domingo, 28 de octubre de 2018

Mi pequeño superviviente


Hace tres años y poco, un ser alado se coló en mi vida trayendo consigo todos los colores del arco iris. Vino volando desde algún agujero y se posó en mi balcón. Al día siguiente regresó, esta vez dando picotazos en la ventana como pidiendo  permiso para entrar y lo hizo dando saltitos. Era un agaporni bebé que apenas sabía volar. No podía soltarlo a su suerte porque hubiera muerto, así que me lo quedé. Fui a comprarle una jaula grandota y comida y pensé que, si me lo iba a quedar, había que ponerle nombre. Como lo dejaba suelto porque no volaba mucho, siempre estaba a mi alrededor dando saltitos, y se me ocurrió ponerlo encima del teclado del ordenador para que escribiera un posible nombre. Lo hizo, pero yo no sabía cómo pronunciar “hffhdgstdhjd”, así que pensé que un agaporni de apenas un mes, sin saber casi volar y sin comida ni agua, y que había estado dos días (mínimo) a la intemperie luchando por sobrevivir, se merecía el nombre de un superviviente, y le puse el más famoso: Robinson.
El día que llegó
Cuando lo metí en la jaula se tiró durmiendo un día y medio. A veces, lo cogía para ver si seguía vivo, y ni entonces abría los ojos; seguía durmiendo en mi mano. Tampoco comía. Solo quería dormir. Tras recuperar con creces las horas de sueño que le faltaban, empezó a ser un pajarillo normal, cantarín y gracioso. Le gustaba mucho el agua, y como era verano, le puse una piscinita en la jaula y se pasaba el día bañándose y salpicándolo todo. Cuando se puso grande aprendió a volar mejor, pero siempre que lo sacaba de la jaula, él prefería ponerse en mi hombro, o en mi cabeza y me daba besitos en la boca con esa lengüecilla enana. Me enamoré de mi Robin. Supe que era macho, cuando alcanzó la edad adulta y empezó a regurgitar. Los machos regurgitan para alimentar a la hembra cuando ésta va a tener crías y no puede hacerlo por sí sola. Pero Robin no tenía hembra que alimentar, sólo el instinto de hacerlo…  y aquí me quedé un poco perdida. Si le metía una hembra en la jaula, después de tanto tiempo solo, podían atacarse (eso se hace cuando son peques) y si no lo hacía, seguiría regurgitando sin razón cada x tiempo, lo cual no era bueno para su salud. Me recomendaron dejarlo tal cual estaba y esperar que se le quitara la manía.Durante tres años y tres meses, ha sido la alegría de mi casa con el resto de mis bichos. Oírlo cantar por las mañanas, saludarlo y que pusiera la cabeza contra los barrotes para que lo acariciara, silbarle y que me contestara con la misma entonación, a mí me ponía tan feliz… No enfermó ni una vez en todo este tiempo y quiero creer que estaba feliz en su casita porque, a veces, le abría la puerta para que saliera y volara un poco y él la cerraba con el pico desde dentro (creo que esto lo hacía cuando estaba en celo y no quería ser molestado). Las demás veces, sí que salía, y estaba cariñoso y juguetón.












