Siempre hay que buscar la motivación en lo que se hace, si no, al menos en mi caso, es casi imposible llegar a buen puerto con algo. La motivación lo es todo. Por rara o estúpida, que sea. Si tú te lo crees, es el motor que necesitas. Y si hay algo por lo que yo vivo es que aquello en lo que creo, me lo creo de verdad. Así que en poco más de un mes, tendré al menos tres razones por las que brindar.
Este año no está yendo muy bien de trabajo, parece más un año de siembra que de cosecha. Con Nacho Castillo tengo algunos proyectos, pero tienen que crecer, la revista no es que me deje mucho dinero, el monólogo está en proceso, y lo único medio en condiciones que encontré, sólo me dio una alegría y numerosos dolores de cabeza. Y yo no soy de aguantar mierdas. En cuanto me vi desperdiciando un día entero en darle mil vueltas a un asunto, supe que ese asunto se tenía que acabar. Aguanté un poco más, porque no era un buen momento para mandar a personas y trabajos a la mierda. Me parecía más inteligente morderme la lengua un tiempo y ver qué pasaba en medio, aunque soy de pensar que las cosas insostenibles caen por su propio peso, y que en esos casos, cuanto antes caigan mejor. Y así fue. Porque la vida y sus vueltas, me llevaron al mismo sitio desde el que partí, y me dio la oportunidad de oro de ser yo misma. Y eso (perdona, mamá) vale más que todo el dinero del mundo. Por otro lado, el empujón que necesitaba para ponerme con lo mío, para no depender de nadie, para que no me digan una cosa y hagan otra, para que no me tomen por tonta, para no mendigar, para no regalar mi trabajo, ni tragar con lo intragable. Haciendo uso de mi libertad de expresión, dije todo lo que tenía que decir, gané en salud, y salí por la puerta grande. Se queda una en la gloria, en serio. Y a fin de cuentas, como decía un amigo, en mi hambre mando yo.






