sábado, 21 de noviembre de 2020

Los pies en el suelo

Un paréntesis. No es más que eso. Un paréntesis de color azul y blanco con olor a mar, y canciones bonitas sonando de fondo. Sólo una imagen nítida en el distorsionado espejo cóncavo de un mundo gris. Cansa todo. Cansa tanto desequilibrio, el no saber, tanta incertidumbre acumulada; las distancias y las esperas, la descoordinación; la imaginación disparada, descontrolada, desconfiada...

Temiendo el momento del cambio. Ese cambio que te devuelve a la tierra, que te pone los pies en el suelo. Porque el miedo a que ese suelo se agriete y te trague, existe. Pero si eso ocurre, si el mundo se desmorona, al menos será algo real, difícil de encajar, pero real. El famoso y repugnante “así son las cosas”. Creo que, a cierto nivel, me lo veo venir, me lo espero, o al menos no lo descarto. Estoy medio preparada para lo que pueda llegar a pasar. Y digo medio, porque tengo la ligera esperanza de equivocarme. Una fe mínima pero firme en que, por alguna razón cósmica, irracional y casi utópica, pueda salir bien. Tonterías estimuladas para que digan la verdad, aunque la verdad sea tonta. 

Mientras tanto, todo en orden, todo en su sitio. Esperando que todo vaya pasando, aun cuando parece que nada pasa.

Deseando que los recuerdos de ayer no nos hagan olvidar, y que los recuerdos de mañana no se olviden de nosotros.  

sábado, 31 de octubre de 2020

Es lo que hay

Hay multitud de nuevos contagios, asintomáticos con secuelas y fallecidos, directa o indirectamente, por la Covid-19. Lo llaman segunda ola, pero es la misma ola de marzo, que durante el verano intentamos surfear, pero que finalmente nos ha acabado arrollando.

Hay nuevos confinamientos, toques de queda y cierres de establecimientos(en demasiados casos, permanentes). Hay más despidos, más paro, más desesperación, más hambre, más lágrimas, más disputas, más incertidumbre, más violencia y más gritos. Y hay menos ayudas, menos soluciones, menos coherencia, menos esperanzas y muchísimos menos abrazos. 

No hay visión de futuro. Nadie sabe qué va a hacer mañana (mañana, literalmente), porque todos los días cambian las normas, las permisiones, las libertades.

Hay una pandemia. Y en medio de ella nos encontramos. Y en este contexto caótico, nuestras vidas, inciertas, siguen adelante, haciendo como que viven, pero con más de una carencia.

En mi caso, paradójicamente, el caos yacente en el extrarradio de mi mundo, me supone una inexplicable paz interior. Pero muy, muy interior; en algún lugar mucho más profundo de donde se encuentra la necesidad de trabajo y dinero. Es una sensación extraña, pero tiene su lógica. Cuando dentro de ti hay tormenta, no importa lo bien que funcione todo a tu alrededor; la alegría está por ahí fuera y no la percibes. De la misma manera, cuando brilla el sol en tus ojos, si el mundo entero se desmorona, tampoco te afecta.

Puede parecer egoísta, pero yo me tengo que seguir ocupando de mí misma, y gestionar mi tiempo y mis sueños, pase lo que pase en otros rincones del mundo. Lo cual no significa que no me importe o que no me afecte. 

Con pandemia o sin pandemia, con crisis o con abundancia, mis necesidades, mis metas y mis ilusiones siguen siendo las mismas, y nadie más que yo, puede trabajar en ellas. Dentro de este panorama tenemos nuestras propias batallas que librar. Batallas contra el hambre, contra la enfermedad, contra el aislamiento, contra la falta de ilusión por la vida. Y en el intento de llenar los vacíos de cada uno, vamos tirando de este carro, con más o menos alegría.

En mi caso, me hablan de dignidad y honestidad, de valentía y paciencia, de principios y plazos y “cuentas atrás”. Me hablan de entender, de ser razonable, de tener fe. Me hablan de cosas obvias, tan obvias que las pasas por alto. Y me hablan de magia… la única palabra que consigue llamar mi atención.

Las jugadas, los faroles, las estrategias sólo doblan la apuesta, ponen nervioso al contrincante, pero no hacen que ganes la partida. Y yo que siempre juego a ganar, sé que en algún momento tocará decir que no voy. Y cuando ese momento llegue, aparecerá una nueva puerta que atravesar. Y lo haré volando desde mi colchón, y le daré al cuerpo esa tregua que me viene pidiendo a gritos. Y cambiaré de hábitos y de pensamientos, y me esforzaré por darle la vuelta al universo.

Ya no tengo que preguntar qué pasa. Ya no hay curiosidad por saber más. Porque, por fin, después de tanto tiempo, esa pregunta la puedo responder yo misma.

Mientras tanto, que siga lloviendo si quiere, que yo me agarro a la música para refugiarme del frío, para olvidar que todo tiene un final y hasta para camuflar lo que nunca te digo y lo que no quiero escuchar. Porque, a veces, cantando se dice la verdad, aunque esa verdad no sea de este mundo.

Vamos a tragar saliva porque... esto es lo que hay.


