viernes, 5 de diciembre de 2025

Querer o no querer

El otoño ha sido corto y bonito, y del último coletazo ni me voy a enterar. Ha pasado como un animal que apenas te roza, pero que deja una huella; una filigrana leve e íntima que, comparado con los silencios de hace (exactamente) un año, casi parece ciencia ficción. 

Mi yo de entonces habría saltado de alegría ante las repetidas reacciones y los últimos mensajes, pero mi yo de ahora solo sonríe, sin esperar nada, como quien mira un paisaje bonito sabiendo que no es suyo.  Porque las palabras no tienen palabra, sólo el brillo vacío de esas expresiones buenrrollistas que se dicen por decir sin prometer nada . Algunas frases tienen la mala costumbre de sonar a vendaval cuando sólo son aire tibio... (aunque, dado el historial, es todo un avance). Con todo, esas palabras huecas convirtieron mi pequeño prodigio en algo más grande; lástima que ahora sólo sirva para aliviar el frío en el pecho de otro 5 de diciembre casi olvidado. 

Como un  déjà vu emocional, otro curso se acaba y con él, la misma imagen se disipa, como en el sueño que tuve aquella misma noche. Dentro de ese sueño tuve la lucidez de preguntarme si aquello podía ser real. Era tan improbable que tenía que ser un sueño, pero lo sentía tan de verdad que dudé. El corazón, en esos momentos, siempre es más crédulo que la mente. Cuando sonó la alarma del móvil, refunfuñé: “Sabía que era un sueño”, y me dormí de nuevo con el eco de la decepción flotando en el subconsciente. Pero una decepción que ya no perdura, porque cuando una divide la energía entre dos incógnitas, deja de necesitar resolver ecuaciones imposibles. 

Entremedias, el bolo privado que tenía el 12 de diciembre se canceló por la muerte del padre de la cumpleañera, y aunque lo sentí, también respiré aliviada. Tantos viajes juntos, sin contar el que me salió casi de un día para otro, me asfixiaban. El circuito madrileño de dos días de "magia navideña" fue una locura improvisada de las que salen bien, a pesar de que casi muero congelada en Torrejón (por suerte no necesité ir a ese hospital...). Volver a pisar Madrid después de tanto tiempo, tomarme una cerveza en la Plaza Mayor, y conocer Alcalá de Henares fue un regalo. Y compartirlo con Encarni y compañía, y con un conductor de ola que me dejó en la puerta de casa, lo maximizó. 

Y como si la vida quisiera insistir, y pincharme, y devolverme una esperanza tonta que ya no quiero, siguieron los avances inesperados en el mundo virtual. Pero yo sólo pude responder a ello dejando, sin que se notara, una puerta abierta, como otras veces. Ya hay tantas que empieza a haber corriente... y, sin embargo, aquí nadie tiene suficiente frío. Todo se queda en algo pseudoplatónico-moderno que pasa por contemplar pantallas en lugar de mirar a los ojos. Supongo que no da para mucho más. 

Pero aunque las cervezas nunca se cobren, ni llegue a escuchar esa risa entre el público, casi todo lo increíble que me ha pasado este año se lo debo a la misma presencia invisible. Porque, directa o indirectamente, lo ha desencadenado todo. Quizá, sin querer, abrió una puerta en mi destino. Y yo, que no me gusta dejar puertas abiertas porque siempre tengo frío, camino a través de ella con la misma mezcla de nostalgia y esperanza que dejan los otoños cortos y bonitos. 

Y por aquí, mi penúltimo artículo del año, basado muuuuuy libremente en historias para no dormir que me contó un amigo acerca de otro amigo, que ya ni siquiera sé si conozco. 



sábado, 15 de noviembre de 2025

Y llegó la nieve...

…y con ella la separación, el silencio y, probablemente, el olvido. Un gran paréntesis de frío y espera que hace que todo se escurra entre los dedos como la nieve (o como yo misma). 

Y, a menos que en un rato suenen todas las trompetas celestiales juntas, los próximos meses estarán marcados por la impaciencia y el deseo de ver la montaña desnuda otra vez. 

Y yo buscaré en los garitos más acogedores el calor del escenario, y las posibilidades más remotas, para que la primavera llegue antes. 

Y la primavera llegará, aunque sea pronto para saber si lo hará con nuevos aires o con viejos recuerdos. 


Y, mientras tanto, vuelan los versos desde otros dedos impacientes. Y la vida se vuelve tan rara y bonita a la vez que ni todas las nubes, espesas y grises, que cubren el cielo estos días pueden ocultar la luz que, desde dentro, lo ilumina todo.  




miércoles, 5 de noviembre de 2025

Capaz

A veces, lo mejor no brilla. No llega envuelto en papel bonito. A veces, lo mejor duele, cansa, rompe.. pero también enseña. Lo que queremos no siempre es lo que nos conviene. 

El último circuito fue un desafío. Torceduras, líos, quejas, dolores de cabeza, falta de sueño, incertidumbre… y aun así, salí adelante. Sobreviví a todo eso con la mente hecha trizas, el cuerpo agotado y el alma helada. Pero seguí. Porque siempre sigo. Y porque funciono bien bajo presión aunque la salud se resienta. Y entre el caos, siempre hay pequeños premios: El Sueño de Toledo por fin ante mis ojos, el bocata regalado del dueño de esa tienda que ya se acuerda de mí, la sonrisa del conductor del tren, o que me llame por mi nombre el del restaurante. Detalles diminutos que, juntos, arman algo parecido a la felicidad. Y con los 30€ que me ahorré me compré un jersey bonito. Un auto-regalo como recompensa a ese esfuerzo que no siempre se ve, ni te reconocen, ni valoran, pero que tú sabes que mereces. 
Todo el desbarajuste empezó a un nivel más íntimo la noche anterior, cuando vi truncada esa última oportunidad que quizá nunca llegue, o llegue tarde, para variar. Nos cruzamos en el tiempo; mientras yo estaba en Valencia sin poder creerme que todo estuviera saliendo tan a pedir de boca, otro autobús salía para Toledo antes de que yo volviera. Qué desfachatez del destino... Pero Valencia fue magia. Gente maravillosa, risas, invitaciones, rutas perfectas, otro balcón frente al mar, ver el Oceanogràfic, caminar por la playa, jugar al ping-pong, recibir propinas, y la Albufera... ese último golpe maestro que me saqué de la manga gracias a un conductor valenciano que había conocido en el tercer viaje a Puy du Fou, y que me facilitó toda la info. Estaba fuera de programa, pero me dieron vía libre para improvisar, y conté con un conductor que me apoyó. El resultado fue lo que siempre esperas de cada viaje que te has currado a tope: volver con el corazón (y el bolsillo) un poco más lleno, buenas reseñas, y hasta cierta pena cuando te despides de la gente. Por eso el último Puy du Fou dolió más: tantas expectativas truncadas desde antes de empezar, tanto esfuerzo que se disolvió entre inconvenientes, tantas ganas de una oportunidad más. 
Pero llegó noviembre como un lienzo en blanco, y la vida, terca, sigue: Hice el casting de ASP (gracias, Hermo), tengo bolos en el horizonte, excursiones en diciembre, y lo más anecdótico: un curso que acabo de empezar. Porque cuando una deja de aferrarse, el corazón de otro te recuerda cosas, aunque llegue un año tarde (o quizás, justo a tiempo). Y no llegó solo. Llegó con un mensaje privado de esos que te descolocan porque no sabes la intención de fondo, aunque tú te imagines mil razones distintas. Y si no fuera porque mi mente analítica está en otra parte ahora mismo, esta entrada sería muy diferente. Llevaría dos días incansable tratando de escudriñar cada palabra y sus múltiples posibilidades para tratar de llegar a alguna conclusión (más idílica que la real, seguramente), y todo mi mundo giraría en torno a eso, a una presencia que de pronto vuelve, y que querría tener aquí plasmado. Y como me viene pasando últimamente, una cosa lleva a la otra, y sin darte cuenta estás haciendo algo que no hubieras hecho nunca sin ese empujón. Y el empujón me lo viene dando la misma persona desde hace ya tiempo; una persona para la cual, al parecer, no soy más que una "conocida".
Y así andamos. Entre bolos, castings, viajes, y artículos, va una fluctuando, como un barquito de papel a la deriva, entre la mente maravillosa y la fuerza bruta, con una sierra en medio que separa y que une, y que a mí me pilla a la misma distancia, aunque aquí nadie se atreva a dar un paso. Y el que se atreve arranca con tanta fuerza que hace que mi barco vuelque (mi vida parece una peli de Woody Allen a veces...). 

