Me tomo esta noche como la última noche de licencias. Me la tomo de un sorbo, como el whisky, despidiendo a mi Lolo que se va tras el sueño americano, mientras yo me voy a perseguir el sueño de una noche de primavera en Madrid. Y suena Ray Davies, y mi mente se detiene para dejar paso a mi espíritu aventurero que tantas alegrías me regala y tantas frustraciones me devuelve después. Ni caras o cruces, ni horóscopos negros, ni cartas del tarot; ni Coelho, ni Neruda, ni Benedetti. A punto de echarme atrás 365 veces y a punto de tirarme a la piscina 365 veces más, no fue hasta el último momento, y con las dudas evidentes que tiraban de mí, que fui capaz de plantarme en un camino, tomarlo y no mirar atrás. Y de todos los papeles que podría interpretar, esta vez me quedo con el de la verdad, el que no implica miedo y el que juega a ganar aunque al final pierda. Siempre hay tiempo para regresar volando desde esa nube y anidar de nuevo en el olvido.
Perdón por el gasto, por la mentira, por la falta de ética, pero a nadie enturbia más que a mí. Cargo de conciencia a cobro revertido, pero ¿cómo perderme ese atardecer si será todo lo que me quede al final? Que desplegar las alas no es para cualquiera, y al menos eso puedo aprovechar. Yo pongo la sonrisa blanca, un billete de 20 y las uñas largas (y mucha, mucha, mucha fe), aunque haga falta una alineación de planetas para que sea suficiente.
No voy a vivir a medias. Prefiero vivir el doble a la mitad (y sin pastillas para no soñar).
martes, 16 de mayo de 2017
lunes, 24 de abril de 2017
Hay que concentrarse
"Enzima de mí" ha quedado finalista en el II Certamen de Microteatro La Parata. Una alegría casi plena de haber podido compartirla más. No sé si ganaremos el 6 de mayo en la muestra final, pero tengo esperanzas de quedar entre los tres primeros y optar al menos a uno de los premios en metálico, (aunque no es precisamente el dinero lo que me mueve en este caso).El sábado 29 de abril, Juan Megías y yo estrenamos por fin "La Curiosidad mató al Gato", después de un año de darle vueltas. Semana movida de ensayos...
Otra agencia madrileña se ha interesado en mí pero me ha citado para este jueves, y este jueves no estoy allí. Probablemente su interés haya desaparecido al colgar el teléfono, a pesar de que les he dicho que a mediados de mayo podría ir a una entrevista (es lo que tiene no estar en Madrid). Su "ya te avisaremos" no ha sonado convincente.
El jueves 4 de mayo doy un concierto a taquilla con "The Happy Fish" en el pub Madison que, suponiendo que vaya bien, me dejaría algo de pelas, pero no puedo ser tan optimista teniendo en cuenta que tiro sola de este grupo.El documental "El Dolor, Látigo de la Humanidad" ya lo hemos terminado de rodar (me falta sólo poner una voz en off), y debería poder verse en junio. Quedé contenta con mis escenas.
Hace unos días me comunicaron que pasé el casting para un largometraje que se va a rodar en Granada y que opto a uno de los papeles protagonistas. No tiene mayor trascendencia al tratarse de una colaboración y no de un trabajo, pero al menos ruedo y junto imágenes para videobook, porque últimamente no he hecho muchos audiovisuales (además tengo mono de cámara).
También me han llamado para ofrecerme el papel protagonista en un corto que está pendiente de rodarse en Jaén a primeros de junio. Tampoco pagan por el trabajo pero cubren todos los gastos y está dentro del "Rodando Jaén".
Y por último, pendiente de que me den un día fijo durante todo el verano para tocar con "The Happy Fish" en el Peñón de Salobreña, para lo cual hay que empezar ensayos en breve con el pianista sustituto porque Stik no estará disponible.
(Y mientras escribía esto, me manda mensaje una chica por si quiero figurar en un spot que se rueda en Granada próximamente...).
Hay que buscar la motivación; en la tele, en la radio, en las redes.
Hay que centrar la atención; en lo que importa, en lo que ayuda, en lo que sirve.
Hay que vencer el aburrimiento; con cine, con teatro, con música.
Hay que salir y hablar; hay que emborracharse un poco.
Hay que dormir sin soñar.
