lunes, 30 de diciembre de 2019

Así es la vida

Escribir siempre me ha parecido un ejercicio liberador y hasta catártico que llevo practicando toda la vida. Desde los ocho o nueves años (puede que menos) he estado escribiendo diarios. De pequeña leía mucho, y leer y escribir van un poco de la mano. Me leí "La Biblia Ilustrada para Niños" ni recuerdo cuantas veces (era de los pocos "libros" que tenía al principio, recién ingresada en mi colegio de monjas). Luego amplié mi colección a (casi) todos los títulos del Barco de Vapor, cuentos infantiles, libros rancios de aventuras que encontraba en casa de algún familiar y hasta títulos ya importantes como "La Celestina" o "El Quijote", que nos vinieron con una enciclopedia que nunca llegó a completarse. 

Mi afición a la lectura, como digo, me llevó a escribir diarios, de los cuales me deshice cuando empezaron a ocupar demasiado espacio físico y, sobre todo, porque me avergonzaba que alguien pudiera leerlos si a mí me pasaba algo (tengo muy presente que todos podemos morir en cualquier momento). Pero la verdad es que yo seguía escribiendo por ahí, en libretas, en servilletas de bares, en los márgenes de los apuntes de la facultad, aunque luego volviera al ritual de leer-rememorar-romper cuando acumulaba una considerable cantidad de papelitos. 

Con mi primer ordenador personal empecé a escribir en Word y ahora lo tengo todo muy bien ordenado en carpetas. Pensé entonces que era una pena haberme desprendido de mis primeras chorradas escritas porque las podía haber reconvertido, pero ya era tarde. Entonces se me ocurrió que ya que mi nivel de escritura era más digno y menos vergonzoso que cuando empecé, podía abrir un ciberespacio y colgar en él sólo aquello que fuera mostrable, y destruir lo demás. Y así fue como empezó este blog. Al principio más enfocado en dar a conocer mi agenda de bolos y ensayos y, con el tiempo, transformándose en el cuaderno de bitácora de una persona cualquiera, con un millón de inquietudes y dos millones de dudas, que sólo escribiendo consigue, por momentos, apaciguar. Nunca le he dado mucha publicidad. De forma aislada he compartido alguna entrada concreta por alguna razón, pero en general nunca he querido airear mi lado más íntimo, ya fuera por evitar alusiones en terceros como por esquivar las posibles críticas. No me gustan las críticas; si son buenas, no sé cómo responder a ellas y me incomoda estar en esa situación, y si son malas, me invade la frustración y la inseguridad y empiezo a dudar hasta del sentido de mi existencia. Por esa razón, y porque para mí escribir es un hobby, y no hay necesidad de darle bombo a un hobby, mi blog siempre ha estado ahí, al alcance de todo el mundo, pero en silencio, sin hacer ruido, sólo para aquellos curiosos que me conocen (o no) y quieren ver la otra cara de la luna. Me sorprendió, por ello, que un día me escribieran desde la otra punta del país para hacer uso, en una clase de interpretación, de algunas entradas que había escrito (a modo de monólogo, como luego me explicaron). Podían haberlo hecho sin decirme nada, puesto que el blog es público y no entiendo nada de derechos, pero el tipo, en un acto de deferencia, me pidió permiso y yo se lo di. Con el contacto posterior que mantuvimos (y mantenemos) me aconsejó registrarlo todo "porque nunca se sabe", y me animó también a unir pedacitos, crear una historia y darle forma de libro "que yo me encargo del resto". Cuando le respondí, con mis mejores maneras y todo el agradecimiento del mundo, que yo soy actriz y que escribir un libro supone una dedicación y una inversión de tiempo que no tenía, dejó de insistir, aunque meses después me recomendó para escribir artículos en una revista digital norteña que también acabé rechazando por los mismos motivos (y porque no vivo en el norte). Yo siempre he pensado que algún día escribiría un libro, o incluso más, pero me imaginaba haciéndolo cuando fuera vieja y me diera igual el dinero, y me sobrara el tiempo, y no tuviera ganas de salir a ningún sitio, entonces, el encerramiento forzoso de los años sí podría combatirlo con la ilusión de escribir un libro (uno bueno, por qué no), pero de momento, estos pedacitos de vida que dejo por aquí esparcidos me sirven para mi propósito, que no es otro (lo he dicho muchas veces) que el de entenderme y entender el mundo que me rodea. Y si de paso ayuda, inspira, o entretiene a alguien pues mejor que mejor. 


"Compártelo como compartes tus pensamientos en facebook, y verás como crece el número de lectores, y quién sabe si no da para más la cosa..."


Y con estas palabras me terminaron de convencer. Seguiré escribiendo por las mismas razones, sobre mí y sobre mis circunstancias, sobre lo que pienso, sobre lo que temo, sobre lo que odio y sobre lo que me gusta, en mi lenguaje encriptado y con la misma protagonista, pero sin mayor pretensión que el mismo placer de expresarme. Y dicho esto, dejo aquí mi última entrada del año (esto era sólo un prólogo) y puede que a partir de ahora comparta alguna más, o puede que todas, si hago caso al fondo norte.  


A un día de que acabe el 2019 y entremos en los felices años 20, de comenzar no sólo un nuevo año, sino también una nueva década, hacer balance me da una pereza terrible. Son las primeras navidades sin mi abuela (abuela eterna, madre segunda, arrancada de las raíces de mi árbol de vida que se tambalea sin ella) y aunque yo no he querido darle importancia a su ausencia en la mesa porque estaba conmigo, y bien me encargué de que así fuera, los ánimos generales de la familia no estaban muy festivos. Lo que quedaba de la columna vertebral que nos sostenía se fue con ella, y los lazos parecen haberse desatado, desmembrando la unidad de un todo, para dejarnos aislados en micro círculos familiares. Y yo que siempre he pensado que nunca estaría sola ahora sé que estoy muy cerca de estarlo, y cada año más. No es que me importe especialmente; me gusta la soledad y me llevo muy bien con ella (mejor que con las multitudes, de hecho), pero sí que me invade la tristeza cuando pienso que en lugar de ser cada vez más, somos cada vez menos, y que llegará el día en que no seamos ni uno. Pero yo que soy del pensamiento de que todo lo que sea forzado no es para una, hago acopio de mi poder adaptación y me quedo con lo que hay que, al menos de momento, a mí me sirve. 
Y qué decir del más allá cuando el contacto es mínimo... Los últimos meses me han revelado muchas cosas, el silencio ha contestado preguntas, y el último "peregrinaje al templo" me dejó al menos una satisfacción personal, pero ahora necesito sangre nueva, nuevos escenarios que sustituyan el color azul oscuro de las paredes del anterior por un color más prometedor. Que la ciudad renueve sus calles y que albergue en ellas otros bares, otros teatros, otros antros de perdición. Poner el foco de atención en algo que aún no ha llegado pero que está ahí, desaprender las lecciones, romper con lo manido y seguir siendo yo en otro sitio, con otra gente, con otra ilusión. Que por más que unos no me hablen, otros no se acuerden, y todos den las cosas por hecho, están los que me buscan, los que me mantienen cerca incluso estando lejos y los que apuestan por mí. Y si bien hay cosas del pasado que ya no duelen tanto, la memoria hace que escuezan un poco de vez en cuando. Pero ya entendí hace un par de meses de qué iba este juego, y que era mejor retirarse a tiempo antes de acabar desplumada. Y en ese retiro, más físico que emocional, todo hay que decirlo, me mantendré hasta que llegue el día que ya ni recuerde siquiera la cara de los concursantes. 
El concepto de ser una más, nunca entró en mis planes. A veces lo he sido pero siempre me he esforzado por no serlo, y cuando de verdad he querido no serlo, no lo he sido. Eso no me hace merecedora de nada, ni ganadora, ni siquiera especial, pero sé que alguna huella he dejado por ahí y que por más que el paso del tiempo la acabe borrando, quedará el recuerdo de la misma. El miedo, la prudencia, la posibilidad de fracasar nunca me han frenado a la hora de ir a por lo que quiero, y en esas sigo y seguiré porque yo soy así, y la única forma de que deje de perseguir algo (directa o indirectamente) es dejar de desearlo. Y hay cosas que ya debería haber dejado de desear pero siguen ahí ("al otro lado"), proyectando un deseo común pero con innumerables taras que no puedo ignorar, y que son la base de mi propósito de "desdesear". Porque así es la vida, no basta con querer algo (reuniones familiares sin malas caras, besos de verdad, abrazos sinceros, palabras bonitas...) todo eso también te tiene que querer a ti, y si no hay reciprocidad, es mejor "desdesearlo", aceptar y seguir buscando. 






jueves, 26 de diciembre de 2019

Lo invisible

Ante las nuevas experiencias y los viejos errores, una tiene claro de qué o quién no desea despegarse del todo. Y es como si aquello de lo que no te quieres desprender en realidad siga surgiendo, cada tanto, en los momentos más (o menos) oportunos. Esos momentos que se presentan como una señal indefinida. Pero las señales suelen ser contradictorias y no sabes cuál es la cara buena de la moneda, la que te favorece, la que te nombra ganadora. Yo sigo en mi empeño de no alimentar fantasías que en el pasado me dieron resultados más malos que buenos, pero es como si cada vez que quiero hacer algo "sensato", el universo se riera de mí y me mandara mensajes para volver a confundirme. Y así me vi el 24 de diciembre, "fantaseando" en algún lugar lejos de donde estaba, con personas que no conocía, y tratando de enterrar semejante estupidez bajo las tierras de la prudencia.
Acabo de rescatar un libro que leí hace años, del cual no recordaba nada, y parece que me está contando mi puta historia en algo más de 400 páginas. La tal Ruth bien podría llamarse Beba, y el tal Juan... Sí, otra señal contradictoria. Por suerte, me he acomodado un poco en eso de pasar de todo, y no creo que sea capaz de caer en quimeras, pero que me hace pensar... no lo niego. Paralelamente a este libro, he encontrado una serie que también invita a la reflexión (en realidad es la secuela de otra serie). Y entre una cosa y otra, un mensaje a tiempo, un silencio merecido, un rechazo aposta... me veo entrando en el nuevo año con más dudas que certezas. Eso sí, hay propósitos que sí puedo controlar, y esos los llevo a rajatabla. Todo lo demás, no es un propósito; es una esperanza dormida con riesgo de despertar al primer beso.


lunes, 16 de diciembre de 2019

Bonus Day


El jueves volví a Madrid.
Último viaje previsto.
Era el noveno día.

