sábado, 18 de febrero de 2017

Bandera blanca

Ha estallado la guerra desde que este fin de semana pasado pasara sin más. Dos días en los que tuve un inoportuno reglazo estrenando obra, una contracción muscular en las costillas, los pies destrozados por los tacones, los bolsillos vacíos del viernes, y el corazón roto del sábado. Y a pesar de todo eso, si algo me dolió de verdad, fue la ausencia indiferente del enemigo, que desde el otro lado del muro bombardeaba mi zona de confort. Y en lugar de contar personas y euros, me entretuve contando los segundos que restaban para armarme de valor y contraatacar. Pero como si de un monólogo de Gila se tratara, había que pedir cita con el enemigo, "¿a qué hora te viene bien que ataque?", "hoy no puedo, estoy ocupado, ¿nos disparamos la semana que viene?". Descargo el arma y estudio maniobras de tiro. No me importa perder tu batalla si con ello gano mi guerra.
Pero hoy, más relajada, más resignada, más "me da igual", pienso en la negociación de un posible armisticio, sin alianzas ni compromisos, terrenos independientes, sellando la paz por escrito, como si nada hubiera pasado (ni lo malo ni lo peor) aunque el frío del plomo se quede dentro.
Allí queda ondeando, en la cima de mis fracasos, la bandera blanca del corazón.


"En pie de guerra 
el mártir y el desertor
el tibio y el kamikaze.
Puestos a desangrarnos
tú contra yo
por qué no hacemos las paces"

J. Sabina


domingo, 5 de febrero de 2017

La trampa del 29

Cuando me levanto por la mañana y el sol inunda mi cama y mi salón, y mis tres bichos respiran, y observo la ciudad a mis pies mientras desayuno... Cuando ordeno las ideas, y empiezo a entenderlo todo, y me enorgullezco de mi propia honestidad... Cuando el todo se simplifica a la nada, y me aferro a esa verdad hiriente que, a pesar de lo hiriente, te devuelve el control... es entonces cuando me siento feliz de ser quien soy. Una felicidad que dura lo que dura la tostada, pero que dadas las circunstancias, es de agradecer.

El lunes me levanté con la tranquilidad suficiente para poder empezar la semana, sabiendo que había dado un paso necesario (pasara lo que pasara a lo largo del día). Salí a media mañana para ir a ensayar a San Miguel. Me olvidé del móvil, me centré en el ensayo, me deleité con las vistas, me bañé con ese sol primaveral que tuvimos a modo de tregua, con sus 18 grados, en tirantes, bebiendo una cerveza artesanal de la vega de Motril. Me zampé un plato "anti-dieta" de pollo con ajos, huevos fritos y patatas, y por primera vez en muchos días la comida me sentó bien. En algún momento llegó la respuesta que esperaba, pero no quise estropear el día tan pronto, y me reservé su lectura para cuando llegara a casa. Tenía un casting por la tarde y me fui a él directamente desde el ensayo con mi compañero. Allí, otro momento "tramposo", al verme frente a tres personas que la vida puso en mi contra en su momento y que ahora debían "juzgarme". Por suerte se lo puse difícil y la tensión duró poco (ayer me enteré que he sido seleccionada). Cuando tomé el autobús para volver a casa pensé que ya era buen momento para enfrentarme a la verdad, y como era de esperar la verdad no me gustó. A pesar de todo, no sentí que se cerrara un capítulo. No lo sentí hasta el día siguiente, cuando se me ocurrió volver a engancharme en los mensajes sin respuesta con la única finalidad de aclarar un punto importante, y eso desencadenó el final de los finales. Un final amargo donde caben muchos sentimientos feos, donde ya no hay ni un mínimo de ilusión, donde la comida sigue cayendo como piedras en mi estómago, y donde no se puede respirar profundamente. Enero ha sido una trampa, y lo único que puedo hacer ahora es quitarme el cepo y seguir caminando sin mirar atrás, dejando que el tiempo empañe los hechos.

Pocas veces en mi vida me he sentido estafada, humillada y patética (todo a la vez). Y lo peor es que ni siquiera puedo culpar a nadie de sentirme así. Puedo reprochar ciertos comportamientos que han desencadenado todo esto, pero en el fondo no hay más culpable que yo. Es conmigo con quien estoy enfadada en realidad. Me va a costar un tiempo considerable limpiar mi imagen, perdonarme, y aceptar que me dejé llevar a una trampa y que no supe reaccionar con sensatez. Mi imperiosa necesidad de expresarme se me ha ido de las manos, que es lo que pasa cuando descubres que no hay quien te escuche (o te lea), y que tus mensajes rebotan en una pared dejándote a ti como único emisor y receptor de tus propias palabras. Y en semejante contexto es fácil caer en la desesperación y perder el norte.