Hay que levantarse temprano (y aprovechar para limpiar).
Hay que ponerse metas cortas; hay que alcanzarlas.
Hay que terminar lo empezado; hay que empezar por cerrar cosas.
Hay que elegir las prioridades.
Hay que ahorrar para mañana (pero no hay que pensar en el mañana).
Hay que dejar de encerrarse.
Hay que dejar de inventar.
Hay que relajarse.
Hay que desenamorarse de la necesidad.
Hay que concentrase más.
sábado, 22 de abril de 2017
La frivolidad del otro rincón
Frívolo/a: Dícese de la persona que no concede a las cosas la importancia que merecen, no las hace con la seriedad, el sentimiento o el interés requeridos y solo piensa en el aspecto divertido o lúdico de la vida.
Creo que la frivolidad podría llegar a ser una virtud en según qué casos. Debería ser incluso obligatoria cuando las circunstancias claramente la requieren. Pensar con la cabeza, que para eso está. Aunque debo decir que las mejores cosas que he hecho en la vida no las pensé con la cabeza; no las pensé. Eso trae consecuencias, claro, a veces incluso buenas.
No podemos cambiar lo que somos, y yo soy muy de crearme necesidades aunque no me dejen vivir. No lo elijo. Si fuera cuestión de elegir, elegiría la frivolidad y pasaría de todo. Empequeñecer no le gusta a nadie. Antes me podía sentir a salvo en mi burbuja, pero ahora no encuentro refugio en ella. Reconozco que tengo miedo, y espero que sea cuestión de tiempo poder curarme de lo que me asusta. Quizá con dosis de frivolidad, aunque eso signifique ir contra natura. Puede que mi rincón no esté tan mal. Puede que deba quedarme en él sin buscar otros rincones. Puede que encontrar ese rincón a ciegas sea el mejor de los pecados y la peor enfermedad. Puede que poder sea irrebatible.
El rinconcito de mi casa me recuerda, con el paso de los días, a qué se reduce todo en esencia. Cómo empezó y cómo debe seguir (o acabar). Pero cuando salta el "good news" en mitad del silencio se me olvida el camino recto y echo a volar otra vez, perdiéndome en canciones que encuentro por azar y que me dicen cosas que entiendo. Entonces me resigno a aceptar sin valorar nada. Aceptar sin más lo que sea que me pueda pasar.
No voy a sacrificar tanta vida solo por evitar estrellarme. Me estrellaré con gusto, pues. Al final, pasan los días con sus crudas noches, y acabas uniendo pedazos, te recompones y sigues caminando (que para eso se hicieron estas botas). Pero mientras eso ocurre disfrutaré de tener todo lo bueno encerrado en este aparatito que por momentos acaricio como quien tiene un tesoro entre las manos, y que me eleva a un mundo que no es real y que me gusta más que éste. Donde las distancias son cortas y el norte y el sur se tocan, y la lluvia moja sin resfriar, y hay chimeneas en el frío y playas en el calor. Donde se puede caminar por las calles sin máscaras ni falsos gestos. Donde puedo hacer que la risa no deje actuar a la frivolidad, donde mirarse a los ojos no da miedo y donde se puede llorar sin ahogarse y permitir que otras manos se den cuenta. Y en ese plano falso intento colar realidades que se acerquen mínimamente a mi imaginación, buscando maneras de llegar con o sin excusas artísticas. Y si no llegamos, el proceso al menos me inspirará estas noches de whisky y música.
Canción en bucle, "A place in your heart", de lo último de Ray Davies. Volando sin frivolidades...
I can't explain
And I'm letting my emotions get the better of me
You're always on my mind
But I can't tell you that I willingly follow you
If I can't have you
How can I expect to have a place in your heart? (...)
(Ray Davies)
Creo que la frivolidad podría llegar a ser una virtud en según qué casos. Debería ser incluso obligatoria cuando las circunstancias claramente la requieren. Pensar con la cabeza, que para eso está. Aunque debo decir que las mejores cosas que he hecho en la vida no las pensé con la cabeza; no las pensé. Eso trae consecuencias, claro, a veces incluso buenas.
