A los que habéis accedido a mi blog atraídos por el título de la entrada, ya podéis dejar de leer porque no va por ahí la cosa. A los demás, os cuento... Siempre hay algo que hacemos por primera vez, pero yo en un año, he hecho por primera vez muchísimas cosas. Y como al año le quedan cuatro días es buen momento para hacer balance.
El 2016 ha sido intenso, ni mejor ni peor, intenso. La palabra es ambigua, lo sé, y abarca mucho... Este año que se nos va me ha brindado la oportunidad de bailar en un escenario, interpretar un micromusical, tocar el ukelele en directo, cantar con un grupo de música, hacer de camarera infiltrada, guiar a turistas por una ruta de tapas, montar a caballo, presentarme a castings publicitarios... y todo por primera vez. Sí, he hecho muchas cosas por primera vez en solo un año y si me pongo a pensarlo bien, tengo hasta mérito. Porque ahora, a toro pasado, una piensa que tampoco es para tanto, pero hay que darle a las cosas el valor que merecen. Sí es para tanto, es para mucho. Hasta pocos segundos antes de hacer todas esas cosas pensaba que no podía, que la iba a cagar, que no era para mí. Sin embargo lo hice, tiré palante, y eso por sí solo ya vale mucho. Tuve dudas, infinitas dudas, con casi todo: "yo no soy bailarina profesional, me va a salir fatal", "yo no voy a poder hacer un micromusical, es mucha tralla, muchos pases, me voy a quedar afónica", "yo no sé qué hace una camarera infiltrada, para qué me meteré en estas cosas", "yo me caigo del caballo seguro, nunca voy a aprender a galopar y menos a saltar", "yo no soy cantante, no puedo afrontar todo un concierto"... Todo eran dudas, todo inseguridad, todo yo misma tal cual... Pero yo misma tal cual también despejo las dudas, también insegura me tiro a la piscina, y con miedo o sin miedo, me animo a hacer lo que haga falta. Tiemblo al principio, pero basta con hacer algo por primera vez para que todo lo malo desaparezca (miedo, dudas, inseguridad, nervios) y a la segunda me vengo arriba. Y no soy la mejor en nada de lo que hago, eso seguro, pero lo hago, y al menos ese mérito me lo voy a reconocer (que siempre me estoy tirando piedras, carajo). Y cabezona que es una, si veo que puedo hacer algo, el siguiente paso es hacerlo mejor, y en eso también me anoto un tanto. Soy muy curranta yo, y eso resulta que se acaba notando. Y sin ser la mejor, consigo no ser mala.
A otro nivel más personal el año ha tenido de todo, pero no como novedad: no me han puteado por primera vez, no me he sentido traicionada por primera vez, no me han dado con la verdad en las narices por primera vez; tampoco me han felicitado por primera vez, ni me he enamorado de tonterías por primera vez, ni me he sentido especial y querida por primera vez. Así que en ese terreno, seguimos como siempre, que al fin y al cabo, es como tiene que ser; la vida sin más. Con sus cosas buenas y sus cosas malas.
Creo que en general ha sido un año de siembra, de aprender a golpes, de valorar y tomar decisiones que no he sabido tomar. Un año de desengaños y de ilusiones corrompidas, que en cualquier caso no cambiaría. Quizás el 2017 toque recoger y todo lo aprendido me sirva para algo.
Pero quedan cuatro días, y el mundo puede cambiar en un segundo en realidad. En estos cuatro días tengo una nueva prima, tengo un bolo en Dólar con Jalea Teatro, y un encuentro que no sé muy bien si hará que me pierda más, pero que estoy deseando descubrirlo. Siempre para mí, para mis adentros, para mi imaginación. El norte queda por allí, lo tengo claro, pero deja que vea lo que hay por este lado... He encontrado muchas respuestas en el fondo del vaso, que si algo bueno tiene, es la sinceridad más sincera. Así que lo mismo hay suerte, y el vino me acompaña en estos últimos días de un año tan intenso, y puedo anotar en la lista otra "primera vez".
miércoles, 28 de diciembre de 2016
miércoles, 14 de diciembre de 2016
Maneras de insistir
Muchas veces he sentido las ganas y la necesidad de abandonar ciertas cosas, de desistir en el empeño de alcanzar algo (o a alguien), pero siempre acabo encontrando razones para continuar. No sé si es una buena cualidad porque a efectos prácticos sería más fácil dejar de tragar y empezar de nuevo cuando notas que algo no funciona. Me gustaría pensar que soy de las que cortan de raíz con cualquier situación o persona que te hacen la vida complicada, pero descubro cada día que estoy lejos de ser así, y no sé si me gusta mucho... en realidad depende de cada caso.
A veces está bien no decaer y ser insistente aunque te golpees con el mismo muro una y otra vez, pero otras veces siento que no es correcto dar mil oportunidades a lo que claramente no te lleva por buen camino. Es una cuestión de percepción intuitiva. Yo insisto en entrar en el circuito de Madrid, me rechazan en los castings, pero no tengo la sensación de estar perdiendo, al contrario, creo que gano algo de cada experiencia y que seguir insistiendo es el único camino para llegar a donde quiero. Pero en otras situaciones, cuando veo que algo no avanza, que me estanca, que me frustra o que me complica la vida, debería ser de las que se plantan, de las que no pasan ni una, de las que no tragan con cualquier cosa, y sin embargo encuentro razones para seguir. Cabezona que es una... porque no es que a mí me guste pasarlo mal o hacer permisiones inadecuadas, pero es tal la necesidad, una necesidad casi espiritual, vital y por supuesto económica, que acabas por cerrar los ojos, la boca, y todos los sentidos, aprietas los puños y tiras palante. Claro que en estos casos va una resignada, sin ilusión, sin expectativas, y eso tarde o temprano acaba por quemar. Supongo que cuando me queme del todo ya no encontraré razón alguna para seguir insistiendo. Ahora mis razones son poderosas, más que mi frustración, pero todos tenemos un límite (el mío debe estar muy lejos...).
La insistencia tiene muchas caras y muchas maneras de actuar. A veces viene en forma pasiva, no motivas algo, no lo generas, no estás encima, y sin embargo salta un resorte dentro de ti cuando llega alguna señal que estimula cómo seguir "ahí", propiciando el momento ideal para alcanzar esa meta. Decir que no y ponerte firme es lo que mejor funciona en estos casos, al menos a mí. Es una negativa camuflada. Soy más orgullosa en lo personal que en lo profesional, claramente. Siempre he dicho que a mí es muy fácil hacerme daño pero es igual de fácil hacerme feliz, así que no sé muy bien en que rango de orgullo me muevo... Lo que sí tengo claro es que el fin debe ser muy valioso para que los medios estén justificados. Algo que no sirve para todo tipo de situación pero sí para algunas.
¿Hasta dónde nos hacemos valer? Yo me valoro menos de lo que debería, pero yo soy yo, y me doy permiso para hacer lo que me dé la gana conmigo misma; no se lo permito a los demás. Y debe estar ahí el motivo de mi descontento a la hora de tragar saliva ante circunstancias y personas que no me dejan ser yo misma, pero que "me hacen falta" de alguna manera. Y entonces hago permisiones que no debería hacer pero que hago a regañadientes por el hecho de insistir. Seguir insistiendo. Insistentemente.
Insisto en seguir subida a un escenario, insisto en ser juzgada en los casting, insisto en esa cita que no llega, insisto en mantener con vida a Luna así me cueste la mía, insisto en domesticar a mi gato y que deje de arañarlo todo, e insisto en quedármelo pese a la alergia que me da. Insisto en personas que valen la pena pero insisto más en que entiendan que yo valgo la pena mucho más (por arrogante que suene), insisto en la felicidad de lo cotidiano aunque no tenga claro si estoy equivocada y la felicidad tiene otro nombre. No insistiré donde claramente no tengo cabida porque eso no es ser insistente, es ser pesado, y la diferencia, aunque sutil, separa una virtud de un defecto. En todo lo demás seguiré inventando maneras de insistir.
jueves, 1 de diciembre de 2016
La vida de "bee"
En mi último viaje a Madrid tuve la suerte de que tanto en la ida como en la vuelta el autobús contaba con tablets y cuando no estaba durmiendo podía ver pelis. Tuve que tragarme un par de bodrios antes de dar con una realmente buena. No pude terminarla así que me la pillé para verla bien al llegar a casa. Se trata de "La Vida de Pi", una de esas pelis que te dejan dándole vueltas al coco, como cuando vi por primera vez "2001. Una Odisea del Espacio". En mi caso, las pelis que me hacen pensar me llevan casi a la obsesión. Estuve varios días, con sus noches, intentando responder a todas las preguntas que me rondaban: ¿existía el tigre?, ¿existía la isla?, ¿existe dios?... ¡¡¿¿¿los plátanos flotan???!! Supongo que a veces la vida nos pone en situaciones extremas de las que solo podemos salir por nosotros mismos, aferrándonos a lo que sea que nos pueda ayudar, ya sea real o imaginario, se llame Dios o Richard Parker, sea válido para los demás o no... y que en el fondo, solo importa lo que signifique para ti, y que cada uno piense lo que quiera. Hay que quedarse con la belleza de las cosas, incluso con la belleza que reside en las peores situaciones, en los peores sentimientos y en lo más feo que nos pueda pasar. Mientras haya colores, sol, música, un pez nadando, estrellas en el cielo, poesía.., hay vida, y encararla es una elección y depende de gustos, genes, inclinaciones y circunstancias. Mejor o peor, la vida es así y nuestras decisiones (voluntarias o involuntarias) nos llevan a la deriva por un mar a veces alborotado y otras veces tan en calma que te puedes reflejar en él, y te ves, y lo entiendes todo. Momentos de lucidez lo llaman. Alguno he tenido.
Y de estas cosas que tiene la vida, me he reencontrado con un viejo amigo. Un chico que conocí con 15 años, cuando estuve de intercambio en Manchester y con el que estuve manteniendo correspondencia durante varios años, hasta que un día se cortó la comunicación. Ahora, casi 20 años después, nos hemos encontrado por Facebook. Vive en un pueblecito del sur de Francia, trabaja de guía turístico, tiene casa, novia y animalitos y está hecho un hombre, aunque se sigue pareciendo a aquel chaval con espinillas que me llevó a ver "Titanic" a un cine inglés e intentó meterme mano. Recuerdo una frase que me escribió en una de nuestras infinitas cartas: "Mientras vivamos bajo el mismo cielo puede que nos volvamos a encontrar", y ahora la tecnología nos ha acercado tanto que sé seguro que nos veremos, tarde o temprano. Es genial comprobar cómo cada uno ha encaminado su vida a lo que le gusta. Él siempre me enviaba fotos de sus escaladas por las montañas, y de los viajes que hacía, y ver que ahora se dedica a hacer eso me ha encantado. Lo mismo le ha pasado a él conmigo, que lo ha flipado al ver que he tirado por el mundo del artisteo. Recuerdo que cuando vinieron los ingleses a Motril hicimos una fiesta en una discoteca y una amiga y yo preparamos una canción, ella al piano y yo cantando. El único que me prestó atención fue él, que me miraba embelesado y con una gran sonrisa en la boca y que cuando terminé aplaudió como un descosido, y me dije que era una artista y que cantaba muy bien, jajaja... críos...
Y es así, la vida te da sorpresas. Como que de pronto te escriba alguien a quien tú ya creías fuera de tu vida, y que se disculpe (más vale tarde que nunca) y que todo ese mal rollo que tenías con ella y que te llevó a echarla de tu vida, desaparezca como si no hubiera pasado nada. Si algo bueno tengo es que no soy rencorosa, aunque a veces me gustaría ser más firme y más fría a la hora de perdonar, aunque solo sea para eliminar la sensación de blandengue que se queda cuando te rindes a las buenas palabras sin recordar las malas acciones. Pero supongo que es mejor ser blandengue que vivir envenenada, y a fin de cuentas, si estoy donde estoy es también por "culpa" de esas malas experiencias que acaban por llevar a cada uno a su lugar. Será un rollo kármico...
Seguramente el 2017 me seguirá dando una de cal y otra de arena, pero la cal y la arena del 2016 ha sido necesaria, y si echo la vista atrás creo que ha sido un buen año aunque apretado a nivel económico y con más desengaños de lo habitual. Así y todo, he logrado superar tantos rollos personales que no cambiaría ni un grano de esa arena (ni de esa cal). Ya estamos en diciembre, y antes de que el año termine me queda un mes entero por llenar. Tengo un nuevo bolo con The Happy Fish y otro con Jalea Teatro, un corto, un videoclip, y me van a entrevistar en EsRadio Granada, donde ya concedí una entrevista para promocionar el último concierto que hice con mi grupo el pasado 26 de noviembre. He aquí la entrevista en cuestión. Y fue a raíz de ella, que me propusieron ir al estudio este mes para una entrevista personal, así que allí estaré hablando un poco de todo lo que me ocupa. Y antes de meterme de lleno en trabajo, este finde me lo dedico al ocio más ocioso, a las relaciones sociales de placer, y a eso de jugar con fuego sin quemarme.
Entrevista en EsRadio Granada. The Happy Fish
lunes, 14 de noviembre de 2016
Brillar en la oscuridad
Hoy tenemos una de esas lunas que llaman "super lunas" y que se ven cada no sé qué panzá de años... Desde mi balcón se aprecia perfectamente como si fuera un foco iluminando la negritud de la noche, brillando en la oscuridad (algo que todos deseamos alguna vez).
