lunes, 31 de diciembre de 2018

Ni conmigo ni sin ti


Nadie más que yo quiere que se termine ya el año y, felizmente, sólo quedan unas horas. El año pasado entré mal. Enfadada con mi padre, enfadada con el destino, queriendo estar en otra parte, y acojonada por lo que me esperaba al regresar a Madrid y que ya se venía anunciando mucho tiempo atrás.
Mis malas decisiones marcaron un año lleno de sinsabores en todos los putos sentidos. Un año de soledad, de dependencia emocional y económica, de frustración y desilusión, de dolor y muerte, de oscuridad y lágrimas. Un año de pérdidas irremediables que mató a compañeros y amigos, a mi perra y a mi pájaro. Que me arrebató del alma ese cuerpo, dejándome “el corazón en los huesos y a mí de rodillas”. Y que no ha querido acabar sin amenazar con llevarse a mi abuela al otro barrio. 
Pasé la nochebuena con ella en el hospital, y esta noche haré lo mismo. No es donde quiero estar, pero sí con quien quiero estar. Y si ella está allí, allí recibiremos el nuevo año. Esta vez, con el único deseo de que se recupere y la dejen ir a casa pronto.
Al pasado, ya le mandé el último beso del año, y con ese beso lo abandono. Ni un solo pensamiento más… Que en enero estreno obra, cobro el premio y cierro conciertos. Y regresaré a Madrid a hacer lo que tengo que hacer, y a deshacer lo que hizo conmigo. Y ojalá mi abuela esté para verlo, pero si se quiere ir, lo entenderé (yo haría lo mismo).
También se sacan cosas positivas de las peores experiencias, pero eso no me hará olvidar tantas putadas juntas, muy difícil de perdonar... Pero al final, sólo quedo yo; siempre yo. Beba provocando, Beba inconformista, Beba peleando, Beba... siempre demasiado sincera. Contra la vida y contra la muerte, en ese rincón particular, idealizando el mundo para escapar al aburrimiento (una etapa por cerrar). Y por el camino (¡que no se diga!) aprendiendo a convivir como cualquier mortal. 
En 2019, seguiremos descorchando botellas. 
Beba para celebrar. 


sábado, 15 de diciembre de 2018

Por eso, esto


La vida te lleva por caminos misteriosos, y una se deja llevar con cierto recelo porque se repiten situaciones ya vividas, con otros nombres y otras caras, y nunca sabes lo que va a pasar. No quiero nada que se parezca mínimamente a lo ya vivido, sobre todo porque siento un rechazo inminente ante todo aquello que me haga recordar cosas que aún no he olvidado. Prefiero “terminar” con dignidad lo que empecé y sólo entonces podré elegir bien. Agarrarse a un clavo ardiendo no es la solución y, sin embargo, a veces, me sorprendo a mí misma buscándolo. 
Por eso contacté con aquel escritor y lo descarté. Por eso acepté la invitación de alguien que dio conmigo por casualidad y voy, de entrada, con el “no” en la boca. Por eso contesto pero no llamo. Por eso escribo y luego borro. Por eso busco la forma de regresar y aquí sigo. Por eso hay días que me da igual, y días que te cambian la foto y maldices al mundo. Por eso a veces exploto, y lo quiero todo, y desenchufo la neurona, pero la memoria no me deja en paz. Porque hay un escenario con el que soñar despierta. Con vino y música y una luz tenue sobre el sofá. Y hay un balcón a la calle, iluminada en la noche, y hay calcetines y almohadas y una tele encendida. El único sitio que, fuera de mi casa, he podido llamar hogar… y no llevo bien el desahucio. 
Y por eso, mientras siga en el mismo camino, lleno mi tiempo de historias salpicadas. Trackeando un casting importante al que me presenté hace poco y teniendo cada vez más claro que esto es una lotería y que, probablemente, tengan más suerte los que te dicen “pa no habérmelo estudiao… me ha ido bien” que aquellos que, como yo, nos tiramos dos días preparando un personaje que después te cambian sobre la marcha. Lidiando con los imbéciles que opinan por opinar y que se equivocan de bando cuando te dan consejos sin tener ni idea de lo que hablan, defendiendo así a la parte contratante (que es la que importa, claro). Ajustando los cambios necesarios para no escuchar ni pío a partir de ahora en cuanto a mi trabajo se refiere. Ensayando la última movida en la que me he metido, más por training que por dinero, y más por excusa que por placer.
Por eso tanto retraso, por eso tanto recelo... por eso, esto.


domingo, 18 de noviembre de 2018

Afortunada en el juego

Si echo la vista atrás, reconozco que este año no he tenido suerte en nada. A penas he trabajado, he tenido que afrontar pérdidas y desengaños y he llorado en pocos meses lo que no he llorado en toda mi vida. Haciendo un esfuerzo por ser optimista, podría decir que el 2018 se llevó a mi Luna y a mi Robinson, pero a cambio me trajo a Chulo. Podría decir que se ha llevado de mi vida a personas que quería mucho, pero a cambio me presentó a otras que me quieren a mí. Que me ha hecho atravesar caminos muy oscuros, pero sólo para que fuera capaz de encontrar la luz por mí misma. Que me mostró la cara más cruda del ser humano, pero me dio un espejo para que pudiera ver la diferencia. Y que me privó de ganar pequeñas cantidades de dinero a lo largo del año, pero me regaló en un día lo que no hubiera acumulado en todo ese tiempo.
La vida es caprichosa y encarar sus designios es cuestión de actitud. Yo no he sido precisamente positiva porque no encontraba motivos para serlo. Se hundieron tantas cosas a mi alrededor en tan poco tiempo que es difícil levantar la cabeza con optimismo, pero al menos la levanté, aunque me quede la sensación de haber perdido mucho tiempo en el proceso. Necesitaba trabajar para tener la mente ocupada y sentir la satisfacción de hacer lo que me gusta hacer, y también para tener algún ingreso, que una no vive del aire. Pero todos mis intentos por poner proyectos en marcha se vieron truncados por diversos motivos que no dependían de mí.
No sé en qué momento se me ocurrió apuntarme al casting para el programa, ni qué me empujó a hacerlo. Lo hice sin mucha esperanza de que me fueran a llamar, como el que compra un billete de lotería; si toca, bien, y si no pues nada. Yo tuve suerte porque tardaron sólo cuatro meses en llamarme, y que ganara mucho o poco (o no ganara nada) también dependía de la suerte.
Mi paso por La Ruleta
Lo que saco de esto no es el dinero (que obviamente me viene genial) sino, sobre todo, el cambio de actitud. La alegría que tuve que callar hasta que emitieran el programa, me sirvió de impulso para tirar palante. Encontré nuevo guitarrista para mi banda, con el que nos vamos a estrenar el próximo 7 de diciembre, agoté posibilidades de curro para empezar otros nuevos proyectos, me puse en contacto con escuelas en las que quiero estudiar y comencé a situarme en mi propia realidad para diseñar el plan a seguir estando en Granada y estando en Madrid sin que eso supusiera un estrés tan grande como venía siendo. Sólo me queda una cosa por "reparar", y de hecho, hasta que no ocurra, no me veo dando ningún paso decisivo, pero quiero creer que sucederá pronto. Visto lo visto, casi ha sido mejor ser afortunada en el juego...


domingo, 28 de octubre de 2018

Mi pequeño superviviente


Hace tres años y poco, un ser alado se coló en mi vida trayendo consigo todos los colores del arco iris. Vino volando desde algún agujero y se posó en mi balcón. Al día siguiente regresó, esta vez dando picotazos en la ventana como pidiendo  permiso para entrar y lo hizo dando saltitos. Era un agaporni bebé que apenas sabía volar. No podía soltarlo a su suerte porque hubiera muerto, así que me lo quedé. Fui a comprarle una jaula grandota y comida y pensé que, si me lo iba a quedar, había que ponerle nombre. Como lo dejaba suelto porque no volaba mucho, siempre estaba a mi alrededor dando saltitos, y se me ocurrió ponerlo encima del teclado del ordenador para que escribiera un posible nombre. Lo hizo, pero yo no sabía cómo pronunciar “hffhdgstdhjd”, así que pensé que un agaporni de apenas un mes, sin saber casi volar y sin comida ni agua, y que había estado dos días (mínimo) a la intemperie luchando por sobrevivir, se merecía el nombre de un superviviente, y le puse el más famoso: Robinson.
El día que llegó
Cuando lo metí en la jaula se tiró durmiendo un día y medio. A veces, lo cogía para ver si seguía vivo, y ni entonces abría los ojos; seguía durmiendo en mi mano. Tampoco comía. Solo quería dormir. Tras recuperar con creces las horas de sueño que le faltaban, empezó a ser un pajarillo normal, cantarín y gracioso. Le gustaba mucho el agua, y como era verano, le puse una piscinita en la jaula y se pasaba el día bañándose y salpicándolo todo. Cuando se puso grande aprendió a volar mejor, pero siempre que lo sacaba de la jaula, él prefería ponerse en mi hombro, o en mi cabeza y me daba besitos en la boca con esa lengüecilla enana. Me enamoré de mi Robin. Supe que era macho, cuando alcanzó la edad adulta y empezó a regurgitar. Los machos regurgitan para alimentar a la hembra cuando ésta va a tener crías y no puede hacerlo por sí sola. Pero Robin no tenía hembra que alimentar, sólo el instinto de hacerlo…  y aquí me quedé un poco perdida. Si le metía una hembra en la jaula, después de tanto tiempo solo, podían atacarse (eso se hace cuando son peques) y si no lo hacía, seguiría regurgitando sin razón cada x tiempo, lo cual no era bueno para su salud. Me recomendaron dejarlo tal cual estaba y esperar que se le quitara la manía.Durante tres años y tres meses, ha sido la alegría de mi casa con el resto de mis bichos. Oírlo cantar por las mañanas, saludarlo y que pusiera la cabeza contra los barrotes para que lo acariciara, silbarle y que me contestara con la misma entonación, a mí me ponía tan feliz… No enfermó ni una vez en todo este tiempo y quiero creer que estaba feliz en su casita porque, a veces, le abría la puerta para que saliera y volara un poco y él la cerraba con el pico desde dentro (creo que esto lo hacía cuando estaba en celo y no quería ser molestado). Las demás veces, sí que salía, y estaba cariñoso y juguetón.