Y mientras tanto, aquí estoy yo, que soy tan guapa y tan lista, y que me quedo al lado de quien sabe cómo, sabe cuándo, y sabe cuánto. De quien llegue en el momento justo, de quien me sostenga cuando las entradas se descuadren, de quien no rechace un abrazo a destiempo. 
De quien sea tan capaz como, según me cuentan, lo soy yo. 

Aquí, los últimos artículos. 
Que, entre viajes y obsesiones, todavía me quedan neuronas para escribir. 







sábado, 18 de octubre de 2025

Tan afortunada. Tan desacertada

Me encerré en casa tras volver de la playa para preparar todos los viajes que, a partir del 21 de septiembre, se irían sucediendo cada semana sin descanso. Y, a pesar de estar sola y tener que ocuparme de mil cosas más, hasta saqué huecos para darme un descanso y cumplir con los amigos. La tensión constante la mantenía a raya la mayor parte del tiempo. Algunos días me vi sobrepasada, pero esos momentos sólo estaban anticipando lo mejor, aunque yo aún no lo supiera. 
La buena suerte me ha estado acompañando mientras yo acompañaba a la gente, y hasta aquello que se torcía, resultaba en un beneficio inesperado. Y así he estado el último mes, yendo de piscinas infinitas, a embalses con lluvia y a ríos con sol, con la vida, y el tiempo, y la suerte de mi lado. Imaginé un lugar tranquilo con vistas al mar, habitaciones grandes, buenas compañías, buenas comisiones… y lo tuve todo y más. Me hubiese quedado un mes en ese balconcito de Velilla mirando cómo anochece el Mediterráneo. La gente de ese pueblo escondido en las montañas de Málaga es de lo mejor que me he encontrado por ahí. Y Pepe y Margarita con sus tiendas, y su infinita generosidad. Un regalo aquel primer circuito que tanto tiempo y dedicación me costó. Luego vino una excursión al límite de lo insufrible, pero que me hizo conocer a un compañero encantador que paró un autobús de larga distancia en mi portal, como si fuera un maldito Uber, para que no me viniera sola desde la estación a las doce de la noche. Y Toledo… tanto Toledo en octubre. Un circuito que me encanta porque lo conozco, y deja pelas y tiempo libre. Y más bonito se hace en buena compañía, alojada en otro hotel distinto (e incomunicados porque no llega la señal por esa zona), y tomando Cacique Cola con quien se convierte en tu mejor amigo por tres días. 

Todo tan sobre ruedas, tan perfecto, incluso tan idílico, me asustaba (¿por dónde me vendría el palo?). Y resulta que el palo estaba donde lo dejé la última vez. Porque se me da bien medir los tiempos y las distancias con los sitios, pero no con todo lo demás. Y resultó que la adrenalina acumulada de tres días, me hizo fallar el tiro en el último movimiento. No medí bien ni tiempo ni distancia; segunda vez que me pasa en menos de un año. Y, al igual que en la primera, no sé si tendré la oportunidad de hacerlo mejor en la segunda. Los terrenos pantanosos, con mil señales de prohibido el paso adornando una ciénaga intraspasable, son mi especialidad. Y la urgencia del tiempo y de la sangre me coloca siempre en el lado más "inapropiado". Pero yo sé lo que hay, no estoy loca. Lo que estoy es rodeada de cámaras de vigilancia invisibles, como si viviera en el 1984 de Orwell, que hacen de los principios una necesidad con N mayúscula. Y yo necesito lo inconveniente (así venga de lo más impensable), pero me choco con paredes de hielo al más mínimo gesto, porque el centro de vigilancia está presente 24/7. 

Lo bueno de "lo malo" es que he conseguido lo que quería: un cambio de imagen mental antes de que comience el curso. Prueba de ello es que ni siquiera me presentara (teniendo la oportunidad) en el lugar donde todo empezó con la esperanza de un encuentro casual. Me dio pereza; me dio igual. Es salir de Guatemala para entrar en Guatepeor, sólo que ahora, tan afortunada, siempre espero lo mejor por muy desacertada que me pille. Porque, para según que cosas, yo no fallo sin ser consciente; cuando "fallo", sólo me estoy dejando ganar.


miércoles, 10 de septiembre de 2025

Ni tan mal

Quise irme a la playa el 1 de agosto; tuve que esperar hasta el día 20 para hacerlo (los mecánicos también se cogen vacaciones), pero entremedias, y antes, y después, seguía siendo verano. Estar en casa (casa en llamas por las continuas olas de calor) no me impidió disfrutar de tantas cosas chulas que se fueron sucediendo: cumpleaños, conciertos, visitas del otro lado del charco, la Alhambra y el Albaicín, las terrazas de las Gabias y, especialmente, la gente; mi gente. La que está cuando tú te quedas, y la que te llama si no vas. 

Aproveché los largos y soporíferos días en ordenar muchas cosas (siempre estoy ordenando algo). Di con joyitas escondidas en la red que me abrieron mi dura cabeza de par en par, y conseguí, con sólo creer que podía, todo el trabajo que me estaba faltando hasta el punto de tener que rechazar ofertas, recuperé el coche que, por suerte, tuvo arreglo (un arreglo pagable), alcancé los 50 y los pasé como una campeona, me marqué una cifra y empezaron a salirme las cuentas, y la inercia de todo me llevó a ser y estar; sin conflictos, sin prisas, sin necesidad. Y ahí empecé a brillar, y todo brilló alrededor. 

Por eso, cuando por fin me fui a la playa, la alegría era desproporcionada. Sólo estaba en la playa, como tantas veces. Pero, no; esta vez era mejor, porque esta vez pudo no haber sido. Y aunque tuve que esperar 20 días, allí estaba el mar, con su agua cristalina y su perfecta temperatura. Y también estaban los perros jugueteando, y papá y mamá con el Atípico cerquita para airearse, y mi sobri con un año ya cumplido y a punto de andar. 

Después de un primer finde de contacto, aproveché la primera semana de septiembre para despedirme a mi manera. Sola (o, mejor, con mi Chulo), con todo lo necesario para trabajar un poco y desconectar mucho. Con la tranquilidad de la playa, a esas alturas, semivacía, la temperatura más que agradable, y los bañitos de sol y sal. Una noche me encontré en la arena una piedra azul, brillando como el reflejo de la luna en el mar. Me la traje como el recuerdo de que siempre habrá noches de verano en cualquier parte, pero las mejores están en la costa. 

Y entre reuniones con amigas, primos y demás familia, la semana pasó volando y volví más feliz, si cabe, a mi ciudad que ya empieza a llenarse. El barrio sigue creciendo con nuevos edificios, piscina al lado de casa, un nuevo negocio donde antes estaba el bar en el que trabajé (han durado poco), y la reapertura de la academia de baile. 

Solita en casa hasta el 10 de octubre divido mi tiempo entre la preparación de los viajes, los viajes en sí, y los pocos momentos de ocio que eso me deja. De vez en cuando, hasta saco un rato para abrir una botella de vino, poner música y escribir. Me faltan un par de mensajitos para explotar de alegría. Pero de momento, con lo que tengo... ni tan mal. 















jueves, 28 de agosto de 2025

Absurdas coincidencias

Casi todas las cosas aparentemente absurdas que me han pasado este año me han llevado a las cosas más chulas que me han pasado este año. Es como si, ante cada puerta, hubiera que hacer algo absurdo para poder atravesarla. Y una vez que lo haces, te alegras, pero vas a ciegas, sin saber exactamente a dónde conduce. Tú sólo te dejas llevar por una extraña inercia de estupidez mal contenida, luego te dices “qué absurda coincidencia”, y al final entiendes que de otra manera igual no hubiera pasado. Y agradeces lo absurdo de todo.

Sea como sea, a lo largo de este año ha habido muchos momentos en los que me he sentido absurda, o han pasado cosas absurdas. El 90% de esos momentos han llevado, directa o indirectamente, un denominador común (o, en mi caso, un “común dominador”). Y justo cuando ya ni me acordaba de cuál era, vuelve a ocurrir lo absurdo. “Paso” fue el primer pensamiento, y aún más importante, el primer sentimiento; pasaba de verdad. Y, de pronto, la coincidencia. Y, con ella, lo absurdo de nuevo. 

