domingo, 25 de enero de 2026

Un número que me gusta, o cómo pasar de tu hocico

Hoy es 25. Buen día para escribir (buen día dentro de casa, afuera está frío, lluvioso y gris, y para mí eso es malo porque odio el frío, la lluvia y las cosas grises). 

Me gusta el número 25. Es un número importante para mí porque una de las personas que más me han inspirado en la vida nació un día 25. También, por razones más tristes, es el día en que murieron mis abuelos. Un día como hoy: 25 de enero, sólo que con 9 años de diferencia. 

No creo en ninguna ciencia oculta detrás de los números (la llamada numerología), pero sí creo que cualquiera cosa (números incluidos), puede tener valor o peso por lo que significan para una. Los números en particular dan mucho juego para crear pseudociencias, pero los colores, los olores, las letras, o la metamorfosis de la oruga puede tener un valor personal si se lo damos. Y para darle valor a algo hay que saber mirar. 

A lo que voy... qué mes más raro enero. Qué de cosas han pasado y cuántas cosas han pasado de pasar. Y hablando de pasado, ¿qué me deparará el futuro? Creo que no quiero saber ni lo que va a acontecer mañana; o menos aún , dentro de una hora. Me da igual. Planear se ha vuelto una tarea tediosa para mí. 

Si me preguntaran ahora mismo qué es lo que quiero, respondería "quedarme como estoy". 

Sin grandes compromisos, sin grandes responsabilidades. Incluso sin grandes metas (lo que desgastan las putas metas...). 

Quizá pediría un sofá más grande, pero eso me lo puedo comprar yo apretándome un poquito el cinturón; o un book renovado sin tener que pasar por el proceso de pose y disfraz, pero eso es de ser muy perra (podría pedir ser menos perra, pero me da pereza). También podría pedir que mi madre, mi Chulo y mi Miki no se mueran nunca, pero no me lo perdonarían, porque serían cada vez más viej@s y les dolería la vida, y el único alivio a eso es la muerte que yo les habría arrebatado. Y para acompañarlos tendría que pedir que yo tampoco me muera nunca, y eso sí que no (quién sabe lo que vendrá después del reguetón... no quiero saberlo, ¡no quiero!). Ya puestos, también podría pedir que mis abuelos resucitaran, pero el genio de Aladdín nos enseñó que no se puede pedir eso. 

Algunos deseos son irrealizables. Para todo lo demás, "master azar".

Cada vez tengo más claro (esto va a ser la famosa sabiduría que dan los años) que una puede perseguir lo que se proponga, y seguramente conseguir muchas cosas (con mayor o menos esfuerzo, con más o menos escrúpulos, con mucha o poca fe), pero que si algo es realmente para ti, llegará de un modo u otro. Y lo contrario también se da: llegarás al centro de la tierra escarbando si buscas algo que no es para ti. (y encima saldrás quemadísima, que ahí dentro hay fuego). 

Escuchar(nos), eso que ya no hacemos porque tenemos Netflix. 

Trabajar(nos), eso que ya no hacemos porque no hay tiempo material del trabajo al gimnasio. 

Confiar, eso que ya no hacemos porque no da likes ni seguidores.  

Y esta es mi maravillosa conclusión en lo que llevamos de mes. Escuchar, trabajar y confiar (en ese orden) es lo que vengo haciendo desde que empezó el año, un poco antes incluso. Porque en algún momento entre diciembre y enero algo empezó a chirriar (lo sé porque a veces me escucho a pesar de tener Netflix), y decidí parar las máquinas. Escuchar es la parte más jodida para mí, porque nadie te habla. Un chirrido es un chirrido, no te dice mucho, es más, no te dice una mierda, sólo te advierte de algo. Ahora averigua tú el qué... (Puta vida. Ni de coña vivo yo para siempre). 

He buscado inspiración divina mirando el cielo negro a las 12 del día, y a las 16, y a las 18... Sólo hay niebla y mijillas blancas de esas que parecen nieve pero no lo son. Las mijillas blancas son poco elocuentes, me identifico más con la niebla ahora mismo, pero tampoco me da respuestas. Entremedias he buscado inspiración divina en YouTube, como cualquier persona de este siglo, incluso en la IA (que lejos de darme respuestas, sí me ha brindado al menos apoyo psicológico). Luego he pasado a mirar el gotelé (que aunque no lo creáis tiene su trama), y por último... he dejado de buscar. 