El pasado viernes Robin no estaba cantando cuando me levanté, y a lo largo del día tampoco lo hizo. Cuando me asomaba a la jaula y le decía cosas no contestaba, y vi que tenía los ojos cerrados casi todo el tiempo y no tenía ganas de moverse del palo. Supe enseguida que estaba enfermo. Lo llevé al veterinario pero no supo decirme gran cosa, aunque me confirmó que algo le pasaba. Descartó enfermedades que se manifiestan físicamente, porque físicamente estaba bien. Era algo interno y difícil de diagnosticar. Me dio un antibiótico para diluirlo en el agua por si era alguna infección, y me dijo que lo llamara a la mañana siguiente para ver si había mejorado, pero la verdad es que estaba peor. Creo que ni tocó el agua, así que me dijo que le diera el antibiótico con una jeringa directamente en el pico. Cuando lo hice, lo coloqué en un nido que tuve que improvisar rompiendo unos guantes de lana viejos, y le limpié la jaula entera con jabón y lejía para desinfectarla bien. Aguantó poco más… Se había tirado a dormir en el suelo y cuando lo cogí ya no aguantaba la cabeza recta. Seguía respirando pero claramente se estaba muriendo y no sabía qué hacer. Empecé a llamar a todos los teléfonos de urgencias que encontré en internet, y los que no me dieron largas porque no entendían de aves exóticas, no cogían el teléfono directamente. Me desesperé lo indecible. Tenía a Robin en las manos, echando una especie de baba pegajosa por el pico y no podía hacer nada por ayudarlo.
Alguien de emergencias me devolvió la llamada, pero para entonces Robin ya no estaba. Me dijeron que cuando un pájaro se enferma hay muy poco tiempo de reacción, y que normalmente mueren antes de poder ser atendidos. Cuando  describí los síntomas, me dijoeron que hubiese muerto igualmente porque es difícil saber lo que tienen hasta que presentan síntomas claros, como echar baba por el pico, y cuando lo hacen ya es tarde.
Robin murió en mis manos y creó que voy a tener pesadillas con eso el resto de mi vida. Tenía los ojos abiertos, las patas engarrotadas y la cabeza no se le sostenía. Se quedó literalmente tieso en su última respiración, y es la cosa más difícil que he tenido que afrontar desde que murió Luna. Fue incluso peor, porque a Luna la dejé dormidita en el veterinario y no tuve que presenciar una muerte real. Con Robin me tragué todo el proceso y tuve que verlo morir, con la impotencia enorme de no poder hacer nada, y encima ser yo misma quien se ocupara de su cadáver. Me derrumbé por completo. Puede ser difícil de entender para aquellos que no crean vínculos con los animales o piensen que “sólo” es un pájaro, pero para mí, Robin no era un pájaro, era MI pájaro y un miembro más de la familia. Un bicho precioso que llegó casi moribundo a mi casa, y que se puso grande y fuerte gracias a mí, y que me alegró la vida todo este tiempo simplemente por seguir vivo. Afrontar la muerte de un ser querido duele mucho, sea cual sea su especie, y yo llevo un año que no puedo más…
Sacando las pocas fuerzas que me quedaban, envolví a Robin en los guantes viejos y lo metí en una cajita para enterrarlo en el descampado que tengo al lado de casa, donde paseo a Chulo y donde antes paseaba a Luna. Me niego a tirarlo a la basura como si se tratase de una cáscara de plátano.
No sé a dónde vamos tras morir, seguramente a ninguna parte pero, si la hubiera, Robin estará allí con Luna esperándome (o esa gilipollez quiero creer). Y si no, me alegra (pese al dolor que ahora me causa su pérdida) haber coincidido en esta vida y haber contribuido en algo a hacer la suya lo mejor que he podido.
En momentos así, me da por pensar que es mejor ser una persona frívola y superficial, no apegarse a nada ni a nadie, y evitar así sufrir las pérdidas. Pero luego me acuerdo de aquella escena que escribió Woody Allen para “Love and Death” y que Diane Keaton dice en clave de humor, sin dejar por ello de ser cierto.




El sufrimiento está asegurado, así que mejor amar y sufrir que no amar y sufrir, porque entonces el sufrimiento se junta con la estupidez de dejar pasar lo bueno de la vida, que es amar y ser amado, y vas a sufrir lo mismo o más ("y dejémoslo que es un lío...").

Buen viaje, mi pequeño superviviente.















miércoles, 24 de octubre de 2018

Con-fusiones modernas

Anoche soñé con alguien que conozco bien. En mi sueño, él era una versión mucho más retorcida de sí mismo, aunque sus palabras y sus acciones (al menos las que recuerdo) no se alejaban tanto de la realidad. Venía días pensando que ya quedaba poco, que ya cada vez me importaba menos y que, con un esfuerzo muy gordo, estaba lentamente volviendo a ese lugar desde el cual puedes mirar las cosas desde arriba y sentirlas como lo que son, y a veces los sueños te dan el empujón que necesitas para lograrlo.
Todo lo que existe es objetivo, pero lo que persiste es subjetivo. Tenemos ese poder para darle importancia a las cosas y que nunca desaparezcan, o por el contrario, privarlas de significado y que simplemente existan sin ser. Por eso creo importante cuidar los pequeños círculos, porque al final sólo unos pocos se acordarán de ti y te darán un lugar privilegiado en el mundo. El ida y vuelta es la parte difícil. Somos muy dados a pasar de todo (unos más que otros) y creemos bastarnos con nosotros mismos. Es como la nueva "mentalidad millennial" que se empeñan en inculcar: no necesitas a nadie, eres independiente, te bastas y te sobras, quiérete a ti mismo que con eso es suficiente... Y con esta filosofía barata, que se la debieron inventar cuatro frustrados fumando porros, nos quieren hacer creer que nadie necesita a nadie. Puede que la palabra necesidad en este contexto suene a mendigar y por eso la rechazamos, pero en realidad la rechazamos porque nos da miedo lo que significa de verdad.
Todos estamos conectados de alguna manera y creamos nuestros propios circuitos para asegurarnos. Cuando se producen desconexiones, por la razón que sea (muertes, peleas, distanciamientos en general) nos vemos aislados, flotando a la deriva en un mar de perfectos circuitos funcionando a tu alrededor sin que ninguno conecte contigo. Cuando somos jóvenes nos chupa un huevo. Nos vemos con la capacidad de subsistir con nuestra propia energía y tenemos todo el tiempo del mundo por delante para conocer enchufes (y darnos el lujo de ser selectivos). Pero llegados a una edad no se verá todo tan fácil. La soledad es la enfermedad más extendida y sin embargo nos empeñamos en defenderla por no hacer frente a lo que significa: que solos no somos nadie.
Está perfecto eso de ser emocionalmente independientes y que los lazos afectivos no se basen en una necesidad de vida o muerte, pero no nos engañemos. La soledad, por bien que la manejemos porque nos molamos un montón y somos autosuficientes, es triste en grandes dosis, y nadie quiere una vida triste. Insisto en que cuando eres joven eso no te preocupa; ni siquiera lo piensas (siempre habrá amigos, familiares, compañeros de curro...), pero hay que ser listos y entender que los familiares se irán muriendo, algunos amigos también, y los que nos queden por ahí tendrán sus propios círculos porque han sido previsores. Y yo vivo en una generación confusa de adolescentes de cuarenta años que creo que andamos muy perdidos en la vida. Y ojo, que cuando hablo de crear círculos, no me refiero a formar familia necesariamente (de ser así yo ya estaría llegando tarde). Hablo de cuidar las relaciones que se nos presentan, porque sin son buenas, será todo lo que nos quede algún día. Igual es difícil dar con gente que vea las cosas como tú, pero una perspectiva diferente puede aportar mucho e incluso, por qué no, salvarnos la vida.
Sea como sea, estamos viviendo una transición complicada en la que cada uno trata de imponer su estilo de vida como una moda a seguir. Yo sólo ofrezco una opinión al respecto y puede que tenga o no razón. En cualquier caso (y deseando que las próximas noches tenga más sueños eróticos que reveladores), cito a Les Luthiers y afirmo, sin lugar a dudas, que "la confusión está clarísima".