El pasado viernes Robin no estaba cantando cuando me levanté, y a lo largo del día tampoco lo hizo. Cuando me asomaba a la jaula y le decía cosas no contestaba, y vi que tenía los ojos cerrados casi todo el tiempo y no tenía ganas de moverse del palo. Supe enseguida que estaba enfermo. Lo llevé al veterinario pero no supo decirme gran cosa, aunque me confirmó que algo le pasaba. Descartó enfermedades que se manifiestan físicamente, porque físicamente estaba bien. Era algo interno y difícil de diagnosticar. Me dio un antibiótico para diluirlo en el agua por si era alguna infección, y me dijo que lo llamara a la mañana siguiente para ver si había mejorado, pero la verdad es que estaba peor. Creo que ni tocó el agua, así que me dijo que le diera el antibiótico con una jeringa directamente en el pico. Cuando lo hice, lo coloqué en un nido que tuve que improvisar rompiendo unos guantes de lana viejos, y le limpié la jaula entera con jabón y lejía para desinfectarla bien. Aguantó poco más… Se había tirado a dormir en el suelo y cuando lo cogí ya no aguantaba la cabeza recta. Seguía respirando pero claramente se estaba muriendo y no sabía qué hacer. Empecé a llamar a todos los teléfonos de urgencias que encontré en internet, y los que no me dieron largas porque no entendían de aves exóticas, no cogían el teléfono directamente. Me desesperé lo indecible. Tenía a Robin en las manos, echando una especie de baba pegajosa por el pico y no podía hacer nada por ayudarlo.
Alguien de emergencias me devolvió la llamada, pero para entonces Robin ya no estaba. Me dijeron que cuando un pájaro se enferma hay muy poco tiempo de reacción, y que normalmente mueren antes de poder ser atendidos. Cuando  describí los síntomas, me dijoeron que hubiese muerto igualmente porque es difícil saber lo que tienen hasta que presentan síntomas claros, como echar baba por el pico, y cuando lo hacen ya es tarde.
Robin murió en mis manos y creó que voy a tener pesadillas con eso el resto de mi vida. Tenía los ojos abiertos, las patas engarrotadas y la cabeza no se le sostenía. Se quedó literalmente tieso en su última respiración, y es la cosa más difícil que he tenido que afrontar desde que murió Luna. Fue incluso peor, porque a Luna la dejé dormidita en el veterinario y no tuve que presenciar una muerte real. Con Robin me tragué todo el proceso y tuve que verlo morir, con la impotencia enorme de no poder hacer nada, y encima ser yo misma quien se ocupara de su cadáver. Me derrumbé por completo. Puede ser difícil de entender para aquellos que no crean vínculos con los animales o piensen que “sólo” es un pájaro, pero para mí, Robin no era un pájaro, era MI pájaro y un miembro más de la familia. Un bicho precioso que llegó casi moribundo a mi casa, y que se puso grande y fuerte gracias a mí, y que me alegró la vida todo este tiempo simplemente por seguir vivo. Afrontar la muerte de un ser querido duele mucho, sea cual sea su especie, y yo llevo un año que no puedo más…
Sacando las pocas fuerzas que me quedaban, envolví a Robin en los guantes viejos y lo metí en una cajita para enterrarlo en el descampado que tengo al lado de casa, donde paseo a Chulo y donde antes paseaba a Luna. Me niego a tirarlo a la basura como si se tratase de una cáscara de plátano.
No sé a dónde vamos tras morir, seguramente a ninguna parte pero, si la hubiera, Robin estará allí con Luna esperándome (o esa gilipollez quiero creer). Y si no, me alegra (pese al dolor que ahora me causa su pérdida) haber coincidido en esta vida y haber contribuido en algo a hacer la suya lo mejor que he podido.
En momentos así, me da por pensar que es mejor ser una persona frívola y superficial, no apegarse a nada ni a nadie, y evitar así sufrir las pérdidas. Pero luego me acuerdo de aquella escena que escribió Woody Allen para “Love and Death” y que Diane Keaton dice en clave de humor, sin dejar por ello de ser cierto.




El sufrimiento está asegurado, así que mejor amar y sufrir que no amar y sufrir, porque entonces el sufrimiento se junta con la estupidez de dejar pasar lo bueno de la vida, que es amar y ser amado, y vas a sufrir lo mismo o más ("y dejémoslo que es un lío...").

Buen viaje, mi pequeño superviviente.