 


 

domingo, 20 de septiembre de 2020

De trampillas, (des)conciertos y digestiones

 A principios de año, antes de que el mundo se echara a dormir, se me ocurrió apuntarme al casting de "Ahora Caigo". Pueden tardar en convocarte o pueden hacerlo en seguida, y a mí me convocaron en seguida. Hacían casting presencial a finales de enero en Granada, y a pesar del resacón que llevaba ese día, pasé dos filtros y me enfrenté a un examen de nivel; pocos días después me llamaron para concursar. Me reservaron mi vuelo a Barcelona el 10 de marzo y grabamos el programa el 11 por la mañana. Tres días después, se declaró en nuestro país el estado de alarma. 
Es de esas cosas que cuando las miras con perspectiva te hacen pensar que las cosas que nos suceden (al menos muchas de ellas) no las controlamos. Creo que lo llaman destino. Sin embargo, nos vemos expuestos a tomar decisiones conscientes en muchas ocasiones. Y aquí es donde pensamos que nuestro rumbo lo marcamos nosotr@s. Tomar decisiones no siempre es fácil, y cuando tomas una, la sensación que te queda después es la que te dice si has acertado o no. Yo creí haber tomado una mala decisión en el concurso. 
La suerte se puso de mi parte una vez más y me hizo ganadora (pese a las bajas probabilidades de serlo ya que sólo gana un@ de 11), pero esta vez dependía de mí ganar más o perderlo todo. Me planté por no tentar a la suerte, y me torturé mucho tiempo pensando que fue una mala decisión. Estoy casi segura de que podía haber arriesgado y ganar más, pero mi confianza estaba minada por influencias ajenas, falta de sueño y los nervios propios del momento, así que decidí salir de allí con mi pequeño botín, aunque se me quedase la espinita clavada para siempre. Con todo, ese pequeño botín, me ha salvado de la ruina absoluta derivada de la pandemia, así que me puedo dar por satisfecha. Y aunque me quedara con las ganas de saber que en otras circunstancias hubiera podido doblar, me consuelo con el pensamiento de no haber caído en la trampa y que me abrieran la trampilla. Los presentimientos existen por algo. Así que quizás no fue una mala decisión después de todo. 
La emisión del programa estaba prevista para abril, pero el estado de alarma obligó a retrasarlo y finalmente lo emitieron el 1 de septiembre. 
También por esas fechas, febrero-marzo, me vi tomando otras decisiones más o menos conscientes, pero de las que se toman más con el corazón que con la cabeza, y en las que no te paras a analizar las posibles consecuencias de las mismas. De esas cosas que estás "destinada" a hacer por alguna razón que aún no se podía entender, y que ahora empiezo a vislumbrar. 
Sé que fue una buena idea, estoy segura de ello, pero quizás sea de esas cosas bonitas que nos regala la vida por un espacio de tiempo limitado, porque el terreno que piso parece estar hecho de arenas movedizas en las que, si te hundes, te hundes con todo. Y ese todo es muy frágil. 
Volver a verle la cara a un pasado que tiene los colmillos afilados asusta mucho, y es un trabajo interno muy complicado entender que, por mucho que amenace con morderte, no lo va a hacer a menos que tú se lo permitas. Y la reacción normal (parezca dramática o no) es huir en cuanto le ves las orejas al lobo. Pero tú apuestas por hacerte amiga del lobo, entender su naturaleza y no dejar que anule la tuya, sino que la complemente. Y te haces mil preguntas, y en un acto de valentía se las planteas a él, y él no sabe, y tú tampoco, y seguimos mirándonos de reojo en un mar de miedos y esperanzas que sólo en la distancia parece estar sereno. 
Supongo que hay cosas que no se pueden digerir, que producen acidez. Cosas que no están hechas para decirse. Por eso existe la poesía, la música o cualquier otra expresión artística; el arte dice lo que la boca no puede. Y en un intento más de rescatarme a mí misma (y puede que con ello, todo lo demás), he encontrado un camino muy bien iluminado que ha despertado mi curiosidad, por todo lo que promete y porque mi cabecita (al margen de "tanta intensidad") ha conseguido racionalizarlo. Y quizás no me encuentre del todo nunca, quizás sea una mezcla rara de muchos números y quizás nueve heridas sean demasiadas para una vida, pero he ordenado las ideas en tiempo récord y ahora ya sé por dónde empezar el camino. 
Desde aquel 11 de marzo hasta hace dos días, la palabra clave ha sido la misma en diferentes situaciones. Una palabra difícil de cambiar, pero factible. Y aunque cada día aparezcan nuevos desconciertos poniendo a prueba mi seguridad, ahora ya sé lo que tengo que hacer: reconocerlo todo y variar el rumbo. Porque a través del espejo está la respuesta, y en ese lugar hay más dinero acumulado, más conciertos que desconciertos, más sueños que indigestiones y toda la verdad del mundo. 
Que la verdad sólo duele cuando no la aceptamos. 
Y hacerse amiga de la verdad es hacerse amiga del lobo para no tenerle miedo nunca más. 

