jueves, 29 de julio de 2021

Enemigos íntimos

Existe una línea muy fina entre la realidad y la imaginación. Voy a usar esa línea para intentar ponerle palabras a algo de lo que me resulta difícil hablar por lo grotesco, por lo injusto, por lo excesivamente real. Y empezaré por el final: hace cosa de un mes, uno de mis mejores amigos murió. En todo este tiempo no he podido hablar de ello con nadie, ni siquiera conmigo misma (que es la razón por la que escribo). No puedo decir que no lo haya aceptado (se veía venir), pero tampoco puedo decir que me parezca bien, ni que lo haya asumido del todo.

Tenía una enfermedad crónica cuando lo conocí, y se podría decir que la sufrí con él desde entonces. Curiosamente, cuando se nos vino encima la pandemia de coronavirus, su enfermedad, lejos de complicarse, pareció mejorar; de hecho, lo hizo. Apenas tenía síntomas, estaba más sano que nunca. Para mí era tan difícil de creer como un milagro, que es lo que parecía. Y así de vivo y saludable estuvo casi seis meses hasta que un día fui a verlo y lo noté… raro. Aunque para ser sincera, lo raro era verlo bien. Estaba, pues, como siempre, mostrando signos de su enfermedad casi imperceptibles para los médicos, pero no para mí. Y por desgracia, no me equivocaba. Fue cuestión de semanas verlo de nuevo ajado y decrépito.

Si bien no hay enfermedades bonitas, la suya era especialmente fea. De esas que convierten a una persona encantadora en una especie de monstruo sin escrúpulos que provocan más miedo que compasión. No es relevante para la historia mencionar de que enfermedad se trataba, pero para la tranquilidad de muchos, no era COVID.

Cuando recayó estuvimos meses sin hablar, su actitud era intolerable, cosa que pude confirmar cuando un día me escribió para decirme lo encantado que estaba con su vida desde que no sabía de mí. Sé que no hablaba él, sino ese falso orgullo derivado de la enfermedad que se lo estaba comiendo por dentro, pero aun así me pareció que seguirle el juego no ayudaba mucho, y con las mismas lo dejé a su aire. Es muy difícil explicar cómo se siente una cuando no puede hacer nada de nada frente a algo tan duro, especialmente cuando ya lo hiciste todo anteriormente y sólo sirvió para empeorar la situación. Se te pasan mil cosas por la cabeza, pero estás atada, sólo puedes sentarte a maldecir y echarle la culpa a algo o a alguien que ni siquiera existe. Y un día te rindes, y dejas que las cosas pasen como tengan que pasar aun sabiendo que puede pasar lo peor. Y así, con esta actitud nihilista, te levantas un día y te dan la inevitable noticia: ha muerto. Es por toda esta movida, entre otras, que este año me he “encerrado” un poco más de lo normal, y he rechazado opciones de trabajo, he dejado pasar oportunidades, y he renunciado a proyectos que me hacían muy feliz pero que ya no tenían sentido.

Entender por qué pasan estas cosas es darse de cabeza contra un muro. Es como preguntarse por el holocausto, por qué hay guerras, cómo es posible que un padre mate a sus hijas… ¿por qué tanta injusticia, y tanto dolor? Es demasiado complejo para intentar “entenderlo” sin volverse loca, sin llenarse de ira y sin acabar abocada al irremediable cinismo. Pierdes la fe en la vida, y eso trae las peores consecuencias. Así que, sin entrar en pajas mentales, que uno de mis mejores amigos se vaya para siempre (sea cual sea la explicación, si es que la hay) siempre deja un vacío. Llenar ese vacío es importante para seguir adelante, y como no he encontrado maneras “bonitas” de hacerlo, me he enfadado con él. Ha tenido la desfachatez de irse sin avisar, sin haber hablado conmigo antes (con todo lo que teníamos que decirnos), sin decir adiós. Ha sido tan desconsiderado conmigo que me hizo entender que estaba bien, cuando él ya sabía que se estaba muriendo. Cuando me enteré de la noticia, ni siquiera pude llorar. Me quedé fría, pero no reaccioné. Era algo que sabía que podía pasar, pero me aferré tanto a la esperanza de un milagro, que me lo creí. Tenía que salvarse. Punto. Y de pronto, sin previo aviso, sin verlo venir ni remotamente, la vida te da la hostia de realidad que seguramente necesitabas. Ya está, se acabó.

