lunes, 27 de junio de 2022

Veraneando en primavera

El final de la primavera nos sorprendió con una ola de calor poco normal. Porque no es normal tener más de 40Cº en el mes de junio. No es normal que la primavera venga con temperaturas del más profundo verano. Pero tantas cosas anormales vienen pasando últimamente… 

Mi cumpleaños tampoco fue normal. El mismo día 8 salí a tomar unas cervezas como cada año. Pero, aparte de "los de siempre", este año se nos unió Sebastiano, el físico napolitano de acento divertido, y un grupo de alemanes que había en la mesa de al lado, que me cantaron el cumpleaños feliz en alemán, y que me hicieron el regalo de reconciliarme con el pueblo germano. Hubo otras cosas poco normales ese día, como alguna que otra baja en las felicitaciones de cortesía. Pero lo verdaderamente anormal vino el fin de semana. La familia toda me organizó una fiesta “sorpresa” (mi madre no sabe guardar secretos) que además coincidía con el cumple de mi tía Patricia. Dos números redondos en un mismo día especial, igual a jolgorio y derroche asegurado. Nuestra tarta compartida no llevaba mi número, ni tampoco el de mi tía. Entre las dos sumábamos un siglo, y era más divertido y menos deprimente, soplar una vela de 100 años (que muy probablemente sea lo última vez que lo hagamos) que recordarnos que nos estamos haciendo demasiado mayores. Total, puestos a soplar una vela, lo mismo me daba una de 100 que una de 40, porque no me identifico con ninguno de esos números. Sinceramente, me queda grande. No me siento "tan mayor". Y no es algo exclusivo mío. La mayoría de la gente que conozco y que ronda, o incluso pasa con creces esa barrera, no los aparenta ni por dentro ni por fuera. Debe ser por eso que dicen de que "hemos avanzado una década": los 30 son los nuevos 20, los 40 son los nuevos 30, y así... Pero una no puede evitar pensar que la batería ya está a la mitad (o menos) y te entra como mucha prisa por hacer cosas. Porque, para bien o para mal, es una batería de un solo uso; no se puede recargar. Y en algún momento se agotará del todo, y se apagará el dispositivo para siempre. Éste es el tipo de cosas deprimentes que habría escrito el día de mi cumpleaños si me hubieran dejado deprimirme a gusto, pero no he tenido tiempo. Me han tenido de lo más entretenida. 

Uno de los muchos regalitos que me cayeron fue una reserva para dos personas (y así Mario ya tenía su futuro regalo de cumple también) en un hotel-SPA de Marina del Este el 14 de junio. Tres días con sus noches haciendo nada. Y fue un acierto grande (a pesar de mis bromas de que es un regalo de vieja total) porque, encima, la fecha coincidió con la ola de calor que en Granada nos estaba abrasando por completo. Y así pasamos de los 45Cº a unos 27Cº en apenas una hora de coche. No sé si es que Marina del Este tiene un microclima propio o era el hecho de estar en un sitio elevado muy cerca del mar, pero de noche había que taparse y todo. En cualquier caso, la estancia fue maravillosa. Descubrí que el bufé libre es un invento del demonio para que mueras de gula, porque había tanto de todo y todo tan apetecible (¡y tan gratis!) que una aplica sin miramientos la ley del pobre: reventar antes que sobre. Y como además era temporada baja y había poca gente, no había que hacer colas ni esperar a que repusieran las bandejas, porque nunca se vaciaban. Menos mal que teníamos media pensión y las cenas podían ser más frugales, si no salgo de allí rodando. 

