domingo, 31 de octubre de 2021

EXPLOSIÓN

¿Coincidencias, casualidades, puro azar? Llámalo X. Probablemente no sea más que eso, pero ¿y si no? Si la imaginación es tan poderosa como dicen ¿podemos manipular las cosas que pasan? Y de ser así, ¿corremos el riesgo de entrar en un terreno peligroso? 

Imaginarlo… parece poca cosa porque, ¿qué pasa cuando lo que imaginas está en manos de alguien más? ¿Qué pasa si no depende exclusivamente de ti?

Imaginarlo del todo, imaginarlo con todo… y explotar. ¿Tiene esa explosión el alcance suficiente para mover los hilos que no son tuyos? ¿Llega hasta allí la onda expansiva?

Sí, salió mal. Pero era algo demasiado bonito para no intentarlo. Demasiado fuerte para dejar de imaginarlo. Demasiado auténtico para no explotar.

¿Y si eso ocurre esta noche? 



viernes, 24 de septiembre de 2021

CHECK!

Las luces rojas de la primera mitad del año se pusieron en ámbar el 23 de junio, que fue el día que descubrí que los seis meses anteriores habían valido la pena. A partir de julio, todas estaban ya en verde. Tenía una lista de 20 cosas que quería hacer en 2021, unas más realistas que otras, y curiosamente, la mayoría de ellas las taché de la lista mientras esperaba a que las luces rojas cambiaran de color. Acaba de empezar el otoño y puedo decir con "orgullo y zatizfación" que el 80% está hecho. Y me refiero a cosas que, cuando las apunté en mi lista, ni siquiera yo me creía que pudiera alcanzarlas. Al menos en esos momentos. Por poner un ejemplo, una de las cosas que escribí fue superar mi amaxofobia y (entre paréntesis) "si lo consigo, comprarme un coche algún día". Empecé a conducir el coche de Mario regularmente durante semanas, y de pronto un día, nos roban el catalizador y nos quedamos sin coche. Lo que parecía una desgracia resultó ser un deseo cumplido (de los poco realistas): comprarme un coche. No soy Alonso, ni me animo a hacer viajes largos todavía, pero conduzco MI coche cuando me hace falta, y a veces, hasta por placer (doble check).

El verano lo he tenido bastante ocupado: grabé mi primer audiolibro, me fui de viaje a Barcelona, limpié, ordené y redecoré mi casa (que me llevó 8 días a tiempo completo e innumerables bolsas de basura con cosas que ya no necesitaba), y me vine a mi piso de la playa para terminar un par de proyectos que tenía dando vueltas en la cabeza y para los cuales necesitaba "cambiar de ambiente" (check). Aquí sigo, de hecho. Me vine para tres días y llevo casi una semana. Es increíble lo que se aprovecha el tiempo cuando no hay distracciones. Como me gusta estar sola, pero no sentirme sola, me traje a mi perro conmigo, y como tenía que sacarlo a pasear, hemos acabado yendo a la playa cada día y me he bañado más que en los últimos veranos juntos. Este entretiempo es maravilloso, cuando no hace ni frío ni calor y puedes dormir desnuda con una sabanita por encima, ir a la playa sin achicharrarte ni cagarte de frío al salir del agua y, en fin, andar vestida por tu casa y no en bragas como una tarzana cualquiera.

