domingo, 31 de enero de 2021
Un tablero resbaladizo
domingo, 3 de enero de 2021
Sobre aquello que elegimos
En estos tiempos en los que moverse tiene mil impedimentos, yo he conseguido hacer un viaje de lo más austero y de lo más necesario. Evadirse de todo es una buena forma de resetear. Pero mi desconexión social no ha implicado parón. He estado (y estoy) estudiando y trabajando en varias cosas que me tienen tan ocupada como ilusionada, y sólo en los descansos me permito echar la vista atrás para entender algunas cosas de mi presente, intentando juntar cuatro palabras seguidas cada día para poder escribirlo. Y no es tarea fácil tener que recordar aquello de lo que quieres olvidarte. Para sentarme a escribir esto he necesitado ordenar y descartar meses de apuntes, reconocer sentimientos encontrados que no podía describir, y hacer un difícil ejercicio personal para gestionar tanto de todo, y todo tan desbordado. He necesitado, además, encontrar el espacio adecuado, la serenidad mental, el sustancial momento de lucidez, y una botella de Chivas (que siempre ayuda) para meterle mano al asunto.
El 2020 llegó a su fin. Un año que quedará en la memoria colectiva como el año de la pandemia de la Covid-19. Pero la memoria individual alberga más cosas que un único hecho general. Para mí el 2020 no sólo será recordado como el año de la pandemia. Lo recordaré por un millón de cosas que ocurrieron durante la misma, y serán recuerdos agridulces, como suele suceder con los recuerdos que son importantes. Lo recordaré como el año que lo gané todo, lo perdí todo y lo aprendí todo. Porque el 2020 nos enseñó lo que es esencial, y lo que es meramente decorativo. Porque nos mostró la fragilidad de la vida y la importancia de un abrazo. Porque se portó lo bastante bien como para no dejarnos saborear la soledad más amarga, y lo bastante mal como para restregarnos los errores. Porque nos brindó la oportunidad de una realidad alternativa con opción a compra. Porque nos hizo más humanos de lo que somos. Porque sucede a nuestros nombres, y porque nos puso en la cara lo que hay, y nos hizo elegir, y elegimos… Y elegimos creyendo ser honestos con nosotros mismos, sin acordarnos de ser honestos con los demás. Elegimos no tenernos por si mañana nos perdemos. Elegimos ser cobardes y no escuchar más. Porque parece que el calor y el frío no se llevan bien (aunque no hay que ser muy listo para entender que juntos conforman el clima perfecto).
Pero empecemos por el principio. Hacía meses que algo me venía pinchando. Me sentía bien en general, pero era como tener una piedra en el zapato. Cada equis pasos la notas y molesta. Esa era mi sensación. Mi vida tenía una piedra en el zapato. Tú no haces mucho caso y sigues caminando, pero la piedra está ahí, manifestándose de vez en cuando en dolencias físicas y pensamientos poco agradables. Adelantándome a los acontecimientos, me senté frente al ordenador y redacté un plan de salvamento en el que me marqué una serie de objetivos a cumplir a corto y largo plazo. Necesitaba anclarme a algo antes de soltar lastre para no acabar a la deriva. Y en cuanto se me presentó la ocasión (que a esas alturas sabía que estaba al caer), no me conformé con sacarme la piedra; directamente tiré el zapato. Porque mi estúpido intento desesperado de sacar sólo la piedra y conservar el zapato (que era lo ideal) se quedó, literalmente, a medio escuchar, y con ese último golpe me rendí a la cruda realidad que, por alguna razón, siempre se empeña en llevarme la contraria. Diciembre contaba sólo cinco días.
