Decía Sabina en una entrevista que ser feliz mola, pero no ayuda a escribir. La paz y el orden no inspiran; inspiran las crisis.
No podría estar más de acuerdo.
Hace poco, yo estaba preparada para el desorden, para el caos y para la crisis. Incluso aunque todo fuera relativamente bien, contaba con el desorden emocional, con las dudas y con la incertidumbre "del después". Con lo que no contaba es con la felicidad. Una felicidad que tuve que ir analizando muy poco a poco para poder entenderla como lo que realmente es: miedo. No es que la felicidad me asuste, lo que me asusta es el espejismo que me crea.
¿Cómo iba yo a saber que ser tan yo misma, sin nada que perder, te convertiría en el tú mismo que yo quería ver? ¿Que si yo no maquillo lo que digo tú me cuentas la verdad? ¿Que si yo no me disfrazo tú te quitas la armadura? Y con todo el veneno ingerido y la risa desatada, nos escupimos insultos y piropos, reproches y confesiones y esas palabras tan prohibidas. Y el lazo se estrechó de tal manera que es imposible no acojonarse un poco.
Entre tanto, he tenido ensayos y bolos, un proyecto a futuro en el que será justamente Sabina quien actúe de cómplice, la convocatoria abierta a MicroTeatro Madrid y una llamada desde Barcelona para otra experiencia televisiva, la cual me obliga (o me obligo yo, mejor dicho) a empollar culturilla general. Con todo esto y más me ha sido imposible relajarme (aunque sea lo justo) para "analizar" la situación.
El tren ha zarpado sin previo aviso y tan deprisa que o me subía, o me quedaba en tierra. Y en él me encuentro ahora, con un vértigo bestial y confiando en que no se estrelle. Y si lo hace espero tener los suficientes reflejos para darme cuenta y saltar a tiempo.
La felicidad mola, sí, pero no pierdo de vista la posibilidad de que todo sea una hermosa mentira.
jueves, 27 de febrero de 2020
viernes, 7 de febrero de 2020
Lazos
Hay lazos invisibles que nos mantienen unidos a otros. A veces se vislumbran en detalles muy concretos, a través de las palabras o con determinadas acciones inesperadas, y en ocasiones, en el silencio más absoluto, tienen forma de corazón. Lazos a los que nos empeñamos en poner nombre para darle un significado, pero que muchas veces ni siquiera lo necesitan. Los lazos unen, y esa unión ya va cargada de sentido propio. Pero también un lazo se puede romper y, por tanto, dejar de unir. Y eso también tiene su propio significado.
A falta de pocos días para seguir enlazando capítulos o llegar de una vez al desenlace, una no sabe si apretar el nudo o pillar la gripe. De momento va ganando mi inflamación de garganta, pero no creo que tenga la suerte de no poder elegir (por extraño que suene). "Ya veré sobre la marcha", me digo mientras recopilo los greatest hits de los últimos álbumes mirando de reojo el hecho inoportuno.
Puede que sólo sea una escena imaginaria, un "todo es posible en Granada", un paréntesis en el curso natural de las cosas o un mero recreo; si no despego los pies de la tierra y sí los labios del vaso, puede que hasta salga bien. O puede que me reafirme en mi propósito a última hora si el sueño viene torcido y el espejo le da la razón.
Pero en el caso de hacer acto de presencia, buscaré la calle perfecta (con lluvia o sin ella) y el lugar más acogedor para interpretar mi papel sin saltarme una línea, sin que se note un suspiro de más ni un beso de menos, y sin acabar la función con la misma escena final.
Así pronto se verá lo que da de sí este lazo.
A falta de pocos días para seguir enlazando capítulos o llegar de una vez al desenlace, una no sabe si apretar el nudo o pillar la gripe. De momento va ganando mi inflamación de garganta, pero no creo que tenga la suerte de no poder elegir (por extraño que suene). "Ya veré sobre la marcha", me digo mientras recopilo los greatest hits de los últimos álbumes mirando de reojo el hecho inoportuno.
Puede que sólo sea una escena imaginaria, un "todo es posible en Granada", un paréntesis en el curso natural de las cosas o un mero recreo; si no despego los pies de la tierra y sí los labios del vaso, puede que hasta salga bien. O puede que me reafirme en mi propósito a última hora si el sueño viene torcido y el espejo le da la razón.