La escuela organizaba para los alumnos una quedada gratuita donde nos acompañaría Miguel Rellán para hablarnos del oficio y luego tomar algo todos. Fue de lo más enriquecedor escuchar a Miguel contar anécdotas y conocer su personal opinión acerca de cómo está el mercado. Montxo se nos unió más tarde, cuando yo ya llevaba más de una copa de vino en el cuerpo. Hablamos más de lo que lo hicimos en los dos meses anteriores (es lo bueno que tiene el alcohol), y me encargó devolverle el saludo a  E.C. (si todavía me lees, date por saludado, E.). Fue una experiencia estupenda de la cual me alegra haber sido partícipe porque, hasta un par de días antes no lo vi muy claro (otro viaje, anunciaban lluvia y frío... no sé, nada claro lo tenía). 
Pero este noveno día no era un día señalado por esta reunión, sino porque era el último, y yo no era la única que lo sabía. Hice malabares para intentar llenar el espacio de tiempo que vendría después, pero al final caí en mi propia trampa. Intenté esquivar la tentación,  pero todo, absolutamente todo, me condujo a ella. Con el pico caliente y pocas ganas de encerramiento, ya que la peña no estaba disponible, me vi caminando a las 12 de la noche hacia el centro, para ser la amiga de un amigo que sí estaba disponible. Y ahora, después de tanto tiempo, tengo que volver a recoger la ficha del primer día, como en A.A. Con todo, las recaídas conscientes son menos recaídas. Y me justifiqué con la idea de que “sólo estoy comprobando algo”. Y sí… comprobado. Ahora ya puedo empezar otra vez, sabiendo lo que sé, con las expectativas bajas pero la autoestima alta. El experimento de los 8 días salió bien. Al noveno estalló el laboratorio. Y justamente eso es lo que tenía que ocurrir para dar por fin con la fórmula mágica. Ahora, a pesar de tener que empezar de nuevo, tengo todos los ingredientes ordenados y mi laboratorio en plena reforma. 
La vuelta fue un infierno de resaca, nauseas y dolor de cabeza. No abrí los ojos ni un segundo en todo el viaje. Dormí las cuatro horas y media de camino, y al llegar a casa y comer un poco (casi nada), me acosté y seguí durmiendo casi tres horas más. La confusión mental de los últimos acontecimientos no cesó hasta el otro día, tras haber dormido como diez horas más durante la noche anterior. 
El sábado estaba especialmente despierta y lúcida para asimilarlo todo, y entonces ocurrió una de esas cosas que te cambian el rumbo. Tuve una visión clarísima de "qué pasaría si...", viviendo como si fuera jodidamente auténtica una realidad alternativa (rollo "Un Cuento de Navidad"). Cuando regresé de aquel fantasmagórico escarmiento, y tras haber hecho las averiguaciones necesarias para comprobar que no era real, respiré profundamente y entendí que mi vida, en verdad, no estaba tan mal, que podría estar infinitamente peor y que sólo hay un camino posible que deba seguir. Y en ese camino el único "fantasma" soy yo misma. 

viernes, 29 de noviembre de 2019

32 horas con Montxo

Tuve que darle muchas vueltas antes de decidirme a hacer un curso de dos meses en Madrid. Al precio del curso tenía que sumarle las idas y venidas de autobús cada martes, lo que incrementaba la suma en casi el doble. Luego pensé que, si estuviera viviendo en Madrid durante esos dos meses, me saldría más caro aún, así que a nivel económico no era tan descabellada la idea. La paliza de viaje podría ser llevadera si tuviera dónde alojarme los martes por la noche y así poder regresar al día siguiente más despejada, y supuse que mis amig@s de allí me acogerían si iba saltando de una casa a otra cada martes para no dar el coñazo muy seguido a la misma persona. Y el empujón final me lo di yo misma con la idea de que hacer un curso en una buena escuela de Madrid, con un gran profesional del cine, no sólo era un punto importante para mi currículum y para mi formación, sino que además era en lo que yo quería invertir el dinero que gané en el concurso. Después de eso, se me quedaría la cuenta temblando, pero bueno, es su estado natural... y yo me lo tomé como una buena inversión. Ahora que ya ha terminado todo, no puedo estar más satisfecha de haber tomado esa decisión.

Trabajar escenas a la orden de Montxo Armendáriz, que comparte el mismo método que yo a la hora de interpretar, me ha reafirmado en mi condición de actriz. Una buena interpretación sólo es buena si es creíble, y para que sea creíble "sólo" hay que recurrir a la memoria emocional, y eso a mí siempre se me ha dado bien. Sobre todo porque lo que hemos trabajado son escenas dramáticas, y el drama y yo nos damos la mano a menudo... Incluso aunque la escena no tenga nada que ver con algo que te haya pasado a ti, basta con saber cuál es la emoción que debe primar en la escena para que la busques dentro y la traslades, así de "fácil". En mi caso, emociones como la frustración, el desencanto o la desconfianza las tenía muy presentes y me bastaba con mirar a mi compañera, pero ver en mi cabeza la cara de otra persona, para expresar lo que sentía de verdad. Y lo sentía de verdad. Y eso es interpretar. Algo que yo ya sabía, pero que no sabía que lo sabía hasta que hice este curso. Por supuesto que no me salía bien a la primera (en la interpretación entran muchos más matices a parte de la emoción primaria) pero con las cuatro aclaraciones del director, me salía bien a la segunda.

Cuando un director dirige a los actores, se nota. No todos lo hacen. Yo pocas veces he recibido instrucciones cuando he rodado algún cortometraje. Tenía que montar los personajes a mi manera, sin saber realmente lo que querían transmitir, y siempre acababa poco contenta con el resultado. Al equipo les da un poco igual eso mientras digas tus frases donde las tienes que decir (les preocupa más la parte técnica que la artística), pero para una actriz es bastante desalentador. Montxo sí dirige a sus actores cuando va a rodar una película, aunque me temo que yo no tendré el privilegio de que lo haga conmigo (¡eso sería un sueño!), pero me queda la satisfacción de que lo haya hecho durante el curso.

Cuando grabábamos una escena y la veíamos después para analizarla, l@s compañer@s me veían bien, Montxo me veía bien, y yo me veía horrible siempre. Y no me refiero a la emoción, que eso estaba, ni al personaje, que también estaba, sino al hecho de verme a mí misma desde fuera como se supone que me ven los demás. Vale que la luz era mala y desfavorecía muchísimo, pero verse a una misma y gustarse no lo llevábamos bien ninguno. Montxo nos recomendó grabarnos diariamente con el móvil mismo, hablar a cámara, y vernos después para acostumbrarnos a nuestra propia imagen. Creo que eso es lo que peor llevo, así que tendré que hacer el esfuerzo para no juzgarme tanto. Supongo que haciendo ese ejercicio me acabaré gustando, como me acabó gustando mi voz a fuerza de grabaciones, porque con la voz pasa lo mismo que con la imagen; cuando la escuchas desde fuera, no te reconoces y la odias. Tendré que empezar a reconocerme físicamente y preocuparme sólo de transmitir la emoción pertinente. Ese es el trabajo que me autoimpongo a partir de ahora.

