martes, 3 de enero de 2017

Inquieta felicidad

Ya hemos cambiado de dígito y creo que es el primer año que no me termino las 12 uvas a causa de un ataque de risa. Precisamente este año, que tenía pensado un deseo de los que deseas muy mucho. Quizás sea una señal, quizás sea un "cuidado con lo que deseas porque puede cumplirse". De todos modos, el 2016 no quiso irse sin darme una recompensa por un año tan... inquietante. Adelantándose a mis deseos, me ofreció uno de esos regalos que no esperas, que ya dabas por perdido, que ya dejaste de buscar porque encontrarlo era misión imposible. Y empiezo el año con una felicidad que reconozco y que me acojona mucho. La felicidad siempre me ha dado miedo, es la peor droga que hay. Aceptable en pequeñas dosis, pero toda de golpe me lleva fuera de mí. Por suerte, la vida se apiada de mí a veces y me saca de lo establecido de un empujón sin ni siquiera verlo venir. Y a pesar del miedo, nunca he rechazado un regalo, y menos aún cuando tiene un poder incontrolable. Con miedo o sin él me rindo a mis instintos. Acabé el año inquieta, y lo empiezo igual. Es una inquietud buena porque todo lo que me haga "sentir", me gusta, pero no puedo adelantarme, no sé lo que va a pasar en ningún aspecto de mi vida, pero lo que venga lo afrontaré.
Quiero sacar valor para tomar decisiones y que todo lo que he acumulado en el 2016 tenga por fin una razón de ser. Decir "no" a lo que no quiero y decir "sí" a todo lo demás, tanto en lo personal como en lo profesional. Y quiero divertirme en el escenario y fuera de él, y que la diversión no tenga una doble cara. Quiero elegir bien mis palabras, y medir menos mis acciones. Quiero quitarme de fumar porque lo "semi" nunca me ha gustado, y quiero dejar de contradecirme.
Ahora, casi una semana después, puedo intentar expresarme más con la cabeza que con el corazón pero no puedo dejar de pensar en lo próximo, y lo he pensado de tantas formas que estoy más inquieta de lo habitual, y no sé si tan feliz. Quizás hay cosas que se hacen sin pensar, y que significan más para unos que para otros. Un regalo, pero sin ticket de devolución. Solo puedo esperar, y me espero cualquier cosa.
Pero ni lo bueno es tan bueno ni lo malo es tan malo. Y entre el bien y el mal me encuentro. En tierra de nadie, y en medio de ningún sitio. Con la certeza de saber lo que tengo que hacer pero sin medios para hacerlo. Con la esperanza de un rescate y en mala disposición para pedirlo. Y con unas ganas locas de delinquir aunque solo sea para volver a sentir esa inquieta felicidad.
Ahora que he sido descubierta ni siquiera me animo a dar señales, no vaya a ser que lo bueno deje de ser bueno y lo malo lo ocupe todo. Y como las cosas casi nunca depende de una misma, habrá que esperar a ver qué dice la parte contratante de la segunda parte. Quizás en un mes. Quizás ni eso. Quizás la primera parte no aguante un día más...