Pero en el caso de hacer acto de presencia, buscaré la calle perfecta (con lluvia o sin ella) y el lugar más acogedor para interpretar mi papel sin saltarme una línea, sin que se note un suspiro de más ni un beso de menos, y sin acabar la función con la misma escena final.
Así pronto se verá lo que da de sí este lazo.
lunes, 30 de diciembre de 2019
Así es la vida
Escribir siempre me ha parecido un ejercicio liberador y hasta catártico que llevo practicando toda la vida. Desde los ocho o nueves años (puede que menos) he estado escribiendo diarios. De pequeña leía mucho, y leer y escribir van un poco de la mano. Me leí "La Biblia Ilustrada para Niños" ni recuerdo cuantas veces (era de los pocos "libros" que tenía al principio, recién ingresada en mi colegio de monjas). Luego amplié mi colección a (casi) todos los títulos del Barco de Vapor, cuentos infantiles, libros rancios de aventuras que encontraba en casa de algún familiar y hasta títulos ya importantes como "La Celestina" o "El Quijote", que nos vinieron con una enciclopedia que nunca llegó a completarse.
Mi afición a la lectura, como digo, me llevó a escribir diarios, de los cuales me deshice cuando empezaron a ocupar demasiado espacio físico y, sobre todo, porque me avergonzaba que alguien pudiera leerlos si a mí me pasaba algo (tengo muy presente que todos podemos morir en cualquier momento). Pero la verdad es que yo seguía escribiendo por ahí, en libretas, en servilletas de bares, en los márgenes de los apuntes de la facultad, aunque luego volviera al ritual de leer-rememorar-romper cuando acumulaba una considerable cantidad de papelitos.
Con mi primer ordenador personal empecé a escribir en Word y ahora lo tengo todo muy bien ordenado en carpetas. Pensé entonces que era una pena haberme desprendido de mis primeras chorradas escritas porque las podía haber reconvertido, pero ya era tarde. Entonces se me ocurrió que ya que mi nivel de escritura era más digno y menos vergonzoso que cuando empecé, podía abrir un ciberespacio y colgar en él sólo aquello que fuera mostrable, y destruir lo demás. Y así fue como empezó este blog. Al principio más enfocado en dar a conocer mi agenda de bolos y ensayos y, con el tiempo, transformándose en el cuaderno de bitácora de una persona cualquiera, con un millón de inquietudes y dos millones de dudas, que sólo escribiendo consigue, por momentos, apaciguar. Nunca le he dado mucha publicidad. De forma aislada he compartido alguna entrada concreta por alguna razón, pero en general nunca he querido airear mi lado más íntimo, ya fuera por evitar alusiones en terceros como por esquivar las posibles críticas. No me gustan las críticas; si son buenas, no sé cómo responder a ellas y me incomoda estar en esa situación, y si son malas, me invade la frustración y la inseguridad y empiezo a dudar hasta del sentido de mi existencia. Por esa razón, y porque para mí escribir es un hobby, y no hay necesidad de darle bombo a un hobby, mi blog siempre ha estado ahí, al alcance de todo el mundo, pero en silencio, sin hacer ruido, sólo para aquellos curiosos que me conocen (o no) y quieren ver la otra cara de la luna. Me sorprendió, por ello, que un día me escribieran desde la otra punta del país para hacer uso, en una clase de interpretación, de algunas entradas que había escrito (a modo de monólogo, como luego me explicaron). Podían haberlo hecho sin decirme nada, puesto que el blog es público y no entiendo nada de derechos, pero el tipo, en un acto de deferencia, me pidió permiso y yo se lo di. Con el contacto posterior que mantuvimos (y mantenemos) me aconsejó registrarlo todo "porque nunca se sabe", y me animó también a unir pedacitos, crear una historia y darle forma de libro "que yo me encargo del resto". Cuando le respondí, con mis mejores maneras y todo el agradecimiento del mundo, que yo soy actriz y que escribir un libro supone una dedicación y una inversión de tiempo que no tenía, dejó de insistir, aunque meses después me recomendó para escribir artículos en una revista digital norteña que también acabé rechazando por los mismos motivos (y porque no vivo en el norte). Yo siempre he pensado que algún día escribiría un libro, o incluso más, pero me imaginaba haciéndolo cuando fuera vieja y me diera igual el dinero, y me sobrara el tiempo, y no tuviera ganas de salir a ningún sitio, entonces, el encerramiento forzoso de los años sí podría combatirlo con la ilusión de escribir un libro (uno bueno, por qué no), pero de momento, estos pedacitos de vida que dejo por aquí esparcidos me sirven para mi propósito, que no es otro (lo he dicho muchas veces) que el de entenderme y entender el mundo que me rodea. Y si de paso ayuda, inspira, o entretiene a alguien pues mejor que mejor.