El SPA también es un invento del demonio (todo lo bueno lo inventó él). Me hice un masaje con envoltura de chocolate que me dejó nueva y relajadísima. La única pega es que el masajista no paraba de hablar. En serio, ¿por qué hablan? Hay luz tenue de velitas de colores, musiquilla de esa mística de las montañas del Buda de fondo, olor a esencias de "eau de me duermo"... ¿tanto crear atmósfera para romperla con comentarios como "tu columna está muy torcida", "tienes muy mala circulación" o "no me odies pero voy a meterte los dedos en el omoplato a ver si arreglamos esta contractura"? Yo, boca abajo y con la cabeza metida en un agujero, lo que menos quería era hablar (o pensar) y me limitaba a responder con monosílabos a ver si así se aburría y se callaba, pero no. "¿De dónde eres? ¿A qué te dedicas? ¿Cuánto tiempo vas a estar aquí?"... era un no parar. Pero lo más guay de todo vino al final:

-¿Te puedo hacer una pregunta?

-(¡Pero si no has parado de hacer preguntas!) Claro, hombre...

-Es que tú como mujer igual me puedes ayudar.

-(Te pago para que tú me ayudes a mí, no al revés) A ver, dime...

-¿Qué significa que una mujer te diga "me gustan los hombres que me follan la mente"?

-(¡¿En serio?! No me lo puedo creer...) "Que te está mandando al carajo"

¡Por fin se calló! Lo que me dejó disfrutar al menos de diez minutos de masaje con silencio. Al acabar pensé que igual se había enfadado por mi sincera y tajante respuesta, pero supongo que no fue así porque me premió con una toalla y un antiestético gorrito para que me metiera en el circuito de SPA la media hora que quedaba antes de cerrar. Así que con mis pintas de espermatozoide, me paseé por un montón de piscinas con chorros y colorines y burbujitas y piedras terapéuticas. 

Y cuando sales del SPA te vas a la piscina de la terraza del bar y sigues en el agua. He pasado tanto tiempo en remojo que creo que he desarrollado escamas. Cuando no estaba comiendo estaba metida en la piscina. Y en los intermedios me pedía un mojito y me tiraba en la hamaca a leer. De hecho, el final de uno de los mejores libros que he leído últimamente, Los renglones torcidos de Dios de Luca de Tena, me pilló allí. De esos libros que desde la primera página estás deseando saber cómo acaba. No podía irme tres días sin él. Y allí, bajo una sombrilla de paja, me pasaba las horas inmersa en mi lectura, que sólo era interrumpida cuando el equipo de animación del hotel entraba en la terraza a golpe de silbato,  reclutando gente que quisiera hacer actividades tan poco atractivas para mí como echar una partida de dardos, jugar al waterpolo o bailar la samba. Sobra decir que yo decliné la invitación los tres días y seguí leyendo, mojito en mano, con toda la piscina para mí, mientras la gran mayoría se disputaba la final del torneo semanal de dardos. Gloria absoluta. 

Por las noches, me iba con Mario al pueblo o al puerto deportivo a ver cómo viven los ricos. Una noche nos metimos en un bar que estaba hasta el culo de gente, y ya nos habían puesto la birra cuando descubrimos que estábamos en un bar de fachas. Pero exagerado. Todas las paredes estaban llenas de fotos de Franco, banderas de España con el águila imperial y demás lindezas. Casi me atraganté intentando acabarme la cerveza rápido para salir de allí. Aunque para ser justa debo decir que el dueño parecía simpático y ponía unas tapas de lujo, todo lo demás era parafernalia. Así que me relajé un poco y me acabé con gusto mi tubo de cerveza con mi tapa de lomo con pimientos mientras recordaba esa gran frase final de Con faldas y a lo loco. Después, sí, nos fuimos a otro bar. 

