domingo, 11 de abril de 2021

Non-stop

Durante todo el invierno, mi vida estuvo sufriendo una serie de cambios dentro de una etapa gris marcada por la nostalgia y el enfado dándose el relevo por turnos. Una etapa sin aparente sentido en la que tuve que ir renunciando a casi todo lo que me gustaba por motivos justificados, aunque no por ello satisfactorios. Una paradoja de sacrificio de la felicidad por la felicidad, como siempre incierta y misteriosa. El bullicio paranoico del exterior, entre olas, picos y curvas víricas me era absolutamente ajeno. Me sentía víctima de hados retorcidos jugando a poner trampas macabras en un camino sembrado de falsas promesas, y minando la poca fe a la que una podía agarrarse. “Por mí que reviente el mundo”, y me eché a dormir mucho tiempo para recuperar la identidad perdida. 

Un par de llamadas desde Madrid arrojaron algo de luz a mi panorama gris. Con la primera conseguí reubicarme; con la segunda, encontré una buena forma de ocupar mi infinito tiempo libre. Antes de eso, mi empeño para no pensar en nada que no fuera mínimamente productivo, estaba puesto en unos cursos online, que a fuerza de madrugones y voluntad conseguí sacarme (algún día estaré muy orgullosa). Pero necesitaba más, una meta, un objetivo claro. Y llegó con esa segunda llamada. Ahora, de forma casi obsesiva, siento que estoy enfocada en algo, y como unas cosas llevan a otras, y otras a otras, estoy que no doy abasto. 

Así, con el ritmo acelerado del no parar, sin darle tregua a la mente y negándole a la memoria sensorial el más mínimo indicio de flaqueza, me vi muy lentamente llegando al ecuador. Esa imperceptible línea que separa el antes y el después, el ayer y el mañana, lo que fue y lo que será. Pero como en toda transición, hay momentos de dudas en los que rehúsas soltar lo malo conocido para abrazar lo bueno por conocer, y momentos lúcidos en los que ves que el cambio es necesario te lleve a donde te lleve. Porque, curiosamente, la resistencia tiene un límite, pero hay que llegar a él para entenderlo bien. Puedes notarlo cuando tomas conciencia (paradójicamente, entre fiebres y delirios) de esa frase trillada del “no somos nada” a la que siempre recurrimos a destiempo; o cuando en un segundo ves peligrar la salud de alguien a quien quieres, y todos tus estúpidos problemas existencialistas desaparecen ante la idea de que desaparezca esa persona. 

No es un cambio de actitud radical, pero es un avance. Un avance que llegó con otra primavera robada (esta vez por partida doble), en la que se siguen escuchando, allá donde vayas, las charlas infumables de los cuñaos todólogos aderezadas con el ruido incesante de los medios de comunicación. Y mientras el mundo de ahí fuera discute el valor de la vacuna (trombo arriba, trombo abajo), qué marca es mejor, “a mí cuándo me toca”, en mi mundo de pequeños avances no todo el camino está andado, y aguardo con mayor expectación que la ruleta rusa de la vacuna, la fuente milagrosa de mi propia inmunidad; cuando la música no sea un dardo venenoso, cuando un domingo no sea distinto de un martes, cuando las ciudades vuelvan a ser ciudades y regresen las carreteras lejanas, el calor del sol y los aromas de playa; cuando la imaginación no tenga límites fronterizos entre villa azul y villa blanca, y cuando se corten, de una vez por todas, los hilos engañosos que nos enredan. 

Entre tanto, el silencio apremia. 







domingo, 28 de febrero de 2021

Rosas y espinas

A lo largo de los tres últimos meses, un espacio de tiempo relativamente corto según se mire (a mí se me ha hecho largo como tres vidas), personas y proyectos se han ido cayendo por el camino en un macabro efecto dominó. Yo, que siempre tengo mil preguntas para cada pequeña cosa, he ido contestando medio satisfactoriamente la mayoría de ellas, pero una en concreto sigue torturándome, por injusta y por innecesaria. Simplemente, no tiene una explicación lógica, y muy a mi pesar, tengo que dejar de buscarla. Para las personas que necesitamos encontrar los porqués de cada cosa, es muy frustrante darse por vencida, pero sea como sea, no me queda otra. 