"Compártelo como compartes tus pensamientos en facebook, y verás como crece el número de lectores, y quién sabe si no da para más la cosa..."
Y con estas palabras me terminaron de convencer. Seguiré escribiendo por las mismas razones, sobre mí y sobre mis circunstancias, sobre lo que pienso, sobre lo que temo, sobre lo que odio y sobre lo que me gusta, en mi lenguaje encriptado y con la misma protagonista, pero sin mayor pretensión que el mismo placer de expresarme. Y dicho esto, dejo aquí mi última entrada del año (esto era sólo un prólogo) y puede que a partir de ahora comparta alguna más, o puede que todas, si hago caso al fondo norte.
A un día de que acabe el 2019 y entremos en los felices años 20, de comenzar no sólo un nuevo año, sino también una nueva década, hacer balance me da una pereza terrible. Son las primeras navidades sin mi abuela (abuela eterna, madre segunda, arrancada de las raíces de mi árbol de vida que se tambalea sin ella) y aunque yo no he querido darle importancia a su ausencia en la mesa porque estaba conmigo, y bien me encargué de que así fuera, los ánimos generales de la familia no estaban muy festivos. Lo que quedaba de la columna vertebral que nos sostenía se fue con ella, y los lazos parecen haberse desatado, desmembrando la unidad de un todo, para dejarnos aislados en micro círculos familiares. Y yo que siempre he pensado que nunca estaría sola ahora sé que estoy muy cerca de estarlo, y cada año más. No es que me importe especialmente; me gusta la soledad y me llevo muy bien con ella (mejor que con las multitudes, de hecho), pero sí que me invade la tristeza cuando pienso que en lugar de ser cada vez más, somos cada vez menos, y que llegará el día en que no seamos ni uno. Pero yo que soy del pensamiento de que todo lo que sea forzado no es para una, hago acopio de mi poder adaptación y me quedo con lo que hay que, al menos de momento, a mí me sirve.
Y qué decir del más allá cuando el contacto es mínimo... Los últimos meses me han revelado muchas cosas, el silencio ha contestado preguntas, y el último "peregrinaje al templo" me dejó al menos una satisfacción personal, pero ahora necesito sangre nueva, nuevos escenarios que sustituyan el color azul oscuro de las paredes del anterior por un color más prometedor. Que la ciudad renueve sus calles y que albergue en ellas otros bares, otros teatros, otros antros de perdición. Poner el foco de atención en algo que aún no ha llegado pero que está ahí, desaprender las lecciones, romper con lo manido y seguir siendo yo en otro sitio, con otra gente, con otra ilusión. Que por más que unos no me hablen, otros no se acuerden, y todos den las cosas por hecho, están los que me buscan, los que me mantienen cerca incluso estando lejos y los que apuestan por mí. Y si bien hay cosas del pasado que ya no duelen tanto, la memoria hace que escuezan un poco de vez en cuando. Pero ya entendí hace un par de meses de qué iba este juego, y que era mejor retirarse a tiempo antes de acabar desplumada. Y en ese retiro, más físico que emocional, todo hay que decirlo, me mantendré hasta que llegue el día que ya ni recuerde siquiera la cara de los concursantes.