Equivocarme nunca fue tan decepcionante. Me equivoco mucho, muchísimo, pero siempre pensé que equivocarse traía una lección consigo, algo de lo que aprender. No saco aprendizaje esta vez, a menos que el mensaje sea "no te fíes de las buenas palabras si no van acompañadas de buenas acciones", algo que suelo controlar, o intuir, o ambas cosas. Pero esta vez he fallado... Y me cabrea mucho que el objeto de la trampa sea precisamente quien es (con la de gente que hay en el mundo...). Es la primera vez que desearía retroceder en el tiempo para cambiar algo, y mira que he hecho cosas que desearía cambiar, pero si pudiera no lo haría; pasaron por alguna razón. Y seguramente esto también... pero del modo en que ha sucedido todo me toca mucho la moral. Eso es lo que cambiaría: el cómo ha pasado. El hecho de que tuviera que pasar, bueno... alguna razón cósmica habrá, pero no así, joder... Me queda una única carta, pero he jugado tan mal las otras que me da miedo usar ésta. Es más, no creo que sirva de nada.

Del 29 al 29. El principio y el fin. No es año bisiesto, y no habrá un 29 este mes. Me divierten estas ironías macabras que tiene el destino. Aunque lo único divertido es caer en la cuenta de que existen; por lo demás, me parece una broma de mal gusto (vida tramposa...). Creo que el verdadero sentido de la vida es que no tiene sentido. Estamos pre-programados para ir en una dirección marcada de antemano que nos lleva como marionetas de un lado a otro. La propia vida mueve los hilos a su antojo con una finalidad que no estamos en condiciones de entender. Ojalá algún día se me presente en bandeja la oportunidad de escupir todo esto por la boca. Creo que entonces, y solo entonces, me sentiré realmente bien, o al menos en paz conmigo misma. De momento seguiré con esa espina clavada, aunque cada día que pasa la noto menos...

domingo, 29 de enero de 2017

Auto(des)control

Ésta ha sido una semana terriblemente larga. He logrado "matar" muchas horas con ensayos, únicos momentos en los que podía concentrarme en algo y no darle tantas vueltas a las cosas, pero el resto del tiempo no he sido capaz de desconectar, y ese tiempo pasaba muy lento, demasiado lento, tan lento que no me veo capaz de afrontar la semana que entra de la misma manera. Y es por esto que he llegado a una determinación (indeseada) que me permita cerrar.
Creía que necesitaba respuestas pero me he dado cuenta de que la ausencia de respuestas en una respuesta en sí. Y en lugar de esperar a que decidan por mí, he tomado el control de mi rumbo, el control de mis pensamientos (que no el de mis sentimientos), y he acabado con el rayo de esperanza que me tenía agonizando. Los acertijos emocionales me absorben demasiada energía, y bastante energía me absorbe ya el tener que aguantar comportamientos ajenos, mal hacer, y estupidez infinita, sin contar la desagradecida tarea de buscar bolos por cuatro duros.
Si tengo que concentrar mi atención en algo, mejor que sea en algo productivo en lo que al menos tenga yo algo de control.Y si tengo que perder, lo haré con dignidad aunque para ello tenga que morderme la lengua y dejar correr el agua fría hasta quedarme helada. La vida está llena de caminos y algunos deciden tomar los más ridículos mientras que otros van demasiado a saco. Lo cual es irónico porque los que deberían ir a saco son los que no lo hacen y viceversa. Supongo que lo único que nos queda es lidiar con cada cual, tal cual son y tal cual actúan, nos guste o no... Hay que estar en la piel de los demás para entender el motor que los mueve a tirar por un camino u otro. Y si se trata de piel tengo la exclusiva, pero renuncio a ella en defensa propia.
Me voy a donde me lleve el viento...