Mi viaje a Barcelona merece una mención aparte, pero no tuve tiempo de escribir en su momento. Era otra de las cosas de mi lista. Tenía un billete de avión que cancelé el verano pasado y me caducaba en agosto, así que o lo gastaba o lo perdía. Sinceramente, cuando apunté "gastar el billete de avión" no creí que acabara haciéndolo, supongo que porque cuando lo escribí en la lista, lo último que me apetecía era viajar, y cuando se fue acercando la fecha límite, tampoco estaba muy segura de qué destino elegir con tantas restricciones y movidas. Cataluña estaba especialmente "mal" con la incidencia de contagios en esos momentos, pero no sé por qué, Barcelona era la ciudad que más me llamaba. Tenía otras opciones como las islas, que descarté porque pedían certificado de vacunación para ir allí y yo aún no estaba vacunada con la pauta completa, y Asturias, que también descarté porque es un destino al que le tengo muchas ganas pero (por razones personales) no era el momento. Quería un viaje para pasarlo bien, y no me lo hubiera pasado bien en Asturias. Barcelona, en cambio, me ofrecía muchas cosas, entre ellas algún que otro amigo, y sin darle muchas más vueltas compré el billete. Salir del aeropuerto del Prat no fue la odisea que yo me esperaba, y me planté en Plaça de Catalunya en ná y menos. Me alojé en un hostalito de la Rambla, junto al mercado de La Boquería, y esa misma tarde me fui a conocer la Barceloneta. A la vuelta, por la noche, me recorrí gran parte del Born y del Barrio Gótico, y en la Plaça del Pi, un tipo borracho que vendía dibujos se puso a hablar conmigo (hablar es un eufemismo) y como le dije que era de Granada y él era fan de Miguel Ríos, me acabó regalando uno de sus dibujos (debió pensarse que el hecho de ser de Granada me convertía en pariente cercana de Miguel). A la mañana siguiente quedé con mi amigo Eduard para tomar algo (una quedada más corta de lo que nos hubiese gustado a los dos). Nuestra charla, casi meramente profesional, me brindó una frase que apunto para no olvidarla "si la vida te da la oportunidad de hacer algo, no lo pienses y hazlo. La razón siempre tiene buenos argumentos para que te quedes como estás, y además te convence de que es una decisión acertada". Viniendo de boca de alguien que fue más intuitivo que racional en su momento y le salió bien (bien es quedarse corta), me tatúo esa frase a fuego en la memoria. Por la tarde-noche me cogí el metro hacia Plaça de Sants porque eran las fiestas del barrio y quedé allí con otros dos amigos: Andrés y Migue. Es indescriptible el placer que da reencontrarte con gente que hace años que no ves. Ambos eran colegas de la época universitaria, con Andrés incluso compartí piso un mes y medio. Volver a verlos fue un regalo para mí, porque ellos también estaban de vacaciones (en su caso por el sur) y hasta un día antes no estábamos seguros de que fuésemos a coincidir. Quiso el destino que así fuera, y fue la noche más guay de todas, la única que salí de fiesta, bebiendo en la calle como en los viejos tiempos (me siento mayor diciendo esto, pero es así) y acostándome a las 3 y pico, feliz y contenta, y con otro recuerdo de BCN: un vaso de las fiestas de Sants que sólo costaba 1€ (y 1,5€ rellenarlo, así que también me acosté borracha). A Migue lo volví a ver al día siguiente cuando fui a visitar el Park Güell, porque a él le pillaba por la zona, y cenamos juntos (el parque ni lo vi porque ahora cobran por entrar a cualquier sitio). Puedo decir que es de lo poco que no vi porque, por lo demás, me recorrí gran parte de la ciudad, y el 90% andando, así que me topaba con un monumento a cada paso. El último día hasta me pasé por la casa natal de Serrat, en el Poble Sec, que no tiene nada que visitar porque sólo es una placa en un edificio, pero me pillaba medio de paso para ir a Montjuic. Esa noche, que ya era la última, cené en un restaurante del Paseo de Colón ("Picnic", si no recuerdo mal) mirando al mar, y al camarero le debí caer bien porque estuvo todo el rato sentado a mi lado en la terraza hablando conmigo, y me invitó a un chupito antes de tener que irme (porque estaba en la gloria pero tenía que levantarme a las 6 para llegar a tiempo al aeropuerto al día siguiente). La ida fue Granada-Barcelona, pero la vuelta era Barcelona-Málaga y el avión llegó antes de lo previsto. Por suerte, el conductor del autobús a Granada se enrolló y me metió en su viaje para que no tuviera que esperar una hora y media al siguiente autobús (que era el que yo había comprado por si había retraso). Para la hora de comer, ya estaba en Granada (check).

