jueves, 26 de diciembre de 2019

Lo invisible

Ante las nuevas experiencias y los viejos errores, una tiene claro de qué o quién no desea despegarse del todo. Y es como si aquello de lo que no te quieres desprender en realidad siga surgiendo, cada tanto, en los momentos más (o menos) oportunos. Esos momentos que se presentan como una señal indefinida. Pero las señales suelen ser contradictorias y no sabes cuál es la cara buena de la moneda, la que te favorece, la que te nombra ganadora. Yo sigo en mi empeño de no alimentar fantasías que en el pasado me dieron resultados más malos que buenos, pero es como si cada vez que quiero hacer algo "sensato", el universo se riera de mí y me mandara mensajes para volver a confundirme. Y así me vi el 24 de diciembre, "fantaseando" en algún lugar lejos de donde estaba, con personas que no conocía, y tratando de enterrar semejante estupidez bajo las tierras de la prudencia.
Acabo de rescatar un libro que leí hace años, del cual no recordaba nada, y parece que me está contando mi puta historia en algo más de 400 páginas. La tal Ruth bien podría llamarse Beba, y el tal Juan... Sí, otra señal contradictoria. Por suerte, me he acomodado un poco en eso de pasar de todo, y no creo que sea capaz de caer en quimeras, pero que me hace pensar... no lo niego. Paralelamente a este libro, he encontrado una serie que también invita a la reflexión (en realidad es la secuela de otra serie). Y entre una cosa y otra, un mensaje a tiempo, un silencio merecido, un rechazo aposta... me veo entrando en el nuevo año con más dudas que certezas. Eso sí, hay propósitos que sí puedo controlar, y esos los llevo a rajatabla. Todo lo demás, no es un propósito; es una esperanza dormida con riesgo de despertar al primer beso.


lunes, 16 de diciembre de 2019

Bonus Day


El jueves volví a Madrid.
Último viaje previsto.
Era el noveno día.

La escuela organizaba para los alumnos una quedada gratuita donde nos acompañaría Miguel Rellán para hablarnos del oficio y luego tomar algo todos. Fue de lo más enriquecedor escuchar a Miguel contar anécdotas y conocer su personal opinión acerca de cómo está el mercado. Montxo se nos unió más tarde, cuando yo ya llevaba más de una copa de vino en el cuerpo. Hablamos más de lo que lo hicimos en los dos meses anteriores (es lo bueno que tiene el alcohol), y me encargó devolverle el saludo a  E.C. (si todavía me lees, date por saludado, E.). Fue una experiencia estupenda de la cual me alegra haber sido partícipe porque, hasta un par de días antes no lo vi muy claro (otro viaje, anunciaban lluvia y frío... no sé, nada claro lo tenía). 
Pero este noveno día no era un día señalado por esta reunión, sino porque era el último, y yo no era la única que lo sabía. Hice malabares para intentar llenar el espacio de tiempo que vendría después, pero al final caí en mi propia trampa. Intenté esquivar la tentación,  pero todo, absolutamente todo, me condujo a ella. Con el pico caliente y pocas ganas de encerramiento, ya que la peña no estaba disponible, me vi caminando a las 12 de la noche hacia el centro, para ser la amiga de un amigo que sí estaba disponible. Y ahora, después de tanto tiempo, tengo que volver a recoger la ficha del primer día, como en A.A. Con todo, las recaídas conscientes son menos recaídas. Y me justifiqué con la idea de que “sólo estoy comprobando algo”. Y sí… comprobado. Ahora ya puedo empezar otra vez, sabiendo lo que sé, con las expectativas bajas pero la autoestima alta. El experimento de los 8 días salió bien. Al noveno estalló el laboratorio. Y justamente eso es lo que tenía que ocurrir para dar por fin con la fórmula mágica. Ahora, a pesar de tener que empezar de nuevo, tengo todos los ingredientes ordenados y mi laboratorio en plena reforma. 
La vuelta fue un infierno de resaca, nauseas y dolor de cabeza. No abrí los ojos ni un segundo en todo el viaje. Dormí las cuatro horas y media de camino, y al llegar a casa y comer un poco (casi nada), me acosté y seguí durmiendo casi tres horas más. La confusión mental de los últimos acontecimientos no cesó hasta el otro día, tras haber dormido como diez horas más durante la noche anterior. 
El sábado estaba especialmente despierta y lúcida para asimilarlo todo, y entonces ocurrió una de esas cosas que te cambian el rumbo. Tuve una visión clarísima de "qué pasaría si...", viviendo como si fuera jodidamente auténtica una realidad alternativa (rollo "Un Cuento de Navidad"). Cuando regresé de aquel fantasmagórico escarmiento, y tras haber hecho las averiguaciones necesarias para comprobar que no era real, respiré profundamente y entendí que mi vida, en verdad, no estaba tan mal, que podría estar infinitamente peor y que sólo hay un camino posible que deba seguir. Y en ese camino el único "fantasma" soy yo misma. 