Where hunger is ugly, where souls are forgotten Where black is the color, where none is the number And I’ll tell it and think it and speak it and breathe it And reflect it from the mountain so all souls can see it Then I’ll stand on the ocean until I start sinkin’ But I’ll know my song well before I start singin’


Bob Dylan

domingo, 22 de enero de 2017

Expectativas

Dijo Woody Allen una vez que cuando hace una película intenta buscar la perfección pero que no cree haberla encontrado aún, lo cual es bueno porque si un día hace una película absolutamente perfecta ya no tendría motivos para hacer la siguiente. El instinto de superación es el motor que nos mueve. Cuando uno alcanza la cima, cuando ya no puedes subir más, solo queda bajar, y nadie quiere eso. En ese sentido es razonable que nos pongamos metas casi inalcanzables porque en el intento constante de llegar a ellas está la vida y están los éxitos, aunque no sean perfectos.
Podría aplicar esta teoría a muchos ámbitos de mi vida, no solo al profesional. Se queda un vacío profundo e inexplicable cuando por fin conseguimos alcanzar aquello con lo que soñamos porque después... ¿qué hay? ¿cuál es el siguiente paso? Si alcanzas la cima y te gustan las vistas ¿por qué no quedarse a vivir ahí? ¿Para qué bajar? ¿Para buscar cimas más altas? ¿Estamos siempre en la incansable búsqueda de lo inalcanzable por superación personal? ¿Por morbo? ¿Por masoquismo a secas? Quizás todo esté sujeto a nuestras propias expectativas y seamos los únicos capaces de entender los vacíos del éxito aunque nos cueste ponerle palabras a esos sentimientos.
Llevo todo este mes intentando abordar los temas que me rondan pero no sé si por pereza o por no querer darle muchas vueltas al coco, he pasado de autoanalizarme y escribir lo que siento. Se me hace difícil cuando ni siquiera tengo claro lo que me pasa. Pero hoy me he levantado con una superproducción de pensamientos que si nos los suelto reviento. Si no fuera porque existe la esperanza superar este mes sería una misión complicada. La cuesta de enero se me está haciendo más empinada de lo normal con un solo bolo cerrado (que encima es a taquilla) y un pago anterior que no termina de llegar. Lo juntado en la navidad me ha dado para pagar el alquiler y alguna factura. Es la primera vez en mucho tiempo que realmente me veo apurada, así que intento hacer todo lo posible por reducir gastos: no fumar, ir andando a los sitios en lugar de tomar el autobús, duchas rápidas para no gastar butano y comer moderadamente y por supuesto en casa (nada de salir por ahí). Supongo que febrero se presentará mejor porque cobraré lo de Dólar y tengo tres bolos cerrados, pero con todo, andaré justa... Lo único alentador de este mes de mierda es que me tomo con ilusión todo lo que hago, desde generar posibilidad de curro hasta planificar una salida. Además me he propuesto ponerme firme con la gente que me rodea aunque con ello ponga en peligro la mitad de mi sustento. Pero por más que tiemblen los cimientos las cosas hay que decirlas cuando hay que decirlas y como hay que decirlas, cosa que no llevo muy bien pero que trato de recordar para que ese temblor no llegue a un derrumbamiento sin previo aviso.
En otras cuestiones ando más perdida todavía... Me dijo un amigo en noche vieja "Todo lo bueno está por venir. Y el 2017 es el principio de todo lo bueno". Esa fue la primera (o segunda) causa de que mi cabeza no pare ahora de imaginar "cosas buenas" que, por otro lado, no necesariamente tienen que ser las mismas para todos. El bien y el mal están demasiado juntos a veces y es fácil cruzar la línea y equivocarse. De entre todas las cosas buenas que me he podido imaginar, alcanzar una en concreto me ha creado más dudas y nuevas metas y ya no sé si eso es tan bueno. Es difícil de comprobar cuando no depende solo de ti.
¿Física? ¿Química? ¿Muros...? Hay quien llama feeling a ese sentimiento de armonía y naturalidad entre las personas, algo difícil de encontrar, por cierto. Y como suele pasar, lo encuentras si no lo buscas. Tal vez mi vacío actual tenga que ver con eso. Las cosas no son buenas solo porque sean buenas, tiene que haber feeling. Ahí debe residir la perfección famosa... Entonces te sientes especial, no dudas, no cuestionas nada; es perfecto. Cuando llegas a casa y le das vueltas a todo, y no entiendes tus propios sentimientos, y te preguntas si no hubiera sido mejor esperar o qué hubiera pasado si... o qué hubiera pasado si no... entonces algo va mal. Y se vuelve más complejo cuando aparentemente no hay razones para pensar todo eso y aún así lo piensas. Y te acuestas y sueñas con las mismas preguntas sin respuesta, y al despertar solo tienes ganas de tirarte en el sofá y seguir durmiendo para que el tiempo se ocupe del resto. Expectativas... ellas son la causa de tanto vacío general. Debe ser como cuando un niño espera ansioso el día de reyes y se pasa la navidad con una felicidad hiperactiva imaginando ese día con impaciencia, con expectativas... y luego llega el 6 de enero (por fin) y dura un segundo, se acaba y queda un año entero por delante para experimentar esa ilusión de nuevo. ¿Que te queda al principio? Un vacío enorme. Da igual que te hayan traído todos lo regalos que esperabas, da igual que el día haya sido perfecto. La ilusión se desvanece, se acaban las expectativas, y el resultado es nada; vacío total. Claro que a un niño eso le importa un choto porque no se cuestiona estas cosas. Cuando creces y tienes un mínimo de inquietudes, y en mi caso una cabeza que no para ni aunque la golpee contra una pared, es fácil caer en tanta duda, en tantos porqués, y en tanto vacío.
Y quizás el secreto sea convertirte tú en la cima de los demás, ser inalcanzable como las estrellas glamurosas de Hollywood, pero ni siquiera eso se puede elegir. Esa etiqueta te la cuelgan ellos y depende más de la visión que tengan de ti que de la que tú muestres. A mí me atrae más la persona que el personaje, así que seguiré paseando a mi perra en pijama, y seguiré pasando del maquillaje para ir a comprar el pan, y seguiré disfrutando del placer de ver una peli en bragas tirada en el sofá con una cerveza. No es esa la imagen que le vendo al mundo, pero es la imagen real de mí misma y es la que quiero que aprecien los que de verdad me interesan. Y al hacerlo desnudas tanto el alma que te vuelves vulnerable y ahí es donde entra en juego el bien, el mal, el feeling, el vacío, la física y la química. Y ahí te vienes arriba o te derrumbas. Y ahí estoy ahora, en ese punto intermedio de comerme el mundo o dejarme comer. Y por alguna razón... no tengo hambre.