Darle más de cuatro vueltas a algo también es fruto de la inactividad y el tiempo libre, y de eso voy sobrada. Ocupo mis días con lecturas, series de televisión y, últimamente, después de haber acabado un par de cursos online, inmersa en el estudio minucioso de la cultura general para un tema del que ya hablaré si se da el caso. Pero mientras veo como los personajes de mis libros y mis series evolucionan y se enfrentan a aventuras más o menos emocionantes, en mi vida no pasa nada; a menos que llamemos emoción a saber localizar los lagos de cada continente, algunos, por cierto, impronunciables (está el puto mundo lleno de charcos...). Así que, salvo la caída del microteatro, que supuso un cambio de rumbo, y una inesperada llamada desde Madrid cuyo fin sigue en el aire, la sucesión de días con sus repetitivos silencios, me aburren lo indecible. Aunque esos silencios me confirman que la decisión que tomé en su día, dura e injusta por donde se mire fue, sin embargo, acertada (por más coraje que dé). 

Sin embargo, y pese a la espesa capa de humo que envuelve la realidad cuando todo va mal, me he esforzado mucho por mantener los ojos abiertos y vislumbrar nuevos horizontes. Tengo una inexplicable habilidad de adaptación, pero debo decir que hay días y días, y que si me descuido mucho me traga el vacío. La rutina es lo que tiene, por eso es importante buscarse una a medida. Y ya que no es posible moverse mucho ni hacer vida social, trato de salir cuando lo necesito y pasar mi tiempo en casa plantando semillas que después me dejen alguna cosecha que recoger; y que no falte el entretenimiento: "How I met your mother" es maravillosa, "Frasier", un clásico que nunca llegué a ver en su día, y "El Ministerio del Tiempo" me tiene enganchadísima. De hecho, desde que me volví ministérica, no dejo de imaginarme lo genial que sería viajar en el tiempo con sólo abrir una puerta, y cambiar esas pequeñas cosas del pasado que hubieras querido hacer de otra manera. Pero dónde estaría la gracia de equivocarse sabiendo que cada error se puede subsanar... Creo que en verdad no hay mayor error que no cometer errores, porque éstos son los que nos llevan a sitios raros, y muchas veces, hasta maravillosos. Yo que me equivoco nueve de cada diez veces sé de lo que hablo, y siempre he sacado como mínimo un ahogado grito de satisfacción (y que me quiten lo bailao). 

El pasado está ahí para algo, es nuestro libro de instrucciones (con el que yo, por lo visto, me limpio el culo, pero ese es otro tema), la cuestión es saber cuándo recuperarlo y para qué. Yo lo uso a mi manera: lo estudio, lo aprendo, y luego hago lo que me parece. No es el manual del buen ciudadano, pero es el mío. Ha habido muchos momentos en mi vida en los que me he visto casi desesperada buscando la panacea del saber vivir, sólo para descubrir que ya la tenía. Todas las metodologías tienen sus más y sus menos, pero no son otra cosa que "maneras de vivir". Y a mí, después de todo, no me ha ido tan mal. 

Puede que nunca consiga respuesta para algunas preguntas, o que nunca llegue a entender ciertas cosas, pero igual tiene algo que ver con que hoy tenga más conocimientos que hace un año. Y aunque para ello haya tenido que sacrificar valiosísimos tesoros, será sólo cuestión de tiempo recuperar algunos de ellos. Otros, inevitablemente, quedarán en el baúl de los asuntos pendientes, esos que se clavan en el alma y que, aunque algún día dejen de doler, escocerán cada vez que algo o alguien te los recuerde (o cuando las doce campanadas anuncien la llegada del 2031). No hay rosas sin espinas, y las espinas son necesarias para saber que has vivido. Espinas con nombre propio, de color azul, con rimas y aliteraciones y lie-la-lies. Espinas con v de vermut, espinas mojándolo todo, espinas saladas con vistas al mar.



"Nos faltaron unos postres, unos besos 
y el tiempo para sacarnos las telarañas de adentro.
Y nos faltaron los brindis y nos sobraron los miedos...
Nos debemos una charla con el corazón abierto".