("Si no me hablas, pues no me hables. Paso de tu hocico", le acabé escupiendo a la vida). 

Con tal pasotismo por bandera salté al punto dos, y me puse a trabajar en algo. Pero no en algo mío, no en algo para mí, no en algo que me lleve a otro algo. He trabajado en no quedarme quieta, en aprender por el placer de aprender, en escribir por estrategia, en leer con atención y buen juicio (que ahora soy miembro de un jurado en un certamen literario), en cuidar a mis bichos con más atención, en hacer pocas cosas pero importantes cada día, en no enfadarme si justo cuando saco al perro se pone a llover, y en cuanto vuelvo a casa, escampa, en preparar circuitos aunque no me los den, en grabar vídeos aunque no me apetezca. Y en ese trabajar altruista, me colé en el  punto tres sin proponérmelo. 

Todo lo que hago últimamente lo hago sin expectativas firmes, pero con una confianza de aura mística en que, de alguna manera, es el único camino. Ya ves, los trenes descarrilan, caen bombas del cielo, te disparan por la calle a bocajarro, y una buscándole el sentido a la vida... 

Y así es como hoy, siendo casualmente (o no) día 25, he escuchado, con el viento de fondo y el gotelé de frente, que voy bien por donde voy. Que no tener expectativas es lo más liberador del mundo. Que desear cosas (ya sea un sofá nuevo, o que llegue ya el calorcito) está bien, siempre que no suponga una necesidad imperiosa sin la cual no puedas disfrutar de las mijillas blancas que caen del cielo cuando hace tanto frío. Que el trabajo no es trabajo cuando te gusta tu trabajo. Que sentirse perdida es señal de que vas a encontrar algo. Que según los gurús de internet, me esperan siete años de buena suerte porque no sé qué planeta está eclipsando no sé qué estrella (paso... me quedo con la primera parte sin cuestionar). 

Y habiendo escuchado todo esto, ya sé que trabajar(me), y va toda mi confianza en ello. 

Llevo queriendo vomitar todo esto ("esto" no sabía lo que era hasta ahora) desde ni me acuerdo. Me ha salido hoy, por fin. Y hoy podía haber sido cualquier día, pero es día 25. Y el 25 es un número que me gusta. 


lunes, 12 de enero de 2026

Borrón y cuento nuevo

El último mes del año vino atropellado de acontecimientos navideños, quedadas, últimos viajes, compras, y ajetreo generalizado en las calles y en mi cabeza. Y enero amenazaba con seguir la misma dinámica hasta que decidí plantarme pasada la primera semana. No tenía la paz mental, ni el espacio vital, ni el aburrimiento necesario para sentarme a repasar y dar forma a tantas cosas que me rondaban. Lo dejé reposar como las paellas, pero me acabé topando con un bloqueo aún mayor, y la paella se empezó a enfriar. El tiempo, implacable, pasaba sin miramientos en forma de días vacíos mientras yo forzaba un reajuste emocional que me permitiera arrancar con algo este nuevo año tan prometedor. 
Nada. Mi interior estaba bloqueado. Mi nueva y carísima agenda, en blanco. Mi inspiración, de vacaciones. Y entonces dejé de intentarlo, dejé de pensar, dejé de buscar fuera. Sin saber lo que quería, no podía saber hacia dónde ir, así que me quedé quieta. Y en esa quietud, tan improductiva en el mundo moderno, empecé a vislumbrar un camino. Todavía no sé a dónde lleva porque no consigo ver a más de un palmo (ya me han dicho que es presbicia), pero como dijo Machado "no hay camino, se hace camino al andar". Y así voy... andando a tientas, pero andando. Y, como viajera profesional, sé muy bien que el camino se hace más bonito y cómodo ligera de equipaje, por lo que decidí entretenerme el tiempo que hiciera falta en llevarme lo justo y necesario al 2026, en esa transición desconcertante y lenta del cambio de dígito. 

