domingo, 17 de noviembre de 2024

No hay tiempo

Nunca he estado tan mal de dinero. Pero mal de verdad. 
Y sin embargo... 

Metidos ya en la semana del Festival de Cine de Granada, y queriendo centrar mis pensamientos sólo en eso, he tenido que tomar la decisión de hacer un viaje el mismo día de la gala de clausura del sábado. Un viaje que no pensaba hacer, porque es una práctica del curso que cuesta más de lo que podía permitirme, y que encima me coincidía con lo otro. Pero los caminos de la vida son raros... Esa práctica es importante para que luego optes a que te llamen para trabajar, nos han dado facilidades de pago, y en mi caso particular, también la facilidad de apuntarme el último día (porque hasta el jueves por la noche, en la Gala Especial de los Talentos Granadinos, no sabré si mi corto está nominado para el sábado). Con todo, el dinero seguía siendo un problema, por más que pudiera pagarlo a plazos (así de mal estoy), pero por estas cosas raras que me pasan últimamente, me pusieron el dinero encima de la mesa hace apenas unos días. Y digo raro porque yo ni siquiera lo pedí, ni lo insinué, ni hablé del tema. Simplemente me dijo un amigo "por todas las veces que me has cuidado al perro", y pum, ya tenía el dinero (incluso un poco más de lo que necesitaba). Me quedé  blanca como la leche. ¡Cómo se dan las cosas! Muy loco todo, porque yo quería disponer de ese dinero, que me llegara de alguna forma, que me lo encontrara por la calle, yo que sé... como una señal de que tenía que hacerlo. Muy loco. En fin, que me apunto al viaje, pero aún me queda el tema del festival. Si mi corto es nominado el jueves, prácticamente tengo que volver del viaje el sábado y salir corriendo para la gala (y aún así llegaría un poco tarde). Pero si me cambio en el autobús y me tomo un taxi, llego dentro de lo razonable. Aunque no me preocupa mucho, porque las probabilidades de que me nominen son ínfimas. Si me llevo un galardón el jueves ya me puedo dar con un canto en los dientes. Aunque todo puede pasar, y hay que prever todas las eventualidades. 

Pero dejando a un lado las señales y la magia, hoy he decidido acelerar el proceso de lo que irremediablemente se viene, y creo que es lo mejor que he hecho, aunque no siente bien de entrada. Nada como un golpe de realidad para que se te quite la ensoñación. Podía haber dejado que se fraguara poco a poco, saboreando cada pequeño detalle, deleitándome en el no saber, pero no hay tiempo para eso. Y en lugar de avivar el fuego y acabar quemadísima, he pensado que es mejor ir enfriando ya el ambiente, por si acaso, y acelerar el proceso para llegar antes al desenlace (sea cual sea éste). No hay tiempo para tomarlo con calma, para movimientos meditados, ni siquiera para improvisar. Simplemente no hay tiempo. Y como no hay tiempo, he hecho lo que había que hacer para acelerar las cosas, y obtener pronto el resultado. Y el resultado ha dado negativo. La lista de los no tan buenos parece pesar más. Y supongo que así es más fácil. Me quedo con el par de cosas buenas que sí me han hecho ilusión, y me las tomo como mis pequeños grandes logros. Hay cosas que aún despistan, y en ese despiste me puedo quedar unos minutos, pero ya... sólo eso, sólo hasta ahí. Porque no hay tiempo para más. 

domingo, 10 de noviembre de 2024

"Hoy es un gran día"

He acumulado un buen montón de momentos inolvidables en el último mes y pico. Momentos que no he tenido tiempo ni disposición de relatar porque necesitaba que se asentaran un poco. Septiembre se diluyó entre esperanza y buena actitud, dejando paso a una normalidad que anhelaba, pero que no ha sido en absoluto tan normal; ha sido mejor. 