sábado, 29 de agosto de 2020

No hay duda de que tengo dudas

¿Hay alguna razón cósmica para que algo tan aparentemente fácil se complique tanto? ¿El universo me odia, o me está queriendo hacer un favor? ¿Por qué ahora, a la tercera que es la buena, tengo tantas dudas? 
Hace unos días me preguntaba quién inventaría las frases hechas. Desde luego no fue ningún genio... "Mañana será otro día". Pues claro, no va a ser el mismo. "A la tercera va la vencida". ¿Por qué a la tercera? ¿Por qué no a la segunda o a la cuarta? ¿Se le ocurriría a alguien que simplemente le salió algo bien al tercer intento y ya por ello lo proclamó como una ley universal? 
La cosa es que sí, que mañana será otro día, no hay duda. Pero los días son tan raros hoy día, que hacer planes es echar el día por alto, porque de un día para otro todo puede cambiar. 
Mi agosto empezó de manera accidentada despertando un montón de interrogantes: ¿Y ahora cómo? ¿Y ahora dónde? ¿Y ahora cuándo? Y cuando el cómo, el dónde y el cuándo encontraron respuestas más o menos satisfactorias, otro accidente me devolvió de nuevo a la casilla de salida. Un segundo intento fallido. Pero... "a la tercera va la vencida". Y cambiamos el cómo, el dónde y el cuándo por tercera vez. Sólo que ahora, hay nuevas preguntas más difíciles de contestar. Preguntas que no sé ni cómo formular para intentar encontrarles respuesta. Todo lo que sé es que algo me da mal rollo, que desconfío de mis decisiones, y que me encuentro perdida entre tantas dudas.
La nueva normalidad ha marcado, como era de esperar, el fin de ese paréntesis idílico devolviéndome de nuevo a la vieja (y tonta) normalidad de siempre. Al menos ha tenido la decencia de hacerlo despacito, poco a poco, detalle a detalle hasta que un día, por fin, noté que estaba aquí. La vi instalada en mi vida como si en realidad nunca se hubiera ido, como si sólo hubiera estado hibernando unos meses y ahora despertara mirándome fijamente a los ojos, queriendo transmitirme algo. 
"¿Y ahora qué?". Ésta es la pregunta que, como un eco, me plantea. Y ese eco se ha ido haciendo más firme, trayendo consigo a coro una segunda voz: "¿Y después?"; una pregunta que ni siquiera se me había pasado por la cabeza en su momento (y su momento fue hace mucho tiempo). 
Hay ciertos comportamientos que me resultan demasiado familiares, palabras que ya no significan lo que dicen, silencios que comunican lo que quizá no es (o quizá sí), gestos incomprensibles, acciones innecesarias, información irrelevante, y mucha, mucha desconfianza. 
Y en medio de todo esto, está el ruido ensordecedor de la incertidumbre. 
Y más en medio todavía, nuestra ruidosa versión del mismo.




                                                Ruido- Y la falda muy corta

domingo, 26 de julio de 2020

En buena compañía

Altea desde el balcón
El pasado sábado 18 de julio, Laura me recogía a las 10:45 en su SEAT Altea para irnos precisamente a Altea. Al principio nos íbamos a quedar en el piso de su tío en Alfas del Pi, pero un amigo de sus padres nos ofrecía su piso vacío en el paseo marítimo de Altea, así que cambiamos el destino al pueblo de al lado. Yo no conocía nada de la Costa Blanca y me daba igual un lugar que otro, pero al llegar allí vi que la diferencia era grande: Altea es un pequeño trozo de paraíso.
Benidorm
Altea desde el pueblo
Comimos en un bar de carretera y llegamos  por la tarde a nuestro destino. Jaume nos esperaba para abrirnos las puertas de lo que sería nuestro techo por cuatro días. Un pisazo divinamente decorado, con balcón a la playa, fresco, gigante, equipadísimo, ¡y con ropero! sólo para nosotras dos. Esa noche nos fuimos a dar cuatro vueltas por Benidorm, más por ver el ambiente que por incorporarnos a él, ya que el tema de las distancias y la mascarilla obligatoria hacía difícil lo que antes era tan fácil y normal. Huíamos de las multitudes, pero en un lugar como Benidorm era casi imposible hacerlo, incluso andando por las calles. Al día siguiente, Jaume nos invitó a comer a un restaurante sobre el paseo marítimo, y por la noche nos acompañó a visitar el casco antiguo de Altea, donde las vistas daban para tirarse horas sentada en alguna glorieta y deleitarse con el paisaje nocturno.
Guadalest
Los dos días siguientes los pasamos haciendo playa (tanto en Benidorm como en Altea) y recorriendo pueblos cercanos de montaña. El martes por la tarde regresamos tranquilamente a Granada.
Platja de Ponent (Benidorm)
Viajar siempre es una experiencia; hacerlo en buena compañía (como Laura en este caso) lo convierte en una experiencia maravillosa. Y es por eso que he cancelado el que iba a ser mi siguiente viaje,  porque la buena compañía que me esperaba en Asturias ya no iba a estar en Asturias cuando yo llegara, y eso lo cambiaba todo. La ilusión por este viaje incluía mucho más que el sólo hecho de conocer tierras norteñas, pero Valencia (qué manía le tengo) se ha vuelto a interponer. Tenía mi vuelo a Oviedo reservado para agosto. Lo había comprado incluso antes de estar económicamente holgada, pero el viaje que yo imaginaba entonces, no iba a ser lo mismo ahora estando sola. Por suerte, pagué un seguro que me cubriera en caso de cancelación (más pensando en el virus que en otra cosa), así que ya viajaré en otro momento. Lo mismo me da conocer Asturias con sol o con nieve, con frío o con más frío, en verano o en invierno... viajaré cuando las expectativas se cumplan, cuando nuestros planes salgan bien, y cuando pueda brindar con sidra en buena compañía.








