lunes, 31 de octubre de 2016

El negro túnel de mis dudas

Muchas y variadas desavenencias inundan mi calma últimamente. No he elegido un trabajo fácil siendo como soy, o más que un trabajo... un estilo de vida. Una suele encaminarse a lo que le gusta y para andar el recorrido evitamos pensar en lo que conlleva, que en mi caso es la falta de dinero, la inestabilidad, la exposición pública (que tiene sus cosas buenas y sus cosas malas)... Tener un sueño no es suficiente, hay que saber cómo alcanzarlo y es ahí donde muchos fallan, o flaquean, o desisten, y también donde otros aciertan, crecen, aprenden y ganan. Entre tanto salto al vacío, delirios de grandeza, ilusiones, desengaños, victorias y derrotas está la persona que camina sobre la cuerda floja. Creo que hay que tener la cabeza muy bien amueblada para soportar lo que llaman "la bohemia" del artista. Algunos lo tienen todo tan claro que llegan a donde quieren sin detenerse en lo que hay alrededor, y otros (entre los que me incluyo) vamos poco a poco, abarcando lo que podemos y cuestionándonos a cada paso si lo hemos hecho bien, si no nos estaremos equivocando, si lo que nos dicen de bueno es realmente bueno o si lo que nos dicen de malo es razón para abandonar.
Personalmente, si hay algo que detesto es la mediocridad y lucho por huir de ella. Por eso cuando alguien  hace una buena crítica a mi trabajo no me la termino de creer, y cuando la crítica es mala me planteo toda mi vida. Si fuera una persona más optimista o creyera más en mí, me quedaría siempre con lo bueno, pero reconozco que no es mi caso. Con todo, tengo la suficiente claridad para reconocer mis errores cuando los hay, y mandar al carajo a los que ven errores donde no existen. Siempre he dicho que no hay peor juez que uno mismo y yo sé hasta dónde llego y lo que me falta por alcanzar. Pero a veces viene tanto de golpe que la cuerda floja se hace más floja aún, te echas a temblar y es fácil caerse (o dejarse caer y pasar de sudar sangre).
Recuerdo una vez de pequeña que estaba en el cortijo de mi abuelo y salí con mi tío a jugar por los balates. Mi tío, que solo tiene 4 años más que yo, por lo que también era pequeño entonces, me dijo que no era capaz de meterme por un canal cubierto, pasarlo gateando y llegar al otro extremo. Acepté el reto y comencé a gatear por el canal. Al principio iba bien, pero de pronto me entró miedo. El canal era más largo de lo que esperaba, ya no se veía nada, y empecé a encontrarme ranas, sapos, telarañas y bichos inclasificables que me paralizaron por completo. Quería salir de allí, el túnel se hacía cada vez más estrecho y oscuro, el techo no me dejaba levantar la cabeza y me agarró una claustrofobia brutal. Me puse a llorar y a gritar y quise volver, pero cuando miré atrás no se veía luz, así que pensé que con todo lo que había recorrido ya, la salida debía estar más cerca que la entrada. Avancé todo lo rápido que pude pero me encontré con un montón de fango que me llegaba a los hombros y me impedía el movimiento. Por suerte empecé a ver algo de luz y escuché la voz de mi tío llamándome a lo lejos. Seguí como pude y finalmente salí (a mi tío estuve sin hablarle lo que me duró el cagazo).
A veces pienso que mi vida es un poco igual: un túnel oscuro, inseguro, plagado de obstáculos y bichos y fango; un lugar claustrofóbico que asfixia y te bloquea. Y yo miro atrás y sé que ya no puedo regresar, que es tarde para darse la vuelta, y no me queda otra que seguir avanzando, aunque sea con lágrimas en los ojos, con desesperanza, con la incertidumbre de no saber cuánto me queda por delante, y si llegaré o me quedaré en el camino enterrada en el fango por agotamiento...
Últimamente me he sentido perdida en muchos sentidos. Perdida entre algunos compañeros, perdida en mis determinaciones, perdida entre amistades dudosas y entre proyectos a medias, perdida en la cama y perdida en mí misma. No sé qué clase de prueba es ésta, pero andar a tientas y golpearte a cada paso con un obstáculo distinto acaba por minar hasta la confianza más firme. Y yo, aún perdida, tengo que seguir en pie porque me niego a darle la razón a quien no la tiene y porque me lo debo a mí misma. Pero quizás sea hora de tomar decisiones más acertadas, hora de pararse en medio de la oscuridad y respirar antes de dar el siguiente paso.
En un camino sembrado de dudas no sabe una a qué atenerse... ¿quién tiene razón? ¿quién nos juzga? ¿qué debo hacer? ¿a quién escucho? ¿a quién ignoro? Un psicólogo me diría que la respuesta está dentro de mí (y encima me cobraría por eso...); Bob Dylan dice que está flotando en el aire (que está muy bien para que te den el Premio Nobel de Literatura pero a efectos prácticos no sirve), así que lo mejor será dejar de hacerse preguntas y empezar a plantear respuestas.
Ahora tengo un nuevo inquilino en casa, otro que también andaba perdido... es un gato de apenas dos meses que Mario encontró desorientado por la rotonda que hay debajo de mi casa. Lo siguió hasta el portal, pese a la imponente presencia de Luna, y decidió subirlo a casa. No tenía intención de quedármelo, y sin embargo aquí lo tengo ahora, ronroneando en mi regazo mientras escribo. Es un bicho lindo, aunque será toda una hazaña amigarlo con Luna y evitar que se lastimen mutuamente en el proceso. Le he puesto de nombre Mike, por mi querido Miguel Mateos, aunque es tan enano que prefiero llamarlo Mickey. Así, entre la perra, el agapornis y el gato mi casa está llena de animales perdidos, empezando por su dueña, y vivimos todos bajo el techo de este zoo-ilógico donde la vida parece cobrar más sentido a veces que allá donde reside la lógica exterior, aplastante y enfermiza, infestada de dudas e irremediablemente perdida.