Te llega de repente algo que te habían recomendado, algo que últimamente veías y oías por todas partes, algo para seguir avanzando, para no quedarte atrás. Pero eso no es lo absurdo; esa es la coincidencia. Lo absurdo es la circunstancia. Ese 90%.

Hoy se me mezcla el color naranja y morado con esa sensación absurda, y acabas entendiendo que esto es una lucha de poder, una guerra de egos, algo que no se parece en nada a lo que fue en su origen, algo que se ha ido desvirtuando con el tiempo, con la ausencia, con el silencio, con la lejanía, con el calor… No estoy dispuesta a pasar por ese aro. Lo supe después, pero más vale tarde. Hoy me ha llegado lo mismo, pero desde otra fuente, y esa opción desbanca lo absurdo, y sólo me deja la maravillosa coincidencia. 

Este verano he tenido mucho tiempo para pensar (todo el que no tendré en los próximos dos o tres meses). Y en todo ese tiempo he entendido cosas importantes, cosas que de primeras no se encajan tan fácil, pero que, con un poquito de voluntad, no sólo se encajan, sino que te hacen infinitamente libre. A veces lo que queremos es justo lo contrario a lo que necesitamos. Y yo, entre las muchas cosas que quiero, empiezo a distinguir lo que no necesito en absoluto, los caprichos estúpidos, esos detalles que, en vez de sumar, restan. 

Y luego están las absurdas coincidencias para dar un pasito más. 


domingo, 3 de agosto de 2025

Visión nocturna

Tú haces planes, y luego, en milésimas de segundo, estás muerta y los planes se van a la mierda contigo. Dejas todo bien preparado para que el gato aguante un par de días. Al perro te lo llevas, atadito en el coche, con su correa de seguridad, para que disfrute del paseo y de la playa. Todo está controlado, todo a bordo. Menos el mate, que se me olvidó porque siempre se olvida algo, pero ése era un mal menor. Podía vivir sin mate una semana sin que eso cambiara nada de lo planeado. Había que llegar y hacer una compra, y quizá tirar las tres papas que me dejé la última vez (porque siempre se olvida algo). Y había que dejar la casa bien cerrada por si no volvía más adelante. Y podía no haber vuelto nunca. Pero que durante el trayecto el coche empezara a hacer un ruido raro, sólo nos acabó jodiendo los planes de una semana. En esos momentos no lo sabíamos, pero ese ruido raro que nos hizo detenernos en Vélez, y nos obligó a llamar a una grúa que tardó dos horas en llegar, nos salvó la vida. La nuestra, y quizá la de otros. 

El plan se jodió para tener la oportunidad de hacer nuevos planes. Si hubiésemos insistido en llegar a destino, tan cerca como ya estábamos, la rueda delantera izquierda hubiese salido disparada en la autovía a 120km/h, y ahora no estaría escribiendo esto. Estaría muerta, o en un puto hospital deseando estarlo. Y mi gato se hubiese quedado solo mucho más tiempo del previsto. Y con todo el tráfico que había en plena operación salida, muchas otras personas también se habrían quedado solas. Porque una rueda que vuela en mitad de una carretera, se lleva por delante todo lo que pilla, provocando accidentes que se encadenan unos a otros. La onda expansiva es imprevisible. 

Ese día, en mitad de la carretera de entrada al pueblo, sin nadie alrededor, sin un taller abierto, esperando a que la maldita grúa llegara de una vez, sólo podía pensar que somos unos desgraciados, unos tiesos que no pueden permitirse un coche que cuando no le falla una cosa le falla otra. Y un pensamiento te lleva a otro. Y te preguntas por qué no podías haber elegido una vida más normal, un trabajo “de verdad”, y ser como tu familia esperaba que fueras. Con lo guapa, lista y estudiosa que es la niña y que este mes no tenga ni para pagar el alquiler, porque sus “trabajos normales” tampoco le salen bien. La vieja estaba loca, la gorda me mintió, la novia de mi jefe no me podía ni ver… ¿Qué pasaba ahora? Y así empieza la paranoia. Te remontas al pasado para justificar tu presente, y ya no puedes pensar. Sólo te lamentas, te llenas de mierda y de rencor, y pierdes el norte. Nada tiene sentido. Estás con 43 años tirada en ninguna parte, y toda tu vida parece un chiste de mal gusto. Porque ya no se trataba de un simple contratiempo. No poder ir a la playa no era el drama. El drama fue la crisis interna que ese tonto acontecimiento desencadenó. Podía haber pasado mientras hacía la comida y me cortaba pelando una cebolla, o cruzando la calle y dando un recalcón. No importa el detonante, importa el alcance de la explosión. Una pequeña chispa, no hace falta más, y el incendio está servido.

Esa noche, ya en Granada, no dormí un carajo, aunque era lo único que me apetecía. Dormir y apagar la mente. Y yo que nunca rezo porque no creo en más dios que yo misma, cerré los ojos con la orden directa de encontrar respuestas, de volver al camino iluminado, el seguro, el mío. Necesitaba la claridad necesaria para entender esta crisis, porque lo único que te apetece cuando te quedas a oscuras es que vuelva la luz. Porque sin luz no ves por donde vas, pierdes el camino. Y yo estaba perdiendo el mío. Todo había dejado de tener sentido, y una vida sin sentido es peor que la muerte. Eso lo sabe cualquiera. Por eso nacemos con el instinto de supervivencia activado, haciendo lo que sea para que la vida no pierda sentido. Porque entonces, se acaba el juego. Y esto lo hacemos tod@s inconscientemente; levantarnos cada día con un propósito, con una motivación. Perder eso es perder el instinto de supervivencia. Es ser la gacela que se queda quieta esperando el ataque de la leona de turno. No corre por su vida porque no le importa. ¿Qué tengo yo para correr? Cualquiera me daría una hostia a mano abierta (tienes dos piernas y dos brazos, y casas, y familia, y amigos, y…). Sí… el discurso de siempre. Es cierto, y hay que recordarlo, porque es el primer paso para empeñarte en encontrar el interruptor de la luz, pero no es por ahí. Estas nimiedades que nos pasan son toques de atención. Nadie le da importancia porque se tienen el discurso bien aprendido. Porque nos han enseñado a tragar y a mirar para otro lado. Pero yo no soy así. Yo sé que cuando pasan estas cosas no hay que recordarnos solamente que somos afortunados por tener agua corriente. Hay que profundizar un poquito más. Hay que mirar para adentro. Y eso da miedo, por eso nadie lo hace. Yo busco la raíz del problema, como hacen los psicólogos. En la superficie está la reacción a un plan torcido, pero en el fondo está la respuesta del verdadero problema. Aguantamos con esperanza, con buena actitud, con optimismo. Hasta que una chorrada desborda el vaso de la paciencia. 

Y al día siguiente, en mitad de tu crisis existencial, reconociendo que lo único que te pasa es que tienes un miedo de cojones porque piensas que has tomado una mala decisión detrás de otra a lo largo de tu vida, y que por eso no tienes nada que sea tuyo, nada a lo que agarrarte, nada que te de plena satisfacción (y podríamos seguir escarbando), entonces, de pronto, te bajas corriendo a la calle con toallas y papel de cocina porque “dios nos quiere”. Eso fue lo primero que me dijo Mario cuando llegué al coche. Lo había querido mover de sitio para dejarlo en la puerta del taller y que el mismo lunes nos dijeran qué mierda le pasaba, y fue entonces, a sólo 20km/h que la rueda saltó y el coche se clavó en el suelo, no sin antes dejar una buena marca en el asfalto con lo que quedaba de guardabarros. No había andado ni diez metros cuando el coche se desquebrajó. 

