domingo, 3 de enero de 2021

Sobre aquello que elegimos



En estos tiempos en los que moverse tiene mil impedimentos, yo he conseguido hacer un viaje de lo más austero y de lo más necesario. Evadirse de todo es una buena forma de resetear. Pero mi desconexión social no ha implicado parón. He estado (y estoy) estudiando y trabajando en varias cosas que me tienen tan ocupada como ilusionada, y sólo en los descansos me permito echar la vista atrás para entender algunas cosas de mi presente, intentando juntar cuatro palabras seguidas cada día para poder escribirlo. Y no es tarea fácil tener que recordar aquello de lo que quieres olvidarte. Para sentarme a escribir esto he necesitado ordenar y descartar meses de apuntes, reconocer sentimientos encontrados que no podía describir, y hacer un difícil ejercicio personal para gestionar tanto de todo, y todo tan desbordado. He necesitado, además, encontrar el espacio adecuado, la serenidad mental, el sustancial momento de lucidez, y una botella de Chivas (que siempre ayuda) para meterle mano al asunto.

El 2020 llegó a su fin. Un año que quedará en la memoria colectiva como el año de la pandemia de la Covid-19. Pero la memoria individual alberga más cosas que un único hecho general. Para mí el 2020 no sólo será recordado como el año de la pandemia. Lo recordaré por un millón de cosas que ocurrieron durante la misma, y serán recuerdos agridulces, como suele suceder con los recuerdos que son importantes. Lo recordaré como el año que lo gané todo, lo perdí todo y lo aprendí todo. Porque el 2020 nos enseñó lo que es esencial, y lo que es meramente decorativo. Porque nos mostró la fragilidad de la vida y la importancia de un abrazo. Porque se portó lo bastante bien como para no dejarnos saborear la soledad más amarga, y lo bastante mal como para restregarnos los errores. Porque nos brindó la oportunidad de una realidad alternativa con opción a compra. Porque nos hizo más humanos de lo que somos. Porque sucede a nuestros nombres, y porque nos puso en la cara lo que hay, y nos hizo elegir, y elegimos… Y elegimos creyendo ser honestos con nosotros mismos, sin acordarnos de ser honestos con los demás. Elegimos no tenernos por si mañana nos perdemos. Elegimos ser cobardes y no escuchar más. Porque parece que el calor y el frío no se llevan bien (aunque no hay que ser muy listo para entender que juntos conforman el clima perfecto). 

Pero empecemos por el principio. Hacía meses que algo me venía pinchando. Me sentía bien en general, pero era como tener una piedra en el zapato. Cada equis pasos la notas y molesta. Esa era mi sensación. Mi vida tenía una piedra en el zapato. Tú no haces mucho caso y sigues caminando, pero la piedra está ahí, manifestándose de vez en cuando en dolencias físicas y pensamientos poco agradables. Adelantándome a los acontecimientos, me senté frente al ordenador y redacté un plan de salvamento en el que me marqué una serie de objetivos a cumplir a corto y largo plazo. Necesitaba anclarme a algo antes de soltar lastre para no acabar a la deriva. Y en cuanto se me presentó la ocasión (que a esas alturas sabía que estaba al caer), no me conformé con sacarme la piedra; directamente tiré el zapato. Porque mi estúpido intento desesperado de sacar sólo la piedra y conservar el zapato (que era lo ideal) se quedó, literalmente, a medio escuchar, y con ese último golpe me rendí a la cruda realidad que, por alguna razón, siempre se empeña en llevarme la contraria. Diciembre contaba sólo cinco días. 

Renuncié a compartir más “quintas justas”, cambié aquel sonido triste por el de una vulgar guitarra, 47.213 mentiras, adornadas con animalitos de granja, se esfumaron en veinte minutos (eran mentiras pesadas), y le eché el candado a esa letra, que nunca dejó de ser una incógnita, para no tener nunca más la tentación de querer despejarla. Sé que hice lo mejor. Pero ha pasado un mes y sigo pensando lo que pensaba entonces: a veces, hacer-lo-mejor es una puta mierda, al menos de entrada. No obstante, y por más que me queje de mi suerte (porque al menos ese derecho me he ganado), soy de pensar que, aunque las cosas no salgan como una quiere, eso no significa que no puedan salir bien. De hecho, estoy en el camino adecuado para que así sea, pero es que da coraje (la vida parece maja…): ¿por qué no antes?, ¿por qué ahora?, ¿por qué así?, ¿por qué tanto ajetreo? Y por fin lo entendí. No es por qué, es para qué (maja no, majísima). Entender esto y darle sentido a cada respuesta ha sido tan sencillo como doloroso, pero era lo único que necesitaba para dejar de devanarme los sesos por mis ya famosas “inseguridades” heredadas.