miércoles, 28 de diciembre de 2016

El año de mi primera vez

A los que habéis accedido a mi blog atraídos por el título de la entrada, ya podéis dejar de leer porque no va por ahí la cosa. A los demás, os cuento... Siempre hay algo que hacemos por primera vez, pero yo en un año, he hecho por primera vez muchísimas cosas. Y como al año le quedan cuatro días es buen momento para hacer balance.
El 2016 ha sido intenso, ni mejor ni peor, intenso. La palabra es ambigua, lo sé, y abarca mucho... Este año que se nos va me ha brindado la oportunidad de bailar en un escenario, interpretar un micromusical, tocar el ukelele en directo, cantar con un grupo de música, hacer de camarera infiltrada, guiar a turistas por una ruta de tapas, montar a caballo, presentarme a castings publicitarios... y todo por primera vez. Sí, he hecho muchas cosas por primera vez en solo un año y si me pongo a pensarlo bien, tengo hasta mérito. Porque ahora, a toro pasado, una piensa que tampoco es para tanto, pero hay que darle a las cosas el valor que merecen. Sí es para tanto, es para mucho. Hasta pocos segundos antes de hacer todas esas cosas pensaba que no podía, que la iba a cagar, que no era para mí. Sin embargo lo hice, tiré palante, y eso por sí solo ya vale mucho. Tuve dudas, infinitas dudas, con casi todo: "yo no soy bailarina profesional, me va a salir fatal", "yo no voy a poder hacer un micromusical, es mucha tralla, muchos pases, me voy a quedar afónica", "yo no sé qué hace una camarera infiltrada, para qué me meteré en estas cosas", "yo me caigo del caballo seguro, nunca voy a aprender a galopar y menos a saltar", "yo no soy cantante, no puedo afrontar todo un concierto"... Todo eran dudas, todo inseguridad, todo yo misma tal cual... Pero yo misma tal cual también despejo las dudas, también insegura me tiro a la piscina, y con miedo o sin miedo, me animo a hacer lo que haga falta. Tiemblo al principio, pero basta con hacer algo por primera vez para que todo lo malo desaparezca (miedo, dudas, inseguridad, nervios) y a la segunda me vengo arriba. Y no soy la mejor en nada de lo que hago, eso seguro, pero lo hago, y al menos ese mérito me lo voy a reconocer (que siempre me estoy tirando piedras, carajo). Y cabezona que es una, si veo que puedo hacer algo, el siguiente paso es hacerlo mejor, y en eso también me anoto un tanto. Soy muy curranta yo, y eso resulta que se acaba notando. Y sin ser la mejor, consigo no ser mala.
A otro nivel más personal el año ha tenido de todo, pero no como novedad: no me han puteado por primera vez, no me he sentido traicionada por primera vez, no me han dado con la verdad en las narices por primera vez; tampoco me han felicitado por primera vez, ni me he enamorado de tonterías por primera vez, ni me he sentido especial y querida por primera vez. Así que en ese terreno, seguimos como siempre, que al fin y al cabo, es como tiene que ser; la vida sin más. Con sus cosas buenas y sus cosas malas.
Creo que en general ha sido un año de siembra, de aprender a golpes, de valorar y tomar decisiones que no he sabido tomar. Un año de desengaños y de ilusiones corrompidas, que en cualquier caso no cambiaría. Quizás el 2017 toque recoger y todo lo aprendido me sirva para algo.
Pero quedan cuatro días, y el mundo puede cambiar en un segundo en realidad. En estos cuatro días tengo una nueva prima, tengo un bolo en Dólar con Jalea Teatro, y un encuentro que no sé muy bien si hará que me pierda más, pero que estoy deseando descubrirlo. Siempre para mí, para mis adentros, para mi imaginación. El norte queda por allí, lo tengo claro, pero deja que vea lo que hay por este lado... He encontrado muchas respuestas en el fondo del vaso, que si algo bueno tiene, es la sinceridad más sincera. Así que lo mismo hay suerte, y el vino me acompaña en estos últimos días de un año tan intenso, y puedo anotar en la lista otra "primera vez".