No hubiésemos llegado a la playa el día anterior. Sin saber de dónde venía ese ruido habíamos decidido avanzar un poco más para llegar al pueblo más cercano y pararlo allí, en lugar de hacerlo en mitad del arcén. Sin saberlo, forzamos aquella rueda a punto de reventar en pedazos, unos kilómetros más a la velocidad normal de una autovía. “Dios nos quiere” es una forma de decir que estamos vivos de milagro. Y como ya he dicho, yo no creo en dios, pero creo en la magia de la vida. Ese fue el toque de atención que necesitaba. No nos tocaba morir. Nos tocaba vivir mejor. Y eso lo sabes cuando, en vez de buscar la manera de denunciar al mecánico que nos apretó mal las ruedas unos meses antes, con toda la energía que el odio consume, llegas a casa y te centras más en agradecer hasta el polvo acumulado en la pantalla de la tele porque hace un calor de cagarse para ponerse a limpiar. Vivir mejor es valorar que te puedes tomar una cerveza en el bar de abajo en vez de lamentarte porque no estás chupando mojitos en el Caribe. No seremos ricos, ni tendremos “trabajos normales” para vivir como la mayoría (i.e. por encima de sus posibilidades y aparentando lo que no son), pero somos lo que hemos elegido, somos de verdad, y tenemos mucho de todo. Y dos piernas, y dos brazos, y casas, y familia, y amigos… el discurso de siempre. Ese que no tiene sentido hasta que tú encuentras el tuyo propio, el que te hace correr más que la leona. 

Nos podíamos haber matado hace dos días. Si sigo aquí es para algo. Y da miedo no saber para qué. Pero cuando el miedo aparece, lo mejor es soltar el control, tomarse una cerveza en el bar de abajo, y agradecer hasta el polvo de la tele. Y que la vida te lleve. Ella siempre conoce el camino, y cuando saltan los plomos, más todavía. Porque la vida tiene visión nocturna, y en tu oscuridad es cuando ella más se luce. 


domingo, 27 de julio de 2025

Tres días

Este mes de julio ha venido siendo todo un ejercicio de expansión, de conocimiento (y reconocimiento), y de grandes consejos. Y antes de que acabe voy a terminar de poner en práctica parte de lo aprendido. 

Mi mundo se había parado, estaba en calma, ni se movía. Y, mientras tanto, ahí afuera la vida seguía pasando. Sin viajes, sin bolos a la vista, y peor aún, sin propósitos claros me sobraban las hojas en blanco. Tenía (y tengo) muchas cosas por hacer, y quería tomarme mi tiempo para emprenderlas, pero cuando llegan a tus oídos las noticias que no quieres recibir, es fácil venirse abajo, y posponerlo todo. Por un lado, agradecía mucho tener tiempo para mí, pero por desgracia también necesito tener dinero. Y tras varios días de enfoques y desenfoques, encontré el botón de la motivación, el que te dice que es mejor aprovechar el tiempo en generar futuras oportunidades, que quedarte mirando el gotelé. 

Y así desperté un día con la actitud renovada. Y, aprovechando que el alejamiento del contaminante y contaminado mundo ya no me llegaba tanto estando a la orilla del mar, fue más fácil decidir en qué lado de la línea invisible colocarme, aun sabiendo que me movería entre un lado y otro por momentos. Alineación.  Inducida o natural, no importa. Lo que sea para llegar al punto exacto donde todo está en su sitio. Y es justo ahí, desde ese lugar, donde lo que sea que se te pase por la cabeza es factible. Porque lo sientes tan natural como cualquier cosa lógica, aunque no lo sea. Porque no todo es lógico, especialmente una idea abstracta. De hecho, son éstas las que han credo el mundo en el que vivimos. Necesitamos saber cómo, cuándo, dónde, por qué y para qué a la hora de entender algo (somos seres racionales), pero en el momento en que obvias todo eso y te dices “no sé cómo, cuándo, dónde, por qué, ni para qué, pero esto va a pasar”, todo pasa. Y yo no puedo responder a nada de eso ahora, pero sé que aquello en lo que me empeñe, acabará dándose sin lógica, sin entendimiento, y sin forzarlas. Sólo hay que aprender a desconectar la mente lógica que te hace dudar y te hace esas preguntas, y te baja al mundo programado de los hechos, cuando una ya sabe que los hechos, antes de ser hechos, fueron ideas disparatadas. Recordar eso cada vez que la duda aprieta, ha sido mi gran reto de este mes. Si lo sientes posible, sólo hay que encaminar todas las acciones en esa dirección. Y llegas. Siempre. Seguro. Como sea, donde sea, cuando sea, por lo que sea y para lo que sea. 

Y después de haber visto cómo me volvían a llamar para trabajar, cómo me surgían las mejores ideas, cómo entendía la dinámica de mis acciones, de mis pensamientos, de mis páginas... me he venido arriba, y en unos días pondré en práctica algo más. Aquello que necesito tener o soltar. Y es ahora, antes de que pase el verano y el círculo se cierre. 

Tres días.
Tres días para jugar, para crear el personaje de la nada, para ser pequeña otra vez. No es imposible, ni siquiera es absurdo. Es sólo la confirmación de algo. El resultado de esos tres días será la mejor de las noticias, me guste más o me guste menos. Alejada del mundanal ruido, sin móvil y sin distracciones, y centrándome únicamente en lo importante: en mí, en lo que puedo controlar, y en lo que puedo "manipular". Después de eso todo será más fácil, más ligero, más de verdad. Y podré centrarme en subir al Mulhacén muchas veces hasta hacerme con toda la sierra, en preparar cada viaje, en llegar a los 2000, y en cambiar ligeramente los colores, la ubicación y las circunstancias para conseguir que lo que no me hace bien no me haga falta (a menos que, tres días después, la vida me sorprenda). 

Esos tres días son mi plan A. 
Tengo plan B. 


martes, 15 de julio de 2025

Calcetines rotos

Nada mejor que una noticia incómoda para que todo se acomode. Eso fue lo que pensé al día siguiente del big bang, cuando descubrí que había caído en una estúpida trampa de egos y de manipulación, y que encima no era "buena candidata". Basta comprometerse con una idea para que ocurra algo que la destroce por completo. Lo llaman Ley de Murphy, pero esta ley en realidad dice que todo lo que es factible de ser, será. Y será porque la tendencia a lo negativo siempre es más fuerte. Porque lo malo es más fácil de creer. Y lo que creemos lo define todo. Mi último intento de entender este paradigma fue tan improductivo como decepcionante. Demasiadas contradicciones. Es caótico posicionarse cuando un día aparece en tu cara (y en tus oídos) aquello que buscas, y al siguiente, viene alguien que te desmantela todas tus creencias. Y después de tantos hechos (y de tanto hecho) la motivación fue mermando. 

La posible decepción era parte indiscutible del juego, y así estuve varios días: decepcionada. Fluctué mucho entre el sentido común y esa voz que sin ninguna lógica te dice que no pienses tanto y te dejes llevar. Y tras varios días más, concluí en no dejar entrar en mi mundo voces ajenas que sólo buscan su propio beneficio, pero a la vez, no perder de vista lo que hay. Porque las terceras personas entorpecen y obstaculizan, pero algún provecho se le puede sacar, aunque sólo sea la precaución. Y así puse a cada cual en su sitio (empezando por mí misma), tomé la decisión de cerrar la puerta sin hacer ruido (pero quedándome pegadita al otro lado), y me reposicioné al menos por un mes y medio más. 

Y antes de caer en el olvido y dejar de ser vista, antes de seguir estando, antes de seguir forzando... me voy a la playa y me centro en el nuevo plan, que no es otro que esmerarme en plantar un buen jardín, y ordenar los cajones de la memoria poniendo lo importante a mano, y dejando esos calcetines rotos, que ya no te pones porque están rotos pero son tan bonitos que tampoco los quieres tirar, en el cajón de abajo, que ahí no ocupan lugar, y quién sabe si algún día podrían "servir para algo". 