El concepto de ser una más, nunca entró en mis planes. A veces lo he sido pero siempre me he esforzado por no serlo, y cuando de verdad he querido no serlo, no lo he sido. Eso no me hace merecedora de nada, ni ganadora, ni siquiera especial, pero sé que alguna huella he dejado por ahí y que por más que el paso del tiempo la acabe borrando, quedará el recuerdo de la misma. El miedo, la prudencia, la posibilidad de fracasar nunca me han frenado a la hora de ir a por lo que quiero, y en esas sigo y seguiré porque yo soy así, y la única forma de que deje de perseguir algo (directa o indirectamente) es dejar de desearlo. Y hay cosas que ya debería haber dejado de desear pero siguen ahí ("al otro lado"), proyectando un deseo común pero con innumerables taras que no puedo ignorar, y que son la base de mi propósito de "desdesear". Porque así es la vida, no basta con querer algo (reuniones familiares sin malas caras, besos de verdad, abrazos sinceros, palabras bonitas...) todo eso también te tiene que querer a ti, y si no hay reciprocidad, es mejor "desdesearlo", aceptar y seguir buscando.
jueves, 26 de diciembre de 2019
Lo invisible
Ante las nuevas experiencias y los viejos errores, una tiene claro de qué o quién no desea despegarse del todo. Y es como si aquello de lo que no te quieres desprender en realidad siga surgiendo, cada tanto, en los momentos más (o menos) oportunos. Esos momentos que se presentan como una señal indefinida. Pero las señales suelen ser contradictorias y no sabes cuál es la cara buena de la moneda, la que te favorece, la que te nombra ganadora. Yo sigo en mi empeño de no alimentar fantasías que en el pasado me dieron resultados más malos que buenos, pero es como si cada vez que quiero hacer algo "sensato", el universo se riera de mí y me mandara mensajes para volver a confundirme. Y así me vi el 24 de diciembre, "fantaseando" en algún lugar lejos de donde estaba, con personas que no conocía, y tratando de enterrar semejante estupidez bajo las tierras de la prudencia.
Acabo de rescatar un libro que leí hace años, del cual no recordaba nada, y parece que me está contando mi puta historia en algo más de 400 páginas. La tal Ruth bien podría llamarse Beba, y el tal Juan... Sí, otra señal contradictoria. Por suerte, me he acomodado un poco en eso de pasar de todo, y no creo que sea capaz de caer en quimeras, pero que me hace pensar... no lo niego. Paralelamente a este libro, he encontrado una serie que también invita a la reflexión (en realidad es la secuela de otra serie). Y entre una cosa y otra, un mensaje a tiempo, un silencio merecido, un rechazo aposta... me veo entrando en el nuevo año con más dudas que certezas. Eso sí, hay propósitos que sí puedo controlar, y esos los llevo a rajatabla. Todo lo demás, no es un propósito; es una esperanza dormida con riesgo de despertar al primer beso.
Acabo de rescatar un libro que leí hace años, del cual no recordaba nada, y parece que me está contando mi puta historia en algo más de 400 páginas. La tal Ruth bien podría llamarse Beba, y el tal Juan... Sí, otra señal contradictoria. Por suerte, me he acomodado un poco en eso de pasar de todo, y no creo que sea capaz de caer en quimeras, pero que me hace pensar... no lo niego. Paralelamente a este libro, he encontrado una serie que también invita a la reflexión (en realidad es la secuela de otra serie). Y entre una cosa y otra, un mensaje a tiempo, un silencio merecido, un rechazo aposta... me veo entrando en el nuevo año con más dudas que certezas. Eso sí, hay propósitos que sí puedo controlar, y esos los llevo a rajatabla. Todo lo demás, no es un propósito; es una esperanza dormida con riesgo de despertar al primer beso.
lunes, 16 de diciembre de 2019
Bonus Day
El jueves volví a Madrid.
Último viaje previsto.
Era el noveno día.
La escuela organizaba para los alumnos
una quedada gratuita donde nos acompañaría Miguel Rellán para hablarnos del
oficio y luego tomar algo todos. Fue de lo más enriquecedor escuchar a Miguel
contar anécdotas y conocer su personal opinión acerca de cómo está el mercado.