Desconectar siempre es un placer. A veces, es incluso una necesidad. No hace que por arte de magia te olvides de todo, pero te da otra perspectiva. Seguramente, la que necesitas. Quizás no para olvidar (de hecho, no debemos olvidar) pero sí para que no nos afecte. Y si no, siempre puede aparecer alguien para decirte que "tú no eres tan histriónica", que "no hay comparación posible", que " fuera, porque quien le hace daño a mi Beba me lo hace a mí"... y esas mentiras piadosas (o no) que te dice la gente que te quiere. Y este año he podido descubrir quiénes son esos (los que están ahí, los que se quedan en tu vida aunque sea de lejos, los que se disculpan cuando la cagan contigo), lo que te deja ver mejor quiénes son los otros (los que nunca están, los que ponen excusas increíblemente estúpidas para no verte, los que se van sin remordimientos, los que nunca te pedirán perdón). Y aunque sea triste resignarse ante ciertas cosas, es infinitamente más triste tragar con todo. Una purga, aunque sea amarga, siempre va a ser la mejor opción, y yo ya estoy casi limpia. 

Hoy regreso a Granada con el trabajo terminado y mil ganas de meterle mano a la siguiente fase del proyecto, que empieza a tomar una forma tan real que me asusta. Sólo que ahora, todo lo que me asusta lo convierto en un reto y lo añado a la lista. Porque de verdad, de verdad, que es un placer poner check!


jueves, 29 de julio de 2021

Enemigos íntimos

Existe una línea muy fina entre la realidad y la imaginación. Voy a usar esa línea para intentar ponerle palabras a algo de lo que me resulta difícil hablar por lo grotesco, por lo injusto, por lo excesivamente real. Y empezaré por el final: hace cosa de un mes, uno de mis mejores amigos murió. En todo este tiempo no he podido hablar de ello con nadie, ni siquiera conmigo misma (que es la razón por la que escribo). No puedo decir que no lo haya aceptado (se veía venir), pero tampoco puedo decir que me parezca bien, ni que lo haya asumido del todo.

Tenía una enfermedad crónica cuando lo conocí, y se podría decir que la sufrí con él desde entonces. Curiosamente, cuando se nos vino encima la pandemia de coronavirus, su enfermedad, lejos de complicarse, pareció mejorar; de hecho, lo hizo. Apenas tenía síntomas, estaba más sano que nunca. Para mí era tan difícil de creer como un milagro, que es lo que parecía. Y así de vivo y saludable estuvo casi seis meses hasta que un día fui a verlo y lo noté… raro. Aunque para ser sincera, lo raro era verlo bien. Estaba, pues, como siempre, mostrando signos de su enfermedad casi imperceptibles para los médicos, pero no para mí. Y por desgracia, no me equivocaba. Fue cuestión de semanas verlo de nuevo ajado y decrépito.

Si bien no hay enfermedades bonitas, la suya era especialmente fea. De esas que convierten a una persona encantadora en una especie de monstruo sin escrúpulos que provocan más miedo que compasión. No es relevante para la historia mencionar de que enfermedad se trataba, pero para la tranquilidad de muchos, no era COVID.

Cuando recayó estuvimos meses sin hablar, su actitud era intolerable, cosa que pude confirmar cuando un día me escribió para decirme lo encantado que estaba con su vida desde que no sabía de mí. Sé que no hablaba él, sino ese falso orgullo derivado de la enfermedad que se lo estaba comiendo por dentro, pero aun así me pareció que seguirle el juego no ayudaba mucho, y con las mismas lo dejé a su aire. Es muy difícil explicar cómo se siente una cuando no puede hacer nada de nada frente a algo tan duro, especialmente cuando ya lo hiciste todo anteriormente y sólo sirvió para empeorar la situación. Se te pasan mil cosas por la cabeza, pero estás atada, sólo puedes sentarte a maldecir y echarle la culpa a algo o a alguien que ni siquiera existe. Y un día te rindes, y dejas que las cosas pasen como tengan que pasar aun sabiendo que puede pasar lo peor. Y así, con esta actitud nihilista, te levantas un día y te dan la inevitable noticia: ha muerto. Es por toda esta movida, entre otras, que este año me he “encerrado” un poco más de lo normal, y he rechazado opciones de trabajo, he dejado pasar oportunidades, y he renunciado a proyectos que me hacían muy feliz pero que ya no tenían sentido.