Sigo queriendo lo mismo que el primer día, pero la razón por la que lo quiero ha cambiado. Con los nuevos datos hay un nuevo interés. Y como la vida no te quita nada sin darte algo a cambio, ya tengo un repuesto en el banquillo que dentro de poco me llevará a vivir una nueva experiencia. Porque algunas cosas sólo ocurren para llevarte a otras mejores. 

domingo, 29 de junio de 2025

Parones, reseteos y un nuevo espacio

Por fin, tras mucho tiempo de correr, de no parar, de traer mil cosas entre manos, ya puedo parar un poco. Tiempo de calidad para mí, y otro verano abrasador por delante. He aprovechado los pocos días libres de junio en reacomodar mi piso, y hoy ya puedo decir que mi nuevo rincón con vistas está terminado. Y como soy tan "cuadriculada", he querido hacerlo bien, y le he metido mano al resto de la casa limpiando hasta los lugares más recónditos. En cuanto consiga el sofá bueno, no me sacan de aquí ya… 

Este mes comenzó con el final de mi primer circuito. Fue agotador, calurosísimo y con reglazo de por medio, pero la acompañante fue bien acompañada porque tuve la suerte de coincidir con una compa experimentada y encantadora que me hizo la vida fácil durante todo el viaje. Pisé por fin el Puy du Fou que, desde que lo estudié en el curso, tenía mil ganas de conocer. Y ahora quiero repetir porque me quedé sin ver "El Sueño de Toledo", y sin montar en el Chiquitren de Aranjuez. Además, tengo que sacarle rendimiento al mes y pico que me tiré estudiando y preparándome el viaje. Pero hasta septiembre no creo que salga ninguno más, y los destinos que hay para el verano (todos al norte y a Portugal) parece que ya están asignados. Si es así, este verano voy a andar justísima de pelas (ahora que me había acostumbrado a no contar monedas...). De todas formas, confío en que salgan cosas (aparte de una excursión que tengo el 5 de julio, suponiendo que no se cancele... ). A tirar CVs, encender incienso y esperar, que el tiempo libre me lo gestiono bien, aunque no pague facturas, y siempre puedo aprovechar para escribir nuevos proyectos que tengo en mente. 

En cuanto paro un poco, como hoy, pienso en lo que falta y eso me ayuda a encarrilar mi vida, aunque también me pone nerviosa. Por eso, sólo le dedico un rato. Porque prefiero pensar más en lo que tengo, que no es poco, que en buscar maneras de complicarme la vida con carencias. Bueno, no me voy a engañar, me encanta complicarme la vida; le pone su punto de sal y pimienta. Cómo hacerlo sin pasarse es otra historia. Y en verdad vengo muy comedida. El 5 de mayo di por finalizada una innecesaria relación ficticia, y dos días después volvió sin esperarla. Ideas... son sólo ideas. Tener eso claro me da cierta seguridad, pero me impide actuar libremente. Puedo seguir esperando cosas locas, porque lo último relacionado con esto fue muy loco, y sólo tuve que imaginarlo. Con la Alhambra de fondo y en el contexto exacto apareció lo más cercano a la estampa soñada, sólo que tenía otra cara (la otra cara). 

Entre tanto, cumplí años otra vez, y aunque el cuatro empieza a pesar físicamente, ese día me pesó más verme tan lejos de la gente que tengo tan cerca. El círculo se está reduciendo ya demasiado, pero es cosa mía mantenerme al margen de él. Y aunque siempre intenta una adelantarse a los acontecimientos para estar preparada, no siempre los ves venir. Como me ocurrió en Sevilla, que fue el otro gran momento del mes. El festi se me hizo tan bola como el montadito de pringá. Absolutamente todo vino torcido desde los días previos. Fue una cadena de desdichas que culminaron  en un irrespetuoso "buen viaje", y todo formó un cúmulo de mala energía dentro de mí que fue imposible de digerir. Por fuera intentaba encajar en un circo donde a mí me estaban creciendo los enanos. Por dentro luchaba contra el asco, el calor, el hambre, el cansancio, la negatividad, el rechazo, la injusticia, y el dolor de pies y alma. Quise que, al menos durante unos pocos minutos, no se notara lo invisible, pero habló por sí solo. Eso sí, gané algunos contactos que ojalá sean la razón de todo este despropósito. 

Podría seguir escarbando y hablar de lo idiotas que pueden ser algun@s a veces, o de la suerte que tengo desde que aprendí a llevarme bien con ella, o de lo a gusto que se queda una cuando dice las cosas cuando hay que decirlas, o de las ideas que me rondan para encarar este verano..., pero tengo calor y pocas ganas de seguir pensando, y todavía tengo que pasarle el trapo a las paredes de mi casa (que me encanta que sea grande salvo cuando hay que limpiarla), y me están entrando ganas de merendar, y me duele el culo de estar sentada, y necesito paz mental para esbozar los dos próximos artículos de la revista (aquí los dos últimos de junio). Seguiremos divagando en julio con vistas, luz y espacio, y con más calor que nunca. 




miércoles, 21 de mayo de 2025

Imprudencias

Si aquel día de noviembre, tan desalentada, tan confundida, tan cabreada con el mundo, me hubiesen contado todo lo que vendría después... Las cosas hay que verlas con perspectiva para entenderlas, y en esos momentos aún no la tenía, y no llegaría a tenerla hasta varios meses después. Lo más loco de todo es que necesité agarrarme a lo que no debía para que todo lo demás se diera sin saberlo.

Vengo acumulando ya varios viajes como guía de ruta, y esta reseña me la guardo como un recordatorio de que no tenemos ni idea de lo bien que nadamos hasta que nos tiramos al agua. O, como poco, no nos ahogamos. Yo hubiera jurado que sí, y sin embargo, hasta la fecha, me vengo desenvolviendo como un pececillo. Puede que haya más, no tengo tiempo de revisarlas (son miles), pero ésta me saltó en la cara buscando otra cosa, y dice más que suficiente (juro que Genoveva soy yo) 😅
Cada viaje ha sido un reto que, poco a poco, encaraba con menos miedo. Voy subiendo el nivel, y la semana que viene hago mi primer circuito. Si sobrevivo a él, la siguiente gran prueba será aprender a manejarme en los aeropuertos (lo mío con los aeropuertos debe ser agorafobia o algo porque me dan palpitaciones sólo con pensarlo). Aunque, si he aprendido a entender las carreteras y a no perderme por las calles (esto último lo digo con la boca chica), puede que también logre superar los aeropuertos. Ya llegará, supongo. 
Algo que me encanta de este trabajo, aparte de viajar cobrando y conocer gente (en su mayoría) muy guay, es todo lo que estoy aprendiendo. Gracias al bendito YouTube tengo la geografía, la historia y la historia del arte controladísima a nivel dios. Y con todo lo que sé y con un nivel C1 de inglés tendría que ser más que suficiente para ser guía local (que ganan más en menos tiempo, y se forran con las propinas), pero me he informado, y para que sacarse el carnet hoy te piden Turismo, tres idiomas avanzados, el cuerno de un unicornio virgen, y las siete bolas de dragón. Así que de momento ni me lo planteo. 
Mi trabajo de verdad (el que me mantiene viva por dentro) me sigue dando alegrías, y el 14 de junio podré mostrar un poquito de esa alegría en el FACA, y de paso conocer Sevilla mejor, y hacer compis. 

En otro orden de cosas... ¡qué desorden! Tanto por ahí escrito en el último mes, sin saber ya ni por qué, ni para qué, ni hacia dónde tirar con todo eso. Un día, sí, y al siguiente, no. Un día tienes claro algo, y dos días después llega el "y si...", y pierdes de nuevo el norte. 

De pronto parecía que la no respuesta era la mejor respuesta, que lo que busco lo encuentro (ojalá pueda decir lo mismo cuando llegue a Toledo), aunque sea a modo de escarmiento, y luego, sin más, llega lo inesperado, y vuelves a cuestionártelo. Debería ser prudente y quitarme del medio, pero la prudencia es tan sosa... ni siquiera da para escribir un par de líneas. Y habiendo llegado tan lejos, ¿cómo ignorarlo? Hasta hace muy poco no había más que silencio, y ahora hasta arranco algún jajá. ¿Debería ser prudente, o... debería ser yo? 
Puede que sea un juego absurdo, pero es un juego en el que no tengo nada que perder. Como se suele decir, el "no" ya lo tengo, y lo doy más que por sentado, pero mi actual y desbordado optimismo me empuja a seguir un sendero pantanoso lleno de posibilidades. Y hasta puede que no importen las acciones, ni las estrategias, cuando todos los caminos conducen precisamente a Roma. 
A veces no hay nada más imprudente que ser prudente. 


jueves, 17 de abril de 2025

Hola y adiós

Lo que pasa cuando nada parece estar pasando... 

Volver a lugares bonitos, descubrir rincones nuevos, cumplir hasta con lo que parecía más difícil y ser recompensada por ello. Ir ascendiendo muy poco a poco, muy paso a paso, pero con decisión y firmeza. Sin pausas innecesarias, sin parones interminables, sin tiempo para calcular. 
Y lo que va lento, va a alguna parte. Probablemente al mismo baúl donde van las cosas que pasan de largo pero dejan huella. 