Existe la posibilidad de retomar el entrenamiento actoral con Montxo a partir de marzo (esta vez de marzo a junio, ¡cuatro meses!), pero es pronto para valorar la idea de hacerlo. Necesitaría mucho más dinero del que tengo ahora y mudarme a Madrid ese tiempo, porque no pienso subir y bajar cada semana durante cuatro meses (dos ya ha sido suficiente). Más adelante le daré vueltas porque dependerá de varios factores, pero así, a priori, la idea de seguir trabajando con semejante maestro me tienta muy mucho.

viernes, 15 de noviembre de 2019

Mientras dormimos

El otro día, en algún lugar entre Granada y Madrid, tuve un sueño. Es curioso, porque no suelo soñar cuando viajo en autobús donde más que dormir, vas dando cabezadas, pero ese día dormí profundamente casi todo el viaje. Sólo me desperté un momento cuando el gilipollas que tenía delante reclinó su asiento sin avisar y me aplastó la rodilla. Pero ni siquiera desperté del todo, sólo lo suficiente para farfullarle algún insulto entre sueños. Volví a caer en segundos, y ésta es la parte del sueño que recuerdo. Fue como un sueño "a tiempo real" que supongo que es lo que hace que te descoloques tanto al despertar.
Estaba viajando en ese mismo autobús y a esa misma hora. En una parada técnica (que el autobús real no hacía pero el de mi sueño sí) nos metimos todos los pasajeros en un lugar parecido a una sala de espera gigante con pasillos largos como los de un aeropuerto. Y ahí lo vi. Viajaba en el mismo autobús que yo y no me había dado cuenta hasta ese momento. Se sentó a mi lado y nos miramos sin decir nada. Justo ahí, apareció mi madre en escena. Lo que ella me dijo era de suma importancia pero irrelevante para mi historia. Básicamente, no podía asimilar la información que me estaba dando teniendo al lado a quien tenía, y que para mí era lo único importante en esos momentos. Y así, sin más, mi madre desapareció de mi sueño dejándome a solas con él. Cuando tuvimos que volver al autobús, me agarró la mano y la apretó con fuerza. Luego, la soltó y se fue sin mirar atrás. Tuve la sensación de que se estaba despidiendo de mí. Ya en el autobús, lo observé desde lejos y no estaba solo. Lo que vi me dolió como si hubiera ocurrido en la vida real. Y cuando la sensación de realidad se hizo insoportable, desperté. Tardé unos segundos muy largos en darme cuenta de que lo había soñado todo. Entonces, y sólo entonces, pude sentir el alivio que se siente cuando despiertas de una pesadilla horrible. "No estoy preparada para esto", pensé mientras recuperaba la conciencia tratando, a la vez, de borrar de mi mente la imagen de la chica perfecta que yo nunca fui. Me incorporé en mi asiento y no volví a cerrar los ojos.
Me puse a pensar en todas las cosas que pueden pasar mientras dormimos. Como lo que ocurrió un par de semanas antes, cuando a las 6:30 de la madrugada me llegó ese mensaje tan anhelado y que yo no supe hasta que desperté y encendí el móvil bien entrada la mañana. O como tantas veces que yo, en mi vigilia, he escrito mil cosas para después romperlas o he iniciado conversaciones que nunca envié, y todo eso, cuando tú dormías. Y no sé qué estarías haciendo tú mientras yo trataba de despertar de esta última pesadilla, porque ese día no tuve noticias del más allá, pero sé que están pasando cosas todo el tiempo y que a veces nos afectan directa o indirectamente. Y sé que me quedan dos días más para averiguar qué es lo que quiero. Y durante ese tiempo, aunque la opción de no hacer nada parezca ser el mejor camino, seguiré durmiendo con el móvil y los sueños muy cerca de mí.
A veces, mientras dormimos, la realidad puede cambiar (para bien o para mal).

domingo, 20 de octubre de 2019

Nada es todo

Con el cielo salpicado de nubes grises y anunciando pronta lluvia no se me ocurre nada mejor que hacer que no hacer nada. Mi casa está sucia y desarreglada, y yo estoy sucia y desarreglada también, y tengo trabajo acumulado. Pero, aún así, hoy me tomo la licencia de no hacer nada. La semana que viene ya se me presenta bastante apocalíptica como para no aprovechar.
A veces los momentos de mayor claridad llegan con sólo rodearte de tabaco, una taza de té rojo y música de jazz sonando de fondo. Otras, la claridad que necesitas llega cuando menos te lo esperas y en las condiciones más extrañas. Como me pasó a mí el martes estando en la Estación Sur de Autobuses de Madrid, al poco de llegar. Salí al rellano que hay en la entrada de los servicios para fumarme un cigarro antes de arreglarme para la clase, y en ese insólito lugar, rodeada de ruidos y gente entrando y saliendo, resonó de pronto en mi cabeza una voz que me decía con claridad meridiana TODO lo que necesitaba tener CLARO. Así, sin anestesia. Fue como una sacudida mental que consiguió poner todas las ideas, todos los interrogantes y todas las dudas en su sitio, ofreciéndome una panorámica reveladora del estado de realidad más crudo y sincero. Se me paró el corazón. Fue como una pequeña muerte con resurrección inmediata, pero por fin pude identificar cómo me sentía y qué hacer al respecto: NADA, mirar adelante como si este último capítulo no hubiera existido jamás. Después de todo, lo que muere ya no existe y contra eso no se puede hacer nada. Todo lo que estuve considerando especial durante tanto tiempo dejó de serlo al instante. La magia se esfumó en un chasquido, y todo se volvió tan simple y aburrido como siempre fue hasta que yo lo convertí en algo mejor.
Poco después, en clase de interpretación, mi desencanto tuvo su recompensa. El recuerdo, la memoria sensorial que tantas veces he intentado esquivar, resulta ser la herramienta perfecta para transmitir emoción. Con sólo concentrarte en los sentimientos, la emoción se ve en la mirada (que es de lo que trata este curso) y en ella se ve todo. Se ve la verdad. Así que se le puede sacar partido al dolor, a la pena, y a toda esa confusión de sentimientos que llaman emoción. Las experiencias nos dejan un gran repertorio de sensaciones y sentimientos que los actores podemos usar para transmitir emociones y que éstas sean creíbles. Parece que ser "una intensa" tiene sus ventajas, señor frivolidad.
Ya no necesito ocho días. Ya no necesito nada. Supongo que hay personas que, simplemente, no se pueden tener "tan fácilmente", a las que no se las debe pervertir con la suciedad cotidiana de una vida fría y carente de emoción. Personas tan especiales que sólo pueden ser miradas desde lejos para que sigan brillando. Y, postdata, hablaba de mí.

lunes, 14 de octubre de 2019

8 días

Dicen que si miras una olla con agua, ésta nunca hierve. Las cosas pasan cuando estamos ocupadas haciendo otras cosas. En mi caso, lo que quiero que pase es el tiempo, y para que pase más deprisa he iniciado una nueva rutina de actividades que, junto con mi habitual rutina de trabajo, me deja menos momentos vacíos. Me acuesto temprano, me levanto temprano, duermo la inevitable siesta... estoy como las abuelas. Además hago deporte, voy a la piscina, practico técnicas de relajación y estoy empezando a conducir otra vez. Todo esto, todo, sólo por ocupar espacios de tiempo. Aún así, no puedo evitar divagar de vez en cuando. Y acabo llegando siempre al mismo lugar de confusión, de sentimientos encontrados y asuntos sin resolver. Y ahí está la clave, en los asuntos sin resolver. Tomar una decisión importante ya es bastante difícil de por sí como para no tener clara cuál es esa decisión ni saber qué hacer, cómo hacerlo o por qué hacerlo.
Me he marcado 8 días en el calendario (aunque uno ya lo puedo tachar) y durante el tiempo en que transcurran esos 8 días la decisión llegará sola, inevitablemente. Funciono mejor con un orden establecido y, de momento, el tiempo es lo único que soy capaz de ordenar. Lo que haga, pasado ese tiempo, será producto de lo que ocurra durante, y aunque estoy casi segura de lo que pasará, prefiero no anticiparme y seguir con mi rutina.
8 días clave.
Y ya sólo quedan 7.









domingo, 6 de octubre de 2019

¿Amigos?

Se define la amistad como el afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato. 
Vivimos en un tiempo en el que los conceptos están cambiando cada día. Le colgamos el cartel de "amigo" a cualquiera. Hay amigos de facebook, amigos que conoces de un rato, amigos con derecho a roce, amigos de los que no se ven, amigos de whatsapp... cualquiera es un amigo, y creo que a mí me pilla un poco en medio esta transición. Aunque nos empeñemos en definir con "amigo" todo tipo de relación con todo tipo de personas, la realidad es que no todo el mundo es un amigo, y usamos esa palabra para evitar poner otra etiqueta que matice qué clase de amistad tienes con alguien. Igual, al contrario de lo que algunos creen, sí que haría falta un libro de instrucciones que nos explique cómo mantener una amistad sana con según qué personas.
La amistad, entendida tal como la define la RAE, es la base de cualquier tipo de relación pero, a partir de ahí, se abre un amplio abanico de "formas de amistad". Están los amigos hermanos, los amigos del alma, los amigos de juergas, los amigos para todo, los amigos recurrentes, los amigos especiales, los amigos íntimos, los amigos que se enamoran, los amigos que se casan... la variedad está servida. Sin embargo, no siempre se dan estas amistades de la misma manera para los implicados. No siempre hay reciprocidad. A veces consideramos amigo especial a alguien que sólo te considera a ti como amiga de juergas, por poner un ejemplo, y ahí es donde la supuesta amistad hace aguas. Puede que en la teoría la palabra amigos, a secas, sea acertada pero, en la práctica, no siempre tiene que funcionar.
Yo este martes empiezo el curso en Madrid y tengo amigos/as a quienes puedo pedir alojamiento cada martes durante los dos meses que estaré yendo. Sin embargo, no puedo hacer lo mismo con otras personas que, en teoría, son amigos. Porque, aunque exista un afecto personal, no es para nada puro y mucho menos desinteresado. Y con el trato, no sólo no se ha fortalecido, sino que se quiebra cada vez más. Siendo así, puede que seamos amigos en teoría pero, definitivamente, no podemos serlo en la práctica, y ese tipo de amistad no aporta mucho.
Le colgamos el cartel de "amigo" a cualquiera, sí... pero yo no soy cualquiera. Y a veces, lo mejor es no hacer papelones y dejar la amistad metida entre dos signos de interrogación hasta que se pueda responder qué significa eso en realidad.