viernes, 29 de noviembre de 2019

32 horas con Montxo

Tuve que darle muchas vueltas antes de decidirme a hacer un curso de dos meses en Madrid. Al precio del curso tenía que sumarle las idas y venidas de autobús cada martes, lo que incrementaba la suma en casi el doble. Luego pensé que, si estuviera viviendo en Madrid durante esos dos meses, me saldría más caro aún, así que a nivel económico no era tan descabellada la idea. La paliza de viaje podría ser llevadera si tuviera dónde alojarme los martes por la noche y así poder regresar al día siguiente más despejada, y supuse que mis amig@s de allí me acogerían si iba saltando de una casa a otra cada martes para no dar el coñazo muy seguido a la misma persona. Y el empujón final me lo di yo misma con la idea de que hacer un curso en una buena escuela de Madrid, con un gran profesional del cine, no sólo era un punto importante para mi currículum y para mi formación, sino que además era en lo que yo quería invertir el dinero que gané en el concurso. Después de eso, se me quedaría la cuenta temblando, pero bueno, es su estado natural... y yo me lo tomé como una buena inversión. Ahora que ya ha terminado todo, no puedo estar más satisfecha de haber tomado esa decisión.

Trabajar escenas a la orden de Montxo Armendáriz, que comparte el mismo método que yo a la hora de interpretar, me ha reafirmado en mi condición de actriz. Una buena interpretación sólo es buena si es creíble, y para que sea creíble "sólo" hay que recurrir a la memoria emocional, y eso a mí siempre se me ha dado bien. Sobre todo porque lo que hemos trabajado son escenas dramáticas, y el drama y yo nos damos la mano a menudo... Incluso aunque la escena no tenga nada que ver con algo que te haya pasado a ti, basta con saber cuál es la emoción que debe primar en la escena para que la busques dentro y la traslades, así de "fácil". En mi caso, emociones como la frustración, el desencanto o la desconfianza las tenía muy presentes y me bastaba con mirar a mi compañera, pero ver en mi cabeza la cara de otra persona, para expresar lo que sentía de verdad. Y lo sentía de verdad. Y eso es interpretar. Algo que yo ya sabía, pero que no sabía que lo sabía hasta que hice este curso. Por supuesto que no me salía bien a la primera (en la interpretación entran muchos más matices a parte de la emoción primaria) pero con las cuatro aclaraciones del director, me salía bien a la segunda.

Cuando un director dirige a los actores, se nota. No todos lo hacen. Yo pocas veces he recibido instrucciones cuando he rodado algún cortometraje. Tenía que montar los personajes a mi manera, sin saber realmente lo que querían transmitir, y siempre acababa poco contenta con el resultado. Al equipo les da un poco igual eso mientras digas tus frases donde las tienes que decir (les preocupa más la parte técnica que la artística), pero para una actriz es bastante desalentador. Montxo sí dirige a sus actores cuando va a rodar una película, aunque me temo que yo no tendré el privilegio de que lo haga conmigo (¡eso sería un sueño!), pero me queda la satisfacción de que lo haya hecho durante el curso.