jueves, 18 de octubre de 2018

En estado de reconstrucción

Haber caído en esa necesidad pasada de rosca, a causa de una serie de desafortunadas circunstancias, me ha hecho darme guantazos a mano abierta durante mucho tiempo (¡con lo que yo soy!). Siempre he detestado la obsesión malsana de los demás por recibir lo que ellos consideran por derecho, y he huido por patas en cuanto me he topado con gente así. Que me haya ocurrido a mí aunque sea de puertas a dentro me da, cuando menos, asco. Llegué a sentir tanta rabia que, todavía hoy, me lo reprocho. Pero lo cierto es que tal acontecimiento me abrió un mundo hasta entonces inexplorado, y tras descubrirlo entendí que cada uno tiene su sitio y debe defender los límites de su espacio. Y yo, mientras reconstruyo el mío, voy dibujando planes de futuro a medio y largo plazo.
A la espera de respuesta para acceder a un seminario de interpretación en el Estudio Corazza después de navidad, con dos casting para proyectos audiovisuales en Madrid y Sevilla respectivamente, y en la búsqueda de nueva agencia de representación, voy echando los días tratando de inventar algún proyecto para seguir activa y juntar dinero mientras estoy en Granada. Dado que la motivación para el teatro de títeres viene baja a nivel grupal, he estado buscando otras opciones de trabajo. Ya tenemos nuevo guitarrista para los Rockafeller así que voy a intentar meternos en el circuito de Diputación y buscar fechas para bolos. Y por otro lado, puede que monte un microteatro para diciembre que, si se da, me lo llevaré después a Madrid. De momento son todo ideas y aspiraciones, pero espero que algo se materialice. Claro que si consigo plaza en la escuela, tendré que volver a buscar piso en Madrid, y me entran ganas de hacerme el harakiri sólo con imaginarme de nuevo dando vueltas para encontrar algo decente y barato. Porque en Madrid, o es decente o es barato, ambas cosas es complicado.
Haré acopio de paciencia y aprovecharé, mientras pueda, mi cálido hogar granadino, que es cálido a pesar de que hoy ya se ha cubierto la sierra de nieve y empieza a hacer frío de verdad. Y me alegra sobremanera que este mes de octubre me pille en casa con mi nuevo perro, que lo adoro aunque esté más loco que veintitrés cabras y me tenga sodomizado al gato, y con mi pajarillo canturreando por las mañanas. Algo que se aprende a valorar más cuando lo has tenido tan lejos.

miércoles, 10 de octubre de 2018

Sin perdón

Me moví en la oscuridad dando palos de ciego. Estuve en el sur. Luego me fui al sur del sur y del sur, al norte. Cambié paredes y camas, paisajes y climas. Vi el sol reflejado en el mar y la niebla entre los árboles. Olí la humedad y la madera, y admiré el cielo azulísimo y todo un manto de estrellas. Sobrepasé las nubes subida en una montaña, y regresé al centro del mundo. Me arrastré como pude,  y con los recursos que tenía, para intentar borrar mis huellas del camino equivocado. Y después de tantas vueltas, decidí parar. Y parada me di cuenta de que algo seguía pinchando en alguna parte; no era mi perdón el perdón que me faltaba, y es deshonesto reaccionar con indiferencia. Si en lugar de preguntarme "por qué" me pregunto "para qué", puede que alcance un grado más alto, pero sería de una resignación impropia de mí. Aunque si le critico a todo el mundo que el "así soy yo" es de un cinismo ridículo que nada aporta a uno mismo, quizás el cambio no esté tan mal venido. Sólo existe una forma de comprobar mi teoría. Pero lloverá mucho hasta que pueda llevarla a cabo, así que aprovecharé los chaparrones para reconstruir murallas cuidando, mientras tanto, que no se moje la pólvora.
Este fatídico mes me devuelve al túnel de aquella madriguera de colores, al vino picado, al Sabina más herido y al gris desconchado del metro de Delicias sentido Moncloa. Y mi mente puñetera se empeña en ir de visita a donde no debe. Intento regañarle pero le gusta dejarse llevar por lo idílico, y se acomoda en el sofá equivocado y ahí se pierde un rato. Y yo, entre tanto, buscando la escuela, la agencia, el casting que me haga iniciar otro capítulo, y perder el miedo a la primera vez, y cambiar la imagen en sepia de la puerta del baño con el cable, por algo más real que un mero deseo que no valía la pena desear. Y menos sin perdón. 


lunes, 24 de septiembre de 2018

Una experiencia diferente

Me fui a Madrid un día antes. No quería arriesgarme a que el autobús se retrasara, pillara atasco, pinchara a mitad de camino o cualquier otra eventualidad. Había reservado dos noches en un hostal cerca de Sol porque prefería estar sola y concentrada para organizarme y, además, me apetecía ir un poco a mi bola. Llegué a la habitación sobre las 15:30h, vi un poco de tele y me quedé frita. Luego me vestí y salí a dar una vuelta por el centro. Para variar, me perdí por esas calles de dios, y para cuando localicé la del Arenal ya era casi la hora de cenar. Como tenía mucha hambre y poco dinero me metí en un Burger King, y sobre las 22:30h ya estaba de vuelta en el hostal. No me apetecía mucho estar fuera. Me había invadido un ligero sentimiento de soledad y tristeza al transitar ciertas zonas, y recuerdos de otra vida vinieron a mi mente como diapositivas en blanco y negro. No podía luchar contra eso, así que lo dejé salir, y mientras tanto preparé todo lo que necesitaría para el día siguiente. Quería dormir pronto pero me dieron casi las 2:00h viendo una peli regulera en la tele que, al menos, me ayudó a tener las manos quietas.
Por la mañana desperté temprano y con los nervios propios de un día importante. Me duché, me lavé el pelo y preparé la ropa. Quedé a medio día con una amiga que, finalmente, no pudo quedar y me vino de perlas para ir tranquila y sin prisas hasta Atocha. A penas pude comer antes; no me entraba nada. Tomé sólo una cerveza con la tapa más cara del mundo y me puse en la estación una hora antes. Lo hice sabiendo que, con mi nulo sentido de la orientación, iba a necesitar un rato para ubicar el buzón amarillo donde me recogerían. A las 17:15h en punto se me acercó un señor de traje que me preguntó mi nombre y me subió a un coche para llevarme a los estudios. Como había un ratito de camino, nos dio tiempo a hablar de mil cosas y conocernos. Tipo cojonudo, Carlos.
A las 18:00h ya andaba yo por el edificio, peleándome con la tarjeta de visita para cruzar el molinillo hasta la sala de espera. Él estaba en los camerinos comiendo medias noches de jamón, y con los nervios que manejaba a penas reparé en su presencia. Antes de que empezara todo (ya vestida, peinada y maquillada como una puerta) me guiñó un ojo desde arriba al tiempo que hacía un gesto de “tú, tranqui”. 
La hora entera pasó como un suspiro y todo acabó antes de que pudiera darme cuenta (y hasta aquí puedo leer).
Como en una nube por la experiencia vivida, salí del edificio buscando la oportunidad de hablar con él en la puerta, donde ya estaba Carlos esperándome con el coche. Alguien me dijo “tú aguanta un poquito, que no ha salido todavía”, pero no quería hacer esperar a Carlos, así que le dije que gracias pero que me tenía que ir. Y justo antes de subir al coche, me dijo “mira, ahí viene”. Miré a Carlos buscando complicidad y me sonrió en plan “venga, que te espero”. Salió solo, y todos los demás, salvo Carlos que seguía al lado del coche, ya se habían ido. Me acerqué a darle dos besos y le dije que me había quedado con las ganas de cantar un tema con él, y me dijo “coño, tía, habérmelo dicho y hubiésemos preparado algo”, a lo que yo contesté que estaba demasiado nerviosa para tomar esa iniciativa pero que si alguna vez coincidíamos de nuevo, quedaba pendiente. Después de un ratito de charla considerable, se despidió con un guiño y un “nos vemos en los bares” y se fue. Subí al coche disculpándome por el retraso, pero Carlos sonreía todo el tiempo. Tenía que llevarme a Atocha, pero me dijo que como yo era su último viaje y ya terminaba, que me llevaba donde yo quisiera. Le dije que estaba parando en Sol y me dejó en la misma plaza. Antes de despedirse de mí, me dijo que ojalá volvamos a vernos porque él es el chófer de casi todos los actores de series de la tele, y si alguna vez me tiene que volver a recoger, sería buena señal.
¡Qué distinta se veía la plaza ahora! Nada que ver con ese sitio triste del día anterior. Había luz, mucha luz, y a diferencia de otras veces, ahora la luz provenía de mí. Hice un par de llamadas obligatorias antes de subir a la habitación a soltar lastre y volver a salir porque había quedado para cenar. Mi amigo Jose me esperaba en el Viña P, y ya estaba allí cuando llegué. La última vez que lo vi fue exactamente en ese mismo restaurante el pasado 17 de marzo, y recuerdo que era ese día porque fue el día en que toqué fondo (entonces yo era una sombra de mí misma). Se alegró al verme tan… renovada. Fue una buena noche. Cenamos de lujo, la dueña se sentó con nosotros y nos invitó a una copa y acabamos en un bar de los que me gustan echando la penúltima antes de regresar al hostal. Entre el alcohol y el cansancio acumulado de un día movidito, dormí como un bebé. Pero ni todo el entusiasmo de vivir una experiencia, digamos, diferente, impidió que mi último pensamiento estuviera tan lejos de Madrid.
A la mañana siguiente regresé a Granada con una herida menos y la semilla de un posible proyecto de futuro. 