Podría empezar diciendo que invertí mi tiempo en casa con una ilusión impropia de mí porque, por lo que sea, estaba confiando plenamente en que todo lo turbio era sólo algo pasajero, y que lo que viniera después lo agarraría con la mayor de las alegrías. Mi mayor deseo estaba claro, pero mientras tanto, en la espera, mi cabeza echó a volar e imaginó cosas (¿qué perdemos por probar?), e imaginó un globo rojo con su hilito flotando en el aire para ver si, más tarde, podía imaginarme bañándome en la playa una vez más antes de que acabara el año. Vi ese globo rojo pocos días después, con su hilito flotando en el aire y, por si quedaba alguna duda, vi varios más al día siguiente. Acababa de releer un libro que me regaló un amigo, y quise probar lo que decía. Ese fue el detonante. Después de eso, volvió la salud a mi casa, me llamaron para inaugurar una nueva sala de teatro en La Zubia, me encontré una bicicleta como nueva en la calle (check!), y el 31 de septiembre, coincidiendo con el veranillo de San Miguel, me bajé a la playa; el 1 de octubre (magia) me estaba sumergiendo en el Mediterráneo. Lo que parecía imposible unas semanas antes, con tanta tormenta, lluvia y frío otoñal, resultó en un auténtico y caluroso día de verano (el mejor de todos). Esos dos días, y ese gran momento en la playa, era algo demasiado bonito para arriesgarme a que "alguien" lo arruinara. Y como si de una revelación se tratase, reculé en los planes con la familia y me decidí a cumplir con mi único plan: YO. Pude comprobar que fue la decisión acertada cuando, semanas después, me reuní con ese "alguien" para comer y, efectivamente, arruinó la comida. Pero ese momento, aunque también doliera, me daba más igual...

Con tanta benevolencia cósmica a mi alrededor, quise ir un paso más allá y centrar mi energía en mi verdadera carencia: el dinero. Dos mil euros es mucho, pero está dentro de lo razonable. Mis bolos en la Zubia fueron maravillosos, la gente quedó encantada, mi monólogo evolucionaba de un pase a otro, pero la taquilla no ha sido suficiente. No sólo no me ha dado para ahorrar, sino que ni siquiera me ha alcanzado para cubrir los gastos más inmediatos. Pero, al margen de lo meramente económico, la experiencia ha sido de diez. He aprendido muchas cosas, he constatado otras, y he tenido que respirar mucho para no caerme redonda por estar sola en un escenario, echando de menos, con más rabia que tristeza, a quien estuvo conmigo tantas veces y con el que me sentía capaz de cualquier cosa. Da miedo saltar sola sin red de seguridad, pero lo mejor del mundo está al otro lado del miedo, y cuando lo vives en primera persona y superas esos momentos de mierda, casi que te resbala lo que hagan, o lo que digan que van a hacer, te resbalan las ausencias, te resbala la indiferencia. El aplauso final es el que una se da así misma. Y en este caso vino acompañado de muchísimas otras manos que aplaudían, y de nuevos seguidores, y de recomendaciones, y de un boca a boca que me ha dado dos bolos más para los próximos meses en distintos puntos de la provincia (y otros pendientes de cerrar). Da miedo estar sola, pero da más miedo necesitar no estarlo. Ahora me puedo colgar esa medalla. 

Y durante mi paso por esta sala recogí algo más: amistades casi perdidas, reencuentros bonitos, el perdón que no se pide ni se exige, pero que se concede sin olvidar y sin intoxicarnos demasiado. Tomé la iniciativa con uno de esos amigos, y como si se tratase de un karma extraño, otra amiga la tomó después conmigo. It feels nice, doesn't it?

Entremedias, durante ese tiempo "vacío" antes de que empezara el ajetreo de octubre, hice un par de cosas más, ambas por probar suerte, ambas sin mucha convicción, ambas por otras personas, ambas por poder decir "lo he intentado". La primera fue mandar mi corto al Festival de Cine de Granada, el único por el que pagué tasas extras sólo por inscribirlo, y que tras haber sido rechazado anteriormente en otros seis festivales, no le tenía ninguna fe. Pero mi madre, con una confianza ciega, y con la ilusión que a mí me faltaba, me dio el empujón para hacerlo. Y más o menos por la misma fecha, otra persona que también me quiere me insistió para apuntarme a un curso para ser guía de ruta y que me podía dar trabajo en el futuro. Me apunté al curso y al festival de cine sin ninguna convicción, casi segura de que ninguna de esas cosas era para mí. Cuán equivocada estaba...