martes, 4 de octubre de 2016

Un año de equitación

Más o menos por esta época, el año pasado, empecé mis clases de equitación. Una chica estaba terminando su clase cuando yo llegué el primer día. Estaba saltando obstáculos y me quedé mirándola con admiración y miedo a la vez. Pensé que yo ni de coña iba a hacer eso. Me conformaba con aprender a montar a nivel básico y poco más. Aquello me parecía de competición y yo no aspiraba a tanto. De hecho, mi motivación principal para apuntarme a equitación era ampliar mi CV, añadir una habilidad más, y para eso, con hacer que el caballo se mueva y no caerme, me parecía suficiente...
Recuerdo aquel primer día bastante bien. Hacía calor todavía y las yeguas tenían un millón de moscas alrededor, el olor era raro y por supuesto el pelo de las crines me daba alergia. Javi me enseñó a hacer el nudo para tener atada a la yegua mientras se le ponía la cabezada y la montura, me enseñó cómo colocar todo, y me enseñó todas esas palabrejas extrañas (ahogadero, muserola, estribos, testera...). Hoy todavía me cuesta meterle el filete en la boca a la yegua, ajustar la montura y equilibrar los estribos, pero va saliendo. Me enseñó también que antes de montar hay que preparar al animal: un cepillo para quitarle el polvo del cuerpo, otro para peinar las crines y la cola, y otro chisme para limpiar los cascos. Más adelante también aprendí a bañarlos, que no tiene ninguna ciencia porque básicamente es meterle manguerazos, pero es importante tener cuidado con la cabeza porque se ponen nerviosos si les entra agua en los oídos. Y para darles de comer (una zanahoria, por ejemplo) hay que poner la comida en la palma de la mano y acercarla a su boca para que ellos la cojan; si se la das de otro modo te pueden morder sin querer. Después de llevarme un par de pisotones, también aprendí a tener cuidado con dónde colocar los pies cuando estás al lado del animal. Un pisotón de un bicho que pesa mínimo 400kg hace pupa...
En aquella primera clase me pusieron con Morena, una yegua enorme y la más vieja de las que tienen allí, obediente y poco impulsiva; la mejor opción para principiantes acojonadas como yo. Casi pido una escalera para subirme en lo alto, me parecía dificilísimo encaramarme allí arriba. No sabía dónde agarrarme para no caerme, aquello no tiene cinturón de seguridad, ni arnés ni nada... Javi la tenía cogida con una cuerda así que prácticamente la tenía controlada, pero a mí me temblaban las piernas igual. Me explicó cómo coger las riendas y que sonidos y movimientos son los que "arrancan" al animal. Empezamos poco a poco, al paso, despacito, para ir pillando equilibrio, para entender el contoneo de la yegua a cada paso que da y cómo tu cuerpo acompaña de forma natural. En pocos días empezamos a trotar. Eso de ponerme de pie en los estribos también me parecía de locos, pero es algo que se aprende rápido. Cuando pillas la confianza suficiente lo haces de manera mecánica. Un estrujón con la pierna en el lomo del caballo y se pone al trote, y para ir cómoda, te levantas en cada subida de cuerpo. También está el trote sentado que es más incómodo pero necesario en algunos casos. Con los meses fui perfeccionando la técnica y aprendí también a trotar en suspensión, trotar soltando las riendas, mantener el equilibrio cerrando los ojos, controlar la dirección de la yegua, hacer círculos cerrados, pasar del paso al trote, del trote al paso, parar en seco... Aprendí (y sigo aprendiendo) a colocar bien el cuerpo, las piernas, los brazos, la cadera, a no pegar tirones bruscos, a colocar la espalda recta y relajada y las rodillas sin tensión.
Un día Javi me dijo que ya era hora de galopar. Me entraron todos los sudores del mundo. La primera vez es difícil. Me dijo que me sentara en el trote, que él con la voz le daría la orden a la yegua y que si sentía miedo que me agarrara de las crines o de la parte delantera de la montura, por supuesto sin soltar las riendas. Me costó dar ese paso, pero lo hice, y sí... lo pasé mal. Estaba acostumbrada al movimiento del animal al trote pero al galope cambia, e incluso aunque no corra mucho, la sensación de velocidad es grande. Los primeros días que empezamos a galopar temía caerme y no sé en qué momento empezó a gustarme aquello. Cuando controlas un poco, te das cuenta que al galope se va mucho más cómoda que al trote y quieres correr más, y que no se te pare la yegua y seguir dando vueltas y vueltas.
He montado a cuatro de las yeguas que tienen en el club: Morena, Distinta, Luna y Zambra. Solo me he caído una vez, creo que fue con Distinta, aunque no se puede considerar una gran caída porque lo que pasó es que perdí el equilibrio casi parada, y me deslicé por el lado izquierdo y caí. Pero no lo recuerdo como algo traumático. Javi dice que eso me pasó porque me iba a poner a saltar ese día y me asusté, y el susto me llevó a ponerme nerviosa y perder el equilibrio. Tiene sentido. No salté ese día. Si no vas con confianza es mejor dejarlo. Salté en la siguiente clase. Fue mi primer salto, saltito más bien, pero un salto al galope. Yo había visto hacerlo a mucha gente durante las clases, incluso a niños pequeños, y me fijaba en la postura que adoptaban, levantando el cuerpo y poniéndose en suspensión justo en el momento del salto y "mirando lejos", como siempre dice Javi. Cuando tuve que hacerlo yo no me terminaba de salir y tuve que dar varias vueltas hasta que en una de esas la yegua me hizo caso, se puso al galope y saltó. Insisto, era un salto pequeño, pero fue el primero y salió.
Ha pasado un año... Me he acostumbrado a las moscas cuando hace calor, aquel olor raro ahora me resulta atractivo, no he dejado que la alergia me impida acicalar al caballo por mí mima, y hace dos semanas que empecé a saltar. Aquello que vi el primer día y que tanto respeto me daba lo estoy empezando a hacer sin darme cuenta. Ya tengo la habilidad suficiente para poner en mi CV que monto a caballo, pero ahora quiero seguir. No voy a competir ni nada de eso, pero me encanta montar. Ya no lo hago por CV, lo hago porque me flipa este deporte. Montar me ha dado confianza, equilibrio, afán de superación. Me mantiene en forma y me acerca a un animal que adoro. Me ha quitado miedos y complejos, y me ha servido de terapia en esos momentos feos que todos tenemos y que se curan conectando con otra cosa más fuerte que tú. A veces terminaba las clases pensando "Si puedo hacer esto, puedo hacer lo que quiera".
Seguro que me vuelvo a caer, seguro que en una de esas hasta me hago daño, pero no voy a pensar en lo malo. A fin de cuentas, estamos en peligro todo el tiempo; un día casi muero asfixiada con un kiko, y otra vez me pasó lo mismo con una tostada mientras desayunaba tranquilamente en casa. Así que si es por eso nunca haríamos nada. Y yo tampoco soy tan loca. Tendré cuidado y ya está...