Entender por qué pasan estas cosas es darse de cabeza contra un muro. Es como preguntarse por el holocausto, por qué hay guerras, cómo es posible que un padre mate a sus hijas… ¿por qué tanta injusticia, y tanto dolor? Es demasiado complejo para intentar “entenderlo” sin volverse loca, sin llenarse de ira y sin acabar abocada al irremediable cinismo. Pierdes la fe en la vida, y eso trae las peores consecuencias. Así que, sin entrar en pajas mentales, que uno de mis mejores amigos se vaya para siempre (sea cual sea la explicación, si es que la hay) siempre deja un vacío. Llenar ese vacío es importante para seguir adelante, y como no he encontrado maneras “bonitas” de hacerlo, me he enfadado con él. Ha tenido la desfachatez de irse sin avisar, sin haber hablado conmigo antes (con todo lo que teníamos que decirnos), sin decir adiós. Ha sido tan desconsiderado conmigo que me hizo entender que estaba bien, cuando él ya sabía que se estaba muriendo. Cuando me enteré de la noticia, ni siquiera pude llorar. Me quedé fría, pero no reaccioné. Era algo que sabía que podía pasar, pero me aferré tanto a la esperanza de un milagro, que me lo creí. Tenía que salvarse. Punto. Y de pronto, sin previo aviso, sin verlo venir ni remotamente, la vida te da la hostia de realidad que seguramente necesitabas. Ya está, se acabó.

Cuando ya pude llorar, lloré mucho. La muerte es irreversible, no puedes pensar “voy a hacer algo al respecto”. No, ya no se puede hacer nada, ni decir nada. Sólo queda aceptarlo. Si no puedes luchar te tienes que rendir. Y a mí me costó varios llantos contemplar la rendición. Él ya no me puede escuchar (aunque en vida tampoco lo hizo nunca), pero si pudiera decirle algo, le diría que “gracias por todo, hasta por las lágrimas. Porque gracias a ellas sé que todo fue de verdad. Que no fuiste una bellísima persona (para qué engañarnos) pero fuiste mi persona favorita por muchas razones que nadie comprendería, ni siquiera tú. Y aunque no entienda esta vida, porque no la entiendo ni la entenderé nunca, no me queda más remedio que seguir en ella, y hacerlo bien (ya sabes, riéndome y emborrachándome, y rodeándome de cosas bonitas, sino pa qué…). Si existe un más allá consciente, espero que me recuerdes como la persona que te mandó a la mierda muchas veces porque alguien tenía que hacerlo para bajarte los humos, y que entiendas de una vez que eso sólo lo haces con la gente que te importa, que una no se toma esas molestias por cualquiera. Que espero encontrarte en otra dimensión algún día, y tener esa charla pendiente. Y que, hasta entonces, intentaré recordarte lo justo y de la mejor manera”.

La noticia de su muerte me llegó a pocos días de que se casara mi hermano, es decir, en mitad de un montón de preparativos, de citas, de pruebas y ultimando el guion de la ceremonia, porque encima los casaba yo. No sé cómo lo hice, pero lo hice, y lo disfruté, y me lo pasé genial. No pensé en él ni un momento. Pero sabía que en cuanto pasara la boda, llegaría la cascada de recuerdos que ya no podría mantener contenida por más tiempo.

Me decidí a escribir cuando una noche, por casualidad, vi la peli de Coco sin saber de qué iba. Ahí, por fin, pude llorar. Mucho. “Si la muerte se parece en algo a lo que muestra la peli, seguiré enfadada con él hasta que me pida perdón por todo, aunque sea después de muertos”. Y con ese pensamiento “estúpido e irracional” conseguí quitarme la pena de encima. Para eso sirve contar historias de fantasía. Porque, aunque no sean realistas para nada (o precisamente por eso) te pueden llevar al sitio justo que necesitas para seguir en esta absurda realidad con un poquito más de alegría. Para qué si no si inventaron las religiones, por ejemplo... Yo, que no creo en nada, me aferro a todo. Aunque sólo sea para darle sabor a las cosas. La vida de Pi es una de mis pelis favoritas por eso; refleja muy bien mi forma de pensar: la realidad es la que es, pero si la cuentas de otra forma, mola más.