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Maneras de insistir

Muchas veces he sentido las ganas y la necesidad de abandonar ciertas cosas, de desistir en el empeño de alcanzar algo (o a alguien), pero siempre acabo encontrando razones para continuar. No sé si es una buena cualidad porque a efectos prácticos sería más fácil dejar de tragar y empezar de nuevo cuando notas que algo no funciona. Me gustaría pensar que soy de las que cortan de raíz con cualquier situación o persona que te hacen la vida complicada, pero descubro cada día que estoy lejos de ser así, y no sé si me gusta mucho... en realidad depende de cada caso. 
A veces está bien no decaer y ser insistente aunque te golpees con el mismo muro una y otra vez, pero otras veces siento que no es correcto dar mil oportunidades a lo que claramente no te lleva por buen camino. Es una cuestión de percepción intuitiva. Yo insisto en entrar en el circuito de Madrid, me rechazan en los castings, pero no tengo la sensación de estar perdiendo, al contrario, creo que gano algo de cada experiencia y que seguir insistiendo es el único camino para llegar a donde quiero. Pero en otras situaciones, cuando veo que algo no avanza, que me estanca, que me frustra o que me complica la vida, debería ser de las que se plantan, de las que no pasan ni una, de las que no tragan con cualquier cosa, y sin embargo encuentro razones para seguir. Cabezona que es una... porque no es que a mí me guste pasarlo mal o hacer permisiones inadecuadas, pero es tal la necesidad, una necesidad casi espiritual, vital y por supuesto económica, que acabas por cerrar los ojos, la boca, y todos los sentidos, aprietas los puños y tiras palante. Claro que en estos casos va una resignada, sin ilusión, sin expectativas, y eso tarde o temprano acaba por quemar. Supongo que cuando me queme del todo ya no encontraré razón alguna para seguir insistiendo. Ahora mis razones son poderosas, más que mi frustración, pero todos tenemos un límite (el mío debe estar muy lejos...). 
La insistencia tiene muchas caras y muchas maneras de actuar. A veces viene en forma pasiva, no motivas algo, no lo generas, no estás encima, y sin embargo salta un resorte dentro de ti cuando llega alguna señal que estimula cómo seguir "ahí", propiciando el momento ideal para alcanzar esa meta. Decir que no y ponerte firme es lo que mejor funciona en estos casos, al menos a mí. Es una negativa camuflada. Soy más orgullosa en lo personal que en lo profesional, claramente. Siempre he dicho que a mí es muy fácil hacerme daño pero es igual de fácil hacerme feliz, así que no sé muy bien en que rango de orgullo me muevo... Lo que sí tengo claro es que el fin debe ser muy valioso para que los medios estén justificados. Algo que no sirve para todo tipo de situación pero sí para algunas. 
¿Hasta dónde nos hacemos valer? Yo me valoro menos de lo que debería, pero yo soy yo, y me doy permiso para hacer lo que me dé la gana conmigo misma; no se lo permito a los demás. Y debe estar ahí el motivo de mi descontento a la hora de tragar saliva ante circunstancias y personas que no me dejan ser yo misma, pero que "me hacen falta" de alguna manera. Y entonces hago permisiones que no debería hacer pero que hago a regañadientes por el hecho de insistir. Seguir insistiendo. Insistentemente. 
Insisto en seguir subida a un escenario, insisto en ser juzgada en los casting, insisto en esa cita que no llega, insisto en mantener con vida a Luna así me cueste la mía, insisto en domesticar a mi gato y que deje de arañarlo todo, e insisto en quedármelo pese a la alergia que me da. Insisto en personas que valen la pena pero insisto más en que entiendan que yo valgo la pena mucho más (por arrogante que suene), insisto en la felicidad de lo cotidiano aunque no tenga claro si estoy equivocada y la felicidad tiene otro nombre. No insistiré donde claramente no tengo cabida porque eso no es ser insistente, es ser pesado, y la diferencia, aunque sutil, separa una virtud de un defecto. En todo lo demás seguiré inventando maneras de insistir. 


jueves, 1 de diciembre de 2016

La vida de "bee"