No podemos cambiar lo que somos, y yo soy muy de crearme necesidades aunque no me dejen vivir. No lo elijo. Si fuera cuestión de elegir, elegiría la frivolidad y pasaría de todo. Empequeñecer no le gusta a nadie. Antes me podía sentir a salvo en mi burbuja, pero ahora no encuentro refugio en ella. Reconozco que tengo miedo, y espero que sea cuestión de tiempo poder curarme de lo que me asusta. Quizá con dosis de frivolidad, aunque eso signifique ir contra natura. Puede que mi rincón no esté tan mal. Puede que deba quedarme en él sin buscar otros rincones. Puede que encontrar ese rincón a ciegas sea el mejor de los pecados y la peor enfermedad. Puede que poder sea irrebatible.
El rinconcito de mi casa me recuerda, con el paso de los días, a qué se reduce todo en esencia. Cómo empezó y cómo debe seguir (o acabar). Pero cuando salta el "good news" en mitad del silencio se me olvida el camino recto y echo a volar otra vez, perdiéndome en canciones que encuentro por azar y que me dicen cosas que entiendo. Entonces me resigno a aceptar sin valorar nada. Aceptar sin más lo que sea que me pueda pasar.
No voy a sacrificar tanta vida solo por evitar estrellarme. Me estrellaré con gusto, pues. Al final, pasan los días con sus crudas noches, y acabas uniendo pedazos, te recompones y sigues caminando (que para eso se hicieron estas botas). Pero mientras eso ocurre disfrutaré de tener todo lo bueno encerrado en este aparatito que por momentos acaricio como quien tiene un tesoro entre las manos, y que me eleva a un mundo que no es real y que me gusta más que éste. Donde las distancias son cortas y el norte y el sur se tocan, y la lluvia moja sin resfriar, y hay chimeneas en el frío y playas en el calor. Donde se puede caminar por las calles sin máscaras ni falsos gestos. Donde puedo hacer que la risa no deje actuar a la frivolidad, donde mirarse a los ojos no da miedo y donde se puede llorar sin ahogarse y permitir que otras manos se den cuenta. Y en ese plano falso intento colar realidades que se acerquen mínimamente a mi imaginación, buscando maneras de llegar con o sin excusas artísticas. Y si no llegamos, el proceso al menos me inspirará estas noches de whisky y música.
Canción en bucle, "A place in your heart", de lo último de Ray Davies. Volando sin frivolidades...
I can't explain
And I'm letting my emotions get the better of me
You're always on my mind
But I can't tell you that I willingly follow you
If I can't have you
How can I expect to have a place in your heart? (...)
(Ray Davies)
jueves, 13 de abril de 2017
Dificultades
La primavera... esa época del año preciosa con sus días largos, sus noches cálidas, sus atardeceres naranjitas; cuando lo mismo te llueve que te asas de calor, y los árboles se llenan de flores y huele a nísperos. El invierno y la primavera son mis épocas preferidas del año, a pesar de que en invierno me congelo y en primavera me pega la alergia.
Este año me han robado el mes de abril y la primavera se me hace difícil porque estoy recluida en una habitación que no es la mía, llena de trastos que tampoco son míos y desde la cual solo veo un cachito de cielo por la ventana. Difícil porque durante casi dos meses estaré privada de intimidad, en unos momentos en los que la necesito como el oxígeno. Porque marzo acabó y con él han acabado otras cosas que no quería que acabaran. Porque cuantas más dudas tengo más dudas me asaltan. Porque tengo que aguantar que me digan verdades a la cara pero nadie quiere escuchar las suyas. Porque tiro sola de carros cargados hasta arriba. Y porque todo esto me provoca estrés que a su vez se refleja en dolencias físicas como contracturas musculares, males de estómago, jaquecas, infecciones varias y dolor de dientes. Y ni hablar del mal humor y el cansancio en forma de ojeras que me viste cada día. Mi cuerpo me quiere decir algo (y yo sé lo que es) pero no es el momento de escucharlo. Encima estoy falta de concentración, por eso también escribo poco. No obstante, aquí estoy, escribiendo y matando las horas con mi dolor de boca, mi descontento y mi falta de nicotina (escribir sin nicotina es inhumano). Si fumo se me caen los dientes; el dentista fue tajante. Si no me enjuago la boca con un colutorio de tratamiento dos semanitas no se me quitará el dolor; el dentista siguió tajante (y poco le importó que la semana que viene me vaya a Madrid con la lengua negra por la clorhexidina).