lunes, 30 de septiembre de 2019

Una mala idea

Después de un mes ajetreado y difícil, hoy por fin puedo echar el freno y asimilar con cierta tranquilidad todo lo vivido. Durante mis dos semanas en Madrid, experimenté lo mejor y lo peor que esta ciudad me venía ofreciendo desde que comencé a pisarla con regularidad. Algo más para añadir a la experiencia.
Salí de casa el lunes con la ilusión que siempre hace emprender un viaje cuyo destino anhelas, en buena compañía y sabiendo a lo que vas. Llené mi maleta con más ilusiones y esperanzas que ropa (y llevaba mucha ropa), y con esa inevitable alegría nos pusimos en Madrid. Descargamos el coche, pintamos la sala, colocamos la escenografía, conocimos a Juanjo y a Cristina, nos instalamos en su casa y, esa noche, cenamos trucha al horno. Estaba cansada pero feliz, y no tenía ninguna prisa por alterar ese estado, cosa que estaba segura que ocurriría la semana siguiente. El martes fue el día de estreno. Tras la reunión pertinente y el pase de compañeros, arrancamos nuestra primera semana en Microteatro Madrid. Actuar en este lugar me provocaba un montón de cosas a la vez; emoción, lo llaman. Esa primera semana pasó tranquila. Juan y yo fuimos a museos, exposiciones y conferencias gratuitas, vimos a nuestros amigos, salimos de cervezas y hasta presenciamos una actuación de Leo Bassi en la "Iglesia Patista de Lavapiés". La taquilla del micro nos sonreía y llevábamos una perfecta rutina de orden de comidas y horas de sueño para no llegar tarde y estar bien de energía.
La segunda semana fue más o menos igual. Lo que la diferenció de la primera fue el inevitable encuentro con el pasado. Todo lo ocurrido en esa semana fue la versión corta de la versión larga de una mala idea. Los mismos pasos, el mismo proceso y el mismo final, con la novedad de que esta vez hubo, al menos, una disculpa de por medio. La ilusión que tenía era directamente proporcional al miedo a que se destruyera en un segundo, y en esos momentos no podía siquiera pensar que ir con pies de plomo no es el camino deseado por nadie. Y yo cambié los pies por alas y me dejé llevar, con los ojos cerrados, al cuarto azul de mi desdicha. Cuando amaneció, reviví antiguos temores y decidí, dos días después, no volver a amanecer así. Puede que tomar esa decisión a las 3:30 de la mañana fuera una mala idea, pero la verdadera mala idea fue darle crédito a quien no lo tiene, abrir la puerta a una esperanza que creía haber encerrado bajo llave para siempre, o empeñarme en perseguir imposibles, invirtiendo lo más valioso que tengo en tóxicas quimeras inalcanzables. Lo que hice y lo que dije, aún con la voz rota y la vida entera chorreándome por las mejillas fue, pese a todo, la mejor idea que tuve en toda la semana. La verdadera mala idea fue llegar hasta ahí. Y dejando atrás el elocuente portazo, me vi de madrugada regresando a un sitio que no era el mío, tratando de reprimir todo lo que me afligía mientras sujetaba con fuerza la mochila entre mis brazos, y caminando más rápido de lo que me daban los pies. La decepción y la incertidumbre marcaron los últimos días del viaje, sentimientos que una desearía no tener nunca y menos aún cuando hay que trabajar y que tu trabajo consista en hacer reír a la gente. Y no sé cómo lo hice, pero lo hice, y supongo que tener al lado a Juan me ayudó bastante. Con él se hizo "fácil" olvidar y hasta dormir y comer (de esto último se encargó especialmente). Son esos detalles los que diferencian a la gente que te quiere de la que no te quiere en absoluto, y por fin lo entendí todo. Gracias a él guardé silencio, comí crêpes con chocolate y pasé mi última noche en Madrid cantando en un karaoke y emborrachándome de alcohol y risas. Porque hasta el último maldito momento, y sabiendo que no ocurriría, estuve esperando, como la que espera un milagro, que las disculpas no se quedaran en palabras y pasaran a ser actos, y que el primer acto empezara por estar allí cuando saliera del último pase de la última función del último puto día. Tanto lo deseaba que incluso alejándome de allí, volvía la cabeza a cada paso por si aparecía la silueta al final de la calle. No fue así. Y me di por vencida, y me desahogué a gusto y me bebí toda la cerveza que me entró en el cuerpo, en la mejor compañía que podía tener.
El viaje de vuelta se me hizo durillo. Al cansancio, la resaca y el regreso a un hogar incierto, con la sensación de dejar una vida en Madrid, se le sumaba la preocupación de cómo responder a una conversación pendiente. Porque si bien no era necesario decir nada, sentía que debía hacerlo por mí, por cerrar el capítulo y poder pasar la dichosa página final de un libro que ya me había leído. Pero seguía sin tener tiempo de pensar en eso. Al llegar a Granada nos esperaban en la emisora del LemonRock Radio para hacernos una entrevista sobre nuestra experiencia en Microteatro Madrid y, prácticamente, llegamos con la hora justa.
Entrevista Calderilla Teatro. LemonRock Radio
Una vez en casa, y tras darle mil vueltas a lo mismo sin encontrar las palabras suficientes, decidí aclarar un punto del tratado de paz y responder a él con la naturalidad que extrañamente me salió.
La semana de readaptación, con una forzada resignación de lo ocurrido, no fue fácil. Tuve ensayos, reuniones de trabajo, castings y dos bolos que afrontar. Todo junto en 6 días. Estaba tan acelerada que hasta recurrí a prácticas tan ajenas a mí que ni me reconocía. Pero necesitaba centrarme y hacer las cosas poco a poco. Después podría dedicarme a otra cosa, pero entonces no. Y con mucho esfuerzo y poco aire en los pulmones conseguí cumplir con todo, llegar al concierto con mi banda el sábado (y disfrutarlo plenamente) y cerrar la semana con el bolo del domingo en el Lemon. Y tras hacer los ajustes necesarios para no implosionar pude por fin relajarme, escuchar esa voz por última vez desde el sofá de mi balcón, y pulsar "eliminar" sin que me temblara la mano.
Supongo que cuando deseamos algo de verdad no dejamos de darle oportunidades y, por muchas que demos, siempre nos queda una más, y la única forma de dejar de intentarlo es dejar de desearlo. Así que hoy me levanté con la firme idea de "desdesear" lo deseado (cosa que debería resultar relativamente fácil teniendo, como tengo, motivos de sobra), y no avisar siquiera de mis intenciones,  porque eso sólo dejaría un hueco a la esperanza. Calzarte un zapato que no es de tu número, por más precioso que te parezca, es una mala idea. Te acabará haciendo daño, rozaduras, ampollas... y guardarlos en el armario para mirarlos de vez en cuando no va conmigo. El amor contemplativo se lo dejo a los adolescentes. Yo necesito un zapato bonito, de los que no duelen ni cuando vuelves borracha de madrugada haciendo eses y con el que pueda patearme el mundo entero. Mientras tanto, andaré descalza pisando charcos o enterrando los pies en la arena hasta que pase el tiempo suficiente para volver a tener "malas ideas".








sábado, 7 de septiembre de 2019

¿Repetimos?


Septiembre siempre me plantea muchos interrogantes. Por manido que suene, es la época en la que algunas cosas acaban y otras empiezan. Se acaba el verano, la desconexión, las vacaciones, y comienza todo lo demás. En mi caso, todo lo demás es trabajo, y gran parte de éste se me ha acumulado en el mismo mes. Tanto es así que he tenido que rechazar convocatorias de casting, cancelar algún bolo y posponer algún otro. Nunca sabes si estás eligiendo bien tus cartas. ¿Tendría que haber hecho esto en lugar de lo otro? ¿Me interesa más lo que he escogido que lo que he rechazado? ¿He abierto la puerta que me lleva a un lugar mejor, o estoy caminando por el mismo laberinto una y otra vez?
Una de las cosas que sí he decidido hacer me llevará a Madrid en un par de días. Y no sólo a Madrid,  al sitio justo de Madrid. A ese lugar inquietante de la calle de la amargura llamada Loreto y Chicote. "Christian Bale es un gilipollas" ha sido seleccionada en la II Edición Mínima de Microteatro Madrid, y durante dos semanas estaremos representándola de martes a domingo. Dos semanas enteras visitando a diario el lugar donde todo empezó y transitando su calle melancolía. Pero ahora sí puedo hacerlo. Ahora, que miro con otros ojos mi vida y que no hay venda que me ciegue ni cadena que me ate, ni sensación de soledad, ni añoranza. Espero poder decir lo mismo a mi regreso.
Últimamente, todo me está llevando de vuelta a Madrid. A parte del microteatro, una nueva agencia de representación se ha interesado en mí para incluirme en su cartera de publicidad, y otra agencia de ficción estará recibiendo material los próximos días (con un poco de suerte, puede que me acepten). Si me vuelvo de Madrid representada por dos agencias para dos campos de trabajo distintos, ya habrá valido la pena estar allí. Claro que actuar en Microteatro por Dinero es una satisfacción por sí sola y una espinita que me saco, independientemente de la recaudación final y de que exista la posibilidad de recaer en antiguos errores. En octubre, comienzo también un curso de interpretación ante la cámara que dirige Montxo Armendáriz, lo que me seguirá llevando allí una vez a la semana durante dos meses.
Es como si algún patrón se estuviera repitiendo: las obras escogidas, las agencias, Madrid llamando a la puerta y el pisito azul nuevamente habitado por su dueño. El muro que levanté en su momento sólo es traspasado por una señal de wifi, pero eso no quita que en algún momento se pueda venir abajo. Ya hice una visita al otro lado sin que eso supusiera daño alguno, pero me fío poco de mí misma como para asegurar que podría esquivar las flechas.
El mes lo acabo con un concierto de Beba & Los Rockafeller en Motril y otro microteatro en Granada. Todo lo demás (castings, entrevistas de trabajo, rodajes y tentaciones) está aún en el aire.