Cuando grabábamos una escena y la veíamos después para analizarla, l@s compañer@s me veían bien, Montxo me veía bien, y yo me veía horrible siempre. Y no me refiero a la emoción, que eso estaba, ni al personaje, que también estaba, sino al hecho de verme a mí misma desde fuera como se supone que me ven los demás. Vale que la luz era mala y desfavorecía muchísimo, pero verse a una misma y gustarse no lo llevábamos bien ninguno. Montxo nos recomendó grabarnos diariamente con el móvil mismo, hablar a cámara, y vernos después para acostumbrarnos a nuestra propia imagen. Creo que eso es lo que peor llevo, así que tendré que hacer el esfuerzo para no juzgarme tanto. Supongo que haciendo ese ejercicio me acabaré gustando, como me acabó gustando mi voz a fuerza de grabaciones, porque con la voz pasa lo mismo que con la imagen; cuando la escuchas desde fuera, no te reconoces y la odias. Tendré que empezar a reconocerme físicamente y preocuparme sólo de transmitir la emoción pertinente. Ese es el trabajo que me autoimpongo a partir de ahora.

Existe la posibilidad de retomar el entrenamiento actoral con Montxo a partir de marzo (esta vez de marzo a junio, ¡cuatro meses!), pero es pronto para valorar la idea de hacerlo. Necesitaría mucho más dinero del que tengo ahora y mudarme a Madrid ese tiempo, porque no pienso subir y bajar cada semana durante cuatro meses (dos ya ha sido suficiente). Más adelante le daré vueltas porque dependerá de varios factores, pero así, a priori, la idea de seguir trabajando con semejante maestro me tienta muy mucho.

viernes, 15 de noviembre de 2019

Mientras dormimos

El otro día, en algún lugar entre Granada y Madrid, tuve un sueño. Es curioso, porque no suelo soñar cuando viajo en autobús donde más que dormir, vas dando cabezadas, pero ese día dormí profundamente casi todo el viaje. Sólo me desperté un momento cuando el gilipollas que tenía delante reclinó su asiento sin avisar y me aplastó la rodilla. Pero ni siquiera desperté del todo, sólo lo suficiente para farfullarle algún insulto entre sueños. Volví a caer en segundos, y ésta es la parte del sueño que recuerdo. Fue como un sueño "a tiempo real" que supongo que es lo que hace que te descoloques tanto al despertar.
Estaba viajando en ese mismo autobús y a esa misma hora. En una parada técnica (que el autobús real no hacía pero el de mi sueño sí) nos metimos todos los pasajeros en un lugar parecido a una sala de espera gigante con pasillos largos como los de un aeropuerto. Y ahí lo vi. Viajaba en el mismo autobús que yo y no me había dado cuenta hasta ese momento. Se sentó a mi lado y nos miramos sin decir nada. Justo ahí, apareció mi madre en escena. Lo que ella me dijo era de suma importancia pero irrelevante para mi historia. Básicamente, no podía asimilar la información que me estaba dando teniendo al lado a quien tenía, y que para mí era lo único importante en esos momentos. Y así, sin más, mi madre desapareció de mi sueño dejándome a solas con él. Cuando tuvimos que volver al autobús, me agarró la mano y la apretó con fuerza. Luego, la soltó y se fue sin mirar atrás. Tuve la sensación de que se estaba despidiendo de mí. Ya en el autobús, lo observé desde lejos y no estaba solo. Lo que vi me dolió como si hubiera ocurrido en la vida real. Y cuando la sensación de realidad se hizo insoportable, desperté. Tardé unos segundos muy largos en darme cuenta de que lo había soñado todo. Entonces, y sólo entonces, pude sentir el alivio que se siente cuando despiertas de una pesadilla horrible. "No estoy preparada para esto", pensé mientras recuperaba la conciencia tratando, a la vez, de borrar de mi mente la imagen de la chica perfecta que yo nunca fui. Me incorporé en mi asiento y no volví a cerrar los ojos.
Me puse a pensar en todas las cosas que pueden pasar mientras dormimos. Como lo que ocurrió un par de semanas antes, cuando a las 6:30 de la madrugada me llegó ese mensaje tan anhelado y que yo no supe hasta que desperté y encendí el móvil bien entrada la mañana. O como tantas veces que yo, en mi vigilia, he escrito mil cosas para después romperlas o he iniciado conversaciones que nunca envié, y todo eso, cuando tú dormías. Y no sé qué estarías haciendo tú mientras yo trataba de despertar de esta última pesadilla, porque ese día no tuve noticias del más allá, pero sé que están pasando cosas todo el tiempo y que a veces nos afectan directa o indirectamente. Y sé que me quedan dos días más para averiguar qué es lo que quiero. Y durante ese tiempo, aunque la opción de no hacer nada parezca ser el mejor camino, seguiré durmiendo con el móvil y los sueños muy cerca de mí.
A veces, mientras dormimos, la realidad puede cambiar (para bien o para mal).