Me queda un bolo importante a la vista, y una nueva ruta en lo que queda de abril (todo en el mismo fin de semana, claro, quién necesita respirar). Y entre bolos, viajes, artículos y cástings (¡hasta me han contactado por LinkedIn para una peli!) los días, las oportunidades y las ofertas se suceden a gran velocidad, y yo sigo cargándome la mochila de trabajo para no ir más allá de lo que sí puedo controlar. Y espero, sin querer, ese clavo de repuesto que lo cambie todo de nuevo. Y confío sin saber en qué. Y me agarro a la suerte de lo que hay (que no es poco). 
Y cuando cierro los ojos sólo veo lo que quiero ver, y al abrirlos estoy un paso más allá. Entonces recuerdo quién soy, y por qué me voy, y todo se queda de nuevo en un hola y adiós. 

Lo que quiero que pase entre la quietud y el movimiento...

Conocer bien lo que quiero para saber si, de verdad, quiero lo que quiero. 

 




domingo, 23 de marzo de 2025

La primavera y su luz

Se le llama acción inspirada a aquella que hacemos sin pensar, sin dudar, sin temer el resultado. Esas acciones “inconscientes” nos llevan por el camino correcto aun sin saberlo. 

La primavera llegó en mitad de una de ellas. Aunque la alegría del resultado duró menos de un día, como el sol, lo que vino después definió el camino a seguir, y a pesar de que volviera la lluvia y la oscuridad, sólo hizo falta un pequeño gesto para que su efecto lo aclarara todo, y la luz se colara entre las nubes negras. Cuando lo que quieres trae algún pero en el enunciado, no sabes lo que quieres. O, como poco, es un deseo inconsistente con tus expectativas. Las acciones inspiradas reestructuran el enunciado; les quita el pero. 

Claridad. Ésa era la esencia de todo lo que quería. Y supe que ya la había encontrado la tarde en que me vi a mí misma enfadándome con alguien por ser un papa frita, y más aún, al día siguiente, cuando el papa frita en cuestión me recordó que no se le pueden pedir peras al olmo. Si quieres peras, te buscas un peral. Y con esa sabia conclusión, saqué las ganas de vestirme, y salir… y brillar. 
Ese brillo llegó tan lejos que me reencontré con un viejo pescao que no veía desde el día en que decidí abandonar la pecera (por lo mismo de las peras y los olmos) hace ya unos cuantos años, y fue muy bonito hablar y recordar los buenos momentos, y escuchar por fin ese “I’m sorry” que tanto ha tardado en llegar. Hay que querer a las personas como son, y no enfadarte por no poder compartir las mismas cosas con todos. Para ver eso, a veces hace falta dejar correr el tiempo necesario. 
Gracias a este encuentro, pude entender que a mi papa frita le seguiré teniendo cariño por muchas razones, pero no quiero tener enfrente a alguien que no quiere tenerme enfrente a mí. Porque los olmos tienen su encanto, pero hay que recordar que nunca, nunca, nunca darán peras. Entender esto y, sobre todo, aceptarlo sin refunfuñar, es pasar de pantalla. 

Y así seguiré avanzando en el juego, sin renunciar a mis muchas palabras, ni a mi sentido del humor. Y cuando me sienta inquieta… siempre puedo volver a mojar mis ganas en las frías aguas del Atlántico norte. Que ya, si eso, las caliento yo. 


viernes, 14 de marzo de 2025

Decisivo Marzo

Entre lo imposible y lo improbable. En esa horquilla me he estado moviendo desde hace ya años. Y, sin embargo, lo improbable ha ocurrido, y lo imposible no parece tener cabida. No tengo derecho a cerrarme puertas que ya he visto y comprobado que se abren solas. Desconfiamos de lo fácil, y buscamos el drama donde no lo hay... Es lo que tiene darse al ocio durante unos días, que te pones a buscar lo inconveniente para aburrirte menos, y quieres que algo aparezca de pronto y te sacuda el aburrimiento. Pero hoy me he dado cuenta de que sólo es viernes, y de que apenas han pasado tres días, y no la eternidad que a mí me parecía. Lo que es, no existe, sólo existe nuestra percepción de ello. 

A riesgo de contradecirme, los últimos días me he dado cuenta de algo. No se puede elegir una dirección consciente que vaya en sentido contrario a donde realmente te quieres dirigir. Cuando te tienes que obligar a algo, en realidad no quieres hacerlo, sólo crees que debes. Y yo prefiero vivir en un mundo donde, cuando sales a la calle, las cosas que ves te cuentan lo que necesitas oír, y lo cotidiano se convierte en otra cosa distinta, en algo mejor. "Tu imaginación es nuestra realidad"; y justo al lado, un espejo donde reflejarla. Por donde caminaba el cielo estaba azul, las espesas nubes negras habían hecho una especie de pasillo casi perfecto sobre el bulevar. Sólo hizo falta una acción diferente antes de salir; aplicar la reversibilidad. No esperar a que una causa cree el efecto, sino hacer que el efecto cree la causa. Y más o menos en el mismo momento en el que yo miraba a un coche revelando un secreto a voces, a las 18:18 de la tarde exactamente, alguien me miraba a mí. 

No me tengo que preocupar de nada, porque sé que la oportunidad que busco está ahí, y acabará llegando de alguna forma. El escenario está montado, el guion está escrito, y los personajes perfectamente definidos. Sólo falta que se abra el telón. Hasta entonces, la distancia y el silencio me ayudan a mirar hacia otro lado. Este mes cierro tres rutas más, y en abril se vienen bolos. El 4 estaré poniendo media hora de monólogo en Motril, en Teatro Vida, y el 26 haré una hora entera en la I Feria del Libro de Albuñol, bajo la organización de El Batracio Amarillo, que iba a ser este fin de semana, pero, (bendita suerte) la lluvia ha hecho que se posponga a abril, lo que me hace la logística infinitamente más fácil, y me da un tiempo más para prepararlo. Estos dos bolos estaban en mi mente desde hacía tiempo, como también lo estaba actuar en Sevilla con PCR Comedy en algún open. Pero con esta gente ha ocurrido algo aún mejor: me han seleccionado para actuar directamente en el Festival Andaluz de Comedia Alternativa. Será el 14 de junio en el Platea Odeón Imperdible de Sevilla. Una oportunidad de oro para demostrar lo máximo en apenas 10 minutos. Y algo importante: visibilidad más allá de mis fronteras. 

                          

Con tanto derroche de oportunidades, ¿por qué no creer en una más? Se ha quedado un mes de marzo perfecto para ello. Y la primavera está a la vuelta de la esquina. 
Sin frío, y con un poquito más de volumen, casi que lo tengo todo a mi favor. 


                                                


viernes, 28 de febrero de 2025

Haciendo espacio

Acabo de tirar a la basura un paraguas, unos calcetines, y la malta del gato. Y siguiendo con la inercia, no es mal día para deshacerse de otras cosas que también se han roto o, como poco, han caducado. 

Me acuerdo bien de cuándo empezó todo. Aquel día volvía a casa y ya era de noche. Fue el día que salí un poco antes, y al informar de ello obtuve una reacción indeseada a modo de pista que, en su momento, era imposible de entender (y conociéndome, seguramente fue eso lo que más llamó mi atención). Antes de ese día ya sospechaba algo, pero estaba controlado. Dejó de estarlo poco después.  
Me quedo con el recuerdo de las tierras lejanas y sus rincones bonitos, la música que sonaba aquella tarde de lluvia que quedó enmarcada en un corazón, las estrechas calles por donde la historia, y los cuentos, y las leyendas se cuelan por cada esquina, y aquel largo puente al que pronto volveré, y que escondía animales con nombres raros. Y en esos días de inevitable colapso sanguíneo volver a mirar al norte, donde lo bonito no está manchado de realidad, y no hay dudas, ni desconfianzas, ni bloqueos. Y que lo que sueñe tan vívidamente (como anoche) no me haga despertar con la pena de que sólo fuera un sueño. Puestas a soñar, mejor ir más lejos.
Los últimos acontecimientos me han hecho revivir lo que ya parecía medio olvidado o, al menos, reposaba tranquilo en algún lugar de mi mente. Pasará algún tiempo hasta que pueda recordar aquellas tardes tan largas y tan efímeras a la vez con menos añoranza. Y quizás tenga que pasar más tiempo todavía para entender sin acritud que sólo formaban parte necesaria de otra cosa más importante. Un lazo de unión a otro lugar. 