Otro tipo de dificultades también me acechan: estoy sin blanca. Todo lo que conseguí ahorrar en marzo ha volado con las golondrinas en abril. Lo peor es que las próximas semanas se presentan regular de bolos (a menos que se vayan cerrando algunos en el aire) y los que hay no me garantizan éxito económico. ¿A dónde va una sin dinero? De momento a Madrid el próximo lunes a patinarme lo que me queda y a buscar posibles oportunidades de curro allí, y ya de paso le doy una tregua al cuerpo (o quizá voy para eso y de paso busco curro). No importa el orden; son cosas que tengo que hacer y que necesito hacer. Pero esta vez no espero nada (aún yendo a por todas).
Fregaos en los que se mete una y sin saber qué papel interpretar. "Sé tú misma", me digo, como si eso fuera suficiente... Actriz sin papel, sin texto, sin dirección (¡sin dirección!). Y de pronto las casualidades, los azares, los designios (yo solo buscaba un texto...) que me llevan de vuelta a Madrid, a no sé qué y durante no sé cuánto. Pero no me quedaré con la duda. Los puntos suspensivos son los mejores de todos los puntos, se entienda como se entienda. Una actriz sola en otro barrio madrileño, con todo que ganar y todo que perder. "Nacemos solos y morimos solos", me decía un amigo. Habrá que superar dificultades.
domingo, 26 de marzo de 2017
Domingo por la tarde
Después de un mes de no parar, y esta última semana en concreto, hoy por fin echo el freno y dedico el domingo al apacible hábito de no hacer nada, cosa que a veces necesito mucho y me encanta, pero que hoy en particular me va a acabar por aburrir. Cuando te acostumbras al ritmo frenético de hacer mil cosas a la vez, de pronto el tiempo libre parece no encajar en tu rutina. Yo siempre encuentro cosas que hacer cuando no tengo nada que hacer realmente, y lleno mi tiempo con música, con libros, con pelis, con la guitarra y el blog, con un mate y mil cigarros, con juegos de ordenador... pero todo eso lo disfruto mucho más cuando no me rondan inquietudes por la cabeza. Hoy no es de esos días. Hoy, con el cambio horario, empieza oficialmente la primavera y a mí no solo se me altera la sangre. Hay cosas que me mantienen intranquila por lo dificultosas, por lo turbias o por no saber abordarlas.
El domingo pasado, a estas horas, estaba casi llegando a Madrid sin saber lo que me esperaba y con el corazón a mil por descubrirlo. Pasó todo como un suspiro, sin darme tiempo a asimilar tanta emoción. Y con toda esa emoción sin resolver volví el martes a Granada, al lugar donde me conocen, donde las calles no resultan extrañas y donde están las cuatro paredes que me protegen del vacío exterior. Y en este clima, en esta lejanía, y con esta ansiedad volví también a esperar los mensajes de la madrugada como respuesta a mis preguntas, o al menos, esclareciendo la realidad.
A lo largo de esta semana he descubierto muchas cosas que me hacen pensar en lo injusta que puede ser la vida y lo complicado que es mantener relaciones justas con cada persona que se te cruza en el camino. Que mientras unos te ponen en un pedestal, otros no se dignan a llamarte. Que mientras unos no dudan en sucumbir a la locura, otros optan por ser prudentes. Y que yo misma endioso y me doy a la locura, de igual modo que no llamo a nadie y soy prudente, y acertar con cada cual no podemos elegirlo (quién merece una cosa, quién merece otra...). No se eligen los sentimientos; nos eligen a nosotros. En cualquier caso, siempre es mejor sentir algo que no sentir nada, incluso equivocándonos.
A la escasa semana que le queda a marzo intentaré ponerle un broche de oro porque la verdad es que este mes se ha portado. Pero empezaré mañana. Hoy no quiero saber nada del mundo, al menos mientras dure la luz del día. Con inquietudes o sin ellas, aburriéndome o no, este domingo es para mí y haré lo que sea para no pensar más allá de las nueve de la noche. Ya, si eso, me ayuda Freddie.
El domingo pasado, a estas horas, estaba casi llegando a Madrid sin saber lo que me esperaba y con el corazón a mil por descubrirlo. Pasó todo como un suspiro, sin darme tiempo a asimilar tanta emoción. Y con toda esa emoción sin resolver volví el martes a Granada, al lugar donde me conocen, donde las calles no resultan extrañas y donde están las cuatro paredes que me protegen del vacío exterior. Y en este clima, en esta lejanía, y con esta ansiedad volví también a esperar los mensajes de la madrugada como respuesta a mis preguntas, o al menos, esclareciendo la realidad.