jueves, 11 de julio de 2019

Calor, pesadillas y poderes mentales

Julio y agosto son los dos meses más insufribles del año, por el calor, por la inactividad, por la pereza, aunque sus noches son las mejores para mí, sobre todo estando en casa sola (pa gente, la calle). No es frecuente, pero es lo que más aprecio. Hace tiempo que necesito estar sola. Me lo pide el cuerpo y, sobre todo, la mente. Y supongo que no tardaré mucho en dar ese paso, especialmente cuando me supere la multitud. Lo difícil será afrontar ese gasto con un trabajo intermitente y lo impredecible de mis ingresos. Y si sólo fuera eso...
Tras una temporada bastante próspera de curro, y sin nada inminente a la vista para los próximos días (semanas, quizá meses...), me doy a la lectura y al apreciado hábito de tocarme el coño a dos manos viendo series y pelis. El ajetreado ritmo de trabajo se ralentiza y por primera vez hasta lo agradezco. Claro que eso lo digo ahora que estoy recién salida del último bolo; en un par de días me estaré subiendo por las paredes deseando que me cierren fechas, inventando algo que hacer, y cargándome otra vez de responsabilidades y estrés. En realidad, es lo que me hace feliz. Pero, como digo, mientras tenga entretenimiento voy bien.
Por mi cumpleaños me autorregalé un libro al que le tenía ganas: "It" de Stephen King. Meses antes me había encontrado en mi biblioteca "La Tienda", y me atrapó de tal manera que me hice muy fan de este autor. En una peli, cuyo nombre no recuerdo aunque sí recuerdo que salía el prota de Harry Potter crecidito, elogiaban "It" como una de las mejores novelas del siglo XX, así que puestos a elegir otro libro suyo, me decanté por éste. Lo encontré a buen precio en una librería cercana a mi casa. Es maravilloso pero, desde que empecé con él, se me repiten pesadillas de payasos asesinos casi todas las noches. La última vez me desperté tan agitada (llorando, gritando y muerta de miedo) que me puse a buscar posibles "remedios" para las pesadillas. Entre todas las cosas que leí al respecto me pareció factible eso de no leer antes de dormir para no retener esas imágenes en mi mente justo antes de cerrar los ojos (otras cosas como comer ligero, no beber alcohol, y respetar un horario de sueño no van conmigo en absoluto). Si la idea de no leer antes de dormir es por la imagen que se me queda, pensé que podía seguir leyendo antes de dormir pero no quedarme dormida pensando en lo que acababa de leer, sino pensar en cosas bonitas. Pero para que funcione no pueden ser sólo cosas bonitas, sino también importantes; algo que signifique mucho para ti. Vengo haciéndolo durante dos noches y funciona. He aprendido a manejar mi mente. La imagen tiene que ser fuerte para que la cosa dé resultado, y aunque duela un poco, mi imagen recurrente está en Madrid. Consigo evitar las pesadillas de payasos asesinos, pero sueño con cosas del pasado que bonitas no son... o sí, pero no... En cualquier caso, mejor eso que los terrores nocturnos.
Esto del poder mental me pareció interesante. Me recordó muchos episodios de mi vida en los que realmente he sentido que tenía "poderes". Creo que la primera vez que lo sentí fue siendo bastante pequeña, con 5 ó 6 años. La casa de mis padres quedaba a la vuelta de la esquina de casa de mis abuelos, y mi tío Álvaro (sólo 4 años mayor que yo) solía venir a casa a jugar con mi hermano y conmigo. Los juegos se basaban principalmente en chincharnos unos a otros y mi tío, siendo el mayor, era por derecho el líder de la manada. Un día estábamos pasando el rato y él se compinchó con mi hermano para chincharme a mí, no recuerdo con qué excusa. Cuando se fue, yo reparé en unas fotos que mi madre tenía en la estantería. Eran dos marquitos pequeños, uno plateado y otro dorado, en los que entraban fotos de carnet. Estaban colocados uno junto al otro. El dorado tenía una foto de mi hermano, y el plateado una foto mía. Habían estado ahí siempre, pero yo me fijé ese día, y al hacerlo pensé: "Mi hermano es de oro y yo soy de plata", un pensamiento probablemente inducido por las tonterías de mi tío que ese día le dio por chincharme a mí. Al día siguiente, cuando mi tío volvió a casa, yo seguía siendo el blanco de sus burlas y me quedé atónita cuando uno de los argumentos que usó para chincharme fue: "Tus padres quieren más a Jorge que a ti, y si no mira esas fotos: tu hermano tiene un marco de oro y tú tienes un marco de plata. Segundonaaaaaaa". A mi tierna edad, ese comentario me hubiera ofendido si no fuera porque estaba demasiado absorta con lo que acababa de pasar. Yo "hice" que él dijera eso, lo hice con el poder de mi mente. Recuerdo vívamente aquel momento como si acabara de pasar. No me quejé, ni llamé a mi madre para que le regañara, ni me fui furiosa a mi habitación. Me quedé mirando las fotos y pensando que era una bruja o algo así, que tenía poderes, y que eso era super guay.
Desde esa primera vez, he tenido momentos parecidos a lo largo de mi vida, muchos, pero nunca he sabido para qué sirve, y sigo sin saberlo. Quizás para nada. Pero me sigue dejando atónita cada vez que ocurre. Además, nunca son grandes cosas, como prever un accidente de tráfico o algo así. Suele ocurrir con tonterías tales como que se me venga de pronto el nombre de un actor a la cabeza (un actor que ya no se ve y que he recordado sin ninguna razón) y que al día siguiente pongan una peli suya en la tele. Cosas de ese tipo.
Quizá fue más jevi lo que me pasó en el programa de la ruleta. Yo ya había resuelto esos paneles. No era consciente durante el transcurso del programa, pero cuando los resolvía, los conocía (incluyendo el panel final). Yo ya había estado allí, o al menos, esa era mi sensación. Reminiscencias de otra vida, quizás (si es que eso existe). En fin, sea lo que sea, me flipa mucho. Supongo que es algo que todos tenemos "ahí", pero que no todo el mundo es consciente o simplemente no lo desarrolla. Quizá tenga algo que ver con eso de "la ley de la atracción", aunque se supone que eso es algo que haces de forma consciente, y lo mío ocurre de manera inconsciente.
En definitiva, por más que no pueda entenderlo, creo que la mente tiene más poder del que creemos, y quizás podamos manipularla (en mi caso, lo de evitar las pesadillas parece que funciona). Según el mito, sólo usamos el 10% de nuestro cerebro. Me parece un desperdicio imperdonable.


domingo, 2 de junio de 2019

Cinco sentidos y alguno más


Con la bombillita roja de la precaución encendida y una indescriptible necesidad de aplacar mis instintos, me metí en las entrañas de la ciudad. Una mezcla de ilusión y miedo me acompañaba, pero accedí a satisfacer semejante antojo, pues pensé que después de tanto tiempo, sería capaz de hacerlo sin salir mal parada y, de ser así, la fuerza de la costumbre amortiguaría el golpe.
No hubo un sobresalto, no se me aceleró el pulso, ni se me cortó la respiración. Parecía no haber peligro. Sin embargo, al otro lado de mi ventana, nueve pisos más abajo, quedaría impresa una huella conjunta. La memoria me hizo el favor de recordarme lo justo tras dos noches de recordarlo todo; el olor penetrante que creía haber olvidado, la aspereza del tacto, una fiesta de sabores para mis papilas gustativas, una imagen plana y borrosa convertida en tres dimensiones y a full HD, el timbre sin filtros colándose por mis oídos. Los cinco sentidos al servicio de un nuevo recuerdo aderezado con sentido del humor. Pero un sexto sentido despertó mi sentido común y levantó la barrera que separa un momento de una vida, y todo acabó ahí. Sólo me asusté cuando un extraño sentimiento se apoderó de mí al contemplar desde lejos la imagen solitaria del alma que se esconde en un cuerpo cualquiera. Ternura. Sin necesidad, sin reproche. Ternura sin más. Y vi claro el por qué de todo. Y entendí mejor eso de que cuando una flor te gusta, la arrancas, pero cuando la quieres de verdad la cuidas y la riegas y no esperas nada por su parte.
Necesité un par de días para poner todo eso en orden, y ahora que vuelve la estabilidad sólo puedo esperar que el curso de las cosas fluya tranquilo y no haga daño, aunque a veces escueza un poco…