miércoles, 24 de octubre de 2018

Con-fusiones modernas

Anoche soñé con alguien que conozco bien. En mi sueño, él era una versión mucho más retorcida de sí mismo, aunque sus palabras y sus acciones (al menos las que recuerdo) no se alejaban tanto de la realidad. Venía días pensando que ya quedaba poco, que ya cada vez me importaba menos y que, con un esfuerzo muy gordo, estaba lentamente volviendo a ese lugar desde el cual puedes mirar las cosas desde arriba y sentirlas como lo que son, y a veces los sueños te dan el empujón que necesitas para lograrlo.
Todo lo que existe es objetivo, pero lo que persiste es subjetivo. Tenemos ese poder para darle importancia a las cosas y que nunca desaparezcan, o por el contrario, privarlas de significado y que simplemente existan sin ser. Por eso creo importante cuidar los pequeños círculos, porque al final sólo unos pocos se acordarán de ti y te darán un lugar privilegiado en el mundo. El ida y vuelta es la parte difícil. Somos muy dados a pasar de todo (unos más que otros) y creemos bastarnos con nosotros mismos. Es como la nueva "mentalidad millennial" que se empeñan en inculcar: no necesitas a nadie, eres independiente, te bastas y te sobras, quiérete a ti mismo que con eso es suficiente... Y con esta filosofía barata, que se la debieron inventar cuatro frustrados fumando porros, nos quieren hacer creer que nadie necesita a nadie. Puede que la palabra necesidad en este contexto suene a mendigar y por eso la rechazamos, pero en realidad la rechazamos porque nos da miedo lo que significa de verdad.
Todos estamos conectados de alguna manera y creamos nuestros propios circuitos para asegurarnos. Cuando se producen desconexiones, por la razón que sea (muertes, peleas, distanciamientos en general) nos vemos aislados, flotando a la deriva en un mar de perfectos circuitos funcionando a tu alrededor sin que ninguno conecte contigo. Cuando somos jóvenes nos chupa un huevo. Nos vemos con la capacidad de subsistir con nuestra propia energía y tenemos todo el tiempo del mundo por delante para conocer enchufes (y darnos el lujo de ser selectivos). Pero llegados a una edad no se verá todo tan fácil. La soledad es la enfermedad más extendida y sin embargo nos empeñamos en defenderla por no hacer frente a lo que significa: que solos no somos nadie.
Está perfecto eso de ser emocionalmente independientes y que los lazos afectivos no se basen en una necesidad de vida o muerte, pero no nos engañemos. La soledad, por bien que la manejemos porque nos molamos un montón y somos autosuficientes, es triste en grandes dosis, y nadie quiere una vida triste. Insisto en que cuando eres joven eso no te preocupa; ni siquiera lo piensas (siempre habrá amigos, familiares, compañeros de curro...), pero hay que ser listos y entender que los familiares se irán muriendo, algunos amigos también, y los que nos queden por ahí tendrán sus propios círculos porque han sido previsores. Y yo vivo en una generación confusa de adolescentes de cuarenta años que creo que andamos muy perdidos en la vida. Y ojo, que cuando hablo de crear círculos, no me refiero a formar familia necesariamente (de ser así yo ya estaría llegando tarde). Hablo de cuidar las relaciones que se nos presentan, porque sin son buenas, será todo lo que nos quede algún día. Igual es difícil dar con gente que vea las cosas como tú, pero una perspectiva diferente puede aportar mucho e incluso, por qué no, salvarnos la vida.
Sea como sea, estamos viviendo una transición complicada en la que cada uno trata de imponer su estilo de vida como una moda a seguir. Yo sólo ofrezco una opinión al respecto y puede que tenga o no razón. En cualquier caso (y deseando que las próximas noches tenga más sueños eróticos que reveladores), cito a Les Luthiers y afirmo, sin lugar a dudas, que "la confusión está clarísima".

jueves, 18 de octubre de 2018

En estado de reconstrucción

Haber caído en esa necesidad pasada de rosca, a causa de una serie de desafortunadas circunstancias, me ha hecho darme guantazos a mano abierta durante mucho tiempo (¡con lo que yo soy!). Siempre he detestado la obsesión malsana de los demás por recibir lo que ellos consideran por derecho, y he huido por patas en cuanto me he topado con gente así. Que me haya ocurrido a mí aunque sea de puertas a dentro me da, cuando menos, asco. Llegué a sentir tanta rabia que, todavía hoy, me lo reprocho. Pero lo cierto es que tal acontecimiento me abrió un mundo hasta entonces inexplorado, y tras descubrirlo entendí que cada uno tiene su sitio y debe defender los límites de su espacio. Y yo, mientras reconstruyo el mío, voy dibujando planes de futuro a medio y largo plazo.
A la espera de respuesta para acceder a un seminario de interpretación en el Estudio Corazza después de navidad, con dos casting para proyectos audiovisuales en Madrid y Sevilla respectivamente, y en la búsqueda de nueva agencia de representación, voy echando los días tratando de inventar algún proyecto para seguir activa y juntar dinero mientras estoy en Granada. Dado que la motivación para el teatro de títeres viene baja a nivel grupal, he estado buscando otras opciones de trabajo. Ya tenemos nuevo guitarrista para los Rockafeller así que voy a intentar meternos en el circuito de Diputación y buscar fechas para bolos. Y por otro lado, puede que monte un microteatro para diciembre que, si se da, me lo llevaré después a Madrid. De momento son todo ideas y aspiraciones, pero espero que algo se materialice. Claro que si consigo plaza en la escuela, tendré que volver a buscar piso en Madrid, y me entran ganas de hacerme el harakiri sólo con imaginarme de nuevo dando vueltas para encontrar algo decente y barato. Porque en Madrid, o es decente o es barato, ambas cosas es complicado.
Haré acopio de paciencia y aprovecharé, mientras pueda, mi cálido hogar granadino, que es cálido a pesar de que hoy ya se ha cubierto la sierra de nieve y empieza a hacer frío de verdad. Y me alegra sobremanera que este mes de octubre me pille en casa con mi nuevo perro, que lo adoro aunque esté más loco que veintitrés cabras y me tenga sodomizado al gato, y con mi pajarillo canturreando por las mañanas. Algo que se aprende a valorar más cuando lo has tenido tan lejos.