Y en medio de esa paz de tres días, donde es fácil (e incluso recomendable) perder la noción del tiempo, empecé a escribir parte de esta entrada que había titulado simplemente "Veraneando", hasta que caí en la cuenta de que a pesar del calor y de las piscinas, aún no estábamos en verano. 






viernes, 17 de junio de 2022

De alemanes y navegantes

Ha sido una bonita aventura formar parte del grupo de "navegantes" que, con dos puestas en escena,  acercó la ciencia a mucha gente a través del teatro, la música y la danza. Si hay algo que me gusta especialmente de mi trabajo es poder conocer a personas tan diferentes a mí, tan ajenas a "mi mundo", que de otra manera no conocería nunca. Y tal vez sea por lo diferentes y ajenos, que yo (pozo insondable de curiosidad) me deleito al conocerlos. En esta ocasión, "La soledad del Navegante" me llevó a trabajar con científicos, y para mí fue una satisfacción gorda descubrirlos, estudiarlos, escucharlos hablar de ciencia con pasión, entender lo que ellos ya entienden sobradamente, y absorber todo lo que eso me aportaba, personal y profesionalmente. Y es muy loco estar un día rodeada de investigadores científicos, y tres días después, de gerentes y directores de hoteles, representantes de marcas, agentes de turismo y organizadores de congresos y convenciones. Muy loco y muy guay, porque hacer amistad con un físico napolitano, como charlar con el director del Alhambra Palace me aporta cosas muy distintas e igualmente valorables. 

El programa "Con-Ciencia" de Canal Sur dedicó un buen espacio a nuestro espectáculo, y se colgó en redes poco después de nuestro último bolo en el Isabel la Católica: Con-Ciencia/Teatro Científico

Unos días antes de viajar a Frankfurt, justo después de terminar el último bolo teatral con los "navegantes", ya tenía preparada la maleta y todo lo necesario para viajar y desempeñar mi trabajo de la mejor manera. Hice el check-in online, me dieron mi bono del hotel (un hotel céntrico cuyas fotos lo mostraban acogedor y bastante en condiciones), un transfer reservado para que me llevara y me trajera del aeropuerto y el material que necesitaba para trabajar en la feria, así como dinero para gastos. Aun teniéndolo todo bien atado siempre puede surgir algún contratiempo; en mi caso surgieron todos y alguno más... 

Día 1: Mi vuelo de Málaga a Frankfurt sale con retraso. En lugar de llegar a las 21:30h llego a las 23h. El taxi privado que debía estar esperándome en la salida no está. Intento localizarlo por teléfono y no tengo roaming. Con el wifi del aeropuerto contacto con España y el taxista aparece 20 minutos después encabronao. Le explico que no era mi culpa, pero fue como hablarle a la pared. Me farfulla cosas en alemán que deduzco que eran insultos. Me hace un recargo de 10 euros por la espera. Le pago sabiendo que habrá reclamación desde España. La calle de mi hotel es el inframundo, el recepcionista es un chaval de dudoso intelecto que para colmo era su primer día allí. Me registro y se le colapsa el ordenador. No sabe solucionarlo. Me pide que espere. Le digo que me salgo a la puerta a fumar un cigarro y me dice que no se me ocurra salir sola, que es una calle peligrosa. Sale conmigo y me invita a un Marlboro. Cuando terminamos y tira la colilla, me la echa encima sin querer. Me pide perdón. Me da por reír ("lo que me falta ya hoy es que me metan fuego" pensé). Mi risa atrae a unos cuantos mendigos que había en la acera de enfrente acercándose a nosotros como zombies sedientos. Nos metemos corriendo en el hotel. El ordenador sigue sin funcionar. Le digo que son las 00:30h, que no he cenado, que estoy muerta de sueño y que me tengo que levantar a las 7:00h. Me ofrece sugus alemanes para calmarme. Un sugus fue toda mi cena esa noche. Me acompaña a la habi y me abre él porque no había podido darme la tarjeta. En el ascensor es cuando me dice que era su primer día (empiea a cuadrarme todo). Me adentro en una habitación vieja (aunque limpia, gracias a dios), y con el wifi del hotel contacto con España y me dicen que por la mañana me buscan otro. Me acuesto enmayá. Duermo 4 horas escasas. 

