Me animé a ver Los Miserables, no quería, sabía lo que eso
me iba a provocar y en estos momentos no era lo mejor. Pero fui al cine y la vi,
en un acto de rendición. Fue perfecto, seis o siete personas en la sala, podía
llorar tranquila, ocupar un par de asientos (tres horas da para cambiar mucho
de postura), y sí, me tragué los créditos con las luces aún apagadas cuando los
otros ya se habían ido. Sabía de qué iba la historia, me conocía la banda
sonora porque la he escuchado hasta rayar el disco, y sin embargo todo fue una
sorpresa. Será la magia del cine porque las canciones decían mucho más, las
balas te atravesaban, Notre Dame daba vértigo y hasta el olor de las cloacas se
metía por la nariz. Russell Crowe y Hugh Jackman bordan sus papeles con hilo
dorado, pero me conmovieron más las mujeres, especialmente los personajes de
Fantine y Eponine, luchando contra la frustración, el dolor, el asco, la
impotencia y rindiéndose (como yo) ante la cruda realidad, viendo resignadas
cómo han de separarse de lo más querido, cayendo… Ni hablar del pequeño
revolucionario, te golpea el estómago. Si algo te puede sacar una sonrisa en toda la película son los
mesoneros y su tragicómico estilo de vida, por lo demás agarra pañuelos.
Demasiado lo que se me ha movido por dentro con Los
Miserables, indescriptible, me faltan palabras. Pero lejos de desanimarme, como
yo creía, me ha dado esperanzas para creer que se puede morir por un ideal, por
principios, por amor, por soledad o por culpa y que todo es válido, todo es humano
y lo único imperdonable, lo único MISERABLE, es ir contra uno mismo. Para eso, mejor hacer como Javert…
I dreamed a dream in time gone by
when hope was high and life worth living
I dreamed that love would never die
I dreamed that God would be forgiving
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