jueves, 16 de julio de 2020

Cosas necesarias

Durante los tres meses que duró el estado de alarma en nuestro país, yo he sido de esas pocas personas que, a juzgar por la opinión de amigos y allegados, ha disfrutado el aislamiento social. La mayoría de la gente con la que he hablado del tema (el tema por excelencia en cualquier reunión) lo pasó más bien regular la mayor parte del tiempo. Muchos se enfrascaron en darle salida a su trabajo de forma telemática, que si bien los mantenían ocupados casi todo el día, no era suficiente para hacerlos sentir mejor. Otros se dedicaron a probar cosas nuevas por aburrimiento: hacer pan, hacer jabón, hacer vídeos de sus hijos y sus mascotas... y otros incluso se montaron su propio gimnasio en casa, más por salud mental, que física. [N. de la A.: HABLO EN TODO MOMENTO DE MIS FUENTES]
Yo combiné varias de esas cosas con el placer de no hacer nada y darme al ocio más absoluto. He visto infinidad de series y películas, me he leído una media de un libro por semana, y he trabajado en mi nuevo proyecto musical disfrutando cada paso del proceso, entre otras tantas actividades. Por las noches caía rendida y feliz en la cama. A veces, cuando no se me hacía tan tarde, me quedaba un rato tirada en el sofá del balcón escuchando absolutamente nada; ni un ruido; ni el más mínimo ruido. Silencio total. Y no podía sentirme más a gusto en esos momentos.
Para mí ha sido una experiencia muy positiva a nivel personal, y quizá por eso temía tanto la famosa desescalada. Temía no saber (o no querer) readaptarme a la vida que conocíamos, donde el estrés, las prisas y las responsabilidades se convirtieran de nuevo en el pan nuestro de cada día. El distanciamiento social del estado de alarma me había supuesto, paradójicamente, un acercamiento personal con quien menos imaginaba, y el hecho de que eso se pudiera acabar me provocaba cierta tristeza que, en cualquier caso, quise llevar con resignación. Pero el proceso ha sido tan paulatino que me he ido  acostumbrando, y ahora que ya estamos haciendo vida normal, y que coincide con el verano, lo último que quisiera es un nuevo confinamiento. Salir de compras, ir a la playa o sentarte al fresco en la terraza de un bar, compartiendo cervezas y conversaciones con amigos, son placeres muy gordos. Tener libertad para moverte y elegir qué hacer con tus días (aunque en todos los casos haya que guardar distancias, echarte gel hidro-alcohólico o usar mascarilla), se empezaba a convertir en algo necesario, y eso no  tenía por qué cambiar, necesariamente, la intimidad adquirida en los meses anteriores.
Y lo que yo elegí hacer con mis días fue planear un par de escapadas por el país que, a menos que se vean truncadas por los múltiples rebrotes o cualquier otra circunstancia incontrolable, ahora podré llevar a cabo. Venía medio difícil por la escasez de dinero pero, contra todo pronóstico, mis problemas económicos se solucionaron de un día para otro. Claro que en vista de que el panorama laboral está jodido y que ya me he gastado más de lo que debería en sandalias, procuraré cerrar el puño y moderar los gastos para que me dure.
De momento me puedo permitir irme este fin de semana con mi amiga Laura a Alfaz del Pi, un pequeño pueblo de Benidorm, a mojar los pies en aguas alicantinas y descansar cuatro días del insufrible calor de Granada.
De la segunda escapada hablaré mejor más adelante; para no gafarnos, y porque ahora mismo no sabría ni por dónde empezar. 