Día 2: Me suena el despertador a las 7:00h y me quiero morir. Tengo más sueño que to los residentes de un geriátrico juntos. Bajo a desayunar y le digo al nuevo recepcionista que me pida un taxi para las 8:30h. Me dicen desde España que haga la maleta y me la lleve al IMEX; me cambian de hotel. A las 8:30h me llaman a la habi: el taxi está en la puerta. Tardo 2 minutos en bajar. El taxi ya se ha ido. Me piden otro taxi. Una vez dentro, al no tener datos, no consigo encontrar la dirección de la feria. Le pido al taxista que la busque desde su móvil. Me manda al carajo y me grita (en serio, me grita) que me baje. Vuelvo a entrar al hotel y pido que me llamen a otro taxi. El recepcionista, a estas alturas, ya me odia mucho. Aprovecho el wifi para buscar la dire y hacer captura de pantalla. El nuevo taxista me lleva sin problema. Consigo llegar a mi stand y casi lloro cuando me veo rodeada de españoles. Un granaíno apañao me soluciona el tema del roaming: tenía que buscar la red manualmente (me cago en Orange repetidas veces). Durante 8 horas intento mantener la sonrisa pese a mi cara de sueño para atender a los que se me acercaban. Tenemos catering y me hincho de comer por todo lo que no había comido antes. Me tomo 400 cafés para mantenerme despierta. A las 18:00h me voy a mi nuevo hotel que quedaba a 20 minutos andando (yo tardo 35 porque soy un topo). El nuevo hotel es maravilloso. Me doy una ducha y salgo a cenar. Me meto en un turco que me recomendó la recepcionista. No nos entendemos hablando en inglés. Mi perfecta pronunciación de “dinner” el turco lo entiende como que quiero un doner, y al final acabo defendiéndome por señas como si no fuera licenciada en filología inglesa. Regreso al hotel. Siete maravillosas horas de sueño del tirón. Me despierto feliz y contenta.

Día 3: Me voy a la feria con dos españolas más que paraban en mi mismo hotel. Esta vez sí tardamos 20 minutos porque ellas no eran topos como yo. Ocho horas después, y con mejor aspecto, regreso a mi hotel. Decido hacer turismo por ser el último día. Me voy caminando al casco histórico. Tardo una hora en llegar. Encuentro el río Mena con su Puente de Hierro y me doy un garbeo por los lugares turísticos. Ceno en una hamburguesería cuyo dueño era español para no tener que escuchar más a un alemán. Regreso en taxi al hotel. Me dicen desde España que el taxista privado me tendría que recoger en la puerta a las 5:20h para llevarme al aeropuerto (mi avión salía a las 8:00h), pero que como he cambiado de hotel, les quieren hacer un recargo (¡otro!). Me dicen que es posible que estos chorizos no se presenten, que me pida un taxi en recepción. Me acuesto a las 00:30h. Me levanto a las 4:30h. Otra vez 4 horas de sueño en el cuerpo. El taxista no aparece. Me pido un taxi a las 5:30. Me clava 35 euros, pero me deja en mi terminal. Hago el check-in, y me salgo a fumar a la puerta antes de pasar el control de seguridad. Se me acerca un alemán y me dice, tal cual suena: “¿folla?”. Le digo (en español) que tengo que embarcar, pero que si es algo rápido me vendría bien pa desestresarme. Me río yo sola, porque él no se entera de nada, claro. Una vez más la mímica nos salva, y cuando me hace el gesto de encender un mechero, entiendo que me está pidiendo fuego; “folla” (juro que se pronuncia así, se escriba como se escriba) significa “fuego” en alemán. Cuando ya creo que me puedo relajar, paso el control de seguridad y una alemana de mierda me grita (de verdad que gritan todo el tiempo) que tengo que poner los pies en las marcas y levantar los brazos por encima de la cabeza. Le digo que me hable en inglés y la entiendo todavía peor. Y seguía gritándome. No le doy un puñetazo porque no quiero ver ni de lejos una cárcel alemana. Al final, entendí lo que me pedía porque vi un dibujito, si no sigo allí todavía. Estaba a punto de llorar ya cuando me dice otro tipo “hjdhdfdfftbjdjksjdj” mientras me sacaba la botella de agua del bolso de mano. Le dije en perfecto español que se la metiera por el culo. Mi avión a Málaga también sale con retraso, pero sólo de media hora. Cuando pisé suelo español se me dibujó una sonrisa en la cara y lo último que quería era volver a escuchar a un alemán en mi vida. Y justo se me acerca un señor (alemán) para preguntarme vete tú a saber qué. La Beba de siempre le hubiese respondido amablemente, pero tras la odisea alemana, Beba se volvió muy poco amable y le respondió “Estamos en España, caballero, no entiendo lo que dice”, me preguntó si hablaba inglés y le dije (en español) “pues por lo visto no”, y seguí mi camino. 