En mi último viaje a Madrid tuve la suerte de que tanto en la ida como en la vuelta el autobús contaba con tablets y cuando no estaba durmiendo podía ver pelis. Tuve que tragarme un par de bodrios antes de dar con una realmente buena. No pude terminarla así que me la pillé para verla bien al llegar a casa. Se trata de "La Vida de Pi", una de esas pelis que te dejan dándole vueltas al coco, como cuando vi por primera vez "2001. Una Odisea del Espacio". En mi caso, las pelis que me hacen pensar me llevan casi a la obsesión. Estuve varios días, con sus noches, intentando responder a todas las preguntas que me rondaban: ¿existía el tigre?, ¿existía la isla?, ¿existe dios?... ¡¡¿¿¿los plátanos flotan???!! Supongo que a veces la vida nos pone en situaciones extremas de las que solo podemos salir por nosotros mismos, aferrándonos a lo que sea que nos pueda ayudar, ya sea real o imaginario, se llame Dios o Richard Parker, sea válido para los demás o no... y que en el fondo, solo importa lo que signifique para ti, y que cada uno piense lo que quiera. Hay que quedarse con la belleza de las cosas, incluso con la belleza que reside en las peores situaciones, en los peores sentimientos y en lo más feo que nos pueda pasar. Mientras haya colores, sol, música, un pez nadando, estrellas en el cielo, poesía.., hay vida, y encararla es una elección y depende de gustos, genes, inclinaciones y circunstancias. Mejor o peor, la vida es así y nuestras decisiones (voluntarias o involuntarias) nos llevan a la deriva por un mar a veces alborotado y otras veces tan en calma que te puedes reflejar en él, y te ves, y lo entiendes todo. Momentos de lucidez lo llaman. Alguno he tenido. 
Y de estas cosas que tiene la vida, me he reencontrado con un viejo amigo. Un chico que conocí con 15 años, cuando estuve de intercambio en Manchester y con el que estuve manteniendo correspondencia durante varios años, hasta que un día se cortó la comunicación. Ahora, casi 20 años después, nos hemos encontrado por Facebook. Vive en un pueblecito del sur de Francia, trabaja de guía turístico, tiene casa, novia y animalitos y está hecho un hombre, aunque se sigue pareciendo a aquel chaval con espinillas que me llevó a ver "Titanic" a un cine inglés e intentó meterme mano. Recuerdo una frase que me escribió en una de nuestras infinitas cartas: "Mientras vivamos bajo el mismo cielo puede que nos volvamos a encontrar", y ahora la tecnología nos ha acercado tanto que sé seguro que nos veremos, tarde o temprano. Es genial comprobar cómo cada uno ha encaminado su vida a lo que le gusta. Él siempre me enviaba fotos de sus escaladas por las montañas, y de los viajes que hacía, y ver que ahora se dedica a hacer eso me ha encantado. Lo mismo  le ha pasado a él conmigo, que lo ha flipado al ver que he tirado por el mundo del artisteo. Recuerdo que cuando vinieron los ingleses a Motril hicimos una fiesta en una discoteca y una amiga y yo preparamos una canción, ella al piano y yo cantando. El único que me prestó atención fue él, que me miraba embelesado y con una gran sonrisa en la boca y que cuando terminé aplaudió como un descosido, y me dije que era una artista y que cantaba muy bien, jajaja... críos... 
Y es así, la vida te da sorpresas. Como que de pronto te escriba alguien a quien tú ya creías fuera de tu vida, y que se disculpe (más vale tarde que nunca) y que todo ese mal rollo que tenías con ella y que te llevó a echarla de tu vida, desaparezca como si no hubiera pasado nada. Si algo bueno tengo es que no soy rencorosa, aunque a veces me gustaría ser más firme y más fría a la hora de perdonar, aunque solo sea para eliminar la sensación de blandengue que se queda cuando te rindes a las buenas palabras sin recordar las malas acciones. Pero supongo que es mejor ser blandengue que vivir envenenada, y a fin de cuentas, si estoy donde estoy es también por "culpa" de esas malas experiencias que acaban por llevar a cada uno a su lugar. Será un rollo kármico... 
Seguramente el 2017 me seguirá dando una de cal y otra de arena, pero la cal y la arena del 2016 ha sido necesaria, y si echo la vista atrás creo que ha sido un buen año aunque apretado a nivel económico y con más desengaños de lo habitual. Así y todo, he logrado superar tantos rollos personales que no cambiaría ni un grano de esa arena (ni de esa cal). Ya estamos en diciembre, y antes de que el año termine me queda un mes entero por llenar. Tengo un nuevo bolo con The Happy Fish y otro con Jalea Teatro, un corto, un videoclip, y me van a entrevistar en EsRadio Granada, donde ya concedí una entrevista para promocionar el último concierto que hice con mi grupo el pasado 26 de noviembre. He aquí la entrevista en cuestión. Y fue a raíz de ella, que me propusieron ir al estudio este mes para una entrevista personal, así que allí estaré hablando un poco de todo lo que me ocupa. Y antes de meterme de lleno en trabajo, este finde me lo dedico al ocio más ocioso, a las relaciones sociales de placer, y a eso de jugar con fuego sin quemarme.