Montxo se nos unió más tarde, cuando yo ya llevaba más de una copa de vino en
el cuerpo. Hablamos más de lo que lo hicimos en los dos meses anteriores (es lo
bueno que tiene el alcohol), y me encargó devolverle el saludo a E.C. (si todavía me lees, date por saludado, E.). Fue una experiencia estupenda de la cual me alegra haber sido partícipe porque, hasta un par de días antes no lo vi muy claro (otro viaje, anunciaban lluvia y frío... no sé, nada claro lo tenía).
Pero este noveno día no era un día
señalado por esta reunión, sino porque era el último, y yo no era la única que
lo sabía. Hice malabares para intentar llenar el espacio de tiempo que vendría
después, pero al final caí en mi propia trampa. Intenté esquivar la tentación, pero todo, absolutamente todo, me condujo a ella. Con el pico caliente y pocas ganas de encerramiento, ya que la peña no estaba disponible, me
vi caminando a las 12 de la noche hacia el centro, para ser la amiga de un
amigo que sí estaba disponible. Y ahora, después de tanto tiempo, tengo que
volver a recoger la ficha del primer día, como en A.A. Con todo, las
recaídas conscientes son menos recaídas. Y me justifiqué con la idea de que
“sólo estoy comprobando algo”. Y sí… comprobado. Ahora ya puedo empezar otra
vez, sabiendo lo que sé, con las expectativas bajas pero la autoestima alta. El
experimento de los 8 días salió bien. Al noveno estalló el laboratorio. Y
justamente eso es lo que tenía que ocurrir para dar por fin con la fórmula
mágica. Ahora, a pesar de tener que empezar de nuevo, tengo todos los
ingredientes ordenados y mi laboratorio en plena reforma.
La vuelta fue un infierno de resaca,
nauseas y dolor de cabeza. No abrí los ojos ni un segundo en todo el viaje. Dormí las cuatro horas y media de camino, y al llegar a casa y comer un poco (casi nada), me acosté y seguí durmiendo casi tres horas más. La confusión mental de los últimos acontecimientos no cesó hasta el otro día, tras haber dormido como diez horas más durante la noche anterior.
El sábado estaba especialmente despierta y lúcida para asimilarlo todo, y entonces ocurrió una de esas cosas que te cambian el rumbo. Tuve una visión clarísima de "qué pasaría si...", viviendo como si fuera jodidamente auténtica una realidad alternativa (rollo "Un Cuento de Navidad"). Cuando regresé de aquel fantasmagórico escarmiento, y tras haber hecho las averiguaciones necesarias para comprobar que no era real, respiré profundamente y entendí que mi vida, en verdad, no estaba tan mal, que podría estar infinitamente peor y que sólo hay un camino posible que deba seguir. Y en ese camino el único "fantasma" soy yo misma.
viernes, 29 de noviembre de 2019
32 horas con Montxo
Tuve que darle muchas vueltas antes de decidirme a hacer un curso de dos meses en Madrid. Al precio del curso tenía que sumarle las idas y venidas de autobús cada martes, lo que incrementaba la suma en casi el doble. Luego pensé que, si estuviera viviendo en Madrid durante esos dos meses, me saldría más caro aún, así que a nivel económico no era tan descabellada la idea. La paliza de viaje podría ser llevadera si tuviera dónde alojarme los martes por la noche y así poder regresar al día siguiente más despejada, y supuse que mis amig@s de allí me acogerían si iba saltando de una casa a otra cada martes para no dar el coñazo muy seguido a la misma persona. Y el empujón final me lo di yo misma con la idea de que hacer un curso en una buena escuela de Madrid, con un gran profesional del cine, no sólo era un punto importante para mi currículum y para mi formación, sino que además era en lo que yo quería invertir el dinero que gané en el concurso. Después de eso, se me quedaría la cuenta temblando, pero bueno, es su estado natural... y yo me lo tomé como una buena inversión. Ahora que ya ha terminado todo, no puedo estar más satisfecha de haber tomado esa decisión.
