sábado, 31 de octubre de 2026

Restringida

Hoy es un día feo, como sin gracia. Un día vacío, gris y nublado. Hay días así, en los que el cielo parece haberse metido dentro de una misma y todo tiene un regusto a despedida. Siento que una etapa vuelve a cerrarse, solo que esta vez deja más cosas en el camino... (Algún lugar de octubre).


En el intento de conseguir algo había una satisfacción que se prolongaba hasta la próxima vez, pero ahora que solo queda regodearse en el logro, ya no queda tiempo para eso, y tampoco para mucho más, porque algunas cosas llevan impresa la fecha de caducidad que nunca miramos. 

Hay una pequeña condena en conocerse un poco a una misma, y es que cada vez resulta más difícil conformarse. 
Y por eso, pocos días después de la noche del insomnio, me puse a limpiar mi casa para ocupar las manos en algo, grabé vídeos para todos los castings que me llegaron tan seguidos, contesté a una oferta de trabajo con mi monólogo, y a un posible "picnic nocturno" de quien menos me podía esperar. Un plan que nunca llegó a darse porque, otros pocos días después de la noche del insomnio, obtuve, en un arrebato de sinceridad, las respuestas que necesitaba. Y así, con las dudas ya despejadas, encontré bajo otro cielo distinto la recompensa y el castigo a tanta espera. 
Pero la decepción inicial a tantas expectativas trajo consigo un millón de interrogantes que me ocuparon un día muy largo de aislamiento forzoso. Me llené de vacío ante el baño helado de una realidad que en nada se parecía a la mía. Una realidad que no mostraba salida satisfactoria a ese laberinto de callejones emocionales en los que me encontraba tan perdida. 
Algo parecía haber muerto, o quizá me adelantaba a una muerte anunciada. Aunque, en perspectiva, aquello no duró mucho. 
Entendí pronto que mi mayor miedo era estropear algo que había costado mucho tiempo construir, y que parecía más bonito cuando nunca empezaba, porque si no empezaba, no podía acabar. Y ese día, sí que se había estropeado, pero volvió a arreglarse de otra forma al día siguiente. Ahora era todo distinto, estábamos en otro sitio. Y desde ese sitio, la dinámica había cambiado. 

Eso lo supe mejor otros pocos días después, en ese lugar perfecto donde todo empezó, sin nadie alrededor, sin nada que ganar, y sin nada que perder ya.
De aquella vez, me queda la gran satisfacción de saber que no me había equivocado tanto cuando encontré, entre los hierros de la cama, lo que creía descartado. 
La mejor de las condenas. 
Y ahora me quedan mil recuerdos del camino recorrido hasta llegar ahí, y las estampas mentales de un cielo atascado de estrellas, de una oscuridad que te abraza por la espalda, o de la lluvia colándose por un paraguas roto. 

La despedida no fue tal, porque nadie se despide si quiere quedarse, pero en un giro injusto de guion, me robaron el penúltimo adiós. 
Viví con tanta ansiedad los días previos que, en el momento de la verdad, salí disparada de casa y me puse a andar sin rumbo intentando aceptar lo que no quería, y acarreando nervios, miedos, incertidumbre, frustración y la visión de un futuro próximo muy desalentador.  
Por suerte, y a pesar de la desdicha, ese futuro de mierda no fue tal cuando vi que todo empezaba a fluir bien (fluir es la palabra, sin lugar a dudas). Entonces pude despedirme de otras cosas, de otras personas, y de otros lugares con más alegría que tristeza. Brindar conmigo misma con un gin-tonic, crear lazos nuevos en lugares antiguos, seguir haciendo gente en el camino y buscarle el lado bueno a estar sola entre esos hierros, porque la mejor compañía seguía estando conmigo.

Tengo aceptadas muchas cosas, y no pierdo de vista la experiencia que me precede, porque el miedo ha cambiado de personajes, pero el escenario y el guion siguen siendo los mismos. 
Un delirio restringido a un callejón sin salida, con acceso restringido a multitud de circunstancias incontrolables, en el que yo misma estoy literalmente restringida. Algo que debería servir para hacerse a un lado y que, sin embargo, empuja con más fuerza hacia el borde de un precipicio demasiado alto. 

Ha pasado tanto tiempo desde esta recta final, que ha dado tiempo de que cayeran las primeras nieves sobre las cumbres de Sierra Nevada, y se derritieran. Y así, sin nieve ni frío real, se viene el mes que más detesto del calendario.  Y preveo tiempos difíciles haciendo equilibrismo emocional sobre la cuerda que yo misma me empeñé en construir y que ahora me tiene atada a un futuro incierto. 

Con las defensas bajas por tanto ajetreo, por tanto echar de menos, por tanto desprenderme, sólo quiero coger este mes que empieza para ordenar lo que sea que esté en mi mano, y calcular, con la precisión de la experiencia, los siguientes pasos entre esa oscuridad que lleva consigo este quiero y no quiero.