J. Sabina


domingo, 31 de enero de 2021

Un tablero resbaladizo

Soy de pensar que las cosas sólo mueren cuando las olvidas, no cuando las "entierras". A veces cortamos de raíz con personas o situaciones que no nos agradan, y ponemos tierra por medio creyendo que con ese gesto ya se ha acabado todo, pero no es así... De nada sirve repetirte "esto para mí ha muerto", si no dejas de pensar en ello y lo resucitas una y otra vez en tu cabeza. Lo que verdaderamente muere es aquello en lo que ya no piensas, y a mí no me dejan dejar de pensar. La culpa es del destino que me lleva como quiere por caminos con los que una ya no contaba, y me obliga a ser estratega en este maldito juego de ajedrez que es la vida, enfrentándome a un partenaire adicto al jaque mate.

Si el virus y sus mutaciones lo permiten (así como las restricciones derivadas), y suponiendo que después del Filomena no nos caiga el Filemón, una plaga de langostas, nuevos temblores de tierra que nos engullan a todos o cualquier otra catástrofe de corte apocalíptico, en tres semanas estaré volviendo a Madrid. 
El año pasado, la comedia "Sexo en Grupo", interpretada por mi compañía, Calderilla Teatro, fue seleccionada para participar en una nueva edición de la Mínima que organiza Microteatro Madrid. Por tema covid la edición se ha ido retrasando y, si todo sigue su curso, se celebrará finalmente la última semana de febrero y la primera de marzo. 
Cuando la obra fue seleccionada todo era, por mi parte, alegría y jolgorio y ganas de ir a donde haga falta, pero esa energía fue cambiando con el tiempo (por motivos personales míos), y creí que la cosa no prosperaría, cuando encima, mi compañero habitual (por motivos personales suyos) me pidió buscarle un sustituto. O sea, a estas alturas, parecía obvio que esta vez no, y hasta le encontré una buena explicación a tantas adversidades. Pero los titiriteros cósmicos me fueron poniendo discretamente las baldosas necesarias para llevarme por el camino en el que ahora me encuentro. Y todo fue tan rápido que de pronto me vi comunicando el cambio a la empresa, que no me puso problema alguno, enviándole el texto a Nando, que recibió la propuesta con la alegría y el jolgorio que a mí me faltaban, y firmando papeles y contratos sin pensar en nada más que en la oportunidad laboral que suponía hacer el micro (luego ya me puse a pensar en otras cosas que también suponía hacer el micro y llegué a la reflexión de arriba). 

Mi parte soñadora piensa que las cosas pasan por algo, y se deja llevar alegremente por ellas como una pluma en el aire, escuchando hablar a las estrellas sin cuestionarse nada, y con la cancioncilla de Top of the World sonando de fondo. Mi parte racional piensa, repiensa, analiza, dibuja esquemas imposibles, hace croquis emocionales y escribe listas de pros y contras mientras suena la banda sonora de Réquiem por un Sueño. 
Sé que todo será mucho más simple: llegaré a Madrid, estaré allí dos semanas, haré el micro y volveré a Granada; incluso puede que ocurra algún contratiempo de última hora y se caiga todo el circo. Pero algo tan aparentemente intranscendente me coloca frente a dos posibles puertas, que a su vez llevan a otras puertas, y yo ya no sé si he perdido las llaves ni  cómo gestionar lo que esconden. Sea como sea, pensar en volver a esa ciudad, a ese sitio, a esa calle me arranca los pies del suelo. Si al menos tuviera claro lo que quiero, sabría manejar las cosas, pero no lo sé... bueno, sí lo sé, pero lo que quiero es de otro mundo y como vivo en éste, me he visto obligada a "querer" otras cosas. Y cuando quieres algo entre comillas es que no quieres, y cuando no quieres, no olvidas. Parece que la única opción es que sea yo quien "muera"
Y quién me dice que eso no ha ocurrido ya...