UN AÑO DE EQUITACIÓN


viernes, 30 de septiembre de 2016

Lo que vale

Septiembre se acaba y ha dejado tras de sí grandes momentos y momentos horribles. Septiembre de cambios, septiembre de aprendizaje, siempre con mano dura, que la letra con sangre entra; duro maestro septiembre.
Aquel fin de semana previo a mi visita médica, tan lleno de soledad y autocompadecimiento, viendo guadañas en cada esquina de mi casa y envuelta en el triste sentimiento de la inevitable levedad del ser, me dio por recordar con añoranza cómo las cosas bonitas pasan por nuestra vida, se instalan un tiempo y luego se van. A veces cuando se van es porque dejan de ser bonitas, pero esto lo dejo para otra entrada.
Llegó el lunes con una bocanada de esperanza a casi todo lo que me rondaba por la cabeza (casi todo). El médico me dijo que no me preocupara, que más de la mitad de la gente tiene poliquistosis renal sin saberlo porque es algo que nunca da problemas, que no hay ni el más remoto indicio de que pueda tener un fallo renal en el futuro porque mis riñones están perfectos y que descartara de una maldita vez la posibilidad de un cáncer (al menos en esa zona) porque era 100% inviable. Entonces... ¿por qué el dolor? Sí que podía ser arenilla en el riñón, sí que podía ser muscular, sí que podían ser gases, incluso alguna pequeña infección que lo mismo que viene se va... podía ser muchas cosas pero nada que vaya a matarme. Me costó 100 pavos quedarme tranquila pero se los dí besaicos. Aquella molestia abdominal desapareció de pronto. ¿Hipocondríaca yo? La carga genética trae muchas cosas a parte de enfermedades hereditarias... Recuerdo que una vez mi padre se puso a llorar a moco tendido porque hacía tiempo que arrastraba un dolor en la rodilla y un día confesó que no quería ir al hospital porque seguro que le decían que tenía cáncer de rodilla. Yo no entendía nada... ¿cómo podía adjudicarse un cáncer por un dolor en la rodilla? Bueno... he aquí una astilla de tal palo. Por supuesto lo de mi padre era un no sé qué de menisco sin la menor importancia, y por supuesto se le curó cuando lo supo (la mente tiene ese poder), pero si yo soy fatalista tengo, sin duda, a quién salirle.
La noticia de mi inesperada salud de hierro me llenó de tanto optimismo que traté de olvidar (o mejor dicho, dejé pasar) mi descontento hacia la actitud de ciertas personas que, bien por activa en algunos casos, bien por pasiva en otros, me estaban haciendo replantearme mi relación con ellas. Lo dejé pasar, sí... y salimos a celebrarlo con vino peleón y cubatas a 2'50. Pero la alegría duró poco. Mi sexto sentido adivinatorio ya me anunciaba pronta tormenta, y en mitad de ella estoy. Algo más relajada ahora porque al final te acostumbras a vivir mojada, pero no es ni de lejos un momento feliz. De nuevo una situación complicada me llevó al abismo de tomar decisiones, y de nuevo me ví como una oveja entre lobos intentando destrabar mi lengua, con el corazón temblando en la garganta ante el ataque personal de quien menos te lo esperas, siendo cortada una y otra vez, sintiéndome cada vez más sola en la lucha y aguantando miradas de compasión que terminaron por descubrir la fragilidad que nunca quiero mostrar, llevándome a la oscuridad más negra donde no podía encontrar ya palabras en ningún idioma y desvaneciéndome en lo imposible ante dos estatuas de hielo... Recordé entonces dónde estaba, y me pareció escuchar a la vida susurrándome al oído: "Ya te puse varias veces en una situación parecida y no supiste reaccionar. ¡Aprende a hacerlo de una vez!". Pero hay que tener un carácter más frío para saber encarar ciertas cosas con dignidad. Yo flaqueo rápido, no soy buena (ni lo he sido, ni lo seré nunca) para recibir un ataque directo y seguir dando golpes como si nada. A la primera ostia me quiebro, a la segunda me derrumbo y no hay tercera porque no saco fuerzas para levantarme.