Tras mi última experiencia en Madrid me quedé desencantada con esto del "artisteo". Tanta gente detrás de lo mismo, buscando una oportunidad (SU oportunidad), presentándose diariamente a castings y soportando negativas, rechazos, palabras hirientes y la desmotivación que todo ello acarrea. Yo me hice un viaje de ida y vuelta en el mismo día para eso... para encontrarme con una prueba de cámara tonta, a la que se presentaron muchísimas chicas con el mismo perfil que yo y esperando que entre todas ellas, la directora del casting se fijase precisamente en mí. Es como comprar lotería y creer que te va a tocar porque te lo mereces, porque te hace mucha falta o porque llevas mucho tiempo comprando; es una cuestión de azar. Todos quieren (y necesitan) que les toque la lotería. Allí mismo, mientras esperaba a que dijeran mi nombre, conocí a una chica que se había pegado también un viaje de autobús solo para eso (en su caso desde Alicante) y se volvía en cuanto acabara la prueba, igual que yo. Que te vuelvan a llamar tampoco es garantía de nada, al menos en este caso.
Me presenté porque el trabajo (en caso de conseguirlo) está muy bien pagado y necesito dinero, pero el dinero huye de mí... he tenido una segunda oportunidad de ganar pelas con un bolo de los Happy Fish, muy bien pagado también, y he tenido que rechazarlo porque mis compañeros no podían hacerlo ese día. Rodeada como estoy de gente que no piensa como yo, ni tiene las mismas necesidades, ni las mismas aspiraciones, ni nada de nada, pues qué quiero... Con Jalea no vamos mejor (siempre económicamente hablando): esto de ir de legales es un asco, Hacienda se queda con mi dinero, y entre retenciones varias, tantos por ciento a repartir, etc... acabas ganando un mojón.
Así que entre esto de querer destacar y darte cuenta que eres un grano de arena en el desierto, y trabajar para ganar dinero y no ganar una mierda estoy en plena crisis existencial, replanteándome mi vida o, mejor dicho, la forma de tomármela. Mañana tengo otro casting, éste en Granada. Así que sigo comprando lotería, pero ya no espero que me toque, ni espero que reduzcan el 21% de IVA cultural y dejen de robarme, ni espero ganar dinero con la música, ni espero brillar como la super luna. Pero no estoy triste. En realidad tengo más ganas que nunca de trabajar y de aprender. La falta de dinero es un problema pero también me hace apreciar más lo que hago, tomármelo en serio pero sin que eso me afecte negativamente, y me anima a seguir intentándolo. Igual es hora de ponerme en el lugar que me corresponde y empezar a construir una buena escalera en lugar de dar saltos.
Tras mi última experiencia en Madrid me quedé desencantada con esto del "artisteo". Tanta gente detrás de lo mismo, buscando una oportunidad (SU oportunidad), presentándose diariamente a castings y soportando negativas, rechazos, palabras hirientes y la desmotivación que todo ello acarrea. Yo me hice un viaje de ida y vuelta en el mismo día para eso... para encontrarme con una prueba de cámara tonta, a la que se presentaron muchísimas chicas con el mismo perfil que yo y esperando que entre todas ellas, la directora del casting se fijase precisamente en mí. Es como comprar lotería y creer que te va a tocar porque te lo mereces, porque te hace mucha falta o porque llevas mucho tiempo comprando; es una cuestión de azar. Todos quieren (y necesitan) que les toque la lotería. Allí mismo, mientras esperaba a que dijeran mi nombre, conocí a una chica que se había pegado también un viaje de autobús solo para eso (en su caso desde Alicante) y se volvía en cuanto acabara la prueba, igual que yo. Que te vuelvan a llamar tampoco es garantía de nada, al menos en este caso.
Me presenté porque el trabajo (en caso de conseguirlo) está muy bien pagado y necesito dinero, pero el dinero huye de mí... he tenido una segunda oportunidad de ganar pelas con un bolo de los Happy Fish, muy bien pagado también, y he tenido que rechazarlo porque mis compañeros no podían hacerlo ese día. Rodeada como estoy de gente que no piensa como yo, ni tiene las mismas necesidades, ni las mismas aspiraciones, ni nada de nada, pues qué quiero... Con Jalea no vamos mejor (siempre económicamente hablando): esto de ir de legales es un asco, Hacienda se queda con mi dinero, y entre retenciones varias, tantos por ciento a repartir, etc... acabas ganando un mojón.
Así que entre esto de querer destacar y darte cuenta que eres un grano de arena en el desierto, y trabajar para ganar dinero y no ganar una mierda estoy en plena crisis existencial, replanteándome mi vida o, mejor dicho, la forma de tomármela. Mañana tengo otro casting, éste en Granada. Así que sigo comprando lotería, pero ya no espero que me toque, ni espero que reduzcan el 21% de IVA cultural y dejen de robarme, ni espero ganar dinero con la música, ni espero brillar como la super luna. Pero no estoy triste. En realidad tengo más ganas que nunca de trabajar y de aprender. La falta de dinero es un problema pero también me hace apreciar más lo que hago, tomármelo en serio pero sin que eso me afecte negativamente, y me anima a seguir intentándolo. Igual es hora de ponerme en el lugar que me corresponde y empezar a construir una buena escalera en lugar de dar saltos.
lunes, 31 de octubre de 2016
El negro túnel de mis dudas
Muchas y variadas desavenencias inundan mi calma últimamente. No he elegido un trabajo fácil siendo como soy, o más que un trabajo... un estilo de vida. Una suele encaminarse a lo que le gusta y para andar el recorrido evitamos pensar en lo que conlleva, que en mi caso es la falta de dinero, la inestabilidad, la exposición pública (que tiene sus cosas buenas y sus cosas malas)... Tener un sueño no es suficiente, hay que saber cómo alcanzarlo y es ahí donde muchos fallan, o flaquean, o desisten, y también donde otros aciertan, crecen, aprenden y ganan. Entre tanto salto al vacío, delirios de grandeza, ilusiones, desengaños, victorias y derrotas está la persona que camina sobre la cuerda floja. Creo que hay que tener la cabeza muy bien amueblada para soportar lo que llaman "la bohemia" del artista. Algunos lo tienen todo tan claro que llegan a donde quieren sin detenerse en lo que hay alrededor, y otros (entre los que me incluyo) vamos poco a poco, abarcando lo que podemos y cuestionándonos a cada paso si lo hemos hecho bien, si no nos estaremos equivocando, si lo que nos dicen de bueno es realmente bueno o si lo que nos dicen de malo es razón para abandonar.
Personalmente, si hay algo que detesto es la mediocridad y lucho por huir de ella. Por eso cuando alguien hace una buena crítica a mi trabajo no me la termino de creer, y cuando la crítica es mala me planteo toda mi vida. Si fuera una persona más optimista o creyera más en mí, me quedaría siempre con lo bueno, pero reconozco que no es mi caso. Con todo, tengo la suficiente claridad para reconocer mis errores cuando los hay, y mandar al carajo a los que ven errores donde no existen. Siempre he dicho que no hay peor juez que uno mismo y yo sé hasta dónde llego y lo que me falta por alcanzar. Pero a veces viene tanto de golpe que la cuerda floja se hace más floja aún, te echas a temblar y es fácil caerse (o dejarse caer y pasar de sudar sangre).
Recuerdo una vez de pequeña que estaba en el cortijo de mi abuelo y salí con mi tío a jugar por los balates. Mi tío, que solo tiene 4 años más que yo, por lo que también era pequeño entonces, me dijo que no era capaz de meterme por un canal cubierto, pasarlo gateando y llegar al otro extremo. Acepté el reto y comencé a gatear por el canal. Al principio iba bien, pero de pronto me entró miedo. El canal era más largo de lo que esperaba, ya no se veía nada, y empecé a encontrarme ranas, sapos, telarañas y bichos inclasificables que me paralizaron por completo. Quería salir de allí, el túnel se hacía cada vez más estrecho y oscuro, el techo no me dejaba levantar la cabeza y me agarró una claustrofobia brutal. Me puse a llorar y a gritar y quise volver, pero cuando miré atrás no se veía luz, así que pensé que con todo lo que había recorrido ya, la salida debía estar más cerca que la entrada. Avancé todo lo rápido que pude pero me encontré con un montón de fango que me llegaba a los hombros y me impedía el movimiento. Por suerte empecé a ver algo de luz y escuché la voz de mi tío llamándome a lo lejos. Seguí como pude y finalmente salí (a mi tío estuve sin hablarle lo que me duró el cagazo).
A veces pienso que mi vida es un poco igual: un túnel oscuro, inseguro, plagado de obstáculos y bichos y fango; un lugar claustrofóbico que asfixia y te bloquea. Y yo miro atrás y sé que ya no puedo regresar, que es tarde para darse la vuelta, y no me queda otra que seguir avanzando, aunque sea con lágrimas en los ojos, con desesperanza, con la incertidumbre de no saber cuánto me queda por delante, y si llegaré o me quedaré en el camino enterrada en el fango por agotamiento...
Últimamente me he sentido perdida en muchos sentidos. Perdida entre algunos compañeros, perdida en mis determinaciones, perdida entre amistades dudosas y entre proyectos a medias, perdida en la cama y perdida en mí misma. No sé qué clase de prueba es ésta, pero andar a tientas y golpearte a cada paso con un obstáculo distinto acaba por minar hasta la confianza más firme. Y yo, aún perdida, tengo que seguir en pie porque me niego a darle la razón a quien no la tiene y porque me lo debo a mí misma. Pero quizás sea hora de tomar decisiones más acertadas, hora de pararse en medio de la oscuridad y respirar antes de dar el siguiente paso.
En un camino sembrado de dudas no sabe una a qué atenerse... ¿quién tiene razón? ¿quién nos juzga? ¿qué debo hacer? ¿a quién escucho? ¿a quién ignoro? Un psicólogo me diría que la respuesta está dentro de mí (y encima me cobraría por eso...); Bob Dylan dice que está flotando en el aire (que está muy bien para que te den el Premio Nobel de Literatura pero a efectos prácticos no sirve), así que lo mejor será dejar de hacerse preguntas y empezar a plantear respuestas.
Ahora tengo un nuevo inquilino en casa, otro que también andaba perdido... es un gato de apenas dos meses que Mario encontró desorientado por la rotonda que hay debajo de mi casa. Lo siguió hasta el portal, pese a la imponente presencia de Luna, y decidió subirlo a casa. No tenía intención de quedármelo, y sin embargo aquí lo tengo ahora, ronroneando en mi regazo mientras escribo. Es un bicho lindo, aunque será toda una hazaña amigarlo con Luna y evitar que se lastimen mutuamente en el proceso. Le he puesto de nombre Mike, por mi querido Miguel Mateos, aunque es tan enano que prefiero llamarlo Mickey. Así, entre la perra, el agapornis y el gato mi casa está llena de animales perdidos, empezando por su dueña, y vivimos todos bajo el techo de este zoo-ilógico donde la vida parece cobrar más sentido a veces que allá donde reside la lógica exterior, aplastante y enfermiza, infestada de dudas e irremediablemente perdida.
Personalmente, si hay algo que detesto es la mediocridad y lucho por huir de ella. Por eso cuando alguien hace una buena crítica a mi trabajo no me la termino de creer, y cuando la crítica es mala me planteo toda mi vida. Si fuera una persona más optimista o creyera más en mí, me quedaría siempre con lo bueno, pero reconozco que no es mi caso. Con todo, tengo la suficiente claridad para reconocer mis errores cuando los hay, y mandar al carajo a los que ven errores donde no existen. Siempre he dicho que no hay peor juez que uno mismo y yo sé hasta dónde llego y lo que me falta por alcanzar. Pero a veces viene tanto de golpe que la cuerda floja se hace más floja aún, te echas a temblar y es fácil caerse (o dejarse caer y pasar de sudar sangre).
Recuerdo una vez de pequeña que estaba en el cortijo de mi abuelo y salí con mi tío a jugar por los balates. Mi tío, que solo tiene 4 años más que yo, por lo que también era pequeño entonces, me dijo que no era capaz de meterme por un canal cubierto, pasarlo gateando y llegar al otro extremo. Acepté el reto y comencé a gatear por el canal. Al principio iba bien, pero de pronto me entró miedo. El canal era más largo de lo que esperaba, ya no se veía nada, y empecé a encontrarme ranas, sapos, telarañas y bichos inclasificables que me paralizaron por completo. Quería salir de allí, el túnel se hacía cada vez más estrecho y oscuro, el techo no me dejaba levantar la cabeza y me agarró una claustrofobia brutal. Me puse a llorar y a gritar y quise volver, pero cuando miré atrás no se veía luz, así que pensé que con todo lo que había recorrido ya, la salida debía estar más cerca que la entrada. Avancé todo lo rápido que pude pero me encontré con un montón de fango que me llegaba a los hombros y me impedía el movimiento. Por suerte empecé a ver algo de luz y escuché la voz de mi tío llamándome a lo lejos. Seguí como pude y finalmente salí (a mi tío estuve sin hablarle lo que me duró el cagazo).
A veces pienso que mi vida es un poco igual: un túnel oscuro, inseguro, plagado de obstáculos y bichos y fango; un lugar claustrofóbico que asfixia y te bloquea. Y yo miro atrás y sé que ya no puedo regresar, que es tarde para darse la vuelta, y no me queda otra que seguir avanzando, aunque sea con lágrimas en los ojos, con desesperanza, con la incertidumbre de no saber cuánto me queda por delante, y si llegaré o me quedaré en el camino enterrada en el fango por agotamiento...
Últimamente me he sentido perdida en muchos sentidos. Perdida entre algunos compañeros, perdida en mis determinaciones, perdida entre amistades dudosas y entre proyectos a medias, perdida en la cama y perdida en mí misma. No sé qué clase de prueba es ésta, pero andar a tientas y golpearte a cada paso con un obstáculo distinto acaba por minar hasta la confianza más firme. Y yo, aún perdida, tengo que seguir en pie porque me niego a darle la razón a quien no la tiene y porque me lo debo a mí misma. Pero quizás sea hora de tomar decisiones más acertadas, hora de pararse en medio de la oscuridad y respirar antes de dar el siguiente paso.
En un camino sembrado de dudas no sabe una a qué atenerse... ¿quién tiene razón? ¿quién nos juzga? ¿qué debo hacer? ¿a quién escucho? ¿a quién ignoro? Un psicólogo me diría que la respuesta está dentro de mí (y encima me cobraría por eso...); Bob Dylan dice que está flotando en el aire (que está muy bien para que te den el Premio Nobel de Literatura pero a efectos prácticos no sirve), así que lo mejor será dejar de hacerse preguntas y empezar a plantear respuestas.