Yo he querido contar esta historia de otra forma para que "mole más". Pero en ambas versiones los protagonistas son los mismos y el resultado también: que mi enemigo íntimo ya no está.


domingo, 6 de junio de 2021

Por si acaso

Por si no estoy, por si no estás. Por si me voy, por si te vas. 

Por si me olvido, por si recuerdo. Por si te lo encuentras de casualidad.


Primera impresión, prudencia, esperanzas, tropiezos, renovar ilusiones, billetes de ida y vuelta, “sé tú misma”, “no lo seas”, decir y callar, mentiras, creer sin más, mudanzas, mucho miedo, puñalada mortal.

Oscuro.

Portazos con dignidad, madrugadas sin ella, estrategias, reflexiones, palabras sinceras, “no te alejes tanto” (y tú cambias de ciudad), cartas de despedida, voces que tiemblan, maletas, carretera y mar.

Oscuro.

Desliz, lagunas, “te veo más allá”, una noche y media en dos semanas, una mala idea en media noche, necesidad de escapar, “perdón”, “amigos”, “no amigos”, experimentos, lazos invisibles, verdades de verdad, "lo sabes”, “lo sé”, ese proyecto, todo compartido, las casas, las llaves, “no me sueltes nunca”, “no lo sé”, “no quiero saberlo”, luz de gas.

Oscuro.

Excusas, mentiras mentirosas, la peor frivolidad. 

Oscuro.

Todo. Sólo para que conste, se hizo todo.

Y entre acto y acto los madrugones, las sustancias de colores, los papeles arrugados, deadline, y dioses y estrellas y lunas y universos, los deseos y las realidades, el cinismo, la fe ciega, el fracaso, el escepticismo, y otros ojos, y otras bocas, y otros sueños, más deporte, más pensar, más en mí, y los estudios, y las promesas, y el libro de quejas y reclamaciones, pedidos defectuosos y devoluciones, la paciencia infinita, el “ya no me lo creo”, el destino, las decisiones, los errores y los aciertos, signal… 

Si no es ahora, no quiero que sea más. 

Oscuro.

Al final, no se puede negar que somos, en efecto, unos idiotas. 


Telón.


miércoles, 2 de junio de 2021

Un empujón más

A una semana de mi cumple, me veo llegando con el último aliento al final de la carretera, a una rotonda iluminada donde elegir dirección y poder entrar… quién sabe dónde. Porque espero que ese día 8 sea el último día de muchas cosas, y el principio de algo nuevo que, últimamente, veo reflejado en todas partes: en el cascanueces, en la niña de “esa” peli, en el momento que encontré la magdalena, o en las mentiras piadosas que nos cuentan las estrellas a las que miramos hacia arriba de vez en cuando. Todo lo que es, es porque lo pensamos (los peripatéticos y yo estamos aprendiendo tanto. “Merlí, ens fots trempar!”). 

Mi coche, mi biblioteca, mi acogedor rincón… nuevos espacios para nuevas cosas. Viendo destinos para un billete de avión a punto de caducar, y con los faros mirando lejos, al norte, a un lugar imaginario de un pasado también imaginario. 

Los fotogramas del corto empiezan a tomar forma, aunque la música tendrá que esperar un poco más. El último intento destrozó algo muy querido que ya no debía tener. Y se destrozó algo más en ese momento: la otra mitad de dos partes aparentemente irreconciliables. 

El 9 de mayo se dio por terminado el estado de alarma y el toque de queda, y parece que empezamos a estar donde siempre estuvimos. Y todo coincide… el color de las cálidas noches de primavera, tanta luz natural, las salidas eternas desde el barrio hasta los rincones más desconocidos… Y aunque no esté donde siempre, estoy para quien me busque (a boca llena). Hasta entonces, mejor de lejos, mejor en calma, mejor callados. 


sábado, 1 de mayo de 2021

Ese día, como por arte de magia...