miércoles, 10 de octubre de 2018

Sin perdón

Me moví en la oscuridad dando palos de ciego. Estuve en el sur. Luego me fui al sur del sur y del sur, al norte. Cambié paredes y camas, paisajes y climas. Vi el sol reflejado en el mar y la niebla entre los árboles. Olí la humedad y la madera, y admiré el cielo azulísimo y todo un manto de estrellas. Sobrepasé las nubes subida en una montaña, y regresé al centro del mundo. Me arrastré como pude,  y con los recursos que tenía, para intentar borrar mis huellas del camino equivocado. Y después de tantas vueltas, decidí parar. Y parada me di cuenta de que algo seguía pinchando en alguna parte; no era mi perdón el perdón que me faltaba, y es deshonesto reaccionar con indiferencia. Si en lugar de preguntarme "por qué" me pregunto "para qué", puede que alcance un grado más alto, pero sería de una resignación impropia de mí. Aunque si le critico a todo el mundo que el "así soy yo" es de un cinismo ridículo que nada aporta a uno mismo, quizás el cambio no esté tan mal venido. Sólo existe una forma de comprobar mi teoría. Pero lloverá mucho hasta que pueda llevarla a cabo, así que aprovecharé los chaparrones para reconstruir murallas cuidando, mientras tanto, que no se moje la pólvora.
Este fatídico mes me devuelve al túnel de aquella madriguera de colores, al vino picado, al Sabina más herido y al gris desconchado del metro de Delicias sentido Moncloa. Y mi mente puñetera se empeña en ir de visita a donde no debe. Intento regañarle pero le gusta dejarse llevar por lo idílico, y se acomoda en el sofá equivocado y ahí se pierde un rato. Y yo, entre tanto, buscando la escuela, la agencia, el casting que me haga iniciar otro capítulo, y perder el miedo a la primera vez, y cambiar la imagen en sepia de la puerta del baño con el cable, por algo más real que un mero deseo que no valía la pena desear. Y menos sin perdón. 