Claridad. Era todo lo que me hacía falta. Si no hay claridad, si no sabes de verdad lo que quieres, estás literalmente perdida. Andas sin brújula, esperando que aparezca una estrella que te guie o el gato de Cheshire señalando algún camino aleatorio. Tener claridad es esencial para no ir a ciegas y dando tumbos, y yo la encontré en algún cajón de mi memoria. Ese cajón polvoriento donde guardamos las cosas que no nos gustan, como si dejando de pensarlas desaparecieran por arte de magia. Y ahí encontré la innegable falta de respeto, las mentiras más mezquinas, la sed de venganza con la víctima equivocada, la falsa honestidad, y una cruceta con los hilos enredados medio rota de tanto uso. Ese cajón era todo un imperdonable insulto a mi inteligencia. Por cada cosa que sacaba ganaba una armadura (y por cada armadura, una lágrima). Ya está casi vacío, y yo casi llena, y en todo este proceso siento que por fin he llegado al final del libro, que ya no hay más capítulos, que lo he terminado, aunque haya necesitado releer muchas partes para entender el final.

¿Para qué? Para aprender cosas nuevas, para ser más capaz en todo, para imitar virtudes y desechar defectos. Para evolucionar, y vivir la vida de la única forma que la entiendo: todo lo intensamente posible, porque es tan frágil y tan corta  que quedarnos con las ganas no es una opción válida. Y yo no he querido quedarme con las ganas de probar el único camino que me quedaba, aunque sea el más difícil, y ver a dónde me lleva.
"Ni tanto, ni mejor”, sólo diferente.



"Yo elegí dejar el regateo,
tú elegiste no comprar.
Yo elegí mi dignidad a tu compañía,
tú elegiste no escuchar más.
Tú elegiste jugar a perderme,
y yo te dejé ganar"

sábado, 21 de noviembre de 2020

Los pies en el suelo

Un paréntesis. No es más que eso. Un paréntesis de color azul y blanco con olor a mar, y canciones bonitas sonando de fondo. Sólo una imagen nítida en el distorsionado espejo cóncavo de un mundo gris. Cansa todo. Cansa tanto desequilibrio, el no saber, tanta incertidumbre acumulada; las distancias y las esperas, la descoordinación; la imaginación disparada, descontrolada, desconfiada...

Temiendo el momento del cambio. Ese cambio que te devuelve a la tierra, que te pone los pies en el suelo. Porque el miedo a que ese suelo se agriete y te trague, existe. Pero si eso ocurre, si el mundo se desmorona, al menos será algo real, difícil de encajar, pero real. El famoso y repugnante “así son las cosas”. Creo que, a cierto nivel, me lo veo venir, me lo espero, o al menos no lo descarto. Estoy medio preparada para lo que pueda llegar a pasar. Y digo medio, porque tengo la ligera esperanza de equivocarme. Una fe mínima pero firme en que, por alguna razón cósmica, irracional y casi utópica, pueda salir bien. Tonterías estimuladas para que digan la verdad, aunque la verdad sea tonta. 

Mientras tanto, todo en orden, todo en su sitio. Esperando que todo vaya pasando, aun cuando parece que nada pasa.

Deseando que los recuerdos de ayer no nos hagan olvidar, y que los recuerdos de mañana no se olviden de nosotros.  

sábado, 31 de octubre de 2020

Es lo que hay

Hay multitud de nuevos contagios, asintomáticos con secuelas y fallecidos, directa o indirectamente, por la Covid-19. Lo llaman segunda ola, pero es la misma ola de marzo, que durante el verano intentamos surfear, pero que finalmente nos ha acabado arrollando.

Hay nuevos confinamientos, toques de queda y cierres de establecimientos(en demasiados casos, permanentes). Hay más despidos, más paro, más desesperación, más hambre, más lágrimas, más disputas, más incertidumbre, más violencia y más gritos. Y hay menos ayudas, menos soluciones, menos coherencia, menos esperanzas y muchísimos menos abrazos. 