jueves, 23 de mayo de 2019

Ni sal, ni limón


Mayo ha venido cargado de trabajo, y durante el fin de semana pasado se acumuló gran parte del mismo. El viernes pusimos “Sexo, glamour y jugos gástricos” en el Flow Bar. Actuar en Motril para mí es especialmente satisfactorio porque la tierra tira de alguna manera, y a este garito le tenía ganas. Había un gran riesgo de pinchar con el tema de la asistencia de público, y eso se hubiera cargado todo mi plan de fondo, pero afortunadamente anduvo muy bien. Más peña que no conocía que conocidos (que eso siempre es buena señal) pero entre los conocidos, tengo que destacar la presencia de alguien a quien quiero mucho y llevaba años sin ver. Eso me alegró la noche, y todo lo demás rodó por sí solo.Como era mi compañero quien conducía, yo me puse fina a tequilas al terminar, sobre todo porque hay cosas que sólo se pueden decir en cierto estado de deformación. Y aunque yo soy más de decir las cosas al revés y jugar al despiste, me quedé satisfecha con el resultado de la partida (de momento).
A eso de las 2 de la mañana emprendimos el viaje de regreso a Granada, pero no llegaríamos hasta las 5. En la salida de Motril nos paró la guardia civil para hacernos un control de alcoholemia. Mi compañero, por supuesto, dio negativo y entonces le pidieron hacer un control de drogas. Resulta que hay drogas que se quedan en el organismo durante días, y él había consumido la noche anterior (muy poco, pero suficiente para dar positivo). Pese a no estar bajo los efectos de la misma, “la ley” penaliza el consumo, así que mandaron los resultados al laboratorio para analizar la cantidad y, en el caso de ser inferior a 25 nanogramos, se libraría de la multa. Eso lo sabremos en un par de meses. Pero en esos momentos, “por ley”, no podían dejarlo conducir y la única forma de irnos es que condujera otra persona. Me preguntaron si yo tenía carnet y les dije que sí, pero que yo sí había bebido y, además, les comenté que llevaba años sin conducir y no estoy muy suelta con el coche. Me hicieron la prueba igualmente y, claro, dio positivísima. No sé si fue porque les caímos bien o qué… pero para no dejarnos allí tirados nos dijeron que, si queríamos irnos, tendría que conducir yo, que no se me veía afectada por el alcohol (normal, se me pasó hasta el pelotazo con toda esta movida) y que yendo despacito no pasaría nada. Absolutamente surrealista. Prefieren que conduzca yo, borracha y sin experiencia, en vez de mi compañero que va sobrio y en perfectas condiciones. Para flipar. Pero aquí no acaba todo. Cuando voy a arrancar, resulta que nos hemos quedado sin batería en el coche. Los guardia civiles empujando y aquello que no arrancaba. Llamaron a la grúa, que tardó casi una hora en llegar, y entre tanto, un amigo que nos acompañaba en el asiento de atrás y que iba más borracho que cualquiera, empezó a cagarse en todo, farfullando insultos en inglés y gritando a las autoridades (no estamos presos porque ya teníamos bastante). Cuando conseguimos que se callara y se metiera en el coche, no sin antes pelearnos con él por gilipollas, llegó la grúa, nos puso las pinzas y pudimos irnos por fin. Ahora había que ponerse en Granada… Menos mal que no había ni dios por la carretera y llegamos rápido y bien. Y menos mal que no nos encontramos otro control, porque a saber qué hubiera pasado si nos paran y me hacen soplar otra vez… ¿se hace responsable la guardia civil de Motril? ¿Nos chupamos otra posible multa por conducir bebida? En fin, muy loco todo…
Al día siguiente, sin apenas haber digerido la experiencia, nos fuimos al Apeadero para presentar a concurso nuestro microteatro “Christian Bale es un gilipollas”. No me voy a detener mucho en esta parte, pero también fue muy surrealista. Quedarnos fuera es algo con lo que siempre se cuenta pero, siendo objetivos, la que pasó no fue la mejor de las tres obras, y el amiguismo no es ético en un concurso. Como no lo es que se presente gente de la propia organización o que pretendan cobrarnos entrada a los que participamos en el festival para ir de público a ver a los compañeros. Estaba todo desvirtuado.  
El domingo, por fin, cerramos un intenso fin de semana con “¡Hoy dan una de piratas en la calle!”, nuestro espectáculo para peques que hicimos con otro miembro de nuestra compañía en una comunión en Riofrío, donde conseguimos, además, posibilidad de bolos para el futuro.
Es difícil explicar cómo funciona la mente para ordenar y dar sentido a todo lo vivido y que, aparentemente, se queda en algo anecdótico, pero mi cabecica ha entendido cosas que han supuesto un aprendizaje a muchos niveles. El éxito, el fracaso, la valentía, la determinación… todo es actitud. La autocrítica me ha hecho valorar aún más lo que tengo y me siento sobradísima ante las consideraciones ajenas, o las posturas elegidas por estrategia. La vida es como el tequila. A veces la aderezamos un poco, y otras es mejor tomársela a palo seco, sin sal ni limón.

miércoles, 1 de mayo de 2019

Vértigo

Todos tenemos un sueño que se nos repite, que aparece de forma regular. El mío es caer al vacío. A veces soy yo la que cae, y otras veces es otra persona la que lo hace, pero yo siento el vértigo igualmente. De un tiempo a esta parte, ese sueño viene surgiendo de forma habitual cada noche. Yo no sé interpretar los sueños pero sí podría darle muchas lecturas a lo que es el vértigo y, en mi caso, es fácil adivinar lo que significa. 
Cuando el presente está cojo y el futuro lo vislumbras sin pata alguna de la que cojear, el miedo se te mete dentro y te paraliza. Nuestras vidas son una sucesión de aciertos y fracasos, y cuando te señala para que decidas estás escribiendo tu historia, y eso no es algo que se tome a la ligera. No soy buena tomando decisiones. No soy buena en casi nada que sea importante. Habré fracasado haga lo que haga, y habrá dolor y lágrimas en cualquier camino que decida coger. Quizá por eso, tomo el atajo de la "comodidad", aunque eso signifique hacerme reproches continuos y seguir en pie de guerra con mi propio mundo. 
También es vértigo que queden 25 días para ese día 25 (un número que en el pasado ya marcó dos veces la tragedia). Y si ese día se presenta como lo imagino, se darán la mano el éxito y el fracaso, la alegría y la tristeza, las dos incógnitas por despejar. O puede que ese día pase sin más y que yo no esté ahí.
Me da vértigo mi propio instinto, pasarme de rosca y que nadie esté ahí para recogerme, la tentación, la vergüenza y el día después; mi propia vulnerabilidad. Y que todo sea para nada. Y que nada signifique todo. Y la memoria. 
A veces creo que esto ya lo he visto, que estoy de vuelta, que sé cómo acaba la película. Y esto de saber tanto y no saber para qué...   
                                                    ...
                                                        ...
                                                             ...
                                                                  ... es lo que más vértigo me da.

martes, 16 de abril de 2019

Que tinguem sort...

Qué leves son los momentos de plenitud, como leves son los momentos bajos. Mi vida se viene desarrollando en una calma chicha emocional que, a pesar de los picos (que se acentúan con el olor de la aventura empapada en alcohol) es muy de agradecer. Todo parece transcurrir serenamente por ahora, al menos hasta que llegue la tempestad de mayo alborotando las aguas de nuevo. He querido quitarle tanta importancia a todo, que creo que no soy plenamente consciente de la que está por venir. Y supongo que hasta que no llegue el momento, no sabré qué sentir ni cómo comportarme. Sólo espero que entonces, la memoria no me falle, y que eso sea suficiente. Claro que mi comportamiento reciente indica que nada es suficiente para mí...

Con un poco de suerte cada ficha caerá en su sitio, pero eso de la suerte es un tema complicado. Y es la suerte, justamente, la que juega un papel importante ahora en casi todo lo que hay en mi vida. De ella dependen los bolos con mi banda para este verano, el pase a la final en el festival de microteatro, que nos seleccionen para otro festival en La Rioja, que nos confirmen estar programados en Madrid en septiembre, y que coincidamos o no "tú y yo". Demasiadas cosas dejadas al azar de la vida, y sin embargo, confío plenamente en su tirada de dados. Yo no puedo más que disponer el tablero y estar preparada. Y mis pensamientos están ahora centrados en conseguir más trabajo. De momento no vamos mal:


El 27 de abril estoy como Maestra de Ceremonias oficiando una boda (algo es algo).
El 2 de mayo ponemos "Sexo, glamour y jugos gástricos" en el "Sonho".
El 4 de mayo repetimos espectáculo pero en el "Ágora" (hace ilusión actuar en Motril).
El 18 de mayo tenemos la semifinal del IV Festival de Microteatro La Parata en el "Apeadero" con "Christian Bale es un gilipollas". Si la pasamos, repetimos el 25 en la final (¡cuestión de suerte!).
El 30 de mayo, "Sexo, glamour y jugos gástricos" estará en el Lemon Rock.