martes, 16 de junio de 2020

Algo especial

Yo tenía que haber nacido sobre el 10 de mayo, pero nací como un mes después (y porque le provocaron el parto a mi madre, si no lo mismo me ponía en san fermines). Me sacaron a la fuerza con un chisme de esos que tiran de una por la cabeza, y ese día fue el 8 de junio de 1982. Después de casi un mes de más, nací criá, con 4'5 kilos de peso y la cabeza llena de pelo; poquito más y corto el cordón yo misma con los dientes... 
Mi madre sufrió mucho en el parto, y se supone que yo también (solo que yo no me acuerdo y a ella no se le olvida). 
Cada año, cuando me llaman los familiares para felicitarme el cumple, alguno rememora aquel día. "¿Cuántos van ya? Hay que ver... si parece que fue ayer cuando estaba tu madre en el hospital, que se oían los gritos en todo el edificio. Lo mal que lo pasó, la pobre... ¿Y tu abuela? Nerviosa perdía que estaba ella. Que en cuanto naciste te sacó de allí corriendo pa que nadie te tocara, no te fueran a pegar algo. Y lo bonica que te has puesto con lo fea que naciste... unas mollas que tenías con tó lo que pesabas, la cabeza deformada por el forceps, un ojillo cerrao, y una oreja pegá, y la de pelo... ¡tenías las cejas juntas y la cabeza pa hacerte trenzas! Y como te sacaron a la fuerza estabas mu colorá..."
Cada año que me describen la escena me imagino a mí misma como un orco. Qué pensaría mi madre... con lo que le costó tenerme y "el bulto" que salió de ahí. Pero luego vienen las anécdotas bonitas. "Eso fueron los primeros días, después eras un muñeca. Gordita, con los ojos más grandes y más abiertos del mundo. Tol día durmiendo y sin dar la lata, que nada más que llorabas pa que te dieran de comer. Y comías que daba gusto verte. ¿De dónde ha sacao esta niña tanta hambre? Si te tenían que echar harina a la leche pa que te saciara porque no había manera. ¡Que le hicimos un agujero más grande al biberón pa que eso tan espeso pasara por ahí!". 
Y luego ya viene la frase final que cada año sólo varía en el número. Este año, "... y mírala... 38 años ya". 
Mi madre siempre me ha dicho que ella quería una niña, porque las niñas son más bonicas y más buenas, les puedes poner vestiditos y lazos, y hacerle cosas en el pelo. Pero yo no fui la niña que quería mi madre. La niña era muy buena y muy bonica, pero le sobraba mal genio, no quería un vestido ni a palos, y odiaba el color rosa, los lacitos y hacerse cosas en el pelo. Y como creció con su tío, que era poco mayor que ella, y luego vino el hermano, pues sólo quería hacer "cosas de chicos", vestirse como ellos y jugar con pistolas y coches.
Me fui haciendo más "femenina" con los años, pero otros problemas de carácter me seguían estigmatizando como la oveja negra: no me gustaban (ni me gustan) las aglomeraciones, así que me negaba a ir a la cabalgata de reyes, a las procesiones de semana santa, y por supuesto a misa (todo lo que a mi madre le hubiese gustado que hiciera, vaya). "Que la niña dice que es agnóstica, ¡y yo ni siquiera sé lo que significa eso! Es que me va a enterrar...". Y no hablemos de política "que yo no sé a quién le ha salía la niña tan roja, porque eso no es lo que ha visto en esta casa". La adolescencia fue lo peor "qué rebelde y contestona...".  
Menos mal que al menos sacaba buenas notas. Salvo un año que se me atragantó el instituto y me llevé tres a septiembre, yo iba aprobando cada curso. Era buena estudiante. Me gustaban los libros, todos, de todo tipo. Y me gustaba tener mis apuntes ordenados, acostarme tarde estudiando, y madrugar para repasar antes de un examen. 
No fui, ni soy, la hija modelo que mi madre quería, y sin embargo me quiere más que a nadie (sólo me iguala mi hermano). Por eso, cada año que pasa, los 8 de junio pienso más en ella que en mí; es mi cumpleaños pero habría que felicitarla a ella. Sin embargo, su atención sigue estando en mí "¿quién te ha felicitado?, ¿te han llamado tod@s?, ¿te han regalado algo? Para mí, esas cosas son menos importantes. Que alguien se olvide o que no me llame me da igual, aunque reconozco que este año ha habido una excepción. Y detrás de esa excepción, un cúmulo de pequeños detalles que te van devolviendo a la realidad, la voz de la conciencia, la alarma del despertador. Y todo empieza a oler como antes, y nos movemos (sólo) a donde nos apetece, y se cambia el silencio por el bullicio, los cancelados por los volvemos, lo nuestro por el mío.
Ya podemos elegir y elegimos lo de siempre. Tal vez para ciertas cosas haya gente asintomática.
Y para que tanto alboroto no me afecte, en lugar de pensar en mí, pienso en mi madre. Porque la mejor forma de compensarle las contracciones, los chascos y el mal genio de la niña, es que la niña esté bien. Y estoy bien.
Yo este año quería algo especial y, sin duda, lo he tenido.
Si los deseos de cumpleaños se cumplen... que dios nos pille confinaos!






miércoles, 3 de junio de 2020

Potencialmente peligroso

Mi amor a lo imposible me ha llevado a sitios que nunca hubiera conocido sin mi amor a lo imposible. En esos sitios saboreé lo mejor y lo peor de la vida, y en el camino aprendí cuatro cosas que ya he olvidado a medias. Y para pensar menos y olvidar más (ahora que todo se repite) dejaré otra vez el hábito de pasearme por los muros de tu casa, de buscar la luz verde, y de releer viejas palabras. Porque hace un año, todo parecía lo que meses después no fue, y ahora que todo es lo que no parece, no sé qué creerme. Pero si el hombre necesita tropezar dos veces con la misma piedra para escarmentar, yo necesito tropezar 500 veces con la misma montaña, y aún así no me daría por vencida. En esas estamos; con la montaña en frente y más ganas que nunca de derribarla.

Creo que la nueva normalidad no será muy distinta de la vieja estupidez, pero siendo un año más sabia, me resbala casi todo, y estoy más preparada para la decepción que para la sorpresa. A cinco días de dejar atrás otro año, mi regalo anticipado ha sido grabar este vídeo, cuya canción, en varios momentos de mi vida, significó multitud de cosas que no soy capaz de describir. Y la canción no es nada al lado de lo que mis ojos registran en cada fotograma. Hace dos años no me hubiese imaginado algo parecido.