                           Entrevista en EsRadio Granada. The Happy Fish





lunes, 14 de noviembre de 2016

Brillar en la oscuridad

Hoy tenemos una de esas lunas que llaman "super lunas" y que se ven cada no sé qué panzá de años... Desde mi balcón se aprecia perfectamente como si fuera un foco iluminando la negritud de la noche, brillando en la oscuridad (algo que todos deseamos alguna vez).
Tras mi última experiencia en Madrid me quedé desencantada con esto del "artisteo". Tanta gente detrás de lo mismo, buscando una oportunidad (SU oportunidad), presentándose diariamente a castings y soportando negativas, rechazos, palabras hirientes y la desmotivación que todo ello acarrea. Yo me hice un viaje de ida y vuelta en el mismo día para eso... para encontrarme con una prueba de cámara tonta, a la que se presentaron muchísimas chicas con el mismo perfil que yo y esperando que entre todas ellas, la directora del casting se fijase precisamente en mí. Es como comprar lotería y creer que te va a tocar porque te lo mereces, porque te hace mucha falta o porque llevas mucho tiempo comprando; es una cuestión de azar. Todos quieren (y necesitan) que les toque la lotería. Allí mismo, mientras esperaba a que dijeran mi nombre, conocí a una chica que se había pegado también un viaje de autobús solo para eso (en su caso desde Alicante) y se volvía en cuanto acabara la prueba, igual que yo. Que te vuelvan a llamar tampoco es garantía de nada, al menos en este caso.
Me presenté porque el trabajo (en caso de conseguirlo) está muy bien pagado y necesito dinero, pero el dinero huye de mí... he tenido una segunda oportunidad de ganar pelas con un bolo de los Happy Fish, muy bien pagado también, y he tenido que rechazarlo porque mis compañeros no podían hacerlo ese día. Rodeada como estoy de gente que no piensa como yo, ni tiene las mismas necesidades, ni las mismas aspiraciones, ni nada de nada, pues qué quiero... Con Jalea no vamos mejor (siempre económicamente hablando): esto de ir de legales es un asco, Hacienda se queda con mi dinero, y entre retenciones varias, tantos por ciento a repartir, etc... acabas ganando un mojón.
Así que entre esto de querer destacar y darte cuenta que eres un grano de arena en el desierto, y trabajar para ganar dinero y no ganar una mierda estoy en plena crisis existencial, replanteándome mi vida o, mejor dicho, la forma de tomármela. Mañana tengo otro casting, éste en Granada. Así que sigo comprando lotería, pero ya no espero que me toque, ni espero que reduzcan el 21% de IVA cultural y dejen de robarme, ni espero ganar dinero con la música, ni espero brillar como la super luna. Pero no estoy triste. En realidad tengo más ganas que nunca de trabajar y de aprender. La falta de dinero es un problema pero también me hace apreciar más lo que hago, tomármelo en serio pero sin que eso me afecte negativamente, y me anima a seguir intentándolo. Igual es hora de ponerme en el lugar que me corresponde y empezar a construir una buena escalera en lugar de dar saltos.