Contexto: Plena primavera. Plena transición; ese espacio nebuloso que una vez que se sobrepasa marca el punto de no retorno; ese momento crítico del ahora o nunca. Las sábanas ya no eran de pelito. Mitología grecorromana en curso. Las series del momento eran Los Soprano (sí… aún no la había visto) y Stranger Things. Me enfrentaba a mi amaxofobia con éxito. Algunas restricciones se habían relajado. Las noticias ya hablaban más del debate político madrileño que de picos y olas víricas.

Ese día, aún inmersa en la mitología grecorromana, y tras haber ordenado las infinitas figuras que la componen, me encontraba estudiando los orígenes de nuestro calendario. También ese día (esa misma mañana) habían terminado el edificio de enfrente. El mismo edificio que en diciembre (que, por cierto, debe su nombre al ordinal décimo) estaba en los cimientos, y que mirándolo desde mi balcón pensé entonces “para cuando esté terminado algo importante va a pasar”. De estas cosas que no te esfuerzas en pensar, sino que simplemente llegan a tu mente como una revelación sin saber por qué. En un par de meses lo levantaron, pero una parte de la fachada aún estaba en ladrillos. Se tiraron como dos meses más poniéndole chimeneas a la azotea, colocando vidrios y añadiéndole florituras al bloque, pero esa parte de la fachada seguía desnuda. Ese día la recubrieron, y el edificio quedó terminado. No un día antes, ni un día después. Ese día.

La noche anterior, como algunas otras noches, me invadió la insatisfacción por todo, pero esta vez fue distinto. Sin razón aparente, se me vino encima el peso de mil cosas juntas. Me encomendé a todos los dioses griegos, a sus equivalentes romanos, a los hindúes y a los nórdicos, y me dormí hecha una sopa de desperdicios, vencida de asco e impotencia por no poder encontrar la luz que me guiara hacia la salida del laberinto. 
Ese día, el calendario gregoriano empezaba a tomar forma, y cuando atendí el teléfono, me dejé a medio escribir la palabra “sin embargo” (sin emb), y el cursor intermitente se quedó ahí parado como parado quedó el tiempo. Había imaginado el “cómo”, había imaginado el “por qué”, y atiné con ambas. Ese día era miércoles y era un día cualquiera, sólo que no lo era. 
Ese día, por un rato, creí tener lo que quería, pero nada más lejos… porque ese día tenía que tomar una decisión importante que no vi clara hasta la mañana siguiente en la lucidez del despertar. Y tras muchas maldiciones intraducibles acabé aceptando el mensaje oculto y respiré aliviada al no haber echado por tierra todo el tiempo invertido y conformarme con un pedido defectuoso (que esto no es AliExpress). En contra de todos mis deseos más profundos, tuve que rechazar el trozo de tela que me correspondía porque olía de lejos a trampa mortal del destino. Y una vez más, hacer lo correcto no me reportó ninguna satisfacción, sino que me dejó flotando en un mar de dudas más salado de lo normal. Porque no basta sólo con hacer lo que te conviene; también hay que desear lo que te conviene, y ahí es donde se abre la clásica guerra entre cabeza y corazón. Y como ya he adelantado, ganó la cabeza y el corazón se desangró. 

El viernes, con la herida todavía cicatrizando, mandé todos los archivos dañinos a donde no pudiera verlos, hice limpieza visual y me organicé un plan para mayo con el que poder “celebrar” el cierre tan necesario de una puerta que, tarde o temprano, me abriría mil ventanas.
Para una agnóstica como yo, que no cree en nada pero que eso no significa que todo pueda existir, los momentos de magia son la sal y la pimienta de la vida en un mundo, generalmente, carente de ella. Pero cuando un momento mágico desemboca en certezas que lo pudren todo, el resultado es algo tan soez y vulgar que sólo desprende lástima, y otorga un mal nombre a todo lo bueno que lo rodeaba. Y es entonces, con todo el asco, cuando hay que afinar el cristalino para que no se te desenfoque la realidad. Y entonces ves el ladrillo sucio detrás del diamante imaginario, y se te repite en bucle la estúpida imagen de echar margaritas a los cerdos, y acabas aceptando decepcionada, pero de buena manera, la decisión racional de no conformarte con migajas sabiendo que mereces el bollo entero (nadie debería aspirar a menos). Y como la vida es misteriosa, no hubo opción de recular (lo que dejaba más claro el camino) y me propuse firmemente plantarme, y los signos de interrogación se esfumaron para dejar paso al punto y final. 
Ponerse bajo el microscopio no es para cualquiera; te obliga a reconocerte y eso da miedo, pero si te animas a hacerlo puedes deshacerte del saco de mierda que has heredado en algún momento de tu vida, y dejar de cargar con lo que no te corresponde, en lugar de utilizarlo como excusa para justificarte por todo. Pero cada cual que lo aprenda a su tiempo (mientras tanto tenemos Netflix).