domingo, 20 de octubre de 2019

Nada es todo

Con el cielo salpicado de nubes grises y anunciando pronta lluvia no se me ocurre nada mejor que hacer que no hacer nada. Mi casa está sucia y desarreglada, y yo estoy sucia y desarreglada también, y tengo trabajo acumulado. Pero, aún así, hoy me tomo la licencia de no hacer nada. La semana que viene ya se me presenta bastante apocalíptica como para no aprovechar.
A veces los momentos de mayor claridad llegan con sólo rodearte de tabaco, una taza de té rojo y música de jazz sonando de fondo. Otras, la claridad que necesitas llega cuando menos te lo esperas y en las condiciones más extrañas. Como me pasó a mí el martes estando en la Estación Sur de Autobuses de Madrid, al poco de llegar. Salí al rellano que hay en la entrada de los servicios para fumarme un cigarro antes de arreglarme para la clase, y en ese insólito lugar, rodeada de ruidos y gente entrando y saliendo, resonó de pronto en mi cabeza una voz que me decía con claridad meridiana TODO lo que necesitaba tener CLARO. Así, sin anestesia. Fue como una sacudida mental que consiguió poner todas las ideas, todos los interrogantes y todas las dudas en su sitio, ofreciéndome una panorámica reveladora del estado de realidad más crudo y sincero. Se me paró el corazón. Fue como una pequeña muerte con resurrección inmediata, pero por fin pude identificar cómo me sentía y qué hacer al respecto: NADA, mirar adelante como si este último capítulo no hubiera existido jamás. Después de todo, lo que muere ya no existe y contra eso no se puede hacer nada. Todo lo que estuve considerando especial durante tanto tiempo dejó de serlo al instante. La magia se esfumó en un chasquido, y todo se volvió tan simple y aburrido como siempre fue hasta que yo lo convertí en algo mejor.
Poco después, en clase de interpretación, mi desencanto tuvo su recompensa. El recuerdo, la memoria sensorial que tantas veces he intentado esquivar, resulta ser la herramienta perfecta para transmitir emoción. Con sólo concentrarte en los sentimientos, la emoción se ve en la mirada (que es de lo que trata este curso) y en ella se ve todo. Se ve la verdad. Así que se le puede sacar partido al dolor, a la pena, y a toda esa confusión de sentimientos que llaman emoción. Las experiencias nos dejan un gran repertorio de sensaciones y sentimientos que los actores podemos usar para transmitir emociones y que éstas sean creíbles. Parece que ser "una intensa" tiene sus ventajas, señor frivolidad.
Ya no necesito ocho días. Ya no necesito nada. Supongo que hay personas que, simplemente, no se pueden tener "tan fácilmente", a las que no se las debe pervertir con la suciedad cotidiana de una vida fría y carente de emoción. Personas tan especiales que sólo pueden ser miradas desde lejos para que sigan brillando. Y, postdata, hablaba de mí.