lunes, 31 de octubre de 2016

El negro túnel de mis dudas

Muchas y variadas desavenencias inundan mi calma últimamente. No he elegido un trabajo fácil siendo como soy, o más que un trabajo... un estilo de vida. Una suele encaminarse a lo que le gusta y para andar el recorrido evitamos pensar en lo que conlleva, que en mi caso es la falta de dinero, la inestabilidad, la exposición pública (que tiene sus cosas buenas y sus cosas malas)... Tener un sueño no es suficiente, hay que saber cómo alcanzarlo y es ahí donde muchos fallan, o flaquean, o desisten, y también donde otros aciertan, crecen, aprenden y ganan. Entre tanto salto al vacío, delirios de grandeza, ilusiones, desengaños, victorias y derrotas está la persona que camina sobre la cuerda floja. Creo que hay que tener la cabeza muy bien amueblada para soportar lo que llaman "la bohemia" del artista. Algunos lo tienen todo tan claro que llegan a donde quieren sin detenerse en lo que hay alrededor, y otros (entre los que me incluyo) vamos poco a poco, abarcando lo que podemos y cuestionándonos a cada paso si lo hemos hecho bien, si no nos estaremos equivocando, si lo que nos dicen de bueno es realmente bueno o si lo que nos dicen de malo es razón para abandonar.
Personalmente, si hay algo que detesto es la mediocridad y lucho por huir de ella. Por eso cuando alguien  hace una buena crítica a mi trabajo no me la termino de creer, y cuando la crítica es mala me planteo toda mi vida. Si fuera una persona más optimista o creyera más en mí, me quedaría siempre con lo bueno, pero reconozco que no es mi caso. Con todo, tengo la suficiente claridad para reconocer mis errores cuando los hay, y mandar al carajo a los que ven errores donde no existen. Siempre he dicho que no hay peor juez que uno mismo y yo sé hasta dónde llego y lo que me falta por alcanzar. Pero a veces viene tanto de golpe que la cuerda floja se hace más floja aún, te echas a temblar y es fácil caerse (o dejarse caer y pasar de sudar sangre).
Recuerdo una vez de pequeña que estaba en el cortijo de mi abuelo y salí con mi tío a jugar por los balates. Mi tío, que solo tiene 4 años más que yo, por lo que también era pequeño entonces, me dijo que no era capaz de meterme por un canal cubierto, pasarlo gateando y llegar al otro extremo. Acepté el reto y comencé a gatear por el canal. Al principio iba bien, pero de pronto me entró miedo. El canal era más largo de lo que esperaba, ya no se veía nada, y empecé a encontrarme ranas, sapos, telarañas y bichos inclasificables que me paralizaron por completo. Quería salir de allí, el túnel se hacía cada vez más estrecho y oscuro, el techo no me dejaba levantar la cabeza y me agarró una claustrofobia brutal. Me puse a llorar y a gritar y quise volver, pero cuando miré atrás no se veía luz, así que pensé que con todo lo que había recorrido ya, la salida debía estar más cerca que la entrada. Avancé todo lo rápido que pude pero me encontré con un montón de fango que me llegaba a los hombros y me impedía el movimiento. Por suerte empecé a ver algo de luz y escuché la voz de mi tío llamándome a lo lejos. Seguí como pude y finalmente salí (a mi tío estuve sin hablarle lo que me duró el cagazo).
A veces pienso que mi vida es un poco igual: un túnel oscuro, inseguro, plagado de obstáculos y bichos y fango; un lugar claustrofóbico que asfixia y te bloquea. Y yo miro atrás y sé que ya no puedo regresar, que es tarde para darse la vuelta, y no me queda otra que seguir avanzando, aunque sea con lágrimas en los ojos, con desesperanza, con la incertidumbre de no saber cuánto me queda por delante, y si llegaré o me quedaré en el camino enterrada en el fango por agotamiento...
Últimamente me he sentido perdida en muchos sentidos. Perdida entre algunos compañeros, perdida en mis determinaciones, perdida entre amistades dudosas y entre proyectos a medias, perdida en la cama y perdida en mí misma. No sé qué clase de prueba es ésta, pero andar a tientas y golpearte a cada paso con un obstáculo distinto acaba por minar hasta la confianza más firme. Y yo, aún perdida, tengo que seguir en pie porque me niego a darle la razón a quien no la tiene y porque me lo debo a mí misma. Pero quizás sea hora de tomar decisiones más acertadas, hora de pararse en medio de la oscuridad y respirar antes de dar el siguiente paso.
En un camino sembrado de dudas no sabe una a qué atenerse... ¿quién tiene razón? ¿quién nos juzga? ¿qué debo hacer? ¿a quién escucho? ¿a quién ignoro? Un psicólogo me diría que la respuesta está dentro de mí (y encima me cobraría por eso...); Bob Dylan dice que está flotando en el aire (que está muy bien para que te den el Premio Nobel de Literatura pero a efectos prácticos no sirve), así que lo mejor será dejar de hacerse preguntas y empezar a plantear respuestas.
Ahora tengo un nuevo inquilino en casa, otro que también andaba perdido... es un gato de apenas dos meses que Mario encontró desorientado por la rotonda que hay debajo de mi casa. Lo siguió hasta el portal, pese a la imponente presencia de Luna, y decidió subirlo a casa. No tenía intención de quedármelo, y sin embargo aquí lo tengo ahora, ronroneando en mi regazo mientras escribo. Es un bicho lindo, aunque será toda una hazaña amigarlo con Luna y evitar que se lastimen mutuamente en el proceso. Le he puesto de nombre Mike, por mi querido Miguel Mateos, aunque es tan enano que prefiero llamarlo Mickey. Así, entre la perra, el agapornis y el gato mi casa está llena de animales perdidos, empezando por su dueña, y vivimos todos bajo el techo de este zoo-ilógico donde la vida parece cobrar más sentido a veces que allá donde reside la lógica exterior, aplastante y enfermiza, infestada de dudas e irremediablemente perdida.