lunes, 10 de septiembre de 2018

Micromelancolía

Entrando en la primera curva de mi calendario, y tras varios meses de desapego y reflexión hacia una causa perdida, vuelvo a toparme con la misma incertidumbre por la ciudad que me dio la mano para luego retorcerme el brazo. Invitándome a probar suerte (un poco más sola que antes) y amenazando, a la vez, con el recuerdo de sus calles prohibidas que inevitablemente transitaré, esta vez he preferido rechazar cualquier compañía, y quedarme en un hostal del centro.
En otras circunstancias buscaría la forma de dar vida a aquella imagen en la que esperaba sentada en la plaza, junto a una boca de metro, con zapatos negros, bolso mallorquín y chaqueta vaquera; con el pelo suelto y los ojos como faros encendidos buscando entre la multitud la cabeza que sobresale del resto. Pero las circunstancias reales que me rodean me impiden incluso pensar en ello. 
Alguien me enseñó una vez a ser prudente, tener paciencia y no necesitar nada. Y esta especie de Siddhartha moderno tenía razón. Y aunque la imprudencia, la impaciencia y la necesidad me han llevado a lugares que otros matarían por conocer, tendría que elegir más concienzudamente el objetivo con el que sí se puede (y se debe) perder la cabeza. Nada me gustaría más que reescribir la historia pero, en esta ocasión, lo más razonable es amarrarme las manos y no pensar en ello.
Mis dos noches en Madrid no darán para mucho más de lo que voy a hacer allí. Pasaré a ver el microteatro de una amiga, aunque me escueza el alma cuando pise su calle melancolía, y me centraré en la parte lúdica de este viaje sin esperar mucho más que vivir una experiencia curiosa y quizás, con un poco de suerte, llevarme alguna alegría en metálico. 


viernes, 31 de agosto de 2018

Fusiles por escopetas

Hace unas cuantas noches pisé La Tertulia por primera vez desde que muriera Miguel (sin contar aquel microteatro del pasado octubre al que fui únicamente en calidad de actriz y no como una parroquiana más). No había mucha gente pero estaba Tato, al que llevaba más de un año sin ver. Me enseñó su nueva oficina, aún por decorar, me dio los carteles grandes de tango que Miguel me había guardado y nos quedamos charlando un buen rato en el bar. Se me hacía raro estar allí sin "los de siempre" pero fue un placer entablar conversación con una persona tan lúcida como él. Yo, más que hablar, lo escuchaba. Siempre tiene buen discurso. Le conté por encimilla mi aventura madrileña, y lo difícil que es lidiar con todos los obstáculos que se encuentra una en el camino, y él me contó una historia propia que acababa diciendo: cambia la escopeta por el fusil. La escopeta requiere una bala por víctima, y eso cansa. El fusil se carga a muchos de un solo disparo. Me sugirió una idea interesante, en la cual estoy trabajando ahora, pero más allá de lo profesional, me pareció una metáfora muy válida para otros ámbitos de la vida.

La otra noche también me reencontré con un viejo amigo de esos que nunca ves pero con los que creas lazos invisibles. Tengo amigos así. Amigos que están en la sombra, que no reaccionan pero siguen tus pasos, que están en silencio pero están más que otros. Amigos que estando lejos te tienen cerca. Amigos en serio, y amigos en serie. Y amigos que tardan en darse cuenta de quiénes son sus verdaderos amigos.
Este viejo amigo me pasó hace ya años un monólogo dramático sobre la violencia de género que nunca llegamos a montar. Ahora me ha propuesto retomarlo y presentarlo dentro del marco de "Abril para Vivir". No sé si cuajará finalmente, pero con la idea del fusil revoloteando en mi cabeza me volví a casa, y días después, esa idea derivó en algo más, y ahora estoy que no paro.
Una imperiosa necesidad de hacer cosas se ha apoderado de mí. Los tiempos muertos de ocio infinito viendo series y películas desde el sofá, sentada frente al ordenador o simplemente tumbada en mi balcón mirando el cielo, se agotaron. Y de pronto, es como si algo me exigiera estar en constante movimiento, no parar quieta, hacer mil cosas a la vez: leo mientras cocino, hago crucigramas desayunando, escribo mientras saco al perro, ensayo mientras limpio la casa... y cada vez que paro, mi imaginación se va por donde no debe y me obligo a seguir. Estoy inquieta. Mucho. Quizás porque ya se acaba el verano y no sé qué hacer con mi vida. Quizás porque necesito entender esta lotería de que pasaría si..., y ya no me atrevo a jugar. Quizás por contener las ganas de cruzar el país y "perderme". Quizás por todo a la vez.

Sin mirar demasiado al futuro y sin mirar en absoluto al pasado, intento centrarme en terminar los bolos pendientes y hacer los "arreglos" pertinentes antes del 12 de septiembre, fecha que podría lanzar un poco de luz a mi vida si la suerte se pone de mi parte aunque sea por una hora. Puede que sea entonces cuando empiece a engrasar mi fusil.

martes, 14 de agosto de 2018

The I.P. story


Una vez viví entre dos palacios. Uno era de hielo, el otro era la Alhambra. Me acurruqué sobre un cálido y destartalado colchón a la penumbra de una vela. Hacía frío pero yo tenía calor. Sonaban acordes tranquilos, olía a madera y a carbón y los sabores de especias se confundían en mi boca. La lengua y el lenguaje fluían, y las manos, y el sudor. Era invierno, un próspero invierno. Mi rostro adornaba una mesa y varias calles y no había confianza suficiente para el dolor. Estábamos de estreno. Dos lunas colgaban a derecha e izquierda, una bufanda negra guardaba mi olor. Había elefantes y tortugas, tulipanes y girasoles, y una abeja revoloteando en el tejado. Hubo también lágrimas, lágrimas de alegría y lágrimas de decepción. De repente la poesía, el tango, el rock'n'roll, fade into you, anything goes, las clases de cine, el teatro, la improvisación. Se abrieron otros bares, y alguno se cerró. Cuando el sol se dejó ver se estaba bien cerca del río, un río imaginario que refrescaba las noches. En aquel barrio oscuro, la luna brillaba y brillaban los ojos. Y en aquel entonces las conversaciones eran divertidas. Se entendían los mensajes. Comunicación, comunicación sin razón, comunicación porque sí. El orgullo no cabía, solo había necesidad. 
Una vez estuve viva en un sueño congelado, con M&M's, una foto en blanco y negro, agua con manzana, música clásica en la radio, leña del bosque, mi vestido blanco caminando entre los muertos del cementerio, un taxi frente a la estrella. Llegó una melodía parisina, y más tarde un aire de flores ya marchitas por el tiempo... pero no era yo, y me escapé por la ventana. Porque hubo un tiempo para olvidar el pasado, que pronto se convirtió en un futuro que olvidar. Las llaves de ese palacio las tengo todavía, pero la suerte se fue desmontando y se descolgó del todo cuando el orgullo absurdo comenzó a tomar parte en este juego inventado. Quedan atrás muchas cosas, y ese capítulo primero del cuento, aunque atrás, sigue presente pero está llegando a su final.

jueves, 9 de agosto de 2018

"Crisistunidad"


Si algo me hace alejarme de la realidad es, paradójicamente, poder escribir sobre ella. O, mejor dicho, reescribirla a mi manera. Cuando la vida se presenta frívola o carente de emoción, que es lo cotidiano, un fogonazo de extraño romanticismo es como un oasis en el que me gusta regodearme, y es desde ahí que me animo a escribir. Relatar un hecho sin más, no me supone nada; ahondar en él para que lo que es, no sólo sea sino signifique, es lo que me hace elevar los pies del suelo y encontrarle sentido a las cosas.
No he tenido ni tiempo ni capacidad de reacción para entender cómo me sentía después de que resurgiera de las cenizas algo importante que ya apenas era un leve recuerdo difuminado por el tiempo. Un tiempo infinito que parecía no tener prisa por llegar a ningún lado, y que se negaba a darme alguna pista que justificara su lentitud. Acabé por resignarme, encontré otros consuelos y guardé todo lo que quería olvidar en algún rincón de mi memoria, pero sin ignorar que estaba allí. Y resulta que era cierto y que el tiempo tenía razón, porque ahora puedo regresar a ese rincón y ver que lo que guardé como un tesoro al que me negaba a renunciar, estaba tan lleno de polvo que apenas se distinguía su valor. Se llama perspectiva, y eso… sí, lo da el tiempo.
Temía y ansiaba a partes iguales que llegara ese día, y cuando llegó, ni el temor ni el ansia se manifestaron. Todo estaba bien así. Reaccioné  con extraña alegría, no me salió ser distante, o arisca. Olvidé el posible rastro de resentimiento que creía conservar, y luego entendí que eso significaba mucho más de lo que parecía. Y aunque la cosa no pase de ahí (o sí… transcurran otros 5 meses, o tres semanas más) me alegra saber dónde estoy, me alegra saber dónde estamos, y me alegra poder alegrarme por ello. Me costó un calvario soltar las armas y rendirme, pero ahora sé cómo funciona la vida y lo espero todo de ella, esta vez, sin resistencia alguna. Poder “soñar” sin torturarme es lo que me han devuelto a cambio, sólo que ahora los límites sé ponérmelos yo misma. Ojalá esta oportunidad, con la que ya casi no contaba, sea el nuevo principio de algo mejor.