Renuncié a compartir más “quintas justas”, cambié aquel sonido triste por el de una vulgar guitarra, 47.213 mentiras, adornadas con animalitos de granja, se esfumaron en veinte minutos (eran mentiras pesadas), y le eché el candado a esa letra, que nunca dejó de ser una incógnita, para no tener nunca más la tentación de querer despejarla. Sé que hice lo mejor. Pero ha pasado un mes y sigo pensando lo que pensaba entonces: a veces, hacer-lo-mejor es una puta mierda, al menos de entrada. No obstante, y por más que me queje de mi suerte (porque al menos ese derecho me he ganado), soy de pensar que, aunque las cosas no salgan como una quiere, eso no significa que no puedan salir bien. De hecho, estoy en el camino adecuado para que así sea, pero es que da coraje (la vida parece maja…): ¿por qué no antes?, ¿por qué ahora?, ¿por qué así?, ¿por qué tanto ajetreo? Y por fin lo entendí. No es por qué, es para qué (maja no, majísima). Entender esto y darle sentido a cada respuesta ha sido tan sencillo como doloroso, pero era lo único que necesitaba para dejar de devanarme los sesos por mis ya famosas “inseguridades” heredadas.
Claridad. Era todo lo que me hacía falta. Si no hay claridad, si no sabes de verdad lo que quieres, estás literalmente perdida. Andas sin brújula, esperando que aparezca una estrella que te guie o el gato de Cheshire señalando algún camino aleatorio. Tener claridad es esencial para no ir a ciegas y dando tumbos, y yo la encontré en algún cajón de mi memoria. Ese cajón polvoriento donde guardamos las cosas que no nos gustan, como si dejando de pensarlas desaparecieran por arte de magia. Y ahí encontré la innegable falta de respeto, las mentiras más mezquinas, la sed de venganza con la víctima equivocada, la falsa honestidad, y una cruceta con los hilos enredados medio rota de tanto uso. Ese cajón era todo un imperdonable insulto a mi inteligencia. Por cada cosa que sacaba ganaba una armadura (y por cada armadura, una lágrima). Ya está casi vacío, y yo casi llena, y en todo este proceso siento que por fin he llegado al final del libro, que ya no hay más capítulos, que lo he terminado, aunque haya necesitado releer muchas partes para entender el final.
¿Para qué? Para aprender cosas nuevas, para ser más capaz en todo, para imitar virtudes y desechar defectos. Para evolucionar, y vivir la vida de la única forma que la entiendo: todo lo intensamente posible, porque es tan frágil y tan corta que quedarnos con las ganas no es una opción válida. Y yo no he querido quedarme con las ganas de probar el único camino que me quedaba, aunque sea el más difícil, y ver a dónde me lleva.
"Ni tanto, ni mejor”, sólo diferente.
sábado, 21 de noviembre de 2020
Los pies en el suelo
Un paréntesis. No es más que eso. Un paréntesis de color azul y blanco con olor a mar, y canciones bonitas sonando de fondo. Sólo una imagen nítida en el distorsionado espejo cóncavo de un mundo gris. Cansa todo. Cansa tanto desequilibrio, el no saber, tanta incertidumbre acumulada; las distancias y las esperas, la descoordinación; la imaginación disparada, descontrolada, desconfiada...
Temiendo el momento del cambio. Ese cambio que te devuelve a la tierra, que te pone los pies en el suelo. Porque el miedo a que ese suelo se agriete y te trague, existe. Pero si eso ocurre, si el mundo se desmorona, al menos será algo real, difícil de encajar, pero real. El famoso y repugnante “así son las cosas”. Creo que, a cierto nivel, me lo veo venir, me lo espero, o al menos no lo descarto. Estoy medio preparada para lo que pueda llegar a pasar. Y digo medio, porque tengo la ligera esperanza de equivocarme. Una fe mínima pero firme en que, por alguna razón cósmica, irracional y casi utópica, pueda salir bien. Tonterías estimuladas para que digan la verdad, aunque la verdad sea tonta.
Mientras tanto, todo en orden, todo en su sitio. Esperando que todo vaya pasando, aun cuando parece que nada pasa.