Mientras tanto, fechas por confirmar en junio, esperando respuesta de tantos sitios y currándome el material para echarle una mano a la suerte. Y si al final todo es por algo, que ese algo valga la pena. Yo, por si acaso, me voy preparando por dentro y por fuera para mirar a la suerte a los ojos; a ver si, por una vez, soy yo quien logra intimidarla. No sé qué clase de suerte quiero, pero que tengamos la suerte que sea...






lunes, 25 de marzo de 2019

Sexo, glamour y jugos gástricos

Marzo está siendo un mes a tope de trabajo y muy variado. Empezó con un concierto el mismo día 1. Toqué con mi banda en la Rocknrolla Club, estrenando bajo por primera vez y sonando más fuerte que nunca. Yo iba ya nerviosa desde la prueba de sonido, donde pude comprobar el alto volumen que íbamos a tener y sabiendo que ahí, si te equivocas, te equivocas a lo grande. Con toda esa presión, y la sala llena hasta las trancas me subí al escenario, deseando que el temblor de mis piernas no llegara a alcanzar mi voz. Las tablas me salvaron una vez más, y en cuanto agarré el micrófono y me oí a mí misma cantando las primeras líneas de "These boots are made for walking", los nervios malos desaparecieron dejando paso a los buenos, a la adrenalina, y es entonces cuando se pasa bien. Un bolo a caché cerrado, con público, contratantes y contratados contentos, y un sonidista haciendo grande cada pequeña nota. ¡Firmaba ahora mismo para que todos mis futuros conciertos fueran así! El próximo será el 18 de abril en otro gran escenario granadino, el mítico Planta Baja, aunque siendo a taquilla y cayendo en jueves santo, veremos a ver cómo funciona...
Unos días antes de que comenzara el mes, ya había iniciado mi trabajo como actriz-animadora en Telecinco Live. Trabajo que me ha mantenido bastante ocupada todos estos días y que compartirlo con mis compañeros ha sido, sin duda, lo mejor de todo. El mes que viene se van a Murcia con la expo (A Coruña tendrá que esperar) y en principio no voy a engancharme, pero puede que lo haga cuando estén en Málaga o alguna otra ciudad que me apetezca más. De momento, prefiero permanecer en Granada donde, por suerte, me están saliendo cositas. Esta mañana, sin ir más lejos, he pisado por primera vez los famosos estudios de Fernando Romero, donde me han hecho una prueba para grabar un audiolibro. Antes se tiraba de locutores para este tipo de trabajo, pero parece que ahora el mercado prefiere la voz de actores y de actrices, que le den una mejor interpretación a la lectura. Y  ahí, se me abre una buena puerta con todo un mundo por explorar al otro lado. Ojalá alguno de los muchos libros que les llegan sea para mí.
Mientras tanto, Juan Megías y yo seguimos buscando la manera de que Calderilla Teatro se haga un hueco en el círculo cultural de la ciudad y, tras nuestra última puesta en escena en las salas de Microteatro Granada con "Christian Bale es un gilipollas", que estrenamos el pasado mes de enero, nos decidimos a buscar otros espacios donde poder poner piezas teatrales cortas. Fue Juan quien encontró el bar Faranduleo para este propósito, y ayer nos estrenamos allí. Pusimos un combo de tres microteatros de J. R. Carralero que a partir de ahora se titulará "Sexo, glamour y jugos gástricos", y que engloba "Sexo en Grupo", "Christian Bale es un gilipollas" y "EnZima de mí". Fuimos a la caja, a probar eso del payaftershow, y nos llevamos una grata sorpresa con "la voluntad" de la gente. Tanto es así que los dueños quieren que volvamos pronto, asegurándonos que la segunda vez irá aún mejor. Si la racha continúa, estaremos también en el IV Festival de Microteatro La Parata con "el gilipollas" y en verano, en Alfacar, con "Mundo Pirata", pero todo a su tiempo. De momento, cierro el ciclo de Telecinco Live el domingo y continúo con mis ensayos y mis movidas. Porque toda esta actividad,  también me aleja de sentirme inquieta ante la posibilidad de reencontrarme en un futuro perfecto con un pretérito imperfecto.
EnZima de mí
Sexo en Grupo
Christian Bale es un gilipollas






lunes, 25 de febrero de 2019

Un día como hoy


Hoy he soñado que soñaba. Dentro de mi sueño, alguien me daba la oportunidad de soñar con lo que yo quisiera, y recuerdo perfectamente cómo me iba quedando dormida y empezaba a soñar (un sueño dentro de otro, creo que no me había pasado nunca). El caso es que recuerdo más el sueño que elegí soñar que el sueño original, del cual sólo alcanzo a distinguir a mi prima pequeña caminando por una calle de Motril que queda justo al lado de la antigua casa de mis abuelos, a mi madre en una cafetería hablando conmigo (¿o hablando de mí?) y poco más. Recuerdo con mucha más claridad, sin embargo, que en ese sueño yo soñaba con alguien y su cara era nítida. Alguien a quien llevo sin ver casi un año entero. Y me lo encontraba en algún lugar, y él estaba exactamente igual a como lo recuerdo y decía las mismas cosas con el mismo tono de voz. Volver a verlo en ese sueño revivió momentos pasados, y la sensación al despertar (al despertar dentro del primer sueño) fue de reproche hacia mí misma. Porque de todas las cosas que podía haber elegido soñar, soñé eso, y me pareció un error. Como sabía que no era real, aproveché para hacer y decir todo lo que quería, pero al “despertar” no me sentí satisfecha. Cuando desperté de verdad esta mañana, la insatisfacción seguía ahí, y ahora era real. La misma frustración, la misma tristeza… pero con la interna serenidad alcanzada tras un año de turbulentas tempestades de agonía. Un día como hoy, hace un año, mi mundo entero se derrumbaba por segunda vez. De esas cosas feas que “tienen” que pasar para que, cierto tiempo después, una entienda el por qué… Ahora el trabajo, el entorno, los amigos, las vivencias conscientes y mejor elegidas, y un futuro esperanzador llenan con más alegría este 25 de febrero.
El sábado pasado comencé a trabajar en Telecinco Live, una expo sobre el mundo de la televisión por dentro que, hasta ahora, sólo podía verse en Madrid. Los actores somos los encargados de guiar al público por las ocho salas, interpretando distintos papeles relacionados con la gente que trabaja delante y detrás de las cámaras y, por supuesto, desde la perspectiva de la cadena en cuestión. No sólo es un trabajo divertido sino que está bien pagado y nos dan todas las facilidades del mundo para combinar horarios de trabajo con otras actividades (como castings o bolos). El 31 de marzo finaliza la expo en Granada y se la llevan a La Coruña, y es posible que me vaya con ellos. Le siguen otras ciudades después, pero veremos primero cómo va todo.
Cuando escribo todo esto, espero que mi yo del futuro y (por qué no) otros lectores lo releamos en momentos bajos, para “aguantar” un poco más y confiar en que pueden venir tiempos mejores por muy negro que se divise el horizonte en el presente. Ojalá mi amigo Raúl hubiera aguantado más. Ojalá hubiera pedido ayuda. Ojalá no se hubiera abandonado. Puede que a veces, el peso que sostenemos sea inaguantable, nos tiemblen las piernas y nos acabe aplastando. Pero antes de dejar que eso ocurra, deberíamos confiar en que alguien nos puede echar una mano y poner el hombro bajo esa enorme piedra. Quizá, entonces, no se nos caiga encima. Sea como sea, abandonar es una opción válida, por dolorosa que nos resulte. Y entiendo, con indefinible terror, que a veces la vida nos está indicando el camino más oscuro para alcanzar por fin la luz. 
Donde quiera que esté, espero que por fin sea feliz.

sábado, 2 de febrero de 2019

Amor público

Mi abuela falleció el 25 de enero sobre las 23:00 de la noche. Dos cosas curiosas (o mágicas) acerca de estos datos es que lo hizo el mismo día que murió mi abuelo, y que a las 23:20 yo tenía un pase en microteatro y le dediqué la función. Sobre lo primero, (aparte del hecho de coincidir en el día, que ya de por sí es curioso) cuando mi abuelo murió hace 9 años, yo escribí un cuento basado en ellos pero con final ficticio, en el que contaba que murieron juntos los dos. Por suerte, disfruté de mi abuela 9 años más, pero que al final acabara muriendo el mismo día como yo lo relaté es, cuando menos, sobrecogedor. Y en relación a lo segundo, habría que estar en mi piel para entenderlo, porque a esa hora “sabía”, aunque no lo supe de verdad hasta que llegué a casa, que ella acababa de morir. Supongo que hay cosas que no sabemos explicar de manera racional y cuando ocurren, ni siquiera nos preocupa buscarle explicación alguna. Creo que “magia” es una palabra bonita y acertada. 
Al final su muerte me supuso un alivio, imagino que el mismo que sentiría ella, porque estando donde estaba, en semejante estado y sin expectativas reales de que la dejaran salir para vivir a gusto el tiempo que le quedara, era sin duda lo mejor (o así lo entiendo yo). Me hubiese gustado saber qué hubiera pasado si a la semana de estar internada, la hubiese podido sacar de allí, llevarla a una clínica privada o que hiciera su vida “normal”; me hubiese gustado que muriera en su casa, calentita en la mesa camilla y hasta el culo de café y buñuelos. Puede que en lugar de un mes y medio, hubiese durado tres semanas, pero las hubiese vivido más feliz que sedada “para que esté tranquila” y con los brazos morados de tanto pincharle cosas. No puedo enfadarme con nadie porque sé que hicieron lo que pudieron, y mi abuela estaría muy agradecida igualmente, pero ojalá me hubieran escuchado más con el corazón que con las orejas, como yo trataba de escucharla a ella.