martes, 3 de enero de 2017

Inquieta felicidad

Ya hemos cambiado de dígito y creo que es el primer año que no me termino las 12 uvas a causa de un ataque de risa. Precisamente este año, que tenía pensado un deseo de los que deseas muy mucho. Quizás sea una señal, quizás sea un "cuidado con lo que deseas porque puede cumplirse". De todos modos, el 2016 no quiso irse sin darme una recompensa por un año tan... inquietante. Adelantándose a mis deseos, me ofreció uno de esos regalos que no esperas, que ya dabas por perdido, que ya dejaste de buscar porque encontrarlo era misión imposible. Y empiezo el año con una felicidad que reconozco y que me acojona mucho. La felicidad siempre me ha dado miedo, es la peor droga que hay. Aceptable en pequeñas dosis, pero toda de golpe me lleva fuera de mí. Por suerte, la vida se apiada de mí a veces y me saca de lo establecido de un empujón sin ni siquiera verlo venir. Y a pesar del miedo, nunca he rechazado un regalo, y menos aún cuando tiene un poder incontrolable. Con miedo o sin él me rindo a mis instintos. Acabé el año inquieta, y lo empiezo igual. Es una inquietud buena porque todo lo que me haga "sentir", me gusta, pero no puedo adelantarme, no sé lo que va a pasar en ningún aspecto de mi vida, pero lo que venga lo afrontaré.
Quiero sacar valor para tomar decisiones y que todo lo que he acumulado en el 2016 tenga por fin una razón de ser. Decir "no" a lo que no quiero y decir "sí" a todo lo demás, tanto en lo personal como en lo profesional. Y quiero divertirme en el escenario y fuera de él, y que la diversión no tenga una doble cara. Quiero elegir bien mis palabras, y medir menos mis acciones. Quiero quitarme de fumar porque lo "semi" nunca me ha gustado, y quiero dejar de contradecirme.
Ahora, casi una semana después, puedo intentar expresarme más con la cabeza que con el corazón pero no puedo dejar de pensar en lo próximo, y lo he pensado de tantas formas que estoy más inquieta de lo habitual, y no sé si tan feliz. Quizás hay cosas que se hacen sin pensar, y que significan más para unos que para otros. Un regalo, pero sin ticket de devolución. Solo puedo esperar, y me espero cualquier cosa.
Pero ni lo bueno es tan bueno ni lo malo es tan malo. Y entre el bien y el mal me encuentro. En tierra de nadie, y en medio de ningún sitio. Con la certeza de saber lo que tengo que hacer pero sin medios para hacerlo. Con la esperanza de un rescate y en mala disposición para pedirlo. Y con unas ganas locas de delinquir aunque solo sea para volver a sentir esa inquieta felicidad.
Ahora que he sido descubierta ni siquiera me animo a dar señales, no vaya a ser que lo bueno deje de ser bueno y lo malo lo ocupe todo. Y como las cosas casi nunca depende de una misma, habrá que esperar a ver qué dice la parte contratante de la segunda parte. Quizás en un mes. Quizás ni eso. Quizás la primera parte no aguante un día más...