Cuando se acaba un año, hacemos balance de lo que ha ido bien, y de lo que ha ido mal. Lo primero nos sirve como autorreconocimiento, como la palmadita en el hombro que nos anima a seguir por ahí. Lo segundo nos somete a examen de conciencia. Qué hay que mejorar, qué hay que cambiar radicalmente, qué hay detrás de los errores. Los últimos acontecimientos me llevaron a replantearme un millón de cosas, a cuestionarme otro millón más, e incluso a cargarme con esa niebla densa de no saber nada de nada. Crisis existenciales que nos agarran de vez en cuando. Todo se dio de tal forma que, de pronto, ya no distinguía lo bueno de lo malo, ni al recto del retorcido. No sé si empecé a hablar de más, o a callar de menos. Y tampoco sabía con quién juntarme para sentirme más yo. Yo conmigo, y yo contra todos en una época en la que es difícil aislarse en defensa propia. Yo, absolutamente perdida en medio de luces navideñas y alegría pagada a crédito. 
En apenas un mes, la vida me hizo reunir mogollón de enseñanzas que quisiera no olvidar los próximos meses, aunque reconozco que soy durilla de mollera para estas cosas. Dejaré algunas escritas por aquí para releerlas de vez en cuando:

He aprendido a decir las cosas cuando toca, con más firmeza y menos titubeos. Y a defenderme sin priorizar posibles daños colaterales porque la única prioridad siempre seré yo (a pesar de que algunos piensen lo contrario, y te aconsejen mal porque no saben quererte bien). Pude sacarme una maniobra de defensa, sólo que no estaba en el lugar adecuado para gestionar el detonante emocional de los casi irreparables daños del pasado. Algo que trabajar, supongo...
He aprendido que soy más capaz de lo que pienso. Y necesité un primer viaje y un último ataque de pánico para revalorar eso; felizmente, existen las segundas oportunidades para demostrármelo. Después de venir enganchando un resfriado con otro desde finales de noviembre hasta hoy mismo, casi no me creo que ninguno me ha haya parado para hacer todo lo que tenía que hacer.
He aprendido que lo que creemos imposible es, en efecto, imposible. Y que sólo hay que darle la vuelta a la frase para que todo cambie. Creer es el verbo más difícil de conjugar, pero prestando un poquito de atención, la vida te susurra la verdad de todo, y desde ahí, creer se vuelve un poco más fácil. 
He aprendido que la vida te cabrea para que reacciones, y gracias a eso supe decir no donde había dicho el típico sí por compromiso. Cuando algo te da mala espina es que no es por ahí, y a veces necesitamos una colleja para recordarlo. 
He aprendido que el deseo no espera. El deseo quema, es directo, es impaciente y arrasa con todo lo que se le ponga por delante. Y aprender eso de rebote fue la guinda para cerrar un año absolutamente revelador. Cuando entendí por qué yo no encajaba, todo encajó en un segundo, y celebré mi victoria con el trago agridulce de la verdad. Había visto rectitud donde sólo había pose, y virtud donde sólo había mediocridad. ¿Cómo iba yo a encajar ahí? Al final, nuestro amigo común tenía razón. Debo tener un ángel de la guarda nuevo, más joven y con más ganas de trabajar, porque me ha llevado exactamente por donde era (y en el camino me ha tirado caramelos, como los reyes magos). 

Como se suele decir, hay días tontos, y hay tontos todos los días, pero un par de manzanas podridas no estropean un huerto, y así, por cada disgusto obtuve una recompensa. Algunas en forma de amistad, otras en forma de dinero, y todas en forma de enseñanza. 
Se cierran círculos en muchos aspectos. No deja de ser curioso que mi último viaje del año lo hiciera con el conductor con el que hice mi primer viaje del año. Y que además los destinos fueran Córdoba y Antequera, respectivamente. También ha hecho falta casi un año para que se desvelara un pastel que resultó estar podrido, pero cuyas ganas de probar me ha llevado a donde estoy ahora. Porque ha sido un año de suerte, de retos superados, de cosas bonitas que salían bien hasta cuando salían mal. 

Entre viajes, lecturas, escrituras, y monólogos confío en encontrar espacio para detenerme un poco, poner orden en la cabeza y en la agenda, descubrir en el silencio de la madrugada los caminos correctos entre tantos atajos posibles, y trabajar esas cuantas cosas que todavía me frenan y que emergen justo cuando menos conviene. Confío en esa mano invisible que me lleva cuando no sé por dónde ir, porque a veces es lo único a lo que me puedo agarrar. 
Y que este año, casi como una prioridad, casi como una emergencia, casi por supervivencia, ganen las ganas y cambie un poquito la historia, para poder hacer de un pasado pisado, borrón y cuento nuevo.