Para calmar un poco mi estado de derrota me puse a escribir, y a escribir, y a escribir. Y plasmé mi verdad (esa desde la que siempre hablo aunque rara vez se entienda) en un largo discurso de ideas y sentimientos que obtuvieron como respuesta unos puntos suspensivos que me tienen agonizando, pero que al menos me ha servido de desahogo y me ha mostrado la verdad. La verdad no siempre gusta, de hecho a veces es asquerosa, pero cuanto antes se conozca, mejor... Y en este punto me encuentro, con esa verdad quemándome por dentro, absolutamente perdida, sin saber para dónde tirar, con el cuidado de no dar un paso sin pensarlo antes y conteniendo las ganas de hacer lo que me dictan las tripas que es mandarlo todo al carajo. Y si aún no lo he hecho es porque en esas actitudes pasivas hay mucha estupidez pero no hay maldad (aunque si hay algo que yo odie después de un "listo" es un tonto, pero bueno...) y dentro de esa "estupidez buena" me queda un rayo de esperanza en forma de promesa y quiero agarrarme a ella como último recurso. Con todo, el elemento tóxico activo es un puto bicho malo y sigue ahí... así que al final la respuesta me la acabará dando el corazón, y el corazón nunca elige sufrir.
Estoy desubicada, sí... Pero para mí no es novedad esto de ir a contracorriente. No significa que me guste porque implica mucha soledad, mucha incomprensión y mucha impotencia; por más que grite que yo no soy la que va mal, nunca me escucha nadie. Es como la peli esa de Destino Final en la que el protagonista tiene la visión de que el avión en el que van a viajar se estrella e intenta que los pasajeros lo escuchen, que lo crean y que no se suban. Yo intento salvar algo, algo que también va conmigo, que es parte de mí. No quiero ver cómo todo eso se va a la mierda por el hecho de que no me escuchen. Pero cada uno elige su destino, y yo no elijo estrellarme. Cuando lo hagan ellos se acordarán de mí, aunque para entonces ya, pollas...
De todas formas, en algún punto entre la frustración y la impaciencia, he encontrado mi oasis. Y en él intento mentalmente darme a mí misma el tiempo y el espacio que necesito para encarar la dificultad de una cosa tan simple. Siempre he pensado que las cosas pasan por algo, y es un desgaste de energía muy gordo querer controlar cómo se desarrolla todo. Yo ya he hecho lo que tenía que hacer, aunque me haya costado otra batalla personal perdida, y sé que lo que venga detrás (me guste o no, que ya sé que no) es lo que necesito para ganar la guerra. Lo que jode y lo que duele en el fondo son los soldados caídos en el camino.
Cuando sientes que no te valoran, no queda otra que valorarte tú y valorar lo que de verdad importa. Mi pájaro canta, Luna envejece sana y feliz; Mario me quiere tal como soy, y mis padres me quieren a pesar de cómo soy; mi abuela me llama para decirme que me echa de menos (solo para eso); mis riñones funcionan, y mi hígado, y me funcionan los brazos y las piernas (y por suerte la cabeza, mejor que a muchos); no tengo millones de amigos pero siempre hay alguien que interpreta ese papel cuando lo necesito. Las pequeñeces que me incordian no merecen mucho más que una entrada en este blog. Y lo escribo para leerlo de vez en cuando y recordar que hay lágrimas que valen la pena, y penas que no valen una lágrima.