No hay visión de futuro. Nadie sabe qué va a hacer mañana (mañana, literalmente), porque todos los días cambian las normas, las permisiones, las libertades.

Hay una pandemia. Y en medio de ella nos encontramos. Y en este contexto caótico, nuestras vidas, inciertas, siguen adelante, haciendo como que viven, pero con más de una carencia.

En mi caso, paradójicamente, el caos yacente en el extrarradio de mi mundo, me supone una inexplicable paz interior. Pero muy, muy interior; en algún lugar mucho más profundo de donde se encuentra la necesidad de trabajo y dinero. Es una sensación extraña, pero tiene su lógica. Cuando dentro de ti hay tormenta, no importa lo bien que funcione todo a tu alrededor; la alegría está por ahí fuera y no la percibes. De la misma manera, cuando brilla el sol en tus ojos, si el mundo entero se desmorona, tampoco te afecta.

Puede parecer egoísta, pero yo me tengo que seguir ocupando de mí misma, y gestionar mi tiempo y mis sueños, pase lo que pase en otros rincones del mundo. Lo cual no significa que no me importe o que no me afecte. 

Con pandemia o sin pandemia, con crisis o con abundancia, mis necesidades, mis metas y mis ilusiones siguen siendo las mismas, y nadie más que yo, puede trabajar en ellas. Dentro de este panorama tenemos nuestras propias batallas que librar. Batallas contra el hambre, contra la enfermedad, contra el aislamiento, contra la falta de ilusión por la vida. Y en el intento de llenar los vacíos de cada uno, vamos tirando de este carro, con más o menos alegría.

En mi caso, me hablan de dignidad y honestidad, de valentía y paciencia, de principios y plazos y “cuentas atrás”. Me hablan de entender, de ser razonable, de tener fe. Me hablan de cosas obvias, tan obvias que las pasas por alto. Y me hablan de magia… la única palabra que consigue llamar mi atención.

Las jugadas, los faroles, las estrategias sólo doblan la apuesta, ponen nervioso al contrincante, pero no hacen que ganes la partida. Y yo que siempre juego a ganar, sé que en algún momento tocará decir que no voy. Y cuando ese momento llegue, aparecerá una nueva puerta que atravesar. Y lo haré volando desde mi colchón, y le daré al cuerpo esa tregua que me viene pidiendo a gritos. Y cambiaré de hábitos y de pensamientos, y me esforzaré por darle la vuelta al universo.

Ya no tengo que preguntar qué pasa. Ya no hay curiosidad por saber más. Porque, por fin, después de tanto tiempo, esa pregunta la puedo responder yo misma.

Mientras tanto, que siga lloviendo si quiere, que yo me agarro a la música para refugiarme del frío, para olvidar que todo tiene un final y hasta para camuflar lo que nunca te digo y lo que no quiero escuchar. Porque, a veces, cantando se dice la verdad, aunque esa verdad no sea de este mundo.

Vamos a tragar saliva porque... esto es lo que hay.


 


 