A lo largo de esta semana he descubierto muchas cosas que me hacen pensar en lo injusta que puede ser la vida y lo complicado que es mantener relaciones justas con cada persona que se te cruza en el camino. Que mientras unos te ponen en un pedestal, otros no se dignan a llamarte. Que mientras unos no dudan en sucumbir a la locura, otros optan por ser prudentes. Y que yo misma endioso y me doy a la locura, de igual modo que no llamo a nadie y soy prudente, y acertar con cada cual no podemos elegirlo (quién merece una cosa, quién merece otra...). No se eligen los sentimientos; nos eligen a nosotros. En cualquier caso, siempre es mejor sentir algo que no sentir nada, incluso equivocándonos.
A la escasa semana que le queda a marzo intentaré ponerle un broche de oro porque la verdad es que este mes se ha portado. Pero empezaré mañana. Hoy no quiero saber nada del mundo, al menos mientras dure la luz del día. Con inquietudes o sin ellas, aburriéndome o no, este domingo es para mí y haré lo que sea para no pensar más allá de las nueve de la noche. Ya, si eso, me ayuda Freddie.
miércoles, 22 de marzo de 2017
MadriZ me mata
Estación Sur de Autobuses, Madrid (21 de marzo, 10:00 a.m.)
A hora y media de tomar el autobús que me devuelva a la cordura, estoy sentada en un banco al sol, con una libreta y un boli que acabo de adquirir en la estación a modo de salvavidas. No esperaba que el regreso a Granada fuera tan necesario, porque haciendo equilibrio en esta cuerda floja sin saber cuánto podré aguantar, es mejor que la caída me pille refugiada en casa que en las calles desconocidas de Madrid. Es el precio a pagar por el desafío. Vine a hacer lo que tenía que hacer y cuando lo hiciera volvería a casa. Irme contenta no estaba contemplado, lo sé, pero tampoco esperaba irme tan triste. No me cuestioné nada cuando tomé la decisión de venir porque si lo hacía no hubiera venido. Considerar las consecuencias me hubiera impuesto límites que, evidentemente, no quería tener y sin límites se corren riesgos. Yo era muy consciente de esos riesgos, pero el deseo impulsivo pudo más que todos ellos. Planeé esta "aventura" durante una semana con la ilusión de un niño el día de su cumpleaños, y eso fue suficiente para seguir adelante. Vine a ciegas, pensando solamente en el siguiente paso y confiando en que, al menos por mi parte, no fallara nada y creo que eso no lo hice mal. Todo lo que pasara a partir de ahí escapaba a mi control y esa parte desconocida es la que vine a descubrir (con todos sus riesgos).
Supongo que el éxito o el fracaso de algo se mide por la sensación final de la experiencia, y cuando los acontecimientos te llevan por caminos extraños que te desorientan y pierdes toda ubicación, aparecen los interrogantes y la sensación final no es buena. Hablar de éxito o de fracaso en esta ocasión no sería muy acertado. En realidad no sé cómo llamarlo, solo sé que tengo un escalofrío agarrado al pecho con los síntomas de que algo ha fallado, aunque no sea culpa de nadie. Quizás cargué la maleta con demasiadas ilusiones y olvidé echar la prudencia (siempre se me olvida algo cuando viajo). También se juntan muchas cosas... el quiero y no puedo, el sentirme empequeñecida en terreno desconocido, mi propia inseguridad ante casi todo, el verme a la deriva en un mar de gente sin saber exactamente a dónde ir, con el cuerpo cortado por el desenfreno y las alas cortadas por la prudencia ajena... e intentar ocultar todo eso tras una sonrisa y unas gafas de sol, aunque mi cuerpo desvelara en cada paso torpe tanto cansancio.