viernes, 16 de septiembre de 2016

Simples mortales

Desde siempre me he quejado de la mala herencia genética que me dejó mi familia. Lo hacía un poco en tono sarcástico y jamás le di importancia porque al fin y al cabo eran trivialidades. Que si la nariz, que si la boca, que si la mala circulación, que si estoy plana, que si las orejas están muy despegadas... Eran cositas que me preocupaban porque yo siempre me fijaba en lo malo, claro. "He heredado todo lo malo, mamá", y mi madre se reía; yo también lo decía riendo. Se trataba solo de rasgos físicos, que cuando eres chica es lo que te preocupa, y a pesar de todo... "qué bonica ha salio la niña". A medida que creces vas aprendiendo a "ordenar" esos defectos, a camuflarlos y si tienes un poquito de gracia, hasta les sacas partido. Hoy ya no me quejo tanto de esas cosas. Cuando creces te preocupas más de otro tipo de herencias: mi boca es un desastre y perderé dientes, me quedaré sorda como mi abuela, y lo último es que alguien me ha dejado una poliquistosis renal. Esa era la dolencia de este verano (nada de cólico nefrítico) y aunque parece no ser nada grave es algo que con los años puede derivar a fallo renal. Así que al final acabaré siendo una vieja sorda y desdentada, con las piernas llenas de varices y que no podrá andar porque le fallará la rodilla derecha. Y estaré sentada en mi butaca esperando la llamada para un trasplante de riñón que llegará cuando ya no me queden ganas de vivir. Y eso suponiendo que llegue a vieja. ¿A qué edad se hace una vieja? No quisiera verme nunca así, y tal como viene funcionando la sanidad en este país, quizá lo consiga. No me dan cita para el urólogo por la seguridad social. Llevo un mes esperando y me dicen que de momento no pueden atender a nadie. Vuelvo a tener molestias en el abdomen, ahora sé lo que tengo, pero no sé cómo tratarlo. He tenido que recurrir a la medicina privada porque no me hace ninguna gracia que me digan "si te hubiesen atendido antes sería menos grave, pero ahora...". Porque se supone que no es tan malo lo que tengo pero me he informado y sí sé que empeora con los años, que si no te tratan cuanto antes puede derivar en cosas más chungas y últimamente solo me llegan malas noticias de gente que conozco y que se ha muerto (o se está muriendo). No lo puedo soportar... nos morimos, eso lo acepto, pero la enfermedad no la soporto. No soy buena para encarar el sufrimiento. Soy de las que prefieren morir joven que vivir muchos años enferma y no acepto que el remedio sea peor que la enfermedad. Nos creemos indestructibles, pero basta un pequeño síntoma para recordarnos que somos simples mortales y que hoy estás aquí pero mañana igual no. Me pongo en manos de un especialista no para que me salve la vida (eso no lo puede hacer nadie), lo hago para que lo que me quede lo pase bien, sin dolores. Me da igual morir mañana o dentro de 40 años, pero mientras esté viva quiero estar bien. Si me quedo sorda me pondré un aparato para oír, y si se me caen los dientes me haré implantes, pero si me falla el riñón no puedo hacer nada sino confiar en que el urólogo haga que eso ocurra lo más tarde posible y sin dolor. Y a los que me decís que siempre escribo cosas "malas"... es verdad, pero ya lo he explicado varias veces. Yo escribo para curarme, para soltar lo feo, hablo de lo que me da miedo, de lo que me disgusta... Lo bueno no lo escribo, lo celebro en un bar; no soy de ir contando miserias por ahí, me las quedo yo y las suelto aquí como una terapia de autoayuda. También he compartido cosas buenas, solo que quizás no le he dado el halo de profundidad que me sale cuando algo me incomoda. Me pasan cosas buenas, claro. De hecho me siento privilegiada de estar donde estoy, haciendo lo que me gusta y haciéndolo no muy mal, creo... El próximo miércoles toco con mi banda en el pub Magic a las 22:00h y los dos últimos bolos que hicimos el pasado fin de semana salieron muy bien (especialmente el del domingo en el Restaurante El Peñón de Salobreña), dentro de poco estreno con Juan Megías "La Curiosidad Mató al Gato", y mientras movemos "El Desvarío" vamos a empezar a mirar una nueva obra con Jalea Teatro. Estas cosas son las que me animan a seguir y me empujan a hacer lo que sea para tener buena salud, como pagar un médico privado que me va a sacar los ojos pero que por suerte mis padres se pueden permitir ese gasto (yo no podría). Si empezamos a morir desde que nacemos más vale que la transición sea bonita y cuando llegue la hora de irse poder decir que has hecho lo que tenías que hacer y a tu manera.