Mi corto fue seleccionado en la categoría de cortos granadinos, cosa que ya me parecía suficiente porque eso significaba que lo proyectarían en los cines y lo vería mucha más gente que si lo cuelgo en YouTube para que sólo lo vean cuatro. Pero no ha quedado ahí la cosa. "La Caverna" ha sido nominada, junto a otros cortos, a Mejor Innovación Visual (que debe ser una forma elegante de decir "qué corto más raro"). Ni sabía que existía esa categoría... Así que ahora, a la alegría de que mi corto se vea en cines, le añado un posible galardón que no voy a ganar, pero que no me importa. Al menos tendré la ocasión de estar en la gala con mi "equipeitor" el 21 de noviembre, ponerme (demasiado) guapa por una noche y, con suerte, crear una red de contactos.  

Y en cuanto al curso, cuando me contactaron para ver si era "buena candidata", fui muy sincera y les dije que habría días que tendría que faltar por compromisos varios, y por bolos, pero que (habiéndolo ya pensado mejor) me encantaría poder hacerlo. ¿Y si se me da bien? ¿Y si realmente hay trabajo en ese campo? ¿Y si resulta que puedo compaginarlo todo? ¿Y si mi colega tiene razón? Sí... quería hacerlo, quería probar suerte (esa suerte que empiezo a conocer y que estoy aprendiendo a controlar). Y no sé si puedo llamar suerte todavía a conseguir la plaza y llevar ya dos semanas y pico de curso, porque no sé a dónde me llevará después, pero sí sé que estoy donde tenía que estar (pase lo que pase). Lo sé por muchas razones: por lo que estoy aprendiendo, por lo que necesito mejorar, por el desafío que supone para mí meterme en terreno desconocido (literalmente), pero, sobre todo, lo sé por la misma razón por la que se saben esas cosas que no se pueden explicar: porque tenía que ser así. Certezas. Simplemente eso. 

Me gusta asistir a clase porque los contenidos son totalmente de mi interés, estoy motivada (cosa imprescindible), y tengo un grupito de compas muy maj@s. Como suele pasar, conectas más con unas personas que con otras, pero lo que no esperaba era conectar tanto... De hecho, hasta la eterna imagen ha cambiado estos días (ganó por cercanía), y ni siquiera lo vi venir. Fue colándose poco a poco, sin hacer mucho ruido. Y, de pronto un día, "el dibujito animado" ya estaba dentro. Son muchas las carencias, pero a la única que de verdad me tengo que preocupar ahora se le suma el elemento sorpresa. Ese que no deja pensar con claridad (o que sólo te hace pensar con claridad en una única cosa). Está en fase 0 (¿se podría recular todavía...?) pero la fase 0 es la más puñetera, y la más peligrosa. Es esa fase de no saber, de niebla, de inquietud. Vas a ciegas, intentando sortear lo bueno y lo malo, porque ambas cosas te empujan irremediablemente al filo del mismo barranco. Y si no hay forma de pararlo, al final te resignas: un mes de caída libre, y luego un tiempo de convalecencia antes de volver a la normalidad, a ese camino tranquilo y solitario del que me había desviado por sorpresa. Con mi vieja y querida imagen lejana ocupando de nuevo el lugar que le corresponde. Ahí no hay niebla, es un lugar seguro, y piso terreno "conocido" en lugar de andar por arenas movedizas. Llegará, queda poco. Y ya que la caída es irremediable, mientras recorro ese espacio de vacío, al menos planearé un poquito, mediré los tiempos, disfrutaré de las vistas, y experimentaré la adrenalina de estar en el aire antes de llegar al suelo de un mes de diciembre de incertidumbres, despedidas, bolsillos vacíos, y bolos por armar. Y lo haré sin que se note que se nota, tratando de estar en la misma página, intentando hablar el mismo idioma, y lo que sería más interesante: tirando de todo para convertirme en la mejor. 