lunes, 24 de septiembre de 2018

Una experiencia diferente

Me fui a Madrid un día antes. No quería arriesgarme a que el autobús se retrasara, pillara atasco, pinchara a mitad de camino o cualquier otra eventualidad. Había reservado dos noches en un hostal cerca de Sol porque prefería estar sola y concentrada para organizarme y, además, me apetecía ir un poco a mi bola. Llegué a la habitación sobre las 15:30h, vi un poco de tele y me quedé frita. Luego me vestí y salí a dar una vuelta por el centro. Para variar, me perdí por esas calles de dios, y para cuando localicé la del Arenal ya era casi la hora de cenar. Como tenía mucha hambre y poco dinero me metí en un Burger King, y sobre las 22:30h ya estaba de vuelta en el hostal. No me apetecía mucho estar fuera. Me había invadido un ligero sentimiento de soledad y tristeza al transitar ciertas zonas, y recuerdos de otra vida vinieron a mi mente como diapositivas en blanco y negro. No podía luchar contra eso, así que lo dejé salir, y mientras tanto preparé todo lo que necesitaría para el día siguiente. Quería dormir pronto pero me dieron casi las 2:00h viendo una peli regulera en la tele que, al menos, me ayudó a tener las manos quietas.
Por la mañana desperté temprano y con los nervios propios de un día importante. Me duché, me lavé el pelo y preparé la ropa. Quedé a medio día con una amiga que, finalmente, no pudo quedar y me vino de perlas para ir tranquila y sin prisas hasta Atocha. A penas pude comer antes; no me entraba nada. Tomé sólo una cerveza con la tapa más cara del mundo y me puse en la estación una hora antes. Lo hice sabiendo que, con mi nulo sentido de la orientación, iba a necesitar un rato para ubicar el buzón amarillo donde me recogerían. A las 17:15h en punto se me acercó un señor de traje que me preguntó mi nombre y me subió a un coche para llevarme a los estudios. Como había un ratito de camino, nos dio tiempo a hablar de mil cosas y conocernos. Tipo cojonudo, Carlos.
A las 18:00h ya andaba yo por el edificio, peleándome con la tarjeta de visita para cruzar el molinillo hasta la sala de espera. Él estaba en los camerinos comiendo medias noches de jamón, y con los nervios que manejaba a penas reparé en su presencia. Antes de que empezara todo (ya vestida, peinada y maquillada como una puerta) me guiñó un ojo desde arriba al tiempo que hacía un gesto de “tú, tranqui”. 
La hora entera pasó como un suspiro y todo acabó antes de que pudiera darme cuenta (y hasta aquí puedo leer).
Como en una nube por la experiencia vivida, salí del edificio buscando la oportunidad de hablar con él en la puerta, donde ya estaba Carlos esperándome con el coche. Alguien me dijo “tú aguanta un poquito, que no ha salido todavía”, pero no quería hacer esperar a Carlos, así que le dije que gracias pero que me tenía que ir. Y justo antes de subir al coche, me dijo “mira, ahí viene”. Miré a Carlos buscando complicidad y me sonrió en plan “venga, que te espero”. Salió solo, y todos los demás, salvo Carlos que seguía al lado del coche, ya se habían ido. Me acerqué a darle dos besos y le dije que me había quedado con las ganas de cantar un tema con él, y me dijo “coño, tía, habérmelo dicho y hubiésemos preparado algo”, a lo que yo contesté que estaba demasiado nerviosa para tomar esa iniciativa pero que si alguna vez coincidíamos de nuevo, quedaba pendiente. Después de un ratito de charla considerable, se despidió con un guiño y un “nos vemos en los bares” y se fue. Subí al coche disculpándome por el retraso, pero Carlos sonreía todo el tiempo. Tenía que llevarme a Atocha, pero me dijo que como yo era su último viaje y ya terminaba, que me llevaba donde yo quisiera. Le dije que estaba parando en Sol y me dejó en la misma plaza. Antes de despedirse de mí, me dijo que ojalá volvamos a vernos porque él es el chófer de casi todos los actores de series de la tele, y si alguna vez me tiene que volver a recoger, sería buena señal.
¡Qué distinta se veía la plaza ahora! Nada que ver con ese sitio triste del día anterior. Había luz, mucha luz, y a diferencia de otras veces, ahora la luz provenía de mí. Hice un par de llamadas obligatorias antes de subir a la habitación a soltar lastre y volver a salir porque había quedado para cenar. Mi amigo Jose me esperaba en el Viña P, y ya estaba allí cuando llegué. La última vez que lo vi fue exactamente en ese mismo restaurante el pasado 17 de marzo, y recuerdo que era ese día porque fue el día en que toqué fondo (entonces yo era una sombra de mí misma). Se alegró al verme tan… renovada. Fue una buena noche. Cenamos de lujo, la dueña se sentó con nosotros y nos invitó a una copa y acabamos en un bar de los que me gustan echando la penúltima antes de regresar al hostal. Entre el alcohol y el cansancio acumulado de un día movidito, dormí como un bebé. Pero ni todo el entusiasmo de vivir una experiencia, digamos, diferente, impidió que mi último pensamiento estuviera tan lejos de Madrid.
A la mañana siguiente regresé a Granada con una herida menos y la semilla de un posible proyecto de futuro. 