                                          Y LA FALDA MUY CORTA - Peces de ciudad


Pero esto pasará, como pasa todo, y lo que viene es tan desconcertante que no logro imaginarlo. Más allá de los bares abiertos, hay un horizonte idílico y una normalidad (nada nueva) que me retan, una vez más, a saltar sin red apostando la vida. Un desafío potencialmente peligroso, una ruleta rusa emocional, una escalera de color en blanco y negro. Y sin embargo, yo sigo empeñada en mi doble o nada, porque a fin de cuentas, perderlo todo no es otra cosa que empezar a ganar algo.

domingo, 17 de mayo de 2020

Desescalada libre


Llevo 67 días confinada, y a pesar de las permisiones que se han ido dando en franjas horarias para hacer deporte, pasear, etc, yo he seguido haciendo lo mismo todo este tiempo. Pero mañana empieza una nueva era: entramos en la fase 1 de la desescalada. Para mí todo será más o menos igual, pero comenzará el cambio a mi alrededor, y no podré ignorarlo por más que quiera. Y sólo es la fase 1. A medida que avancemos, la normalidad volverá a nuestras vidas casi sin darnos cuenta, y las noches perfectas de silencio e intimidad no serán más que un recuerdo del pasado. 
Dos meses en la vida de una persona es nada, sin embargo, a muchos se les ha hecho terriblemente largo. A mí, siendo sincera, se me han pasado volando. La razón es evidente: yo lo he disfrutado. Si dejamos a un lado que lo que ha provocado mi disfrute ha sido un virus mortal que se ha llevado (y sigue llevándose) la vida de muchas personas, y que, a consecuencia del mismo, el país se enfrenta a una crisis económica bestial, para mí estos dos meses han sido un regalo del cielo. Y del mismo modo que me costó adaptarme al estado de alarma, ahora, que me he acostumbrado a él, me va a costar adaptarme a lo que llaman la “nueva normalidad”. Va a ser como despertar de un sueño que me estaba gustando para encontrarme con una realidad que poco tiene que ver. Por otro lado, los sueños, sueños son, y es la realidad lo que cuenta. Es a ella a la que tengo que creer, y es en ella donde se confirmarán, o no, mis temores. Quizá la nueva normalidad implique también una nueva realidad para mí, pero es pronto para saberlo, y yo, como buena pesimista, prefiero prepararme psicológicamente para lo peor.
Y si bien yo he aprovechado el tiempo como mejor he podido, otros se han dedicado a desperdiciarlo con quejas estúpidas al gobierno, gritos y/o notitas de odio a los vecinos, “rebeldía” barata de calle o, ya la última, caceroladas de marca Lacoste. Estos actos, unidos al fallecimiento de una de las pocas cabezas políticas más lúcidas de este país, como era Julio Anguita (al que todo el mundo quería tanto pero que, como era un rojo, “que te vote tu puta madre”), me llevan a la misma conclusión de siempre: que este mundo no lo entiendo. Me cabrea sobremanera tanta hipocresía, tanta basura mental y tanta ignorancia. Pero saberme fuera de ese grupo, aunque ello implique soledad e incomprensión por parte de casi todos, me anima a seguir mi camino como una nefelibata a la que le importa más bien poco lo que piensen los demás, siempre que no se metan sin permiso en mi idílico mundo de fantasía. Y es hasta poético que el próximo tema de “Y la falda muy corta” hable de un mar de cemento lleno de peces solitarios que es, precisamente, del lugar del que salimos y al cual nos dirigimos sin remedio en una vertiginosa “desescalada libre”. 
Mientras se cuece, estos han sido los últimos en salir del horno.








miércoles, 22 de abril de 2020

Futuro imperfecto

Con la de tiempo libre que tengo y lo poco que escribo. Lo pienso, prácticamente, todos los días, y la verdad es que no escribo más porque no tengo tanto tiempo libre como cabría esperar. Si no llego a "aburrirme", que es cuando me suelo poner a pensar en cosas profundas, no se me ocurre nada que escribir. Sentí la necesidad de hacerlo el fatídico 4 de abril, cuando la noticia de la muerte de Aute nos pasó por encima a todos como una apisonadora, pero estaba tan abrumada que no fui capaz de ordenar cuatro palabras seguidas; lo dejé reposar. Los días siguientes los llené con múltiples quehaceres y esperé a que pasara el tiempo que fuera necesario hasta que las ganas de escribir fueran más fuertes que todo lo demás.
Conocí a Eduardo en 2007, después de un concierto. Meses después, con una carta manuscrita, "me besaba los pies" en la postdata. En 2012 volví a verlo por última vez. Sentir que alguien a quien admiras te abraza con ganas, te mira como si fueras única, te quiere conocer más... es un regalo de los dioses. Aute fue un genio creativo y es precioso que haya dejado tanto de todo para seguir sintiéndolo cerca aunque se haya ido demasiado lejos. Junto a otros, me salvó la vida en los peores momentos que pasé en Madrid, y para eso no hay palabras de agradecimiento, sólo hay BELLEZA. La belleza de lo inexplicable, de lo mágico, de lo que no se olvida nunca. Yo me quedo con el alma de tu cuerpo.