Sólo podía arrancarme a contar tantas cosas bonitas cuando algo "inquietante" me obligara a sentarme a escribir. La carta de la muerte, rescatada de la caja de la persiana, con su número XIII (claro que sí), anunciaba nuevos comienzos. "Hoy es un gran día", y cada día puede serlo...

Esta frase me ha abierto mil puertas.

No seré yo quien las cierre. 


Mis últimos artículos para El Batracio (los próximos serán ya navideños).





Vídeo promo "Como ser más productiva" (Octubre, Sala Bambalinas, La Zubia)


martes, 24 de septiembre de 2024

Pero qué borde...

Parece que de un tiempo a esta parte me he "espabilao" con muchas cosas. Cosas que antes me hacían sentir incómoda e insegura. Antes pensaba que si alguien dejaba de hablarme era culpa mía: algo malo habría hecho sin darme cuenta, algo malo habría dicho sin pensar. Y me ponía a repasar mentalmente mis posibles errores para entender que la otra persona se haya alejado, molestado, o lo que sea. Normalmente no pasaba nada. No había hecho ni dicho nada malo, simplemente la peña va a lo suyo y no se preocupa (como tú) de mantener buenas relaciones o un contacto regular. Yo sí me preocupaba... me preocupaba que fuera por mi culpa. Desde que me vinieron varias de éstas de golpe, entre mayo y septiembre, he observado un cambio gordo en mi actitud. He notado que me da igual lo que pase ahí afuera, en las cabezas de los demás, pero no como otras veces que he tenido que obligarme a dejar de preocuparme, sino que me ha ido saliendo solo, sin proponérmelo. Simplemente, me empezó a ocurrir un día, y le he pillado la gracia. Se vive mucho mejor cuando no intentas descifrar constantemente los pensamientos ajenos. Y creo que este maravilloso estado se lo tengo que agradecer especialmente a mi muy mejor enemigo, ese que vive en las alturas (desde donde siempre me miró), quien, tras varias y disimuladas idas y venidas, consiguió pulsar la tecla exacta en un descuido a su incoherente manipulación. Fue ahí cuando un día me pregunté por qué una tontería me molestaba tanto de unos, y cosas gordas me molestaban menos de otros. Discriminaba en función de lo que me hacían sentir, independientemente de lo que me hubiesen hecho. Es como si alguien a quien quieres mucho te hace una putada gorda, y alguien a quien quiere menos te hace sólo una gamberrada. Te enfadas a muerte con el segundo porque lo quieres menos, y al primero, que te la ha jugado mal, se lo perdonas todo porque lo quieres más. Y dándole vueltas a esto entendí que no sabemos querer; somos irracionalmente  impulsivos, y terriblemente injustos. Y como el problema no era el qué sino el quién, metí a todos los quiénes en el mismo saco, le hice un nudo, y lo lancé lejos. Y al hacerlo todos los malentendidos, todas las mentiras, todas las palabras vacías, todas las acciones interesadas, todos los egos de mierda de los demás (más o menos queridos) se fueron al mismo lugar, muy lejos de mí. Para que se ordenen solos, sin mi intervención, sin mis preocupaciones, sin mis infinitas preguntas al viento. 

Y fue así como empecé a decirme a mí misma "pero qué borde...", y así fue como me hice fuerte, y me volví más despreocupada, más segura, más lista, más pasota, más yo. Porque ya me daba igual caer bien o mal, ser mejor o peor persona, gustar más o menos. Me daba igual "esa" opinión (que en todos los casos sería errónea). Aprendí a manipular, aprendí a jugar sucio, aprendí estrategia, y aprendí a ser egoísta. En definitiva, aprendí de qué va esto en realidad... Cambié el "trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti", por el "trata a los demás como te tratan a ti". Y al hacerlo eliminé todos los filtros que la peña se había puesto para despistar, luciendo tal como son, y se vinieron abajo. Se les derrumbó esa torre de naipes desde donde me miraban, se les cayó el muro que habían construido a mi alrededor. Ahora ya no tienen cómo pillarme. He jugado con las reglas que ellos mismos impusieron, y he ganado yo.  