Cuando ya pude llorar, lloré mucho. La muerte es irreversible, no puedes pensar “voy a hacer algo al respecto”. No, ya no se puede hacer nada, ni decir nada. Sólo queda aceptarlo. Si no puedes luchar te tienes que rendir. Y a mí me costó varios llantos contemplar la rendición. Él ya no me puede escuchar (aunque en vida tampoco lo hizo nunca), pero si pudiera decirle algo, le diría que “gracias por todo, hasta por las lágrimas. Porque gracias a ellas sé que todo fue de verdad. Que no fuiste una bellísima persona (para qué engañarnos) pero fuiste mi persona favorita por muchas razones que nadie comprendería, ni siquiera tú. Y aunque no entienda esta vida, porque no la entiendo ni la entenderé nunca, no me queda más remedio que seguir en ella, y hacerlo bien (ya sabes, riéndome y emborrachándome, y rodeándome de cosas bonitas, sino pa qué…). Si existe un más allá consciente, espero que me recuerdes como la persona que te mandó a la mierda muchas veces porque alguien tenía que hacerlo para bajarte los humos, y que entiendas de una vez que eso sólo lo haces con la gente que te importa, que una no se toma esas molestias por cualquiera. Que espero encontrarte en otra dimensión algún día, y tener esa charla pendiente. Y que, hasta entonces, intentaré recordarte lo justo y de la mejor manera”.

La noticia de su muerte me llegó a pocos días de que se casara mi hermano, es decir, en mitad de un montón de preparativos, de citas, de pruebas y ultimando el guion de la ceremonia, porque encima los casaba yo. No sé cómo lo hice, pero lo hice, y lo disfruté, y me lo pasé genial. No pensé en él ni un momento. Pero sabía que en cuanto pasara la boda, llegaría la cascada de recuerdos que ya no podría mantener contenida por más tiempo.

Me decidí a escribir cuando una noche, por casualidad, vi la peli de Coco sin saber de qué iba. Ahí, por fin, pude llorar. Mucho. “Si la muerte se parece en algo a lo que muestra la peli, seguiré enfadada con él hasta que me pida perdón por todo, aunque sea después de muertos”. Y con ese pensamiento “estúpido e irracional” conseguí quitarme la pena de encima. Para eso sirve contar historias de fantasía. Porque, aunque no sean realistas para nada (o precisamente por eso) te pueden llevar al sitio justo que necesitas para seguir en esta absurda realidad con un poquito más de alegría. Para qué si no si inventaron las religiones, por ejemplo... Yo, que no creo en nada, me aferro a todo. Aunque sólo sea para darle sabor a las cosas. La vida de Pi es una de mis pelis favoritas por eso; refleja muy bien mi forma de pensar: la realidad es la que es, pero si la cuentas de otra forma, mola más.

Yo he querido contar esta historia de otra forma para que "mole más". Pero en ambas versiones los protagonistas son los mismos y el resultado también: que mi enemigo íntimo ya no está.


domingo, 6 de junio de 2021

Por si acaso

Por si no estoy, por si no estás. Por si me voy, por si te vas. 

Por si me olvido, por si recuerdo. Por si te lo encuentras de casualidad.


Primera impresión, prudencia, esperanzas, tropiezos, renovar ilusiones, billetes de ida y vuelta, “sé tú misma”, “no lo seas”, decir y callar, mentiras, creer sin más, mudanzas, mucho miedo, puñalada mortal.

Oscuro.

Portazos con dignidad, madrugadas sin ella, estrategias, reflexiones, palabras sinceras, “no te alejes tanto” (y tú cambias de ciudad), cartas de despedida, voces que tiemblan, maletas, carretera y mar.

Oscuro.