¿Que si me lo he pasado bien en Frankfurt? Hostias… pues la verdad es que sí.

jueves, 26 de mayo de 2022

La vida es ahora

Estoy haciendo muchas cosas nuevas este año (cosas con las que no contaba), y por ello me estoy dejando otras sin hacer. Mi corto, a falta de un par de exteriores, está listo para montar, pero no saldrá a la luz antes de mi cumpleaños como me hubiese gustado. El proceso de grabación ha sido más largo y estresante de lo que esperaba, en parte por las condiciones meteorológicas y en parte por mi inexperiencia. Gracias a la gente que me ha estado ayudando, se podría decir que lo gordo está hecho, pero ahora me queda por delante otro buen tirón que es el montaje, al que no le puedo meter mano todavía porque mayo ha venido especialmente cargado de cosas.

Garnata Tours, la agencia de turismo para la que trabajo como actriz desde hace años haciendo rutas teatralizadas, estará en la feria de turismo y eventos IMEX, que este año se celebra en Frankfurt, y Manu me ha propuesto que la cubra yo porque él no puede asistir. Al principio dudé. Porque por más fácil que parezca estar detrás de un stand vendiendo (en inglés, of course), es algo que no he hecho nunca. Y aparte del trabajo en sí... sólo yo sé lo desastrosa que soy para viajar: me estresan los aeropuertos, me estresan los lugares grandes, y tengo la ubicación de un pollo mareado... "¿y éste quiere que yo hago todo eso sola y sin experiencia en un país que no conozco?" Tenía que pensarlo. Pero cuando todo lo que se me venía a la cabeza para decir que no eran excusas provenientes de inseguridades y limitaciones autoimpuestas, dejé de pensar y le dije que sí. Entonces supe que podía. Y como yo siempre he sido muy aplicada, ya me he armado un guion, he resuelto las cuatro dudas que tenía, me he estudiado el plano de Frankfurt, la distancia entre mi hotel y el recinto, y Manu me ha explicado todo lo que necesitaba saber. Y los posibles inconvenientes (que los habrá) los resolveré sobre la marcha. Es como cuando me encargaron escribir el reportaje (que por motivos políticos es posible que nunca vea la luz, por cierto) y sólo pensaba "yo nunca he escrito un reportaje", "¿no hay que estudiar periodismo para eso?", "y si no lo hago bien, ¿qué?", que yo lo único que sé de la presa de Rules es que la peña hace surf ahí", y el boss me dijo " ya te he ingresado el dinero, tienes hasta el 14 de febrero para entregarlo" y así, sin más, me vi escribiendo un reportaje por primera vez. Y lo hice. Y lo hice en menos del tiempo que me dieron. Y no fue el abismo que yo me había imaginado. Así que irme a Frankfurt a vender las delicias granadinas me genera la misma incertidumbre de hacer algo por primera vez, pero, al mismo tiempo, la misma esperanza de éxito. Y ya de paso, conozco mundo y me como una salchicha. 