Trabajar escenas a la orden de Montxo Armendáriz, que comparte el mismo método que yo a la hora de interpretar, me ha reafirmado en mi condición de actriz. Una buena interpretación sólo es buena si es creíble, y para que sea creíble "sólo" hay que recurrir a la memoria emocional, y eso a mí siempre se me ha dado bien. Sobre todo porque lo que hemos trabajado son escenas dramáticas, y el drama y yo nos damos la mano a menudo... Incluso aunque la escena no tenga nada que ver con algo que te haya pasado a ti, basta con saber cuál es la emoción que debe primar en la escena para que la busques dentro y la traslades, así de "fácil". En mi caso, emociones como la frustración, el desencanto o la desconfianza las tenía muy presentes y me bastaba con mirar a mi compañera, pero ver en mi cabeza la cara de otra persona, para expresar lo que sentía de verdad. Y lo sentía de verdad. Y eso es interpretar. Algo que yo ya sabía, pero que no sabía que lo sabía hasta que hice este curso. Por supuesto que no me salía bien a la primera (en la interpretación entran muchos más matices a parte de la emoción primaria) pero con las cuatro aclaraciones del director, me salía bien a la segunda.
Cuando un director dirige a los actores, se nota. No todos lo hacen. Yo pocas veces he recibido instrucciones cuando he rodado algún cortometraje. Tenía que montar los personajes a mi manera, sin saber realmente lo que querían transmitir, y siempre acababa poco contenta con el resultado. Al equipo les da un poco igual eso mientras digas tus frases donde las tienes que decir (les preocupa más la parte técnica que la artística), pero para una actriz es bastante desalentador. Montxo sí dirige a sus actores cuando va a rodar una película, aunque me temo que yo no tendré el privilegio de que lo haga conmigo (¡eso sería un sueño!), pero me queda la satisfacción de que lo haya hecho durante el curso.
Cuando grabábamos una escena y la veíamos después para analizarla, l@s compañer@s me veían bien, Montxo me veía bien, y yo me veía horrible siempre. Y no me refiero a la emoción, que eso estaba, ni al personaje, que también estaba, sino al hecho de verme a mí misma desde fuera como se supone que me ven los demás. Vale que la luz era mala y desfavorecía muchísimo, pero verse a una misma y gustarse no lo llevábamos bien ninguno. Montxo nos recomendó grabarnos diariamente con el móvil mismo, hablar a cámara, y vernos después para acostumbrarnos a nuestra propia imagen. Creo que eso es lo que peor llevo, así que tendré que hacer el esfuerzo para no juzgarme tanto. Supongo que haciendo ese ejercicio me acabaré gustando, como me acabó gustando mi voz a fuerza de grabaciones, porque con la voz pasa lo mismo que con la imagen; cuando la escuchas desde fuera, no te reconoces y la odias. Tendré que empezar a reconocerme físicamente y preocuparme sólo de transmitir la emoción pertinente. Ese es el trabajo que me autoimpongo a partir de ahora.
Existe la posibilidad de retomar el entrenamiento actoral con Montxo a partir de marzo (esta vez de marzo a junio, ¡cuatro meses!), pero es pronto para valorar la idea de hacerlo. Necesitaría mucho más dinero del que tengo ahora y mudarme a Madrid ese tiempo, porque no pienso subir y bajar cada semana durante cuatro meses (dos ya ha sido suficiente). Más adelante le daré vueltas porque dependerá de varios factores, pero así, a priori, la idea de seguir trabajando con semejante maestro me tienta muy mucho.
Trabajar escenas a la orden de Montxo Armendáriz, que comparte el mismo método que yo a la hora de interpretar, me ha reafirmado en mi condición de actriz. Una buena interpretación sólo es buena si es creíble, y para que sea creíble "sólo" hay que recurrir a la memoria emocional, y eso a mí siempre se me ha dado bien. Sobre todo porque lo que hemos trabajado son escenas dramáticas, y el drama y yo nos damos la mano a menudo... Incluso aunque la escena no tenga nada que ver con algo que te haya pasado a ti, basta con saber cuál es la emoción que debe primar en la escena para que la busques dentro y la traslades, así de "fácil". En mi caso, emociones como la frustración, el desencanto o la desconfianza las tenía muy presentes y me bastaba con mirar a mi compañera, pero ver en mi cabeza la cara de otra persona, para expresar lo que sentía de verdad. Y lo sentía de verdad. Y eso es interpretar. Algo que yo ya sabía, pero que no sabía que lo sabía hasta que hice este curso. Por supuesto que no me salía bien a la primera (en la interpretación entran muchos más matices a parte de la emoción primaria) pero con las cuatro aclaraciones del director, me salía bien a la segunda.