Ahora tengo un nuevo inquilino en casa, otro que también andaba perdido... es un gato de apenas dos meses que Mario encontró desorientado por la rotonda que hay debajo de mi casa. Lo siguió hasta el portal, pese a la imponente presencia de Luna, y decidió subirlo a casa. No tenía intención de quedármelo, y sin embargo aquí lo tengo ahora, ronroneando en mi regazo mientras escribo. Es un bicho lindo, aunque será toda una hazaña amigarlo con Luna y evitar que se lastimen mutuamente en el proceso. Le he puesto de nombre Mike, por mi querido Miguel Mateos, aunque es tan enano que prefiero llamarlo Mickey. Así, entre la perra, el agapornis y el gato mi casa está llena de animales perdidos, empezando por su dueña, y vivimos todos bajo el techo de este zoo-ilógico donde la vida parece cobrar más sentido a veces que allá donde reside la lógica exterior, aplastante y enfermiza, infestada de dudas e irremediablemente perdida.
martes, 4 de octubre de 2016
Un año de equitación
Más o menos por esta época, el año pasado, empecé mis clases de equitación. Una chica estaba terminando su clase cuando yo llegué el primer día. Estaba saltando obstáculos y me quedé mirándola con admiración y miedo a la vez. Pensé que yo ni de coña iba a hacer eso. Me conformaba con aprender a montar a nivel básico y poco más. Aquello me parecía de competición y yo no aspiraba a tanto. De hecho, mi motivación principal para apuntarme a equitación era ampliar mi CV, añadir una habilidad más, y para eso, con hacer que el caballo se mueva y no caerme, me parecía suficiente...
Recuerdo aquel primer día bastante bien. Hacía calor todavía y las yeguas tenían un millón de moscas alrededor, el olor era raro y por supuesto el pelo de las crines me daba alergia. Javi me enseñó a hacer el nudo para tener atada a la yegua mientras se le ponía la cabezada y la montura, me enseñó cómo colocar todo, y me enseñó todas esas palabrejas extrañas (ahogadero, muserola, estribos, testera...). Hoy todavía me cuesta meterle el filete en la boca a la yegua, ajustar la montura y equilibrar los estribos, pero va saliendo. Me enseñó también que antes de montar hay que preparar al animal: un cepillo para quitarle el polvo del cuerpo, otro para peinar las crines y la cola, y otro chisme para limpiar los cascos. Más adelante también aprendí a bañarlos, que no tiene ninguna ciencia porque básicamente es meterle manguerazos, pero es importante tener cuidado con la cabeza porque se ponen nerviosos si les entra agua en los oídos. Y para darles de comer (una zanahoria, por ejemplo) hay que poner la comida en la palma de la mano y acercarla a su boca para que ellos la cojan; si se la das de otro modo te pueden morder sin querer. Después de llevarme un par de pisotones, también aprendí a tener cuidado con dónde colocar los pies cuando estás al lado del animal. Un pisotón de un bicho que pesa mínimo 400kg hace pupa...
En aquella primera clase me pusieron con Morena, una yegua enorme y la más vieja de las que tienen allí, obediente y poco impulsiva; la mejor opción para principiantes acojonadas como yo. Casi pido una escalera para subirme en lo alto, me parecía dificilísimo encaramarme allí arriba. No sabía dónde agarrarme para no caerme, aquello no tiene cinturón de seguridad, ni arnés ni nada... Javi la tenía cogida con una cuerda así que prácticamente la tenía controlada, pero a mí me temblaban las piernas igual. Me explicó cómo coger las riendas y que sonidos y movimientos son los que "arrancan" al animal. Empezamos poco a poco, al paso, despacito, para ir pillando equilibrio, para entender el contoneo de la yegua a cada paso que da y cómo tu cuerpo acompaña de forma natural. En pocos días empezamos a trotar. Eso de ponerme de pie en los estribos también me parecía de locos, pero es algo que se aprende rápido. Cuando pillas la confianza suficiente lo haces de manera mecánica. Un estrujón con la pierna en el lomo del caballo y se pone al trote, y para ir cómoda, te levantas en cada subida de cuerpo. También está el trote sentado que es más incómodo pero necesario en algunos casos. Con los meses fui perfeccionando la técnica y aprendí también a trotar en suspensión, trotar soltando las riendas, mantener el equilibrio cerrando los ojos, controlar la dirección de la yegua, hacer círculos cerrados, pasar del paso al trote, del trote al paso, parar en seco... Aprendí (y sigo aprendiendo) a colocar bien el cuerpo, las piernas, los brazos, la cadera, a no pegar tirones bruscos, a colocar la espalda recta y relajada y las rodillas sin tensión.
Un día Javi me dijo que ya era hora de galopar. Me entraron todos los sudores del mundo. La primera vez es difícil. Me dijo que me sentara en el trote, que él con la voz le daría la orden a la yegua y que si sentía miedo que me agarrara de las crines o de la parte delantera de la montura, por supuesto sin soltar las riendas. Me costó dar ese paso, pero lo hice, y sí... lo pasé mal. Estaba acostumbrada al movimiento del animal al trote pero al galope cambia, e incluso aunque no corra mucho, la sensación de velocidad es grande. Los primeros días que empezamos a galopar temía caerme y no sé en qué momento empezó a gustarme aquello. Cuando controlas un poco, te das cuenta que al galope se va mucho más cómoda que al trote y quieres correr más, y que no se te pare la yegua y seguir dando vueltas y vueltas.
He montado a cuatro de las yeguas que tienen en el club: Morena, Distinta, Luna y Zambra. Solo me he caído una vez, creo que fue con Distinta, aunque no se puede considerar una gran caída porque lo que pasó es que perdí el equilibrio casi parada, y me deslicé por el lado izquierdo y caí. Pero no lo recuerdo como algo traumático. Javi dice que eso me pasó porque me iba a poner a saltar ese día y me asusté, y el susto me llevó a ponerme nerviosa y perder el equilibrio. Tiene sentido. No salté ese día. Si no vas con confianza es mejor dejarlo. Salté en la siguiente clase. Fue mi primer salto, saltito más bien, pero un salto al galope. Yo había visto hacerlo a mucha gente durante las clases, incluso a niños pequeños, y me fijaba en la postura que adoptaban, levantando el cuerpo y poniéndose en suspensión justo en el momento del salto y "mirando lejos", como siempre dice Javi. Cuando tuve que hacerlo yo no me terminaba de salir y tuve que dar varias vueltas hasta que en una de esas la yegua me hizo caso, se puso al galope y saltó. Insisto, era un salto pequeño, pero fue el primero y salió.
Ha pasado un año... Me he acostumbrado a las moscas cuando hace calor, aquel olor raro ahora me resulta atractivo, no he dejado que la alergia me impida acicalar al caballo por mí mima, y hace dos semanas que empecé a saltar. Aquello que vi el primer día y que tanto respeto me daba lo estoy empezando a hacer sin darme cuenta. Ya tengo la habilidad suficiente para poner en mi CV que monto a caballo, pero ahora quiero seguir. No voy a competir ni nada de eso, pero me encanta montar. Ya no lo hago por CV, lo hago porque me flipa este deporte. Montar me ha dado confianza, equilibrio, afán de superación. Me mantiene en forma y me acerca a un animal que adoro. Me ha quitado miedos y complejos, y me ha servido de terapia en esos momentos feos que todos tenemos y que se curan conectando con otra cosa más fuerte que tú. A veces terminaba las clases pensando "Si puedo hacer esto, puedo hacer lo que quiera".
Seguro que me vuelvo a caer, seguro que en una de esas hasta me hago daño, pero no voy a pensar en lo malo. A fin de cuentas, estamos en peligro todo el tiempo; un día casi muero asfixiada con un kiko, y otra vez me pasó lo mismo con una tostada mientras desayunaba tranquilamente en casa. Así que si es por eso nunca haríamos nada. Y yo tampoco soy tan loca. Tendré cuidado y ya está...
Recuerdo aquel primer día bastante bien. Hacía calor todavía y las yeguas tenían un millón de moscas alrededor, el olor era raro y por supuesto el pelo de las crines me daba alergia. Javi me enseñó a hacer el nudo para tener atada a la yegua mientras se le ponía la cabezada y la montura, me enseñó cómo colocar todo, y me enseñó todas esas palabrejas extrañas (ahogadero, muserola, estribos, testera...). Hoy todavía me cuesta meterle el filete en la boca a la yegua, ajustar la montura y equilibrar los estribos, pero va saliendo. Me enseñó también que antes de montar hay que preparar al animal: un cepillo para quitarle el polvo del cuerpo, otro para peinar las crines y la cola, y otro chisme para limpiar los cascos. Más adelante también aprendí a bañarlos, que no tiene ninguna ciencia porque básicamente es meterle manguerazos, pero es importante tener cuidado con la cabeza porque se ponen nerviosos si les entra agua en los oídos. Y para darles de comer (una zanahoria, por ejemplo) hay que poner la comida en la palma de la mano y acercarla a su boca para que ellos la cojan; si se la das de otro modo te pueden morder sin querer. Después de llevarme un par de pisotones, también aprendí a tener cuidado con dónde colocar los pies cuando estás al lado del animal. Un pisotón de un bicho que pesa mínimo 400kg hace pupa...
En aquella primera clase me pusieron con Morena, una yegua enorme y la más vieja de las que tienen allí, obediente y poco impulsiva; la mejor opción para principiantes acojonadas como yo. Casi pido una escalera para subirme en lo alto, me parecía dificilísimo encaramarme allí arriba. No sabía dónde agarrarme para no caerme, aquello no tiene cinturón de seguridad, ni arnés ni nada... Javi la tenía cogida con una cuerda así que prácticamente la tenía controlada, pero a mí me temblaban las piernas igual. Me explicó cómo coger las riendas y que sonidos y movimientos son los que "arrancan" al animal. Empezamos poco a poco, al paso, despacito, para ir pillando equilibrio, para entender el contoneo de la yegua a cada paso que da y cómo tu cuerpo acompaña de forma natural. En pocos días empezamos a trotar. Eso de ponerme de pie en los estribos también me parecía de locos, pero es algo que se aprende rápido. Cuando pillas la confianza suficiente lo haces de manera mecánica. Un estrujón con la pierna en el lomo del caballo y se pone al trote, y para ir cómoda, te levantas en cada subida de cuerpo. También está el trote sentado que es más incómodo pero necesario en algunos casos. Con los meses fui perfeccionando la técnica y aprendí también a trotar en suspensión, trotar soltando las riendas, mantener el equilibrio cerrando los ojos, controlar la dirección de la yegua, hacer círculos cerrados, pasar del paso al trote, del trote al paso, parar en seco... Aprendí (y sigo aprendiendo) a colocar bien el cuerpo, las piernas, los brazos, la cadera, a no pegar tirones bruscos, a colocar la espalda recta y relajada y las rodillas sin tensión.
Un día Javi me dijo que ya era hora de galopar. Me entraron todos los sudores del mundo. La primera vez es difícil. Me dijo que me sentara en el trote, que él con la voz le daría la orden a la yegua y que si sentía miedo que me agarrara de las crines o de la parte delantera de la montura, por supuesto sin soltar las riendas. Me costó dar ese paso, pero lo hice, y sí... lo pasé mal. Estaba acostumbrada al movimiento del animal al trote pero al galope cambia, e incluso aunque no corra mucho, la sensación de velocidad es grande. Los primeros días que empezamos a galopar temía caerme y no sé en qué momento empezó a gustarme aquello. Cuando controlas un poco, te das cuenta que al galope se va mucho más cómoda que al trote y quieres correr más, y que no se te pare la yegua y seguir dando vueltas y vueltas.
He montado a cuatro de las yeguas que tienen en el club: Morena, Distinta, Luna y Zambra. Solo me he caído una vez, creo que fue con Distinta, aunque no se puede considerar una gran caída porque lo que pasó es que perdí el equilibrio casi parada, y me deslicé por el lado izquierdo y caí. Pero no lo recuerdo como algo traumático. Javi dice que eso me pasó porque me iba a poner a saltar ese día y me asusté, y el susto me llevó a ponerme nerviosa y perder el equilibrio. Tiene sentido. No salté ese día. Si no vas con confianza es mejor dejarlo. Salté en la siguiente clase. Fue mi primer salto, saltito más bien, pero un salto al galope. Yo había visto hacerlo a mucha gente durante las clases, incluso a niños pequeños, y me fijaba en la postura que adoptaban, levantando el cuerpo y poniéndose en suspensión justo en el momento del salto y "mirando lejos", como siempre dice Javi. Cuando tuve que hacerlo yo no me terminaba de salir y tuve que dar varias vueltas hasta que en una de esas la yegua me hizo caso, se puso al galope y saltó. Insisto, era un salto pequeño, pero fue el primero y salió.
Ha pasado un año... Me he acostumbrado a las moscas cuando hace calor, aquel olor raro ahora me resulta atractivo, no he dejado que la alergia me impida acicalar al caballo por mí mima, y hace dos semanas que empecé a saltar. Aquello que vi el primer día y que tanto respeto me daba lo estoy empezando a hacer sin darme cuenta. Ya tengo la habilidad suficiente para poner en mi CV que monto a caballo, pero ahora quiero seguir. No voy a competir ni nada de eso, pero me encanta montar. Ya no lo hago por CV, lo hago porque me flipa este deporte. Montar me ha dado confianza, equilibrio, afán de superación. Me mantiene en forma y me acerca a un animal que adoro. Me ha quitado miedos y complejos, y me ha servido de terapia en esos momentos feos que todos tenemos y que se curan conectando con otra cosa más fuerte que tú. A veces terminaba las clases pensando "Si puedo hacer esto, puedo hacer lo que quiera".
