubieran dejado deprimirme a gusto, pero no he tenido tiempo. Me han tenido de lo más entretenida. 

Uno de los muchos regalitos que me cayeron fue una reserva para dos personas (y así Mario ya tenía su futuro regalo de cumple también) en un hotel-SPA de Marina del Este el 14 de junio. Tres días con sus noches haciendo nada. Y fue un acierto grande (a pesar de mis bromas de que es un regalo de vieja total) porque, encima, la fecha coincidió con la ola de calor que en Granada nos estaba abrasando por completo. Y así pasamos de los 45Cº a unos 27Cº en apenas una hora de coche. No sé si es que Marina del Este tiene un microclima propio o era el hecho de estar en un sitio elevado muy cerca del mar, pero de noche había que taparse y todo. En cualquier caso, la estancia fue maravillosa. Descubrí que el bufé libre es un invento del demonio para que mueras de gula, porque había tanto de todo y todo tan apetecible (¡y tan gratis!) que una aplica sin miramientos la ley del pobre: reventar antes que sobre. Y como además era temporada baja y había poca gente, no había que hacer colas ni esperar a que repusieran las bandejas, porque nunca se vaciaban. Menos mal que teníamos media pensión y las cenas podían ser más frugales, si no salgo de allí rodando. 

El SPA también es un invento del demonio (todo lo bueno lo inventó él). Me hice un masaje con envoltura de chocolate que me dejó nueva y relajadísima. La única pega es que el masajista no paraba de hablar. En serio, ¿por qué hablan? Hay luz tenue de velitas de colores, musiquilla de esa mística de las montañas del Buda de fondo, olor a esencias de "eau de me duermo"... ¿tanto crear atmósfera para romperla con comentarios como "tu columna está muy torcida", "tienes muy mala circulación" o "no me odies pero voy a meterte los dedos en el omoplato a ver si arreglamos esta contractura"? Yo, boca abajo y con la cabeza metida en un agujero, lo que menos quería era hablar (o pensar) y me limitaba a responder con monosílabos a ver si así se aburría y se callaba, pero no. "¿De dónde eres? ¿A qué te dedicas? ¿Cuánto tiempo vas a estar aquí?"... era un no parar. Pero lo más guay de todo vino al final:

-¿Te puedo hacer una pregunta?

-(¡Pero si no has parado de hacer preguntas!) Claro, hombre...

-Es que tú como mujer igual me puedes ayudar.

-(Te pago para que tú me ayudes a mí, no al revés) A ver, dime...

-¿Qué significa que una mujer te diga "me gustan los hombres que me follan la mente"?

-(¡¿En serio?! No me lo puedo creer...) "Que te está mandando al carajo"

¡Por fin se calló! Lo que me dejó disfrutar al menos de diez minutos de masaje con silencio. Al acabar pensé que igual se había enfadado por mi sincera y tajante respuesta, pero supongo que no fue así porque me premió con una toalla y un antiestético gorrito para que me metiera en el circuito de SPA la media hora que quedaba antes de cerrar. Así que con mis pintas de espermatozoide, me paseé por un montón de piscinas con chorros y colorines y burbujitas y piedras terapéuticas. 

Y cuando sales del SPA te vas a la piscina de la terraza del bar y sigues en el agua. He pasado tanto tiempo en remojo que creo que he desarrollado escamas. Cuando no estaba comiendo estaba metida en la piscina. Y en los intermedios me pedía un mojito y me tiraba en la hamaca a leer. De hecho, el final de uno de los mejores libros que he leído últimamente, Los renglones torcidos de Dios de Luca de Tena, me pilló allí. De esos libros que desde la primera página estás deseando saber cómo acaba. No podía irme tres días sin él. Y allí, bajo una sombrilla de paja, me pasaba las horas inmersa en mi lectura, que sólo era interrumpida cuando el equipo de animación del hotel entraba en la terraza a golpe de silbato,  reclutando gente que quisiera hacer actividades tan poco atractivas para mí como echar una partida de dardos, jugar al waterpolo o bailar la samba. Sobra decir que yo decliné la invitación los tres días y seguí leyendo, mojito en mano, con toda la piscina para mí, mientras la gran mayoría se disputaba la final del torneo semanal de dardos. Gloria absoluta. 

Por las noches, me iba con Mario al pueblo o al puerto deportivo a ver cómo viven los ricos. Una noche nos metimos en un bar que estaba hasta el culo de gente, y ya nos habían puesto la birra cuando descubrimos que estábamos en un bar de fachas. Pero exagerado. Todas las paredes estaban llenas de fotos de Franco, banderas de España con el águila imperial y demás lindezas. Casi me atraganté intentando acabarme la cerveza rápido para salir de allí. Aunque para ser justa debo decir que el dueño parecía simpático y ponía unas tapas de lujo, todo lo demás era parafernalia. Así que me relajé un poco y me acabé con gusto mi tubo de cerveza con mi tapa de lomo con pimientos mientras recordaba esa gran frase final de Con faldas y a lo loco. Después, sí, nos fuimos a otro bar. 

Y en medio de esa paz de tres días, donde es fácil (e incluso recomendable) perder la noción del tiempo, empecé a escribir parte de esta entrada que había titulado simplemente "Veraneando", hasta que caí en la cuenta de que a pesar del calor y de las piscinas, aún no estábamos en verano.