Así que entre rodajes, ensayos, bolos y el viaje a Alemania, me está ocupando bastante tiempo organizarme con todo. El 27 hago el último pase de "La Soledad del Navegante" en el teatro Isabel la Católica, dentro de "Desgranando Ciencia", y el 30 cojo el vuelo a Frankfurt hasta el 2 de junio que regreso. Sólo entonces podré respirar tranquila y centrarme en el maravilloso mundo de la edición de vídeo. Y sólo entonces, también, reconvertiré mi casa en lo que era antes de transformarse en un set de rodaje. 

Más allá de todo, aunque me pierda en los aeropuertos, aunque no sepa leer un mapa, aunque se me borre de la mente toda la maldita lengua inglesa; aunque los planos estén oscuros, o la historia no se entienda, o mi expresión no transmita lo que quiero; aunque sea la primera vez que hago un corto, o un reportaje, o una feria... la vida es ahora. Y a las puertas de una nueva década tendré que ingeniármelas para mantener ese pensamiento. Sin excusas. Porque ahí fuera nos siguen amenazando las enfermedades (la última incorporación a la parrilla es la viruela del mono, WTF!?), un ruso loco con armas nucleares jugando a ser dios, y niñatos destrozados de la cabeza comprando armas como el que compra pipas. Pero tan cerca y a la vez tan lejos, descansa todo lo demás, en una especie de recreo antiestrés para solitarios. Ahí no me pierdo, ni dudo, ni hay plazos, ni relojes, ni autoexigencias. Ahí se está bien. Y no veo el momento de llegar para empezar de nuevo. 

jueves, 28 de abril de 2022

Cheers

A pesar de los que hacen la guerra, de los que matan a los animales por diversión o por sadismo, de los que hacen daño a conciencia. A pesar de las amenazas, las enfermedades, las injusticias, las torturas, las agonías, los traumas, los gilipollas, las bombas y las armas nucleares...  A pesar de todo, la vida vale la pena cuando encuentras esos momentos de luz en aquellos que admiras, los que te representan, los que te hacen de espejo, de feedback, de colchón. Y agradeces el simple hecho de haber tenido la suerte de ser contemporáneos (ni siquiera coincidir en el espacio, tan solo en el tiempo). 

Siempre existe esa toma de corriente donde poder recargarnos. Y con la batería al cien por cien no queda otra que gastarla. Vivir. Aunque sea a base de fantasías, o logrando pequeñas o grandes metas. Cuando conectas eres feliz, y lo malo pierde protagonismo, se queda en algo que está ahí y con lo que hay que lidiar, como un vecino pesado con el que te cruzas a diario, "venga, hasta luego", y ya. No tiene más peso. Es irrelevante. Cualquier persona (o cosa) que contribuya a despertar con esos ojos... eso sí que importa. Que te hagan llorar de risa, que te inspiren a ser mejor en todo, que le pongan palabras a lo que tú quieres decir y no te atreves. Es como encontrar un tesoro lleno de joyas enterrado en la arena cuando tú sólo buscabas piedras bonitas. Y aun así, se puede idealizar todavía más y sigue siendo perfecto. Lo intangible es así de bonito. 

Y hoy es increíblemente fácil. Estamos más cerca que nunca de todo y de todos. A un clic. Y desde ahí te mueves, inventas, creas, te equivocas y aciertas. Desde ahí vives tu vida a tu manera, quitándote de encima las cenizas del pasado, sacudiendo el polvo a las ideas mugrientas del desván, abriendo las putas ventanas aunque esté lloviendo a baldazos para que entre aire nuevo. 

Puede que dure un segundo, o que dure para siempre. Da igual. Por un segundo o por todos: 

Cheers, R.G.


viernes, 25 de marzo de 2022

Pero sin prisa

El cielo ha vuelto a lucir hoy color champán después de una nueva rociada de polvo sahariano que ayer azotaba con fuertes vientos los cristales de este noveno que habito, dando la impresión de que íbamos a perder el techo en cualquier momento. Esto unido al covid (leve por suerte) de un compañero, nos obliga otra vez a posponer el rodaje a la semana que viene. 