No sé jugar al ajedrez.


domingo, 3 de enero de 2021

Sobre aquello que elegimos



En estos tiempos en los que moverse tiene mil impedimentos, yo he conseguido hacer un viaje de lo más austero y de lo más necesario. Evadirse de todo es una buena forma de resetear. Pero mi desconexión social no ha implicado parón. He estado (y estoy) estudiando y trabajando en varias cosas que me tienen tan ocupada como ilusionada, y sólo en los descansos me permito echar la vista atrás para entender algunas cosas de mi presente, intentando juntar cuatro palabras seguidas cada día para poder escribirlo. Y no es tarea fácil tener que recordar aquello de lo que quieres olvidarte. Para sentarme a escribir esto he necesitado ordenar y descartar meses de apuntes, reconocer sentimientos encontrados que no podía describir, y hacer un difícil ejercicio personal para gestionar tanto de todo, y todo tan desbordado. He necesitado, además, encontrar el espacio adecuado, la serenidad mental, el sustancial momento de lucidez, y una botella de Chivas (que siempre ayuda) para meterle mano al asunto.

El 2020 llegó a su fin. Un año que quedará en la memoria colectiva como el año de la pandemia de la Covid-19. Pero la memoria individual alberga más cosas que un único hecho general. Para mí el 2020 no sólo será recordado como el año de la pandemia. Lo recordaré por un millón de cosas que ocurrieron durante la misma, y serán recuerdos agridulces, como suele suceder con los recuerdos que son importantes. Lo recordaré como el año que lo gané todo, lo perdí todo y lo aprendí todo. Porque el 2020 nos enseñó lo que es esencial, y lo que es meramente decorativo. Porque nos mostró la fragilidad de la vida y la importancia de un abrazo. Porque se portó lo bastante bien como para no dejarnos saborear la soledad más amarga, y lo bastante mal como para restregarnos los errores. Porque nos brindó la oportunidad de una realidad alternativa con opción a compra. Porque nos hizo más humanos de lo que somos. Porque sucede a nuestros nombres, y porque nos puso en la cara lo que hay, y nos hizo elegir, y elegimos… Y elegimos creyendo ser honestos con nosotros mismos, sin acordarnos de ser honestos con los demás. Elegimos no tenernos por si mañana nos perdemos. Elegimos ser cobardes y no escuchar más. Porque parece que el calor y el frío no se llevan bien (aunque no hay que ser muy listo para entender que juntos conforman el clima perfecto). 

Pero empecemos por el principio. Hacía meses que algo me venía pinchando. Me sentía bien en general, pero era como tener una piedra en el zapato. Cada equis pasos la notas y molesta. Esa era mi sensación. Mi vida tenía una piedra en el zapato. Tú no haces mucho caso y sigues caminando, pero la piedra está ahí, manifestándose de vez en cuando en dolencias físicas y pensamientos poco agradables. Adelantándome a los acontecimientos, me senté frente al ordenador y redacté un plan de salvamento en el que me marqué una serie de objetivos a cumplir a corto y largo plazo. Necesitaba anclarme a algo antes de soltar lastre para no acabar a la deriva. Y en cuanto se me presentó la ocasión (que a esas alturas sabía que estaba al caer), no me conformé con sacarme la piedra; directamente tiré el zapato. Porque mi estúpido intento desesperado de sacar sólo la piedra y conservar el zapato (que era lo ideal) se quedó, literalmente, a medio escuchar, y con ese último golpe me rendí a la cruda realidad que, por alguna razón, siempre se empeña en llevarme la contraria. Diciembre contaba sólo cinco días. 

Renuncié a compartir más “quintas justas”, cambié aquel sonido triste por el de una vulgar guitarra, 47.213 mentiras, adornadas con animalitos de granja, se esfumaron en veinte minutos (eran mentiras pesadas), y le eché el candado a esa letra, que nunca dejó de ser una incógnita, para no tener nunca más la tentación de querer despejarla. Sé que hice lo mejor. Pero ha pasado un mes y sigo pensando lo que pensaba entonces: a veces, hacer-lo-mejor es una puta mierda, al menos de entrada. No obstante, y por más que me queje de mi suerte (porque al menos ese derecho me he ganado), soy de pensar que, aunque las cosas no salgan como una quiere, eso no significa que no puedan salir bien. De hecho, estoy en el camino adecuado para que así sea, pero es que da coraje (la vida parece maja…): ¿por qué no antes?, ¿por qué ahora?, ¿por qué así?, ¿por qué tanto ajetreo? Y por fin lo entendí. No es por qué, es para qué (maja no, majísima). Entender esto y darle sentido a cada respuesta ha sido tan sencillo como doloroso, pero era lo único que necesitaba para dejar de devanarme los sesos por mis ya famosas “inseguridades” heredadas.