Y aunque estemos encerrados, el mundo sigue girando, la vida y la muerte siguen su curso, y nos siguen ocurriendo cosas. En estos casi dos meses, aplaudimos y abucheamos desde los balcones, Sabina se recupera en casa de aquella fatal caída del escenario, el cielo se limpia de contaminación,  La Tertulia cumple 40 años, las residencias de ancianos se vacían,  los hospitales se llenan, los vivos lloran a sus muertos por Skype, la clase política sigue dando pena, los animales campan a sus anchas por el mundo, la policía canta el cumpleaños feliz a los niños con un megáfono, las rrss echan humo, Trump sigue respirando, cancelamos planes, inventamos planes nuevos, añoramos otras manos, nos consolamos con las propias... Y después del 10 de mayo, emprenderemos un nuevo proceso de readaptación a la sociedad, y se acabará la parte idílica (que la hay) de este confinamiento. Desear que la libertad no se lleve lo bueno es mucho desear. 

Para ese (des)esperado futuro me encuentro trabajando ahora en varios proyectos, y para salir más reforzada a todos los niveles me estoy poniendo al día con muchas cosas: escucho música clásica, toco tanto la guitarra como cuando "me confiné" en Madrid, leo todo el tiempo, veo todas las series y pelis que puedo y, haciendo un esfuerzo muy grande, hasta intento mantenerme en forma. Pero lo más productivo están siendo los ensayos "sabineros". Y la falda muy corta es el nombre del dúo acústico que he formado con ese otro ser humano que me hace ser (demasiado) humana a mí. Debo decir que, sin querer pensar mucho en las consecuencias, nunca hubiera imaginado (y mira que me he imaginado cosas) que fuera Sabina quien (re)uniera a estos dos idiotas para un propósito común. 







                     



              

jueves, 26 de marzo de 2020

Esto es algo pasajero

Llevo 15 días en casa, y me quedan 15 días más como mínimo. En este confinamiento, que finalmente se ha alargado, debe haber millones de historias distintas que merezcan ser contadas, pero yo sólo puedo contar la mía. El mundo entero se ha parado y nos hemos visto obligados a aislarnos hasta que todo pase. Al principio lo llevé bien, sin darle mayor importancia a nada. Pero también ha habido días de nerviosismo, de ansiedad, de desesperación por que todo esto acabe y volvamos a la normalidad, pero no tengo muy claro qué es la normalidad, y ahora incluso me pregunto si realmente quiero volver a ella. Porque esta situación horrible me está dejando momentos maravillosos que en condiciones normales probablemente no se hubiesen dado: la magia de salir de casa sin hacerlo, de estar cerca de alguien que está muy lejos, de compartir una idílica y perfecta burbuja donde es imposible sentirse sola y donde todo parece funcionar bien. El estado de alarma se levantará en algún momento, y será una gran noticia, pero mientras dure aprovecharé todo lo bueno que me está regalando. Porque, al igual que el virus, la felicidad también es algo pasajero. Cuando todo lo malo termine, todo lo bueno que me está pasando también terminará. Ya no habrá burbuja compartida, sino que volveremos a encerrarnos cada uno en la nuestra. Volveremos a ser independientes y autosuficientes y no necesitaremos que haya nadie "al otro lado". Veremos películas y series cuando nos apetezca sin compartir ese momento con nadie más. Volverán los mensajes sin respuesta inmediata, los monosílabos, "aquí no tengo cobertura", "mañana lo escucho"... Volveremos al cada vez más tú y cada vez más yo, sin rastro de nosotros, y dejaremos de ser tan... ¿patéticos?
Sí, sé lo que viene después, por eso me asusta que ahora, siendo todo tan ideal en muchos aspectos, pueda perder de vista que esto no está pasando de verdad, que no es real, que son solamente mentiras piadosas que nos contamos para "sobrevivir", para llevarlo mejor, para sentirnos menos solos. Pero aún sabiéndolo y conociendo los códigos, es difícil no dejarse llevar un poco por la magia contenida en este sueño surrealista del cual, cuando despertemos, sólo quedará un recuerdo bonito, y la certeza  de que lo que hicimos y lo que dijimos era necesario en esos momentos, que estábamos siendo egoístas por supervivencia, aunque el cuerpo lo sufra cada día más.
Estar encerrada es una mierda, pero debo decir que esta mierda me gusta.