(“No querría perderte…”)

martes, 24 de julio de 2018

Mentes descerebradas

La mente es maravillosa, dicen, pero sólo si trabaja a nuestro servicio. Cuando la mente toma el control sobre ti, se convierte en un arma de destrucción (como el HAL 9000). He conocido, y conozco, a muchas personas traicionadas por sus propias mentes maravillosas. El perfil general de estas personas los definen como muy inteligentes y con una sensibilidad exquisita. Como si estuvieran un paso más allá de "lo normal". De hecho, tantos genios ha habido en la historia (sea del campo que fuere) con algún tipo de trastorno mental, fruto de sus múltiples inquietudes. Me asusta. Es tan fina la línea entre la cordura y la locura que hay que andarse con cuidado para no pasarla.
Hace poco, se puso en contacto conmigo un colega que hacía años que no veía y del cual no sabía nada. Digo colega porque no era mucho más, sólo un chico al que veía regularmente en el bar que frecuentábamos. Era un chaval muy tímido y reservado y daba la impresión de estar "triste" todo el tiempo. Después de una discusión que tuvo con el dueño de ese bar y con casi todos los parroquianos, no volví a saber de él. Ahora me ha escrito y me ha dicho que su familia lo metió a la fuerza en un psiquiátrico, en donde ha estado como 6 años. Después de saber esto, me he fijado en las cosas que escribe (nada tiene sentido) y he tratado de hablar con él, pero es inútil. Es como hablarle a la pared. No responde de manera coherente, está en su mundo y es imposible llevarlo a otro terreno. Lo peor es que él dice que está bien, pero no lo está. Se le ha ido la cabeza del todo y me da un miedo atroz pensar que no estamos a salvo de que nos pueda pasar a cualquiera.
La gente con la que no se puede razonar, ya sea porque son gilipollas, alcohólicos y/o drogadictos o por tener algún tipo de enfermedad mental, me repelen (obviamente por razones distintas). Los primeros no tienen remedio; a los otros habría que intentar ayudarlos. Yo, al menos, me siento en la obligación moral de intentarlo, a pesar del terror que me produce mirar a los ojos a una persona que, conociéndola, desconozco. Pero es muy difícil si no se dejan... A parte, no sé si yo sería una buena terapia. Mis palabras serían duras y mi tono exaltado, pero sólo porque no entiendo cómo podemos permitir que algo o alguien nos destroce la vida. Cómo podemos permitir que cualquier cosa que nos ocurra, por grave que sea (incluso si se trata de una enfermedad heredada) nos anule como personas. Tomas conciencia y luchas contra eso. La mente es dominable, pero hay que ser más fuerte que ella; si no, ella nos dominará. 
Me acuerdo de la peli "Una Mente Maravillosa" y veo que incluso en los casos de trastornos innatos, se puede convivir con la enfermedad si eres consciente de que existe y "la aceptas". Como el que acepta una miopía o la diabetes... al final, lo que importa, es que nada nos domine. Sé que es fácil decirlo, pero no hablo desde la ignorancia. Me he visto a mí misma en situaciones límite en las que mi mente pretendía ser "más que yo" y no para ayudarme, precisamente. De hecho, nos ha pasado a todos. Yo sólo le pongo palabras. Superar momentos de mierda o tendencias autodestructivas es una obligación y punto. Dejarse arrastrar por ellas es ir de cabeza a un infierno terrenal. Pero no todo el mundo tiene la fortaleza para luchar contra sí mismo, y esa gente necesita ayuda. Espero que mi falta de tacto para estas cosas sirva de algo, porque pienso que sólo una buena ostia de realidad saca a quien sea de donde está.

lunes, 16 de julio de 2018

Pescado podrido y caramelos para chupar

Hace ya como un año que decidí ponerme digna conmigo misma y con mi trabajo, y mandé a la mierda a las personas que entorpecían tal propósito. No trabajo con dejados, ni con informales, ni con quien se toma mi trabajo a la ligera porque, simplemente, me están faltando al respeto. Durante años he tragado mucho en pos de algún proyecto tentador que me aportara algo a nivel profesional, o supusiera una suculenta suma de dinero. Un día me di cuenta de que si no estás a gusto en tu entorno, o peor aún, los dolores de cabeza van in crescendo, no vale la pena ni la aportación profesional (que tampoco la hay) ni todo el dinero del mundo.
Cuando me llamaron este verano de un ayuntamiento para contratar a "The Happy Fish" pensé que igual, para un bolo tan bien pagado, podía probar suerte y apostar porque saliera bien eso de reunirme de nuevo con los chicos. Nada más lejos. La falta de profesionalidad de los susodichos me dio de frente otra vez para recordarme las razones por las que ya no quería saber nada del grupo. Lástima no haber reaccionado antes de salpicar a tanta gente. Sea como sea, no he pasado la mano. Me quedo sin bolo pero gano en salud. Y dentro de lo mal que me han hecho quedar, he podido subsanar el daño. Lo peor es que trabajar con amigos es delicado, porque la ruptura profesional puede desencadenar la ruptura amistosa, pero eso ya es problema de otro. Yo siempre he tenido muy bien diferenciadas ambas cosas.
Sigo adelante con todo lo que tengo y con la gente que, al menos de momento, tira del carro conmigo. Y si ser estricta me supone menos trabajo me importa bien poco. Al menos el que salga, saldrá bien y lo podré disfrutar. Y en mi tiempo libre sé cómo entretenerme (y con quién).
Acabo de terminar el curso de Iniciación al Doblaje y he descubierto un mundo nuevo de lo más atractivo. Han sido dos semanas de inspiración a muchos niveles. He cambiado esa imagen en mi cabeza que se repetía en modo bucle por algo nuevo (por fin algo nuevo). El sabor de los caramelos rellenos nunca fue tan significativo. No se rechaza un caramelo (que me lo digan a mí) y menos si actúa como calmante. Puede que continúe la formación después de verano, aunque hacer planes más allá de mañana es tontería; a saber dónde estaré después...

sábado, 30 de junio de 2018

¿Volver?

Después de tanto tiempo, me parece increíble que aún me siga afectando ver imágenes de calles conocidas, edificios familiares o lugares en los que he estado en Madrid. Y cada vez que ocurre, me acuerdo de esa canción de Sabina: "(...) que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver", y se me hace un nudo en la garganta.
En la noche de San Juan, bajo un manto de estrellas borrosas por un cielo altamente contaminado, creí equivocar mi deseo cuando, sobre el tejado, sonó en la radio la canción que me hacía no querer echar nada de menos. Pero no hay deseos equivocados. Hay deseos inconvenientes, retorcidos, utópicos... pero no equivocados. Se supone que con fuerza de voluntad, prudencia y tiempo seguía los pasos correctos, y sin embargo, siento que camino sin rumbo.
En esta ciudad de proporciones perfectas me siento libre pero no lo soy, y únicamente trabajando a destajo consigo distraer el pensamiento recurrente del qué pasará. Y mientras espero el golpe de suerte que lo cambie todo, me sigo haciendo las mismas preguntas con la misma rabia, y sin una sola respuesta válida.
Un verano más, estoy con mi banda tocando en el Peñón de Salobreña, cantando canciones que creía que ya no podría cantar. Pero no sólo puedo sino que me sirven de desahogo. Por eso he incluido "So lonely", por eso he incluido "Ironic", y por eso no quito la de Aerosmith. Y aunque mi único medio de comunicación sea como tirar mensajes al mar en una botella, siempre queda la esperanza de que llegue a su destino, aunque yo no lo sepa.
Quizás mañana tenga a donde volver.

domingo, 10 de junio de 2018

432


Y casi volando, llegó el día de las promesas rotas y de los deseos incumplidos. Una de las cosas que nunca he sabido llevar bien es la decepción. Dicen que nadie puede hacerte daño sin tu consentimiento, pero esa actitud no sirve si no lo ves. De todos los errores que he podido cometer en este último año, sólo uno se puede tachar de error garrafal. He tomado malas decisiones, me he equivocado en muchas cosas y con algunas personas y he elegido caminos arriesgados. La soledad me volvió excesivamente vulnerable y dependiente en muchos momentos, y me agarré a lo que no debía, confiando en que supieran ver más allá, y pudieran distinguir ese estado pasajero de lo que en realidad soy. No fue así. Y hasta que el desprecio no se hizo palpable no pude  resetear. Cuando permites que te ninguneen no reaccionas hasta que ocurre de verdad. Pero reaccionar de manera coherente no te hace sentir mejor, al menos no hasta que pasa cierto tiempo. Mi error garrafal fue olvidarlo en un pequeño gesto una noche de borrachera descontrolada. Aún sigo sin perdonarme del todo por aquello.
La última vez que mi orgullo quedó dañado, la tortura duró menos porque apareció de la nada la X que marcaba el tesoro en el mapa. Pero un tesoro que a lo lejos relucía y que al abrirlo, resultó no ser de oro. Ahora no quiero salvavidas ni relevos, aunque me lleve más tiempo del que ya ha pasado. Quizás, cuando todo me dé igual, pueda alegrarme de muchas cosas pero hoy, todavía, me envuelve ese halo de tristeza cuando me preguntan cómo estoy y respondo, con una sonrisa forzada, que estoy bien. Y ese resentimiento que me guardo es el mismo que proyecto hacia los implicados, y que se vuelve más difícil de llevar porque empaña lo que hay detrás, que no es más que amor desordenado. Ni siquiera puedo imaginar una manera satisfactoria de cerrar tan turbio capítulo, sin el debido adiós y sin “darnos la mano”, pero tener la oportunidad de hacerlo era todo lo que esperaba por mi cumpleaños.
Sin embargo, y casi volando, llegó el día en que tenía que elegir un camino (otra vez), y el destino me parecía tan aburrido en cualquier caso que me limité a dejarme empujar por la inercia a donde quiera que me lleve. Y en esa inercia me encuentro ahora, sabiendo que lo que viene es mejor, que lo que ocurra será producto de lo que ya ha pasado y que ahora, sin pasado ni futuro, está esa oportunidad que quería. Puede que queden restos de añoranza por limpiar, pero con mis 432 meses recién cumplidos, me siento renovada en muchos aspectos. Un año más vieja y, sin duda, más sabia (aunque me limpie el culo con lo aprendido). Brindando, como quería, con los amigos de verdad, y los que me quedan de Madrid. Agradecida de los que te sacan una sonrisa con un simple mensajito y de los viejos amigos que regresan sin rencores porque no hay orgullo si hay emoción. Deseando empezar el curso de doblaje, los conciertos del verano, los títeres callejeros…
Y, casi volando, llegó el día. Y, a pesar de lo que pesa, empieza a pesar menos y a darme más igual.