Mi nuevo videobook 2016





"The Happy Fish" en la Vintage Pool Party (Festival Swing Monachil 2016)
Vídeo realizado por Jorge Onieva
Tema: "Crazy People"


                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                             

martes, 13 de septiembre de 2016

Be water, my friend

Las corrientes de aire ya empiezan a colarse por las rendijas de la ventana trayendo consigo un otoño temprano. Ya no apetece estar desnuda en casa y menos aún en la playa. Se va acabando la época de pies negros, sábanas en el suelo, pelusas volando al son del ventilador, helados con películas, duchas sin gastar butano, paseos nocturnos y tobilleras. La bajada de temperatura me enfría la cabeza, que no el corazón, y puedo ver y actuar de acuerdo a la realidad. Una realidad que guste o no, dañe o no dañe, es la única que hay. Mi corazón caliente me lleva a comerme al primer hijo de puta que ose poner un dedo encima a lo que más quiero; mi cabeza fría me dicta cómo hacerlo sin perder la dignidad (y sin ir a la cárcel). Me he dado cuenta de que somos un mero reflejo en los demás, un reflejo de nosotros mismos. Que aquel que piensa que la gente es mala, es porque aquel es malo. El ser yo "inocente" con la bondad ajena me deja en buen lugar pero no me exime de sufrir los complejos de otros, aunque sea de manera indirecta. El veneno que lleve cada uno no me lo trago, pero a veces salpica y la única solución es mantener a la serpiente alejada para que no la tengas que matar. Y si esto trae consigo alguna desdicha no será mayor que el dejarse apabullar.
Septiembre ha llegado (tanto que lo ansiaba) con nuevas lecciones de urbanidad, con promesas de un cambio a mejor, con el examen de repesca preparado retándome a subir nota. Mostrándome la doble cara del demonio y la doble cara de dios y animándome a jugar al quién es quién. Y una sigue creciendo a palos sin merecer más que un hilo de cordura en la jungla de una cabeza que desearía seguir siendo inocente pero que sabe que de ser así se la comen los leones. Y hay que crecer aunque no queramos, y aprender a templar la sangre, y ganar batallas con el diccionario.
Son las 17:30. Dicen que va a llover. Creo que nada me apetece más...

Empty your mind, be formless, shapeless...like water. 
You put water into a bottle, it becomes the bottle.
You put water into a teapot, it becomes the teapot.
Water can flow, or it can crash.
Be water, my friend...