Desliz, lagunas, “te veo más allá”, una noche y media en dos semanas, una mala idea en media noche, necesidad de escapar, “perdón”, “amigos”, “no amigos”, experimentos, lazos invisibles, verdades de verdad, "lo sabes”, “lo sé”, ese proyecto, todo compartido, las casas, las llaves, “no me sueltes nunca”, “no lo sé”, “no quiero saberlo”, luz de gas.

Oscuro.

Excusas, mentiras mentirosas, la peor frivolidad. 

Oscuro.

Todo. Sólo para que conste, se hizo todo.

Y entre acto y acto los madrugones, las sustancias de colores, los papeles arrugados, deadline, y dioses y estrellas y lunas y universos, los deseos y las realidades, el cinismo, la fe ciega, el fracaso, el escepticismo, y otros ojos, y otras bocas, y otros sueños, más deporte, más pensar, más en mí, y los estudios, y las promesas, y el libro de quejas y reclamaciones, pedidos defectuosos y devoluciones, la paciencia infinita, el “ya no me lo creo”, el destino, las decisiones, los errores y los aciertos, signal… 

Si no es ahora, no quiero que sea más. 

Oscuro.

Al final, no se puede negar que somos, en efecto, unos idiotas. 


Telón.


miércoles, 2 de junio de 2021

Un empujón más

A una semana de mi cumple, me veo llegando con el último aliento al final de la carretera, a una rotonda iluminada donde elegir dirección y poder entrar… quién sabe dónde. Porque espero que ese día 8 sea el último día de muchas cosas, y el principio de algo nuevo que, últimamente, veo reflejado en todas partes: en el cascanueces, en la niña de “esa” peli, en el momento que encontré la magdalena, o en las mentiras piadosas que nos cuentan las estrellas a las que miramos hacia arriba de vez en cuando. Todo lo que es, es porque lo pensamos (los peripatéticos y yo estamos aprendiendo tanto. “Merlí, ens fots trempar!”). 

Mi coche, mi biblioteca, mi acogedor rincón… nuevos espacios para nuevas cosas. Viendo destinos para un billete de avión a punto de caducar, y con los faros mirando lejos, al norte, a un lugar imaginario de un pasado también imaginario. 

Los fotogramas del corto empiezan a tomar forma, aunque la música tendrá que esperar un poco más. El último intento destrozó algo muy querido que ya no debía tener. Y se destrozó algo más en ese momento: la otra mitad de dos partes aparentemente irreconciliables. 

El 9 de mayo se dio por terminado el estado de alarma y el toque de queda, y parece que empezamos a estar donde siempre estuvimos. Y todo coincide… el color de las cálidas noches de primavera, tanta luz natural, las salidas eternas desde el barrio hasta los rincones más desconocidos… Y aunque no esté donde siempre, estoy para quien me busque (a boca llena). Hasta entonces, mejor de lejos, mejor en calma, mejor callados. 


sábado, 1 de mayo de 2021

Ese día, como por arte de magia...

Contexto: Plena primavera. Plena transición; ese espacio nebuloso que una vez que se sobrepasa marca el punto de no retorno; ese momento crítico del ahora o nunca. Las sábanas ya no eran de pelito. Mitología grecorromana en curso. Las series del momento eran Los Soprano (sí… aún no la había visto) y Stranger Things. Me enfrentaba a mi amaxofobia con éxito. Algunas restricciones se habían relajado. Las noticias ya hablaban más del debate político madrileño que de picos y olas víricas.

Ese día, aún inmersa en la mitología grecorromana, y tras haber ordenado las infinitas figuras que la componen, me encontraba estudiando los orígenes de nuestro calendario. También ese día (esa misma mañana) habían terminado el edificio de enfrente. El mismo edificio que en diciembre (que, por cierto, debe su nombre al ordinal décimo) estaba en los cimientos, y que mirándolo desde mi balcón pensé entonces “para cuando esté terminado algo importante va a pasar”. De estas cosas que no te esfuerzas en pensar, sino que simplemente llegan a tu mente como una revelación sin saber por qué. En un par de meses lo levantaron, pero una parte de la fachada aún estaba en ladrillos. Se tiraron como dos meses más poniéndole chimeneas a la azotea, colocando vidrios y añadiéndole florituras al bloque, pero esa parte de la fachada seguía desnuda. Ese día la recubrieron, y el edificio quedó terminado. No un día antes, ni un día después. Ese día.