miércoles, 28 de diciembre de 2016

El año de mi primera vez

A los que habéis accedido a mi blog atraídos por el título de la entrada, ya podéis dejar de leer porque no va por ahí la cosa. A los demás, os cuento... Siempre hay algo que hacemos por primera vez, pero yo en un año, he hecho por primera vez muchísimas cosas. Y como al año le quedan cuatro días es buen momento para hacer balance.
El 2016 ha sido intenso, ni mejor ni peor, intenso. La palabra es ambigua, lo sé, y abarca mucho... Este año que se nos va me ha brindado la oportunidad de bailar en un escenario, interpretar un micromusical, tocar el ukelele en directo, cantar con un grupo de música, hacer de camarera infiltrada, guiar a turistas por una ruta de tapas, montar a caballo, presentarme a castings publicitarios... y todo por primera vez. Sí, he hecho muchas cosas por primera vez en solo un año y si me pongo a pensarlo bien, tengo hasta mérito. Porque ahora, a toro pasado, una piensa que tampoco es para tanto, pero hay que darle a las cosas el valor que merecen. Sí es para tanto, es para mucho. Hasta pocos segundos antes de hacer todas esas cosas pensaba que no podía, que la iba a cagar, que no era para mí. Sin embargo lo hice, tiré palante, y eso por sí solo ya vale mucho. Tuve dudas, infinitas dudas, con casi todo: "yo no soy bailarina profesional, me va a salir fatal", "yo no voy a poder hacer un micromusical, es mucha tralla, muchos pases, me voy a quedar afónica", "yo no sé qué hace una camarera infiltrada, para qué me meteré en estas cosas", "yo me caigo del caballo seguro, nunca voy a aprender a galopar y menos a saltar", "yo no soy cantante, no puedo afrontar todo un concierto"... Todo eran dudas, todo inseguridad, todo yo misma tal cual... Pero yo misma tal cual también despejo las dudas, también insegura me tiro a la piscina, y con miedo o sin miedo, me animo a hacer lo que haga falta. Tiemblo al principio, pero basta con hacer algo por primera vez para que todo lo malo desaparezca (miedo, dudas, inseguridad, nervios) y a la segunda me vengo arriba. Y no soy la mejor en nada de lo que hago, eso seguro, pero lo hago, y al menos ese mérito me lo voy a reconocer (que siempre me estoy tirando piedras, carajo). Y cabezona que es una, si veo que puedo hacer algo, el siguiente paso es hacerlo mejor, y en eso también me anoto un tanto. Soy muy curranta yo, y eso resulta que se acaba notando. Y sin ser la mejor, consigo no ser mala.
A otro nivel más personal el año ha tenido de todo, pero no como novedad: no me han puteado por primera vez, no me he sentido traicionada por primera vez, no me han dado con la verdad en las narices por primera vez; tampoco me han felicitado por primera vez, ni me he enamorado de tonterías por primera vez, ni me he sentido especial y querida por primera vez. Así que en ese terreno, seguimos como siempre, que al fin y al cabo, es como tiene que ser; la vida sin más. Con sus cosas buenas y sus cosas malas.
Creo que en general ha sido un año de siembra, de aprender a golpes, de valorar y tomar decisiones que no he sabido tomar. Un año de desengaños y de ilusiones corrompidas, que en cualquier caso no cambiaría. Quizás el 2017 toque recoger y todo lo aprendido me sirva para algo.
Pero quedan cuatro días, y el mundo puede cambiar en un segundo en realidad. En estos cuatro días tengo una nueva prima, tengo un bolo en Dólar con Jalea Teatro, y un encuentro que no sé muy bien si hará que me pierda más, pero que estoy deseando descubrirlo. Siempre para mí, para mis adentros, para mi imaginación. El norte queda por allí, lo tengo claro, pero deja que vea lo que hay por este lado... He encontrado muchas respuestas en el fondo del vaso, que si algo bueno tiene, es la sinceridad más sincera. Así que lo mismo hay suerte, y el vino me acompaña en estos últimos días de un año tan intenso, y puedo anotar en la lista otra "primera vez".