Son las 11:30 y a medida que me alejo de Madrid voy dejando un rastro de melancolía difícil de entender. No sé qué quería que pasara para sentirme mejor, pero sí sé lo que no quería. No quería la frustración, ni el desapego, ni la cordialidad. No quería despertar nerviosa en mitad de la noche, ni quería indiferencia, ni quería "normalidad". Y desde luego no quería que si todo eso se daba, pesara más el anhelo de lo que pudo haber sido que el recuerdo de lo que en realidad es, porque creo que eso es justamente lo que me oprime el pecho. Y tengo que hacer un ejercicio de autoconvencimiento para que la sensación de haber pasado desapercibida desaparezca. Me consuela pensar que en casa está mi gato solito y que quizás él me esté echando de menos, y puede que eso suavice un poco todo lo que echaré de menos yo. Me gustaría poder dormir las cinco horas que dura el viaje pero mi memoria sensorial ataca en cuanto cierro los ojos, y por eso escribo, para tener la mente ocupada en ordenar palabras y así privarla de fantasías desmedidas. La imaginación es la única culpable de tanto desajuste emocional.
Granada (22 de marzo, 13:09 p.m.)
Con mi gato, que sí me echó de menos por lo que me dio a entender cuando abrí la puerta de casa, mi pajarillo cantando y mi perra recién recogida de la residencia, parece que el orden vuelve a mi vida, y al menos lo que queda de mes intentaré disfrutar de ese orden. Ahora, con oxígeno granaíno en los pulmones y habiendo dormido varias horas del tirón, puedo ver las cosas con más claridad. Ya no me preocupa tanto haberme quedado sin representante y la difícil tarea de tener que buscar otra agencia, ni la de vueltas y trabajo que conlleva encontrar salas para actuar, ni el "final" de la recién inaugurada primavera. Buscaré otra agencia sin ninguna prisa, enviaré material a las salas aunque sea a ciegas, y cambiaré el punto final del último viaje para añadirle puntos suspensivos al siguiente. Mientras tanto me concentraré en todas las cosas que tengo por delante, que no son pocas. Mañana toco con mi banda en "La Compañía", el viernes y el sábado hacemos el último fin de semana de microteatro y por ahí hay un casting con buena pinta al que me quiero presentar. Se vienen muchos ensayos, un rodaje y tiempo perdido que recuperar. Me estreso mucho, pero el trabajo me salva de mí misma así que lo pillo todo con ganas.
Quizás Madrid me mate, pero para eso tendremos que pelear antes. Rendirme no entra en mis planes, y hay batallas que valen la pena. Y aunque yo soy más de la lucha cuerpo a cuerpo (de ahí que me desangre a menudo) voy a probar eso de la prudencia como arma de defensa.
Y desafiando el oleaje
sin timón ni timonel
por mis sueños va,
ligero de equipaje
sobre un cascarón de nuez,
mi corazón de viaje (...)
Sabina, "Peces de Ciudad".
A hora y media de tomar el autobús que me devuelva a la cordura, estoy sentada en un banco al sol, con una libreta y un boli que acabo de adquirir en la estación a modo de salvavidas. No esperaba que el regreso a Granada fuera tan necesario, porque haciendo equilibrio en esta cuerda floja sin saber cuánto podré aguantar, es mejor que la caída me pille refugiada en casa que en las calles desconocidas de Madrid. Es el precio a pagar por el desafío. Vine a hacer lo que tenía que hacer y cuando lo hiciera volvería a casa. Irme contenta no estaba contemplado, lo sé, pero tampoco esperaba irme tan triste. No me cuestioné nada cuando tomé la decisión de venir porque si lo hacía no hubiera venido. Considerar las consecuencias me hubiera impuesto límites que, evidentemente, no quería tener y sin límites se corren riesgos. Yo era muy consciente de esos riesgos, pero el deseo impulsivo pudo más que todos ellos. Planeé esta "aventura" durante una semana con la ilusión de un niño el día de su cumpleaños, y eso fue suficiente para seguir adelante. Vine a ciegas, pensando solamente en el siguiente paso y confiando en que, al menos por mi parte, no fallara nada y creo que eso no lo hice mal. Todo lo que pasara a partir de ahí escapaba a mi control y esa parte desconocida es la que vine a descubrir (con todos sus riesgos).