Seguro que me vuelvo a caer, seguro que en una de esas hasta me hago daño, pero no voy a pensar en lo malo. A fin de cuentas, estamos en peligro todo el tiempo; un día casi muero asfixiada con un kiko, y otra vez me pasó lo mismo con una tostada mientras desayunaba tranquilamente en casa. Así que si es por eso nunca haríamos nada. Y yo tampoco soy tan loca. Tendré cuidado y ya está...
UN AÑO DE EQUITACIÓN
viernes, 30 de septiembre de 2016
Lo que vale
Septiembre se acaba y ha dejado tras de sí grandes momentos y momentos horribles. Septiembre de cambios, septiembre de aprendizaje, siempre con mano dura, que la letra con sangre entra; duro maestro septiembre.
Aquel fin de semana previo a mi visita médica, tan lleno de soledad y autocompadecimiento, viendo guadañas en cada esquina de mi casa y envuelta en el triste sentimiento de la inevitable levedad del ser, me dio por recordar con añoranza cómo las cosas bonitas pasan por nuestra vida, se instalan un tiempo y luego se van. A veces cuando se van es porque dejan de ser bonitas, pero esto lo dejo para otra entrada.
Llegó el lunes con una bocanada de esperanza a casi todo lo que me rondaba por la cabeza (casi todo). El médico me dijo que no me preocupara, que más de la mitad de la gente tiene poliquistosis renal sin saberlo porque es algo que nunca da problemas, que no hay ni el más remoto indicio de que pueda tener un fallo renal en el futuro porque mis riñones están perfectos y que descartara de una maldita vez la posibilidad de un cáncer (al menos en esa zona) porque era 100% inviable. Entonces... ¿por qué el dolor? Sí que podía ser arenilla en el riñón, sí que podía ser muscular, sí que podían ser gases, incluso alguna pequeña infección que lo mismo que viene se va... podía ser muchas cosas pero nada que vaya a matarme. Me costó 100 pavos quedarme tranquila pero se los dí besaicos. Aquella molestia abdominal desapareció de pronto. ¿Hipocondríaca yo? La carga genética trae muchas cosas a parte de enfermedades hereditarias... Recuerdo que una vez mi padre se puso a llorar a moco tendido porque hacía tiempo que arrastraba un dolor en la rodilla y un día confesó que no quería ir al hospital porque seguro que le decían que tenía cáncer de rodilla. Yo no entendía nada... ¿cómo podía adjudicarse un cáncer por un dolor en la rodilla? Bueno... he aquí una astilla de tal palo. Por supuesto lo de mi padre era un no sé qué de menisco sin la menor importancia, y por supuesto se le curó cuando lo supo (la mente tiene ese poder), pero si yo soy fatalista tengo, sin duda, a quién salirle.
La noticia de mi inesperada salud de hierro me llenó de tanto optimismo que traté de olvidar (o mejor dicho, dejé pasar) mi descontento hacia la actitud de ciertas personas que, bien por activa en algunos casos, bien por pasiva en otros, me estaban haciendo replantearme mi relación con ellas. Lo dejé pasar, sí... y salimos a celebrarlo con vino peleón y cubatas a 2'50. Pero la alegría duró poco. Mi sexto sentido adivinatorio ya me anunciaba pronta tormenta, y en mitad de ella estoy. Algo más relajada ahora porque al final te acostumbras a vivir mojada, pero no es ni de lejos un momento feliz. De nuevo una situación complicada me llevó al abismo de tomar decisiones, y de nuevo me ví como una oveja entre lobos intentando destrabar mi lengua, con el corazón temblando en la garganta ante el ataque personal de quien menos te lo esperas, siendo cortada una y otra vez, sintiéndome cada vez más sola en la lucha y aguantando miradas de compasión que terminaron por descubrir la fragilidad que nunca quiero mostrar, llevándome a la oscuridad más negra donde no podía encontrar ya palabras en ningún idioma y desvaneciéndome en lo imposible ante dos estatuas de hielo... Recordé entonces dónde estaba, y me pareció escuchar a la vida susurrándome al oído: "Ya te puse varias veces en una situación parecida y no supiste reaccionar. ¡Aprende a hacerlo de una vez!". Pero hay que tener un carácter más frío para saber encarar ciertas cosas con dignidad. Yo flaqueo rápido, no soy buena (ni lo he sido, ni lo seré nunca) para recibir un ataque directo y seguir dando golpes como si nada. A la primera ostia me quiebro, a la segunda me derrumbo y no hay tercera porque no saco fuerzas para levantarme.
Para calmar un poco mi estado de derrota me puse a escribir, y a escribir, y a escribir. Y plasmé mi verdad (esa desde la que siempre hablo aunque rara vez se entienda) en un largo discurso de ideas y sentimientos que obtuvieron como respuesta unos puntos suspensivos que me tienen agonizando, pero que al menos me ha servido de desahogo y me ha mostrado la verdad. La verdad no siempre gusta, de hecho a veces es asquerosa, pero cuanto antes se conozca, mejor... Y en este punto me encuentro, con esa verdad quemándome por dentro, absolutamente perdida, sin saber para dónde tirar, con el cuidado de no dar un paso sin pensarlo antes y conteniendo las ganas de hacer lo que me dictan las tripas que es mandarlo todo al carajo. Y si aún no lo he hecho es porque en esas actitudes pasivas hay mucha estupidez pero no hay maldad (aunque si hay algo que yo odie después de un "listo" es un tonto, pero bueno...) y dentro de esa "estupidez buena" me queda un rayo de esperanza en forma de promesa y quiero agarrarme a ella como último recurso. Con todo, el elemento tóxico activo es un puto bicho malo y sigue ahí... así que al final la respuesta me la acabará dando el corazón, y el corazón nunca elige sufrir.
Estoy desubicada, sí... Pero para mí no es novedad esto de ir a contracorriente. No significa que me guste porque implica mucha soledad, mucha incomprensión y mucha impotencia; por más que grite que yo no soy la que va mal, nunca me escucha nadie. Es como la peli esa de Destino Final en la que el protagonista tiene la visión de que el avión en el que van a viajar se estrella e intenta que los pasajeros lo escuchen, que lo crean y que no se suban. Yo intento salvar algo, algo que también va conmigo, que es parte de mí. No quiero ver cómo todo eso se va a la mierda por el hecho de que no me escuchen. Pero cada uno elige su destino, y yo no elijo estrellarme. Cuando lo hagan ellos se acordarán de mí, aunque para entonces ya, pollas...
De todas formas, en algún punto entre la frustración y la impaciencia, he encontrado mi oasis. Y en él intento mentalmente darme a mí misma el tiempo y el espacio que necesito para encarar la dificultad de una cosa tan simple. Siempre he pensado que las cosas pasan por algo, y es un desgaste de energía muy gordo querer controlar cómo se desarrolla todo. Yo ya he hecho lo que tenía que hacer, aunque me haya costado otra batalla personal perdida, y sé que lo que venga detrás (me guste o no, que ya sé que no) es lo que necesito para ganar la guerra. Lo que jode y lo que duele en el fondo son los soldados caídos en el camino.
Cuando sientes que no te valoran, no queda otra que valorarte tú y valorar lo que de verdad importa. Mi pájaro canta, Luna envejece sana y feliz; Mario me quiere tal como soy, y mis padres me quieren a pesar de cómo soy; mi abuela me llama para decirme que me echa de menos (solo para eso); mis riñones funcionan, y mi hígado, y me funcionan los brazos y las piernas (y por suerte la cabeza, mejor que a muchos); no tengo millones de amigos pero siempre hay alguien que interpreta ese papel cuando lo necesito. Las pequeñeces que me incordian no merecen mucho más que una entrada en este blog. Y lo escribo para leerlo de vez en cuando y recordar que hay lágrimas que valen la pena, y penas que no valen una lágrima.
Aquel fin de semana previo a mi visita médica, tan lleno de soledad y autocompadecimiento, viendo guadañas en cada esquina de mi casa y envuelta en el triste sentimiento de la inevitable levedad del ser, me dio por recordar con añoranza cómo las cosas bonitas pasan por nuestra vida, se instalan un tiempo y luego se van. A veces cuando se van es porque dejan de ser bonitas, pero esto lo dejo para otra entrada.
Llegó el lunes con una bocanada de esperanza a casi todo lo que me rondaba por la cabeza (casi todo). El médico me dijo que no me preocupara, que más de la mitad de la gente tiene poliquistosis renal sin saberlo porque es algo que nunca da problemas, que no hay ni el más remoto indicio de que pueda tener un fallo renal en el futuro porque mis riñones están perfectos y que descartara de una maldita vez la posibilidad de un cáncer (al menos en esa zona) porque era 100% inviable. Entonces... ¿por qué el dolor? Sí que podía ser arenilla en el riñón, sí que podía ser muscular, sí que podían ser gases, incluso alguna pequeña infección que lo mismo que viene se va... podía ser muchas cosas pero nada que vaya a matarme. Me costó 100 pavos quedarme tranquila pero se los dí besaicos. Aquella molestia abdominal desapareció de pronto. ¿Hipocondríaca yo? La carga genética trae muchas cosas a parte de enfermedades hereditarias... Recuerdo que una vez mi padre se puso a llorar a moco tendido porque hacía tiempo que arrastraba un dolor en la rodilla y un día confesó que no quería ir al hospital porque seguro que le decían que tenía cáncer de rodilla. Yo no entendía nada... ¿cómo podía adjudicarse un cáncer por un dolor en la rodilla? Bueno... he aquí una astilla de tal palo. Por supuesto lo de mi padre era un no sé qué de menisco sin la menor importancia, y por supuesto se le curó cuando lo supo (la mente tiene ese poder), pero si yo soy fatalista tengo, sin duda, a quién salirle.
La noticia de mi inesperada salud de hierro me llenó de tanto optimismo que traté de olvidar (o mejor dicho, dejé pasar) mi descontento hacia la actitud de ciertas personas que, bien por activa en algunos casos, bien por pasiva en otros, me estaban haciendo replantearme mi relación con ellas. Lo dejé pasar, sí... y salimos a celebrarlo con vino peleón y cubatas a 2'50. Pero la alegría duró poco. Mi sexto sentido adivinatorio ya me anunciaba pronta tormenta, y en mitad de ella estoy. Algo más relajada ahora porque al final te acostumbras a vivir mojada, pero no es ni de lejos un momento feliz. De nuevo una situación complicada me llevó al abismo de tomar decisiones, y de nuevo me ví como una oveja entre lobos intentando destrabar mi lengua, con el corazón temblando en la garganta ante el ataque personal de quien menos te lo esperas, siendo cortada una y otra vez, sintiéndome cada vez más sola en la lucha y aguantando miradas de compasión que terminaron por descubrir la fragilidad que nunca quiero mostrar, llevándome a la oscuridad más negra donde no podía encontrar ya palabras en ningún idioma y desvaneciéndome en lo imposible ante dos estatuas de hielo... Recordé entonces dónde estaba, y me pareció escuchar a la vida susurrándome al oído: "Ya te puse varias veces en una situación parecida y no supiste reaccionar. ¡Aprende a hacerlo de una vez!". Pero hay que tener un carácter más frío para saber encarar ciertas cosas con dignidad. Yo flaqueo rápido, no soy buena (ni lo he sido, ni lo seré nunca) para recibir un ataque directo y seguir dando golpes como si nada. A la primera ostia me quiebro, a la segunda me derrumbo y no hay tercera porque no saco fuerzas para levantarme.
Para calmar un poco mi estado de derrota me puse a escribir, y a escribir, y a escribir. Y plasmé mi verdad (esa desde la que siempre hablo aunque rara vez se entienda) en un largo discurso de ideas y sentimientos que obtuvieron como respuesta unos puntos suspensivos que me tienen agonizando, pero que al menos me ha servido de desahogo y me ha mostrado la verdad. La verdad no siempre gusta, de hecho a veces es asquerosa, pero cuanto antes se conozca, mejor... Y en este punto me encuentro, con esa verdad quemándome por dentro, absolutamente perdida, sin saber para dónde tirar, con el cuidado de no dar un paso sin pensarlo antes y conteniendo las ganas de hacer lo que me dictan las tripas que es mandarlo todo al carajo. Y si aún no lo he hecho es porque en esas actitudes pasivas hay mucha estupidez pero no hay maldad (aunque si hay algo que yo odie después de un "listo" es un tonto, pero bueno...) y dentro de esa "estupidez buena" me queda un rayo de esperanza en forma de promesa y quiero agarrarme a ella como último recurso. Con todo, el elemento tóxico activo es un puto bicho malo y sigue ahí... así que al final la respuesta me la acabará dando el corazón, y el corazón nunca elige sufrir.
Estoy desubicada, sí... Pero para mí no es novedad esto de ir a contracorriente. No significa que me guste porque implica mucha soledad, mucha incomprensión y mucha impotencia; por más que grite que yo no soy la que va mal, nunca me escucha nadie. Es como la peli esa de Destino Final en la que el protagonista tiene la visión de que el avión en el que van a viajar se estrella e intenta que los pasajeros lo escuchen, que lo crean y que no se suban. Yo intento salvar algo, algo que también va conmigo, que es parte de mí. No quiero ver cómo todo eso se va a la mierda por el hecho de que no me escuchen. Pero cada uno elige su destino, y yo no elijo estrellarme. Cuando lo hagan ellos se acordarán de mí, aunque para entonces ya, pollas...
De todas formas, en algún punto entre la frustración y la impaciencia, he encontrado mi oasis. Y en él intento mentalmente darme a mí misma el tiempo y el espacio que necesito para encarar la dificultad de una cosa tan simple. Siempre he pensado que las cosas pasan por algo, y es un desgaste de energía muy gordo querer controlar cómo se desarrolla todo. Yo ya he hecho lo que tenía que hacer, aunque me haya costado otra batalla personal perdida, y sé que lo que venga detrás (me guste o no, que ya sé que no) es lo que necesito para ganar la guerra. Lo que jode y lo que duele en el fondo son los soldados caídos en el camino.