Habrá que hacerle espacio a lo nuevo. 

sábado, 22 de febrero de 2025

Leave it with me

Desde que empecé a centrarme a tiempo completo en mí y en mi trabajo, un montón de sucesos se han ido precipitando a una velocidad tan impetuosa que ni me ha dado tiempo a pensar en ello. El bolo del 6 de febrero, en el que estrenaba buena parte de material nuevo, me tuvo absorbida al cien por cien durante dos semanas. Todas las vueltas que le daba al texto me parecían pocas. Siempre encontraba algo que cambiar, algo que pulir, algo que acortar, y muchas formas distintas de expresar una idea. A pocos días del estreno aún tenía dudas; incluso la misma noche, encerrada en el improvisado camerino, seguía haciendo cambios. Salí al escenario con decisión, pero con el texto demasiado en el aire como para disfrutarlo. Estaba más pendiente de no perder el hilo que de pasarlo bien e improvisar sin miedo. Por suerte, grabé todo el bolo, y mi sensación interna de no haber estado del todo fina desapareció cuando me vi desde fuera, y pude comprobar que, incluso a medio rendimiento, el texto funciona y yo tengo mis momentos. Fue además un alivio escuchar los comentarios del público, que al parecer no notó como yo la inseguridad que llevaba dentro. Una vez más, verme sola minutos antes de salir al escenario me hizo acordarme de antiguos compañeros, pero cuando acabas y ves que todo ha ido bien, puedes sentir las cosas de otra manera. La sensación de soledad es un fantasma de la infancia, no es real en absoluto (debería recordarlo más a menudo). Allí, entre un público desconocido, también estaban mis amigos, mis amigas, gente que conozco desde hace años, vecinos, compañeros... y no sólo estaban allí por mí; estaban allí para mí. Y ni siquiera hace falta que te conozcan, los desconocidos también arropan. Esto lo entendí mejor una semana y pico después, a medio camino entre Granada y Antequera. Porque, aunque parezca cosa de locos, me he estrenado como guía acompañante. 

Más o menos en esos días de nerviosismo total previos al bolo, y como si fuera una señal divina, recibimos las fotos y los vídeos del curso de guía, y de aquel viaje de prácticas. No abrí los archivos hasta el día siguiente de mi estreno. Cuando lo hice, mandé todos esos recuerdos agridulces al disco duro junto con todo lo demás, pero esas imágenes se quedaron unos días conmigo dando vueltas en la cabeza, y todo lo que yo había pensado previamente que podría pasar, pasó (al menos la parte realista).  Me pusieron por delante algo que yo ya había descartado con triste resignación, y lo agarré sin pensar (literalmente). De esas cosas que cuando ya las piensas a posteriori, agradeces no haberlas podido pensar en su momento. Me sentí de pronto como si me hubiese precipitado hacia algo y ya no pudiese dar marcha atrás. Me sentí, valga la expresión, guiada. 
Llegó el tan esperado mensaje por la razón que sabía que llegaría, pero lo que vino después abrió una puerta adicional, y sin más, mis dos puertas cerradas desde hacía tiempo se abrieron de par en par. En apenas cinco días tenía que recordar todo lo que había aprendido, diseñar una hoja de ruta (que se me da de puta pena), y resolver las innumerables dudas que me surgían a medida que avanzaba en el proceso. Para esto último tuve un gran apoyo por parte de varias personas. De no ser por ellas (y por una en particular) jamás lo hubiese hecho. Y puede que ésa sea la verdadera razón de todo porque, paralelamente a mis requerimientos de inexperta, circulaban todas las demás en un autoimpuesto segundo plano. No tenía tiempo material para divagaciones, a pesar de tener la voz de la sabiduría retumbando en mi mente. 
Hacer esa corta excursión de un día fue un logro personal que se vio engrandecido por la sensación de éxito. No sólo hice lo que tenía que hacer, sino que lo hice bien. La gente quedó satisfecha, clavé los tiempos con la precisión de un reloj suizo y me tocó el mejor conductor del mundo (ojalá pudiera llevármelo conmigo a todos los viajes). Cuando llegué a casa y vi tantos mensajes de gente que se había estado acordando de mí (como si en vez de haber hecho una excursión de un día hubiese acabado de escalar el Everest), me sentí tan arropada como el día del estreno. Porque todo es fácil cuando se sabe hacer, pero las primeras veces siempre son difíciles, y tod@s lo sabían. Especialmente los que me conocen bien, y saben que yo me pierdo hasta en el Zaidín, y que para mí las carreteras tienen el misterio de un agujero de gusano. 

Al día siguiente, dispuesta a descansar del viaje y reolvidar mi desliz emocional, la misma agencia me llamaba para ofrecerme nuevas rutas, y la vida me dijo que de olvidar, nada. He cogido dos, una de ellas porque es la misma excursión que ya había hecho, y la otra para no acomodarme. Porque tengo marzo a reventar de cosas, muchas de las cuales me ponen especialmente contenta porque las he creado yo misma, pero no me paré a pensar que podían llegar todas juntas. Tanto es así que he tenido incluso que rechazar trabajos. En cuestión de días me vi cerrando bolos y viajes, escribiendo artículos a la velocidad de la luz, recibiendo propuestas para un nuevo negocio, firmando contratos, diseñando carteles, reacomodando fechas y textos para más bolos a futuro, y hasta mi blog ha alcanzado un nuevo protagonismo. No sé si será por mi renovada actitud, por Brian, o por el "olor del dinero", pero parece como si se hubiera abierto un portal, maravilloso y abrumador a partes iguales, donde recoger todo lo sembrado y alcanzar, por fin, una cierta estabilidad económica. Y en medio de tanto ajetreo, ni siquiera tuve tiempo de pensar que hasta lo que parecía casi imposible había ocurrido. 
Me quité del medio en dos días lo que pensaba hacer en dos semanas sólo para poder dedicarme algo de tiempo a mí misma. Es bueno disponer de ese tiempo; ayuda mucho a ordenar tareas y pensamientos. Y en mi caso, también ayuda a poner los pies en el suelo y no dejarme llevar por ilusiones pasajeras. Y tras muchas vueltas, he decidido moldear mi próxima creación mirando más allá de mí misma, y poder darle la forma de algo tangible a esa escurridiza red de seguridad con la que no podré contar siempre. Mañana a las 00:00 acaba ese plazo que me he dado. Hasta entonces, tengo dos días para esperar lo mejor y prepararme para lo contrario. Mentiría si dijera que me da igual lo que pase, pero lo cierto es que tampoco puedo hacer nada excepto dejar que hasta las cosas más raras (e incluso las casi imposibles) acaben ocurriendo cuando sea y como sea. 
Leave it with me...

viernes, 31 de enero de 2025

Aunque parezca superdifícil...

Hace unos días encontré un curso online que me tiene totalmente absorbida. Va sobre cómo desarrollar el potencial del cerebro y activar un montón de zonas "dormidas" que pueden ser despertadas y ayudarte en mil cosas. Me topé con él por casualidad, y le eché un ojo con mucha curiosidad y con poca confianza. Pensaba que sería otro de esos vídeos de frikis esotéricos, que se autodenominan couch sin ningún tipo de pudor, y que venden humo disfrazado de misticismo barato, pero me acabó sorprendiendo. Me encontré con un tipo que me hizo entender (con los datos científicos demostrados en la mano) lo que no entendía y necesitaba entender para poder darle cierta credibilidad al asunto; que explica tan bien el cómo y el porqué, que hasta una mente escéptica como la mía conseguía darle sentido a cada palabra. Y comprender ciertos conceptos me ha abierto un mundo nuevo. 