lunes, 16 de marzo de 2020

Encerramiento

Pues sí, como (casi) todo el mundo, llevo encerrada en casa desde el viernes pasado. Aún no estoy de color amarillo simpson porque eso de tirarme varios días seguidos sin salir, ya lo he hecho muchas veces por elección propia, pero cada vez va siendo más necesario tomar el aire, caminar y escuchar el ruido que hace la vida. No sé si esto durará los 15 días estipulados por decreto, si se levantará antes el estado de alarma o si, por el contrario, se incrementará en 15 días más, pero las consecuencias (sobre todo en el último caso) van a ser terribles. Ya no solo a nivel personal sino a nivel económico y social. Razones no faltan para estar, como estamos, con el culo apretao, porque si no conseguimos bloquear el virus rapidito, el remedio va a ser peor que la enfermedad.
Mi abuelo decía que los años bisiestos son años de catástrofes ("Año bisiesto, ni viña ni huerto", "Año bisiesto, año siniestro", etc.) y todo esto que estamos viviendo lo confirma. Yo por mi parte pensé, que el 2020 me venía sonriendo: nuevos proyectos, reconciliaciones, fortaleza emocional, llegar y besar el santo en Barcelona... y ahora, de pronto, bolos suspendidos, nada de ensayos, cosas que pagar y cero ingresos, no sé... Habrá que vivir al día con tranquilidad y esperar lo mejor, supongo.
Yo que soy muy de listas, me he hecho una lista de cosas que hacer durante la cuarentena y de momento voy bien: lectura atrasada, limpieza general, repaso de canciones, series y pelis pendientes, ordenar armarios y cajones, y no descarto grabar vídeos para seguir entreteniéndome con mi editor. Tengo además una azotea a la que puedo subir y mirar el cielo, un perro al que pasear para que me dé el aire y una nevera que llenar y que me obliga a ir al super (aunque esto último intento evitarlo porque la peña está muy loca). Y entre esto, los memes simpáticos que van saliendo, el sentido del humor que hace que el ingenio se agudice en tiempos de crisis y, sobre todo, el bendito whatsapp, el encerramiento se hace más llevadero.
Porque a pesar de estar lejos, estamos más cerca que nunca.

jueves, 27 de febrero de 2020

Si tú eres tú y yo soy yo...

Decía Sabina en una entrevista que ser feliz mola, pero no ayuda a escribir. La paz y el orden no inspiran; inspiran las crisis.
No podría estar más de acuerdo.
Hace poco, yo estaba preparada para el desorden, para el caos y para la crisis. Incluso aunque todo fuera relativamente bien, contaba con el desorden emocional, con las dudas y con la incertidumbre "del después". Con lo que no contaba es con la felicidad. Una felicidad que tuve que ir  analizando muy poco a poco para poder entenderla como lo que realmente es: miedo. No es que la felicidad me asuste, lo que me asusta es el espejismo que me crea.
¿Cómo iba yo a saber que ser tan yo misma, sin nada que perder, te convertiría en el tú mismo que yo quería ver? ¿Que si yo no maquillo lo que digo tú me cuentas la verdad? ¿Que si yo no me disfrazo tú te quitas la armadura? Y con todo el veneno ingerido y la risa desatada, nos escupimos insultos y piropos, reproches y confesiones y esas palabras tan prohibidas. Y el lazo se estrechó de tal manera que es imposible no acojonarse un poco.
Entre tanto, he tenido ensayos y bolos, un proyecto a futuro en el que será justamente Sabina quien actúe de cómplice, la convocatoria abierta a MicroTeatro Madrid y una llamada desde Barcelona para otra experiencia televisiva, la cual me obliga (o me obligo yo, mejor dicho) a empollar culturilla general. Con todo esto y más me ha sido imposible relajarme (aunque sea lo justo) para "analizar" la situación.
El tren ha zarpado sin previo aviso y tan deprisa que o me subía, o me quedaba en tierra. Y en él me encuentro ahora, con un vértigo bestial y confiando en que no se estrelle. Y si lo hace espero tener los suficientes reflejos para darme cuenta y saltar a tiempo.
La felicidad mola, sí, pero no pierdo de vista la posibilidad de que todo sea una hermosa mentira.


viernes, 7 de febrero de 2020

Lazos

Hay lazos invisibles que nos mantienen unidos a otros. A veces se vislumbran en detalles muy concretos, a través de las palabras o con determinadas acciones inesperadas, y en ocasiones, en el silencio más absoluto, tienen forma de corazón. Lazos a los que nos empeñamos en poner nombre para darle un significado, pero que muchas veces ni siquiera lo necesitan. Los lazos unen, y esa unión ya va cargada de sentido propio. Pero también un lazo se puede romper y, por tanto, dejar de unir. Y eso también tiene su propio significado.
A falta de pocos días para seguir enlazando capítulos o llegar de una vez al desenlace, una no sabe si apretar el nudo o pillar la gripe. De momento va ganando mi inflamación de garganta, pero no creo que tenga la suerte de no poder elegir (por extraño que suene). "Ya veré sobre la marcha", me digo mientras recopilo los greatest hits de los últimos álbumes mirando de reojo el hecho inoportuno.
Puede que sólo sea una escena imaginaria, un "todo es posible en Granada", un paréntesis en el curso natural de las cosas o un mero recreo; si no despego los pies de la tierra y sí los labios del vaso, puede que hasta salga bien. O puede que me reafirme en mi propósito a última hora si el sueño viene torcido y el espejo le da la razón.
Pero en el caso de hacer acto de presencia, buscaré la calle perfecta (con lluvia o sin ella) y el lugar más acogedor para interpretar mi papel sin saltarme una línea, sin que se note un suspiro de más ni un beso de menos, y sin acabar la función con la misma escena final.
Así pronto se verá lo que da de sí este lazo.