miércoles, 4 de septiembre de 2024

Alarmas, nacimientos, y golpes de suerte

Este verano, con sus olas de calor, sus intermitentes días de playa y sus countdown de calendario, ha sido un verano interesante. Durante la primera mitad estuve trabajando, y estar trabajando llama al trabajo. Algo que hace unos meses quise que ocurriera, ocurrió sin más. Me dieron ese bolo que tanto deseaba. Fue como un premio de consolación por el casting que no salió, un sorbo de esperanza en mitad de una crisis de fe. Tuve que rechazarlo porque estaba todo en contra, pero lejos de sentirme mal, aquello me hizo recuperar parte del optimismo perdido, y venirme arriba. Cuando algo es para ti lo sabes, no hay más. Tuve que tomar una decisión y lo hice. Y sabes que aciertas cuando por dentro te sientes bien y aliviada (y con el tiempo suficiente, confirmas tal acierto). 
Otra cosa que hace semanas quise que ocurriera, también ocurrió sin más. Recibí ese mensaje de esa persona. Y me alegré de que ocurriera fuera de plazo, porque pude ver con claridad con quién trataba. Llegó tarde, muy tarde. Y tras meditarlo ligeramente le di la oportunidad de hablar tras su demorada disculpa. Pero no lo hicimos, porque una vez más se retrató, y desapareció. Hace años que esa venía siendo la dinámica, y al principio me torturaba pensando cuáles podían ser las razones. Pero aprendemos por las malas, tropezando mil veces en la misma piedra. Y lo bueno de que todo se haya dado así es que ya no hay piedra alguna con la que tropezar. Porque cuando tropiezas con piedras imbéciles, es mejor darles una patada y sacarlas de tu camino; sólo así te aseguras de no volver a tropezar con ellas. Ahora puedo ponerle palabras, pero en su momento lo hice sin saber lo que estaba haciendo. Simplemente era lo que me pedía el cuerpo. 

Desde que pienso más en mí, y menos en los demás, soy más yo y más feliz. Incluso aunque algunos se hagan los ofendidos. Yo no me peleo con nadie (¡qué gasto de energía!), pero sé cuándo estar y cuándo no. Y sé con quién. A veces tomamos la decisión de hacer algo que sentimos que tenemos que hacer, y hay quien no lo entiende, o quien se ofende, o quien te manda mensajes hipócritas. La peña piensa que puede hacer lo que le de la gana sin consecuencias, pero hay consecuencias. Tu pequeña acción egoísta genera mi pequeña reacción egoísta . No hay más. Todos hacemos lo que "necesitamos" hacer en cada momento. Todos actuamos según percibimos las cosas. Así lo hicieron ellos, así lo hago yo, así lo hacemos todos.  Ponerse a pensar en las salpicaduras de tus actos no es ni medio recomendable. Primero porque nadie se tomará ese trabajo contigo, y segundo porque la intuición no falla, y si la escuchas y le haces caso, estás haciendo lo correcto, le moleste a quien le moleste (pero nunca falta el que se ofende cuando actúas como ellos). Así que, en algún momento de este interesante verano, a la Beba super considerada le sonaron todas las alarmas, una detrás de otra, y decidió apagarlas sin hacer ruido, y sin montar escenas (tu ego no le hace sombra al mío). Y es fácil comprobar que hacías bien en mirar por ti: se han borrado (ay... el ego), se han metido solitos en la papelera de reciclaje, y como yo no soy de escarbar en la basura, ahí se quedarán. No pierdo nada, sólo me alejo de hipócritas, de desconsiderad@s y de un auténtico maltratador. 
Todo esto, que ha simple vista puede parecer un dramón, no es más que pinceladas de algo que solamente venía pinchando y necesitaba sacar. Pero no ha sido importante, porque no lo es, nadie lo es. Y yo no pierdo el tiempo creando enemig@s (como parece ser el hobby de otros). La suerte me la creo yo, me siento más yo que nunca, y yo me comparto con quien me hace sentir bien. Como este verano que he podido pasar cuatro ratos estupendos con un colega que no veía desde hacía demasiado tiempo, y con el que ha sido maravilloso reconectar. Hay personas que son como luces de navidad en mitad del oscuro invierno.