Claridad. Era todo lo que me hacía falta. Si no hay claridad, si no sabes de verdad lo que quieres, estás literalmente perdida. Andas sin brújula, esperando que aparezca una estrella que te guie o el gato de Cheshire señalando algún camino aleatorio. Tener claridad es esencial para no ir a ciegas y dando tumbos, y yo la encontré en algún cajón de mi memoria. Ese cajón polvoriento donde guardamos las cosas que no nos gustan, como si dejando de pensarlas desaparecieran por arte de magia. Y ahí encontré la innegable falta de respeto, las mentiras más mezquinas, la sed de venganza con la víctima equivocada, la falsa honestidad, y una cruceta con los hilos enredados medio rota de tanto uso. Ese cajón era todo un imperdonable insulto a mi inteligencia. Por cada cosa que sacaba ganaba una armadura (y por cada armadura, una lágrima). Ya está casi vacío, y yo casi llena, y en todo este proceso siento que por fin he llegado al final del libro, que ya no hay más capítulos, que lo he terminado, aunque haya necesitado releer muchas partes para entender el final.

¿Para qué? Para aprender cosas nuevas, para ser más capaz en todo, para imitar virtudes y desechar defectos. Para evolucionar, y vivir la vida de la única forma que la entiendo: todo lo intensamente posible, porque es tan frágil y tan corta  que quedarnos con las ganas no es una opción válida. Y yo no he querido quedarme con las ganas de probar el único camino que me quedaba, aunque sea el más difícil, y ver a dónde me lleva.
"Ni tanto, ni mejor”, sólo diferente.



"Yo elegí dejar el regateo,
tú elegiste no comprar.
Yo elegí mi dignidad a tu compañía,
tú elegiste no escuchar más.
Tú elegiste jugar a perderme,
y yo te dejé ganar"

sábado, 21 de noviembre de 2020

Los pies en el suelo

Un paréntesis. No es más que eso. Un paréntesis de color azul y blanco con olor a mar, y canciones bonitas sonando de fondo. Sólo una imagen nítida en el distorsionado espejo cóncavo de un mundo gris. Cansa todo. Cansa tanto desequilibrio, el no saber, tanta incertidumbre acumulada; las distancias y las esperas, la descoordinación; la imaginación disparada, descontrolada, desconfiada...

Temiendo el momento del cambio. Ese cambio que te devuelve a la tierra, que te pone los pies en el suelo. Porque el miedo a que ese suelo se agriete y te trague, existe. Pero si eso ocurre, si el mundo se desmorona, al menos será algo real, difícil de encajar, pero real. El famoso y repugnante “así son las cosas”. Creo que, a cierto nivel, me lo veo venir, me lo espero, o al menos no lo descarto. Estoy medio preparada para lo que pueda llegar a pasar. Y digo medio, porque tengo la ligera esperanza de equivocarme. Una fe mínima pero firme en que, por alguna razón cósmica, irracional y casi utópica, pueda salir bien. Tonterías estimuladas para que digan la verdad, aunque la verdad sea tonta. 

Mientras tanto, todo en orden, todo en su sitio. Esperando que todo vaya pasando, aun cuando parece que nada pasa.

Deseando que los recuerdos de ayer no nos hagan olvidar, y que los recuerdos de mañana no se olviden de nosotros.  

sábado, 31 de octubre de 2020

Es lo que hay

Hay multitud de nuevos contagios, asintomáticos con secuelas y fallecidos, directa o indirectamente, por la Covid-19. Lo llaman segunda ola, pero es la misma ola de marzo, que durante el verano intentamos surfear, pero que finalmente nos ha acabado arrollando.