Ese día, con el edificio terminado, sí que pasó algo importante: ese día, como por arte de magia, escapé del laberinto. 


domingo, 11 de abril de 2021

Non-stop

Durante todo el invierno, mi vida estuvo sufriendo una serie de cambios dentro de una etapa gris marcada por la nostalgia y el enfado dándose el relevo por turnos. Una etapa sin aparente sentido en la que tuve que ir renunciando a casi todo lo que me gustaba por motivos justificados, aunque no por ello satisfactorios. Una paradoja de sacrificio de la felicidad por la felicidad, como siempre incierta y misteriosa. El bullicio paranoico del exterior, entre olas, picos y curvas víricas me era absolutamente ajeno. Me sentía víctima de hados retorcidos jugando a poner trampas macabras en un camino sembrado de falsas promesas, y minando la poca fe a la que una podía agarrarse. “Por mí que reviente el mundo”, y me eché a dormir mucho tiempo para recuperar la identidad perdida. 

Un par de llamadas desde Madrid arrojaron algo de luz a mi panorama gris. Con la primera conseguí reubicarme; con la segunda, encontré una buena forma de ocupar mi infinito tiempo libre. Antes de eso, mi empeño para no pensar en nada que no fuera mínimamente productivo, estaba puesto en unos cursos online, que a fuerza de madrugones y voluntad conseguí sacarme (algún día estaré muy orgullosa). Pero necesitaba más, una meta, un objetivo claro. Y llegó con esa segunda llamada. Ahora, de forma casi obsesiva, siento que estoy enfocada en algo, y como unas cosas llevan a otras, y otras a otras, estoy que no doy abasto. 

Así, con el ritmo acelerado del no parar, sin darle tregua a la mente y negándole a la memoria sensorial el más mínimo indicio de flaqueza, me vi muy lentamente llegando al ecuador. Esa imperceptible línea que separa el antes y el después, el ayer y el mañana, lo que fue y lo que será. Pero como en toda transición, hay momentos de dudas en los que rehúsas soltar lo malo conocido para abrazar lo bueno por conocer, y momentos lúcidos en los que ves que el cambio es necesario te lleve a donde te lleve. Porque, curiosamente, la resistencia tiene un límite, pero hay que llegar a él para entenderlo bien. Puedes notarlo cuando tomas conciencia (paradójicamente, entre fiebres y delirios) de esa frase trillada del “no somos nada” a la que siempre recurrimos a destiempo; o cuando en un segundo ves peligrar la salud de alguien a quien quieres, y todos tus estúpidos problemas existencialistas desaparecen ante la idea de que desaparezca esa persona. 

No es un cambio de actitud radical, pero es un avance. Un avance que llegó con otra primavera robada (esta vez por partida doble), en la que se siguen escuchando, allá donde vayas, las charlas infumables de los cuñaos todólogos aderezadas con el ruido incesante de los medios de comunicación. Y mientras el mundo de ahí fuera discute el valor de la vacuna (trombo arriba, trombo abajo), qué marca es mejor, “a mí cuándo me toca”, en mi mundo de pequeños avances no todo el camino está andado, y aguardo con mayor expectación que la ruleta rusa de la vacuna, la fuente milagrosa de mi propia inmunidad; cuando la música no sea un dardo venenoso, cuando un domingo no sea distinto de un martes, cuando las ciudades vuelvan a ser ciudades y regresen las carreteras lejanas, el calor del sol y los aromas de playa; cuando la imaginación no tenga límites fronterizos entre villa azul y villa blanca, y cuando se corten, de una vez por todas, los hilos engañosos que nos enredan. 

Entre tanto, el silencio apremia.