Deseando
que los recuerdos de ayer no nos hagan olvidar, y que los recuerdos de mañana
no se olviden de nosotros.
sábado, 31 de octubre de 2020
Es lo que hay
Hay
multitud de nuevos contagios, asintomáticos con secuelas y fallecidos, directa
o indirectamente, por la Covid-19. Lo llaman segunda ola, pero es la misma ola
de marzo, que durante el verano intentamos surfear, pero que finalmente nos ha acabado
arrollando.
Hay nuevos confinamientos, toques de queda y cierres de establecimientos(en demasiados casos, permanentes). Hay más despidos, más paro, más desesperación, más hambre, más lágrimas, más disputas, más incertidumbre, más violencia y más gritos. Y hay menos ayudas, menos soluciones, menos coherencia, menos esperanzas y muchísimos menos abrazos.
No hay visión de futuro. Nadie sabe qué va a hacer mañana (mañana, literalmente), porque todos los días cambian las normas, las permisiones, las libertades.
Hay
una pandemia. Y en medio de ella nos encontramos. Y en este
contexto caótico, nuestras vidas, inciertas, siguen adelante, haciendo como que
viven, pero con más de una carencia.
En
mi caso, paradójicamente, el caos yacente en el extrarradio de mi mundo, me
supone una inexplicable paz interior. Pero muy, muy interior; en algún lugar
mucho más profundo de donde se encuentra la necesidad de trabajo y dinero. Es
una sensación extraña, pero tiene su lógica. Cuando dentro de ti hay tormenta,
no importa lo bien que funcione todo a tu alrededor; la alegría está por ahí
fuera y no la percibes. De la misma manera, cuando brilla el sol en tus ojos, si
el mundo entero se desmorona, tampoco te afecta.
Puede parecer egoísta, pero yo me tengo que seguir ocupando de mí misma, y gestionar mi tiempo y mis sueños, pase lo que pase en otros rincones del mundo. Lo cual no significa que no me importe o que no me afecte.
Con pandemia o sin pandemia, con crisis o con abundancia, mis necesidades, mis metas y mis ilusiones siguen siendo las mismas, y nadie más que yo, puede trabajar en ellas. Dentro de este panorama tenemos nuestras propias batallas que librar. Batallas contra el hambre, contra la enfermedad, contra el aislamiento, contra la falta de ilusión por la vida. Y en el intento de llenar los vacíos de cada uno, vamos tirando de este carro, con más o menos alegría.
En
mi caso, me hablan de dignidad y honestidad, de valentía y paciencia, de
principios y plazos y “cuentas atrás”. Me hablan de entender, de ser razonable,
de tener fe. Me hablan de cosas obvias, tan obvias que las pasas por alto. Y me
hablan de magia… la única palabra que consigue llamar mi atención.
Las
jugadas, los faroles, las estrategias sólo doblan la apuesta, ponen nervioso al
contrincante, pero no hacen que ganes la partida. Y yo que siempre juego a
ganar, sé que en algún momento tocará decir que no voy. Y cuando ese momento
llegue, aparecerá una nueva puerta que atravesar. Y lo haré volando desde mi colchón,
y le daré al cuerpo esa tregua que me viene pidiendo a gritos. Y cambiaré de
hábitos y de pensamientos, y me esforzaré por darle la vuelta al universo.
Ya no tengo que preguntar qué pasa. Ya no hay curiosidad por saber más. Porque, por fin, después de tanto tiempo, esa pregunta la puedo responder yo misma.
Mientras tanto, que siga lloviendo si quiere, que yo me agarro a la música para refugiarme del frío, para olvidar que todo tiene un final y hasta para camuflar lo que nunca te digo y lo que no quiero escuchar. Porque, a veces, cantando se dice la verdad, aunque esa verdad no sea de este mundo.
Vamos
a tragar saliva porque... esto es lo que hay.
domingo, 20 de septiembre de 2020
De trampillas, (des)conciertos y digestiones

sábado, 29 de agosto de 2020
No hay duda de que tengo dudas
Ruido- Y la falda muy corta
domingo, 26 de julio de 2020
En buena compañía
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| Altea desde el balcón |
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| Benidorm |
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| Altea desde el pueblo |
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| Guadalest |
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