(Bruce Lee)

viernes, 26 de agosto de 2016

Agosto o revienta

Agosto llegó azotando fuerte con la noticia de la muerte de Miguel, y no ha ayudado el ambiente enrarecido que circula a mi alrededor. Está siendo un mes largo, por suerte cerca ya de morir, y a excepción de alguna buena película, los libros y este rincón de mi casa del que me he apropiado, no ha habido nada realmente bueno (salvo la presencia, siempre maravillosa e indispensable para mi bienestar, de Robin, Luna y Mario). A pesar de todo, disfruto mucho el tiempo libre y la ausencia de compromisos sociales. En septiembre comenzará de nuevo la movida, los ensayos apresurados con The Happy Fish para tres bolos que tenemos cerrados de momento: el 9 en La Chistera de Monachil, el 10 en El Higo y el 21 en el pub Magic. Pero hay algo más inminente. Este domingo, 28 de agosto a las 20:30h, ponemos con Jalea Teatro "El Desvarío" en el Teatro Mira de Amescua de Guadix. Un bolo para el que me estoy preparando a conciencia y que me tiene de lo más entretenida. Resuelta ya a simplificar mi vida y mis relaciones, intento al menos esmerarme en lo profesional, "complicarme" con el trabajo (que además me da satisfacción), y dedicar mi atención al mero placer de las pequeñas cosas. Con el mes que se viene espero juntar algo de dinero, porque agosto también ha sido precario en ese sentido. Lo de reventar quizás lo deje para más adelante con las conversaciones pendientes, las discusiones sobre cosas indiscutibles, la bajada de fichas a más de uno y mis luchas constantes contra gigantes que no llegan a molinos y que no está mal que sepan que lo sé...
Leyendo ahora "Las Bicicletas son para el Verano" me recuerda que yo la mía no la he cogido ni un solo día. Me estresa menos salir a pasear que cargar con semejante chisme que ni entra en el ascensor. Ahora hace buen tiempo para caminar, un ratito antes de que empiece a oscurecer, cuando ha bajado el calor. Una forma de mantener activas mis piernas hasta que retome las clases de equitación en un par de semanas. Vendrá todo junto en poco tiempo, sí... por eso aprovecho esta bendición de soledad que algo de bueno trae al desorden interior del largo y cálido verano.



Trailer "El Desvarío" de Jalea Teatro

       
Rueda de prensa en Guadix con Jalea Teatro

sábado, 20 de agosto de 2016

En sueños

Cajas amontonadas en un escenario. Cables enredados por el suelo. El reloj no marca la hora exacta. Papeles esturreados. Hace calor. Estoy nerviosa, inquieta, cabreada, con la sensación tantas veces vivida de no estar preparados. No sé dónde está la ropa. Aún no me he maquillado. Falla todo. Los instrumentos no suenan, las voces tampoco. Yo no tengo voz, nadie me escucha. Salgo de allí. Tengo que buscar algo fuera pero me pierdo por el camino. Me cruzo con la gente que espera en la puerta para entrar y salgo corriendo. No quiero que me vea nadie (...)

Intento llegar a un acuerdo pero no sé qué hacer para que me entiendan. Nadie parece escucharme. Estoy sola. Me intento apoyar en mi amigo pero él no me hace caso. Está serio. No quiere saber nada, no quiere escuchar. Amenazas (...)

Otro amigo; otro sordo. Le hablo enfadada pero ni siquiera me mira. No nota mi presencia. Lloro pero no hay consuelo de nadie. No es para tanto (nunca es para tanto) y siguen a lo suyo y yo a lo mío, a seguir llorando. Me llegan gritos de ese amigo pero ahora yo no quiero escuchar. Me voy. Lo dejo todo atrás (...)