lunes, 21 de mayo de 2018

Qué decir... si ya lo sé


En un mundo perfecto donde el miedo, la vergüenza o el orgullo no tienen cabida, podría decir que entre mis sentimientos encontrados está ese “te echo de menos”, que a causa del miedo, la vergüenza o el orgullo de este mundo imperfecto, nunca saldrá, y se consumirá en la hoguera del olvido. Y el ángel oscuro del hombro contrario volverá a ganar, porque él sabe que para sobrevivir en la jungla hay que ser más fuerte. Pero a pesar de estar haciendo lo más sensato, lo más prudente o lo que me veo obligada a hacer, hay momentos en que desearía cambiarlo todo, y que, aunque el final sea el mismo, exista una ínfima posibilidad de cambiar el principio.
Ya queda poco para dejar de esconder evidencias, y en los últimos tres meses he tratado de definir mi futuro más inmediato sin lograrlo. Tengo planes para el verano pero no sé dónde estaré una vez que pase, porque tampoco sé dónde quiero estar. No tengo nada definido ni aquí ni allí, nada que tire de mí para tomar una decisión. De poco sirve que me adelante. Puede que mi suerte cambie, o que haya más mundo para mí fuera de Granada o Madrid. Tengo a quien me acoja cuando esté sin piso por si me llaman de la agencia o de algún casting y, hasta entonces, veremos cómo va trabajar con la nueva “Calderilla Teatro”. Hay tres grandes actores conmigo y montones de propuestas para vender. El fin de semana pasado nos estrenamos con Roy y una de piratas, y Santervás se incorporará pronto. Aprenderé a manejar títeres, a desenvolverme en la calle, a luchar bien con espadas, a hacer sombras… y si eso se traduce en pasta, mucho mejor. Necesitaré ahorrar este verano para lo que sea que haga después. 
Queda nada para mi cumpleaños y aunque ya ni tenga piso, me gustaría “celebrarlo” entre Granada y Madrid, cual boda gitana. Mi gran regalo sería brindar con la gente que quiero, uno a uno, por el ahora, por lo que fue, por lo que no será jamás. Pero es desear un imposible... No todos estarán (algunos ni siquiera sé por dónde andan y otros vuelan por el universo infinito). Pero pase lo que pase, me alegraré al menos de haber acabado, por fin, con estos malditos 35.  

martes, 1 de mayo de 2018

Vida, amor y muerte

Los tres grandes enigmas de la humanidad. Woody Allen lo dejó sólo en Amor y Muerte (la vida está implícita en ambos) en su comedia, traducida al castellano como La última noche de Boris Grushenko. Dejando el amor para luego... ¿qué es la muerte y qué es la vida?
A lo largo de los siglos, filósofos, científicos, literatos, inquietas mentes pensantes y teólogos han querido aportar opiniones y/o definir los conceptos, pero la realidad es que nadie sabe qué pasa después (apenas sabemos lo que pasa ahora). Es "lógico" pensar que cuando te mueres, te mueres, dejas de vivir, desapareces, te descompones, no hay nada. La religión lanzó un rayo de esperanza a la humanidad para que la muerte no nos mate en vida: hay un cielo; la muerte no es el final sino una transición. Hay quien se agarra a esto último para afrontar pérdidas de seres queridos y vivir con la esperanza de reencontrarlos en "otro lugar" o en "otra vida". Y hay mentes menos inquietas que se limitan a pasar del tema sin hacerse preguntas y creer que cuando te mueres, se acaba la vida y no hay más. No sabría dónde incluirme. No creo en cielos ni en dioses, al menos no en los que nos han vendido, pero me cuesta pensar que la vida sea... sólo esto. Sólo un pasillo de luz entre dos oscuridades, un paréntesis de consciencia entre dos estados de inconsciencia. ¿Por qué? ¿Para qué? Esas son las preguntas sin contestar, sobre las que se ha especulado pero que nadie sabe de verdad, porque nadie ha vuelto para contarlo. Hablar de la muerte es lanzar opiniones personales sin fundamento porque es hablar de algo que no conocemos.
Así, la gente habla de lo que cree que sabe: la vida. Pero es otro gran error. No sabemos qué es la vida, ni para qué sirve, ni por qué vivimos. Pero se nos llena la boca hablando de ella: la vida es esto, la vida es lo otro. Desde el categórico nacer, crecer y morir, hasta las frasecitas  trascendentales de sobres de azucarillos. Y nadie sabe nada en realidad, sobre todo porque "la vida" tiene muchísimas lecturas. Puede haber tantas definiciones de vida como vidas en el mundo. Y creo que no importa qué ES la vida o qué ES la muerte, porque, sea lo que sea, ES lo mismo para todos y no tenemos la respuesta. Se trata de cambiar el verbo "ser" por "significar". ¿Cómo va a ser lo mismo la vida para un magnate estadounidense que para un muerto de hambre en África? ES lo mismo pero no SIGNIFICA lo mismo, y ambos tendrán definiciones muy distintas. ¿Es un regalo para unos y un valle de lágrimas para otros? ¿Y quién o qué decide eso? Porque, desde luego, no lo elegimos nosotros... Hay quien vive dos días y hay quien vive cien años. ¿De qué mierda va este juego? Me niego a creer que "después" no haya respuestas.
Este año, la muerte (en sus distintas formas) se ha manifestado en mi vida sin tregua alguna. Murió mi perra, murieron amistades "especiales", murió mi escasa fe hacia los demás y sobre todo hacia mí misma y, hace apenas unos días, murió mi amigo Constan. Así, sin avisar, dejando a medias todos sus proyectos entre los que se incluye la obra que nos estaba dirigiendo a Juan y a mí. Y recibir esa noticia a través de un whatsapp mientras desayunas como un día cualquiera, te deja en shock y con una sensación de vacío y estupidez difícil de encajar. "Uno solo es nadie", me escribió una amiga haciendo referencia a un texto suyo acompañando una foto, también muy suya. Él, que leía mi blog, que le gustaba porque soy "rara" como lo era él, que era tan incomprendido porque estaba más allá... si pudiera volver y contarme...
La realidad es que, sea lo que sea la vida y sea lo que sea la muerte, mientras seamos "conscientes" estamos vivos, y ya que no podemos evitar la muerte de la vida, habrá que intentar evitar la muerte EN vida. Y eso se consigue con amor. Amor en sus múltiples acepciones. Tenía todo un discurso preparado al respecto, pero mientras le daba forma me llegó por whatsapp un vídeo de un amigo que habla de lo mismo (mágica coincidencia, cuando llevo dos días elucubrando sobre el tema y escribiendo esto). Y ya que coincido en todo lo que expone, dejo el vídeo y animo al que pase por aquí a que lo vea. Es largo pero no se hace pesado, y dice verdades como ventas manchegas.


                                                                Mario Alonso Puig


Nunca he tenido una visión optimista (qué raro) acerca del amor. Creo que es lo más grande e incomprensible que hay en el mundo y, como tal, incontrolable. Y lo que no podemos controlar, nos controla a nosotros. La lengua inglesa tiene una forma muy acertada de decir "enamorarse": to fall in love, que literalmente se traduce como "caer en el amor". No saltas al amor, no te elevas; caes, como el que cae en una trampa, en un agujero o por un barranco. Caes.Y una caída implica un golpe, tarde o temprano. Un golpe de realidad, porque el amor tiende a ser idealizado. Esto ocurre con el amor romántico (creo que exclusivamente). Neurológicamente hablando, enamorarse es como chutarse la mejor droga del mundo. El cerebro lo flipa tanto que estás, literalmente, drogada de oxitocina y eres tan feliz que das asco. Y nos empeñamos en relaciones de mierda por no pasar el mono que conlleva dejar la droga. Por suerte, el amor es mucho más que enamoramiento. Es la parte no tóxica de esa droga, y estoy de acuerdo con Puig: salva vidas. Y no se trata de esperar a que alguien se esté muriendo para "estar ahí". Hay mucha gente muerta en vida por circunstancias, que son las que más necesitan ser entendidas, recibir un abrazo o simplemente escuchar (o leer): "hola, estoy aquí". Los amigos hacen eso. Pero cómo esperar tal deferencia. De hecho, sería una hipocresía hacerlo por lástima en lugar de por compasión. En el vídeo se explica perfectamente la diferencia entre ambos términos: lástima es sentir pena y ya (nadie quiere dar lástima); compasión es comprender el sufrimiento de otra persona y sentirte llamado a hacer algo para reducirlo (todos queremos ser comprendidos).
Después de haber pasado la etapa más difícil de mi vida, que ha durado meses (y creo que aún queda), empiezo a entender un montón de cosas. Esa etapa de mierda ha sido (es) un período de transición. Ahora tengo ligeramente modificada mi visión del mundo, y sea lo que sea la vida, la muerte o el amor, me ciño a lo que significan para mí, porque al final es lo único que vale. Y ya que he llegado hasta aquí... it's time to have fun!

