viernes, 5 de diciembre de 2025

Querer o no querer

El otoño ha sido corto y bonito, y del último coletazo ni me voy a enterar. Ha pasado como un animal que apenas te roza, pero que deja una huella; una filigrana leve e íntima que, comparado con los silencios de hace (exactamente) un año, casi parece ciencia ficción. 

Mi yo de entonces habría saltado de alegría ante las repetidas reacciones y los últimos mensajes, pero mi yo de ahora solo sonríe, sin esperar nada, como quien mira un paisaje bonito sabiendo que no es suyo.  Porque las palabras no tienen palabra, sólo el brillo vacío de esas expresiones buenrrollistas que se dicen por decir sin prometer nada . Algunas frases tienen la mala costumbre de sonar a vendaval cuando sólo son aire tibio... (aunque, dado el historial, es todo un avance). Con todo, esas palabras huecas convirtieron mi pequeño prodigio en algo más grande; lástima que ahora sólo sirva para aliviar el frío en el pecho de otro 5 de diciembre casi olvidado. 

Como un  déjà vu emocional, otro curso se acaba y con él, la misma imagen se disipa, como en el sueño que tuve aquella misma noche. Dentro de ese sueño tuve la lucidez de preguntarme si aquello podía ser real. Era tan improbable que tenía que ser un sueño, pero lo sentía tan de verdad que dudé. El corazón, en esos momentos, siempre es más crédulo que la mente. Cuando sonó la alarma del móvil, refunfuñé: “Sabía que era un sueño”, y me dormí de nuevo con el eco de la decepción flotando en el subconsciente. Pero una decepción que ya no perdura, porque cuando una divide la energía entre dos incógnitas, deja de necesitar resolver ecuaciones imposibles. 

Entremedias, el bolo privado que tenía el 12 de diciembre se canceló por la muerte del padre de la cumpleañera, y aunque lo sentí, también respiré aliviada. Tantos viajes juntos, sin contar el que me salió casi de un día para otro, me asfixiaban. El circuito madrileño de dos días de "magia navideña" fue una locura improvisada de las que salen bien, a pesar de que casi muero congelada en Torrejón (por suerte no necesité ir a ese hospital...). Volver a pisar Madrid después de tanto tiempo, tomarme una cerveza en la Plaza Mayor, y conocer Alcalá de Henares fue un regalo. Y compartirlo con Encarni y compañía, y con un conductor de ola que me dejó en la puerta de casa, lo maximizó. 

Y como si la vida quisiera insistir, y pincharme, y devolverme una esperanza tonta que ya no quiero, siguieron los avances inesperados en el mundo virtual. Pero yo sólo pude responder a ello dejando, sin que se notara, una puerta abierta, como otras veces. Ya hay tantas que empieza a haber corriente... y, sin embargo, aquí nadie tiene suficiente frío. Todo se queda en algo pseudoplatónico-moderno que pasa por contemplar pantallas en lugar de mirar a los ojos. Supongo que no da para mucho más. 

Pero aunque las cervezas nunca se cobren, ni llegue a escuchar esa risa entre el público, casi todo lo increíble que me ha pasado este año se lo debo a la misma presencia invisible. Porque, directa o indirectamente, lo ha desencadenado todo. Quizá, sin querer, abrió una puerta en mi destino. Y yo, que no me gusta dejar puertas abiertas porque siempre tengo frío, camino a través de ella con la misma mezcla de nostalgia y esperanza que dejan los otoños cortos y bonitos. 

Y por aquí, mi penúltimo artículo del año, basado muuuuuy libremente en historias para no dormir que me contó un amigo acerca de otro amigo, que ya ni siquiera sé si conozco.