La noche anterior, como algunas otras noches, me invadió la insatisfacción por todo, pero esta vez fue distinto. Sin razón aparente, se me vino encima el peso de mil cosas juntas. Me encomendé a todos los dioses griegos, a sus equivalentes romanos, a los hindúes y a los nórdicos, y me dormí hecha una sopa de desperdicios, vencida de asco e impotencia por no poder encontrar la luz que me guiara hacia la salida del laberinto. 
Ese día, el calendario gregoriano empezaba a tomar forma, y cuando atendí el teléfono, me dejé a medio escribir la palabra “sin embargo” (sin emb), y el cursor intermitente se quedó ahí parado como parado quedó el tiempo. Había imaginado el “cómo”, había imaginado el “por qué”, y atiné con ambas. Ese día era miércoles y era un día cualquiera, sólo que no lo era. 
Ese día, por un rato, creí tener lo que quería, pero nada más lejos… porque ese día tenía que tomar una decisión importante que no vi clara hasta la mañana siguiente en la lucidez del despertar. Y tras muchas maldiciones intraducibles acabé aceptando el mensaje oculto y respiré aliviada al no haber echado por tierra todo el tiempo invertido y conformarme con un pedido defectuoso (que esto no es AliExpress). En contra de todos mis deseos más profundos, tuve que rechazar el trozo de tela que me correspondía porque olía de lejos a trampa mortal del destino. Y una vez más, hacer lo correcto no me reportó ninguna satisfacción, sino que me dejó flotando en un mar de dudas más salado de lo normal. Porque no basta sólo con hacer lo que te conviene; también hay que desear lo que te conviene, y ahí es donde se abre la clásica guerra entre cabeza y corazón. Y como ya he adelantado, ganó la cabeza y el corazón se desangró. 

El viernes, con la herida todavía cicatrizando, mandé todos los archivos dañinos a donde no pudiera verlos, hice limpieza visual y me organicé un plan para mayo con el que poder “celebrar” el cierre tan necesario de una puerta que, tarde o temprano, me abriría mil ventanas.
Para una agnóstica como yo, que no cree en nada pero que eso no significa que todo pueda existir, los momentos de magia son la sal y la pimienta de la vida en un mundo, generalmente, carente de ella. Pero cuando un momento mágico desemboca en certezas que lo pudren todo, el resultado es algo tan soez y vulgar que sólo desprende lástima, y otorga un mal nombre a todo lo bueno que lo rodeaba. Y es entonces, con todo el asco, cuando hay que afinar el cristalino para que no se te desenfoque la realidad. Y entonces ves el ladrillo sucio detrás del diamante imaginario, y se te repite en bucle la estúpida imagen de echar margaritas a los cerdos, y acabas aceptando decepcionada, pero de buena manera, la decisión racional de no conformarte con migajas sabiendo que mereces el bollo entero (nadie debería aspirar a menos). Y como la vida es misteriosa, no hubo opción de recular (lo que dejaba más claro el camino) y me propuse firmemente plantarme, y los signos de interrogación se esfumaron para dejar paso al punto y final. 
Ponerse bajo el microscopio no es para cualquiera; te obliga a reconocerte y eso da miedo, pero si te animas a hacerlo puedes deshacerte del saco de mierda que has heredado en algún momento de tu vida, y dejar de cargar con lo que no te corresponde, en lugar de utilizarlo como excusa para justificarte por todo. Pero cada cual que lo aprenda a su tiempo (mientras tanto tenemos Netflix).