Pero la luz más bonita que apareció en mi vida este verano se llama Hugo. Nació el domingo 18 de agosto sobre las 14:15, y aunque veníamos toda la semana esperando ese momento, cuando por fin llegó el día, me costó creérmelo. Mi hermano me mandó la primera foto que le hizo, y cuando la recibí me puse a llorar. Hacía tiempo que no lloraba riéndome al mismo tiempo. Estaba feliz, y estaba emocionada. Ni siquiera verlo en persona me causó ese efecto. Era un bicho pequeñajo y arrugado, igual a cualquier recién nacido, pero verle la cara por primera vez en esa foto me sacudió. Ahí estaba por fin: era mi sobrino. Era esa otra cosa, de las muchas que he deseado a lo largo de este año, que también se hacía realidad. Una de las más importantes, sin duda. 
Pero la vida te da una de cal y otra de arena, sólo para ver cómo reaccionas, para probar tu actitud, para ver si has aprendido algo. Y así, un domingo estás en el hospital recibiendo a alguien que quieres, y al siguiente estás en otro hospital ingresando a otro alguien que quieres. Los últimos planes del verano se truncan y te resignas. Pero esta vez quieres aprobar el examen y te dices: "qué suerte que pueda volver a casa por su propio pie. Y gracias a esta desgracia, lo mismo se quita de encima una enfermedad de las que sí dan miedo de verdad". Y pensando en que una tiene suerte hasta en los momentos más feos es cuando la vida te da el aprobado, y la palmadita en la espalda, y te manda una tormenta para que te de menos pena no estar en la playa, y te baja las temperaturas para que estés más fresquita en el horno de tu casa, y te regala castings, agencias, entrevistas, festivales y posibilidad de bolos en sólo una semana. Estoy estresada, estoy preocupada, y estoy peor que nunca económicamente, y sin embargo, no dejo de pensar que no pasa nada, que de alguna forma se arreglará. Obviamente no por arte de magia, ni tumbándote en la cama a esperar un milagro. Acción y confianza, ése es el combo del éxito. Y si falla, mejor que te pille con buena actitud. Verte en las peores te hace ponerte las pilas y buscar soluciones. 
Me seguirán pasando cosas feas, me seguirán ocurriendo desgracias, seguiré desencantándome con mucha gente, pero siempre intentaré responder a la única pregunta: para qué. Y cuando la pueda responder, sabré qué hacer. 

A la espera de respuesta de un nuevo casting, demasiado conectado con el último (demasiado para obviar la sintonía), no puedo pensar más que en las posibilidades. Lo encaré a contrarreloj, y equipada con las dos cosas bonitas que llevé aquel grandioso día de abril.  Es cuestión de suerte, todos los castings lo son. Y no queda otra que confiar en la suerte, esa cosa abstracta que no tiene pies ni cabeza, que no se puede explicar, que aparece y desaparece, y que, al final, entiendes que le puedes dar la forma que quieras, que la puedes entender, que la puedes manejar, y que aunque a veces no la veamos, existe, se manifiesta. Y la perspectiva del tiempo, y la inmensa e imperturbable atención propia la deja en evidencia. La suerte, esa cosa que algunos te desean de verdad y otros de mentira, pero que sólo depende de una creérsela o no. Pase lo que pase, no sólo con el casting, sino con todos los hilos de los que he tirados estos últimos días, yo ya tengo suerte: mi enfermito está mejorando, mi perro y mi gato respiran, tengo un sobrino precioso y sanote por malcriar, un piso en la playa por si las moscas, un puñaillo de buenos amig@s y una familia enorme y maravillosa. Y tengo Netflix, y HBO Max, y chocolate, y patatas fritas. 
Y me tengo a mí que cada día me quiero más (obí, obí, obí, obá)
ESO es suerte. 