martes, 4 de octubre de 2016

Un año de equitación

Más o menos por esta época, el año pasado, empecé mis clases de equitación. Una chica estaba terminando su clase cuando yo llegué el primer día. Estaba saltando obstáculos y me quedé mirándola con admiración y miedo a la vez. Pensé que yo ni de coña iba a hacer eso. Me conformaba con aprender a montar a nivel básico y poco más. Aquello me parecía de competición y yo no aspiraba a tanto. De hecho, mi motivación principal para apuntarme a equitación era ampliar mi CV, añadir una habilidad más, y para eso, con hacer que el caballo se mueva y no caerme, me parecía suficiente...
Recuerdo aquel primer día bastante bien. Hacía calor todavía y las yeguas tenían un millón de moscas alrededor, el olor era raro y por supuesto el pelo de las crines me daba alergia. Javi me enseñó a hacer el nudo para tener atada a la yegua mientras se le ponía la cabezada y la montura, me enseñó cómo colocar todo, y me enseñó todas esas palabrejas extrañas (ahogadero, muserola, estribos, testera...). Hoy todavía me cuesta meterle el filete en la boca a la yegua, ajustar la montura y equilibrar los estribos, pero va saliendo. Me enseñó también que antes de montar hay que preparar al animal: un cepillo para quitarle el polvo del cuerpo, otro para peinar las crines y la cola, y otro chisme para limpiar los cascos. Más adelante también aprendí a bañarlos, que no tiene ninguna ciencia porque básicamente es meterle manguerazos, pero es importante tener cuidado con la cabeza porque se ponen nerviosos si les entra agua en los oídos. Y para darles de comer (una zanahoria, por ejemplo) hay que poner la comida en la palma de la mano y acercarla a su boca para que ellos la cojan; si se la das de otro modo te pueden morder sin querer. Después de llevarme un par de pisotones, también aprendí a tener cuidado con dónde colocar los pies cuando estás al lado del animal. Un pisotón de un bicho que pesa mínimo 400kg hace pupa...
En aquella primera clase me pusieron con Morena, una yegua enorme y la más vieja de las que tienen allí, obediente y poco impulsiva; la mejor opción para principiantes acojonadas como yo. Casi pido una escalera para subirme en lo alto, me parecía dificilísimo encaramarme allí arriba. No sabía dónde agarrarme para no caerme, aquello no tiene cinturón de seguridad, ni arnés ni nada... Javi la tenía cogida con una cuerda así que prácticamente la tenía controlada, pero a mí me temblaban las piernas igual. Me explicó cómo coger las riendas y que sonidos y movimientos son los que "arrancan" al animal. Empezamos poco a poco, al paso, despacito, para ir pillando equilibrio, para entender el contoneo de la yegua a cada paso que da y cómo tu cuerpo acompaña de forma natural. En pocos días empezamos a trotar. Eso de ponerme de pie en los estribos también me parecía de locos, pero es algo que se aprende rápido. Cuando pillas la confianza suficiente lo haces de manera mecánica. Un estrujón con la pierna en el lomo del caballo y se pone al trote, y para ir cómoda, te levantas en cada subida de cuerpo. También está el trote sentado que es más incómodo pero necesario en algunos casos. Con los meses fui perfeccionando la técnica y aprendí también a trotar en suspensión, trotar soltando las riendas, mantener el equilibrio cerrando los ojos, controlar la dirección de la yegua, hacer círculos cerrados, pasar del paso al trote, del trote al paso, parar en seco... Aprendí (y sigo aprendiendo) a colocar bien el cuerpo, las piernas, los brazos, la cadera, a no pegar tirones bruscos, a colocar la espalda recta y relajada y las rodillas sin tensión.