lunes, 10 de septiembre de 2018

Micromelancolía

Entrando en la primera curva de mi calendario, y tras varios meses de desapego y reflexión hacia una causa perdida, vuelvo a toparme con la misma incertidumbre por la ciudad que me dio la mano para luego retorcerme el brazo. Invitándome a probar suerte (un poco más sola que antes) y amenazando, a la vez, con el recuerdo de sus calles prohibidas que inevitablemente transitaré, esta vez he preferido rechazar cualquier compañía, y quedarme en un hostal del centro.
En otras circunstancias buscaría la forma de dar vida a aquella imagen en la que esperaba sentada en la plaza, junto a una boca de metro, con zapatos negros, bolso mallorquín y chaqueta vaquera; con el pelo suelto y los ojos como faros encendidos buscando entre la multitud la cabeza que sobresale del resto. Pero las circunstancias reales que me rodean me impiden incluso pensar en ello. 
Alguien me enseñó una vez a ser prudente, tener paciencia y no necesitar nada. Y esta especie de Siddhartha moderno tenía razón. Y aunque la imprudencia, la impaciencia y la necesidad me han llevado a lugares que otros matarían por conocer, tendría que elegir más concienzudamente el objetivo con el que sí se puede (y se debe) perder la cabeza. Nada me gustaría más que reescribir la historia pero, en esta ocasión, lo más razonable es amarrarme las manos y no pensar en ello.
Mis dos noches en Madrid no darán para mucho más de lo que voy a hacer allí. Pasaré a ver el microteatro de una amiga, aunque me escueza el alma cuando pise su calle melancolía, y me centraré en la parte lúdica de este viaje sin esperar mucho más que vivir una experiencia curiosa y quizás, con un poco de suerte, llevarme alguna alegría en metálico. 


viernes, 31 de agosto de 2018

Fusiles por escopetas

Hace unas cuantas noches pisé La Tertulia por primera vez desde que muriera Miguel (sin contar aquel microteatro del pasado octubre al que fui únicamente en calidad de actriz y no como una parroquiana más). No había mucha gente pero estaba Tato, al que llevaba más de un año sin ver. Me enseñó su nueva oficina, aún por decorar, me dio los carteles grandes de tango que Miguel me había guardado y nos quedamos charlando un buen rato en el bar. Se me hacía raro estar allí sin "los de siempre" pero fue un placer entablar conversación con una persona tan lúcida como él. Yo, más que hablar, lo escuchaba. Siempre tiene buen discurso. Le conté por encimilla mi aventura madrileña, y lo difícil que es lidiar con todos los obstáculos que se encuentra una en el camino, y él me contó una historia propia que acababa diciendo: cambia la escopeta por el fusil. La escopeta requiere una bala por víctima, y eso cansa. El fusil se carga a muchos de un solo disparo. Me sugirió una idea interesante, en la cual estoy trabajando ahora, pero más allá de lo profesional, me pareció una metáfora muy válida para otros ámbitos de la vida.

La otra noche también me reencontré con un viejo amigo de esos que nunca ves pero con los que creas lazos invisibles. Tengo amigos así. Amigos que están en la sombra, que no reaccionan pero siguen tus pasos, que están en silencio pero están más que otros. Amigos que estando lejos te tienen cerca. Amigos en serio, y amigos en serie. Y amigos que tardan en darse cuenta de quiénes son sus verdaderos amigos.
Este viejo amigo me pasó hace ya años un monólogo dramático sobre la violencia de género que nunca llegamos a montar. Ahora me ha propuesto retomarlo y presentarlo dentro del marco de "Abril para Vivir". No sé si cuajará finalmente, pero con la idea del fusil revoloteando en mi cabeza me volví a casa, y días después, esa idea derivó en algo más, y ahora estoy que no paro.
Una imperiosa necesidad de hacer cosas se ha apoderado de mí. Los tiempos muertos de ocio infinito viendo series y películas desde el sofá, sentada frente al ordenador o simplemente tumbada en mi balcón mirando el cielo, se agotaron. Y de pronto, es como si algo me exigiera estar en constante movimiento, no parar quieta, hacer mil cosas a la vez: leo mientras cocino, hago crucigramas desayunando, escribo mientras saco al perro, ensayo mientras limpio la casa... y cada vez que paro, mi imaginación se va por donde no debe y me obligo a seguir. Estoy inquieta. Mucho. Quizás porque ya se acaba el verano y no sé qué hacer con mi vida. Quizás porque necesito entender esta lotería de que pasaría si..., y ya no me atrevo a jugar. Quizás por contener las ganas de cruzar el país y "perderme". Quizás por todo a la vez.

Sin mirar demasiado al futuro y sin mirar en absoluto al pasado, intento centrarme en terminar los bolos pendientes y hacer los "arreglos" pertinentes antes del 12 de septiembre, fecha que podría lanzar un poco de luz a mi vida si la suerte se pone de mi parte aunque sea por una hora. Puede que sea entonces cuando empiece a engrasar mi fusil.