lunes, 14 de octubre de 2019

8 días

Dicen que si miras una olla con agua, ésta nunca hierve. Las cosas pasan cuando estamos ocupadas haciendo otras cosas. En mi caso, lo que quiero que pase es el tiempo, y para que pase más deprisa he iniciado una nueva rutina de actividades que, junto con mi habitual rutina de trabajo, me deja menos momentos vacíos. Me acuesto temprano, me levanto temprano, duermo la inevitable siesta... estoy como las abuelas. Además hago deporte, voy a la piscina, practico técnicas de relajación y estoy empezando a conducir otra vez. Todo esto, todo, sólo por ocupar espacios de tiempo. Aún así, no puedo evitar divagar de vez en cuando. Y acabo llegando siempre al mismo lugar de confusión, de sentimientos encontrados y asuntos sin resolver. Y ahí está la clave, en los asuntos sin resolver. Tomar una decisión importante ya es bastante difícil de por sí como para no tener clara cuál es esa decisión ni saber qué hacer, cómo hacerlo o por qué hacerlo.
Me he marcado 8 días en el calendario (aunque uno ya lo puedo tachar) y durante el tiempo en que transcurran esos 8 días la decisión llegará sola, inevitablemente. Funciono mejor con un orden establecido y, de momento, el tiempo es lo único que soy capaz de ordenar. Lo que haga, pasado ese tiempo, será producto de lo que ocurra durante, y aunque estoy casi segura de lo que pasará, prefiero no anticiparme y seguir con mi rutina.
8 días clave.
Y ya sólo quedan 7.









domingo, 6 de octubre de 2019

¿Amigos?

Se define la amistad como el afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato. 
Vivimos en un tiempo en el que los conceptos están cambiando cada día. Le colgamos el cartel de "amigo" a cualquiera. Hay amigos de facebook, amigos que conoces de un rato, amigos con derecho a roce, amigos de los que no se ven, amigos de whatsapp... cualquiera es un amigo, y creo que a mí me pilla un poco en medio esta transición. Aunque nos empeñemos en definir con "amigo" todo tipo de relación con todo tipo de personas, la realidad es que no todo el mundo es un amigo, y usamos esa palabra para evitar poner otra etiqueta que matice qué clase de amistad tienes con alguien. Igual, al contrario de lo que algunos creen, sí que haría falta un libro de instrucciones que nos explique cómo mantener una amistad sana con según qué personas.
La amistad, entendida tal como la define la RAE, es la base de cualquier tipo de relación pero, a partir de ahí, se abre un amplio abanico de "formas de amistad". Están los amigos hermanos, los amigos del alma, los amigos de juergas, los amigos para todo, los amigos recurrentes, los amigos especiales, los amigos íntimos, los amigos que se enamoran, los amigos que se casan... la variedad está servida. Sin embargo, no siempre se dan estas amistades de la misma manera para los implicados. No siempre hay reciprocidad. A veces consideramos amigo especial a alguien que sólo te considera a ti como amiga de juergas, por poner un ejemplo, y ahí es donde la supuesta amistad hace aguas. Puede que en la teoría la palabra amigos, a secas, sea acertada pero, en la práctica, no siempre tiene que funcionar.
Yo este martes empiezo el curso en Madrid y tengo amigos/as a quienes puedo pedir alojamiento cada martes durante los dos meses que estaré yendo. Sin embargo, no puedo hacer lo mismo con otras personas que, en teoría, son amigos. Porque, aunque exista un afecto personal, no es para nada puro y mucho menos desinteresado. Y con el trato, no sólo no se ha fortalecido, sino que se quiebra cada vez más. Siendo así, puede que seamos amigos en teoría pero, definitivamente, no podemos serlo en la práctica, y ese tipo de amistad no aporta mucho.
Le colgamos el cartel de "amigo" a cualquiera, sí... pero yo no soy cualquiera. Y a veces, lo mejor es no hacer papelones y dejar la amistad metida entre dos signos de interrogación hasta que se pueda responder qué significa eso en realidad.