Cuando sientes que no te valoran, no queda otra que valorarte tú y valorar lo que de verdad importa. Mi pájaro canta, Luna envejece sana y feliz; Mario me quiere tal como soy, y mis padres me quieren a pesar de cómo soy; mi abuela me llama para decirme que me echa de menos (solo para eso); mis riñones funcionan, y mi hígado, y me funcionan los brazos y las piernas (y por suerte la cabeza, mejor que a muchos); no tengo millones de amigos pero siempre hay alguien que interpreta ese papel cuando lo necesito. Las pequeñeces que me incordian no merecen mucho más que una entrada en este blog. Y lo escribo para leerlo de vez en cuando y recordar que hay lágrimas que valen la pena, y penas que no valen una lágrima.
viernes, 16 de septiembre de 2016
Simples mortales
Desde siempre me he quejado de la mala herencia genética que me dejó mi familia. Lo hacía un poco en tono sarcástico y jamás le di importancia porque al fin y al cabo eran trivialidades. Que si la nariz, que si la boca, que si la mala circulación, que si estoy plana, que si las orejas están muy despegadas... Eran cositas que me preocupaban porque yo siempre me fijaba en lo malo, claro. "He heredado todo lo malo, mamá", y mi madre se reía; yo también lo decía riendo. Se trataba solo de rasgos físicos, que cuando eres chica es lo que te preocupa, y a pesar de todo... "qué bonica ha salio la niña". A medida que creces vas aprendiendo a "ordenar" esos defectos, a camuflarlos y si tienes un poquito de gracia, hasta les sacas partido. Hoy ya no me quejo tanto de esas cosas. Cuando creces te preocupas más de otro tipo de herencias: mi boca es un desastre y perderé dientes, me quedaré sorda como mi abuela, y lo último es que alguien me ha dejado una poliquistosis renal. Esa era la dolencia de este verano (nada de cólico nefrítico) y aunque parece no ser nada grave es algo que con los años puede derivar a fallo renal. Así que al final acabaré siendo una vieja sorda y desdentada, con las piernas llenas de varices y que no podrá andar porque le fallará la rodilla derecha. Y estaré sentada en mi butaca esperando la llamada para un trasplante de riñón que llegará cuando ya no me queden ganas de vivir. Y eso suponiendo que llegue a vieja. ¿A qué edad se hace una vieja? No quisiera verme nunca así, y tal como viene funcionando la sanidad en este país, quizá lo consiga. No me dan cita para el urólogo por la seguridad social. Llevo un mes esperando y me dicen que de momento no pueden atender a nadie. Vuelvo a tener molestias en el abdomen, ahora sé lo que tengo, pero no sé cómo tratarlo. He tenido que recurrir a la medicina privada porque no me hace ninguna gracia que me digan "si te hubiesen atendido antes sería menos grave, pero ahora...". Porque se supone que no es tan malo lo que tengo pero me he informado y sí sé que empeora con los años, que si no te tratan cuanto antes puede derivar en cosas más chungas y últimamente solo me llegan malas noticias de gente que conozco y que se ha muerto (o se está muriendo). No lo puedo soportar... nos morimos, eso lo acepto, pero la enfermedad no la soporto. No soy buena para encarar el sufrimiento. Soy de las que prefieren morir joven que vivir muchos años enferma y no acepto que el remedio sea peor que la enfermedad. Nos creemos indestructibles, pero basta un pequeño síntoma para recordarnos que somos simples mortales y que hoy estás aquí pero mañana igual no. Me pongo en manos de un especialista no para que me salve la vida (eso no lo puede hacer nadie), lo hago para que lo que me quede lo pase bien, sin dolores. Me da igual morir mañana o dentro de 40 años, pero mientras esté viva quiero estar bien. Si me quedo sorda me pondré un aparato para oír, y si se me caen los dientes me haré implantes, pero si me falla el riñón no puedo hacer nada sino confiar en que el urólogo haga que eso ocurra lo más tarde posible y sin dolor. Y a los que me decís que siempre escribo cosas "malas"... es verdad, pero ya lo he explicado varias veces. Yo escribo para curarme, para soltar lo feo, hablo de lo que me da miedo, de lo que me disgusta... Lo bueno no lo escribo, lo celebro en un bar; no soy de ir contando miserias por ahí, me las quedo yo y las suelto aquí como una terapia de autoayuda. También he compartido cosas buenas, solo que quizás no le he dado el halo de profundidad que me sale cuando algo me incomoda. Me pasan cosas buenas, claro. De hecho me siento privilegiada de estar donde estoy, haciendo lo que me gusta y haciéndolo no muy mal, creo... El próximo miércoles toco con mi banda en el pub Magic a las 22:00h y los dos últimos bolos que hicimos el pasado fin de semana salieron muy bien (especialmente el del domingo en el Restaurante El Peñón de Salobreña), dentro de poco estreno con Juan Megías "La Curiosidad Mató al Gato", y mientras movemos "El Desvarío" vamos a empezar a mirar una nueva obra con Jalea Teatro. Estas cosas son las que me animan a seguir y me empujan a hacer lo que sea para tener buena salud, como pagar un médico privado que me va a sacar los ojos pero que por suerte mis padres se pueden permitir ese gasto (yo no podría). Si empezamos a morir desde que nacemos más vale que la transición sea bonita y cuando llegue la hora de irse poder decir que has hecho lo que tenías que hacer y a tu manera.
Mi nuevo videobook 2016
"The Happy Fish" en la Vintage Pool Party (Festival Swing Monachil 2016)
Vídeo realizado por Jorge Onieva
Tema: "Crazy People"
Mi nuevo videobook 2016
"The Happy Fish" en la Vintage Pool Party (Festival Swing Monachil 2016)
Vídeo realizado por Jorge Onieva
Tema: "Crazy People"
martes, 13 de septiembre de 2016
Be water, my friend
Las corrientes de aire ya empiezan a colarse por las rendijas de la ventana trayendo consigo un otoño temprano. Ya no apetece estar desnuda en casa y menos aún en la playa. Se va acabando la época de pies negros, sábanas en el suelo, pelusas volando al son del ventilador, helados con películas, duchas sin gastar butano, paseos nocturnos y tobilleras. La bajada de temperatura me enfría la cabeza, que no el corazón, y puedo ver y actuar de acuerdo a la realidad. Una realidad que guste o no, dañe o no dañe, es la única que hay. Mi corazón caliente me lleva a comerme al primer hijo de puta que ose poner un dedo encima a lo que más quiero; mi cabeza fría me dicta cómo hacerlo sin perder la dignidad (y sin ir a la cárcel). Me he dado cuenta de que somos un mero reflejo en los demás, un reflejo de nosotros mismos. Que aquel que piensa que la gente es mala, es porque aquel es malo. El ser yo "inocente" con la bondad ajena me deja en buen lugar pero no me exime de sufrir los complejos de otros, aunque sea de manera indirecta. El veneno que lleve cada uno no me lo trago, pero a veces salpica y la única solución es mantener a la serpiente alejada para que no la tengas que matar. Y si esto trae consigo alguna desdicha no será mayor que el dejarse apabullar.
Septiembre ha llegado (tanto que lo ansiaba) con nuevas lecciones de urbanidad, con promesas de un cambio a mejor, con el examen de repesca preparado retándome a subir nota. Mostrándome la doble cara del demonio y la doble cara de dios y animándome a jugar al quién es quién. Y una sigue creciendo a palos sin merecer más que un hilo de cordura en la jungla de una cabeza que desearía seguir siendo inocente pero que sabe que de ser así se la comen los leones. Y hay que crecer aunque no queramos, y aprender a templar la sangre, y ganar batallas con el diccionario.
Son las 17:30. Dicen que va a llover. Creo que nada me apetece más...
Empty your mind, be formless, shapeless...like water.
You put water into a bottle, it becomes the bottle.
You put water into a teapot, it becomes the teapot.
Water can flow, or it can crash.
Be water, my friend...
(Bruce Lee)
Septiembre ha llegado (tanto que lo ansiaba) con nuevas lecciones de urbanidad, con promesas de un cambio a mejor, con el examen de repesca preparado retándome a subir nota. Mostrándome la doble cara del demonio y la doble cara de dios y animándome a jugar al quién es quién. Y una sigue creciendo a palos sin merecer más que un hilo de cordura en la jungla de una cabeza que desearía seguir siendo inocente pero que sabe que de ser así se la comen los leones. Y hay que crecer aunque no queramos, y aprender a templar la sangre, y ganar batallas con el diccionario.
Son las 17:30. Dicen que va a llover. Creo que nada me apetece más...
Empty your mind, be formless, shapeless...like water.
You put water into a bottle, it becomes the bottle.
You put water into a teapot, it becomes the teapot.
Water can flow, or it can crash.
Be water, my friend...
(Bruce Lee)
viernes, 26 de agosto de 2016
Agosto o revienta
Agosto llegó azotando fuerte con la noticia de la muerte de Miguel, y no ha ayudado el ambiente enrarecido que circula a mi alrededor. Está siendo un mes largo, por suerte cerca ya de morir, y a excepción de alguna buena película, los libros y este rincón de mi casa del que me he apropiado, no ha habido nada realmente bueno (salvo la presencia, siempre maravillosa e indispensable para mi bienestar, de Robin, Luna y Mario). A pesar de todo, disfruto mucho el tiempo libre y la ausencia de compromisos sociales. En septiembre comenzará de nuevo la movida, los ensayos apresurados con The Happy Fish para tres bolos que tenemos cerrados de momento: el 9 en La Chistera de Monachil, el 10 en El Higo y el 21 en el pub Magic. Pero hay algo más inminente. Este domingo, 28 de agosto a las 20:30h, ponemos con Jalea Teatro "El Desvarío" en el Teatro Mira de Amescua de Guadix. Un bolo para el que me estoy preparando a conciencia y que me tiene de lo más entretenida. Resuelta ya a simplificar mi vida y mis relaciones, intento al menos esmerarme en lo profesional, "complicarme" con el trabajo (que además me da satisfacción), y dedicar mi atención al mero placer de las pequeñas cosas. Con el mes que se viene espero juntar algo de dinero, porque agosto también ha sido precario en ese sentido. Lo de reventar quizás lo deje para más adelante con las conversaciones pendientes, las discusiones sobre cosas indiscutibles, la bajada de fichas a más de uno y mis luchas constantes contra gigantes que no llegan a molinos y que no está mal que sepan que lo sé...Leyendo ahora "Las Bicicletas son para el Verano" me recuerda que yo la mía no la he cogido ni un solo día. Me estresa menos salir a pasear que cargar con semejante chisme que ni entra en el ascensor. Ahora hace buen tiempo para caminar, un ratito antes de que empiece a oscurecer, cuando ha bajado el calor. Una forma de mantener activas mis piernas hasta que retome las clases de equitación en un par de semanas. Vendrá todo junto en poco tiempo, sí... por eso aprovecho esta bendición de soledad que algo de bueno trae al desorden interior del largo y cálido verano.
Trailer "El Desvarío" de Jalea Teatro
| Rueda de prensa en Guadix con Jalea Teatro |
sábado, 20 de agosto de 2016
En sueños
Cajas amontonadas en un escenario. Cables enredados por el suelo. El reloj no marca la hora exacta. Papeles esturreados. Hace calor. Estoy nerviosa, inquieta, cabreada, con la sensación tantas veces vivida de no estar preparados. No sé dónde está la ropa. Aún no me he maquillado. Falla todo. Los instrumentos no suenan, las voces tampoco. Yo no tengo voz, nadie me escucha. Salgo de allí. Tengo que buscar algo fuera pero me pierdo por el camino. Me cruzo con la gente que espera en la puerta para entrar y salgo corriendo. No quiero que me vea nadie (...)
Intento llegar a un acuerdo pero no sé qué hacer para que me entiendan. Nadie parece escucharme. Estoy sola. Me intento apoyar en mi amigo pero él no me hace caso. Está serio. No quiere saber nada, no quiere escuchar. Amenazas (...)
Otro amigo; otro sordo. Le hablo enfadada pero ni siquiera me mira. No nota mi presencia. Lloro pero no hay consuelo de nadie. No es para tanto (nunca es para tanto) y siguen a lo suyo y yo a lo mío, a seguir llorando. Me llegan gritos de ese amigo pero ahora yo no quiero escuchar. Me voy. Lo dejo todo atrás (...)
Estos sueños los he tenido ya varias veces en las últimas semanas, pero con variaciones... a veces son los chicos del grupo, otras veces los de la compañía, incluso una vez no reconocía ninguna cara. El caso es que al despertar me siento agobiada y me entra un poco de ansiedad hasta que vuelvo a dormirme (o hasta que despierto del todo y se me olvida).
Sé que en estos sueños hay algo de realidad y mucho de inseguridad propia. En cuanto siento el más mínimo indicio de inestabilidad mi cerebro crea sus propias pesadillas. Algo que seguro tiene que ver con mi pesimismo innato y una desconfianza hacia casi todo(s) que he ido desarrollando a fuerza de experiencias en las que la vida me ha puesto desde siempre. Supongo que estoy acostumbrada a que nada dure demasiado, a que todo tenga una fecha de caducidad, un tiempo limitado. Ese pensamiento me lleva a estar a la defensiva siempre, sin ni siquiera proponérmelo; es un mecanismo que está en mí y se activa solo.