Hay nuevos confinamientos, toques de queda y cierres de establecimientos(en demasiados casos, permanentes). Hay más despidos, más paro, más desesperación, más hambre, más lágrimas, más disputas, más incertidumbre, más violencia y más gritos. Y hay menos ayudas, menos soluciones, menos coherencia, menos esperanzas y muchísimos menos abrazos. 

No hay visión de futuro. Nadie sabe qué va a hacer mañana (mañana, literalmente), porque todos los días cambian las normas, las permisiones, las libertades.

Hay una pandemia. Y en medio de ella nos encontramos. Y en este contexto caótico, nuestras vidas, inciertas, siguen adelante, haciendo como que viven, pero con más de una carencia.

En mi caso, paradójicamente, el caos yacente en el extrarradio de mi mundo, me supone una inexplicable paz interior. Pero muy, muy interior; en algún lugar mucho más profundo de donde se encuentra la necesidad de trabajo y dinero. Es una sensación extraña, pero tiene su lógica. Cuando dentro de ti hay tormenta, no importa lo bien que funcione todo a tu alrededor; la alegría está por ahí fuera y no la percibes. De la misma manera, cuando brilla el sol en tus ojos, si el mundo entero se desmorona, tampoco te afecta.

Puede parecer egoísta, pero yo me tengo que seguir ocupando de mí misma, y gestionar mi tiempo y mis sueños, pase lo que pase en otros rincones del mundo. Lo cual no significa que no me importe o que no me afecte. 

Con pandemia o sin pandemia, con crisis o con abundancia, mis necesidades, mis metas y mis ilusiones siguen siendo las mismas, y nadie más que yo, puede trabajar en ellas. Dentro de este panorama tenemos nuestras propias batallas que librar. Batallas contra el hambre, contra la enfermedad, contra el aislamiento, contra la falta de ilusión por la vida. Y en el intento de llenar los vacíos de cada uno, vamos tirando de este carro, con más o menos alegría.

En mi caso, me hablan de dignidad y honestidad, de valentía y paciencia, de principios y plazos y “cuentas atrás”. Me hablan de entender, de ser razonable, de tener fe. Me hablan de cosas obvias, tan obvias que las pasas por alto. Y me hablan de magia… la única palabra que consigue llamar mi atención.

Las jugadas, los faroles, las estrategias sólo doblan la apuesta, ponen nervioso al contrincante, pero no hacen que ganes la partida. Y yo que siempre juego a ganar, sé que en algún momento tocará decir que no voy. Y cuando ese momento llegue, aparecerá una nueva puerta que atravesar. Y lo haré volando desde mi colchón, y le daré al cuerpo esa tregua que me viene pidiendo a gritos. Y cambiaré de hábitos y de pensamientos, y me esforzaré por darle la vuelta al universo.

Ya no tengo que preguntar qué pasa. Ya no hay curiosidad por saber más. Porque, por fin, después de tanto tiempo, esa pregunta la puedo responder yo misma.

Mientras tanto, que siga lloviendo si quiere, que yo me agarro a la música para refugiarme del frío, para olvidar que todo tiene un final y hasta para camuflar lo que nunca te digo y lo que no quiero escuchar. Porque, a veces, cantando se dice la verdad, aunque esa verdad no sea de este mundo.

Vamos a tragar saliva porque... esto es lo que hay.


 


 