domingo, 22 de abril de 2018

Ahora

Todo lo bueno llega cuando no lo esperas (puede que lo malo también). Bajo mi cama yace el último deseo a punto de caducar. Estamos solos, y sin embargo más libres que nunca. Caiga quien caiga, incluso si caigo yo, nihilismo por bandera en esta carrera de obstáculos. Ni siquiera una improbable (que no imposible) tregua se concede. Será que no hay nada en lo que creer, porque a unas horas de que acabara el juego, ya me quedé sin monedas. Lo que ha pasado y lo que pasará son el sinsentido de hoy, que me lleva a la total renuncia del pensamiento. Volveré soñando de nuevo cuando sea otro el objeto que despierte mi interés, y entonces podré hablar de lo que ahora no puedo (aunque tenga gente esperando; más espero yo).
El trabajo me devolvió al mundo en el que quiero quedarme, especialmente ahora, sabiendo todo lo que sé, consciente de la levedad del tiempo, dispuesta a reciclar los escombros que he dejado a mi paso transformándolos en lo mejor que me ha pasado, y rescatando a mi ritmo a las personas que se perdieron en el camino y que, a pesar del tiempo transcurrido, siguen ahí en la sombra, preocupándose por mí. No hay razón. Las cosas que escribo me reubican y es un ejercicio que hago desde un estado previamente alterado. Fuera de este blog sigo cantando en los bares, y hago chistes malos, y me abrazo a desconocidos, y me río hasta de Janeiro.
Tras hacer los ajustes necesarios, me desvinculo temporalmente de redes sociales, que de poco me sirven en estos momentos, y me centro en otras cosas de mayor importancia. Mi whatsapp sigue activo por si tengo que salir pitando a donde me llamen, pero poco más. Lo que queda de mes me lo tomo con agua salada y arena, con vino y música y con la expectación de ver lo que le queda por pasar a Walter White (¡no puedo parar!).
Ahora, especialmente ahora, amenazo con volver.

domingo, 15 de abril de 2018

Cero bloqueos

Siendo ya más tarde que pronto he resuelto desconectar para conectar con algo más. No sé si lo conseguiré pero tengo mucho que desbloquear. Desbloquear la garganta para que salga la voz y no se atore la comida. Desbloquear la mente para centrarme en algo que merezca la pena. Desbloquear el cuerpo, tan encogido en sí mismo, que ya no reacciona a estímulos, y los pulmones, que no quieren respirar. Un millón de palabras para un único pensamiento que bloquea también la creatividad. 
Entendí lo que pasaba de la forma más absurda. Un momento de iluminación lo oscureció todo y supe que no había nada más. Que la última vez no dormí bien, tenía frío y mi cuerpo no respondía porque las palabras no son lo que significan, sino lo que quieren significar. Que la verdad sólo es verdad si te la crees, y antes de creérmela me aferro a una última ocasión de cambiar algo, aunque el escéptico le gane la partida al soñador. Y el soñador pide desobediencia y la adereza con lo que haga falta, porque soltar la mano que nos agarra es abandonarnos a nuestra suerte, y para eso, no hay prisa. Que entonces tendré que aprender a leer la letra pequeña del contrato para evitar el maltrato, y firmarlo con la única condición de que no haya condiciones. 

Ayer tuve el primer bolo en cinco meses, y el miércoles, cuando termine el que me queda, me voy al sur del sur a sumergirme en el Mediterráneo. Es lo bueno de tener un piso vacío en la playa. Allí me quedaré el tiempo necesario antes de volver a pisar Madrid. No puedo evitar acordarme de aquel ojalá, y ojalá que junto al mar esté la salvación. Puedo imaginar el desenlace, al final tan simple y absurdo como la vida misma. Todo volverá al punto de partida y el azar invertirá los papeles (a ver cómo nos defendemos ahora). Y aunque no hay refugio que me esconda, allí al menos estaré sola con "mis cosas", con la verde evasión, la guitarra y mis películas, el móvil, el portátil, "Breaking Bad" y el libro de la sabiduría. Puede que arregle la bici, que me acerque al pueblo a tomar algo, que me desnude en la playa, y que compre un vino bueno y ese vestido rojo. 
Para bien o para mal, la capacidad de sentir no me abandona. Y escuchando cosas como las que escribe C. B. casi que me alegro. Que aunque sus iniciales sumen cero para mí, como el título del poema que me puso la piel de gallina, este chico es de diez. Hay que ser valiente para abrir el alma y compartir todo un mundo interior aún a riesgo de que hagan caso omiso, o te tachen de "intenso", o desprecien tus palabras. Por suerte no fue así, y que un poeta gane un concurso de talentos, es de un mérito indiscutible. Es un premio también a la emoción. La misma que yo, durante mucho tiempo, estuve censurando. Mientras se puedan escribir cosas como ésta, qué más da que te rompan el corazón... 


  "Cero" César Brandon 

lunes, 26 de marzo de 2018

Cero en conducta

Cuando la niebla de la subjetividad se despeja y puedes ver las cosas como realmente son, se descubre un mundo nuevo, más crudo y menos idílico, pero lleno de verdades necesarias que ayudan a que las decepciones tengan una buena razón para existir.
Hace un mes, tomé la decisión de volver a empezar (en ciertos sentidos) y opté por agarrarme a cualquier cosa útil que pudiera encontrar en el camino para acelerar el proceso. Y encontré la importancia de las segundas oportunidades en Jake, encontré la luz en un pseudodesconocido que me invitó al Viña P y me regaló un cerro de besos, encontré la risa perdida en un buen amigo del barrio, y encontré el encanto que tiene la ciudad en sitios como el Janatomo con alguien que te enseña a comer con palillos y a no darle poder a los pensamientos tóxicos. Y el fin de semana, con su cambio de hora, sus agujetas y su resaca ha sido la prueba concluyente para reconocer el engaño que se escondía tras la imagen idealizada de una ciudad que te ofrece todo cuando no le exiges nada.
Durante mucho tiempo tuve la sensación de que me habían arrebatado algo, y asumí gran parte de la culpa para justificar al ladrón. Pero esa consideración me ha sido devuelta con tanto desprecio que me cuesta distinguir lo que ahora siento de verdad. En Madrid he hecho nuevos amigos, pero también he perdido otros por el camino, y soy de las que piensan que cuando un amigo se pierde es que no era tu amigo de verdad; nadie se va si no quiere irse. Así que me agarro al tiempo, que ahora se ha puesto de mi lado, para trazar una ruta nueva que me lleve a la deseada indiferencia, único sentimiento coherente con lo que hay.
Una luz intermitente me hace señales para viajar al norte y no descarto hacerlo en cuanto pueda. Galicia, Asturias y quizá Cantabria si alcanza el dinero. Pero no voy a precipitarme con esa llamada. Tengo un nuevo trabajo por delante y pequeñas grandes metas marcadas y, a estas alturas, lo mejor que puedo hacer es rodearme de aquellos que me hagan progresar adecuadamente para intentar subsanar los fallos que me han hecho anotarme un cero en conducta.

Y aunque no tenga nada que ver... este tema me trae loca desde que vi "The Martian", y suena guay a la guitarra para el repertorio callejero que me traigo entre manos.
Quién pudiera irse a-Marte... 


Starman (David Bowie)


lunes, 19 de marzo de 2018

Una cuestión de elección


Me decía el sábado un amigo que la vida es como una película en la que nosotros somos los únicos protagonistas. Que podemos escribir el guión a nuestro antojo, escoger el género, añadir personajes o eliminarlos, y que aunque no podamos controlar todo lo que va a pasar, sí podemos elegir con qué actitud encarar cada escena. 
Creo que es una visión muy romántica de la vida, y aunque sería genial tener una actitud positiva para todo, no creo que sea realista. Me parece incoherente querer afrontar con humor una enfermedad grave, por decir algo. Aplaudo a aquellos que tengan la capacidad de hacerlo, que los hay (Hawking es un buen ejemplo), pero yo no soy así. Siempre voy a buscar la risa, siempre voy a tratar de quitarle peso a las cosas, y siempre voy a buscar  la explicación más lógica para encarar situaciones desbordantes, pero tengo claro que en la vida caben todos los géneros, y que a veces hay que vivir el drama y otras la comedia, y no pasa nada por eso. Para mí, es un desgaste emocional gordo obligarnos a estar bien cuando no lo estamos, tener que reír por huevos cuando no te apetece, porque “esa es la actitud”, o frivolizar con temas que son profundos, que requieren sensibilidad y tacto, o que merecen un respeto importante. 
Siempre me he esforzado en valorar las cosas en su justa medida. Cuando algo te duele, lloras y buscas soluciones para salir de ahí. No defiendo para nada regodearse en el sufrimiento, pero tampoco me parece bien negarlo. Es querer engañarse a una misma… Yo elijo reírme siempre, y por eso me rodeo de gente que me hace reír, enfoco mis pequeños dramas en clave de humor y busco situaciones que me hacen sentir bien, pero no siempre se da. Woody Allen dice que la comedia es igual a tragedia + tiempo y muchos se empeñan en convertir la tragedia en comedia sin tener en cuenta el factor tiempo. Yo estoy segura de que me reiré de toda la mierda que he estado acumulando hasta ahora, pero para eso tendrá que pasar el tiempo (tan tranquilamente como está pasando). Y durante ese tiempo no me voy a torturar, pero tampoco voy a levantarme cada día haciendo el fucking saludo al sol como si la vida fuera maravillosa, cuando lo que te devuelve es un corte de mangas.
Y si todo es una cuestión de elecciones… ¿Qué elegimos? ¿Lo más conveniente? ¿Lo que está únicamente a nuestro alcance? ¿Lo que debemos? ¿Lo que podemos? ¿Lo que es correcto? Nos seguimos engañando… porque en el fondo prima lo que queremos. Si no quieres hacer algo no lo vas a hacer, aunque sea lo mejor, lo más correcto o lo más lógico. Y si quieres hacer algo, lo haces aunque sea un acto suicida. Tengo amplia experiencia en el tema. Recientemente confirmé una vez más que cuando me empeño en algo, lo hago, aunque tenga que mandar al orgullo y la dignidad a tomarse una copa mientras tanto. Sabes que no debes pero te da igual, es lo que quieres. Y esta vez me ha salido tan mal que ahora, por fin, el deber y el querer se han puesto de acuerdo. Para personas impulsivas como yo, esa es una gran noticia...
El día de hoy se queda en papel mojado, y mi actitud “positiva” ante eso es el simple reconocimiento de una verdad que duele pero que ya no mata, y la satisfacción de haber encontrado refugio(s) hasta que pase la tormenta. A veces es tan fácil como que un colega se presente en tu casa con una botella de vino y te haga reír a carcajadas, porque al menos durante ese rato, te puedes recordar a ti misma quién eres y quién no querrás ser nunca. Querer o no querer... that's the question. 