Estos sueños los he tenido ya varias veces en las últimas semanas, pero con variaciones... a veces son los chicos del grupo, otras veces los de la compañía, incluso una vez no reconocía ninguna cara. El caso es que al despertar me siento agobiada y me entra un poco de ansiedad hasta que vuelvo a dormirme (o hasta que despierto del todo y se me olvida).
Sé que en estos sueños hay algo de realidad y mucho de inseguridad propia. En cuanto siento el más mínimo indicio de inestabilidad mi cerebro crea sus propias pesadillas. Algo que seguro tiene que ver con mi pesimismo innato y una desconfianza hacia casi todo(s) que he ido desarrollando a fuerza de experiencias en las que la vida me ha puesto desde siempre. Supongo que estoy acostumbrada a que nada dure demasiado, a que todo tenga una fecha de caducidad, un tiempo limitado. Ese pensamiento me lleva a estar a la defensiva siempre, sin ni siquiera proponérmelo; es un mecanismo que está en mí y se activa solo.
Desde pequeña nunca he tenido muchos amigos. En el colegio solo tuve una mejor amiga. Con 11 o 12 años nos empezamos a juntar con otras tres chicas y las cinco nos hicimos bastante amigas, al menos mientras tuvimos intereses comunes. Al llegar al instituto nos separamos, y allí conocí a otra mejor amiga que me duró hasta el segundo año de carrera y luego también desapareció. En Granada me relacioné con muchísima gente y empecé a tener más mejores amigos que mejores amigas, pero también fueron pasando de largo. En general nunca he sido buena para relacionarme con la gente. Ahora lo hago mucho mejor, quizás porque no busco hacer amigos, y cuando no buscas, encuentras... La amistad es un concepto muy amplio y seguramente mi error fue siempre querer encorsetarlo. Ahora tengo un par de buenos amigos y muchísimos amiguitos con los que salir por ahí. Quizás la distinción está en que con los amigos puedes compartir algunas cosas (unas cervezas con unos, una charla con otros...) y con los mejores amigos lo compartes absolutamente todo. Pero al final de los finales, y muy en el fondo del fondo, la realidad es que estamos solos. Me atrevo a generalizar, aunque básicamente estoy hablando de mí. No está mal que a veces pasen cosas que nos hagan recordar esto. Antes me quejaba mucho, pero aprendí a llevarme bien conmigo misma y a no necesitar "tener" a alguien. Es una buena forma de evitar malos ratos, y además me deshago de la parte egoísta de pretender que todos estén para mí cuando yo no puedo estar para todos. Aprendí, a lo largo de los años, que amistad y compañerismo son conceptos distintos, que uno no excluye al otro, pero que son independientes de por sí y por tanto se pueden dar por separado. En eso he basado mis relaciones desde que empecé a hacer teatro y sé muy bien quiénes son amigos, quiénes son compañeros y quiénes son ambas cosas. Me falta distinguir mejor quiénes no son ni lo uno ni lo otro, pero voy progresando. Adelantarme a los acontecimientos me ha puesto a veces en situaciones muy feas a nivel emocional, pero la realidad es que hasta la fecha mi intuición no me ha fallado nunca. Otra cosa es que me guste lo que me cuenta, porque cuando no me gusta tiendo a ignorarla para no creer "la verdad" y me invento excusas para seguir adelante en ese terco empeño de que algo salga a mi gusto.
No sé qué me dicen mis sueños últimamente, pero supongo que mi subconsciente me quiere preparar para algo que puede que pase o puede que no, pero que por si acaso, me previene. Y todo debido a un cúmulo de experiencias pasadas de las que para bien o para mal aprendemos. Cuando está nublado puede llover. Quizás no lo haga, pero nosotros salimos con paraguas por si acaso. Es un poco lo mismo... A veces noto el cielo nublado a mi alrededor (las actitudes de unos, las circunstancias de otros, los problemas que surgen porque sí, la falta de comunicación...) y puede que se quede todo en eso, en un cielo nublado que después se despeja sin más, pero si le da por llover estaré preparada, porque la vida me ha enseñado a reconocer las señales de tormenta y muchas veces me ha pillado el chaparrón desnuda en mitad de la nada, calándome hasta los huesos y teniendo que superar el frío y la enfermedad. Cuando esto ya te ha pasado, no te atreves a salir de casa sin mirar antes por la ventana, y con todo, puede llegar un temporal en cualquier momento pillándote desprevenida. Ahí no hay nada que hacer, pero sabiéndolo de antemano, no te vas a arriesgar al desafío porque normalmente se pierde...
Siempre me agarro a pensar que hoy todo va bien y lo que pase mañana no quiero saberlo. Nunca dejaré de pelear por lo que quiero, pero si de últimas algo no depende de mí, que al menos me quede la satisfacción de haber llegado hasta el final de esa fecha límite que parecen tener las cosas, dándolo todo siempre de la mejor manera que sé, mirando por mí y por ende por mis compañeros (y/o amigos) para que la recompensa sea compartida, al igual que se comparten las miserias. Se trata, más allá de los juegos de dados, de ser fiel a una misma por encima de la fidelidad que profeses a los demás. La   palabra final la tendrá el destino de cada uno.



Cuando vayan mal las cosas como a veces suelen ir,
cuando ofrezca tu camino sólo cuestas que subir,
cuando tengas poco haber pero mucho que pagar,
y precises sonreír aun teniendo que llorar,
cuando ya el dolor te agobie y no puedas ya sufrir,
descansar acaso debes pero nunca desistir.
Tras las sombras de la duda,
ya plateadas ya sombrías,
puede bien surgir el triunfo,
no el fracaso que temías,
y no es dable a tu ignorancia figurarse cuan cercano,
puede estar el bien que anhelas y que juzgas tan lejano, lucha,
pues por más que en la brega tengas que sufrir.
¡Cuando todo esté peor, más debemos insistir!
Si en la lucha el destino te derriba,
si todo en tu camino es cuesta arriba,
si tu sonrisa es ansia satisfecha,
si hay faena excesiva y vil cosecha,
si a tu caudal se contraponen diques,
Date una tregua, ¡pero no claudiques!
"Porque en esta vida nada es definitivo,
toma en cuenta que: todo pasa, todo llega y todo vuelve"

(R. Kipling)