sábado, 18 de octubre de 2025

Tan afortunada. Tan desacertada

Me encerré en casa tras volver de la playa para preparar todos los viajes que, a partir del 21 de septiembre, se irían sucediendo cada semana sin descanso. Y, a pesar de estar sola y tener que ocuparme de mil cosas más, hasta saqué huecos para darme un descanso y cumplir con los amigos. La tensión constante la mantenía a raya la mayor parte del tiempo. Algunos días me vi sobrepasada, pero esos momentos sólo estaban anticipando lo mejor, aunque yo aún no lo supiera. 
La buena suerte me ha estado acompañando mientras yo acompañaba a la gente, y hasta aquello que se torcía, resultaba en un beneficio inesperado. Y así he estado el último mes, yendo de piscinas infinitas, a embalses con lluvia y a ríos con sol, con la vida, y el tiempo, y la suerte de mi lado. Imaginé un lugar tranquilo con vistas al mar, habitaciones grandes, buenas compañías, buenas comisiones… y lo tuve todo y más. Me hubiese quedado un mes en ese balconcito de Velilla mirando cómo anochece el Mediterráneo. La gente de ese pueblo escondido en las montañas de Málaga es de lo mejor que me he encontrado por ahí. Y Pepe y Margarita con sus tiendas, y su infinita generosidad. Un regalo aquel primer circuito que tanto tiempo y dedicación me costó. Luego vino una excursión al límite de lo insufrible, pero que me hizo conocer a un compañero encantador que paró un autobús de larga distancia en mi portal, como si fuera un maldito Uber, para que no me viniera sola desde la estación a las doce de la noche. Y Toledo… tanto Toledo en octubre. Un circuito que me encanta porque lo conozco, y deja pelas y tiempo libre. Y más bonito se hace en buena compañía, alojada en otro hotel distinto (e incomunicados porque no llega la señal por esa zona), y tomando Cacique Cola con quien se convierte en tu mejor amigo por tres días. 

Todo tan sobre ruedas, tan perfecto, incluso tan idílico, me asustaba (¿por dónde me vendría el palo?). Y resulta que el palo estaba donde lo dejé la última vez. Porque se me da bien medir los tiempos y las distancias con los sitios, pero no con todo lo demás. Y resultó que la adrenalina acumulada de tres días, me hizo fallar el tiro en el último movimiento. No medí bien ni tiempo ni distancia; segunda vez que me pasa en menos de un año. Y, al igual que en la primera, no sé si tendré la oportunidad de hacerlo mejor en la segunda. Los terrenos pantanosos, con mil señales de prohibido el paso adornando una ciénaga intraspasable, son mi especialidad. Y la urgencia del tiempo y de la sangre me coloca siempre en el lado más "inapropiado". Pero yo sé lo que hay, no estoy loca. Lo que estoy es rodeada de cámaras de vigilancia invisibles, como si viviera en el 1984 de Orwell, que hacen de los principios una necesidad con N mayúscula. Y yo necesito lo inconveniente (así venga de lo más impensable), pero me choco con paredes de hielo al más mínimo gesto, porque el centro de vigilancia está presente 24/7. 

Lo bueno de "lo malo" es que he conseguido lo que quería: un cambio de imagen mental antes de que comience el curso. Prueba de ello es que ni siquiera me presentara (teniendo la oportunidad) en el lugar donde todo empezó con la esperanza de un encuentro casual. Me dio pereza; me dio igual. Es salir de Guatemala para entrar en Guatepeor, sólo que ahora, tan afortunada, siempre espero lo mejor por muy desacertada que me pille. Porque, para según que cosas, yo no fallo sin ser consciente; cuando "fallo", sólo me estoy dejando ganar.