domingo, 20 de septiembre de 2020

De trampillas, (des)conciertos y digestiones

 A principios de año, antes de que el mundo se echara a dormir, se me ocurrió apuntarme al casting de "Ahora Caigo". Pueden tardar en convocarte o pueden hacerlo en seguida, y a mí me convocaron en seguida. Hacían casting presencial a finales de enero en Granada, y a pesar del resacón que llevaba ese día, pasé dos filtros y me enfrenté a un examen de nivel; pocos días después me llamaron para concursar. Me reservaron mi vuelo a Barcelona el 10 de marzo y grabamos el programa el 11 por la mañana. Tres días después, se declaró en nuestro país el estado de alarma. 
Es de esas cosas que cuando las miras con perspectiva te hacen pensar que las cosas que nos suceden (al menos muchas de ellas) no las controlamos. Creo que lo llaman destino. Sin embargo, nos vemos expuestos a tomar decisiones conscientes en muchas ocasiones. Y aquí es donde pensamos que nuestro rumbo lo marcamos nosotr@s. Tomar decisiones no siempre es fácil, y cuando tomas una, la sensación que te queda después es la que te dice si has acertado o no. Yo creí haber tomado una mala decisión en el concurso. 
La suerte se puso de mi parte una vez más y me hizo ganadora (pese a las bajas probabilidades de serlo ya que sólo gana un@ de 11), pero esta vez dependía de mí ganar más o perderlo todo. Me planté por no tentar a la suerte, y me torturé mucho tiempo pensando que fue una mala decisión. Estoy casi segura de que podía haber arriesgado y ganar más, pero mi confianza estaba minada por influencias ajenas, falta de sueño y los nervios propios del momento, así que decidí salir de allí con mi pequeño botín, aunque se me quedase la espinita clavada para siempre. Con todo, ese pequeño botín, me ha salvado de la ruina absoluta derivada de la pandemia, así que me puedo dar por satisfecha. Y aunque me quedara con las ganas de saber que en otras circunstancias hubiera podido doblar, me consuelo con el pensamiento de no haber caído en la trampa y que me abrieran la trampilla. Los presentimientos existen por algo. Así que quizás no fue una mala decisión después de todo. 
La emisión del programa estaba prevista para abril, pero el estado de alarma obligó a retrasarlo y finalmente lo emitieron el 1 de septiembre. 
También por esas fechas, febrero-marzo, me vi tomando otras decisiones más o menos conscientes, pero de las que se toman más con el corazón que con la cabeza, y en las que no te paras a analizar las posibles consecuencias de las mismas. De esas cosas que estás "destinada" a hacer por alguna razón que aún no se podía entender, y que ahora empiezo a vislumbrar. 
Sé que fue una buena idea, estoy segura de ello, pero quizás sea de esas cosas bonitas que nos regala la vida por un espacio de tiempo limitado, porque el terreno que piso parece estar hecho de arenas movedizas en las que, si te hundes, te hundes con todo. Y ese todo es muy frágil. 
Volver a verle la cara a un pasado que tiene los colmillos afilados asusta mucho, y es un trabajo interno muy complicado entender que, por mucho que amenace con morderte, no lo va a hacer a menos que tú se lo permitas. Y la reacción normal (parezca dramática o no) es huir en cuanto le ves las orejas al lobo. Pero tú apuestas por hacerte amiga del lobo, entender su naturaleza y no dejar que anule la tuya, sino que la complemente. Y te haces mil preguntas, y en un acto de valentía se las planteas a él, y él no sabe, y tú tampoco, y seguimos mirándonos de reojo en un mar de miedos y esperanzas que sólo en la distancia parece estar sereno. 
Supongo que hay cosas que no se pueden digerir, que producen acidez. Cosas que no están hechas para decirse. Por eso existe la poesía, la música o cualquier otra expresión artística; el arte dice lo que la boca no puede. Y en un intento más de rescatarme a mí misma (y puede que con ello, todo lo demás), he encontrado un camino muy bien iluminado que ha despertado mi curiosidad, por todo lo que promete y porque mi cabecita (al margen de "tanta intensidad") ha conseguido racionalizarlo. Y quizás no me encuentre del todo nunca, quizás sea una mezcla rara de muchos números y quizás nueve heridas sean demasiadas para una vida, pero he ordenado las ideas en tiempo récord y ahora ya sé por dónde empezar el camino. 
Desde aquel 11 de marzo hasta hace dos días, la palabra clave ha sido la misma en diferentes situaciones. Una palabra difícil de cambiar, pero factible. Y aunque cada día aparezcan nuevos desconciertos poniendo a prueba mi seguridad, ahora ya sé lo que tengo que hacer: reconocerlo todo y variar el rumbo. Porque a través del espejo está la respuesta, y en ese lugar hay más dinero acumulado, más conciertos que desconciertos, más sueños que indigestiones y toda la verdad del mundo. 
Que la verdad sólo duele cuando no la aceptamos. 
Y hacerse amiga de la verdad es hacerse amiga del lobo para no tenerle miedo nunca más.