Desde pequeña nunca he tenido muchos amigos. En el colegio solo tuve una mejor amiga. Con 11 o 12 años nos empezamos a juntar con otras tres chicas y las cinco nos hicimos bastante amigas, al menos mientras tuvimos intereses comunes. Al llegar al instituto nos separamos, y allí conocí a otra mejor amiga que me duró hasta el segundo año de carrera y luego también desapareció. En Granada me relacioné con muchísima gente y empecé a tener más mejores amigos que mejores amigas, pero también fueron pasando de largo. En general nunca he sido buena para relacionarme con la gente. Ahora lo hago mucho mejor, quizás porque no busco hacer amigos, y cuando no buscas, encuentras... La amistad es un concepto muy amplio y seguramente mi error fue siempre querer encorsetarlo. Ahora tengo un par de buenos amigos y muchísimos amiguitos con los que salir por ahí. Quizás la distinción está en que con los amigos puedes compartir algunas cosas (unas cervezas con unos, una charla con otros...) y con los mejores amigos lo compartes absolutamente todo. Pero al final de los finales, y muy en el fondo del fondo, la realidad es que estamos solos. Me atrevo a generalizar, aunque básicamente estoy hablando de mí. No está mal que a veces pasen cosas que nos hagan recordar esto. Antes me quejaba mucho, pero aprendí a llevarme bien conmigo misma y a no necesitar "tener" a alguien. Es una buena forma de evitar malos ratos, y además me deshago de la parte egoísta de pretender que todos estén para mí cuando yo no puedo estar para todos. Aprendí, a lo largo de los años, que amistad y compañerismo son conceptos distintos, que uno no excluye al otro, pero que son independientes de por sí y por tanto se pueden dar por separado. En eso he basado mis relaciones desde que empecé a hacer teatro y sé muy bien quiénes son amigos, quiénes son compañeros y quiénes son ambas cosas. Me falta distinguir mejor quiénes no son ni lo uno ni lo otro, pero voy progresando. Adelantarme a los acontecimientos me ha puesto a veces en situaciones muy feas a nivel emocional, pero la realidad es que hasta la fecha mi intuición no me ha fallado nunca. Otra cosa es que me guste lo que me cuenta, porque cuando no me gusta tiendo a ignorarla para no creer "la verdad" y me invento excusas para seguir adelante en ese terco empeño de que algo salga a mi gusto.
No sé qué me dicen mis sueños últimamente, pero supongo que mi subconsciente me quiere preparar para algo que puede que pase o puede que no, pero que por si acaso, me previene. Y todo debido a un cúmulo de experiencias pasadas de las que para bien o para mal aprendemos. Cuando está nublado puede llover. Quizás no lo haga, pero nosotros salimos con paraguas por si acaso. Es un poco lo mismo... A veces noto el cielo nublado a mi alrededor (las actitudes de unos, las circunstancias de otros, los problemas que surgen porque sí, la falta de comunicación...) y puede que se quede todo en eso, en un cielo nublado que después se despeja sin más, pero si le da por llover estaré preparada, porque la vida me ha enseñado a reconocer las señales de tormenta y muchas veces me ha pillado el chaparrón desnuda en mitad de la nada, calándome hasta los huesos y teniendo que superar el frío y la enfermedad. Cuando esto ya te ha pasado, no te atreves a salir de casa sin mirar antes por la ventana, y con todo, puede llegar un temporal en cualquier momento pillándote desprevenida. Ahí no hay nada que hacer, pero sabiéndolo de antemano, no te vas a arriesgar al desafío porque normalmente se pierde...
Siempre me agarro a pensar que hoy todo va bien y lo que pase mañana no quiero saberlo. Nunca dejaré de pelear por lo que quiero, pero si de últimas algo no depende de mí, que al menos me quede la satisfacción de haber llegado hasta el final de esa fecha límite que parecen tener las cosas, dándolo todo siempre de la mejor manera que sé, mirando por mí y por ende por mis compañeros (y/o amigos) para que la recompensa sea compartida, al igual que se comparten las miserias. Se trata, más allá de los juegos de dados, de ser fiel a una misma por encima de la fidelidad que profeses a los demás. La palabra final la tendrá el destino de cada uno.
Intento llegar a un acuerdo pero no sé qué hacer para que me entiendan. Nadie parece escucharme. Estoy sola. Me intento apoyar en mi amigo pero él no me hace caso. Está serio. No quiere saber nada, no quiere escuchar. Amenazas (...)
Otro amigo; otro sordo. Le hablo enfadada pero ni siquiera me mira. No nota mi presencia. Lloro pero no hay consuelo de nadie. No es para tanto (nunca es para tanto) y siguen a lo suyo y yo a lo mío, a seguir llorando. Me llegan gritos de ese amigo pero ahora yo no quiero escuchar. Me voy. Lo dejo todo atrás (...)
Estos sueños los he tenido ya varias veces en las últimas semanas, pero con variaciones... a veces son los chicos del grupo, otras veces los de la compañía, incluso una vez no reconocía ninguna cara. El caso es que al despertar me siento agobiada y me entra un poco de ansiedad hasta que vuelvo a dormirme (o hasta que despierto del todo y se me olvida).
Sé que en estos sueños hay algo de realidad y mucho de inseguridad propia. En cuanto siento el más mínimo indicio de inestabilidad mi cerebro crea sus propias pesadillas. Algo que seguro tiene que ver con mi pesimismo innato y una desconfianza hacia casi todo(s) que he ido desarrollando a fuerza de experiencias en las que la vida me ha puesto desde siempre. Supongo que estoy acostumbrada a que nada dure demasiado, a que todo tenga una fecha de caducidad, un tiempo limitado. Ese pensamiento me lleva a estar a la defensiva siempre, sin ni siquiera proponérmelo; es un mecanismo que está en mí y se activa solo.
Desde pequeña nunca he tenido muchos amigos. En el colegio solo tuve una mejor amiga. Con 11 o 12 años nos empezamos a juntar con otras tres chicas y las cinco nos hicimos bastante amigas, al menos mientras tuvimos intereses comunes. Al llegar al instituto nos separamos, y allí conocí a otra mejor amiga que me duró hasta el segundo año de carrera y luego también desapareció. En Granada me relacioné con muchísima gente y empecé a tener más mejores amigos que mejores amigas, pero también fueron pasando de largo. En general nunca he sido buena para relacionarme con la gente. Ahora lo hago mucho mejor, quizás porque no busco hacer amigos, y cuando no buscas, encuentras... La amistad es un concepto muy amplio y seguramente mi error fue siempre querer encorsetarlo. Ahora tengo un par de buenos amigos y muchísimos amiguitos con los que salir por ahí. Quizás la distinción está en que con los amigos puedes compartir algunas cosas (unas cervezas con unos, una charla con otros...) y con los mejores amigos lo compartes absolutamente todo. Pero al final de los finales, y muy en el fondo del fondo, la realidad es que estamos solos. Me atrevo a generalizar, aunque básicamente estoy hablando de mí. No está mal que a veces pasen cosas que nos hagan recordar esto. Antes me quejaba mucho, pero aprendí a llevarme bien conmigo misma y a no necesitar "tener" a alguien. Es una buena forma de evitar malos ratos, y además me deshago de la parte egoísta de pretender que todos estén para mí cuando yo no puedo estar para todos. Aprendí, a lo largo de los años, que amistad y compañerismo son conceptos distintos, que uno no excluye al otro, pero que son independientes de por sí y por tanto se pueden dar por separado. En eso he basado mis relaciones desde que empecé a hacer teatro y sé muy bien quiénes son amigos, quiénes son compañeros y quiénes son ambas cosas. Me falta distinguir mejor quiénes no son ni lo uno ni lo otro, pero voy progresando. Adelantarme a los acontecimientos me ha puesto a veces en situaciones muy feas a nivel emocional, pero la realidad es que hasta la fecha mi intuición no me ha fallado nunca. Otra cosa es que me guste lo que me cuenta, porque cuando no me gusta tiendo a ignorarla para no creer "la verdad" y me invento excusas para seguir adelante en ese terco empeño de que algo salga a mi gusto.
No sé qué me dicen mis sueños últimamente, pero supongo que mi subconsciente me quiere preparar para algo que puede que pase o puede que no, pero que por si acaso, me previene. Y todo debido a un cúmulo de experiencias pasadas de las que para bien o para mal aprendemos. Cuando está nublado puede llover. Quizás no lo haga, pero nosotros salimos con paraguas por si acaso. Es un poco lo mismo... A veces noto el cielo nublado a mi alrededor (las actitudes de unos, las circunstancias de otros, los problemas que surgen porque sí, la falta de comunicación...) y puede que se quede todo en eso, en un cielo nublado que después se despeja sin más, pero si le da por llover estaré preparada, porque la vida me ha enseñado a reconocer las señales de tormenta y muchas veces me ha pillado el chaparrón desnuda en mitad de la nada, calándome hasta los huesos y teniendo que superar el frío y la enfermedad. Cuando esto ya te ha pasado, no te atreves a salir de casa sin mirar antes por la ventana, y con todo, puede llegar un temporal en cualquier momento pillándote desprevenida. Ahí no hay nada que hacer, pero sabiéndolo de antemano, no te vas a arriesgar al desafío porque normalmente se pierde...
Siempre me agarro a pensar que hoy todo va bien y lo que pase mañana no quiero saberlo. Nunca dejaré de pelear por lo que quiero, pero si de últimas algo no depende de mí, que al menos me quede la satisfacción de haber llegado hasta el final de esa fecha límite que parecen tener las cosas, dándolo todo siempre de la mejor manera que sé, mirando por mí y por ende por mis compañeros (y/o amigos) para que la recompensa sea compartida, al igual que se comparten las miserias. Se trata, más allá de los juegos de dados, de ser fiel a una misma por encima de la fidelidad que profeses a los demás. La palabra final la tendrá el destino de cada uno.
Cuando vayan mal las cosas como a veces suelen ir,
cuando ofrezca tu camino sólo cuestas que subir,
cuando tengas poco haber pero mucho que pagar,
y precises sonreír aun teniendo que llorar,
cuando ya el dolor te agobie y no puedas ya sufrir,
descansar acaso debes pero nunca desistir.
cuando ofrezca tu camino sólo cuestas que subir,
cuando tengas poco haber pero mucho que pagar,
y precises sonreír aun teniendo que llorar,
cuando ya el dolor te agobie y no puedas ya sufrir,
descansar acaso debes pero nunca desistir.
Tras las sombras de la duda,
ya plateadas ya sombrías,
puede bien surgir el triunfo,
no el fracaso que temías,
y no es dable a tu ignorancia figurarse cuan cercano,
puede estar el bien que anhelas y que juzgas tan lejano, lucha,
pues por más que en la brega tengas que sufrir.
ya plateadas ya sombrías,
puede bien surgir el triunfo,
no el fracaso que temías,
y no es dable a tu ignorancia figurarse cuan cercano,
puede estar el bien que anhelas y que juzgas tan lejano, lucha,
pues por más que en la brega tengas que sufrir.
¡Cuando todo esté peor, más debemos insistir!
Si en la lucha el destino te derriba,
si todo en tu camino es cuesta arriba,
si tu sonrisa es ansia satisfecha,
si hay faena excesiva y vil cosecha,
si a tu caudal se contraponen diques,
Date una tregua, ¡pero no claudiques!
"Porque en esta vida nada es definitivo,
toma en cuenta que: todo pasa, todo llega y todo vuelve"
Si en la lucha el destino te derriba,
si todo en tu camino es cuesta arriba,
si tu sonrisa es ansia satisfecha,
si hay faena excesiva y vil cosecha,
si a tu caudal se contraponen diques,
Date una tregua, ¡pero no claudiques!
"Porque en esta vida nada es definitivo,
toma en cuenta que: todo pasa, todo llega y todo vuelve"
(R. Kipling)
viernes, 5 de agosto de 2016
Cartas a Mike
1 de agosto de 2016, Granada (19:30h)
Querido Miguel
Hace un par de horas que me dieron la noticia y llevo desde entonces
intentando pensar en ello, no como un hecho real, sino como algo sujeto a
suposiciones. Porque no puede ser cierto. Y la sola idea de que lo sea me ha
inundado de lágrimas hasta el punto de necesitar parar de llorar porque los
ojos se me estaban cayendo a base de restregones. Me agarré a la negación y
decidí hacer como si nada. Todo estaba normal, como siempre. No había malas
noticias. ESO no había pasado. Saqué a mi perra, me duché y me tiré en el sofá
a leer, en un triste intento de evadir los pensamientos con ese endurecimiento
hipócrita que buscamos para esquivar el dolor. Las palabras fatídicas que
llegaron para entorpecer mi alegría resonaban en mi cabeza al más mínimo
despiste de concentración ociosa, y esas palabras acudían a mis ojos en forma
de más lágrimas, llevándome al abismo de frustración e impotencia que trataba, en
vano, de burlar con la lectura y la negación.
Querido Miguel, te has ido sin despedirte, sin hacer ruido, saliendo de
puntillas por la puerta de atrás. Te has muerto solo, tal como te gustaba
vivir, sin llamar la atención; sin llamar "por no joder". La última
vez que hablamos me dijiste que nos veíamos poco, y tenías razón. Pero en eso
compartimos la culpa; tú por no llamar nunca, yo por la misma razón. Nos
parecíamos tanto... El viernes fue el último día de la temporada en La Tertulia
y quise pasar, pero por circunstancias me quedé en casa esa noche. Fue la
última vez que se te vio con vida. Ojalá me hubieras enviado uno de tus escasos
mensajitos diciendo "Boluda, ¿te vienes a jugar al truco, o qué?".
Pero no lo hiciste. Y quizás si lo hubieras hecho, me hubiese quedado en casa
igual, por pereza. En cualquier caso, no te perdono que te hayas ido así. Ahora mismo,
con la rabia chorreándome por las mejillas, no siento pena por tu muerte sino
la pena egoísta de quedarme aquí sin ti, en este inmenso vacío que me has
dejado. Porque no sé cómo acostumbrarme ahora a no oír esa voz ronca
contando historias, anécdotas de una vida pasada que yo escuchaba con
ensimismamiento como si el universo me estuviera regalando algo. No sé cómo
podré algún día volver a jugar al truco sin tenerte enfrente haciéndome señas o
dándome patadas por debajo de la mesa (con alguna caricia para que no me
enfade). Nunca me planteé que pudieras faltar porque una no piensa en esas
cosas. Y ahora que no estás, no encuentro las palabras para expresar lo mucho
que te quiero y la falta que me haces. Aunque nos viéramos poco, saberte
ahí, cercano, respirando en algún lado, al alcance de una llamada, era todo lo
que necesitaba de ti. Jamás te reproché (y si lo hice era para joderte) que no
me llamaras "nunca".