La parte buena es que un colega tiene un equipo de cámara con estabilizador estupendo que me cede a cambio de un café y un ratico de charla, lo que nos facilita las cosas una barbaridad, y además, tengo el finde libre para limpiar los cristales de barro. Y tener tiempo libre es casi un lujo del que aprovecharse bien, porque hasta junio tengo el panorama ajetreado: dos bolos de teatro, tres rodajes, un concierto y un trabajo de edición de vídeo que me han encargado (sin contar con que también tengo que montar mi propio corto). Pero teniendo en cuenta que todo esto es curro y necesito pasta, aunque venga tarde y a goteo, se agradece el full-time. 

Con vistas a verano, que suele venir más relajado en todos los sentidos, ya estoy pensando en la adaptación de un cuento corto al que le tenía ganas desde hace tiempo. Un nuevo quebradero de cabeza de los que tanto me ponen. Me gustaría decir que seguiré escribiendo por encargo, pero eso es algo con lo que no cuento de momento por motivos que, por ahora, son meras sospechas.

Y a pesar de la lluvia y el viento, estamos otra vez en primavera. Qué lejos quedan ya los relojes parados, y qué cerca se ven, tras el cristal limpio, los acelerados designios de los nuevos tiempos. 

Vamos deprisa, pero sin prisa, que esto aún no ha acabado. 

jueves, 17 de marzo de 2022

Romántica mente

(…) Desde el sofá de mi balcón, viendo el atardecer de un invierno teñido de primavera, con el olor dulzón de los frutales, y los colores del mejor y más brillante de los equinoccios, Miki ronronea sobre mi regazo y Chulo apoya su cabeza en mi pecho. Una vez más, algo que no es bueno, a mí me hace feliz. Porque no es bueno que haga calor cuando debería hacer frío, ni es bueno que apenas llueva, ni es bueno lo que todo esto significa: cambio climático con consecuencias que pueden cambiar el rumbo de la vida tal como la conocíamos hasta ahora. Pero, como digo, aunque no sea bueno, ni normal e incluso aunque sea preocupante, ver cómo el invierno ha pasado sin pena ni gloria y ya vuelve a hacer buen tiempo a mí me pone contenta. Tal vez porque no me gusta el frío; tal vez porque la primavera es mi estación preferida; o tal vez porque el año pasado el invierno duró demasiados meses. Sea como sea, no puedo negar que me deleito en los cálidos atardeceres naranjitas, y que de vez en cuando, esa placentera sensación me chiva cosas al oído que nadie entendería (ni siquiera yo al cabo de un rato). 

Escribí esto a mediados de febrero, cuando las condiciones climáticas de entonces me abrían la posibilidad de empezar a rodar mi corto. El 22 grabamos los primeros planos: 22-02-2022, una combinación bonita. 

Creo que a veces la vida te llama a que hagas lo que tienes que hacer, todo lo que has venido a hacer. Y una piensa que está en el camino adecuado cuando lo entiende, y lo lleva a cabo. Y al mismo tiempo, se ve cada vez más cerca del final (“hazlo antes de irte”, parece susurrar una voz...). No es difícil imaginar que a algunos se les pase algo raro por la cabeza y por el estómago, pero supongo que eso a mí no me incumbe. Aquí dentro funciona bien, me basta con eso por ahora. Con miedo pero con ganas. 
Sentí lo mismo cuando empecé a escribir artículos y cuando escribí el reportaje. Cuando haces cosas por primera vez, la inseguridad y la ilusión se cogen de la mano. Sentí lo mismo aquel octubre del 17 sobre mi primer escenario, o aquel agosto en una cama de hospital, o aquella noche de concierto en el Albaicín, o en todos las audiciones por las que he pasado. Sentí lo mismo aquel 19 de marzo bajo el cielo de Madrid. 
Siempre ganó la ilusión. 
Y por lo visto, mi subconsciente es aún más romántico que mi mente consciente que, aunque siempre se permite soñar a lo grande, últimamente sólo absorbe pesadumbre. No hemos acabado de salir de la sexta ola del coronavirus cuando estalla la guerra entre Rusia y Ucrania con las consecuencias que ello conlleva: subida de precios, escasez de productos, huelga de transportistas, crisis humanitaria, la amenaza de un conflicto global... sin hablar de la muerte y destrucción que toda guerra lleva impresa y que te encoge el corazón y el estómago. Pero en alguna parte de mi subconsciente la guerra se mezcla con la paz, y parece que el amor perdona sin querer ante la muerte, y se agarra a esa espalda imperfecta como único y deseado refugio. Hasta que abres los ojos y la realidad sigue siendo la que es. Ese escenario frío y descorazonador donde nada es para siempre salvo el odio y la inquina. 