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Maneras de insistir

Muchas veces he sentido las ganas y la necesidad de abandonar ciertas cosas, de desistir en el empeño de alcanzar algo (o a alguien), pero siempre acabo encontrando razones para continuar. No sé si es una buena cualidad porque a efectos prácticos sería más fácil dejar de tragar y empezar de nuevo cuando notas que algo no funciona. Me gustaría pensar que soy de las que cortan de raíz con cualquier situación o persona que te hacen la vida complicada, pero descubro cada día que estoy lejos de ser así, y no sé si me gusta mucho... en realidad depende de cada caso. 
A veces está bien no decaer y ser insistente aunque te golpees con el mismo muro una y otra vez, pero otras veces siento que no es correcto dar mil oportunidades a lo que claramente no te lleva por buen camino. Es una cuestión de percepción intuitiva. Yo insisto en entrar en el circuito de Madrid, me rechazan en los castings, pero no tengo la sensación de estar perdiendo, al contrario, creo que gano algo de cada experiencia y que seguir insistiendo es el único camino para llegar a donde quiero. Pero en otras situaciones, cuando veo que algo no avanza, que me estanca, que me frustra o que me complica la vida, debería ser de las que se plantan, de las que no pasan ni una, de las que no tragan con cualquier cosa, y sin embargo encuentro razones para seguir. Cabezona que es una... porque no es que a mí me guste pasarlo mal o hacer permisiones inadecuadas, pero es tal la necesidad, una necesidad casi espiritual, vital y por supuesto económica, que acabas por cerrar los ojos, la boca, y todos los sentidos, aprietas los puños y tiras palante. Claro que en estos casos va una resignada, sin ilusión, sin expectativas, y eso tarde o temprano acaba por quemar. Supongo que cuando me queme del todo ya no encontraré razón alguna para seguir insistiendo. Ahora mis razones son poderosas, más que mi frustración, pero todos tenemos un límite (el mío debe estar muy lejos...). 
La insistencia tiene muchas caras y muchas maneras de actuar. A veces viene en forma pasiva, no motivas algo, no lo generas, no estás encima, y sin embargo salta un resorte dentro de ti cuando llega alguna señal que estimula cómo seguir "ahí", propiciando el momento ideal para alcanzar esa meta. Decir que no y ponerte firme es lo que mejor funciona en estos casos, al menos a mí. Es una negativa camuflada. Soy más orgullosa en lo personal que en lo profesional, claramente. Siempre he dicho que a mí es muy fácil hacerme daño pero es igual de fácil hacerme feliz, así que no sé muy bien en que rango de orgullo me muevo... Lo que sí tengo claro es que el fin debe ser muy valioso para que los medios estén justificados. Algo que no sirve para todo tipo de situación pero sí para algunas. 
¿Hasta dónde nos hacemos valer? Yo me valoro menos de lo que debería, pero yo soy yo, y me doy permiso para hacer lo que me dé la gana conmigo misma; no se lo permito a los demás. Y debe estar ahí el motivo de mi descontento a la hora de tragar saliva ante circunstancias y personas que no me dejan ser yo misma, pero que "me hacen falta" de alguna manera. Y entonces hago permisiones que no debería hacer pero que hago a regañadientes por el hecho de insistir. Seguir insistiendo. Insistentemente. 
Insisto en seguir subida a un escenario, insisto en ser juzgada en los casting, insisto en esa cita que no llega, insisto en mantener con vida a Luna así me cueste la mía, insisto en domesticar a mi gato y que deje de arañarlo todo, e insisto en quedármelo pese a la alergia que me da. Insisto en personas que valen la pena pero insisto más en que entiendan que yo valgo la pena mucho más (por arrogante que suene), insisto en la felicidad de lo cotidiano aunque no tenga claro si estoy equivocada y la felicidad tiene otro nombre. No insistiré donde claramente no tengo cabida porque eso no es ser insistente, es ser pesado, y la diferencia, aunque sutil, separa una virtud de un defecto. En todo lo demás seguiré inventando maneras de insistir.