Y me voy a hacer ejercicio, porque también tengo la suerte de tener un cuerpo con todo en su sitio (y delgadito, aunque resulte algo inexplicablemente perturbador para algun@s) que cuidar y mantener. 

Be happy. Be lucky.



lunes, 5 de agosto de 2024

Despertar

España ganó la Eurocopa. Pero el 2-1 no fue sólo el resultado que le dio la victoria. Era mi resultado, el que me animaba a mirar más allá de los números. Y al día siguiente, mientras aún subyacía la esperanza, pensé que pasara lo que pasara en los próximos días, el cúmulo de rarezas coleccionadas tendría que verlas como el faro que alumbra el mar por la noche. Porque quizás todo encajaba; o quizás no, y sólo se quede en algo anecdótico muy lejos del perseguido resultado final. Pero quería dejarlo registrado antes del temido momento en que me tocara despertar. Y el caso es que, a medida que pasaban los días, fui sintiendo como si algo ya me estuviese queriendo preparar para ello. Despertar con otros ojos, con otra visión, para vivir como si no hubiera un mañana del que temer, aprovechando lo que tengo (mientras lo tenga), divirtiéndome con tonterías, y haciendo lo que quiera sin esperar nada a cambio. Cuando vas bien, en el fondo lo sabes, aunque el camino se haga demasiado largo y cansado y den ganas de tumbarse en cualquier lado y pasar de todo. 

Ayer vi una de las pelis más malas y ridículas que se hayan hecho, con uno de los actores que menos me gustan, y con el humor más simplón del mundo. La vi porque, por casualidad, alguien la comentó; en realidad, comentó su final, y me sentí tentada a comprobar lo que decía. Así que la busqué y me la guardé para verla en alguno de esos momento coñazos y aburridos del verano en los que no sabes qué hacer y te pones “algo ligerito” para pasar el rato. Supongo que tenía que ver esa peli. Nunca lo hubiera hecho por mí misma, así que supongo que tenía que toparme con ese comentario que me llevó a ella. Y sí, es una peli estúpida hecha para estúpidos que, sin embargo, te hacen pensar (suponiendo que no seas estúpido y la vieras por casualidad).

Desde aquella final hasta esta película, pasando por la historia y origen del mundo, he estado intentando reubicar mis ideas, armar un puzle difícil, entender algo que aún no entendía. Tenía pistas, muchas, tenía a mi espejito mágico al otro lado del Canal de la Mancha, pero el faro seguía alumbrando un mar incierto, oscuro, y lleno de peligros y bichos de otros mundos. Hasta que algo por fin ha hecho click, y las piezas del puzle han empezado a encajar, y el faro ya no sólo alumbra el camino, sino que te ilumina.

Todo parece tener un nuevo sentido, pero aún necesito tiempo para creérmelo. Creerme que cuando no esperas nada, llega algo. Que las oportunidades hay que agarrarlas, pero sin someterte a ellas. Que el azar no es controlable y de poco sirve ponerse o quitarse (mejor tomarse una birra y aceptar lo que te toque). Me cuesta porque, en parte, siento que estoy renunciando, que me estoy rindiendo, que me estoy conformando. O igual todo esto es la tormenta que precede a la calma como una especie de esperanza autoinducida. En cualquier caso, ¿cómo ignorar lo que parece obvio? 

Da igual lo que pase, y da igual cómo funcione esto porque no puedo hacer mucho más que intentarlo. Tengo un barco, una tripulación y un faro que funciona. Sólo tengo que aprovechar lo que pueda, y dejarme llevar por las olas. Y confiar en que ÉSE es el camino. Parece fácil. Y hasta suena bien. 

Estamos aquí un segundo. 
Nada es tan importante. 