viernes, 16 de marzo de 2018

Dead line


Ya que las cosas requieren tiempo y hay que ir paso a paso, me impuse una fecha límite para reorganizar el trabajo y la vida, y las decisiones tomadas en función de las circunstancias. Esa fecha límite está a la vuelta de la esquina y sé que, hasta entonces, no podré quitarme ciertas cosas de la cabeza porque, sin querer querer, están ahí. Pero poner ese día como tope fue sólo por lo que significa para mí, porque en realidad, cada día que ha pasado desde que comenzó el mes de marzo me he convencido más de que hay personas que ya no volveré a ver, lugares en los que no volveré a estar y cosas que no volveré a sentir de la misma manera. Tal vez sólo sea una forma de supervivencia para ir tachando cosas de la memoria y ver claramente lo que viene. Cerrar un ciclo me pone nostálgica porque echaré de menos muchas cosas, incluso las que nunca imaginé que podría extrañar. Pero esperar nunca ha sido mi fuerte, y sin embargo espero. Espero con inquietud este sábado, espero con tristeza el próximo lunes, y espero que después de tanto esperar, el mes de marzo se acabe rápido y que abril me ofrezca algo bueno allá donde vaya.
Decía Lennon: “Life is what happens when you’re busy making other plans”. Y es cierto… Yo he estado tan ocupada planeando lo que quería hacer en Madrid desde que llegué, que ahora mirando atrás, me doy cuenta de que todo lo que he vivido está muy lejos de lo que había planeado y, sin embargo, esa ha sido mi vida. Y si ahora la recuerdo con añoranza, será que no ha estado tan mal. Vivir tiene muchos matices, y aunque sé que he llorado más de lo que he reído, eso no le quita peso a todo lo que he podido experimentar a lo largo de estos meses y que, al final, le han dado forma a un año lleno hasta las trancas de mucha vida. Y aunque se acabe el ron, el dinero y la esperanza, tengo muchas cosas que hacer todavía, muchas calles por andar, citas pendientes, fotos, algún que otro amigo y una buena despedida temporal de este cielo gris con sus noches multicolor.



Downtown (Petula Clark)

sábado, 10 de marzo de 2018

Querer ser, querer hacer

Cuando era pequeña quería ser muchas cosas. Quería ser boxeadora como Rocky, bailarina como Baby, arqueóloga como Indiana Jones, princesa como Leia. Quería pelear en el Vietnam como Rambo, encontrarme un extraterrestre como Elliot, volar como Peter Pan y tener licencia para matar como 007. Mi padre alquilaba películas casi a diario y yo las veía todas. La mayoría eran de acción o de guerra, y a veces de miedo. Estas últimas, que también me las tragaba, me jodieron la infancia. Freddy Krueger fue mi propia pesadilla durante muchísimos años, y a pesar de eso me vi toda la saga (con la cara medio tapada). El cine me parecía fascinante. Después de ver una peli, me tiraba una semana "siendo" la prota: me vestía igual, hablaba igual, contestaba a mis padres igual (me llevé algún bofetón por eso) y, en mi cabeza, todo mi mundo era como el de los personajes que me gustaban. En el colegio nos hacían la típica pregunta de qué quieres ser de mayor, y yo iba cambiando mi respuesta en función de la peli que hubiera visto esos días.
Me pilló ya grande darme cuenta de que lo mío no era un trastorno de la personalidad y, a partir de entonces, cuando me preguntaban que quería ser de mayor respondía actriz. Y ya pensaba entonces que las actrices no podían llevar una vida "normal" como la que yo conocía por mi familia: casarse, tener hijos, una hipoteca, un trabajo fijo y vacaciones en la playa. Tenían que estar disponibles para aprender a "ser" todas esas cosas de las películas y estudiar muchas cosas para poder hacerlas. Evidentemente, en una familia conservadora como la mía, no cayó bien que la niña saliera tan "fantasiosa", y ya no sólo por una cuestión de trabajo. A medida que crecí me fui definiendo en muchas otras cosas de la vida y nada parecía de su gusto: la niña no se preocupa por su futuro, la niña no pisa una iglesia, la niña quiere vivir sola, la niña es rojilla, la niña dice que si se casa será borracha en Las Vegas, la niña no tiene ninguna prisa por tener hijos con la edad que tiene ya... qué rara es la niña. Y sí, en ese micromundo, yo era (y soy) la rara, pero en mi propio camino he encotrado "raros" como yo en cada esquina y dentro de ellos yo estoy entre las más lúcidas. Puede que tenga muchas fantasías en la cabeza y, de hecho creo que si no fuera por ellas preferiría estar muerta, pero soy fantasiosa a medias, la otra mitad de mí es muy cerebral. Y en mis múltiples razonamientos descubrí que lo único que importa en la vida es ser feliz, y que una tiene que ser y hacer lo que sea para conseguirlo. Y la felicidad tiene mil caras distintas según quién se mire en su espejo. Unos son felices viajando por el mundo, otros lo son trabajando en Mercadona, y otros no lo serán hasta que rueden con Tarantino.
Personalmente, envidio a la gente que puede ser feliz con muy poco. Yo debo estar entre los que buscan la felicidad constantemente porque me he puesto el listón muy alto, pero sólo en cuanto a estilo de vida. Porque a pesar de la inestabilidad del oficio que he elegido, seré feliz mientras no me falte la emoción. Creo que sin ella, no sólo no podría ser actriz, sino que no podría ser yo. Y yo encuentro la emoción en cualquier expresión artística y en las relaciones humanas, por eso siempre ando indagando en las dos, y me dejo llevar y me estrello mucho. Pero los tropiezos y las caídas no eclipsan la emoción. Un minuto de magia, ya sea en un escenario o brindando en un bar, siempre valdrá más la pena. Más o menos he ido compensando una cosa con la otra, pero últimamente estoy bajo cero en las dos. Será cosa de echarle más paciencia y no dejar de "indagar".

miércoles, 7 de marzo de 2018

Días nocturnos

Una semana de días grises, casi negros, con lluvia, frío, viento y hasta granizo. Ha sido de noche las 24h del día y yo esperaba, sin esperar, que se despejara el cielo y entrara el sol por la ventana. Pero me he acostumbrado a la oscuridad y creo que la luz me entristecería. Tanto que anhelaba la primavera y ahora le temo por lo que trae consigo... sus dos fechas límite y los compromisos pendientes antes de dejar atrás la negra cueva y el recuerdo de lo que pudo haber sido. 
Por muy caótica que esté mi vida, por muy cansados que estén mis ojos, por muy dolorido que esté mi cuerpo, ya no creo en falsas señales, ni en palabras vacías de confianza, ni en favores manchados de intereses. Pero quién sabe si en estos días no sucede lo increíble... Y si está en mis manos darle un empujón a la suerte, habrá que vestirse de guapa, resetear la mente, y sonreír aunque la imagen no me guste. Igual el cuerpo lo agradece, o en la copa rota esté la solución. Agarrarme a lo desconocido no es tan grave teniendo en cuenta que ya no conozco casi nada. Gastaré estas suelas por las calles de Madrid mientras el tiempo me deje, y mientras sea divertido. 
Y hoy, desoyendo el tiempo que queda para eliminar lo poco que conservo, me doy al placer de un par de vinos con rescate, aprovechando la inercia de la caída. 




Lo peor de lo mejor...

... es estar ciega
No ver más allá de sus narices
Prohibirte soñar estando en vela
Censurarte las locuras que te dices

... son los consejos
Las charlas a solas con una misma
Buscar la autoestima en los espejos
Transformar la cama en tu cocina

... son los relojes
Que congelan el tiempo y los suspiros
No encontrar consuelo por las noches
Quitar el polvo que dejan los caminos

... son las canciones
Los acordes de tristes melodías
Las rimas ñoñas de amores con dolores
Las letras sanadoras con espinas

... es el silencio
Los grillos que resuenan en el alma
Pedirte perdón por lo que agencio
Ventilar los despojos de la cama


Lo mejor de lo peor...

... es darse cuenta
Que hay magia en el desatino
Dejar tu huella en las paredes
Intentar lo que otros no han podido

... es arriesgarse
Ir más allá de lo establecido
Creer porque sí en los azares
Ser valiente a pesar de los derribos

... es la experiencia
La ilusión, el reto, los motivos
Perder el control y la decencia
Ganar, con suerte, algún amigo

... es cuando vences
Y miras el mundo desde arriba
Es saber vivir con creces
Saboreando la sal y la saliva

... es cuando pasa
Cuando, de lejos, nada cambiarías
Quedase con la imagen que desgasta
Aquello de querer con alevosía