domingo, 20 de septiembre de 2020

De trampillas, (des)conciertos y digestiones

 A principios de año, antes de que el mundo se echara a dormir, se me ocurrió apuntarme al casting de "Ahora Caigo". Pueden tardar en convocarte o pueden hacerlo en seguida, y a mí me convocaron en seguida. Hacían casting presencial a finales de enero en Granada, y a pesar del resacón que llevaba ese día, pasé dos filtros y me enfrenté a un examen de nivel; pocos días después me llamaron para concursar. Me reservaron mi vuelo a Barcelona el 10 de marzo y grabamos el programa el 11 por la mañana. Tres días después, se declaró en nuestro país el estado de alarma. 
Es de esas cosas que cuando las miras con perspectiva te hacen pensar que las cosas que nos suceden (al menos muchas de ellas) no las controlamos. Creo que lo llaman destino. Sin embargo, nos vemos expuestos a tomar decisiones conscientes en muchas ocasiones. Y aquí es donde pensamos que nuestro rumbo lo marcamos nosotr@s. Tomar decisiones no siempre es fácil, y cuando tomas una, la sensación que te queda después es la que te dice si has acertado o no. Yo creí haber tomado una mala decisión en el concurso. 
La suerte se puso de mi parte una vez más y me hizo ganadora (pese a las bajas probabilidades de serlo ya que sólo gana un@ de 11), pero esta vez dependía de mí ganar más o perderlo todo. Me planté por no tentar a la suerte, y me torturé mucho tiempo pensando que fue una mala decisión. Estoy casi segura de que podía haber arriesgado y ganar más, pero mi confianza estaba minada por influencias ajenas, falta de sueño y los nervios propios del momento, así que decidí salir de allí con mi pequeño botín, aunque se me quedase la espinita clavada para siempre. Con todo, ese pequeño botín, me ha salvado de la ruina absoluta derivada de la pandemia, así que me puedo dar por satisfecha. Y aunque me quedara con las ganas de saber que en otras circunstancias hubiera podido doblar, me consuelo con el pensamiento de no haber caído en la trampa y que me abrieran la trampilla. Los presentimientos existen por algo. Así que quizás no fue una mala decisión después de todo. 
La emisión del programa estaba prevista para abril, pero el estado de alarma obligó a retrasarlo y finalmente lo emitieron el 1 de septiembre. 
También por esas fechas, febrero-marzo, me vi tomando otras decisiones más o menos conscientes, pero de las que se toman más con el corazón que con la cabeza, y en las que no te paras a analizar las posibles consecuencias de las mismas. De esas cosas que estás "destinada" a hacer por alguna razón que aún no se podía entender, y que ahora empiezo a vislumbrar. 
Sé que fue una buena idea, estoy segura de ello, pero quizás sea de esas cosas bonitas que nos regala la vida por un espacio de tiempo limitado, porque el terreno que piso parece estar hecho de arenas movedizas en las que, si te hundes, te hundes con todo. Y ese todo es muy frágil. 
Volver a verle la cara a un pasado que tiene los colmillos afilados asusta mucho, y es un trabajo interno muy complicado entender que, por mucho que amenace con morderte, no lo va a hacer a menos que tú se lo permitas. Y la reacción normal (parezca dramática o no) es huir en cuanto le ves las orejas al lobo. Pero tú apuestas por hacerte amiga del lobo, entender su naturaleza y no dejar que anule la tuya, sino que la complemente. Y te haces mil preguntas, y en un acto de valentía se las planteas a él, y él no sabe, y tú tampoco, y seguimos mirándonos de reojo en un mar de miedos y esperanzas que sólo en la distancia parece estar sereno. 
Supongo que hay cosas que no se pueden digerir, que producen acidez. Cosas que no están hechas para decirse. Por eso existe la poesía, la música o cualquier otra expresión artística; el arte dice lo que la boca no puede. Y en un intento más de rescatarme a mí misma (y puede que con ello, todo lo demás), he encontrado un camino muy bien iluminado que ha despertado mi curiosidad, por todo lo que promete y porque mi cabecita (al margen de "tanta intensidad") ha conseguido racionalizarlo. Y quizás no me encuentre del todo nunca, quizás sea una mezcla rara de muchos números y quizás nueve heridas sean demasiadas para una vida, pero he ordenado las ideas en tiempo récord y ahora ya sé por dónde empezar el camino. 
Desde aquel 11 de marzo hasta hace dos días, la palabra clave ha sido la misma en diferentes situaciones. Una palabra difícil de cambiar, pero factible. Y aunque cada día aparezcan nuevos desconciertos poniendo a prueba mi seguridad, ahora ya sé lo que tengo que hacer: reconocerlo todo y variar el rumbo. Porque a través del espejo está la respuesta, y en ese lugar hay más dinero acumulado, más conciertos que desconciertos, más sueños que indigestiones y toda la verdad del mundo. 
Que la verdad sólo duele cuando no la aceptamos. 
Y hacerse amiga de la verdad es hacerse amiga del lobo para no tenerle miedo nunca más. 