Querido Miguel, has sido un gran amigo a
pesar de todas nuestras peleas. Nunca me has mentido, ni me has traicionado, ni
me has hecho daño a conciencia. En pocas personas he podido confiar tanto en mi
vida. Fue contigo con quien hablé cuando me vi atrapada y no tenía siquiera las
palabras para contarle a nadie lo que me pasaba. Pero contigo no hacía falta
hablar… lo entendías todo porque te veías reflejado en mí, igual que yo me reconocía
en tu espejo. Fue por ti en gran parte que ahora soy actriz, fue por ti que
maduré, y leí los libros que me faltaban (aún me quedan muchos), y vi las
películas imprescindibles, y aprendí a apreciar el jazz y el tango, a beber
bourbon y Fernet, a tratar a la gente como se merece, a no aparentar. Y fuiste
un ejemplo de sabiduría, de eterna juventud, de respeto. Nos peleábamos a veces, es verdad, porque eras obstinado, testarudo y
arrogante, y siempre querías quedar por encima de mí. Pero de vez en cuando me
permitías alguna licencia, me dabas la razón en voz baja, incluso me admirabas.
No te costaba decirme que me querías “Te quiero, boluda” y dedicarme una
sonrisa y compartir un Jim Beam con cerveza para que yo también te quisiera a
ti, a pesar de que fueras duro conmigo. Y yo te quería igual,
incluso te quería mas por ser así, tan tajante, y serio y crudo, pero con un
fondo de increíble sensibilidad que no mostrabas abiertamente, pero que me
mostraste a mí, haciéndome cómplice de por vida. Me confiaste secretos, me
contaste penas y alegrías, te vi afligido (nunca llorando) y te vi reír, y
emborracharte, y ponerte enfermo, y te vi bailar. Y sabes bien, que desde mis
ojos veía mucho más de lo que veían otras personas y eso te gustaba y por eso
me querías; y por eso yo te quería a ti. La última vez que
hablamos me dijiste que te ibas a comprar una casita en el norte para pasar
tranquilo los años que siguieran a tu jubilación. Pues bien al norte que te has
ido, carajo, y de tranquilidad ni hablamos...
2 de agosto de 2016, Granada (00:15h)
Querido Miguel
Acabo de llegar de La Tertulia, en donde se ha reunido un montón de gente
para brindar y dedicarte el último adiós, pero no he aguantado ni cinco
minutos. Yo no quería ir a La Tertulia para despedirme de ti porque no quería
despedirme, porque no me sentía capaz de llegar allí y que tú no estuvieras, y
porque sabía que mi esfuerzo por mantenerme entera, aún llorando en soledad por
momentos, se iría al carajo en cuanto me encontrara con los demás. No quería
ir, no quería derrumbarme otra vez, pero en el último momento pensé que si
Tato, quien claramente es uno de los más damnificados por la cotidianidad de
vuestro día a día, había sido capaz de reunir
las fuerzas suficientes para abrir el bar y
convocar a todo el mundo, yo al menos tenía que intentarlo. En
el camino iba pensando que quizás la tristeza compartida ayudaba a secar las lágrimas
y hacía menos cruel el hueco de tu ausencia, que quizás los abrazos
transmitían algún tipo de calma al corazón, que quizás entre todos
fuera más fácil aceptar esta mierda, pero no ha sido así. No para mí.
Las lágrimas ajenas doblaban las mías, lo abrazos temblorosos me
derrumbaban, las palabras cariñosas me hacían más débil, y todo eso
era justo lo que quería evitar. Me cuesta mucho ser fuerte, no me gusta que me
vean llorar, y me duele el estómago si veo llorar a los demás. Estaba
claramente en el sitio equivocado. Tuve que salir de allí. La primera vez di
una vuelta corta, pasé por tu puerta y solo pude mirar de reojo porque temía
encontrarme tu espectro en la escalera. Me senté en un banco y respiré, y lloré
más, para poder volver a La Tertulia con los ojos secos. Se me acercó un señor
italiano de avanzada edad para preguntarme si estaba bien (lo que era una clara
pregunta retórica) y por un momento pensé que me habías mandado a alguien. Pero
el tipo solo dijo que era de Milán y que era profesor y se fue sin más. Volví. Pero no podía quedarme, y salí escopeteada después de besar a Tato y a alguno más
que encontré en el camino. Salí con la cabeza agachada para que nadie me
parara, para no ver más caras tristes y para no seguir en esa agonía que me
estaba asfixiando. Me fui caminando a casa y controlé el reloj. Media hora, Miguel.
Media hora de tu casa a la mía, andando a paso ligero. Podías haber venido,
sobre todo ahora que habías tomado el saludable hábito de caminar una hora
diaria y pasar del taxi. Media hora de ida, media hora de vuelta y ya tenias tu
hora hecha. Pero siempre pasaba algo. Retrasábamos el momento como si el tiempo
fuera eterno, como si "dejarlo para mañana" no tuviera mayor
importancia. Si no es hoy será otro día, no pasa nada. Un día de estos... pues
se nos ha acabado el tiempo, viejo. Ni yo he pasado por tu casa a recoger el
cartel de tango, ni tú por la mía a compartir un almuerzo, como estaba
planeado.
2 de agosto de 2016, Granada (20.15h)
Querido Miguel
Hoy a las 18.00 te han incinerado. Por deseo de tus hijos el acto se ha
hecho en la intimidad familiar, así que no he estado allí para presenciarlo. Y
me alegro… tras la experiencia de anoche, no me apetecía enfrentarme de nuevo a
la pena colectiva, a las lágrimas ajenas, al destrozo general de tanta gente
que te quería y que iba a estar allí para ese último adiós. Una vez me dijiste
que en estas situaciones te sentías incómodo, que la procesión va por dentro y
que ver llorar a los demás hacía que saliera y no te gustaba pasar por eso. Así
que sé que entiendes mi postura de mantenerme alejada del tumulto funerario,
porque también en eso coincidíamos.
A las 17.00 me acosté para no estar
consciente durante el momento de tu cremación y torturarme con imágenes
terroríficas de un cuerpo en llamas que ya no siente el calor del fuego. Contra
todo pronóstico, lo conseguí; dormí profundamente. En un momento desperté los segundos justos para darme la vuelta y seguir durmiendo, y en esos instantes se me ocurrió mirar el reloj digital luminoso que tengo frente a la cama.
Eran las 18.00 en punto. Recuerdo que sonreí y en seguida me dormí otra vez hasta casi las
19.30. Nunca he creído en estas cosas, pero que justo a las 18.00 se me abrieran los ojos para volver a
cerrarlos segundos después me pareció cosa de magia, como si hubieras querido
decirme “Ya es la hora, me voy. Tú sigue durmiendo”.
Me he levantado con una
renovada visión de los hechos. He entendido que en lugar de estar triste por un
amigo que se ha ido lo que tengo que hacer es pasar más tiempo con los que aún
están aquí. Aprovecharlos y cuidarlos mientras estén, para no tener que
lamentarme cuando se vayan de no haber pasado más momentos juntos. He llamado a
mi abuela, he quedado con Willy para tomar vino y he decidido no darle más
poder al mañana, porque mañana no existe. Tu muerte me ha servido para
anticiparme a la vida.
Querido Miguel, no puedo acabar esta carta sin darte las gracias por todo
lo compartido. Guardo como un tesoro infinidad de momentos juntos, jugando al
truco hasta cerrar el bar, y en los buenos tiempos, cuando no había horario de
cierre, aquella vez que se nos hizo de día y nos fuimos a desayunar. Recuerdo
especialmente aquel mes de mayo cuando aún estabas recuperándote de tu ruptura
y desnudaste el alma para contarme con detalle cómo te sentías y el esfuerzo
que hacías cada día para estar mejor. Recuerdo la vez que me invitaste a tu
casa (creo que fue la primera) y me recibiste en bata, cocinaste arroz basmati
y luego me leíste un cuento tuyo. Recuerdo otra noche, tú tirado en un sofá y
yo en otro, hablando de la vida, y recuerdo con claridad aquella frase que me
encantó oír de tu boca “La verdad es que he tenido una buena vida”, y lo
dijiste de verdad a pesar de las adversidades con las que todos nos encontramos
en el camino. Recuerdo la noche de San Juan en el río Dílar comiendo milanesas
en la oscuridad con una linternita parpadeando. Recuerdo un paseo por el pantano
de Cubillas donde nos contaste que en un tiempo estuviste viviendo por allí.
Recuerdo tu gigantesca biblioteca y lo ordenada que la tenías y recuerdo que
pensé que algún día yo quería tener una igual. Conservo, por supuesto, los dos
libros que me regalaste por mi cumpleaños para contribuir a ella. Recuerdo nuestras
charlas por Messenger, “Tinta Negra”, y recuerdo que una vez me rescataste de
un capullo con bastón que me estaba molestando en la barra de La Tertulia, y
que aquella fue de las primeras veces que empezamos a hablar tú y yo. Recuerdo
las partidas de damas chinas, tus instrucciones sobre medicina, por qué sabe mejor
el bourbon con cerveza, el Fernet con Cocacola y el mate amargo. Recuerdo tus historias
de pescador, de tu etapa como cineasta, de por qué empezaste a escribir cuentos,
de las mujeres que pasaron por tu vida; tus relatos de los viajes por África,
por Argentina, por Chile, por medio mundo… Recordar está bien, aunque traiga
consigo la añoranza que inunda de nuevo mis ojos. Se nos han quedado cosas
pendientes y eso me llena de rabia, pero ante la imposibilidad de hacer algo al
respecto solo me queda resignarme, aceptarlo y procurar que no me pase con
otras personas.
Ven a verme alguna vez y cuéntame cómo se está por ahí (en sueños, por
favor, no te me aparezcas en plan fantasmilla de negro cuando esté andando por
el pasillo porque me da un patatús). Tú eras ateo, pero déjame que yo fantasee
con algún lugar donde volver a verte, con o sin dioses alrededor. Me alegra
saber que te fuiste con un beso mío en la boca (siempre nos besábamos así) porque quizás nadie más te besó
en la boca desde que lo hice yo pocos días antes de tu partida, en la puerta del bar, con algún borracho alrededor. Me alegro de
que a pesar del año que pasamos sin hablarnos, se arreglara todo de golpe, sin
rencores, tragándonos ambos el orgullo de esperar a que sea el otro quien diera
el primer paso. Pero me cuesta pensar que no te volveré a ver en La Tertulia,
donde ya has dejado el enorme hueco de tu ausencia para siempre.
Espéranos con Rino, con la baraja preparada y el vaso lleno, porque iremos
llegando todos, cada uno a su tiempo, para seguir la partida. Pero a mi espérame
a parte, porque si te di el último beso cuando te fuiste también quiero darte
el primero cuando llegue.
P.D. Compenso que no tengo fotos de 2013 (ay...) con dos de 2007 que fue nuestro gran año.
P.P.D. TE QUIERO
| 2006 |
![]() |
| 2007 |
| 2007 |
| 2009 |
| 2008 |
| 2010 |
| 2011 |
| 2012 |
![]() |
| 2014 |
![]() |
| 2015 |
lunes, 1 de agosto de 2016
Letras
Hace unos años, cuando mi abuelo falleció, empecé a escribir algo parecido a un cuento largo con aspiraciones de novela corta y cuyo título era lo único que tenía claro: La Jarrilla de Lata. Como muchas veces en mi vida, empecé aquella empresa con arrebato y urgencia, con unas ganas desmedidas de documentarme sobre una historia familiar que se remontaba a mis bisabuelos y de cuya unión surgió un inmenso árbol genealógico con sus ramificaciones imposibles que no había por dónde agarrarlo. También como muchas veces en mi vida, cuando se me pasó el frenesí del momento, acabé abandonando a medias aquel empeño al verme rodeada de un millón de folios escritos, con sus anotaciones ilegibles en los márgenes, fechas, datos, nombres y apellidos, que intenté pasar a limpio para ordenar las ideas en capítulos y darle cierta forma, pero que resultó un trabajo demasiado lento para la prisa que yo tenía por ver aquello encaminado en algo parecido a una historia coherente con su principio, su trama y su final. Había demasiadas cosas que se me escapaban, puesto que no soy escritora ni tengo intención de serlo, pero siempre que he querido hacer algo he dedicado mucho esfuerzo y empeño en hacerlo bien, y en esta ocasión no me sentía preparada para encarar la construcción digna de un libro, a pesar de que nunca lo concebí para ser comercializado sino para tenerlo como un recuerdo familiar que como mucho leyeran mis parientes.
A pesar de que el futuro libro no salga nunca del círculo de los más allegados, en aquellos momentos decidí que si lo hacía lo hacía bien porque seguramente sería lo único en condiciones que escribiría en mi vida a parte de algún cuento mediocre y este insulso blog que uso a modo de diario. Lo dejé reposar hasta hoy. De vez en cuando se me ocurre alguna descripción graciosa, o recuerdo alguna anécdota de las muchas que me han contado sobre antepasados que nunca conocí, y lo anoto para que no se me olvide con la intención de darle forma algún día. Tengo incluso dos cintas de casete de mi abuelo (no el que murió sino el otro, que ya ha muerto también), al que un día visité con pastelitos y grabadora en mano, hablándome de la guerra, que a él lo pilló con 12 años, y desvelándome innumerables anécdotas de lo que fue casi un siglo de vida.Tendría que leer tres veces más de lo que leo para escribir si quiera un capítulo decente, y con todo el ajetreo de ensayos, bolos y demás, leer es lo último que hago. En verano aprovecho el inmenso tiempo libre que me brinda el parón estival para ponerme más al día con la lectura, y cuando doy con alguna novela apasionante de las que te enganchan sin remedio me digo que eso es lo que yo quiero escribir; algo que atrape, que se lea con facilidad y que pasado un tiempo tengas ganas de releerlo como si fuera la primera vez.