Supongo que el éxito o el fracaso de algo se mide por la sensación final de la experiencia, y cuando los acontecimientos te llevan por caminos extraños que te desorientan y pierdes toda ubicación, aparecen los interrogantes y la sensación final no es buena. Hablar de éxito o de fracaso en esta ocasión no sería muy acertado. En realidad no sé cómo llamarlo, solo sé que tengo un escalofrío agarrado al pecho con los síntomas de que algo ha fallado, aunque no sea culpa de nadie. Quizás cargué la maleta con demasiadas ilusiones y olvidé echar la prudencia (siempre se me olvida algo cuando viajo). También se juntan muchas cosas... el quiero y no puedo, el sentirme empequeñecida en terreno desconocido, mi propia inseguridad ante casi todo, el verme a la deriva en un mar de gente sin saber exactamente a dónde ir, con el cuerpo cortado por el desenfreno y las alas cortadas por la prudencia ajena... e intentar ocultar todo eso tras una sonrisa y unas gafas de sol, aunque mi cuerpo desvelara en cada paso torpe tanto cansancio.
Son las 11:30 y a medida que me alejo de Madrid voy dejando un rastro de melancolía difícil de entender. No sé qué quería que pasara para sentirme mejor, pero sí sé lo que no quería. No quería la frustración, ni el desapego, ni la cordialidad. No quería despertar nerviosa en mitad de la noche, ni quería indiferencia, ni quería "normalidad". Y desde luego no quería que si todo eso se daba, pesara más el anhelo de lo que pudo haber sido que el recuerdo de lo que en realidad es, porque creo que eso es justamente lo que me oprime el pecho. Y tengo que hacer un ejercicio de autoconvencimiento para que la sensación de haber pasado desapercibida desaparezca. Me consuela pensar que en casa está mi gato solito y que quizás él me esté echando de menos, y puede que eso suavice un poco todo lo que echaré de menos yo. Me gustaría poder dormir las cinco horas que dura el viaje pero mi memoria sensorial ataca en cuanto cierro los ojos, y por eso escribo, para tener la mente ocupada en ordenar palabras y así privarla de fantasías desmedidas. La imaginación es la única culpable de tanto desajuste emocional.
Granada (22 de marzo, 13:09 p.m.)
Con mi gato, que sí me echó de menos por lo que me dio a entender cuando abrí la puerta de casa, mi pajarillo cantando y mi perra recién recogida de la residencia, parece que el orden vuelve a mi vida, y al menos lo que queda de mes intentaré disfrutar de ese orden. Ahora, con oxígeno granaíno en los pulmones y habiendo dormido varias horas del tirón, puedo ver las cosas con más claridad. Ya no me preocupa tanto haberme quedado sin representante y la difícil tarea de tener que buscar otra agencia, ni la de vueltas y trabajo que conlleva encontrar salas para actuar, ni el "final" de la recién inaugurada primavera. Buscaré otra agencia sin ninguna prisa, enviaré material a las salas aunque sea a ciegas, y cambiaré el punto final del último viaje para añadirle puntos suspensivos al siguiente. Mientras tanto me concentraré en todas las cosas que tengo por delante, que no son pocas. Mañana toco con mi banda en "La Compañía", el viernes y el sábado hacemos el último fin de semana de microteatro y por ahí hay un casting con buena pinta al que me quiero presentar. Se vienen muchos ensayos, un rodaje y tiempo perdido que recuperar. Me estreso mucho, pero el trabajo me salva de mí misma así que lo pillo todo con ganas.
Quizás Madrid me mate, pero para eso tendremos que pelear antes. Rendirme no entra en mis planes, y hay batallas que valen la pena. Y aunque yo soy más de la lucha cuerpo a cuerpo (de ahí que me desangre a menudo) voy a probar eso de la prudencia como arma de defensa.
Y desafiando el oleaje
sin timón ni timonel
por mis sueños va,
ligero de equipaje
sobre un cascarón de nuez,
mi corazón de viaje (...)
Sabina, "Peces de Ciudad".
miércoles, 15 de marzo de 2017
Placer en lo desconocido
La vida está llena de innumerables placeres: el sabor afrutado de la gelatina a la hora de la merienda, las 21:00 de la noche en primavera, quedar con amigos en el bar de enfrente para tomar vinos a euro, apoderarse del sofá con una buena peli y un vaso cerca o quedarte hasta la madrugada intercambiando mensajitos con gente que te hace reír. Y escribir. A veces escribir es placentero; otras veces es una necesidad. Escribo por necesidad cuando no soy capaz de verbalizar ciertas cosas y tengo que sacarlas de alguna manera, o cuando tengo tal lío en la cabeza que sólo escribiendo consigo ordenarlo. Hoy escribo por placer, por el mero placer de teclear y contar algo, por insignificante que sea.