Pero eso lo entiendes al despertar. 

sábado, 13 de julio de 2024

Red-letter day

La pasada noche de San Juan me armé un plan de ensayos que empezaría el 24 de junio; sin saberlo, un día señalado para otra persona (y de rebote, también para mí), ya que ese día acababan las votaciones de algo que se sabrá en julio, y que, sin saberlo, resulta ser el mismo día en que yo acabo mi plan de ensayos. 
Esa noche de San Juan el directo comenzaba con una intrigante canción (24-25), aunque yo no lo vi hasta el 24, en la víspera del otro día señalado, el 25. Todo muy "conveniente". 

A esas alturas ya estaba entendiendo otra vez (a ver si es la última) algo que ya debería haber entendido en el pasado, pero se me escapaban las razones. ¿Y por qué buscarlas? Tampoco las hubo en su momento. ¿Por qué tiene que haber razones? A veces, las cosas son como son. A veces, la gente es como es. ¿Razones? No creo que las sepa nunca, y si así fuera, no creo que llegase a entenderlas. De hecho, estoy en el mismo sitio por tratar de entenderlas entonces. He necesitado mi tiempo para recoger de nuevo los pedacitos rotos que quedan después de la explosiva verdad. Y he vuelto a construir con ellos una renovada esperanza de éxito. No creo que hagan falta las palabras, las explicaciones, o los reproches. Las cosas siguen pasando hasta que las entiendes. Y cuando lo consigues, aunque haya costado, te ves envuelta en una energía rara que te empuja en otra dirección, y te lleva lejos de los lugares conocidos donde ya sólo quedaba estancarse. Lo que necesito lo tengo, y si necesito más, lo tendré (y con esa ligereza que da el no forzar nada). Y lo sé porque cuando una busca, encuentra. Y si te concentras un poco, lo encuentras rápido, porque está en cada detalle. 

Muchas lecciones aprendidas este último mes. Muchas respuestas. Muchos caminos abiertos. Y mucha responsabilidad para no darle un mal uso a todo lo aprendido, y sobre todo, para no precipitarme y perderlo. Siento como si tuviera que proteger algo muy valioso de todo tipo de amenazas, manteniéndolo a salvo de las garras de bestias incansables. 

Y con esta bombona de oxígeno para el alma, y la certeza de lo indescriptible encaré el último cásting que me entró hace apenas dos días. Un cásting que también traía "mensajes" en su descripción, y que fue lo que hizo que me lo tomara con más optimismo del habitual. Tanto me lo creí, tanto, tanto confié en mi suerte, que al acabar de mandar los vídeos que pedían, me entraron unas inexplicables ganas de llorar. Y no sé si eso tiene más de una lectura, pero para no sabotearme, mejor me despreocupo, y me centro en seguir las indicaciones. Me asusta tanto acertar como equivocarme (aunque, obviamente, hay miedos que saben mejor). 

Mañana se la juegan España e Inglaterra, en esa final de Eurocopa que tanto quería. Acerté con eso, quién sabe... lo mismo vienen más días señalados después. 



domingo, 16 de junio de 2024

Apuntes

Seguimos tropezando en las mismas piedras. 

Seguimos mordiendo los mismos anzuelos (¡picaste!). 

Pero buscamos la excusa para ceder siempre: por dinero, por mamá, por mejorar, por encajar... 

Ayer mismo pensaba en la suerte que tengo teniendo lo que tengo; en realidad, sólo la tengo a ella (los demás ni siquiera me caen bien). 

¿Seré yo? ¿Acaso exijo demasiado? ¿O estoy en una dimensión aparte donde mi lógica no aplica en el mundo real? Sí, puede que sea yo... cada vez más misántropa, cada vez más nihilista, cada vez menos tolerante. Al menos sé usar todo eso para reírme, para darle mi propio sentido a lo que no lo tiene, para crear algo bueno, y para destruir lo malo. 

Puede que navegue en aguas turbulentas, pero sé que dispongo de un buen barco, y que siempre tendré a mano mi cuaderno de bitácora para no perder detalle.