Recuerdo que le conté a una amiga la idea, cómo quería desarrollarla, el enfoque que me apetecía darle y ella, sin decir nada, me sonrió. Unos días después, por mi cumpleaños, apareció por casa y me trajo de regalo un libro. "Te va a gustar", me dijo. Era La Casa de los Espíritus, de Isabel Allende. Cuando lo acabé, entendí a qué vino aquella sonrisa y aquel regalo. Me estaba diciendo claramente que lo que yo quería hacer ya existía y mucho mejor, seguramente. Pero no me desanimé porque, al fin y al cabo, Allende tampoco había inventado nada nuevo... ya existía Cien Años de Soledad. Y a pesar de las similitudes, son dos libros diferentes, narrados con diferentes voces y que cuentan lo que quieren contar, solo que Gabriel llegó primero. Es difícil ser original. A veces parece que ya está todo inventado, pero pienso que las cosas que vienen de dentro tienen que salir aunque se parezcan "sospechosamente" a otras. Yo no había leído La Casa de los Espíritus cuando concebí mi idea y es cierto que prácticamente era lo mismo que yo quería hacer, incluso desde las voces narrativas de los personajes, pero Isabel llegó primero. Y si a ella no le importó que se le adelantara Gabriel ¿por qué me iba a importar a mí que se me adelantara ella? Más aún cuando yo ni siquiera tengo intención de vender libros... Así que seguí adelante y en ello estoy.
A mí me gusta escribir por escribir, es un hobby, no lo hago como un trabajo sino por la mera satisfacción de hacerlo. Escribir me cura de muchas cosas, me activa la imaginación, me permite "volar", y es algo que vengo haciendo desde los 11 años. El ejercicio de escribir se adapta mucho a mi personalidad, hace que me lleve mejor con mi soledad y a veces, en contadas ocasiones, me ha brindado la oportunidad de rozar momentos de inspiración absoluta que te elevan por encima de lo terrenal y te da esa sensación de inmortalidad que acompaña a las artes. En esa sensación quise basar mi vida y busqué un oficio que me lo permitiera, y subirme a un escenario o darle vida a un personaje me ha llevado por ese camino, a pesar de lo duro que se hace desde el punto de vista económico. Pero no lo cambio... mientras pueda sobrevivir así, así seguiré.
Hace aproximadamente un mes, me llegó una carta para ofrecerme la medalla de oro al mérito otorgada por el Foro Europa 2001 (una amiga me había recomendado), y por supuesto la rechacé. No solo porque hay que pagar por ella (lo cual ya tira para atrás) sino porque no creo ser merecedora de ningún tipo de premio a un mérito que no es tal. Si tengo mérito por algo es por hacer malabares con el dinero que nunca me alcanza para nada. Y además, si alguna vez me premian por algo quiero sentir que me lo he ganado y no esta cosa rara de pagar por una medalla que se acerca más al postureo que a otra cosa (con todos mis respetos a quien la haya aceptado, incluyendo la chica que me recomendó). Mi empeño ahora está puesto en alcanzar una posición digna con mi trabajo, y rechazar aquello que no me aporte satisfacción. En este sentido el término es amplio pero tengo claro lo que busco en cada cosa y estoy aprendiendo, poco a poco, el valor de poner límites a los delirios ajenos y propios.
A pesar de que el futuro libro no salga nunca del círculo de los más allegados, en aquellos momentos decidí que si lo hacía lo hacía bien porque seguramente sería lo único en condiciones que escribiría en mi vida a parte de algún cuento mediocre y este insulso blog que uso a modo de diario. Lo dejé reposar hasta hoy. De vez en cuando se me ocurre alguna descripción graciosa, o recuerdo alguna anécdota de las muchas que me han contado sobre antepasados que nunca conocí, y lo anoto para que no se me olvide con la intención de darle forma algún día. Tengo incluso dos cintas de casete de mi abuelo (no el que murió sino el otro, que ya ha muerto también), al que un día visité con pastelitos y grabadora en mano, hablándome de la guerra, que a él lo pilló con 12 años, y desvelándome innumerables anécdotas de lo que fue casi un siglo de vida.Tendría que leer tres veces más de lo que leo para escribir si quiera un capítulo decente, y con todo el ajetreo de ensayos, bolos y demás, leer es lo último que hago. En verano aprovecho el inmenso tiempo libre que me brinda el parón estival para ponerme más al día con la lectura, y cuando doy con alguna novela apasionante de las que te enganchan sin remedio me digo que eso es lo que yo quiero escribir; algo que atrape, que se lea con facilidad y que pasado un tiempo tengas ganas de releerlo como si fuera la primera vez.
Recuerdo que le conté a una amiga la idea, cómo quería desarrollarla, el enfoque que me apetecía darle y ella, sin decir nada, me sonrió. Unos días después, por mi cumpleaños, apareció por casa y me trajo de regalo un libro. "Te va a gustar", me dijo. Era La Casa de los Espíritus, de Isabel Allende. Cuando lo acabé, entendí a qué vino aquella sonrisa y aquel regalo. Me estaba diciendo claramente que lo que yo quería hacer ya existía y mucho mejor, seguramente. Pero no me desanimé porque, al fin y al cabo, Allende tampoco había inventado nada nuevo... ya existía Cien Años de Soledad. Y a pesar de las similitudes, son dos libros diferentes, narrados con diferentes voces y que cuentan lo que quieren contar, solo que Gabriel llegó primero. Es difícil ser original. A veces parece que ya está todo inventado, pero pienso que las cosas que vienen de dentro tienen que salir aunque se parezcan "sospechosamente" a otras. Yo no había leído La Casa de los Espíritus cuando concebí mi idea y es cierto que prácticamente era lo mismo que yo quería hacer, incluso desde las voces narrativas de los personajes, pero Isabel llegó primero. Y si a ella no le importó que se le adelantara Gabriel ¿por qué me iba a importar a mí que se me adelantara ella? Más aún cuando yo ni siquiera tengo intención de vender libros... Así que seguí adelante y en ello estoy.
A mí me gusta escribir por escribir, es un hobby, no lo hago como un trabajo sino por la mera satisfacción de hacerlo. Escribir me cura de muchas cosas, me activa la imaginación, me permite "volar", y es algo que vengo haciendo desde los 11 años. El ejercicio de escribir se adapta mucho a mi personalidad, hace que me lleve mejor con mi soledad y a veces, en contadas ocasiones, me ha brindado la oportunidad de rozar momentos de inspiración absoluta que te elevan por encima de lo terrenal y te da esa sensación de inmortalidad que acompaña a las artes. En esa sensación quise basar mi vida y busqué un oficio que me lo permitiera, y subirme a un escenario o darle vida a un personaje me ha llevado por ese camino, a pesar de lo duro que se hace desde el punto de vista económico. Pero no lo cambio... mientras pueda sobrevivir así, así seguiré.
Hace aproximadamente un mes, me llegó una carta para ofrecerme la medalla de oro al mérito otorgada por el Foro Europa 2001 (una amiga me había recomendado), y por supuesto la rechacé. No solo porque hay que pagar por ella (lo cual ya tira para atrás) sino porque no creo ser merecedora de ningún tipo de premio a un mérito que no es tal. Si tengo mérito por algo es por hacer malabares con el dinero que nunca me alcanza para nada. Y además, si alguna vez me premian por algo quiero sentir que me lo he ganado y no esta cosa rara de pagar por una medalla que se acerca más al postureo que a otra cosa (con todos mis respetos a quien la haya aceptado, incluyendo la chica que me recomendó). Mi empeño ahora está puesto en alcanzar una posición digna con mi trabajo, y rechazar aquello que no me aporte satisfacción. En este sentido el término es amplio pero tengo claro lo que busco en cada cosa y estoy aprendiendo, poco a poco, el valor de poner límites a los delirios ajenos y propios.viernes, 8 de julio de 2016
Promo
Para que quede en el recuerdo, dejo aquí los enlaces a las entrevistas que nos hicieron a Jalea Teatro en Cadena Ser, Canal Sur Radio y Onda Cero por el estreno de "El Desvarío".
También nos dedicaron una página en "El Ideal".
Siempre he querido tener una compañía propia en la que poder decidir, aportar y compartir TODO lo que rodea a un montaje teatral. Lo logré, sin final feliz, cuando monté mi primera compañía Meigas Teatro, una compañía que surgió de la nada y llegó lejos en su corta vida. Pero en este caso yo no pude decidir, ni aportar, ni compartir nada. Caí en un lugar equivocado y me rodeé de personas que no tenían nada que ver conmigo. Tanto era así que me echaron; sí ¡de mi propia compañía! Por suerte, aquella ostia me impulsó lejos y fui a caer en otra compañía, la cual me llevó a otra y ésta a otra y así hasta el día de hoy. Meigas Teatro murió en cuanto me fui, y mentiría si digo que no me alegré. La única de las cinco que hoy es actriz soy yo. Cuando me echaron del grupo no solo frustraron mis deseos de serlo, también me frustraron como persona. Me atacaron como un grupo de hienas alrededor de una mesa diciéndome todo lo que había hecho mal y por qué no encajaba con ellas. Parece ser que al final ellas también desencajaron unas con otras... c'est la vie.
No pongo la mano en el fuego por Jalea Teatro porque desgraciadamente que un grupo salga adelante no depende del deseo de una sola persona, y no puedo hablar por mis compañeros. Hasta ahora estamos funcionando bien. Haber estrenado "El Desvarío", cuando hace un año ni siquiera hubo interés en montar nada (de hecho los compañeros no interesados se quedaron al margen del grupo) y los que parecía que tenían algún tipo de interés no se mataban para que saliera, para mí es un logro. El mismo que haber sacado adelante The Happy Fish, con quienes también hace un año que empezamos los ensayos y pasaron por el grupo dos chicas que después se fueron, creando dudas, ganas de abandonar y ese tipo de cosas... Es como una ruleta rusa emocional confiar en cada proyecto que te metes. Algunos salen bien y con otros te vuelas los sesos.
Si algo deseo ahora mismo es que estos dos proyectos (que SÍ han salido bien) tengan larga vida. Hoy tengo una compañía de teatro profesional y mi propio grupo de música. Llevo soñando con esto desde que era un maldito moco y me ponía a cantar en mi habitación a grito pelao y a recrear escenas de películas yo sola, con mi hermano como único público (porque lo obligaba, que para eso soy la hermana mayor). En fin, que ahora que lo tengo, sólo espero mantenerlo muchos años. Si no fuera así, ya buscaría la forma de tragar saliva y seguir adelante porque no queda otra ¿no? Pero, la verdad, sería triste... Era por eso, entre otras muchas cosas, por lo que me parecía tan feo morirme ahora; AHORA que tengo todo lo que siempre he querido. Así que voy a ser optimista y disfrutar de todo esto mientras dure (aunque a mí el optimismo no me dura más de diez minutos, qué le voy a hacer, je...).
Web de JALEA TEATRO: www.jaleateatro.wix.com/jalea
Web de THE HAPPY FISH: www.swinghappyfish.wix.com/thehappyfish
También nos dedicaron una página en "El Ideal".
Siempre he querido tener una compañía propia en la que poder decidir, aportar y compartir TODO lo que rodea a un montaje teatral. Lo logré, sin final feliz, cuando monté mi primera compañía Meigas Teatro, una compañía que surgió de la nada y llegó lejos en su corta vida. Pero en este caso yo no pude decidir, ni aportar, ni compartir nada. Caí en un lugar equivocado y me rodeé de personas que no tenían nada que ver conmigo. Tanto era así que me echaron; sí ¡de mi propia compañía! Por suerte, aquella ostia me impulsó lejos y fui a caer en otra compañía, la cual me llevó a otra y ésta a otra y así hasta el día de hoy. Meigas Teatro murió en cuanto me fui, y mentiría si digo que no me alegré. La única de las cinco que hoy es actriz soy yo. Cuando me echaron del grupo no solo frustraron mis deseos de serlo, también me frustraron como persona. Me atacaron como un grupo de hienas alrededor de una mesa diciéndome todo lo que había hecho mal y por qué no encajaba con ellas. Parece ser que al final ellas también desencajaron unas con otras... c'est la vie.
No pongo la mano en el fuego por Jalea Teatro porque desgraciadamente que un grupo salga adelante no depende del deseo de una sola persona, y no puedo hablar por mis compañeros. Hasta ahora estamos funcionando bien. Haber estrenado "El Desvarío", cuando hace un año ni siquiera hubo interés en montar nada (de hecho los compañeros no interesados se quedaron al margen del grupo) y los que parecía que tenían algún tipo de interés no se mataban para que saliera, para mí es un logro. El mismo que haber sacado adelante The Happy Fish, con quienes también hace un año que empezamos los ensayos y pasaron por el grupo dos chicas que después se fueron, creando dudas, ganas de abandonar y ese tipo de cosas... Es como una ruleta rusa emocional confiar en cada proyecto que te metes. Algunos salen bien y con otros te vuelas los sesos.
Si algo deseo ahora mismo es que estos dos proyectos (que SÍ han salido bien) tengan larga vida. Hoy tengo una compañía de teatro profesional y mi propio grupo de música. Llevo soñando con esto desde que era un maldito moco y me ponía a cantar en mi habitación a grito pelao y a recrear escenas de películas yo sola, con mi hermano como único público (porque lo obligaba, que para eso soy la hermana mayor). En fin, que ahora que lo tengo, sólo espero mantenerlo muchos años. Si no fuera así, ya buscaría la forma de tragar saliva y seguir adelante porque no queda otra ¿no? Pero, la verdad, sería triste... Era por eso, entre otras muchas cosas, por lo que me parecía tan feo morirme ahora; AHORA que tengo todo lo que siempre he querido. Así que voy a ser optimista y disfrutar de todo esto mientras dure (aunque a mí el optimismo no me dura más de diez minutos, qué le voy a hacer, je...).
Web de JALEA TEATRO: www.jaleateatro.wix.com/jalea
Web de THE HAPPY FISH: www.swinghappyfish.wix.com/thehappyfish
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)