"Aunque parezca superdifícil, te puede sorprender". Escribí esta frase hace más de un mes en modo automático, de manera inconsciente, sin saber lo que estaba escribiendo, cuando andaba envuelta en pensamientos existencialistas, sin rumbo fijo, sin planes claros, sin expectativas realistas, y con la convicción de que todo lo que me imaginaba no eran más que fantasías inalcanzables. Una frase alentadora entre decenas de páginas fatalistas. Esa frase me estuvo despertando cada mañana durante muchos días. Era mi primer pensamiento al abrir los ojos. Se acabó colando tanto en mi cabeza que me hizo reaccionar, me cambió la perspectiva, dirigió mis pensamientos hacia un optimismo que chocaba con mis circunstancias. Poco después encontré el curso, y esa frase cobró todo el sentido del mundo. Bien por ignorancia, bien por el esfuerzo que requiere, la mayoría estamos tan acomodad@s en dejar que las cosas pasen que no nos molestamos en HACER que las cosas pasen. Ahora sé hacia dónde mirar, en qué fijarme, cómo proceder... Este hombre me ha enseñado a pensar, y como si fuera el padre que nunca tuve, me ha alentado a seguir imaginando fantasías inalcanzables porque "aunque parezca superdifícil... me puede sorprender". Eso sí... trabajando mucho. 

Yo no creo en magia ni en milagros, pero se siente totalmente así al ver cómo cambia todo por fuera cuando cambias tú por dentro. Y tampoco he cambiado tanto, no es que sea otra persona de repente. Soy la misma con las ideas más claras. Yo ya sabía muchas cosas, pero las tenía desordenadas en la cabeza porque nadie me enseñó siquiera a usarlas. Y cuando de pronto te encuentras con alguien que te da el trabajo hecho (gratis) te dan ganas de viajar a California y besarle los pies, como mínimo, porque te acaba de regalar tiempo, y no hay nada más preciado que el tiempo. Y compensa mucho todo el que tú perdiste dando vueltas, y chocando una y otra vez con el mismo muro que otr@s levantaron contra ti porque no supieron hacerlo mejor. Y tras ese muro se esconde la mayoría, y desde allí se quejan, y se lamentan, y se defienden, y escupen sus ideas infundadas. No quiero ser como ell@s. He estado huyendo de eso toda mi vida (sólo que antes no tenía claro hacia dónde tenía que huir). 

Hace una semana hice un bolo más que necesario, y lo supe en cuanto lo terminé, aunque tardé un par de días en entender la razón. Ese bolo era el billete dorado hacia el siguiente, y aunque es una afirmación temprana, sé que no ando desencaminada. Yo sólo puedo controlar mi parte, y preocuparme por lo que no puedo controlar no tiene sentido. Y esto aplica a todo. Cuando sacas de tu mente lo que no puedes controlar, lo incontrolable desaparece, deja de ser un problema; deja de ser, directamente. Sabes que está ahí, pero ya no capta tu atención, se hace débil y acaba desapareciendo de tu mundo. Si estás atenta, hasta te das cuenta de que todo lo que pasa es por algo (algo mejor), y para que te lo termines de creer la vida te pone las evidencias en la cara, y un día despiertas con todas las certezas del mundo tan claras en tu cabeza que te sientes invencible. 

Ahora sé cómo proceder, y aunque saberlo no lo hace más fácil (sólo te quita el peso extra que tú misma te estabas echando encima) ayuda a ver las cosas desde una posición infinitamente más sana y constructiva. El azar siempre juega un papel importante, y el gran acto de fe (y mi talón de Aquiles) es confiar en que la suerte se pone de parte de quien no desiste. El próximo 6 de febrero tengo un bolo importante porque muestro mucho material nuevo, y yo sólo puedo intentar hacerlo lo mejor posible. El resto es suerte y una fe ciega en ella. 







miércoles, 1 de enero de 2025

El porqué de todo

Me he pasado casi todo este mes buscando un norte que no encontraba ni con brújula, pero después de varias semanas dando vueltas en círculo, rodeada de una niebla espesísima, e impregnada de un calor tan tórrido que derretiría la sierra en medio minuto, acabé orientándome en los últimos días de una semana que era clave para mí. Tuve que encarar todo el proceso con una paciencia bíblica. Tanto verlo sin tiempo, y tanto tiempo sin verlo generó una espiral de urgencias que me llevó, en el primer caso, a actuar impulsivamente, y en el segundo, a buscar hasta en los lugares más remotos el porqué de todo. Pero ya lo dice Cooper en esa maravillosa película: "Los accidentes son la base de la evolución".

La ultima vez que me vi rodeada de ciertas personas tuve que tomar una decisión firme. Ese día me sentí asfixiada, pese a que ninguna de ellas me provoca nada parecido, si acaso lo contrario, son un encanto; esa sensación de incomodidad se dio sólo por contexto. Pero un rato, apenas unas horas con ellas fue suficiente para dar ese paso a un lado que me permitiera distanciarme, y volver a mi camino. Particularmente esclarecedor fue ver, sin venir a cuento, en la pantalla de un móvil ajeno otra verdad dolorosa (sí que hubo un trato especial al fin y al cabo...). Es entonces cuando la resignación se convierte en acción: anulas citas, cancelas eventos, guardas carpetas y papeles, borras cosas en el calendario... Ir en sentido contrario era lo mejor que podía hacer en esos momentos. Y es irónico cómo responde la vida cuando crees tener claro algo. De pronto me cayeron por todos los frentes invitaciones, imágenes y mensajes que me querían llevar de vuelta al lugar del que trataba de huir, y ese nombre acabó reapareciendo en el limbo virtual de los lugares más insospechados. 

Empeñada en no dejarme engañar por espejismos, seguí en mi propósito de darle la razón a la razón, así tuviese que acabar comiendo tierra. Sin embargo, mis intentos por alejarme me seguían llevando al mismo sitio. Es como si quisieras salir de una habitación, y cuando atraviesas la puerta ves que estás en la misma habitación, y abres otra puerta y te lleva a la misma habitación, y así en bucle. Y al final caí en una crisis indefinible del quiero y no puedo peleando por un lado, y el podría pero no debería matándose por otro, hasta que mi cabeza toda se convirtió en un campo de batalla que necesitaba una tregua urgente, porque llegó un punto en que se enfrentaban unos a otros sin saber siquiera a qué bando pertenecían, qué defendían, o cuál era la razón de tanta violencia. El silencio se me hizo tan necesario como respirar para poner a cada uno en su sitio Llegué a un punto tal de concentración que sólo se vio interrumpido por los momentos más bonitos de una Navidad que ha superado sin duda a las dos anteriores, y que me ha traído múltiples alegrías, un par de ingresos, y esos momentos de chispa mágica taaaan necesaria. Y en esa felicidad salpicada de dudas decidí dedicar una semana, y ni un día más a resolver lo único que no quería arrastrar al 2025. Y lo hice. Encontré el espacio y el silencio absoluto, y me obstiné en armar un tetris imposible de prioridades y pensamientos recurrentes, con emociones confusas y carencias insostenibles para que cada cosa encajara con las demás. 

Y con todo en su sitio escribo esto hoy. Porque ahora ya sé dónde estoy, hacia dónde voy, y el porqué de todo. Y lo he conseguido en tiempo récord; apenas un mes. Desde este lado tengo cierto control, y una vía de escape, que aunque sabes que es como lanzar un mensaje en una botella y que las probabilidades de que alguien lo lea son ínfimas, no pierdes nada por intentarlo (salvo una botella). Tú la lanzas y te olvidas; lo mismo acaba llegando a la orilla opuesta. Más raro es ver escrito a pintura en un coche lo que justamente intentabas no ver más. Quizá el día 6 de enero pueda añadir una rareza más a la, ya de por sí, larga lista de rarezas maravillosas que han ocupado casi por completo este último año. Me fui hasta Santa Fe (qué ironía de nombre) a buscarla. No podemos controlarlo todo, pero hay que ocuparse de lo que sí podemos controlar, y lo demás vendrá por añadidura. Siempre. Quizá con otro nombre, quizá con otra forma, quizá en otro momento, pero acaba apareciendo de alguna manera. 
Y ésta ha sido mi "sabia" reflexión de la semana; y, sí, he necesitado casi un mes para llegar a ella 😑

Con mis dos últimos artículos de 2024 dejo en el 2024 lo de 2024. Este año todo es nuevo. Incluso si viene de atrás, habrá cambiado lo suficiente para ser considerado nuevo. Porque si algo he aprendido en estos días de absoluto ensimismamiento místico, sólo comparable al de un maldito monje budista, es que lo único que se repite en la vida es el cambio.