sábado, 29 de agosto de 2020

No hay duda de que tengo dudas

¿Hay alguna razón cósmica para que algo tan aparentemente fácil se complique tanto? ¿El universo me odia, o me está queriendo hacer un favor? ¿Por qué ahora, a la tercera que es la buena, tengo tantas dudas? 
Hace unos días me preguntaba quién inventaría las frases hechas. Desde luego no fue ningún genio... "Mañana será otro día". Pues claro, no va a ser el mismo. "A la tercera va la vencida". ¿Por qué a la tercera? ¿Por qué no a la segunda o a la cuarta? ¿Se le ocurriría a alguien que simplemente le salió algo bien al tercer intento y ya por ello lo proclamó como una ley universal? 
La cosa es que sí, que mañana será otro día, no hay duda. Pero los días son tan raros hoy día, que hacer planes es echar el día por alto, porque de un día para otro todo puede cambiar. 
Mi agosto empezó de manera accidentada despertando un montón de interrogantes: ¿Y ahora cómo? ¿Y ahora dónde? ¿Y ahora cuándo? Y cuando el cómo, el dónde y el cuándo encontraron respuestas más o menos satisfactorias, otro accidente me devolvió de nuevo a la casilla de salida. Un segundo intento fallido. Pero... "a la tercera va la vencida". Y cambiamos el cómo, el dónde y el cuándo por tercera vez. Sólo que ahora, hay nuevas preguntas más difíciles de contestar. Preguntas que no sé ni cómo formular para intentar encontrarles respuesta. Todo lo que sé es que algo me da mal rollo, que desconfío de mis decisiones, y que me encuentro perdida entre tantas dudas.
La nueva normalidad ha marcado, como era de esperar, el fin de ese paréntesis idílico devolviéndome de nuevo a la vieja (y tonta) normalidad de siempre. Al menos ha tenido la decencia de hacerlo despacito, poco a poco, detalle a detalle hasta que un día, por fin, noté que estaba aquí. La vi instalada en mi vida como si en realidad nunca se hubiera ido, como si sólo hubiera estado hibernando unos meses y ahora despertara mirándome fijamente a los ojos, queriendo transmitirme algo. 
"¿Y ahora qué?". Ésta es la pregunta que, como un eco, me plantea. Y ese eco se ha ido haciendo más firme, trayendo consigo a coro una segunda voz: "¿Y después?"; una pregunta que ni siquiera se me había pasado por la cabeza en su momento (y su momento fue hace mucho tiempo). 
Hay ciertos comportamientos que me resultan demasiado familiares, palabras que ya no significan lo que dicen, silencios que comunican lo que quizá no es (o quizá sí), gestos incomprensibles, acciones innecesarias, información irrelevante, y mucha, mucha desconfianza. 
Y en medio de todo esto, está el ruido ensordecedor de la incertidumbre. 
Y más en medio todavía, nuestra ruidosa versión del mismo.




                                                Ruido- Y la falda muy corta

domingo, 26 de julio de 2020

En buena compañía

Altea desde el balcón
El pasado sábado 18 de julio, Laura me recogía a las 10:45 en su SEAT Altea para irnos precisamente a Altea. Al principio nos íbamos a quedar en el piso de su tío en Alfas del Pi, pero un amigo de sus padres nos ofrecía su piso vacío en el paseo marítimo de Altea, así que cambiamos el destino al pueblo de al lado. Yo no conocía nada de la Costa Blanca y me daba igual un lugar que otro, pero al llegar allí vi que la diferencia era grande: Altea es un pequeño trozo de paraíso.
Benidorm
Altea desde el pueblo
Comimos en un bar de carretera y llegamos  por la tarde a nuestro destino. Jaume nos esperaba para abrirnos las puertas de lo que sería nuestro techo por cuatro días. Un pisazo divinamente decorado, con balcón a la playa, fresco, gigante, equipadísimo, ¡y con ropero! sólo para nosotras dos. Esa noche nos fuimos a dar cuatro vueltas por Benidorm, más por ver el ambiente que por incorporarnos a él, ya que el tema de las distancias y la mascarilla obligatoria hacía difícil lo que antes era tan fácil y normal. Huíamos de las multitudes, pero en un lugar como Benidorm era casi imposible hacerlo, incluso andando por las calles. Al día siguiente, Jaume nos invitó a comer a un restaurante sobre el paseo marítimo, y por la noche nos acompañó a visitar el casco antiguo de Altea, donde las vistas daban para tirarse horas sentada en alguna glorieta y deleitarse con el paisaje nocturno.
Guadalest
Los dos días siguientes los pasamos haciendo playa (tanto en Benidorm como en Altea) y recorriendo pueblos cercanos de montaña. El martes por la tarde regresamos tranquilamente a Granada.
Platja de Ponent (Benidorm)
Viajar siempre es una experiencia; hacerlo en buena compañía (como Laura en este caso) lo convierte en una experiencia maravillosa. Y es por eso que he cancelado el que iba a ser mi siguiente viaje,  porque la buena compañía que me esperaba en Asturias ya no iba a estar en Asturias cuando yo llegara, y eso lo cambiaba todo. La ilusión por este viaje incluía mucho más que el sólo hecho de conocer tierras norteñas, pero Valencia (qué manía le tengo) se ha vuelto a interponer. Tenía mi vuelo a Oviedo reservado para agosto. Lo había comprado incluso antes de estar económicamente holgada, pero el viaje que yo imaginaba entonces, no iba a ser lo mismo ahora estando sola. Por suerte, pagué un seguro que me cubriera en caso de cancelación (más pensando en el virus que en otra cosa), así que ya viajaré en otro momento. Lo mismo me da conocer Asturias con sol o con nieve, con frío o con más frío, en verano o en invierno... viajaré cuando las expectativas se cumplan, cuando nuestros planes salgan bien, y cuando pueda brindar con sidra en buena compañía.