Un día Javi me dijo que ya era hora de galopar. Me entraron todos los sudores del mundo. La primera vez es difícil. Me dijo que me sentara en el trote, que él con la voz le daría la orden a la yegua y que si sentía miedo que me agarrara de las crines o de la parte delantera de la montura, por supuesto sin soltar las riendas. Me costó dar ese paso, pero lo hice, y sí... lo pasé mal. Estaba acostumbrada al movimiento del animal al trote pero al galope cambia, e incluso aunque no corra mucho, la sensación de velocidad es grande. Los primeros días que empezamos a galopar temía caerme y no sé en qué momento empezó a gustarme aquello. Cuando controlas un poco, te das cuenta que al galope se va mucho más cómoda que al trote y quieres correr más, y que no se te pare la yegua y seguir dando vueltas y vueltas.
He montado a cuatro de las yeguas que tienen en el club: Morena, Distinta, Luna y Zambra. Solo me he caído una vez, creo que fue con Distinta, aunque no se puede considerar una gran caída porque lo que pasó es que perdí el equilibrio casi parada, y me deslicé por el lado izquierdo y caí. Pero no lo recuerdo como algo traumático. Javi dice que eso me pasó porque me iba a poner a saltar ese día y me asusté, y el susto me llevó a ponerme nerviosa y perder el equilibrio. Tiene sentido. No salté ese día. Si no vas con confianza es mejor dejarlo. Salté en la siguiente clase. Fue mi primer salto, saltito más bien, pero un salto al galope. Yo había visto hacerlo a mucha gente durante las clases, incluso a niños pequeños, y me fijaba en la postura que adoptaban, levantando el cuerpo y poniéndose en suspensión justo en el momento del salto y "mirando lejos", como siempre dice Javi. Cuando tuve que hacerlo yo no me terminaba de salir y tuve que dar varias vueltas hasta que en una de esas la yegua me hizo caso, se puso al galope y saltó. Insisto, era un salto pequeño, pero fue el primero y salió.
Ha pasado un año... Me he acostumbrado a las moscas cuando hace calor, aquel olor raro ahora me resulta atractivo, no he dejado que la alergia me impida acicalar al caballo por mí mima, y hace dos semanas que empecé a saltar. Aquello que vi el primer día y que tanto respeto me daba lo estoy empezando a hacer sin darme cuenta. Ya tengo la habilidad suficiente para poner en mi CV que monto a caballo, pero ahora quiero seguir. No voy a competir ni nada de eso, pero me encanta montar. Ya no lo hago por CV, lo hago porque me flipa este deporte. Montar me ha dado confianza, equilibrio, afán de superación. Me mantiene en forma y me acerca a un animal que adoro. Me ha quitado miedos y complejos, y me ha servido de terapia en esos momentos feos que todos tenemos y que se curan conectando con otra cosa más fuerte que tú. A veces terminaba las clases pensando "Si puedo hacer esto, puedo hacer lo que quiera".
Seguro que me vuelvo a caer, seguro que en una de esas hasta me hago daño, pero no voy a pensar en lo malo. A fin de cuentas, estamos en peligro todo el tiempo; un día casi muero asfixiada con un kiko, y otra vez me pasó lo mismo con una tostada mientras desayunaba tranquilamente en casa. Así que si es por eso nunca haríamos nada. Y yo tampoco soy tan loca. Tendré cuidado y ya está...


UN AÑO DE EQUITACIÓN