Cuando un director dirige a los actores, se nota. No todos lo hacen. Yo pocas veces he recibido instrucciones cuando he rodado algún cortometraje. Tenía que montar los personajes a mi manera, sin saber realmente lo que querían transmitir, y siempre acababa poco contenta con el resultado. Al equipo les da un poco igual eso mientras digas tus frases donde las tienes que decir (les preocupa más la parte técnica que la artística), pero para una actriz es bastante desalentador. Montxo sí dirige a sus actores cuando va a rodar una película, aunque me temo que yo no tendré el privilegio de que lo haga conmigo (¡eso sería un sueño!), pero me queda la satisfacción de que lo haya hecho durante el curso.
Cuando grabábamos una escena y la veíamos después para analizarla, l@s compañer@s me veían bien, Montxo me veía bien, y yo me veía horrible siempre. Y no me refiero a la emoción, que eso estaba, ni al personaje, que también estaba, sino al hecho de verme a mí misma desde fuera como se supone que me ven los demás. Vale que la luz era mala y desfavorecía muchísimo, pero verse a una misma y gustarse no lo llevábamos bien ninguno. Montxo nos recomendó grabarnos diariamente con el móvil mismo, hablar a cámara, y vernos después para acostumbrarnos a nuestra propia imagen. Creo que eso es lo que peor llevo, así que tendré que hacer el esfuerzo para no juzgarme tanto. Supongo que haciendo ese ejercicio me acabaré gustando, como me acabó gustando mi voz a fuerza de grabaciones, porque con la voz pasa lo mismo que con la imagen; cuando la escuchas desde fuera, no te reconoces y la odias. Tendré que empezar a reconocerme físicamente y preocuparme sólo de transmitir la emoción pertinente. Ese es el trabajo que me autoimpongo a partir de ahora.
Existe la posibilidad de retomar el entrenamiento actoral con Montxo a partir de marzo (esta vez de marzo a junio, ¡cuatro meses!), pero es pronto para valorar la idea de hacerlo. Necesitaría mucho más dinero del que tengo ahora y mudarme a Madrid ese tiempo, porque no pienso subir y bajar cada semana durante cuatro meses (dos ya ha sido suficiente). Más adelante le daré vueltas porque dependerá de varios factores, pero así, a priori, la idea de seguir trabajando con semejante maestro me tienta muy mucho.
viernes, 15 de noviembre de 2019
Mientras dormimos
El otro día, en algún lugar entre Granada y Madrid, tuve un sueño. Es curioso, porque no suelo soñar cuando viajo en autobús donde más que dormir, vas dando cabezadas, pero ese día dormí profundamente casi todo el viaje. Sólo me desperté un momento cuando el gilipollas que tenía delante reclinó su asiento sin avisar y me aplastó la rodilla. Pero ni siquiera desperté del todo, sólo lo suficiente para farfullarle algún insulto entre sueños. Volví a caer en segundos, y ésta es la parte del sueño que recuerdo. Fue como un sueño "a tiempo real" que supongo que es lo que hace que te descoloques tanto al despertar.
Estaba viajando en ese mismo autobús y a esa misma hora. En una parada técnica (que el autobús real no hacía pero el de mi sueño sí) nos metimos todos los pasajeros en un lugar parecido a una sala de espera gigante con pasillos largos como los de un aeropuerto. Y ahí lo vi. Viajaba en el mismo autobús que yo y no me había dado cuenta hasta ese momento. Se sentó a mi lado y nos miramos sin decir nada. Justo ahí, apareció mi madre en escena. Lo que ella me dijo era de suma importancia pero irrelevante para mi historia. Básicamente, no podía asimilar la información que me estaba dando teniendo al lado a quien tenía, y que para mí era lo único importante en esos momentos. Y así, sin más, mi madre desapareció de mi sueño dejándome a solas con él. Cuando tuvimos que volver al autobús, me agarró la mano y la apretó con fuerza. Luego, la soltó y se fue sin mirar atrás. Tuve la sensación de que se estaba despidiendo de mí. Ya en el autobús, lo observé desde lejos y no estaba solo. Lo que vi me dolió como si hubiera ocurrido en la vida real. Y cuando la sensación de realidad se hizo insoportable, desperté. Tardé unos segundos muy largos en darme cuenta de que lo había soñado todo. Entonces, y sólo entonces, pude sentir el alivio que se siente cuando despiertas de una pesadilla horrible. "No estoy preparada para esto", pensé mientras recuperaba la conciencia tratando, a la vez, de borrar de mi mente la imagen de la chica perfecta que yo nunca fui. Me incorporé en mi asiento y no volví a cerrar los ojos.