jueves, 16 de julio de 2020

Cosas necesarias

Durante los tres meses que duró el estado de alarma en nuestro país, yo he sido de esas pocas personas que, a juzgar por la opinión de amigos y allegados, ha disfrutado el aislamiento social. La mayoría de la gente con la que he hablado del tema (el tema por excelencia en cualquier reunión) lo pasó más bien regular la mayor parte del tiempo. Muchos se enfrascaron en darle salida a su trabajo de forma telemática, que si bien los mantenían ocupados casi todo el día, no era suficiente para hacerlos sentir mejor. Otros se dedicaron a probar cosas nuevas por aburrimiento: hacer pan, hacer jabón, hacer vídeos de sus hijos y sus mascotas... y otros incluso se montaron su propio gimnasio en casa, más por salud mental, que física. [N. de la A.: HABLO EN TODO MOMENTO DE MIS FUENTES]
Yo combiné varias de esas cosas con el placer de no hacer nada y darme al ocio más absoluto. He visto infinidad de series y películas, me he leído una media de un libro por semana, y he trabajado en mi nuevo proyecto musical disfrutando cada paso del proceso, entre otras tantas actividades. Por las noches caía rendida y feliz en la cama. A veces, cuando no se me hacía tan tarde, me quedaba un rato tirada en el sofá del balcón escuchando absolutamente nada; ni un ruido; ni el más mínimo ruido. Silencio total. Y no podía sentirme más a gusto en esos momentos.
Para mí ha sido una experiencia muy positiva a nivel personal, y quizá por eso temía tanto la famosa desescalada. Temía no saber (o no querer) readaptarme a la vida que conocíamos, donde el estrés, las prisas y las responsabilidades se convirtieran de nuevo en el pan nuestro de cada día. El distanciamiento social del estado de alarma me había supuesto, paradójicamente, un acercamiento personal con quien menos imaginaba, y el hecho de que eso se pudiera acabar me provocaba cierta tristeza que, en cualquier caso, quise llevar con resignación. Pero el proceso ha sido tan paulatino que me he ido  acostumbrando, y ahora que ya estamos haciendo vida normal, y que coincide con el verano, lo último que quisiera es un nuevo confinamiento. Salir de compras, ir a la playa o sentarte al fresco en la terraza de un bar, compartiendo cervezas y conversaciones con amigos, son placeres muy gordos. Tener libertad para moverte y elegir qué hacer con tus días (aunque en todos los casos haya que guardar distancias, echarte gel hidro-alcohólico o usar mascarilla), se empezaba a convertir en algo necesario, y eso no  tenía por qué cambiar, necesariamente, la intimidad adquirida en los meses anteriores.
Y lo que yo elegí hacer con mis días fue planear un par de escapadas por el país que, a menos que se vean truncadas por los múltiples rebrotes o cualquier otra circunstancia incontrolable, ahora podré llevar a cabo. Venía medio difícil por la escasez de dinero pero, contra todo pronóstico, mis problemas económicos se solucionaron de un día para otro. Claro que en vista de que el panorama laboral está jodido y que ya me he gastado más de lo que debería en sandalias, procuraré cerrar el puño y moderar los gastos para que me dure.
De momento me puedo permitir irme este fin de semana con mi amiga Laura a Alfaz del Pi, un pequeño pueblo de Benidorm, a mojar los pies en aguas alicantinas y descansar cuatro días del insufrible calor de Granada.
De la segunda escapada hablaré mejor más adelante; para no gafarnos, y porque ahora mismo no sabría ni por dónde empezar.