Ese día, con el edificio terminado, sí que pasó algo importante: ese día, como por arte de magia, escapé del laberinto. 


domingo, 11 de abril de 2021

Non-stop

Durante todo el invierno, mi vida estuvo sufriendo una serie de cambios dentro de una etapa gris marcada por la nostalgia y el enfado dándose el relevo por turnos. Una etapa sin aparente sentido en la que tuve que ir renunciando a casi todo lo que me gustaba por motivos justificados, aunque no por ello satisfactorios. Una paradoja de sacrificio de la felicidad por la felicidad, como siempre incierta y misteriosa. El bullicio paranoico del exterior, entre olas, picos y curvas víricas me era absolutamente ajeno. Me sentía víctima de hados retorcidos jugando a poner trampas macabras en un camino sembrado de falsas promesas, y minando la poca fe a la que una podía agarrarse. “Por mí que reviente el mundo”, y me eché a dormir mucho tiempo para recuperar la identidad perdida. 

Un par de llamadas desde Madrid arrojaron algo de luz a mi panorama gris. Con la primera conseguí reubicarme; con la segunda, encontré una buena forma de ocupar mi infinito tiempo libre. Antes de eso, mi empeño para no pensar en nada que no fuera mínimamente productivo, estaba puesto en unos cursos online, que a fuerza de madrugones y voluntad conseguí sacarme (algún día estaré muy orgullosa). Pero necesitaba más, una meta, un objetivo claro. Y llegó con esa segunda llamada. Ahora, de forma casi obsesiva, siento que estoy enfocada en algo, y como unas cosas llevan a otras, y otras a otras, estoy que no doy abasto. 

Así, con el ritmo acelerado del no parar, sin darle tregua a la mente y negándole a la memoria sensorial el más mínimo indicio de flaqueza, me vi muy lentamente llegando al ecuador. Esa imperceptible línea que separa el antes y el después, el ayer y el mañana, lo que fue y lo que será. Pero como en toda transición, hay momentos de dudas en los que rehúsas soltar lo malo conocido para abrazar lo bueno por conocer, y momentos lúcidos en los que ves que el cambio es necesario te lleve a donde te lleve. Porque, curiosamente, la resistencia tiene un límite, pero hay que llegar a él para entenderlo bien. Puedes notarlo cuando tomas conciencia (paradójicamente, entre fiebres y delirios) de esa frase trillada del “no somos nada” a la que siempre recurrimos a destiempo; o cuando en un segundo ves peligrar la salud de alguien a quien quieres, y todos tus estúpidos problemas existencialistas desaparecen ante la idea de que desaparezca esa persona. 

No es un cambio de actitud radical, pero es un avance. Un avance que llegó con otra primavera robada (esta vez por partida doble), en la que se siguen escuchando, allá donde vayas, las charlas infumables de los cuñaos todólogos aderezadas con el ruido incesante de los medios de comunicación. Y mientras el mundo de ahí fuera discute el valor de la vacuna (trombo arriba, trombo abajo), qué marca es mejor, “a mí cuándo me toca”, en mi mundo de pequeños avances no todo el camino está andado, y aguardo con mayor expectación que la ruleta rusa de la vacuna, la fuente milagrosa de mi propia inmunidad; cuando la música no sea un dardo venenoso, cuando un domingo no sea distinto de un martes, cuando las ciudades vuelvan a ser ciudades y regresen las carreteras lejanas, el calor del sol y los aromas de playa; cuando la imaginación no tenga límites fronterizos entre villa azul y villa blanca, y cuando se corten, de una vez por todas, los hilos engañosos que nos enredan. 

Entre tanto, el silencio apremia. 







domingo, 28 de febrero de 2021

Rosas y espinas

A lo largo de los tres últimos meses, un espacio de tiempo relativamente corto según se mire (a mí se me ha hecho largo como tres vidas), personas y proyectos se han ido cayendo por el camino en un macabro efecto dominó. Yo, que siempre tengo mil preguntas para cada pequeña cosa, he ido contestando medio satisfactoriamente la mayoría de ellas, pero una en concreto sigue torturándome, por injusta y por innecesaria. Simplemente, no tiene una explicación lógica, y muy a mi pesar, tengo que dejar de buscarla. Para las personas que necesitamos encontrar los porqués de cada cosa, es muy frustrante darse por vencida, pero sea como sea, no me queda otra. 