Me puse a pensar en todas las cosas que pueden pasar mientras dormimos. Como lo que ocurrió un par de semanas antes, cuando a las 6:30 de la madrugada me llegó ese mensaje tan anhelado y que yo no supe hasta que desperté y encendí el móvil bien entrada la mañana. O como tantas veces que yo, en mi vigilia, he escrito mil cosas para después romperlas o he iniciado conversaciones que nunca envié, y todo eso, cuando tú dormías. Y no sé qué estarías haciendo tú mientras yo trataba de despertar de esta última pesadilla, porque ese día no tuve noticias del más allá, pero sé que están pasando cosas todo el tiempo y que a veces nos afectan directa o indirectamente. Y sé que me quedan dos días más para averiguar qué es lo que quiero. Y durante ese tiempo, aunque la opción de no hacer nada parezca ser el mejor camino, seguiré durmiendo con el móvil y los sueños muy cerca de mí.
A veces, mientras dormimos, la realidad puede cambiar (para bien o para mal).
Estaba viajando en ese mismo autobús y a esa misma hora. En una parada técnica (que el autobús real no hacía pero el de mi sueño sí) nos metimos todos los pasajeros en un lugar parecido a una sala de espera gigante con pasillos largos como los de un aeropuerto. Y ahí lo vi. Viajaba en el mismo autobús que yo y no me había dado cuenta hasta ese momento. Se sentó a mi lado y nos miramos sin decir nada. Justo ahí, apareció mi madre en escena. Lo que ella me dijo era de suma importancia pero irrelevante para mi historia. Básicamente, no podía asimilar la información que me estaba dando teniendo al lado a quien tenía, y que para mí era lo único importante en esos momentos. Y así, sin más, mi madre desapareció de mi sueño dejándome a solas con él. Cuando tuvimos que volver al autobús, me agarró la mano y la apretó con fuerza. Luego, la soltó y se fue sin mirar atrás. Tuve la sensación de que se estaba despidiendo de mí. Ya en el autobús, lo observé desde lejos y no estaba solo. Lo que vi me dolió como si hubiera ocurrido en la vida real. Y cuando la sensación de realidad se hizo insoportable, desperté. Tardé unos segundos muy largos en darme cuenta de que lo había soñado todo. Entonces, y sólo entonces, pude sentir el alivio que se siente cuando despiertas de una pesadilla horrible. "No estoy preparada para esto", pensé mientras recuperaba la conciencia tratando, a la vez, de borrar de mi mente la imagen de la chica perfecta que yo nunca fui. Me incorporé en mi asiento y no volví a cerrar los ojos.
Me puse a pensar en todas las cosas que pueden pasar mientras dormimos. Como lo que ocurrió un par de semanas antes, cuando a las 6:30 de la madrugada me llegó ese mensaje tan anhelado y que yo no supe hasta que desperté y encendí el móvil bien entrada la mañana. O como tantas veces que yo, en mi vigilia, he escrito mil cosas para después romperlas o he iniciado conversaciones que nunca envié, y todo eso, cuando tú dormías. Y no sé qué estarías haciendo tú mientras yo trataba de despertar de esta última pesadilla, porque ese día no tuve noticias del más allá, pero sé que están pasando cosas todo el tiempo y que a veces nos afectan directa o indirectamente. Y sé que me quedan dos días más para averiguar qué es lo que quiero. Y durante ese tiempo, aunque la opción de no hacer nada parezca ser el mejor camino, seguiré durmiendo con el móvil y los sueños muy cerca de mí.
A veces, mientras dormimos, la realidad puede cambiar (para bien o para mal).
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