Marzo ha llegado como una bendición en todos los sentidos: trabajo, dinero, independencia, ilusiones renovadas y el olvido necesario de errores pasados. Y cuando todo parece ir bien y logro por fin alcanzar la tranquilidad y el gusto por lo cotidiano, me dura dos días... Creo que no fui diseñada para eso. En cuanto me veo nadando en aguas tranquilas, salta un resorte en mi interior que me empuja a mares turbulentos como si la complicación fuera el motor que me mueve. Reconozco que soy un poco así y que luego me quejaré de los líos en los que me meto, pero si no fuera por ellos me aburriría muchísimo. También es cierto que no todos los líos los busco a conciencia; muchas veces vienen a mí y no sé esquivarlos (¿o no quiero hacerlo?).
El último lío que tengo en la cabeza me va a llevar a Madrid dentro de poco en un acto probablemente suicida para confirmar que, efectivamente, soy una masoquista emocional. Castings, entrevistas con salas de espectáculos, firma de exclusividad, encuentros casi a ciegas... todo mezclado en un cóctel molotov tan excitante como peligroso. Pero siempre me he fiado de mi instinto que es, sin duda, el mejor guía que tengo, y me lleve a donde me lleve estará bien (con todas las complicaciones que eso pueda generar).
Encuentro un extraño placer en lo desconocido, y es extraño porque se mezcla con el también miedo a lo desconocido. Supongo que el placer radica en la inquietud: ¿por qué da miedo? ¿por qué si da miedo accedemos? ¿por qué si accedemos estamos corriendo riesgos? ¿por qué correr riesgos nos pone tanto? Será por eso de que el que no arriesga no gana, y aún sabiendo que la posibilidad de perder está ahí, la posibilidad de ganar también, y nos resulta más atractiva... En muchas de las cosas que hago "por placer" no tengo claro qué busco; no sé qué ganaría si gano, o qué perdería si pierdo. Puede que no se trate de nada de eso. Puede que el placer esté simplemente en el hecho de dejarse llevar por inercia a algo que te da buena espina, pase lo que pase después...
Marzo ha llegado como una bendición en todos los sentidos: trabajo, dinero, independencia, ilusiones renovadas y el olvido necesario de errores pasados. Y cuando todo parece ir bien y logro por fin alcanzar la tranquilidad y el gusto por lo cotidiano, me dura dos días... Creo que no fui diseñada para eso. En cuanto me veo nadando en aguas tranquilas, salta un resorte en mi interior que me empuja a mares turbulentos como si la complicación fuera el motor que me mueve. Reconozco que soy un poco así y que luego me quejaré de los líos en los que me meto, pero si no fuera por ellos me aburriría muchísimo. También es cierto que no todos los líos los busco a conciencia; muchas veces vienen a mí y no sé esquivarlos (¿o no quiero hacerlo?).
El último lío que tengo en la cabeza me va a llevar a Madrid dentro de poco en un acto probablemente suicida para confirmar que, efectivamente, soy una masoquista emocional. Castings, entrevistas con salas de espectáculos, firma de exclusividad, encuentros casi a ciegas... todo mezclado en un cóctel molotov tan excitante como peligroso. Pero siempre me he fiado de mi instinto que es, sin duda, el mejor guía que tengo, y me lleve a donde me lleve estará bien (con todas las complicaciones que eso pueda generar).
Encuentro un extraño placer en lo desconocido, y es extraño porque se mezcla con el también miedo a lo desconocido. Supongo que el placer radica en la inquietud: ¿por qué da miedo? ¿por qué si da miedo accedemos? ¿por qué si accedemos estamos corriendo riesgos? ¿por qué correr riesgos nos pone tanto? Será por eso de que el que no arriesga no gana, y aún sabiendo que la posibilidad de perder está ahí, la posibilidad de ganar también, y nos resulta más atractiva... En muchas de las cosas que hago "por placer" no tengo claro qué busco; no sé qué ganaría si gano, o qué perdería si pierdo. Puede que no se trate de nada de eso. Puede que el placer esté simplemente en el hecho de dejarse llevar por inercia a algo que te da buena espina, pase lo que pase después...
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