Desde este lado del mundo, no siendo más que una mera espectadora de lo que pasa ahí afuera (ya sea en Ucrania o en la acera de enfrente) yo me ocupo de mi y sigo fiel a unos planes que bien pueden cambiar mañana, o acabarse del todo en un segundo, porque qué sabe nadie lo que pasará dentro de un segundo... De hecho, he tenido que cancelar tres veces el rodaje por cuestiones climatológicas. Necesitamos sol para la mayoría de escenas y marzo se ha presentado lluvioso y sin tregua. Y cuando no llueve, cae mierda naranja del cielo por la calima de los últimos días, pintando el cielo de marrón y mis cristales de barro. Y mientras tanto, mi casa es una leonera reconvertida en set de rodaje esperando el momento de grabar. Veo a Roberto Brasero más que a mi madre. 
Cuando se pueda retomar el trabajo, otros inconvenientes podrán surgir, seguro, y seguirán siendo nimiedades al lado de tanta barbarie. Y yo sólo podré seguir adelante como lo he hecho hasta ahora, tirando (despierta o dormida) de mi romántica mente. 


sábado, 29 de enero de 2022

Puestos a escribir

Retos que te presenta la vida. Yo que por aquí trato de que no se entienda una mierda de lo que digo, ahora tengo que ser clara y transparente, y conseguir que todo el mundo comprenda bien cada palabra que escribo. Y como a mí un reto me pone, pues aquí estoy, a tope con el último que me ha caído. He pasado casi todo el mes de enero escribiendo por encargo, pero me encanta mi nuevo trabajo esporádico. Me siento como Tintín en sus mejores tiempos. Hace unos días que terminé lo gordo (todavía no me lo creo), y hoy ya puedo sentarme a desvariar a mi antojo. 

Y en esta línea no puedo dejar de pensar que, a pesar de que lo veo y lo escucho casi por todas partes, y casi en todo momento, cuesta creer que eso signifique algo más que restos de una obsesión mal curada. Que a pesar de que sigo sus pasos sin darme cuenta, es difícil admitir admiración alguna. Que a pesar de la clara y cruel venganza, algo se niega a declararlo culpable de todos los cargos. Pero teniendo en cuenta mi absoluta oposición a ser fija discontinua y que, por esa razón, ya en el pasado intenté “irme bien” sin ningún éxito, no es de extrañar que acabar mal haya sido, sin duda, la única forma posible de acabar. 

Pero tu acabar fue mi empezar.

Y no puedo decirlo, pero puedo escribirlo. Y puestos a escribir, escribir con orgullo lo mucho que he mejorado en lo que antes no era tan buena, y escribir que fue gracias a ti. Escribir que cumpliste un sueño en mi vida que aunaba casi todo lo que me hacía feliz en esos momentos, y que sólo siento que ese sueño fuera tan corto como su nombre. Escribir "con humor" que en eso te gano. Escribir que he heredado sólo lo bueno, y que he aprendido de lo malo lo mejor. Escribir mientras me queden ideas, como último resquicio de un recuerdo, antes de que llegue el día en que el coronel no tenga quien le escriba, y que entonces lo que escriba lleve otra dirección. Escribir como infinitivo infinito. Escribir mi salvación.