Darle más de cuatro vueltas a algo también es fruto de la inactividad y el tiempo libre, y de eso voy sobrada. Ocupo mis días con lecturas, series de televisión y, últimamente, después de haber acabado un par de cursos online, inmersa en el estudio minucioso de la cultura general para un tema del que ya hablaré si se da el caso. Pero mientras veo como los personajes de mis libros y mis series evolucionan y se enfrentan a aventuras más o menos emocionantes, en mi vida no pasa nada; a menos que llamemos emoción a saber localizar los lagos de cada continente, algunos, por cierto, impronunciables (está el puto mundo lleno de charcos...). Así que, salvo la caída del microteatro, que supuso un cambio de rumbo, y una inesperada llamada desde Madrid cuyo fin sigue en el aire, la sucesión de días con sus repetitivos silencios, me aburren lo indecible. Aunque esos silencios me confirman que la decisión que tomé en su día, dura e injusta por donde se mire fue, sin embargo, acertada (por más coraje que dé). 

Sin embargo, y pese a la espesa capa de humo que envuelve la realidad cuando todo va mal, me he esforzado mucho por mantener los ojos abiertos y vislumbrar nuevos horizontes. Tengo una inexplicable habilidad de adaptación, pero debo decir que hay días y días, y que si me descuido mucho me traga el vacío. La rutina es lo que tiene, por eso es importante buscarse una a medida. Y ya que no es posible moverse mucho ni hacer vida social, trato de salir cuando lo necesito y pasar mi tiempo en casa plantando semillas que después me dejen alguna cosecha que recoger; y que no falte el entretenimiento: "How I met your mother" es maravillosa, "Frasier", un clásico que nunca llegué a ver en su día, y "El Ministerio del Tiempo" me tiene enganchadísima. De hecho, desde que me volví ministérica, no dejo de imaginarme lo genial que sería viajar en el tiempo con sólo abrir una puerta, y cambiar esas pequeñas cosas del pasado que hubieras querido hacer de otra manera. Pero dónde estaría la gracia de equivocarse sabiendo que cada error se puede subsanar... Creo que en verdad no hay mayor error que no cometer errores, porque éstos son los que nos llevan a sitios raros, y muchas veces, hasta maravillosos. Yo que me equivoco nueve de cada diez veces sé de lo que hablo, y siempre he sacado como mínimo un ahogado grito de satisfacción (y que me quiten lo bailao). 

El pasado está ahí para algo, es nuestro libro de instrucciones (con el que yo, por lo visto, me limpio el culo, pero ese es otro tema), la cuestión es saber cuándo recuperarlo y para qué. Yo lo uso a mi manera: lo estudio, lo aprendo, y luego hago lo que me parece. No es el manual del buen ciudadano, pero es el mío. Ha habido muchos momentos en mi vida en los que me he visto casi desesperada buscando la panacea del saber vivir, sólo para descubrir que ya la tenía. Todas las metodologías tienen sus más y sus menos, pero no son otra cosa que "maneras de vivir". Y a mí, después de todo, no me ha ido tan mal. 

Puede que nunca consiga respuesta para algunas preguntas, o que nunca llegue a entender ciertas cosas, pero igual tiene algo que ver con que hoy tenga más conocimientos que hace un año. Y aunque para ello haya tenido que sacrificar valiosísimos tesoros, será sólo cuestión de tiempo recuperar algunos de ellos. Otros, inevitablemente, quedarán en el baúl de los asuntos pendientes, esos que se clavan en el alma y que, aunque algún día dejen de doler, escocerán cada vez que algo o alguien te los recuerde (o cuando las doce campanadas anuncien la llegada del 2031). No hay rosas sin espinas, y las espinas son necesarias para saber que has vivido. Espinas con nombre propio, de color azul, con rimas y aliteraciones y lie-la-lies. Espinas con v de vermut, espinas mojándolo todo, espinas saladas con vistas al mar.