En estos tiempos en los que se comparte públicamente desde el café con churros que desayunaste por la mañana hasta la noticia más triste del día; si has conseguido ese trabajo o si te ha dejado el novio; que te has levantado con gripe o que tu gato ha escupido una bola de pelo, es difícil saber dónde está el límite de lo ridículo. Tampoco tengo claro por qué hay que comunicar cosas como que estás de vacaciones o que te has reencontrado con tu mejor amiga de la infancia. La era de internet, y sus redes sociales, han fomentado una imperiosa necesidad de expresión que, en multitud de casos, hace más mal que bien. Pero una debe pertenecer a su tiempo y no renegar de “lo moderno” sino darle el uso que le favorezca. 
En un principio, las rrss me parecieron una herramienta útil y necesaria para trabajar: puedes promocionarte, llegar a miles de personas, avisar de cambios, cierres o cancelaciones y acceder a grupos de trabajo relacionados con lo tuyo. En ese sentido, no es raro que aceptemos “amistad” de personas que no conocemos, simplemente porque trabajan en lo mismo que tú o están relacionadas de alguna forma. Pero llega un momento en que los amigos (o familiares) se mezclan con los meros contactos profesionales, y las cosas que compartes no son del interés de todos (hay un botón para seleccionar remitentes pero nadie se toma tantas molestias). Total, una acaba mostrándose tal como es y comparte lo bueno, lo malo, lo profesional y lo cotidiano con absolutamente todos. 
El uso que hacemos de las rrss me resulta bastante absurdo en general, y sin embargo me presto a formar parte de ese juego, convirtiéndome en absurda yo también, porque el beneficio individual suele ser mayor al grado de estupidez colectiva. Sí, hay que adaptarse al tiempo que nos toca vivir, pero yo decido dónde está mi límite. Y no por una autoimposición forzada sino porque sé hasta dónde quiero llegar. Al final, nosotros mismos elegimos qué contar, y cómo, y cuándo. Y muchas veces, hay una razón detrás que no todo el mundo puede entender. Otras veces, casi todas, es pura rutina de actividad social (ahí entra el café con churros que a nadie le importa una mierda o la foto de tu perro mirando al mar que simplemente es “mona”). 

Compartí la noticia de la muerte de mi abuela (como lo he hecho con otros seres queridos) porque creo que tiene más valor que cualquiera de las “gracias” que escribo normalmente, pero además, sí, hay una razón detrás (o varias) y, como he dicho antes, hay cosas que no se pueden explicar y en este caso, aunque se pueda, tampoco se debe. 
Ella es más de la mitad de lo que soy. Quien quiera, que entienda…

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jueves, 24 de enero de 2019

Digamos que todo está bien


Normalmente una se levanta por la mañana, digamos, bien… sin pensar en el pasado ni en el futuro sino viviendo ese famoso “ahora”, el presente, y con la única preocupación de echar el día y cumplir los objetivos previstos. Una se centra en eso sin darse cuenta, y “eso” te hace sentir, digamos, bien. Pero por supuesto, no es un estado continuo. De vez en cuando, aparece una curva en esa carretera recta, y estás más agitada, ya sea por un recuerdo que regresa, por algo que has soñado, o por aquello que está por venir y aún divisas muy lejos de donde estás, y entonces, el bienestar habitual hace un alto en el camino, te deja un espacio de reflexión y te cuenta cosas. Siendo así y estando, digamos, bien, una acepta con cierta satisfacción esa invitación a contemplar desde fuera lo que hay dentro (o lo que hubo, o lo que habrá). No importa si eso te pone triste momentáneamente, o melancólica, o especialmente intensa porque estando, digamos, bien se le puede sacar beneficio, y al fin y al cabo, no ocurre todos los días. 
Yo que soy tan dada a centrifugar pensamientos, ahora que las cosas no duelen, aunque todavía escuezan, me puedo permitir acomodarme en esos estados de melancolía por un rato cuando miro la foto de mi abuela cogiéndome en brazos en mi primer cumpleaños, la jaula vacía de Robin y el collar de Luna colgado en la pared, o una de esas películas con final feliz que sólo me recuerdan que yo no lo tuve. Y luego vuelves al presente y no pasa nada, porque hay mucho que hacer, porque queda esperanza en ciertas cosas, y porque salgo a la calle y en menos de una hora me gasto un dineral en chuminadas varias porque reconozco que soy una víctima del consumismo y las chuminadas me encantan, y porque estoy trabajando y, a pesar de los quebraderos de cabeza que me da la gente que no sabe hacer su trabajo, yo disfruto haciendo lo que hago.
Sigo sin querer saber qué está ocurriendo más allá de mi entorno, aunque sea difícil no enterarse de algún modo. Trato de ignorar lo que soy capaz de controlar, pero algunas cosas se cuelan sin querer, sin que una se dé cuenta, y es entonces cuando tengo que tragar saliva y no dejar que “la emoción” me invada. Pero cada vez me da más igual. Y aunque me cueste reconocerlo, sé que es mejor así, porque estando, digamos, bien… todo está bien.
Este sábado terminamos el mes de microteatro y después me centraré en el bolo que tengo con mi banda el 1 de marzo. Espero que, entre medias, salga alguno de los trabajos a los que he postulado y que me lleven un poco más lejos de aquí. Porque si algo me apetece de verdad es poder romper esa barrera que aún me hace temblar, y que me está privando de volver al lugar al que quiero poder ir sin miedo, y sin fantasmas amenazando alrededor.







lunes, 7 de enero de 2019

Regalo de reyes


El día de reyes siempre me ha parecido un día guay. Cuando mi hermano y yo éramos pequeños, mis padres ponían los regalos por la noche al pie de su cama una vez que nos habíamos dormido. Era la noche más emocionante del año, sin duda. Yo me solía despertar a media noche y me asomaba a la habitación de mis padres, de puntillas para no despertarlos, y ya estaban los regalos allí. Por la mañana, muy temprano, los abríamos. Era el único día que una madrugaba con gusto, y sin poner despertador ni nada. Cuando crecimos lo suficiente, los regalos pasaron a colocarse en la mesa grande del salón. Ya no madrugábamos para eso porque nos habíamos acostado tarde la noche anterior (y en mi caso, además, borracha), pero igualmente hacía ilusión desenvolver paquetes. Cuando ya me instalé en Granada definitivamente y dejé de vivir en casa de mis padres, el procedimiento era el mismo, sólo que mi hermano y yo llegábamos a las 14:00 a casa de mis padres, intercambiábamos regalos y nos íbamos a comer por ahí.
Este año, la navidad ha venido distinta hasta en eso. No tuve cena de nochebuena, no me comí las uvas con las campanadas en nochevieja, y tampoco ha habido regalos de reyes. Mis padres nos citaron directamente en el restaurante donde íbamos a comer, y allí nos dieron unos billeticos a cada uno. Yo sí les llevé un regalo, pero entiendo que con mi abuela en el hospital, había pocas ganas de ir de compras. Así que acepté el dinero con triste resignación y con las mismas, se lo di a Mario para que pagara el alquiler. Una mierda, vaya…
Después de comer, nos fuimos al hospital, y allí pillé a mis tíos por banda, intentando hacerles entender que tienen que sacar a mi abuela de allí. Me he pasado toda la navidad peleando con unos y con otros para que metan presión a los médicos, para que la cambien de hospital y busquen segundas opiniones, para que pregunten lo que no saben y para que “molesten” a las enfermeras todo lo que haga falta. Pero desde Granada, sólo podía enviar audios al grupo familiar de whatsapp, a gritos y llorando, porque no me hacían ni puto caso. Ayer, al menos, conseguí que me escucharan. Mi abuela tiene 84 años, ya está. Le han hecho mil pruebas y no le sacan nada. Se le va la olla por momentos porque tiene demencia, probablemente provocada por la bajada de niveles de sodio y magnesio que fue lo que la llevó al hospital de primeras. Y esa bajada de niveles, es a su vez causa de tanta medicación (que a mi abuela le ha gustado una pastilla siempre más que un caramelo). La demencia se agrava estando en el hospital, y el propio médico sugirió llevarla a casa, pero a todos les da miedo hacerlo. Entiendo el miedo, pero no entiendo que la mantengan allí por eso. Yo les decía que buscaran soluciones, que le pusieran una enfermera en casa, una interna que se ocupe de ella y sepa reaccionar si le pasa algo. Al fin, parece que he conseguido concienciarlos y van a buscar una residencia de ancianos, donde también podemos visitarla como en el hospital, pero que allí la sacan a pasear por los jardines, les ponen la tele, juegan al bingo, hacen ejercicio y hablan con otras personas. La demencia no es reversible y mi abuela ya no volverá a ser la que era. Pero en su mundo, los momentos de confusión se alternan con momentos de lucidez, y en esos momentos sabe dónde está y en qué estado… y sufre. No soy partidaria de mantener a una persona viva a cualquier precio en evidente estado de decrepitud. Se tiene que morir de algo, como todos, y prefiero mil veces que viva dos días más en buenas condiciones, que 10 años enchufada a una vía en contra de su voluntad.
Ojalá, este año, el regalo de reyes tardío sea una vida mejor para ella, en un lugar más bonito que un puto hospital donde tratan a los pacientes como meros enfermos y no como personas, y donde mi abuela se llama 421-1, en vez de llamarse MªCarmen. Y ojalá que cuando esté allí, yo haya cobrado ya mi dinero, y podamos celebrar los reyes, porque pienso comprarme un montón de regalos pa mi coño, y pienso colmarla de regalos a ella. Ojalá que nos juntemos a cenar todos como si fuera 24 de diciembre aunque sea 3 de febrero. Y, sobre todo, ojalá que mi abuela, en ese mundo lejano al que se ha ido a vivir, sea un poco más feliz en la residencia, que le den café de verdad y comida rica y que cuando “vuelva”, en esos momentos fugaces, en lugar de llorar, sonría.