"Nos faltaron unos postres, unos besos 
y el tiempo para sacarnos las telarañas de adentro.
Y nos faltaron los brindis y nos sobraron los miedos...
Nos debemos una charla con el corazón abierto".

J. Sabina


domingo, 31 de enero de 2021

Un tablero resbaladizo

Soy de pensar que las cosas sólo mueren cuando las olvidas, no cuando las "entierras". A veces cortamos de raíz con personas o situaciones que no nos agradan, y ponemos tierra por medio creyendo que con ese gesto ya se ha acabado todo, pero no es así... De nada sirve repetirte "esto para mí ha muerto", si no dejas de pensar en ello y lo resucitas una y otra vez en tu cabeza. Lo que verdaderamente muere es aquello en lo que ya no piensas, y a mí no me dejan dejar de pensar. La culpa es del destino que me lleva como quiere por caminos con los que una ya no contaba, y me obliga a ser estratega en este maldito juego de ajedrez que es la vida, enfrentándome a un partenaire adicto al jaque mate.

Si el virus y sus mutaciones lo permiten (así como las restricciones derivadas), y suponiendo que después del Filomena no nos caiga el Filemón, una plaga de langostas, nuevos temblores de tierra que nos engullan a todos o cualquier otra catástrofe de corte apocalíptico, en tres semanas estaré volviendo a Madrid. 
El año pasado, la comedia "Sexo en Grupo", interpretada por mi compañía, Calderilla Teatro, fue seleccionada para participar en una nueva edición de la Mínima que organiza Microteatro Madrid. Por tema covid la edición se ha ido retrasando y, si todo sigue su curso, se celebrará finalmente la última semana de febrero y la primera de marzo. 
Cuando la obra fue seleccionada todo era, por mi parte, alegría y jolgorio y ganas de ir a donde haga falta, pero esa energía fue cambiando con el tiempo (por motivos personales míos), y creí que la cosa no prosperaría, cuando encima, mi compañero habitual (por motivos personales suyos) me pidió buscarle un sustituto. O sea, a estas alturas, parecía obvio que esta vez no, y hasta le encontré una buena explicación a tantas adversidades. Pero los titiriteros cósmicos me fueron poniendo discretamente las baldosas necesarias para llevarme por el camino en el que ahora me encuentro. Y todo fue tan rápido que de pronto me vi comunicando el cambio a la empresa, que no me puso problema alguno, enviándole el texto a Nando, que recibió la propuesta con la alegría y el jolgorio que a mí me faltaban, y firmando papeles y contratos sin pensar en nada más que en la oportunidad laboral que suponía hacer el micro (luego ya me puse a pensar en otras cosas que también suponía hacer el micro y llegué a la reflexión de arriba). 

Mi parte soñadora piensa que las cosas pasan por algo, y se deja llevar alegremente por ellas como una pluma en el aire, escuchando hablar a las estrellas sin cuestionarse nada, y con la cancioncilla de Top of the World sonando de fondo. Mi parte racional piensa, repiensa, analiza, dibuja esquemas imposibles, hace croquis emocionales y escribe listas de pros y contras mientras suena la banda sonora de Réquiem por un Sueño. 
Sé que todo será mucho más simple: llegaré a Madrid, estaré allí dos semanas, haré el micro y volveré a Granada; incluso puede que ocurra algún contratiempo de última hora y se caiga todo el circo. Pero algo tan aparentemente intranscendente me coloca frente a dos posibles puertas, que a su vez llevan a otras puertas, y yo ya no sé si he perdido las llaves ni  cómo gestionar lo que esconden. Sea como sea, pensar en volver a esa ciudad, a ese sitio, a esa calle me arranca los pies del suelo. Si al menos tuviera claro lo que quiero, sabría manejar las cosas, pero no lo sé... bueno, sí lo sé, pero lo que quiero es de otro mundo y como vivo en éste, me he visto obligada a "querer" otras cosas. Y cuando quieres algo entre comillas es que no quieres, y cuando no quieres, no olvidas. Parece que la única opción es que sea yo quien "muera"
Y quién me dice que eso no ha ocurrido ya...

No sé jugar al ajedrez.